sábado, 27 de enero de 2018

LA CANGALLA: UN PÍCARO PERO INFAME SECRETO DEL FOLKLORE MINERO

Imagen de la cangalla del Museo Regional de Atacama, publicada por Gerardo Melcher en "El norte de Chile: su gente, desiertos y volcanes" (2004).
Una de mis últimas entradas se refirió a Juan Godoy y algo sobre la fiebre de la plata de Chañarcillo, en el siglo XIX, en donde mencioné a la pasada un extraño artilugio y procedimiento de robo de material minero de alto valor, llamado popularmente la cangalla. Sospechaba que iba llamar la atención, especialmente la de quienes no sean de la zona minera, así que he decidido adelantar acá una entrada sobre el asunto del cangalleo, ya que no me tomará tanto tiempo más que responder consultas una a una sobre semejante treta, que formó parte del folklore minero de la Región de Atacama.
Partamos observando que, en el Museo Regional de Atacama, en Copiapó, hay una vitrina de la sala sobre historia minera local, en donde el visitante encontrará una especie de papa encapsulada en telas, de gran tamaño, con la siguiente referencia informativa:
"CANGALLA
Utilizada para hurtar oro desde la faena
Colección Museo Regional de Atacama"
.
Me consta que, años atrás, la reseña informativa era mucho más explícita, pero hoy deja un poco en la duda o imaginación del observador su naturaleza y su origen... La verdad es que este asunto da para una entrada completa, precisamente una como ésta.
Formalmente, se llama cangalla en Chile, Argentina, Perú y Bolivia al material residual de la minería, especialmente cuando se trata de minas de metales preciosos. Antaño había cierta actividad de recuperación de restos valiosos que pudieran pasar a ser cangalla o desperdicios, más bien a nivel artesanal. Empero, en estos últimos dos países se usa su nombre también para referirse a un artículo que se colocaba en el lomo de mulas, caballos bueyes y burros para transporte de cargas, como una montura suplementaria. En Perú se habla también de "estar hasta las cangallas" para referirse a andar metido o involucrado a más no poder en un asunto, hasta el agotamiento o hasta quedar exhausto. En España, en cambio, se llamaba cangalla o cangallito a los racimos pequeños de uva.

viernes, 26 de enero de 2018

LA PARROQUIA SAGRADO CORAZÓN DE ARICA: UN SINGULAR TEMPLO PIRAMIDAL CON EL LEGADO DEL PADRE RUPERTO LECAROS

Fuente imagen: Soychile.cl.
Coordenadas:  18°29'3.88"S 70°18'16.52"W
Uno de los templos más curiosos de Chile es el de la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Arica, ubicado en la punta escuadra que se forma por la avenida 18 de Septiembre con calle Esmeralda, en la manzana triangular que completa la calle Caupolicán a espaldas de la misma iglesia y las casas de la villa que allí existe. Su dirección exacta es 18 de Septiembre 1630.
El edificio está en las dependencias parroquiales y recibe su forma por tres caras triangulares, las que se alzan con su característica silueta en un barrio de casas más bien bajas, por lo que la alta cruz que la corona, también estilizada y en líneas acordes a esta arquitectura, destaca desde varias cuadras alrededor. Una cómoda plazoleta se extiende frente a su entrada principal, absorbida también por el carácter religioso del conjunto.
La historia de este recinto parroquial de inconfundible forma, está ligada indivisiblemente a la biografía de uno de los personajes más importantes de la vida religiosa nacional de nuestra época: el sacerdote Ruperto Lecaros Izquierdo, fundador y primer párroco de la misma casa. Curiosamente, sin embargo, no hay muchas fuentes recordándolo en internet.
Nacido el 17 de febrero de 1915 en Santiago, Ruperto era hijo de don José Antonio Lecaros y doña Teresa Izquierdo; fue el cuarto de siete hermanos, entre los que estuvieron los empresarios comerciales Fernando, José Antonio y Sergio Lecaros. Estudió en el Colegio de los Sagrados Corazones de los Padres Franceses, en la Alameda de las Delicias, pasando después a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, al tiempo que trabajaba en la fiscalía de la Caja del Seguro Obrero y tenía pequeños coqueteos con el mundo de la política. Se tituló de abogado en 1943, presentando una memoria relacionada con el derecho marítimo.

miércoles, 24 de enero de 2018

MONUMENTO A JUAN GODOY: LA ESTATUA DE UNA LEYENDA MINERA Y DE TODA UNA ÉPOCA EN COPIAPÓ

Vieja postal fotográfica coloreada del monumento y su fuente de aguas original. Fuente imagen: blog del  Museo Regional de Atacama.
Coordenadas: 27°21'50.17"S 70°20'33.25"W
Como es de esperar, la Región de Atacama ofrece una singular exhuberancia de leyendas mineras, que incluyen las clásicas historias de yacimientos fabulosos de oro o plata, tesoros perdidos y criaturas fantásticas asociadas a la presencia de riquezas, como el pájaro alicanto, el duende barreterito y los "mineros fantasmas" de mantos abandonados en Cerro Copiapó, Sierra de las Ánimas y al interior de Tierra Amarilla e Inca de Oro.
Empero, hay personajes relacionados directa o indirectamente con mundo minero, de carne y hueso, que también pasaron a ser leyendas y parte de la rica mitología de la provincia, como el "cuentero" Cayetano Tile Vallejo, el revolucionario constituyente Pedro León Gallo, el catador industrial y aventurero Manuel Rodríguez González o el Padre Negro Fray Crisógono Sierra y Velásquez. Ubicado exactamente en el principio de las tradiciones mineras de Atacama, el caso de Juan Godoy pertenece a este grupo de hombres-leyendas.
En la plaza enfrente de la Iglesia de San Francisco de Copiapó, en la Alameda Manuel Antonio Matta con la calle Juan Godoy, se encuentra la singular estatua a este personaje, uno de los monumentos más antiguos de Chile, anterior incluso a los primeros que tuvo Santiago, como el del General Ramón Freire (1856) y el del Abate Juan Ignacio Molina (1860), ambas en la Alameda de las Delicias, o el de don Diego Portales enfrente del Palacio de la Moneda (1860).
Lo sorprendente de todo es que Juan Godoy era sólo un hombre común y corriente, modesto y la mayor parte de su corta existencia anónimo, al que la vida trató sin mucha consideración, a pesar de haber sido el generador de una de las épocas más prósperas de la historia del país. He ahí la razón de seguir siendo reverenciado en la provincia.

miércoles, 17 de enero de 2018

LA PLAZA DEL MONUMENTO Y SU HOMENAJE A LOS HÉROES DE MAIPÚ: A LOS "VENCEDORES DE LOS VENCEDORES DE BAILÉN"

El monumento hacia 1930, con du aspecto original. Imagen hoy perteneciente a las colecciones del Museo Histórico Nacional.
Coordenadas: 33°30'26.62"S 70°45'29.32"W
El llamado Monumento a los Vencedores de los Vencedores de Bailén, ubicado en avenida Los Pajaritos entre calles Maipú y General Ordóñez, debe ser uno de los más curiosos de todo Santiago y, de entre los asociados a la Independencia, también de todo Chile.
Se encuentra en la Plaza del Monumento, que desde hace unos años es denominada también Plaza Monumento, ubicada enfrente del Edificio Consistorial y a sólo una cuadra de la Plaza de Maipú, en el mismo barrio histórico. Es imposible no distinguir desde el entorno su maciza estructura, semejante a una pirámide trunca.
Suele decirse que este monumento es un homenaje del General Bernardo O'Higgins a los soldados que participaron del cruce de la Cordillera de los Andes y de la Batalla de Maipú, que le librara tan cerca de este lugar. Sin embargo, es mucho más que eso: está dedicado a la memoria perpetua de aquellos patriotas pero con referencia a su victoria sobre los mismos españoles que, una década antes, habían propinado la primera gran derrota al poderoso Ejército Napoleónico del General Dupont en la Batalla de Bailén, España, el 19 de julio de 1808, llenando de orgullo la soberbia militar de la Península.
Lo recién expuesto, explica su título, el que se le ha dado tomando impropiamente el texto de una de las placas del mismo: A los Vencedores de los Vencedores de Bailén, aunque en principio fuera bautizado como Monumento a los Guerreros de Maipú, a los Héroes de Maipú o, simplemente, de la Victoria allí lograda. Popularmente, sin embargo, suele ser llamado también Monumento Conmemorativo de la Batalla de Maipú.

martes, 16 de enero de 2018

SOBERBIO, CAMBIANTE Y "ERRANTE": EL MONUMENTO DE LORD COCHRANE EN VALPARAÍSO

La estatua en su primera ubicación (Plaza Sotomayor), hacia 1880-1890.
Coordenadas: 33° 2'38.89"S 71°37'20.74"W
La deuda chilena con el insigne marino británico Lord Thomas Cochrane (1775-1860), extensible a las cuentas de Independencia contraídas por Argentina y Perú, además, probablemente jamás quedará bien saldada, ni siquiera con este gran monumento de majestuosidad neoclásica y semejantes dimensiones en Valparaíso. Como suele suceder con los héroes reales y sus estatuas, el recuerdo y la gratitud se van diluyendo en las mismas generaciones que viven de su legado; oscureciéndose en el conocimiento de quienes más se alejan de su tiempo.
Lord Cochrane, X Conde de Dundonald y Marqués de Maranhãono, en los hechos fue quien destruyó los bastiones realistas luego de su expedición a Valdivia, quedando el enemigo reducido sólo a los fuertes de Chiloé hasta la definitiva incursión de Ramón Freire en la isla. También fue Cochrane quien posibilitó la ocupación de Lima con sus acciones militares, así como la salida de las fuerzas leales al Rey desde la capital peruana, enfrentando los dislates y postergaciones inexplicables del General José de San Martín. El general argentino, pues, lisonjeaba su autoestima con el delirante propósito de erigirse como protector vitalicio del ex Virreinato, ante la manifiesta molestia de Cochrane como expresara éste en sus famosas memorias, por lo que la ruptura entre ambos en plena campaña, pudo ser lo que relegó a una dimensión un tanto secundaria la fundamental labor del almirante británico en la Independencia de América.
A pesar de todo, la Armada de Chile ha mantenido especial cuidado en rendir tributo a la memoria de Lord Cochrane, por su importantísimo aporte e impulso fundacional a la institución naval, así como su recuerdo se nos aparece en calles de ciudades chilenas, en el lago y la localidad que llevan su apellido en Aysén, y monumentos como éste, que es uno de los más característicos y dignos de postales de Valparaíso. El puerto principal -debe reconocerse- no olvida a Cochrane, ni el apoteósico recibimiento que le hiciera a Cochrane al regresar hasta él en junio de 1822.
Fue durante la Intendencia de don Francisco Echaurren García-Huidobro (1824-1909), ex Ministro de Guerra y Marina del Presidente José Joaquín Pérez, que Valparaíso quiso concretar la construcción de un monumento propio para Lord Cochrane, inicialmente pensado y concebido como una estatua de bronce reproduciendo la figura del ilustre marino. Iniciado en 1870, además, el período de la Intendencia de Echaurren fue considerado uno de los mejores de su época, por sus capacidades de organización pública, por sus varias obras y los atributos filantrópicos que se le reconocían.

lunes, 8 de enero de 2018

LA HISTORIA DE CANOPUS, EL PERRO VIGÍA DE LA "CHACABUCO"

Canopus, en imagen tomada de archivos de Canal Mega.
La costumbre internacional de adoptar perros en ciertos navíos y hacerlos parte de la tripulación, patrimonio muy atesorado de las tradiciones entre marinos, marineros y mercantes, tiene larga data ya practicándose también en nuestro país, especialmente en el caso de buques tipo patrulleros y barcazas, además de los perros de algunos muelles que se ven ayudando a los amarradores, como uno muy popular entre los trabajadores portuarios de Arica, llamado Maniobra.
Investigadores como Raúl Olmedo, en su artículo "Sobre perros" de 2014 (publicado en el sitio web "La Guerra del Pacífico 1879-1884"), informan que el mismísimo Lord Thomas Cochrane llevó a un perro de espeso pelaje rojizo en su zarpe hacia Perú, y que el Capitán Simpson iba con una perrita de nombre Pearl. Los perros estuvieron presentes, pues, en los viajes marítimos de la Guerra contra la Confederación, la Guerra del Pacífico y muy probablemente también en operaciones navales de la Guerra Civil de 1891.
Célebres dentro de esta misma práctica, ya en tiempos posteriores, fueron perros como Escoben, adoptado por la tripulación del gigantesco acorazado "Almirante Latorre"; el blanco y peludo Drake, en el "Lientur"; Molo en la "O'Higgins"; el ensortijado Mota, en la "Yelcho"; la hermosa Vulca en la patrullera "Alacalufe"; Lock, del "Corneta Cabrales" y muchos otros que de seguro se recuerdan dentro de la institución naval, los que llevaron nombres como Brecknock, Táctico, Yelcho, Jack, Iquique, Angamos, Papudo y Estopín.
Se sabe también que algunos perros fueron utilizados como sustitutos a los radares de tierra durante los años de irritaciones y posterior crisis por la cuestión del Canal de Beagle, a partir de los años cincuenta, como lo hace notar el Capitán de Navío Hugo Alsina en un artículo suyo de la "Revista de Marina" en 1998, de modo que sus presencias en aquella rama armada no se restringían sólo a lo estrictamente emocional, sino ocasionalmente a razones utilitarias bastante precisas.

domingo, 7 de enero de 2018

PARROQUIA DE LA VIRGEN DEL GUADALUPE DE MONTE MARIO: UNA SABROSA ENSALADITA CULTURAL ENTRE EL INMENSO BARQUETE HISTÓRICO DE ROMA

Papa Juan Pablo II, en la Parroquia. Imagen exhibida en el mismo templo. Corresponde a la visita del pontífice del 24 de abril de 1983.

Coordenadas: 41°56'37.47"N 12°25'26.35"E

La exhuberancia cultural y patrimonial de Roma llega a marear... Agobia: si no hay vida suficientemente larga para conocerlo todo en esta urbe, menos se conseguirá con una visita, por prolongada que sea. Cada lugar, cada plaza, cada edificio histórico, cada museo es un bombardeo de información, arte y admiración que revienta los cargadores de las cámaras fotográficas y obligan al turista realmente interesado a tomar apuntes hasta en las servilletas.

Los templos destacan de forma casi abrumadora: cuatro o cinco por manzana, desde algunos de origen paleocristiano hasta otros de más reciente factura neoclásica. Al entrar a ellos, uno queda simplemente en shock: arte, retablos, esculturas, arquitectura, cuadros, frescos, estilos, texturas de roca, reliquias históricas, reliquias de hombres santos, criptas, orfebrería, frisos, etc... Parece que uno caerá en convulsiones en el esfuerzo de conocer completa cada iglesia romana, al menos quien realmente valora el patrimonio histórico y cultural en su plenitud, como sucede en la Ciudad Eterna.

Sin embargo, en medio de tal avalancha de historia romana, hay lugares que son un verdadero "descansito" en la intensidad, sin dejar de ser patrimonio y cultura para la capital italiana y sus visitantes. Son interesantes y calmos, valiosos pero poco destacados en medio de tanta energía de atracción turística.

La ciudad tiene muchos de estos rincones en donde no se deja de aprender de ella y conocer su semblanza. Destacaré en esta categoría a la Parroquia de Nuestra Señora del Guadalupe en Monte Mario (Parrochia Nostra Signora di Guadalupe a Monte Mario), por ser una locación que conecta a Roma también con las tradiciones religiosas del Nuevo Mundo, con la Santa Patrona de México en este caso, en un templito de factura reciente pero también cargado de su propia e interesante historia.

Es conocida la historia de Nuestra Señora del Guadalupe durante la conquista de México, con sus apariciones al indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin en el cerro Tepeyac y la plasmación de su imagen en el manto ayate que llevó ante el Obispo Juan de Zumárraga, el 12 de diciembre de 1531, prodigio que se toma entre los fieles por "milagroso" y que ha hecho correr ríos de tinta entre investigadores, especialmente sobre los aspectos sobrenaturales que se adjudican a la famosa pieza que está a resguardo y veneración en la Basílica de Guadalupe.

Establecida como la Patrona de México, de América Latina y Filipinas, hasta el siglo XIX había todavía muchas dudas sobre la autenticidad de la historia asociada a su milagrosa aparición y también sobre la autenticidad del culto a la misteriosa advocación, incluso entre la propia Iglesia. La tradición y la fe españolas en México se habían impuesto ya en tiempos coloniales, sin embargo, y a pesar de las posturas dubitativas que a veces manifestó El Vaticano, a un sector de Roma conocido como Monte Mario, en el suburbio De la Victoria, se le asignó la protección patronal de la Virgen del Guadalupe, por las razones que veremos a continuación.

El título asociado a esta advocación se constituyó en 1928, con la llegada a Roma de las religiosas mexicanas de la Congregación de las Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, instituto de derecho pontificio nacido durante el Gobierno de Benito Juárez para procurar la educación infantil femenina, siendo aprobado por la Diócesis en 1879 y luego recibiendo el su respectivo decreto pontificio de alabanza en 1899. Además de México e Italia, la congregación tiene otras casas en países como Bolivia, El Salvador y los Estados Unidos.

También habría sido en 1928, cuando se constituyó la misión de las hermanas mexicanas en Roma, que se comenzó a erigir su templo en Monte Mario, a un lado de la que sería llamada también Plaza de Nuestra Señora del Guadalupe en la vía del mismo nombre (continuación de la vía V. Troya), con la vía G. Gherardini. Una placa junto a las escaleras del segundo nivel dentro del edificio, sin embargo, señala que el templo fue levantado en 1929, debo aclarar.

El vecindario escogido no era un barrio corriente, por cierto: correspondía a la zona residencial que, después de la Primera Guerra Mundial, fue destinada a los empleados de las oficinas de correos y comunicaciones, denominada entonces Le Case Nuove. Originalmente, el proyecto contemplaba establecer una especie de ciudad-jardín satélite, compuesta por unas 300 pequeñas villas, aunque finalmente fueron concluidas sólo unas 50 de ellas. La plaza del edificio religioso era, según entiendo, una de las áreas verdes consideradas para estos barrios. Allí fue concluida la iglesia de las hermanas en 1932.

El estilo general del templo es una expresión arquitectónica que pasea entre el neorrománico, el neoclásico y elementos de arquitectura más modernas, aunque bien dosificados para asegurar la solemnidad conservadora del edificio. Cuenta con frontón y tres arcos en su fachada, dos falsos-ciegos y el central de acceso. Esta entrada está coronado por un hermoso mosaico de la Virgen del Guadalupe y la inscripción "IO SONO LAVOSTRA MADRE PIETOSA". Se ven allí también los escudos vaticanos de categoría para catedral y del actual pontificado. Sobre ella, destaca otra imagen de la misa advocación, esta vez escultórica, y el rosetón tipo óculo con trabajo sencillo de vitral, en diseño radial.

Originalmente -cabe señalar-, todo el exterior del edificio tenía a la vista sus líneas de enladrillados, pero hoy luce revestimiento enyesado. Cuenta con una capilla y orario al lado derecho, con entrada de arco, consagrada a la Virgen de Lourdes.

Interiormente, se trata de una nave única con armadura de techo en envigado y hormigón. Se accede por un zaguán de tres arcos bajo el coro, al que se llega por una escalera espiral de estilo muy modernista y funcional. Los vanos laterales de los muros, en la altura, permiten una buena iluminación solar, facilitada también por el hecho de que esta iglesia-a pesar de su entorno urbano- no ve bloqueada su iluminación por edificios del entorno. El interior del ábside es poligonal y con vigas-hojas sobre el presbiterio. El altar de mármol tiene estilo neogótico, con una pequeña columnata, sutil rasgo que se repite en otros elementos de la iglesia.

Sobre el altar y el tabernáculo, en la concavidad del ábside, se alza gallarda la imagen de Nuestra Señora del Guadalupe, en un edículo con frontón también tocado por las evocaciones góticas. Esta escultura policroma fue hecha por un sacerdote mexicano y fue donada al Papa León XIII hacia el año 1880. Posteriormente, Pío XI la cede a las monjas mexicanas en 1929 para su flamante templo. Cuando en 1955 Nuestra Señora de Guadalupe fue proclamada como "Santa Reina del Trabajo" por el Pío XII (el mismo papa que hizo entonces la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe y de San Felipe Mártir, en la vía Aurelia), esta imagen fue coronada por el Cardenal Vicario Clemente Micara; la corona fue hecha por el orfebre, medallista y escultor Guido Veroi, fallecido hace no muchos años.

Entre las otras obras de arte sacro, acompañan a la Virgen del templo las imágenes religiosas de la crucifixión, santos y un sagrario de bella factura. La imaginería está distribuida en cubículos laterales de la nave que sirven de pequeñas capillas. Destaca también una hermosa pila de agua bendita hecha en mármol y bronce, dispuesta en uno de estos espacios.

Poco tiempo permanecieron allí como patronas las guadalupanas, sin embargo, porque el templo y las dependencias se vendieron luego a la Diócesis de Roma, en 1936. Inmediatamente, la parroquia fue erigida en la doctrina a partir el 22 de junio de ese año, con el decreto cardenalicio titulado "Dominici Gregis", del Vicario Francesco Marchetti Selvaggiani, quedando dirigida por el clero diocesano de Roma.

El título cardenalicio de Nuestra Señora de Guadalupe en Monte Mario, en tanto, fue creado por el Papa Pablo VI, el 29 de abril de 1969. Ha sido ocupado desde entonces por los titulares Miguel Darío Miranda y Gómez (1969-1986), Franz Hengsbach (1988-1991), Adolfo Antonio Suárez Rivera (1994-2008) y, actualmente, por Timothy Michael Dolan (desde 2012). Hay placas conmemorativas recordando especialmente la obra de los párrocos Miranda y Gómez en una de las capillas laterales del templo, donde está también una efigie suya, la imagen del Jesús de la Divina Misericordia y la escultura de San Antonio de Padua. En su período de ejercicio del título parroquial, además, tuvo la visita al templo del Papa Juan Pablo II, el 24 de abril de 1983, con una gran ceremonia litúrgica en la plaza. Otra placa, en este mismo sitio, agradece los trabajos de Dolan por la parroquia.

A inicios del presente siglo, se realizaron restauraciones y remodelaciones del edificio religioso, además de construirse una doble galería interna, muy estrecha y abalaustrada, que funciona como balcón y corredor del segundo nivel, aunque su sentido original era facilitar la manipulación de las hojas de los ventanales, para apertura y cierre. Con ocasión de estos mismos trabajos, también se abrieron los vanos circulares del ábside que hoy se observan, los que mejoraron la iluminación natural del presbiterio.

Estuve varias semanas allí enfrente, en las torres residenciales vecinas a esta misma plaza, así que pude conocer bien este rinconcito romano tan olvidado por la industria turística. Puedo comentar que la plaza es dura, adoquinada, rodeada por arboledas que parecen estar arrojando siempre su caspa de hojas sueltas. Hay bancas de concreto y otras de madera distribuidas en el mismo espacio. A un costado de la misma, hay una simpática cervecería bajo un toldo.

Más cerca de la iglesia, en la esquina de la misma plaza, está una columna de evocación clásica rodeada por pesados bolardos de concreto encadenados, y en cuyo plinto se lee la siguiente dedicatoria: "I citadini di monte mario ai caduti di tutte la guerre" ("Los ciudadanos de Monte Mario a los caídos de todas las guerras"). Le acompañan las tradicionales siglas de la ciudad SPQR y la fecha de 1960 en números romanos. No sé si parte de su base de mármol o columna de roca sean piezas arqueológicas, pues es frecuente en Roma que aparezcan estas clásicas estructuras en los trabajos de las plazas y queden allí como parte de la ornamentación... Lujos que se dan ciudades de tres mil años, por supuesto.

Curiosamente, la plaza es lugar de estadía regular para mendigos y ebrios, realidad bastante frecuente en Roma a pesar de lo que pudiera pensarse de tan reluciente capital. A diferencia de los muchos otros que se ven en Roma, sin embargo, estos son un poco pendencieros y petulantes con los extraños, parecido a lo que vemos acá en Chile con algunos borrachines que se han apoderado de barrios universitarios y parques. Tuve algún momento de tensión con uno de ellos, del que me zafé cuando asumió que no hablaba italiano, incluso en su ebriedad.

Cabe comentar también que la veneración por la Santa Patrona en Monte Mario no se reduce sólo a esta Parroquia de Nuestra Señora del Guadalupe. Hay otros casos en Roma, es preciso aclarar. Sin embargo, relativamente cerca de la parroquia, o digamos lo suficiente para una corta caminata hasta la esquina de vía Trionfale con V. Chiarugi, existe una preciosa representación de la misma Virgen en mosaico, con gran gama de colores e incluso dorados en su contorno, sus rayos y sus estrellas del manto, una verdadera obra de arte en la calle.

Varias placas de agradecimiento están a lo pies de esa hermosa obra, que está en un altarcillo a modo de templete y sobre un murallón bajo tipo sillar. Se halla a un lado de una de las abundantes fuentes de agua potable que hay en la ciudad, en este caso una de estilo clásica.

viernes, 5 de enero de 2018

HÚNGAROS EN LA CAPITAL CHILENA: LA PLAZA SAN ESTEBAN Y UN MONUMENTO AL LEVANTAMIENTO DE 1956

Coordenadas:  33°26'46.67"S 70°37'50.34"W
En la prolongación verde del Parque Balmaceda de Santiago, está la Plaza o Parque San Esteban de Hungría, llamado también Esteban I o Rey Esteban. Ocupa el bandejón de ancha avenida General Bustamante, entre el parque grande del mismo nombre y las cuadras situadas en el sector de calles hacia el Sur, hacia los deslindes entre las comunas de Ñuñoa y Providencia.
En esta área verde con arboledas, palmeras, juegos y senderos, justo enfrente de la calle Santa Victoria y del Liceo Arturo Alessandri Palma -a pocos metros de la Estación Metro Santa Isabel-, existe un singular monumento cuyas líneas estilísticas, si bien resultan sencillas, son extrañas e inusuales a lo que puede hallarse más regularmente en la capital de Chile, ya que evocan a rasgos artísticos y culturales de pueblo muy distante del nuestro, pero que quedó más cercano en este mismo lugar.
El conjunto corresponde al Monumento al denominado Alzamiento de Budapest o Levantamiento del Pueblo Húngaro de 1956, célebre episodio de la historia de la Guerra Fría que, en cierta forma -como sucedió antes con el Octubre Polaco y como sucedería después con las aplastadas reformas de la Primavera de Praga-, anticiparon por muchos años el mal destino que esperaba al bloque soviético de Europa, que acabaría derrumbándose a inicios de los noventa.
El monumento fue levantado allí por la Ilustre Municipalidad de Santiago y la Colectividad Húngara Residente en Chile, con algunos de sus integrantes exiliados de la dictadura de la República Popular de Hungría, en esos años. Esto se hizo en 1976, cuando se cumplían 20 años desde el aludido levantamiento húngaro. Y por supuesto, la conmemoración que involucró este monumento tenía mucho que ver con el clima político que se vivía tanto en Chile y como en el mundo, en el contexto de la división planetaria entre los dos bloques.