domingo, 23 de noviembre de 2014

JOAQUÍN MURRIETA: EL BANDIDO CHILENO QUE NUNCA FUE CHILENO

Portada de la obra Hyenne-Morla, que sentó el credo en el "Murrieta chileno".
Este artículo data de hace algunos años ya, pero lo mantuve fuera de las publicaciones de mis antiguas páginas (incluida ésta) porque no correspondía exactamente a las temáticas que sostenía en esos blogs en aquellos días. A petición de un amigo que también creía en la teoría del Joaquín Murrieta "chileno" y que se ha interesado más en el tema recientemente, sin embargo, decidí buscarlo hoy y subirlo con algunas imágenes que encontré en la internet y en una edición del libro de Ridge que se menciona en el texto, además de pequeños datos adicionales agregados mientras lo revisé. Espero no herir orgullos patriotas, pero la máxima de un investigador es "la verdad ante todo y hasta que duela", y la verdad es que no han aparecido pruebas concluyentes de la chilenidad de Murrieta, así que lo dejo acá en mi deseo de terminar de reunir en este blog todos mis viejos escritos que alguna vez circularon (o iban a circular) en internet, ya que no he vuelto a redactar entradas en casi todo lo que va del año y esto sirve como material "nuevo" para que no se note tanto mi retiro. Pido excusas por este pequeño "engaño" al lector, entonces.
Los mitos de orgullo nacional son un verdadero acto malabarismo con navajas afiladas: el lucimiento acrobático se logra bajo el peligro inminente de cortarse una arteria o volarse un dedo. Proporcionalmente, pues, estos mitos inflan tanto el sentimiento patriota y la soberbia como exponen también a la posibilidad de quedar de tonto y al desnudo en un mal movimiento, traicionado por los propios dogmas precarios que antes parecían darle solidez a la función. A veces es difícil poder pesarlos en las balanzas de los hechos, por lo mismo.
Aunque el credo de que Joaquín Murieta o Murrieta era "chileno" ya ha querido ser desmentido hasta el hastío por autores como Joaquín Edwards Bello en "El subterráneo de los jesuitas y otros mitos" o por Carlos Alegría en "La rebelión de los placeres", la creencia sigue repitiéndose y perpetuándose quizás desde el momento en que cayó en cancioneros folklóricos y en la poesía, del imaginario popular. Al pueblo le gustó y aceptó feliz la nacionalización, ignorando un posible truco literario subyacente.