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domingo, 29 de abril de 2012

PENAS Y SECRETOS DE LA DESAPARECIDA MANSIÓN MONTT DE CALLE ARTESANOS

Coordenadas: 33°25'50.56"S 70°39'8.59"W
Soy un convencido de que la ribera Norte del actual Barrio Mapocho estuvo contemplada alguna vez para la idea de crear un barrio sanitario similar al que precede al Cementerio General y de la misma manera que la ribera Sur, por el lado de la ex Cárcel Pública, fue destinada a barrio policial. La presencia de edificios como el ex Policlínico de la Caja del Seguro Obrero (hoy Centro de Salud Norte), del Instituto de Higiene y sus instalaciones (Cuartel Borgoño de la Policía de Investigaciones) y el Desinfectorio Público (desaparecido), confirman que existió al menos un interés por mantener en cierta cercanía espacial ciertos organismos e instituciones vinculadas a la salud pública, aunque el carácter comercial-popular del barrio, especialmente por el Mercado de La Vega, La Vega Chica y la feria Tirso de Molina, terminó desplazando estas intenciones.
Hasta hace muy poco, en el otoño del año pasado, en el mismo vecindario existía una hermosa casona deshabitada y parcialmente en ruinas esperando su hora de rescate o la de muerte, siendo esta última la que finalmente tocó sus viejas puertas: la Mansión Montt de calle Artesanos llegando a Independencia, justo atrás de la Piscina Escolar de la Universidad de Chile y muy cerca del ex Instituto del Higiene, a cuya administración perteneciera por muchos años. Antes de eso, además, había sido propiedad del conocido Presidente de la República que le daba su apellido.

miércoles, 25 de abril de 2012

LA DESAPARECIDA ANIMITA DEL "CHINO" EN TERRITORIO VEGUINO

Coordenadas: 33°25'54.27"S 70°38'59.10"W (antigua ubicación)
Se llamaba José Abarcia García, pero todos en el barrio de La Vega Central de Santiago le conocían simplemente como el Chino, por los rasgos orientales de su rostro de hombre ya entrando en la madurez de la vida. Se le reconocía por su constante peregrinar por la Plaza Tirso de Molina y la Plaza de los Artesanos, donde hoy se levanta el enorme edificio del mercado y las pérgolas, inaugurado hace cerca de un año.
Se recuerda al Chino, por estos lados, como "un curadito". De hecho, habría sido esta afición a las embriagantes ambrosías de perdición de Baco aquello que lo llevó a la muerte, un día del año 2008 en calle Artesanos y casi frente al callejón Gandarillas. Lo curioso es que, en tan poco tiempo, la leyenda de su fallecimiento ronda ya en distintas otras versiones, entre los que fueron menos cercanos a este personaje: que fue atropellado, que murió de un ataque, que falleció en una noche de frío, etc.

LA "ANIMITA", POR RAIMUNDO DE LA CRUZ

El siguiente texto corresponde al artículo "La 'animita'", del cronista y escritor Raimundo de la Cruz, publicado en la sección "Estampas de colorido autóctono" de la revista "En Viaje" de la Empresa de Ferrocarriles del Estado, N° 221 de marzo de 1951 (página 40).
En la quietud de la noche parpadea una lucecita. Ora se Acerca, ora se aleja, ora desaparece como tragada por la obscuridad. Torna, después, a aparecer vacilante, cual si despertara de un negro sueño.
Es tenue como una luciérnaga esta lucecita; pero es firme y persistente como una estrella caída a orillas del camino.
A medida que nos vamos acercando, se va diseñando más clara y más precisa. No es un farolito o una señal del tránsito como parecía a la distancia, sino un conjunto de velas encendidas en el fondo de una rústica hornacina labrada en la pendiente, o dentro de una tosca capillita de piedras, de barro o de hojalata, que sirve para protegerlas del viento.

domingo, 22 de abril de 2012

LA CRUZ NEGRA DEL CAL Y CANTO: UNA PRIMITIVA ANIMITA URBANA

Coordenadas: 33°25'56.68"S 70°39'6.58"W (antigua ubicación, aprox.)
Hacia los años de inicio del Gobierno del General Manuel Bulnes (1841-1851), existió en el Puente de Cal y Canto del río Mapocho, ubicado entonces a la altura del actual Puente de La Paz, una cruz negra levantada por los vecinos en uno de los murallones que servían de pretil, por el costado oriente del puente cerca de su rampa Sur. La imagen causaba pavor a los incautos y generó muchas historias siniestras entre la supersticiosa sociedad de entonces, pero la verdad es que su origen era el mismo que el de cualquier otra animita urbana chilena.
Los datos más concretos -aunque sin ser detallados- sobre la historia de la cruz negra del Cal y Canto, los proporcionó el cronista Justo Abel Rosales en su trabajo “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, de 1888. Según supo en sus investigaciones para ese libro, la pieza recordaba a un ciudadano fallecido en un grave accidente de carruajes en el puente, luego que su coche y caballos cayeron al río. Rosales no pudo precisar, sin embargo, si el infortunado fue el cochero o su pasajero.

sábado, 21 de abril de 2012

MAURICIO ANDRÉS: UN ÁNGEL CAÍDO JUNTO AL RÍO MAPOCHO

Coordenadas: 33°25'54.39"S 70°39'9.48"W
Mauricio Andrés fue otro personaje del sector de las pérgolas, aunque en una actividad muy distinta y menos célebre que la tradicional venta de flores en el barrio. Una ocupación injusta, en un orden del mundo también injusto y que, además, le costó la vida, para incrementar el sacrilegio contra su niñez... La siguiente es la más popular y generalizada de las versiones que circulan en el barrio sobre la historia que se esconde en esa silenciosa animita.
La historia popular de Mapocho dice que el chico llegaba todas las mañanas a vender sus chatarrillas azucaradas entre los usuarios de la infernal locomoción colectiva del barrio. Habría dejado el colegio para continuar con esta actividad, dicen acá. La incursión en el comercio de este tipo se había disparado en los tiempos de la Recesión Mundial, cuando literalmente muchas familias de Chile no quedaron ni con ropa sucia. Eran los años de la venta masiva de los calugones “Pelayo” y las “Merendinas” (“bizcochito que fascina”, decía la propaganda); los chocolates “Yico” con 0% de cacao, o esa masa mórbida de malvavisco rosa bañado en algo que también decía ser chocolate, llamada “Oba Oba”. Más tóxicos parecían los colores de esas tabletas dulces llamadas “Pololeando” o algo así, y que tenían una estética hippie en el diseño de su envase.