sábado, 26 de noviembre de 2016

PÁRPADOS DE PÉTALOS Y MANOS CON ESPINAS: LOS COLORIDOS RECUERDOS SOBRE LA FLORISTA MARÍA "CHIRIGUA" UBEDA

María Ubeda, La Chirigua (1939-2009)
Coordenadas: 33°25'53.83"S 70°39'4.92"W (Pérgola de las Flores Santa María)
Se llamaba María Ubeda, pero la mayoría la reconocía más bien por su alias: La Chirigua. Fue otra de las más antiguas locatarias del barrio de los mercados del río Mapocho y una de las pioneras de la Pérgola Santa María, situada en el lado oriente de avenida La Paz entre Santa María y Artesanos, en el borde del antiguo Barrio La Chimba de nuestra capital.
Ella se ubicaba siempre en el puesto Nº 25 del desaparecido edificio de los años cuarenta, hoy remplazado por cómodas dependencias. Su lugar era un rincón que recibió tras haberle pertenecido a su primer marido. Allí, esta alegre mujer vendió por décadas ramos, coronas y florcitas para los velorios y los cementerios chimberos, dignificando tantas últimas despedidas.
La historia de La Chirigua era mucho, mucho más que este breve resumen, sin embargo. Era en verdad una mujer extraordinaria, una vieja adorable nacida en 1939, hacia los mismos lejanos días en que Francia y Polonia firmaban los preparativos para lo que sería el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Su llegada al mundo tuvo lugar en el edificio del "Luna Park", en una residencial que era propietada por uno de sus tíos. Como había ocurrido con otros de los locatarios de las pérgolas, como el querido florista Claudio Soto, la Chirigua vivió en este hotel gran parte de su vida, pero desde temprano debió lidiar con las asperezas del ambiente desafiante y la sacrificada subsistencia, pues sus padres se separaron prácticamente en el momento mismo de nacer ella, debiendo vivir con un papá atrapado por el alcohol y asumiendo responsabilidades de sostén del hogar que no eran propios de una niña de su tierna edad.
De una alegría inmensa, con una capacidad maravillosa para superar la desgracia y sobreponerse a la adversidad sin renunciar al buen ánimo, nadie hubiese pensado que a doña María la infancia le tocó tan dura, durísima, criándose en este contexto hostil y pérfido del barrio, batiéndose de igual a igual contra niños abusones e incluso algunos tontos grandotes a los que no trepidó en hacer frente desde su diminuto tamaño.
Como era pelusa, regordeta y tan bajita, María Ubeda se ganó desde niña el motete de Chirigua, alusivo a esos pequeños pajaritos gordos y poco estilizados que son así llamados en los campos. Ella quería este apodo más que su propio nombre y lo tomó como suyo.
Hizo buenas migas con la cantante chanquina de rancheras Esmeralda González Letelier, más conocida por su nombre artístico Guadalupe del Carmen, que adoptó al profesionalizar su carrera. Siendo adolescentes, ambas salían entonar en microbuses algunas tonadas y piezas del folclore charro, aunque en una oportunidad la Chiri tuvo la mala ocurrencia de cambiarle la letra a una canción por otra de su autoría, tan excesivamente picante y soez que escandalizó a los pasajeros y el chofer terminó arrojándola de un puntapié fuera del transporte, castigada y censurada por grosera.
Lamentablemente, no todas sus aventuras fueron tan divertidas y dignas de risas: la verdad es que esta emblemática pergolera sufrió grandes y terribles dolores en toda su existencia. Aún no entraba de lleno en la adolescencia, por ejemplo, cuando fue víctima de un hombre mayor y abusador; un mal amor convertido en pesadilla que, por respeto a su memoria, preferiríamos no detallar, pero sí consignar que consumió en el tormento varios de los más sacrificados años de su vida. Como consecuencia de esta relación perturbadora, siendo muy joven tuvo una hija que nunca volvió a ver, pues el padre se la arrebató y la puso en adopción no bien terminado el parto.
Esta oscura época en su existencia tenía lugar en los días en que ella, careciendo de un hogar propio y tras haber sido cerrada la residencial del “Luna Park”, se quedaba a dormir incluso dentro del frío local que tenía en la Pérgola Santa María, cuando ésta aún no contaba con techo pero igualmente imperando en su interior una humedad infame y maléfica. El suyo fue, así, un escenario de miseria y desprotección que parece sacado de alguna desgarradora novela social, con argumentos derrochadores de crueldades, incluyendo dos hijos bebés que se le murieron de frío en este terrible transitar por el más deplorable estado de vulnerabilidad, intentando capear noches heladas en ese mismo lugar de trabajo.
La Chirigua, en entrevistada del diario "La Tercera" del 20 de junio de 1997. El puesto de doña María se ubicaba justo de este lado del ya desaparecido edificio pergolero, por lo que, a veces, la chispeante florista se escapaba por un ratito al bar-restaurante “Rupanco” casi al frente, o a la cantina “El Quinto Patio” de la vecina calle Gandarillas.
María Ubeda, La Chirigua, en la Pérgola Santa María por el lado de calle Artesanos, en los años ochentas. Imagen facilitada generosamente por su hija Fabiola Vallesteros, correspondiente a una imagen de cámara instantánea.
Su hija Fabiola, nuestra principal fuente y nacida del segundo matrimonio de María Ubeda, vino al mundo en esa misma pérgola y se crió en sus primeros años “en una caja de cartón para plátanos que le servía de cunita”, a un lado de su infatigable madre que no cejó en buscar doblarle la mano a las tribulaciones más desgraciadas y abominables de una vida que parecía haberse ensañado con ella pero que, a fin de cuentas, fracasó humillantemente en su obsesión enferma y perversa por arrebatarle la sonrisa a tan tremenda luchadora, que fue capaz de derrotar todas las ojerizas del destino. Ése era el mundo del que venía la Chiri, incansable ante los avatares insolentes y vicisitudes inmisericordes de la vida; alguien que consiguió arrancarle por la fuerza alegrías al mundo, para una existencia que por períodos hubiese parecido obcecada con provocarle sólo dolor y sufrir interminables.
Barrio Mapocho fue su isla; su país. Prácticamente, la totalidad de lo que sucedió en su vida tuvo lugar en la ribera del río, pues allí pertenecía. Todos los días llegaba temprano a su puesto, a las siete de la mañana, con sus cabellos ensortijados de rulos bastante parecidos a los mismos arreglos florales que vendía en el local, colocándose su característico delantal hasta las 11 de la noche de cada jornada, cuando regresaba a casa.
Era, en consecuencia, una típica mujer chilena; una cantinera en tiempo de paz, de esa estirpe popular que sólo almas geniales como Nicolás Palacios fueron capaces de enseñarnos a querer: esforzada y valorada, con la tendencia a apretar los ojos con cada risa, o “sonreír con los ojos” como le dicen; con esos párpados hinchados y blancos, decaídos sobre la mirada que testimonió ante sí tanto de la historia del barrio ribereño y sus mercados. En contraste, sus manos gruesas llevaban marcadas las señales de toda una vida de trabajo y de esfuerzo, ásperas, con las inclementes espinas de las rosas incrustadas sobre la piel ya endurecida pero, sin embargo, siempre intentando ser pulcras, luchando contra el desgarro y el raspón de cada momento, cada instante.
Así era la Chiri, magnífica vieja chora, amada y respetada. Con una honradez y generosidad proverbiales, tenía también una agilidad mental y un entrenamiento creativo in situ para sacar chistes con la rapidez del rayo, enfrentando a sus propios colegas hombres más avezados en esta característica del humor nacional y en el lenguaje soez que ha sido tradicional patrimonio masculino. Famosas fueron sus cruzadas de bromas pesadas a garabato limpio con otro conocido y alegre personaje del barrio, el Perro Cabrera, pareja de una distinguida y elegante pergolera del mismo lugar. Era imposible pasar por la Pérgola Santa María sin notar la presencia de María Ubeda allí; e incluso si algún paseante apresurado o distraído no alcanzaba a verla, ella misma se encargaba de concretar el saludo, pues tenía una memoria prodigiosa para reconocer sus clientes y visitantes, por supuesto que siempre con sus irreverentes risas y tallas.
Tenía un carácter temible si alguien se le pasaba de listo, sin embargo, talento que conoció en persona el famoso cantante tropical Roberto Fonseca, alias Pachuco, al cometer lo que la Chiri consideró una grave falta de respeto durante una visita suya a la pérgola. El músico, que ciertamente no tenía el más grande de los carismas ni fluía en simpatía, terminó cacheteado y golpeado por la locataria a causa de este incidente, aunque un tiempo después hicieron las paces y hasta forjaron amistad. El round Chirigua-Pachuco fue uno de los más comentados en el barrio, al punto de que cuando el cantante Zalo Reyes pasaba por allí le recordaba con risas a doña María su memorable combate, celebrándolo como una hazaña que ya ha pasado a formar parte del rico anecdotario del barrio comercial de Mapocho, junto a tantas otras historias inolvidables allí sucedidas y refugiadas en la tradición oral de sus residentes y actores.
La Chirigua era famosa, además, por aparecer en frecuentes entrevistas en los medios que se enteraban de su popularidad y la invitaban. En una edición del programa “Viva el Lunes” de Canal 13, por ejemplo, rechazó un jugoso cheque que le ofrecieron de regalo en vivo, declarando que ella sólo aceptaba dinero de su trabajo. Salía también en un programa dominical infantil del que se declaraba fanática: “Cachureos”, donde se la mostraba bailando por puro amor al arte con la Momia, uno de los personajes del equipo, que conoció luego de una visita del mismo a las pérgolas.
Su alegría siempre desbordó todos los lugares por los que transitó en su paso por este mundo, como un hada de la risa y el júbilo que intentaba dejar a sus espaldas la vida sufrida y dolorosa que le tocó en esta ronda. Varias veces fue entrevistada también por medios de prensa escrita, en su calidad de florista de las más antiguas y populares de la pérgola. Fue, así, una flor de alegría mapochina, de dulce optimismo; esa rosa de rostro sedoso, de mirada tierna y párpados de pétalos aterciopelados, contrastados con sus manos siempre espinudas, marcadas por los cortes y rasguños del trabajo esforzado. Era, en fin, como la más fina y alegre de las rosas que hayan pasado por su puesto en todos esos años, en los que nunca se vio su rostro de luz sin la sonrisa que exaltaba más aún sus rasgos de mujer de pueblo, de auténtica chilena, con ese mohín feliz en la mirada y tan opuesto a sus manos siempre castigadas.
Velorio de La Chirigua, realizado dentro del viejo edificio de la Pérgola Santa María, y con sus amigos y ex compañeros de trabajo de toda la vida sirviéndoles como escoltas. Fotografías también proporcionadas generosamente a nosotros por Fabiola Vallesteros, hija de la inolvidable Chirigua.
Las últimas flores en la existencia de doña María Ubeda, La Chirigua: las de su propio velatorio, en el año 2009.
La clientela de la Chiri reflejaba el eclecticismo y la amplitud de las simpatías que se ganó en vida. En una misma jornada era visitada por ricos y pobres; por buenos y malos. A su puestillo de un rincón del edificio llegaban desde funcionarios de la Policía de Investigaciones de Chile del Cuartel de la calle Borgoño hasta conocidos narcotraficantes de la zona Sur de Santiago, todos para despedir a sus propios caídos. Y cuando este local era visitado por gente menesterosa que no tenía dinero para comprar arreglos florales, doña María les regalaba algunas de sus coronas o ramitos que estuvieran con dos o más días, comenzando a ponerse mustios, pues su filosofía y política “profesional” era que todos los muertos deben tener flores, por lo que consideraba su oficio en un verdadero y necesario servicio de amplio contrato social.
Esta generosidad y desprendimiento, propio de quien ha pasado por el trauma de no tener nada, se manifestaba en otros innumerables gestos suyos, reforzando las razones del inmenso cariño popular que se ganara en la vida en las riberas del río Mapocho. Mucha gente recurría a ella, por lo mismo. A algunos mensajeros que se enviaban a dejar flores y coronas, cuando parecía que no les había ido bien en el día, la propia Chiri los llamaba a su puesto y, sin hacer preguntas, les ofrecía alguna de las comidas que preparaban en su propio espacio para cada hora de almuerzo: un plato de porotos granados, alguna cazuela con ensalada de tomates a la chilena o, simplemente, un modesto bocadillo motejado en el gremio como los sánguches del florista (pan marraqueta con rodajas de tomate, que algunos hacían más interesante al paladar con un poquito de mayonesa, ají, cilantro o salsa pebre), muy característicos de este tipo de comerciantes del barrio y que tenían fama de sacar de apuros para el hambre en momentos de bajo presupuesto.
Fue una desgracia que la Chirigua acabara siendo víctima de terribles injusticias también en sus últimos años… Injusticia infame, superior, pero casi zodiacal. Como no sabía leer ni escribir, cayó atrapada en la deshonestidad de un inescrupuloso charlatán leguleyo del sector, viéndose metida en un problema tan grave que debió vender con dolor y amarga resignación el puesto en la pérgola, acaso su verdadero y auténtico hogar.
Y como el golpe no fue suficiente para complacer la cruel sed de Baal, poco tiempo después se le declaró un agresivo cáncer que consumaría la conjura de muerte en sólo cinco meses, ante la desazón de su familia en el hogar y de su otra familia de queridos amigos pergoleros, aquellos compañeros de toda una vida.
La Chirigua falleció el año 2009. Su velorio en la Pérgola Santa María fue una emotiva reunión con toda la historia del barrio representada en los cientos de rostros y almas sobrevivientes que la han trazado. Su ataúd fue escoltado por turnos, en pares de personas que completaron una larga jornada de despedida para la querida Chiri. La llevaron al que había sido su puesto, dándole el último adiós en el sitio de sus esfuerzos y sacrificios por tantos y tantos años. Acto seguido, el cortejo partió hacia el Cementerio Metropolitano, donde esperaba el lugar que le daría reposo.
Al año siguiente, por curiosa coincidencia, fueron demolidas las antiguas pérgolas para ser renovadas con los nuevos y modernos establecimientos comerciales. Del lugar que ocupó doña María Ubeda, ese alegre querubín femenino de la Pérgola Santa María, sólo ha quedado el vapor de la memoria de quienes tuvieron la fortuna de conocerla.
Por alguna extraña última compasión del implacable destino, sin embargo, el local que por tantos años había pertenecido a la Chirigua, allí arrinconado en una esquina, fue el último en ser demolido por las maquinarias pesadas del progreso y la renovación que levantarían el actual edificio en el Mercado Tirso de Molina.
Esas mismas flores con las que hizo digna la despedida de tantos, homenajearon su propia partida hacia los jardines de lo imperecedero. Hoy decoran también su tumba, ésa donde yacen sus restos o, acaso, donde se esconde la entrada secreta a una maravillosa ciudad encantada, subterránea, pintada de balcones de colores y cercada por paraísos florales donde al fin encontró la esquiva y plena felicidad, la definitiva; esa que jamás se marchitará.

jueves, 24 de noviembre de 2016

LA ANIMITA DEL "COLGADO" EXEQUIEL EN UN CRUCE DE TRES TRAGEDIAS EN LAS CONDES

Aspecto y ubicación originales de la animita de Exequiel, en imagen publicada en 1997 por el diario "La Tercera".
Coordenadas: 33°24'59.67"S 70°32'19.19"W
El barrio que se extiende al Este del Parque de las Casas de Apoquindo, identificado como el vecindario de Colón Oriente, es el lado popular de la más bien acomodada comuna de Las Condes, en Santiago de Chile. Precisamente en el cruce de las avenidas Cristóbal Colón y Padre Hurtado Sur, entre esta última y la calle Zapaleri, se abre una plaza con árboles tan viejos como las demás grevilleas y árboles del paraíso visibles en los bandejones y los bordes de estas mismas arterias.
Hablamos de un sector de la ciudad que, por años ya, parece estar siempre condenado a las incomodidades de trabajos para procurarle mejoramientos y remodelaciones. Hace poco se construyó un gran centro comercial en la esquina Norponiente, que espera su hora de inauguración, y actualmente se ejecutan también obras de pavimentación en el perímetro de la plaza y cambios de colectores de aguas lluvias, casi encima de las animitas de las que acá hablaremos.
Las tres casuchitas son, además de la conocida expresión de fe popular manifiesta en el culto animístico, testimonios de tres grades tragedias sucedidas en diferentes períodos en este cruce de avenidas, a tres jóvenes veinteañeros que también residieron por estas mismas calles. Lucen especialmente bellas en las noches, pues parece que atraen gran cantidad de devotos que les encienden velas, no sólo entre los vecinos inmediatos a la esquina.
La fama de milagrosa de la animita principal, considerada alguna vez como una de las más generosas en favores dentro de todo Santiago, es la que aporta la mayor cantidad de ceras para los candeleros, haciendo singularmente interesante esta rincón santiaguino en horas nocturnas.
El grupo de animitas de Colón con Padre Hurtado, de día y en su ubicación actual.
Las mismas animitas vistas de noche, con velas encendidas.
El árbol original donde se colgó Exequiel y donde estuvo su animita.
El mismo árbol, visto en el sentido opuesto en calle Padre Hurtado.
Vista lateral de la animita de Exequiel, en su ubicación actual.
EL "COLGADO" EXEQUIEL, SU ÁRBOL Y SU ANIMITA
La primera y más importante de estas animitas es la del "colgado" Exequiel, cuya ubicación original no era exactamente aquí, sino al otro lado de la calle y por el lado de Padre Hurtado, casi empotrada contra el antiguo murallón de adobe que recorría el perímetro del antiguo Fundo Santa Rosa de Apoquindo, misma pared que sostenía algunas de las más antiguas placas de agradecimientos para el personaje.
Su posición al pie de un añoso y grueso roble encina no era casual: según las placas que testimoniaban el drama, allí se había suicidado Exequiel Antonio Jilberto Cornejo, el día martes 20 de agosto de 1968, colgándose del cuello con una soga que pasó por las ramas de dicho árbol inclinado. Conocido como "el joven" o "el colgado" entre sus vecinos, al parecer existió hasta un retrato fotográfico de Exequiel entre las placas de agradecimientos, en el pasado, pero que desapareció tragado por el tiempo y el envejecimiento.
El triste suicida vivía esas las casas de Colón Oriente con su familia, la que continuó residiendo en el barrio tras su partida. Tenía una edad indeterminada de entre 20 a 30 años, según las versiones que pueden recogerse, y se comenta que tuvo una existencia atormentada, pasando por una profunda depresión activada por razones que no parecen claras: penas de amor, delirios, alcoholismo. Problemas mentales y dos intentos anteriores de suicidio acompañan su hoja de vida en la tradición oral, además.
De acuerdo a la misma leyenda indagada y comentada por la periodista Patricia Guerra, para una nota cultural del diario "La Tercera" del 21 de agosto de 1997 (al cumplirse 29 años del suicidio), Exequiel habría llegado ebrio a casa, desatándose una gran discusión con sus padres que habría detonado su radical e irreversible decisión. Alcanzó a despedirse de familiares y amigos antes de concretarla, pero, desgraciadamente, nadie creyó que iba a poner fin a su vida... Hasta la mañana siguiente, cuando residentes del sector que iban hacia sus trabajos, lo encontraron colgando del mencionado árbol, muy temprano aquella mañana.
La vecina llamada María Ester Muñoz, residente de las casas ubicadas en frente de los hechos y, por lo tanto, testigo de lo sucedido aquel día de 1968, contaba a la misma investigadora que los perros de esas cuadras aullaron toda la noche en que Exequiel se había suicidado, extendiendo sus lamentos por semanas y meses, inclusive. La vecina rezaba la oración del Credo para calmar los llantos caninos, pues creía que era el Diablo el que podía estar haciéndose presente.
El árbol donde murió Exequiel se convirtió, espontáneamente, en su memorial. El padre del finado iba todos los días a dejarle flores, hasta el día de su muerte a muy avanzada edad, continuando su hermano con esta costumbre en la animita. Estaba acompañado de varias plantas, especialmente cactos, por alguna razón. Al no haber más espacio en el suelo para ellas, sin embargo, le empezaron a colgar modestos maceteros de plástico en el mismo tronco; y al llenarse éste, comenzaron a aparecer plantitas también en dos árboles vecinos de la misma orilla en calle Padre Hurtado, al tiempo que se trataba de mantener bidones y cubetas con agua, para regarlas.
También llamado Toñito por algunos de sus devotos, aludiendo al segundo nombre del finado, el ánima del "colgado" ha sido venerada especialmente por taxistas, choferes de locomoción colectiva, estudiantes y "gente de plata", según declaraba doña Morelia Henríquez en la señalada fuente periodística. "Claro que ellos se camuflan, porque les debe dar vergüenza que los vean", acotaba la antigua vecina del sector.
Muchas cosas cambiaron desde entonces, pero otras se mantienen intactas. Hacia el cambio de siglo, al demolerse la antigua pared perimetral del Fundo Santa Rosa de Apoquindo para ser reemplazada por las rejas del parque y darle un poco más de espacio también a la vereda peatonal, la garita de esta animita, con techo a dos aguas y hasta una pequeña chimenea, fue trasladada completa cruzando la calle, a la señalada posición en el inicio de la plazoleta, en la esquina Suroriente de Colón. Muchas de sus decoraciones, candelabros y placas se mudaron también con este traslado, pudiendo ser reconocibles todavía.
En su nueva ubicación a sólo unos metros de la original, la animita de Exequiel sigue siendo venerada con obsequios, velas y testimonios de "favores concedidos", esta vez bajo la sombra de un llamado árbol del paraíso o de los rosarios, por sus drupas redondas y pálidas parecidas a cuentas. En tanto, el centenario árbol original donde ató la horca con que renunció a la vida, sigue existiendo al otro lado de Padre Hurtado, siendo reconocible por su tronco grueso e inclinado hacia la calzada. Aquellas ramas desde la cual pendía su cuerpo de Exequiel en el aciago día de su suicidio, ya no existen o han quedado muy altas luego de todos los años transcurridos.
Animita de Exequiel, en su ubicación actual. Vista nocturna.
Acercamiento diurno a la misma animita.
Vista nocturna de la animita.
Interior del templete de la animita, en la noche.
Placas de agradecimiento para los "favores concedidos" por Exequiel.
LA DESGRACIA DE PEDRO VARGAS
La segunda animita ubicada en este grupo, acompañando a la Exequiel, es la de una persona llamada Pedro Jaime Vargas Lizama. Está hecha de concreto, de cara hacia Colón al igual que la principal, y ciertamente recibe alguna clase de mantención pues se encuentra en muy buen estado y con pequeñas ofrendas. Es más sencilla en ornamentación, sin embargo, destacando sólo una vetusta cruz de madera, un frasco con flores frescas y algunos muñequitos, reafirmando ese rasgo infantil que se procura siempre a las animitas chilenas.
Tiempo atrás, me costó muchísimo hallar algo sobre la identidad del personaje allí recordado, ya que la animita no entrega más datos que el nombre. Incluso gente joven del sector parece desconocer su tragedia, relacionando su muerte con un accidente de vehículos en esta misma esquina, cosa que no es precisa. La información más certera estaba, pues, en los célebres Archivos de la Vicaría de la Solidaridad, donde se había catalogado este caso como de "abuso de poder", pues se trata de una víctima indirecta del estado político y represivo que se vivía en esos años, en un desgraciado incidente con fuerzas policiales.
En 1988, Pedro era un obrero de 24 años también residente del barrio. Para el día 2 de octubre, el de su muerte, los ánimos de la sociedad estaban bastante crispados: faltaban sólo unos días para el histórico plebiscito que iba a poner fin al régimen militar y cundía cierta paranoia sobre intentos de atentados o acciones políticas violentas de parte de la oposición. Infelizmente, ese mismo día domingo, el hermano de su amigo Marcelo Pacheco había sido asaltado y herido a bala por un delincuente, por lo que el trabajador iba acompañándolo para tomar con urgencia algún taxi o colectivo en un paradero de este servicio, que existía en el sector de Colón con Padre Hurtado, e ir a confirmar así el estado del herido. Haber acompañado a su amigo en tan angustioso momento, iba a ser lo que le conduciría a la trampa de muerte.
Al llegar a una de las esquinas, hacia las 15:15 horas, se encontraron con un furgón de Carabineros de Chile estacionado sobre la acera, con cinco o seis funcionaros en el mismo sitio. Pasaron junto a ellos pero no encontraron taxis disponibles en la parada, por lo que se devolvieron sobre sus pasos volviendo a transitar en sentido opuesto, junto al grupo de uniformados. Al parecer, esta actitud inquieta despertó las sospechas de uno de ellos, quien se acercó a los hombres pidiéndoles identificarse. Lo que sucedió a continuación no está del todo claro ni detallado, pero puede suponerse que habrá comenzado alguna clase de discusión y, por lo mismo, se les ordenó a ambos tirarse en el piso.
Pacheco hizo caso de inmediato, pero no Vargas, quien metió su mano en el bolsillo trasero del pantalón para sacar su cédula de identidad. Lamentablemente, este súbito gesto fue interpretado por uno de los agentes como una amenaza, creyendo que el trabajador sacaría un arma, y así desenfundó rápidamente su revólver de servicio para dispararle a dos metros o menos de distancia.
Desatados los hechos, Pacheco y el herido Vargas fueron subidos al furgón y trasladados desde allí. La víctima falleció en la Clínica Alemana, dos horas después, y su acongojada madre, doña Ana Lizama, interpuso la denuncia correspondiente ante Fiscalía Militar, Rol 24-88, en contra del oficial de Carabineros de Chile que resultara responsable de la infame muerte.
Familiares y vecinos colocaron la animita de Pedro Vargas en la proximidad del lugar donde fuera herido mortalmente, pues hemos dicho que no siempre son instaladas estas en el sitio mismo del fallecimiento del homenajeado, como a veces se cree, sino también en el lugar donde se desató el capítulo de su desgracia (algo que ha sucedido también con otras famosas animitas, como la de Alicia Bon, en Avenida Departamental llegando a Vicuña Mackenna, ya que ella murió tras el ataque en un hospital). Según residentes, además, esta animita habría estado en la esquina opuesta, donde ahora está el flamante mall que aguarda por su apertura, pero en alguna modificación de la vereda fue cambiada a este otro punto del cruce acompañando a la Exequiel.
Vista nocturna de la animita de Pedro Vargas. Atrás, la de Daniela.
Acercamiento al interior de la animita de "Pedrito".
La misma animita, de día.
EL CASO DE DANIELA ZÚÑIGA
Daniela Solange Zúñiga Rojas, nacida el 13 de agosto de 1983 y conocida por sus amigos de la barriada como la Negra Dani y Dannita, tenía sólo 24 años cuando fue alcanzada súbitamente por el dedo de la muerte en estas mismas esquinas. Era una chica muy querida entre los suyos, de pelo y ojos oscuros, recordada como muy simpática y alegre, que había iniciado ya un proyecto existencial con su pareja, un muchacho que reconocía como el amor de su vida.
Su tragedia tuvo lugar en la cruel tarde del sábado 8 de diciembre de 2007, poco después de la hora de almuerzo. Eran los días en que la ciudad de Santiago aún estaba siendo obligada a adaptarse al nefasto Transantiago, y los recorridos de los buses de transporte no eran claros para los peatones, provocando varias situaciones peligrosas e incluso accidentes mortales, como el que costó la vida también a Fabita, otra animita de una atropellada en los primeros meses del nuevo sistema de locomoción y que, dicho sea de paso, hace pocos años fue despiadadamente arrasada de Mapocho por una orden municipal.
Dicen los residentes del sector, pues, que Dani había salido de su casa en el sector de marras, para cruzar entre las esquinas de esta encrucijada de calles. Fue entonces cuando uno de los nuevos buses troncales dobló imprudentemente desde Colón hacia Padre Hurtado, al parecer hacia el Norte, atropellando a la muchacha que justo iba a media calle por el paso de peatones. Parte de la responsabilidad la habría tenido también el tiempo exageradamente corto que los semáforos dan acá a los peatones para cruzar desde una esquina a otra, como escucho que reclama por la gente que consulto, pues se priorizaría en ellos el paso de los vehículos motorizados. El resto del drama de aquel doloroso día, según me lo describen, continuó con las tristes y desgarradoras escenas de sus seres queridos llegando al lugar, alertados por la traumática noticia.
Su animita fue colocada también por familiares y amigos de la víctima. Es, por su origen, la más reciente de las tres que allí hacen presencia espiritual en la esquina, con esperanzas de existencia en un Más Allá. Con un par de imágenes de la muchacha reproducidas en ella, también es la más bella del grupo, abundante en peluches, regalos de cumpleaños, remolinos y muñecos, reflejando mucho el carácter femenino y juvenil de la fallecida. Incluso tiene una mariposa, tradicional símbolo del renacer, hecha con mosaicos tipo trencadís en uno de sus costados.
Tampoco le faltan velas encendidas y ofrendas a este pequeño altarcito para Daniela, en el grupo de altares populares. Alguien colocó en su interior, además, una placa con un retrato suyo y un mensaje que simboliza perfectamente la ausencia que intentan llenar, en parte, estas consternadas animitas urbanas:
"No sabes cuánto te he soñado.
No sabes cuánto he suplicado verte.
Oh, ángel mío,
Dios de mi corazón.
Si supieras cuánto te necesito".
Vista nocturna y con velas encendidas, de la animita de Daniela.
Interior de la animita, con retratos de la muchacha.
La misma animita, vista con luz natural.

martes, 15 de noviembre de 2016

LA SUPERLUNA VISTA DESDE EL PANUL, SANTIAGO (13-14 NOVIEMBRE DE 2016)


Oveja muerta bajo la Superluna, en el bosque de El Panul.
Coordenadas: 33°32'6.89"S 70°32'4.06"W (entrada a fundos Zabala y El Panul)
Bueno, ya es conocido el fenómeno de la Superluna a nivel de cultura popular, a pesar de que no represente gran cosa para los astrónomos. Los muy cubiertos eventos del 19 de marzo de 2011, 12 de julio de 2014, 10 de agosto de 2014 y el que vino acompañado de eclipse lunar el 27-28 de septiembre de 2015 (la Luna de Sangre), nos tenían bastante preparados y entusiasmados aguardando por el que acaba de suceder, en la noche del 13 al 14 de noviembre de 2016.
También se nos informó desde los medios, apropiadamente, que podía ser el último de nuestras vidas (aunque no con esas palabras), pues no volverá a verse una Luna así hasta el 25 de noviembre de 2034. La de máxima aproximación prevista para el satélite natural tendrá lugar el 6 de diciembre de 2052, pero al menos tendremos una con otro eclipse lunar en octubre de 2033.
Como es usual en estos casos que requieren de cámara fotográfica, mi tocayo Cris me avisó casi encima de la hora de salida de la Luna, el domingo 13, de su deseo de partir a captar imágenes nocturnas en los cerros y bosques del Fundo El Panul. Ya he hablado en otra entrada de este blog sobre estos extraordinarios páramos verdes y paisajes en la precordillera de la comuna de La Florida, en Santiago de Chile, favorito de muchos deportistas, excursionistas y amantes del aire libre en general, a pesar de existir ciertas amenazas para su prístina existencia, en este caso por el hacha de progreso.
Pasadas las 20 horas, faltando aún para nuestra partida, la majestuosa Superluna ya ha asomado con su espectacular resplandor sobre las cumbre de los cerros San Ramón, Punta Damas y Minilla. De inmediato salta a la vista que su tamaño e intensidad de fulgores no son los habituales. Las redes sociales de Internet se han encargado de difundir imágenes de todo el mundo mostrando el singular fenómeno, además.
La Superluna, en términos sencillos, corresponde al momento en que el satélite natural, en sus fases de Luna Llena o Luna Nueva,  se halla a un 10% o menos del punto más próximo a la Tierra en la traslación en su órbita, conocido como perigeo. Como la órbita que describe el astro es elíptica (en general, las órbitas son así y no circulares; preguntar a Johannes Kepler por qué), su eje no coincide con el de la Tierra, por lo que hay puntos específicos de máximos alejamientos y máximas aproximaciones, siendo estas últimas las que generan Superlunas con percepción mayor de su tamaño y su resplandor. El satélite llega a verse un 14% más grande en la bóveda celeste y con un 30% más de brillo, resultante del reflejo de luz solar en su superficie.
Para los científicos, la Superluna es un caso convencional y de poca sorpresa, incluso considerando su ocasional repetición. Tanto es así, que el nombre del fenómeno proviene de un astrólogo y no de la astronomía: fue Richard Nolle quien la denominó Supermoon en 1948, año en que, el 26 de enero, hubo un evento tan cercano a la Tierra como el de este 2016. El interés y la curiosidad por ella, entonces, es más propio de los simples mortales que de los astrónomos, quienes se limitan a denominar el fenómeno como el perigee-syzygy del sistema astral Tierra-Luna-Sol.
Otro aspecto, más controversial, es que Nolle asociaba la Supermoon con cataclismos y calamidades naturales, como tormentas, huracanes y terremotos. Los muy recientes azotes telúricos de Italia y Nueva Zelandia han dado argumento a los que quieren ver cumplida esta esta relación denominada pomposamente estrés geofísico, a pesar de ser descartada por la ciencia.
GALERÍA DE IMÁGENES:
NOCHE DE SUPERLUNA, DESDE EL BOSQUE DE EL PANUL, SANTIAGO
Como sea, agoreros y románticos quedan igual de complacidos con la visión de una Superluna, y así lo confirmamos al llegar a las puertas del Fundo El Panul y advertir las cantidades de visitantes y curiosos llegados en vehículos, motocicletas, bicicletas o incluso a pie hasta estos bosques y cerros, cruzando todas estas villas residenciales aún nuevas en la historia de la comuna floridana, construidas sobre lo que fueron antiguas haciendas y viñedos. Pocas veces se observa tanta multitud en este lugar, al final del Camino Las Tinajas con la calle Santa Sofía, donde está el Colegio Pablo Apóstol.
Grupos de personas, familias y parejas entran a los senderillos en el recinto del parque, paseando sus siluetas entre matorrales oscuros y arbustos del bosque. Los más jóvenes lanzan fuertes risotadas y gritos desde los parajes sombríos y sus quebradas rocosas, casi indistinguibles en la distancia. Probablemente lleven algunos estímulos a la alegría con ellos, como cervezas y algo más.
Algunos gritones suenan histéricos, como eufóricos, pareciendo no cansarse ni quedar afónicos con semejante jugarreta. "¡Se nota que la Luna Llena pone locos a estos tipos ya medio fallados!", comenta mi compañero de estas correrías, aludiendo a un extendido mito de origen medieval y que aún es parte de los legendarios de hospitales de urgencia y de guardias policiales nocturnas: que la Luna, en esta fase, causa delirios e induce a conductas violentas o temerarias. De ahí la expresión lunático, para referirse a los orates.
Muchos vienen subiendo ansiosos y a paso rápido, tentados con sentarse a mirar la Creación lo antes posible, en estos cielos limpios y menos perturbados por la contaminación lumínica. Otros se detienen primero a comer algún bocadillo, en un pequeño pero acogedor restaurante allí instalado, desde no hace mucho: "La Terraza del Panul". Empero, veo algunas fogatas encendidas a lo lejos, algo innecesario y peligroso que ya hizo pasar un susto a este bosque, hace poco.
Todo este escenario parece una especie de encuentro pagano, y algo de adoración cósmica tiene, sin duda. La inmensidad de la noche compite con los resplandores de una Luna de proporciones excepcionales, que tiñe con su brillo parte del paisaje de recortes de estos cerros, por los que trepamos jadeando y forzando las piernas hasta conseguir buena altura de observación. Las fotografías de esta composición, entonces, parecen escenas paleozoicas, especialmente las tomadas hacia los cerros, mientras la ciudad medio dormida en sus propias luces amarillentas titila muy abajo, por toda la extensión secular el Valle del Mapocho.
Incluso arriba del cerro que nos recibe con su mirador natural, se escuchan risas y voces de los llegados. Una pareja se percibe en sombras, a sólo unos metros, y tienen una carpa instalada acá. La noche superlunar ha sido capaz de alterar comportamientos entre los que llegan a admirarla en esta noche de domingo a lunes, rompiendo rutinas y convencionalismos. Tal vez haya algo de verdad en la leyenda de la Luna Llena alterando el juicio... Y el lunes es, precisamente, el Día de la Luna, el moonday.
Estas escenas nocturnas, que captamos con nuestras cámaras, son nuestro registro y apoyo a la memoria de tan extraña aventura. Hay algo siniestramente atractivo en todas estas imágenes, como la atracción más profunda de las noches, de la Noctis, del glorioso imperio Nox Regni. Es la seducción misma de la oscuridad y de los mitos selenitas.
Tras largo rato en nuestra distracción y acercándose ya la medianoche, el frío comienza a sentirse, contrastando con el generosamente cálido día primaveral que había tocado. Pasado un rato, entonces, marchamos en la penumbra hacia abajo, de vuelta, contemplando a los extraños que suben y bajan con la misma misión observadora autoimpuesta.
Abajo otra vez, la cantidad de vehículos y movimientos del gentío confirman que acá queda mucho tiempo aún para los curiosos de este fenómeno que continuará su perpetua repetición en las vueltas de cada sinfonía cósmica, más allá de nuestras propias y pequeñas existencias.

sábado, 12 de noviembre de 2016

CASERONES: LA CIUDADELA EN RUINAS DEL TARAPACÁ ARCAICO

Coordenadas: 19°58'49.35"S 69°33'44.13"W
Tuve suerte aquella tarde de 2012, cuando partí a pie desde el poblado Huarasiña hacia el poniente, en plenas fiestas de la Octava de San Lorenzo de Tarapacá celebrándose en el caserío. Iba decidido a conocer la aldea en ruinas de Caserones, probablemente el más importante de los complejos arqueológicos de toda la zona de la Quebrada de Tarapacá y la región del mismo nombre, pero también misteriosamente poco conocido y menos difundido en la noción general de los atractivos turísticos y arqueológicos del Norte Grande de Chile... Aunque tal vez esto sea para mejor situación del mismo lugar, dada la fragilidad y vulnerabilidad en que se encuentra tan maravilloso patrimonio histórico tarapaqueño.
El enorme complejo en ruinas está a unos cinco kilómetros desde el pueblo, bajando por la misma quebrada. Los lugareños son buenos guías para orientarse por estos parajes y llegar a dicho sitio, ubicado hacia la proximidad del sector en donde el río Tarapacá se ha derramando desde tiempos impensados sobre la Pampa del Tamarugal, pareciendo ser tragado por el suelo ardiente y sediento del desierto.
Había caminado un tanto ya hacia Suroeste del pueblo por el cañón, intentando seguir la huella serpenteante de uno de sus caminos. que constantemente se confunden con el lecho y la vega del río. Las últimas ofensivas del invierno altiplánico habían cambiado notoriamente el curso y las vueltas que sigue el cauce allí abajo en la quebrada, a veces comprometiendo los senderos y dejando parte del lecho fangoso al descubierto y resquebrajado por la exposición al Sol que lo seca y agrieta, como un gigantesco trencadís de arcilla.
Justo en ese andar, se aproxima un motor a mi espalda y me invitan a subir atrás de la camioneta todoterreno de otros viajeros que van a Caserones, una familia completa, y así llego entre sacudidas y agitaciones por estrechos senderos y cuestas cortadas casi a pique al borde de la quebrada, hasta el maravilloso complejo que se alza como una verdadera ciudadela, abandonada desde hace siglos: los restos que parecen el recuerdo vestigial de lo que alguna vez fuera un activo pueblo precolombino, con habitantes que conocieron la respuesta quizás a todos los incontables secretos que aún guardan con celo estos valles interandinos y sus quebradas.
Una conocida autoridad edilicia en la región, en otro de sus frecuentes furores un tanto megalómanos, se refirió alguna vez con amplificación a este sitio como "el Machu Picchu chileno" o alguna exageración así. La verdad es, sin embargo, que nunca se ha implementado un plan de incorporación de Caserones a las inmensas posibilidades turísticas de la zona. De hecho, don Eduardo Relos, representante e investigador del pueblo aymará con quien he hecho muy buenas migas en Huarasiña, me comentó bastante sobre los completos planes que la comunidad local ha proyectado y presentado a las autoridades del Estado de Chile, intentando persuadirlas de crear un área especial de protección en Caserones y pasar su administración como sitio histórico a los propios aymarás, para fines de turismo cultural. Como podrá adivinarse, sin embargo, hasta ahora las respuestas no han sido las esperadas.
Relos también me dio un dato interesante sobre el camino hacia Caserones, de algo que por entonces no estaba en mis registros: la existencia del majestuoso geoglifo en la ladera de la orilla Sur del río, frente a los verdes terrenos que otra familia vecina del sector tiene en el fondo de la quebrada y que parecen ser el último vergel agrícola visible si se va caminando hacia el poniente, en la dirección donde desemboca el caudal.
Vista general del complejo de Caserones.
Restos de la ciudadela.
Murallones de lo que se cree fue el edificio administrativo del complejo.
Ruinas dentro del conjunto, vestigios de antiguos murallones.
Detalle de los muros de piedra con argamasa.
Aunque por la forma sinuosa de las laderas y las distancias no se puede observar desde Huarasiña sino después de una caminata de una media hora o un poco más, efectivamente aparece este grupo de enormes figuras al borde del cañón, calculo que a unos dos kilómetros de distancia del pueblo y casi a medio camino hacia las ruinas de Caserones, por lo que puede suponerse la relación histórica entre ambos tesoros arqueológicos tarapaqueños. Corresponde a Cas-8, según lo denominan los arqueólogos: un grupo de imágenes, algunas de trazos y otras geométricas, donde destaca principalmente una que parece ser la central y que la gente de la quebrada interpreta como la representación de algún soberano precolombino cuyo señorío se extendía por estos territorios, y así lo apodaron: El Rey.
Aunque prefiero dejar para el futuro alguna entrada dedicada al geoglifo, cabe comentar acá que El Rey aparece como un hombre de pie con un bastón o cetro en la mano, y a un costado del mismo una figura menor dentro de un círculo y algo como un lagarto. Sin ser experto ni estar cerca siquiera de serlo, noto que están hechos con la misma técnica del Gigante de Tarapacá: el retiro de piedras oscuras dejando al descubierto la superficie más clara de la ladera. Observando fotografías satelitales, además, me parece que están orientadas mirando hacia la dirección en que se encuentra el Cerro Unitas y su gigante, más o menos, por lo que quizás se asocien a alguna clase de ruta, pues es sabido este territorio se utilizó ancestralmente para un ramal del célebre Camino del Inca.
Justo donde está el geoglifo y siguiendo la dirección de las aguas del río, comienzan a aparecer en el lecho de la quebrada las huellas de antiguos cultivos en la técnica de eras o canchones bajos, procedimiento de agricultura para tranquear el agua y que también es visible en los alrededores de San Lorenzo de Tarapacá y otros caseríos de la zona. Se observan como innumerables subdivisiones del terreno en esta cuadrículas del suelo y con protuberancias a modo de pequeños pretiles, extendiéndose varios estadios de estos hasta poco antes de llegar a Caserones, también abajo de la cuesta donde se encuentran sus ruinas, e incluso hasta dos kilómetros al poniente del complejo arqueológico, donde el río y la quebrada ya comienzan a desaparecer del paisaje iniciándose los deslindes con la Pampa del Tamarugal.
Así se aparece a la vista, entonces, ese grupo de estructuras junto al sendero superior de la quebrada, por su costado Sur y al borde de las alturas frente al río. Es una visión cautivante y emotiva el hallarse frente a los muros de rocas, esos intentando permanecer en pie a pesar de los siglos y de los terremotos que cambiaron tan dramáticamente buena parte del aspecto de toda esta región. La sola llegada a Caserones ya es, por lo tanto, una experiencia emocionante.
Éste fue el primer asentamiento humano de la Quebrada de Tarapacá; un hito en la conquista humana del territorio. Los locales le llamaban Tierapaca, hasta antes de trasladarse todos sus habitantes a otros caseríos del interior, especialmente el denominado Tarapacá Viejo del Pueblo de Indios que estaba en donde ahora se encuentra el sector del cementerio del pueblo de San Lorenzo de Tarapacá , siendo la base fundacional del posterior poblado allí establecido.
Caserones también está ubicado hacia la vera del mencionado Camino de Inca, y ha ofrecido evidencia arqueológica muy concluyente sobre la antigüedad de la presencia humana en la quebrada. Aunque manifiesta etapas diferenciadas de poblamiento, éstas se estiman en un rango cronológico que va entre los años 1.000 antes de Cristo y 1.200 después de Cristo, de acuerdo al propio panel de información turística titulado "Caserones: el primer asentamiento de Tarapacá" y ubicado en la Plaza de Armas de Huarasiña por la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena y la Universidad Arturo Prat. Se cree que hasta acá llegaron indígenas del sector altiplánico, como atacameños y aymarás , y se sabe también que sus últimos habitantes fueron los aymarás del grupo cultural Lupaca.
Es poco y nada lo que se mantiene en buen estado, sin embargo, pues la mayoría de los murallones están en el suelo, distinguiéndose sólo por sus bases, escalinatas y lo que en alguna época remota fueron estrechas calles, pasajes y pasillos. Parte de la arquitectura es identificada como de típica influencia incásica, especialmente la construcción central del complejo que parece ser un edificio de carácter administrativo, quizás el más amplio y mejor conservado de todo el caserío en ruinas.
Restos del muro perimetral y de forma semioval, alrededor del conjunto.
Trazas y partes de murallones que pertenecían al complejo.
Acercamiento restos de poste de madera en parte de un muro.
Se observa parte de la erosión ambiental sobre las murallas.
En total, el complejo consta de los restos de lo que fueron unos 355 recintos, entre casas, habitaciones y bodegas, algunas de bases circulares pero en su mayoría rectangulares. De ahí el nombre que le dieron los arqueólogos. Se puede observar allí también un campo de petroglifos de más de 100 bloques de piedra con figuras geométricas, probablemente correspondientes a un centro ceremonial de adoración o de sacrificios.
Frente a este complejo, hay un terreno llano catalogado como T-40, antiguo cementerio precolombino. Por el borde opuesto del cañón, también se pueden encontrar algunas concentraciones de círculos de piedras ordenadas en los suelos y correspondientes a las llamadas pircas. Es un gran grupo de círculos, algunos más nítidos que otros, que han sido estudiados por el arqueólogo Lautaro Núñez, importante investigador de Caserones que ha realizado también algunas publicaciones sobre estas pircas en particular, como parte de sus extensos trabajos científicos desarrollados en terreno por toda la Quebrada de Tarapacá.
Sobre lo anterior, encuentro información interesante en la revista "Estudios Atacameños" N° 7 de 1984, de la Universidad Católica de Chile y el Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo R. P. Gustavo Le Paige, San Pedro de Atacama, Chile. El artículo se titula "El asentamiento Pircas: Nuevas evidencias de tempranas ocupaciones agrarias en el norte de Chile", del propio profesor Núñez que es, sin duda, una de las voces más autorizadas sobre la Quebrada de Tarapacá, sino la más importante de todas.
Sin embargo, debo comentar que me ha sorprendido un poco la crítica visión que tienen algunos lugareños de la quebrada sobre los estudios de Núñez en este sitio en particular, Caserones, especialmente los ejecutados hacia los años setenta. Se dice, por ejemplo, que en su afán de dejar al descubierto las ruinas, arrojó mucho material removido y tierra con información histórica importante a la quebrada, entre otras historias más comprometedoras pero que me suenan a meros chismes, particularmente sobre lo que fueron sus actividades arqueológicas más específicas en la zona y para las cuales incluso se fue a residir un tiempo a la localidad con sus colaboradores. Quizás influya en estas opiniones alguna clase de desconfianza de parte de los lugareños hacia quienes se involucraron en la historia de la quebrada, pero sin formar parte de aquellas comunidades.
Lo que más llama la atención en Caserones quizás sea la gruesa muralla doble que alguna vez dio protección y seguridad a esta ciudadela, rodeándola por todo su costado Sur y oriente en forma semi-oval, mientras que su espalda quedaba resguardada por la altura de la propia quebrada sobre la cual se encuentra. La longitud del complejo ronda los 350 metros, aproximadamente, mientras que el ancho llega a unos 125 metros por su centro, también a cálculo aproximado.
Tanto la muralla perimetral como la ubicación al borde de la quebrada, evidencian una disposición autodefensiva parecida a la que puede encontrarse en históricas ciudades estudiadas por la arqueología. Pero, a diferencia de casos como la célebre Masada de Israel, en el fortín de Tarapacá no se tiene claro cuáles enemigos o amenazas pudieron ser tan majaderos y peligrosos como para motivar a los habitantes de Caserones a levantar tal estructura hoy derrumbada, considerando, además, que parecen haber tenido cordiales relaciones comerciales con habitantes del Altiplano, del oasis de Pica y de la costa.
Cada centímetro de terreno en Caserones y sus inmediatos guarda algún secreto: no bien pongo el primer paso sobre el suelo, comienzo a distinguir innumerables objetos de inmenso valor arqueológico, como trozos de cerámica, huesos pulidos al viento, lascas, piedras con filos, conchitas marinas con perforaciones para ser usadas de colgantes y hasta corontas de pequeños choclos parecidos a los que he visto en territorio diaguita en el Norte Chico.
Cada uno de estos fragmentos de la historia ancestral tarapaqueña cabe en un bolsillo, siendo que merecen estar en realidad en la vitrina de algún museo si acaso se los sacara de acá. Tampoco cuesta comprender por qué este expuesto y desnudo sitio ha sido un paraíso para los huaqueros y los traficantes de tesoros arqueológicos, tanto así que se recomienda encarecidamente a los visitantes no transitar por dentro del complejo, sino por su perímetro exterior, ya que cada paso es un riesgo con tanto material valioso disperso, aunque me consta que se puede caminar responsablemente por la ciudadela y por sus partes más sólidas, pisando sólo rocas o espacios vacíos del terreno si se va mirando cada paso que se dé.
Restos de canchones en el lecho de la quebrada y vista de la ladera opuesta.
Contornos de antiguos canchones o eras de cultivo, en el lecho abajo del complejo.
Grupo de estructuras que todavía permanecen en pie dentro del conjunto.
Arqueólogo Luis Briones, dando charla in situ en Caserones (agosto 2012).
Allí, inspirado entre murallones milenarios, casi puede imaginarse un parque arqueológico de impresionante potencial turístico y cultural: no cuesta fantasear con senderos para recorridos formalmente levantados sobre el recinto como pasarelas, más las protecciones necesarias para garantizar su plena conservación, mientras los propios habitantes de la quebrada ofician como guías y expositores in situ. El día que existan la voluntad, los recursos y la capacidad de dar debida vigilancia a este complejo (y a otros cercanos y menores, como los llamados Tr-13 y Tr-16), la propuesta que viene siendo insistida por comunidades aymarás podría poner a Caserones en el lugar que corresponde a su condición de sitio arqueológico de tremenda importancia y trascendencia en la historia del Norte de Chile. En la práctica, además, ya son los propios habitantes de Huarasiña los que se han encargado de darle cuidado y mantención, de modo que se haría algo de justicia al destinarles parte de su administración y entradas por concepto de turismo cultural participativo.
Para redoblar la suerte con la que he llegado a visitar Caserones, aquel día había allí un grupo de numerosos visitantes acompañados del arqueólogo de la región don Luis Briones Morales, quien daría en la ocasión una entretenida e ilustrativa charla en terreno ante los presentes. La oportunidad no se me puede presentar mejor para seguir interiorizándome en los secretos de este sitio.
Allí, ante los presentes, Briones explica -entre muchas otras cosas- que la abundancia de trozos de cerámica en todo el complejo, seguramente se debe a que formaban parte de tinajas o cántaros que eran usados dentro de las casas para almacenar cereales, agua, maíz y otros productos de uso doméstico. Claramente, mirando los interiores de las plantas del terreno que pertenecieron a esas residencias en ruinas, se pueden advertir también algunas concavidades que muy probablemente estaban allí para mantener firme en el piso estos grandes jarrones o tinajas de base redonda, parecido a cómo funcionan los compartimentos de cajas para colocar huevos o frutas.
Cuenta también el arqueólogo que, en su época más activa, la comunidad era abastecida de agua fresca captada desde el río y llevada hasta la ciudadela con intrincados canales de suministro, de modo que disponían de un abastecimiento del vital elemento para mantener sus cántaros llenos. Quizás fue una posterior falta de esta misma agua lo que provocó el abandono del lugar, además, aunque aún pueden verse por la quebrada restos de canalizaciones posteriores pero confeccionadas con el mismo concepto.
El método de construcción usado en el complejo era de piedras, principalmente la anhidrita, unidas con una argamasa de barro y con las estructuras reforzadas por enormes postes o pilares de troncos, los que todavía pueden distinguirse entre las ruinas a la altura del suelo y que empujan a la imaginación hacia la época perdida de los vastos bosques que tuvo alguna vez Tarapacá, especialmente los de tamarugos. Algunos residentes de la quebrada, sin embargo, me aseguran que también se echaba ceniza a la mezcla de la argamasa primitiva de estos murallones empedrados, y que esta técnica todavía era utilizada hasta hace no demasiado tiempo en la zona.
Además de ser el primer asentamiento de este tipo en la quebrada, existe la posibilidad de que Caserones haya correspondido al más abundante poblado que existiera por esta región en la época de los territorios sometidos al Tawantinsuyo, dado que las descritas condiciones favorables de abastecimiento de agua y la fertilidad de la tierra cultivada en canchas de eras así lo permitían. De hecho, fuera del rango estricto de la ciudadela protegida por el murallón, es posible encontrar una que otra ruina adicional de lo que parecen ser, también, antiguas residencias o muros levantados al exterior de la fortificación, periféricos, por lo que quizás la aldea llegó a crecer mucho más allá del límite de su gran muro de resguardo.
En rangos más legendarios, el recientemente fallecido Cacique de San Lorenzo de Tarapacá, don Fermín Méndez y su esposa Gladys Albarracín, me comentaron por esos mismos días que Caserones también ha sido asociado a las llamadas Aldeas de Enanos o caseríos de antiguos gentiles, mito del mundo andino que señala la existencia de una prehumanidad de pequeños hombres con tamaño inferior a los actuales y que perecieron en una masiva extinción.
Por alguna razón, sin embargo, los habitantes de la ciudadela dejaron este sitio y emigraron a casi 10 kilómetros más al interior de la quebrada, para establecerse en el sector de Tarapacá, en lo que fuera llamado el antiguo Pueblo de Indios, sobre las cuales se crearon las aldeas mestizas cuyos restos están frente al actual pueblo de San Lorenzo de Tarapacá, cruzando el río. Otros restos de aldeas y asentamientos surgidos de este desplazamiento pueden verse por las orillas de casi toda la quebrada, algunas más visibles que otras.
Los antiguos habitantes de Caserones abandonaron la antiquísima aldea hacia el año 900 después de Cristo, posiblemente por alguna falta de recursos, como agua o madera. Dejaron atrás sus murallas, las canchas de cultivo y los geoglifos tutelares, pero dando inicio a la historia del principal pueblo de la Quebrada de Tarapacá y a una nueva etapa de su semblanza milenaria.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

EL PRECIOSO REINO DE LA PIEDRA COMBARBALITA

Flautas prehispánicas de combarbalita, de tipo arriaras "clásicas". La a) es del Cementerio Bellavista, San Felipe; la b) fue donada  al Museo Nacional de Historia Natural por Enrique Dillinguer en 1883; la c) es una antara de tres tubos, aparentemente de la zona de Salamanca, hallada por Alonso Palacios. Imágenes publicadas por José Pérez de Arce Antoncich.
Coordenadas:  31°10'41.62"S 71° 0'9.14"W
La piedra combarbalita está en una de la zonas geográficas que más me fascinan y atraen de Chile: la Provincia del Limarí, al centro de la Región de Coquimbo. Su lugar nativo es Combarbalá, la misma ciudad a la que, hace 15 años, un funcionario del Servicio Nacional de Turismo tuvo el desatino de "sacar de Chile" al creer que se trataba de otro país, según su respuesta a la consulta de un usuario, bochornoso caso que también abordé en este blog en otra entrada, hace varios años.
La combarbalita reina en esta Combarbalá, por supuesto. No sólo está en el comercio de artesanías en piedra o los puestos de recuerditos para visitantes en la Plaza de Armas, sino por todos lados, hallándose piezas también en la decoración de la vieja iglesia, mesones de restaurantes, repisas en las residencias particulares y en la ornamentación pública. Incluso en el jardín exterior del edificio de la Municipalidad hay dos grandes bustos de combarbalita, de talla y terminaciones un poco ingenuas, sobre pedestales de rocas canteadas: don Bernardo O'Higgins, en piedra más blanca, y don Arturo Prat, en piedra morada.
Combarbalá y su entorno semidesértico han tenido actividades mineras desde tiempos precolombinos. La zona era habitada desde hace unos 5 mil años por culturas relacionadas con el complejo Los Molles y con las comunidades diaguitas, y hay pruebas de que estos últimos usaban la combarbalita en su época, al igual que la piedra lapislázuli (al interior de Monte Patria) para diversas artesanías. Sin embargo, fue a partir del siglo XVIII cuando comienza la industria de extracción minera, gracias al hallazgo de yacimientos de oro, plata y cobre en el sector, actividad de convierte a Combarbalá en centro de operaciones.
Local de venta de artesanía de combarbalita en Combarbalá.
Modelos de artesanía más turística, en el Pueblito de los Domínicos.
Varias piezas y cajitas artesanales de la piedra, en venta.
En términos técnicos, la combarbalita corresponde a una roca de origen volcánico, alterada profundamente por procesos geológicos que acaban mezclándola con otros minerales. Prefiero echar mano a una definición hecha por expertos, en este caso el trabajo titulado "Mineralogía y génesis de la combarbalita en el norte de Chile" de Gabriela Rosales, Mario Vergara, Sonia Helle, Úrsula Kelm, Jimena Cucurella, Ivonne Flores y Jorge Oyarzún, publicado en la "Revista Geológica de Chile" de diciembre de 1993:
"Se denomina combarbalita a una roca ornamental producto de la alteración argílica avanzada de materiales volcánicos, que se encuentra en los alrededores de Combarbalá (31°19'S-70°59W), Región de Coquimbo y que se explota con fines artesanales. Su litología es brechosa y presenta rasgos fluidales. En su composición predomina caolinita y minerales aluníticos, y contiene hematita y cuarzo en menor cantidad. Su color, variado, depende del predominio de los siguientes minerales o asociaciones mineralógicas: hematita (rojizo), hematita-caolinita (rosado-marrón), caolinita (blanco) y schlossmacherita (verde turquesa). En su composición química destaca el alto contenido de Sr, As y Pb. La combarbalita se originó por la alteración argílica avanzada producida por un sistema hidrotermal ácido sulfático, ocurrida, probablemente, en el lapso 80-70 Ma, de rocas volcánicas depositadas durante el Barremiano-Albiano".
Existiendo solamente en este lugar del mundo, la combarbalita genera la actividad extractiva y de cantería en la zona. Se la encuentra con cierta abundancia en los alrededores del poblado, como el sector La Viñita, Arqueros, Río Manque, Santa Virginia, Quebrada Marquesa, Quebrada Macano, Cogotí, Los Bolones y La Jarilla, entre otros yacimientos y minas. Generalmente, éstas corresponden a canteras superficiales o de poco socavo, algunas bastante separadas entre sí, aunque también hay minas subterráneas importantes y de buen tamaño.
Su nombre procede del que se dio a la localidad principal al ser fundada durante la fiebre minera, Villa San Francisco de Borja de Combarbalá, que procede a su vez de la denominación ancestral Kokamwalá y que en mapudungún significa Agua Lejana de Patos. No hay claridad en relación a desde cuándo la piedra es llamada combarbalita, sin embargo, habiendo testimonios de que era denominada así por los artesanos locales hacia los años sesenta, cuanto menos.
Sí es un hecho que su empleo se remonta a tiempos prehispánicos, pues se han realizado hallazgos de  pectorales, collares de cuentas y flautas tipo "antaras" y "pifilkas" de combarbalita morada en el Norte Chico y la Zona Central, que se remontan a un período de tiempo entre la época preincásica y la incásica. Estos últimos instrumentos, estudiados por expertos como el museógrafo y musicólogo José Pérez de Arce Antoncich, sugieren alguna línea de influencia con las actuales flautas de los llamados bailes chinos, de las fiestas religiosas. Puede leerse más sobre ellas en su artículo científico titulado "Flautas de piedra combarbalita morada de Chile Central y Norte Semiárido" ("Boletín del Museo Chileno de Arte Precolombino", vol. 19 N° 2, Santiago - 2014).
Prat y O'Higgins en combarbalita, Municipalidad de Combarbalá.
Peana artística de combarbalita. Presbiterios de la Iglesia de Combarbalá.
Pirámides y otros artículos de la piedra, en la Plaza de Combarbalá.
Cuencos en venta en otra tienda del lugar.
Se dice, por lo regular, que la combarbalita corresponde a una piedra semipreciosa, aunque conozco la opinión de ciertos joyeros con criterios más radicales rechazando este término, argumento que una piedra es o no es preciosa, y no habría más categorías intermedias relacionadas con precios o consideraciones de demanda. Si bien sus valores no llegan al de otras materias mineras, sin embargo, el tratamiento que artesanos y joyeros dan a la combarbalita coincide frecuentemente con el de una piedra preciosa, especialmente en los casos de joyería de autor o aplicaciones de la misma en orfebrería. Su realce ceroso y brillante parecido al mármol, además, se logra con el minucioso pulido, aunque hay también aplicaciones de barnices en ciertos casos.
Como vimos, son las cantidades de materias como caolinita, hematita, cuarzo o minerales de tipo alunita las que determinan las tonalidades de cada piedra de combarbalita. Llegan a sorprender la intensidad de algunas con colores rojos, oscuros, grises, marrones, amoratados, amarillentos, rosados, verde oliva o verde esmeralda, quedando traspasadas a las piezas artísticas o decorativas que de ellas surjan, gracias  a la mano maestra.
Las vetas y matices de algunas piezas también resultan de inmensa belleza, inspirado diseños con combinaciones. Mas aún, esta variedad de colores permite que se apliquen en pequeñas esculturas técnicas parecidas al acrolito, por lo que un cóndor decorativo puede tener, por ejemplo, cuerpo en una pieza de combarbalita negra, collar de la blanca y cabeza de la roja. Los más diestros incluso realizan combinaciones de piedras, frecuentemente con lapislázuli, para darle acento al carácter zonal de la artesanía.
Entre los artistas de la combarbalita, se prefieren las piedras de menor cantidad de sílice y más blandas, aunque las maquinarias más modernas facilitan bastante el trabajo de las muestras más duras. De hecho, al comparar trabajos producidos hace dos o tres décadas con los actuales, se observa un magnífico progreso del oficio, tanto en la complejidad de los diseños y la precisión de las terminaciones, como en la belleza de la combinación de piedras-colores y la variedad de motivos en la creación de cada maestro.
Esta declaratoria no ha impedido, sin embargo, que la combarbalita haya aparecido en algunos casos todavía aislados y muy específicos, como piedra a la venta o "típica" en ciertas localidades de países vecinos, según me consta. Lo mismo ha sucedido alguna vez, al parecer, con el lapislázuli y otras piedras chilenas como las del Río Cruces.
Estos artesanos producen hoy una gran cantidad de obras ornamentales y artísticas con ella, de todo tipo: desde algunas funcionales (reales o de fantasía), como morteros, servilleteros, ceniceros, candeleros, cajitas tipo joyeros, cuencos, copas y bateas, a otras más elaboradas y demandantes de trabajo como estatuillas, pirámides, iglesias, figuras zoomórficas, pilas de esferas decorativas para centros de mesa e incluso dioramas completos recreando escenas de la antigua minería local, miniaturas de los trapiches, yuntas de bueyes o personajes populares de zona.
Hubo un gran crecimiento de la demanda de artesanía y joyería en combarbalita durante los años setenta y ochenta, incluyendo el aumento del interés internacional en esta piedra, por lo que también se ha hecho popular la oferta de collares, anillos, pendientes y prendedores, además de la fabricación de objetos más sofisticados como relojes murales, postes artísticos, figuras religiosas o sets completos de vajilla. Súmese a esto, además, el que algunos cultores de las llamadas "ciencias alternativas" o disciplinas "metafísicas" la solicitan desde el extranjero por supuestas propiedades medicinales-espirituales que creen ver en ellas.
De la misma manera que se había hecho ya con la piedra lapislázuli, en los años ochenta por propuesta de expertos como el Doctor Juan Grau, la combarbalita fue declarada Piedra Nacional de Chile por Decreto N° 252 del Ministerio de Minería del 3 de noviembre de 1934, publicado el 22 del mismo mes. Se tuvieron en consideración, entonces, el valor histórico de la piedra en la zona y su importancia en la artesanía que da identidad a Combarbalá, como se lee en sus considerandos:
"1) Que la piedra denominada combarbalita es característica de Chile y no se encuentra en otros países;
2) Que dicha piedra se encuentra ligada a la prehistoria de Chile, ya que fue trabajada por los diaguitas en hermosas expresiones del arte primitivo, repartidas hoy en diversos Museos Nacionales;
3) Que, no obstante su escasez a nivel mundial, en Chile existe en abundancia en la zona de Combarbalá, IV Región de Coquimbo, lo que significa una estimable fuente de trabajo artesanal y de orfebrería para los conciudadanos que trabajan en su extracción, lapidación, pulido y engaste en finos metales y finalmente su comercialización, y
4) Que su designación de 'Piedra Nacional de Chile' aumentará su prestigio y valor en beneficio de todos quienes trabajan en estas labores en Combarbalá..."
Por otro lado, es curioso que ambas piedras nacionales, lapislázuli y combarbalita, se encuentren geográficamente tan próximas. Esto consolidó un fuerte punto de contacto entre ambas, a nivel de los artesanos que se encargan de ellas y de las piezas que producen. Curioso y casi providencial, además, porque con las recientes restricciones de acceso a la primera, por limitarse su extracción a privados, muchos artesanos y comerciantes del Limarí y de varios otros puntos del país, han volcado esfuerzos en mantener su actividad priorizando ahora las obras en combarbalita.
La demanda piezas de este material por parte de turistas, también ha llevado a diversificar motivos por otros de carácter más amplio, incluyendo figuras de indígenas de la Zona Sur, ángeles, moais de la Isla de Pascua, automóviles antiguos y maquetas de templos que no se basan ya en la tan retratada Iglesia de San Francisco de Borja de Combarbalá, que solía ser el principal edificio reproducido por los clásicos artesanos de la combarbalita. También aparecieron barcos, peces y hasta el Faro Monumental de La Serena entre la gran familia de motivos para el trabajo en combarbalita
Actualmente, los trabajadores de esta piedra están reunidos en la Agrupación de Microempresarios en Piedra Combarbalita (AMEPCO), entidad fundada hacia el año 2002 por 17 artesanos. Estudios recientes han demostrado que muchos de ellos en el país, sumando cerca de 70, podrían llegar a padecer la temida enfermedad de la silicosis, por lo que existen planes para mejorar las condiciones de su trabajo y hacerlas preventivamente más seguras. Actualmente, además, existen tentativas de programas para potenciar la venta del producto en el extranjero y potenciar su uso en la mampostería y construcción.
Algunos de los integrantes más conocidos y populares de la AMEPCO son el avezado artesano Jorge Castillo, dueño del taller "Entre Piedras", y don Juan Frívola, inquieto propietario del taller "Artesanía Frívola", que también se ha involucrado en la actividad del turismo y las visitas guiadas hacia el yacimiento cercano al Observatorio Cruz del Sur, para quienes quieran sondear en persona y en terreno los misterios de la combarbalita.

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