viernes, 24 de mayo de 2013

LA EXPRESIÓN POPULAR "MÁS ARREGLADO QUE CABALLO DE CUASIMODO"

Hace poco fue la folklórica Fiesta Religiosa de Cuasimodo, con sus características caravanas de cofradías y feligreses montados en carretas y caballos. Un elemento de esta fiesta nos ha dejado una curiosa expresión en el lenguaje popular chileno.
Sucede que alguien notó alguna vez la parafernalia y accesorios decorativos con que son arreglados los equinos en esta celebración, generalmente con cintas, cortinas, flores, plumas, banderines y cucardas dándoles un aspecto casi de carro alegórico en un pasacalles, y nació así la expresión “más arreglado que caballo de Cuasimodo”.
A esta frase se la invoca cuando algún negocio o apuesta no huele bien, motivando sospechas de “arreglines” entre los involucrados. Hay instancias donde es casi tradición este arreglo bajo cuerdas y a espalda de la honestidad, más grande y evidente que “caballo de Causimodo”: las apuestas de las carreras a la chilena, por ejemplo. Antes era el lucrativo juego de “La Pirámide” (lucrativo para el que estafaba). Algunas operaciones de remates también tiene pésima fama, o ciertas licitaciones realizadas entre productores u organizadores de determinados encuentros.
El deporte también ha conocido de esta metáfora caballuno-cuasimodista, como el boxeo de antaño y el fútbol, no sólo en las divisiones inferiores. Ahora último lo hemos visto a nivel más aristocrático y emprendedor: colusión de farmacias, chamullos de inmobiliarias, triquiñuelas de las AFP y hasta de Universidades privadas.
Quienes se adornan demasiado, además, también pueden caer en el anatema equino-religioso especialmente las damas, pero la expresión tiende connaturalmente a señalar más bien a las faltas de probidad en acuerdos comerciales o contratos. Por esto, mientras existan negocios y sus sombras, entonces, la apelación al arregladísimo caballo de Cuasimodo seguirá muy vigente.

miércoles, 22 de mayo de 2013

CASA DE GABRIELA MISTRAL SE VENDE EN 98 MILLONES DE PESOS (Diario "Las Últimas Noticias", miércoles 22 de mayo de 2013)

Artículo "Casa de Gabriela Mistral se vende en 98 millones de pesos" de Ariel Diéguez, publicado en el diario "Las Últimas Noticias" del miércoles 22 de mayo de 2013. Link al artículo original: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=22-05-2013%200:00:00&BodyID=0&PaginaId=18 (Clic sobre la imagen para ampliarla).
Está en el barrio Huemul, sector de Franklin
Vivió ahí en 1922, cuando fue directora de un liceo cercano, y la vendió con la ayuda de su abogado, Eduardo Frei Montalva.
“Vendo ex casa de Gabriela Mistral en barrio residencial. Cerca del Teatro Huemul, hospitales, colegios, Metro, locomoción colectiva, cerca del Persa Bío Bío y mercado matadero”, dice el aviso en “El Rastro”.
La dirección es Waldo Silva 2132, en un histórico sector del barrio Franklin, cuya declaración como Zona Típica está en trámite en el Consejo de Monumentos Nacionales.
El sastre Luis Miranda, que la compró en 1963 en seis mil escudos, murió hace seis años y ahora sus hijos venden la casa, de 200 metros cuadrados de planta, en 98 millones de pesos. “Tantos años vivimos aquí, sentíamos algo especial. Había una palmera, me acuerdo, al fondo, y un patio central con las piezas alrededor”, explica Eugenio, uno de los hijos.
En septiembre de 1995, la Municipalidad de Santiago instaló en la fachada una placa que dice que en ella vivió la poetisa. Cuando fue nombrada directora del Liceo Teresa Prats, ubicado en la calle General Gana, Gabriela Mistral compró la casa. La poetisa sólo vivió ahí en 1922 y 19 años después, cuando era cónsul en Niza, la vendió, ayudada por su abogado, Eduardo Frei Montalva, quien sería Presidente.
“En Santiago de Chile, a siete de febrero de mil novecientos cuarenta y uno, ante mí, Pedro Ávalos Ballivian, notario, abogados y testigos, comparecen por una parte como vendedor don Eduardo Frei Montalva, chileno, casado, abogado, como mandatario de doña Lucila Godoy Alcayaga y por la otra, como comprador, don Carlos Rodríguez Rojas, chileno casado, corredor de comercio, como mandatario de doña Ana Coda Schiapacassi”, dice la escritura inscrita en el Conservador de Bienes Raíces.
Cristian Salazar, investigador urbano, describe el barrio Huemul: “Era como una especie de pueblito, más que un barrio propiamente tal. La gente ahí tenía una relación más directa con la naturaleza. Siempre fue como de una orientación obrera. Alguien me lo describió muy bien: era como una ciudad satélite obrera”.
Hace tres meses la familia empezó a poner avisos. “Vino el pianista Roberto Bravo, con unos inversionistas, para hacer una academia de música, pero no aceptamos la oferta”, cuenta Eugenio.
Había una palmera, me acuerdo, al fondo, y un patio central con las piezas alrededor

CRÓNICAS DE LA FLORIDA: EL BODEGÓN DE LA SALLE, YA NO ES LO QUE ERA

Ilustración digital mía para dar una aproximación a cómo lucía el bodegón hacia sus últimos años, en las horas en que recibía el Sol del atardecer allí en los terrenos de cultivos de La Salle.
Coordenadas:  33°32'40.55"S 70°33'52.90"W
Tierras extrañas eran aquellas, en el ex paisaje rural de Macul, La Florida y Puente Alto, mucho antes de que sus campos acabaran fagocitados por el crecimiento de la ciudad. Territorios curiosos, en los que se mezclaba el aire del viejo paisaje suburbano de la Zona Central y la precordillera -al que ya me he referido recordando algunos hitos de la avenida Rojas Magallanes Oriente- con ancestrales caminos de viajeros y arrieros coloniales, atravesando los Andes desde y hacia el lado argentino por el Cajón del Maipo. Entre los vestigios de entonces, aún está el antiguo puente de cal y canto sobre el Canal San Carlos. Todo sazonado con un catálogo no escrito de leyendas y tradiciones varias.
Viejos viñedos y bodegones hoy repartidos en distintos estados de conservación por esos territorios, fueron parte de este mismo paisaje ancestral de los suburbios de Santiago: desde el Castellón de la Viña San Carlos de Puente Alto o el sencillo y relicario bodegón de la avenida Los Toros, hasta las fastuosas instalaciones de las viñas de la Concha y Toro hacia Pirque, epicentro de esta actividad en la zona.
Uno de estos vestigios del enorme pasado agrícola y vitivinícola al Sureste de la ciudad, fue un enorme y vetusto bodegón de adobe y gruesos soportes de madera, que se hallaba en lo que antes habían sido los patios y campos del Instituto de La Salle en la comuna de La Florida, por el sector de la avenida del mismo nombre hacia el interior de lo que ahora es la calle Santa Amalia al poniente, que por mucho tiempo estuvo reducida a sólo un miserable y triste sendero interior de tierra, que bordeaba después las rejas del límite de los terrenos donde los sacerdotes instalaron su conocido centro educacional en los años cincuenta.
Sector donde se encontraba la bodega, visto en nuestros días.
Loma donde estuvo alguna vez el edificio.
CARACTERÍSTICAS Y ANTIGÜEDAD
Los Hermanos de las Escuelas Cristianas de La Salle se establecieron en este antiguo sector, que era llamado El Vergel, aunque me informan en el Colegio que en sus orígenes fue denominado Fundo Provenir o bien formó parte del mismo. Allí, además de educar, se dedicaron también a la producción agrícola y una pequeña viña, sacando partidas de un estupendo "vino tinto de misa" que todavía se comerciaba por temporada en los años ochenta y que tenía buena fama entre los habitantes de estos lados. El gran terreno del fundo estaba distribuido en un amplio sector ubicado entre el ex Fundo las Mercedes, al Norte, y por el Sur el llamado Callejón del Agua, que corresponde actualmente al tramo de avenida Trinidad entre el Canal San Carlos y avenida La Florida, tomando su nombre por una canalización menor y luego una tubería que allí corría trayendo agua desde el sector de El Canelo. Más al Sur, estaban otro conocido fundos, como el de San José de la Estrella y Santa Rosa del Peral. A la sazón, además, la avenida La Florida era identificada como el Camino que va de Santiago a San José de Maipo y las direcciones postales hacían referencia a las estaciones del Ferrocarril a Pirque.
Cuando los hermanos de La Salle llegaron a la propiedad hacia los años cincuenta, ésta mantenía aún los recuerdos de la industria vitivinícola. Según suponían algunos, ésta podía ser parte de la actividad que anteriormente había desarrollado la familia Marambio, productora de vinos que eran exportados incluso a París, en sus mejores días. La magnífica casa patronal que allí se ve y que tiene vista hacia avenida La Florida, en tanto, existía desde hacía más de 50 años antes, calculándose incluso que podría remontarse a 1880. Así describe el lugar de la Viña Marmbio, en 1923, el "Álbum de la Zona Central de Chile" con informaciones agrícolas:
"VIÑA 'MARAMBIO' (antiguo fundo Porvenir) de don Alejandro Marambio, ubicada a 3 kilómetros de la Estación Bellavista, del Ferrocarril de Pirque. Tiene una superficie de 105 hectáreas planas regadas con primeras aguas del Canal San Carlos. Sus principales explotaciones son: Viña que ocupa una extensión de 21 hectáreas de uva escogidas para la fabricación de Jugo de Uva, embotellándose toda la producción en el mismo fundo (300.000 botellas anuales) que expende en el país y en el extranjero. Cuenta con una instalación completa de maquinarias, etc. Posee una plantación de árboles frutales, especialmente manzanos (5.000 árboles), para explotación, duraznos, nogales, membrillos, etc. Chacarería en general. Pastería: enfarda pasto alfalfa".
Aunque la actividad de la ex viña del Fundo Marambio ya estaba totalmente muerta cuando llegaron allí los sacerdotes (en caso de que el El Vergel haya estado relacionado con éste), en otro testimonio de la importancia del fructífero pasado agrícola descrito había aquí también un gran bodegón situado sobre una pequeña loma junto a unos álamos, atrás de donde se hallan ahora las canchas deportivas del Colegio. En alguna época, esta construcción fue ocupada por los sacerdotes para almacenar las botellas de vidrio en que era envasado el producto, las herramientas agrícolas, las barricas de guarda, las cubas para las frutas de los innumerables árboles y maderas de construcción. En el mismo álbum de informaciones agrícolas citado, se menciona que había más de uno de estos bodegones dentro del fundo, además de otras instalaciones:
"Tiene buenas casas habitación, gran chalet, grandes bodegas (de altos) y vasijas de roble americano, adecuada para la producción de vino, dos casas habitación y 15 casas de inquilinos, material sólido".
Empero, no tengo plena seguridad de que sean los mismos o que El Vergel haya estado en las viñas de los Marambio: en una imagen de esa misma época publicada en "Masculino y femenino en la hacienda chilena del siglo XX" (Ximena Valdés, Loreto Rebolledo y Angélica Willson) de 1995, por ejemplo, las bodegas no parecen ser las mismas. El edificio de la bodega que quedaba en pie al llegar estos sacerdotes y a la que acá nos referimos, con una añosa puerta de madera y un grueso palo como dintel, se encontraba entre la línea de canalización para regadíos que se extendía desde lo alto captando aguas del Canal San Carlos, hasta los terrenos de La Salle, pasando por el vasto campo de cultivos que daba una maravillosa vista a quienes saltaban los cercos y alambres de púas intentando detener en vano a los intrusos. Nadie parece tener datos concretos sobre cuán antigua era esta edificación que también había formado parte de las instalaciones de la Viña Marambio, aunque un anciano vecino del sector y de apellido Menares, fallecido hace algunos años, contaba que su abuela mantenía un testimonio familiar recordando haber observado la construcción de la bodega en los años del Gobierno de don Manuel Montt.
Si esto fuera cierto, el origen del bodegón podría hallarse hacia el año 1860, aproximadamente. El hermano Edmundo, de la misma congregación, me comenta también que esto está muy cerca de la época en que aparecería mencionado el productivo sector de estos fundos agrícolas en los trabajos de geografía de Francisco Solano Asta-Buruaga y Cienfuegos.
Con muros de adobe con cerca de 1.10 metros de grosor, el bodegón de dos pisos habría llegado a medir la enormidad de 114 metros de largo por unos 20 metros de ancho, según recuerda el mismo hermano Edmundo, que ha investigado mucho sobre la historia de los establecimientos de la congregación en La Florida. La longitud me parece exagerada, sin embargo, pero sólo repito sus números. Maderas de pino Oregón, roble pellín y pisos de raulí se usaron en su fábrica, que además contaba con una aislación térmica notable. Incluso el segundo piso, con sólida madera en el suelo y compartimentaciones interiores contrastantes con la tosca rusticidad exterior, fue usado para dormitorios en los años en que funcionaba el internado dentro del instituto. Algunos terremotos, sin embargo, botaron parte de su longitud e inclinaron uno de los muros, pero en general el edificio se mantenía bastante estable.
Lugar del sauce y la acequia, donde nos reuníamos, a un lado de la gran bodega.
Vista desde el mismo ex "campamento" del sauce hacia donde estuvo el edificio.
UN LUGAR DE ENCUENTRO
Cuando la conocí y pude acercarme a la enorme bodega, ésta estaba atrás de un amplio sector floridano conocido como La Antena, nombre que provenía de una altísima y muy visible antena de transmisión radial que existió allí hasta que los terrenos fueron urbanizados y se la hizo desaparecer. Esto es hacia el paradero 20-21 de la avenida La Florida y vecino a la Villa Santa Inés, vecindario que se construyó sobre la Hijuela A del ex fundo de La Salle, justamente, extendiéndose un manto de cultivos hasta más allá de la avenida Tobalaba, cerca del conocido Fundo El Panul. Algunas veces, se veía un tractor paseando entre estos sembradíos, por el lado cercano al de la bodega que aquí describo. La franja más oriental cerca del canal es una propiedad privada, ahora pertenecientes a una empresa de aguas, pero investigaciones posteriores realizadas por los propios hermanos han confirmado, demasiado tarde, que parte de esos terrenos pudieron pertenecerles por haber correspondido al fundo original a fines del siglo XIX, enajenados en circunstancias poco claras.
Recordar cómo llegué hasta este lugar, me remonta a los años de ímpetus y aventuras juveniles: a un lado del campo y del bodegón, estaba un solitario sauce rodeado de matorrales que, conocido como "El Arbolito", era un lugar espléndido para reunirse luego de una breve caminata desde nuestros lugares de ocio, pues en realidad parecía un sitio naturalmente dispuesto para hacer campamentos y tomarse algunas licencias de vida muy seguros, lejos de la mirada de los quisquillosos. Fue nuestro rincón adorado entre 1993 y 1994, centro de memorables encuentros entre amigos de aquellos años.
Se entraba más rápidamente a este sector saltando una acequia que varias veces pasaba llena cerca y cerca del tope. Como las reuniones en este lugar involucraban invariablemente grandes cantidades de cerveza y brebajes aún más fuertes, el saltar de regreso esta hondonada provocó más de un divertido accidente en aquellos días. El camino principal conectaba a nuestro sitio con el gran bodegón, y en medio había también algo como una pequeña ex piscina o estanque ya seco que había sido redescubierto por los curas haciendo excavaciones en el terreno, y del que ahora no quedan ni rastros. La huella de las acequias se perdía bajo el suelo por exclusas subterráneas, vestigios de la importancia que tenían los regadíos en el antiguo fundo.
El lugar era cálido y acogedor. Muchas veces encendimos fogatas en las noches frías, pero siempre procurando tenerla lejos de los pastos secos y las ramas del sauce. Cuidábamos "nuestro" lugar con vista a las plantaciones casi como si se hallara en la propia casa, y lo manteníamos limpio, pues era un refugio. En el verano hacía tanto calor y el pasto era tan grueso y acolchado, que no pocos pasamos allí alguna noche mientras los demás seguían con su fiesta unos metros más allá, despertando sólo con el cantar de los pajaritos y el frío del alba. Varios grupos de muchachos de aquellos años se reunían ahí, adoptando motes excéntricos para identificarse: estaban los "Mardá", vecinos de ese barrio; los "Hippie Hate Band", adictos al rock metal y al punk. Nosotros éramos los "Taberna Boys", al menos por el tiempo que nos reunimos allí. Todos se conocían y nunca hubo rencillas, y cada vez que se necesitaba ubicar a alguien después de las 21:00 horas, era casi seguro que lo hallaríamos en esta guarida.
Las noches se hacían eternas, mientras la mole oscura del bodegón seguía desviando la mirada un poco más allá, como una bestia gigante cuidando nuestra recreación. O acaso éramos más bien como una comparsa de sacrílegos feligreses rindiendo honores a ese templo oscuro o siniestro, sacado de otro tiempo para ser traído con misteriosos conjuros al nuestro. Su silueta bajo la Luna era sobrecogedora, al tiempo que la fonda del sauce no paraba ni un instante. De lo humano y lo divino, de alegrías y de depresiones, de parrandas y de reflexiones; todo se conversaba allí. Cada recién llegado aparecía con nuevas botellas de alegría y, en caso de acabarse, bastaba una rápida "pasada de gorro" para que un emisario saliera raudo a traer más. Todo sin escándalo, sin bullicio innecesario y sin explosiones viscerales de insulto a la inteligencia, pues teníamos nuestros propios códigos en ese refugio.
En aquella época, el bodegón era sólo ocupado como eso: como bodega oscura y hermética. Pasaba la mayor parte del tiempo abandonado y cerrado, guardando sus secretos; e incluso con sus antiguas ventanas y tragaluces clausurados desde hacía décadas. Los misterios de un siglo y medio o más permanecían dormidos en su oscuridad y telarañas.
Paisaje precordillerano, desde el sector donde estaba la bodega.
Antiguo tornillo de compuertas y esclusas subterráneas para los regadíos, atrás de la bodega.
LA DESTRUCCIÓN DEL BODEGÓN
Los problemas comenzaron cuando tipos extraños a estas villas -probablemente ajenos a La Florida, inclusive- comenzaron a aparecer con insistencia en esos tranquilos terrenos, antes usados sólo por niños elevando volantines y los noctámbulos de nuestros grupos. Eran sujetos escandalosos y marihuaneros por vocación, que nos miraban con desconfianza y hostilidad, como si los invasores fuéramos nosotros. Usaban precisamente las sombras del sector en el gran bodegón como escondite para sus vicios, mientras sonaban desde lo lejos sus discusiones de borrachos pendencieros y botellas quebradas contra troncos de los árboles.
Fue la crónica de una muerte anunciada: todo acabó brutalmente, una noche, con un incendio que fue juzgado de inmediato como intencional, provocado por manos anónimas aunque casi seguro que de entre esos extraños. A pesar del esfuerzo de bomberos por controlar las llamas que parecían sofocarlo desde adentro, el bodegón quedó convertido en dos muros en ruinas, destechados, humeantes y con su interior reducido a cenizas. Incluso esas bellas botellas verdes donde antes se envasaba y etiquetaba el famoso vino de misa, quedaron transformadas en una grotesca mancha de cristal derretido, endurecido y trizado entre los carbones.
La triste noticia nos atrajo a todos hasta nuestro ex refugio esa misma noche, debiendo resignarnos a la visión perturbadora de su destrucción casi total e irreversible.
Vecinos dados al chisme y enemigos de mutantes como los que íbamos al famoso potrero del sauce, hicieron correr la calumnia perversa de que algunos de nosotros habíamos sido autores de tamaña calaverada, lo que perjudicó nuestra posibilidad de poder seguir reuniéndonos allí con la misma libertad y tranquilidad que antes. Otros aseguraban que los autores del incendio eran hijos de funcionarios de determinada institución, pero nunca se confirmó.
Los restos de metales, tablones centenarios y planchas de los techos, en tanto, fueron recogidos en carretones y camionetas por algunos astutos que le quisieron sacar alguna ganancia fácil, y lo que quedó del edificio fue hecho desaparecer hasta sus bases, costando en nuestros días identificar dónde estaba su imponente estructura ya demolida. Miles de maderos y tablones que estaban guardados y reservados por los hermanos para la construcción de una capilla frente a su casa sacerdotal se perdieron también en el siniestro, de modo que los edificios quemados fueron dos: el del siglo XIX y otro que ni siquiera nacía aún.
Así se fue para siempre el Bodegón de La Salle, ese año de 1994, último de nuestras reiteradas visitas habituales en sus faldas, allá a espaldas del instituto. Sólo unas pocas ocasiones más nos vimos otra vez en ese inmenso e improvisado club al aire libre, pues el ánimo de seguir allí se desvaneció con el humo de su destrucción. El lugar jamás volvió a ser el mismo.
Con el tiempo, la calle Santa Amalia se extendió más allá de avenida La Florida hasta pasar por el lado del viejo terreno, y las villas residenciales han crecido casi encima del mismo. Hoy sólo se ven allí esos álamos, las acequias junto a la vera de pastos secos mecidos por la brisa, y los caminos reducidos a pequeños senderillos, mientras que el clásico sauce que servía de toldo a nuestros encuentros noventeros, ya no parece tan acogedor ni cómodo que en aquellos años. Quizás sólo espera el momento en que también reciba su sentencia de muerte para proyectos inmobiliarios. El hermano Edmundo cree también que quizás queden fotografías del bodegón en manos del encargado del Museo de La Salle, que quizás alguien con más tiempo y curiosidad que yo pueda llegar a conocer. Echando una mirada a Google Earth, pareciera que sólo en la imagen de 2005 del registro histórico alcanzan a distinguirse algunas formas con la geometría recta que quedó en el suelo por la presencia del desaparecido edificio.
Ahora, sólo pueden verse senderillos trazados encima de aquel lugar, acabando con toda huella dejada por la estructura. En consecuencia, nada hay ya que recuerde allí al antiguo testimonio del esplendor agrícola de esta enorme comuna, con la presencia y claridad que lo hacía este colosal bodegón.

martes, 21 de mayo de 2013

UN ALCANCE POCO CONOCIDO SOBRE LA EPOPEYA DEL 21 DE MAYO DE 1879 Y SUS CONSECUENCIAS DIPLOMÁTICAS

Nota: este artículo estuvo publicado acá (en esta misma dirección de entrada) por mucho tiempo en una versión resumida y más corta, pues iba a ser llevado a otro blog con temáticas más propias de su contenido. No me gusta modificar textos ya publicados, pero como corresponde al principal y que fue redactado hacia la misma época en que publiqué su resumen acá, he decidido reemplazarlo sobre el anterior para evitar confusiones y redundancias en las entradas. Espero que el lector me perdone esta pequeña licencia, sólo por respeto a la cronología en que fueron hechas y la unidad de los contenidos dentro de cada entrada del blog.
La epopeya de Iquique-Punta Gruesa, que recientemente iluminó otra vez nuestro calendario de efemérides, pudo haber sido mucho más que un caso para exposición escolar de valentía heroica o sólo una fuente de simbología patriótica, pues constituyó un hito de profundas y muy reales consecuencias diplomáticas que, en la práctica, aseguraron el futuro de Chile en aquella contienda y volcaron el curso que estaba tomando hasta ese momento la proyección de los aliados, particularmente en relación al involucramiento de la República Argentina en el conflicto bélico.
Se recordará que, además de la cuestión territorial en el Norte, a la sazón continuaba vigente la disputa con el país platense por la posesión de la Patagonia Oriental y Magallanes. Era casi imposible que lo sucedido en Iquique no tuviese algún alcance en este complicado y ardiente contexto.
Argentina tenía aprobada en la Cámara de Diputados y por amplia mayoría (48 votos contra 10) la declaración de guerra contra Chile, desde septiembre de 1873. No era otra cosa que su respuesta a la invitación que, secretamente, le estaban formulando Bolivia y Perú para entrar a la alianza, indignando al diputado argentino Guillermo Rawson que fue parte de la votación por la negativa, y quien escribía reservadamente a su amigo Plácido Bustamante, el 21 de septiembre:
"…nosotros, en fin, aceptamos sin condiciones el pacto formado por la inspiración de intereses que no son nuestros y conspiramos tenebrosamente en el sigilo contra la república más adelantada de Sudamérica, nuestra vecina, nuestra hermana en la lucha de la Independencia, nuestra amiga de hoy…".
Siendo inminente la entrada argentina a la alianza, la buena estrella de Chile vino a manifestarse con el empeoramiento de las relaciones entre Argentina y Brasil justo en esos meses, dejando pendiente la aprobación del Senado al proyecto de ley luego que éste decidiera darse un tiempo para estudiarlo, motivando inquietudes y malestar en la diplomacia peruana que hizo saber a Buenos Aires su temor de que terminara apartándose del compromiso. Para la alianza, además, pesaba también que la cuestión entre Bolivia y Argentina por la posesión de Tarija aún no estaba resuelta, y el temor de que pudiese provocarse un acercamiento estratégico entre Chile y Brasil si llegaba a ser conocida esta negociación.
Justo en este período de espera y estudio del proyecto, vino a firmarse casi providencialmente el acuerdo entre Chile y Bolivia que permitió arribar en el Tratado de 1874, distendiendo parte de la rigidez por la cuestión territorial al eliminar mecanismos como el condominio y la repartición de riquezas, que se habían establecido en el tratado de 1866 y que sólo acabaron irritando más las relaciones entre ambos países en disputa por la posesión de Atacama.
Sin embargo, el estallido de la guerra y la gesta de Iquique tendrían lugar justo cuando se transitaba por un momento crucial para que el Senado platense decidiera por fin si entraría a la alianza de Perú y Bolivia, con el proyecto repuesto en el tapete ante el escenario del conflicto y las exigencias aliadas por cumplir con el mismo.
A tal punto había llegado el interés para que Argentina aprobara el proyecto de guerra, que el ministro representante argentino en Perú, José Evaristo Uriburu, recibió por una intermediación del Ministro de Justicia de Bolivia don Julio Méndez, una propuesta de franja territorial en el Pacífico desde el paralelo 24º al 27º, que La Paz le ofrecía como moneda de cambio para entrar a la guerra. Ya el 26 de marzo, entonces, la Cancillería del Perú había instruido a su agente en la capital argentina, Aníbal Víctor de la Torre, para que consiguiera la adhesión de Buenos Aires basándola en esta singular propuesta, agregando que su patria "vería con placer que la Argentina tomase asiento entre los Estados del Pacífico".
Coincidía que, desde fines de ese mes, el futuro Presidente de Chile don José Manuel Balmaceda, había llegado a Buenos Aires como enviado especial de Santiago para asegurar la neutralidad del Plata y cumplir los compromisos de solución de la cuestión territorial entre Chile y Argentina, encabezando una complicada misión integrada por su hermano José Ramón, los secretarios Adolfo Carrasco Albano y Guillermo Puelma Tupper y el adicto Cornelio Saavedra Rivera. Su presencia allá se había convertido en un infierno desde recién desembarcado, debiendo soportar diariamente manifestaciones argentinas a favor de los aliados y ataques a la legación chilena o su comitiva. Una turba belicosa permanecía concentrada frente al edificio, protestando ruidosamente contra la presencia del ministro y proclamando simpatías por los aliados. De hecho, el mismo día 5 de abril en que Balmaceda presentó credenciales, durante la noche se realizó una controvertida reunión de confraternidad dirigida por Oficiales del Ejército argentino, brindando abiertamente "por la próxima victoria sobre Chile" por parte de los aliados.
Justo vino a tener lugar la gesta heroica de Iquique en el mes siguiente, uno de los más complejos y peligrosos que haya visto la legación chilena en Buenos Aires durante su historia. Tanto era así que el Canciller Domingo Santa María había pedido a Balmaceda cancelar la misión y volver a Chile, el día 2 de mayo, recibiendo la negativa del enviado como respuesta. Balmaceda, aferrado a los últimos sentimientos americanistas que profesó por tanto tiempo y que aún no caían heridos de muerte como consecuencia de su calvario en Buenos Aires, aún confiaba en obtener una respuesta satisfactoria de las autoridades locales.
Se sabe que las primeras noticias difundidas sobre la doble gesta del 21 de mayo, con los combates de la Rada de Iquique y de Punta Gruesa, fueron muy fraccionadas y confusas, perturbadas por las dificultades de la comunicación de esos años y también por la ansiedad de la propia situación en pleno ambiente de guerra. Por las distancias, entonces, la información sobre la muerte en combate del Capitán Arturo Prat y los héroes chilenos de la "Esmeralda", arribó a Buenos Aires doblemente contaminada por la parcialidad y por la pasión patriótica aliada, a partir de los días 23 y 24.
Una serie de historias imprecisas y especulativas venían dándose por hecho desde hacía semanas en Argentina: que Bolivia había recuperado Calama, que el "Huáscar" había echado a pique a la nave chilena "O’Higgins", etc. Ahora, pues, endeblemente informados sobre lo que acababa de suceder ese 21 de mayo, los grupos más belicistas se enteraron o bien se concentraron en solo la mitad de la historia: que la "Esmeralda" había sido destruida por el "Huáscar", anotando un triunfo peruano. Eufóricos, improvisaron un verdadero carnaval callejero de festejos y luego aparecieron titulares delirantes de la prensa, donde se aseguraba que la "Covadonga" se había rendido de manera humillante y que ahora la flota peruana marchaba para bombardear Valparaíso. Sólo editoriales de periódicos como "La Tribuna" y "La República", además de la prensa extranjera, evitaron caer en esta extravagante precipitación. Y luego, dando por hecho que Argentina entraría al apoyo directo de Perú y Bolivia dada esta eventual destrucción del poder naval chileno, a las pocas horas organizaron una masiva velada en el Teatro Colón de Buenos Aires, presidida por Bernardo de Irigoyen, los Generales Frías y Guido y varias otras autoridades, celebrando el "triunfo aliado" en Iquique.
Sin embargo, la amarga sorpresa se la llevaron el día 25, cuando llegó la totalidad de la historia sobre lo que había sucedido: los chilenos actuaron con coraje y bravura impresionantes, siendo saludado su arrojo por todos los veedores internacionales. Y para peor, la marina de guerra peruana acababa de perder una de sus naves más importantes con la destrucción de la "Independencia" por la sagacidad de Carlos Condell y los hombres de la débil "Covadonga", en una batalla prácticamente sin parangón desde la lucha de David y Goliat.
La instantánea decepción de los grupos belicistas en la capital argentina fue mayúscula. La gran concentración que por semanas había hostigado a la legación chilena desapareció de súbito, y ya en horas de la noche de ese mismo día, el Canciller argentino Montes de la Oca acudió a felicitar a Balmaceda porque "la Marina de Chile se ha cubierto de glorias".
Desde aquel instante, la actitud de Buenos Aires estuvo expectante, marginando las voces de los que habían presionado para una intervención y que veían con triunfalismo la entrada a la alianza. Fueron meses de contención y de exasperaciones, en que se venía la hora de enfrentar el tema decisivo para Argentina: la ratificación o rechazo del Senado a la ley que autorizaba al Ejecutivo para declarar la guerra a Chile, compromiso que Perú insistía desesperadamente en que Buenos Aires cumpliese. Lo propio hacía Bolivia, con el envío de Antonio Quijarro a la capital platense.
Sin embargo, tras la destrucción de la "Independencia" era algo quimérico ya esperar que Buenos Aires se involucrara directamente en la guerra tras tantos años de postergaciones, considerando que la creencia en una superioridad de la marina de guerra peruana -en calidad y material- era uno de los conceptos que movilizaron la confianza para allanarse a conversar sobre la entrada a la alianza secreta y su aprobación en la Cámara de Diputados.
Era esperable lo que sucedió en el Congreso de Argentina, entonces: el Senado dejó detenida la discusión del proyecto de ley, prolongándola por todos esos meses, a la espera de noticias favorables que nunca llegaron. El proyecto se vio frenado y aplastado, de esta manera, por las dudas generadas tras lo ocurrido en Iquique, pues se había confiado fundamentalmente en el desempeño peruano en el mar para tomar la decisión de aprobar la declaratoria, quedando ésta en tenso y angustiante suspenso.
La razón para decidir abortar el proyecto llegaría sola: con la muerte del Almirante Miguel Grau y la caída del "Huáscar" en manos chilenas, emboscado en Angamos el 8 de octubre, fue sellado definitivamente el destino de la guerra en los mares y de la participación argentina en la misma. Acto seguido, el Senado que había postergado la discusión de la declaratoria de guerra a Chile ya para el período de legislatura extraordinaria de ese año, retiró el proyecto de ley a mediados de ese mismo mes de octubre, visualizando imposible a esas alturas alguna forma en que los aliados pudieran ofrecer las condiciones necesarias para embarcar su país en semejante aventura.
Dicho de otra manera, entonces, la doble epopeya del sacrificio de Prat y los héroes de la "Esmeralda", sumada a la victoria de Condell y sus hombres en la "Covadonga", fueron lo que comenzó a abatir el optimismo de las fuerzas políticas simpatizantes con la incorporación de Argentina a la alianza con Perú y Bolivia, y así el enviado Balmaceda pudo encontrar el clima necesario para exigirle mantener la neutralidad durante la guerra, situación que a la larga, sería definitiva para los resultados en la conflagración.
Hay muchas razones para considerar que la Guerra del Pacífico fue ganada por los chilenos a partir de ese 21 de mayo de 1879, a pesar de que le quedaban aún largos cinco años para terminar. Incluimos en tal conclusión, entonces, el alcance diplomático que también tuvo sobre el conflicto entre Chile y Argentina, a pesar de todas las observaciones que puedan hacerse sobre el posterior desarrollo de la controversia territorial sobre la Patagonia y Magallanes y de la propia guerra con los dos países aliados...
...Dos, que casi fueron tres.

DEL "PAJAREO" AL "PAJARÓN"


Hoy pude ver cómo tropezó y cayó duramente al pavimento una dama invitada a un acto público del Centro de Santiago, por estar mirando hacia lo alto de un monumento conmemorativo mientras caminaba alrededor del mismo.
Además de romperse una media, hincharse la rodilla y tener que pasar unos minutos en una ambulancia dispuesta previsoramente en el lugar, no parece haber quedado con mayores averías. Sin embargo, su accidente me hizo recordar la razón precisa por la que el verbo pajarear pasó a referirse también al acto de andar distraído y desconcentrado en una situación que, eventualmente, pudiese provocar un riesgo o situación desafortunada.
Pajarear es, originalmente, el acto de salir a cazar pájaros, con honda, flecha o arma de fuego. Sin embargo, como este desafío involucra el tener que moverse mirando hacia arriba y esculcando entre copas de árboles y ramas, desatendiendo bastante los detalles del camino y exponiéndose a eventuales tropiezos o caídas, pajarear se hizo sinónimo también de andar distraído o divagando, con la razón dormida y el estado de alerta anestesiado.
Así pues, el que pajarea se cae en la escala, resbala en el piso mojado, se estrella contra la puerta cerrada, da vuelta la copa, se le escapa el perro a la calle o hasta se le sale un tiro accidental de la escopeta de caza.
En algunos países, pajarear también es andar de ocio o a la deriva, sacando la vuelta sin destino. Sin embargo, en Chile es claro que pajarear alude a andar de tonto, “volado” o de leso propenso a sufrir o provocar accidentes y, cuanto menos, a causar situaciones incómodas como ser embaucado por algún “pillo”, perder el celular o dejar las llaves al interior del vehículo cerrado.
De esto último parece provenir también el término pajarón, que nada tiene que ver con el apellido y la localidad española homónimos: se usa para referirse a individuos distraídos y despistados con tendencia al desastre, precisamente por andar pajareando todo el tiempo. Otras asociaciones ponen al propio pajarón como el ave de la caza: “me pillaron volando bajo”, dice el tipo que acaba de ser estafado o engañado, resignándose a haberse vuelto por un momento, el pájaro más fácil de ponerle el tiro. Pichón, le dicen a este bobo en otras latitudes.
Así pues, si le llegara el famoso correo electrónico de los clics para salvar a un pobre muchacho del cáncer o una cartola chanta de su banco pidiéndole reingresar sus datos secretos de cuenta, recuerde que Ud. no es cazador de pájaros: vuelva  la vista al frente, que no lo pillen pajareando y evite quedar de pajarón per secula seculorum.

domingo, 19 de mayo de 2013

EL ABUELO DEL CAPITÁN PRAT Y SU LEGADO EN LA MEMORIA DE LA CALLE BANDERA

Ilustración con la antigua vista de la calle Bandera hacia el Norte, aproximadamente donde estaba el negocio de don Pedro Chacón. Al fondo se puede observar la silueta de la Iglesia de la Compañía de Jesús, destruida por el fatídico incendio de 1863.
Coordenadas: 33°26'23.29"S 70°39'8.38"W (ex ubicación, aproximada)
Es algo ya comentado alguna vez el que la figura del Capitán Arturo Prat Chacón, como máximo héroe nacional y próximo al nuevo aniversario del 21 de mayo en Iquique, ha sido tan potente y destellante en el contexto de la conmemoración histórica, que ha eclipsado en parte la luz presencial de otras figuras con su propia participación en la gesta, haciendo que algunas de ellas dependan sólo de su relación o vinculación con el sacrificio del insigne marino chileno, como sucede de alguna manera a la imagen del Guardiamarina Riquelme, el Teniente Serrano o el corneta Cabrales en la propia "Esmeralda", o en la otra parte de este esta misma gesta naval al Comandante Condell y hombres garantes de su extraordinaria hazaña en Punta Gruesa, como el Capitán Orella o el grumete Bravo con su legendaria puntería.
Puede decirse que quizás suceda algo parecido con el abuelo materno de don Arturo, cuyo recuerdo queda reducido muchas veces a sólo ser el ancestro del héroe de Iquique desconociéndose, en parte, el brillo propio que tiene este personaje en las crónicas y relaciones históricas, especialmente para la ciudad de Santiago. Tanto es así que en el lugar donde estaba su quinta en Providencia, donde hoy se pueden ver las palmeras de la Plaza Juan XXIII, un monumento conmemora en el sitio sólo el paso de don Arturo Prat durante su infancia por el mismo, sin mencionar el nombre del ilustre abuelo dueño de la desaparecida propiedad.
Este pequeño artículo es un esfuerzo es por enfatizar el legado histórico que el abuelo de Prat logró dejarle a la ciudad, por méritos propios y también por las fortunas de las circunstancias relativas a su época.
Bandera flameando sobre el Congreso Nacional de Santiago. Imagen de 1993.
PEDRO CHACÓN Y MORALES
Don Pedro Chacón y Morales había nacido en Santiago hacia 1784. Antiguo cabildante y adinerado comerciante, tenía un conocido local de venta de telas en el sector de la actual calle Bandera con Huérfanos, en pleno centro de la capital. Casado con doña Concepción Barrios Bustos, apodada doña Conchita, dos de sus hijos fueron ilustres diputados: Andrés y Jacinto Chacón, este último conocido poeta de su generación. Su hija María Luz del Rosario Chacón, en tanto, tras contraer matrimonio con el también comerciante de Santiago don Agustín Prat de Barril, sería la madre del héroe de Iquique.
Don Pedro vivía de sus negocios de mercaderías, los que habían comenzado a verse seriamente comprometidos con el inicio de las refriegas y luchas por la Independencia, pero que todavía estaban en vilo después de la gran revolución emancipadora.
"...era uno de esos honorables comerciantes perseguidos en el régimen pasado -escribe Sady Zañartu- y que clamaban por el advenimiento de un mundo mejor, en el que hubiesen menos alcabalas y almojarifazgos, y más libertad de comercio con el extranjero. Su tienda, situada en esta calle, esquina con la de los Huérfanos, estaba atestada de ruanes, bretafias, hilos de oro y plata, creas, choletas, zangaletas, y una infinidad de artículos de procedencia francesa que, por la pobreza general, nadie compraba".
La calle de la Bandera había sido llamada antaño callejón del Licenciado Morales Albornoz (aludiendo a un viejo residente de la misma) y posteriormente como calle Atravesada de la Compañía, por cortar la arteria del mismo nombre y pasar a un costado del Templo de la Compañía de Jesús, incendiado en 1863. Este detalle daba una característica particular a la clásica calle nacida en tiempos tempranos de la Colonia: si se la miraba desde cerca del negocio de don Pedro Chacón hacia el Norte, se veía la mitad de la misma interrumpida en su ancho por la figura de la iglesia jesuita, pues sus contrafuertes superaban la planta de la cuadra en que se encontraban. Así la describe don Benjamín Vicuña Mackenna:
"....era sobre angosta, tristísima, porque los enormes estribos del jesuítico, edificado después de un terremoto, ocupaban por cautela casi un tercio de su espacio en su parte septentrional, al paso que la blanca, aplastada, fatídica muralla del doble claustro de las monjas de la limpia Concepción (Agustinas) comenzaba en la esquina de la calle de este nombre, donde yacía su cementerio, y tapando callea iba a terminar en la Alameda".
Sin embargo, en parte gracias a don Pedro, épocas mejores se le venían a esta calle.
Además de ser un centro bohemio y recreativo, calle Bandera se constituyó como una importante concentración de casas periodísticas, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta pasados los días del Primer Centenario. En la imagen, publicada por revista "En Viaje", se ve el edificio del diario "La Tarde" en Bandera esquina NE con Compañía, demolido en 1965.
DÍAS DE INDEPENDENCIA
Tras largo tiempo soportando abusos de la administración realista, Chacón había optado por la peligrosa apuesta de apoyar los decididos vientos del independentismo. Se cuenta que hasta repartía folletos patriotas en su propio establecimiento de la calle Atravesada de la Compañía y que tuvo una relación de amistad personal con San Martín y O'Higgins. Sin embargo, con la caída de las familias más aristocráticas del régimen anterior y la virtual cacería de brujas que se hizo con los sospechosos de ser realistas, debió observar cómo su tienda se iba quedando cada vez con menos clientes y ventas, peligrando su continuidad en el comercio santiaguino. Su bodega estaba atestada de telas francesas y españolas que había hecho traer con la esperanza de venderlas a buen precio, cosa que estaba bastante lejos de la realidad que debía vivir esos días.
La suerte mezclada con su ingenio por fin lo premió en 1818, el mismo año en que contrajo matrimonio con doña Conchita. Al enterarse de cuál era el diseño de la flamante Bandera de la Patria Nueva, presentada ese mismo año en sociedad, decidió que debía confeccionar una propia para engalanar y solemnizar su local. Al mismo tiempo, en los festejos de celebración del nuevo pabellón ese año, su alicaída tienda fue una de las que necesitó proveer de género y prendas a las comparsas, grupos oficiales y artistas que se presentaron durante la fiesta, de modo que la oportunidad de recuperar el negocio estaba totalmente en sus manos.
Al año siguiente, pudo presentar su enorme bandera chilena justo hacia los días del aniversario de la Independencia: hizo colocar un escudo sobre la entrada a su tienda y un gran mástil, donde la colgó para asombro y admiración de todos, pues las piezas de este emblema todavía seguían siendo muy escasas. Incluso las cinco o seis banderas oficiales que el Estado de Chile había logrado fabricar sorteando la pobreza de las arcas fiscales, seguramente andaban en esos días en manos del Ejército Libertador, lejos de la contemplación civil. Tanto era así que las dos que se usaron en la Plaza de Armas de Santiago para la ceremonia oficial habían sido solicitadas como préstamo a la Gobernación de Valparaíso y devueltas ese mismo día, por lo que la bandera de Chacón en su tienda era, acaso, la única que los chilenos podían observar de manera permanente en exhibición hacia aquellos días, además de tener dimensiones descomunales para una pieza de este tipo en la época.
Sin embargo, y a pesar de las loas populares recibidas por el comerciante, veremos que las decisiones posteriores de don Pedro no resultaron muy felices ni prósperas para su futuro. Adhiriendo a las intrigas de los pipiolos, por ejemplo, llegaría a ocupar el cargo de diputado en los inicios de primera Guerra Civil, siendo suplente por Vallenar en el II Congreso Nacional, en el Segundo Período Legislativo, entre el 1º de agosto y el 6 de noviembre de 1829. También reemplazó en el rol a don Rafael Bilbao Beyner, quien que optó por cambiar su diputación por Santiago. Fue diputado reemplazante en la Comisión Permanente Calificadora de Poderes, además. A la larga, estos compromisos lo meterían en una madeja de problemas.
Neón del cabaret "Tabaris" de  Bandera, en el  filme de 1951 "Uno que ha sido marino". La época del "Barrio Chino" y su incorregible bohemia de Mapocho en la antigua calle santiaguina.
EL NOMBRE DE CALLE BANDERA
Prácticamente no hubo en Santiago un vecino que no fuera a mirar la imponente bandera de Chacón. La pieza no sólo era simbólicamente única en proporciones y disposición, sino también de gran calidad, pues su dueño la había hecho fabricar con buenos materiales de su bodega y hasta habría ordenado bordar en hilos de plata la estrella del campo azul. Se cree que incluso pudo haber sido usada en algunas ocasiones más por las autoridades, hasta que pudieron contar con un número razonable de banderas propias para sus actos públicos.
La bandera de don Pedro dio nuevos aires de popularidad no sólo a su tienda, sino también a todas esas cuadras comerciales de la calle. Zañartu dice que permaneció largos años más allí flameando, hasta que se decoloró y envejeció tras una feliz y longeva vida. Se hizo común, así, hablar de ir a comprar "a la Bandera" para referirse al célebre negocio del comerciante y a la propia cuadra en que se hallaba. "Desde entonces se le empezó a cambiar su primera designación" a la calle, concluye Luis Thayer Ojeda: el uso y la repetición le dieron el nombre definitivo de Calle de la Bandera, nuestra actual Bandera, una de las más importantes e históricas del radio central de la ciudad de Santiago.
Sin embargo, incapaz de aceptar la victoria de sus enemigos políticos a pesar de la década transcurrida desde su efímero paso por el Congreso seguido de la derrota pipiola en Lircay, en 1840 don Pedro se lanzó a atacar con dureza la candidatura del General Manuel Bulnes e hizo circular en Santiago un controvertido periódico titulado "Guerra a la Tiranía" donde, según leo en las fichas de reseñas biográficas parlamentarias del Congreso Nacional, se iniciaron en el periodismo figuras como Pedro Godoy y Jotabeche. La violenta línea editorial del pasquín le costó un juicio en su contra por parte del fiscal de la Corte de Apelaciones don Manuel José Cerda, y una fuerte multa exigida en la sentencia.
A pesar de sus naufragios en el mundo de la deliberación y las luchas partidistas, sin embargo, sería por la impronta allí dejada por don Pedro que la calle de su vieja tienda, finalmente, pasó a ser llamada hasta nuestros días como Bandera. Su huella es imborrable, entonces, tanto en los planos como en la memoria de la metrópolis.
El nombre de Bandera lo ha conservado esta calle -que va desde la Alameda a Mapocho- en todas sus etapas de vida, quizás como símbolo ulterior de republicanismo en la capital chilena: desde los años en que fuera la principal concentración de las casas periodísticas del siglo XIX y parte del XX ("La Tarde", "La Unión", "Los Debates", "La Patria", "La República", "El Popular", "Libertad Electoral", "El Ferrocarril", etc.), hasta los controvertidos días en que albergaba al nocherniego "Barrio Chino" hacia sus últimas dos cuadras llegando a la Estación Mapocho, con recordados dancings, clubes bohemios y cabarets que comenzaron a decaer y desaparecer hacia los años cincuenta ("El Teutonia", "El Zeppelin", "Nigh Club Tabaris", "El Patio Criollo", "El Dragón", "American Bar", etc.), hoy reemplazados por restaurantes populares y tiendas de ropa usada.
Imagen del Capitán Prat en el Monumento a los Héroes de Iquique en el barrio del Mercado Central, en Mapocho. Cerca de allí, calle Bandera lleva su nombre gracias a un recuerdo nominal dejado allí por el abuelo materno del héroe naval.
Una tienda vende banderas chilenas en 1970. Imagen de la colección Zig Zag.
EL ABUELO ILUSTRE
Ya retirado de las contiendas políticas y parece que con sus años de bonanza económica un poco distantes, hacia 1853 don Pedro Chacón puso en venta sus terrenos en Providencia, esos donde su nieto el niño Arturo Prat corría jugando acompañado de su madre tras dejar atrás la finca de Ninhue. La familia se trasladó desde allí hasta una pequeña residencia de la calle Nueva de San Diego, hoy Arturo Prat, curiosamente a sólo una cuadra corta de la continuación de la calle Bandera al otro lado de la Alameda. El ex fundo fue ocupado para labores sociales y atención de huérfanos por parte de las Hermanas de la Providencia. Hoy se ve allí a la mencionada plaza con palmeras, que estuvo amenazada por proyectos urbanísticos de nuestros tiempos.
El pequeño Arturo comenzó a estudiar en una escuelita de esa misma calle Nueva de San Diego. Aunque tenía buenas notas, su salud era mala y alguna vez fue objeto de burlas por parte de abusones en aquellos años, hasta que un día de esos, luego de recibir una paliza de los mismos niños, llegó al colegio escondiendo un machete con el que dio una tremenda zurra a sus agresores, golpeándolos con el canto si filo del mismo, derecho a defensa que fue aprobado por sus profesores cuando los mismos abusadores llegaron llorando a acusarlo a la dirección. Esta pintoresca anécdota aparece descrita en el trabajo "Leyendas Nacionales" de Silva Campos. Un tiempo más tarde, luego de ser sometido por su madre al entonces novedoso tratamiento hidroterápico de Priessnitz para superar sus dificultades físicas y su mala salud, Arturo logra ingresar con sólo 10 años como cadete a la Escuela Naval del Estado en Valparaíso, junto a su primo político y amigo Luis Uribe, en agosto de 1858. Ambos hombres llegarían juntos a la epopeya del 21 de mayo de 1879. La misma Escuela Naval ahora lleva su nombre.
El orgulloso abuelo don Pedro Chacón, fallecería a la avanzada edad de 95 años. Y aunque el principal recuerdo  que de él se hace es por su relación genealógica con el héroe naval, algunos de sus demás nietos, hijos de don Agustín Prat con su hija Rosario, también tendrían participación destacada en la Guerra del Pacífico, como lo señala Pedro Fuenzalida en su "Vida de Arturo Prat":
"Rodolfo y Ricardo también sirvieron al país en la guerra de 1879. El último de ellos, Ricardo, comenzó a prestar servicios en 1881, dos años después  del sacrificio de su hermano Arturo, como oficial de la artillería cívica en Valparaíso, donde obtuvo el grado de capitán, siendo más tarde inspector de guardias nacionales. En 1898 pasó a la Dirección de Territorio Marítimo, donde sirvió hasta junio de 1925, fecha en que obtuvo su jubilación, después de 44 años de servicio".
Y allí en la esquina Nor-oriente de Bandera con Huérfanos, el Instituto de Conmemoración Histórica de Chile hizo instalar, en 1967, una placa de mármol recordando el singular hecho que dio nombre a la calle.
En este glorioso Mes del Mar y con los festejos de Iquique ya encima, entonces, quise recordar aquí a quien no sólo ostenta en el recuerdo haber sido el abuelo del Capitán Arturo Prat Chacón, sino también a la huella perpetua que dejó en el nombre de una de las más conocidas y transitadas calles de nuestro Santiago de Chile.

EL "COCHINO" EN LA JERGA COA

Los "flaites" y los delincuentes juveniles suelen ser los más tildados ofensivamente de "cochinos culiaos" en la jerga de la cárcel, por los "choros" comprobados y que suelen mirarlos con desprecio. Estos personajes fueron retratados por el diario "The Clinic". 
Acabo de terminar de ver una edición del programa policial “133” de canal Mega, donde pudieron apreciarse dos mujeres del bajo pueblo lanzándose un rosario de insultos y amenazas, entre los que destaca el “cochina cul…”. Me acordé -por lo mismo- que, hace unos pocos años, supe del origen del concepto “cochino cul…” tan popular entre algunos personajes del hampa para denostarse entre sí.
El insulto tiene que ver sólo parcialmente con nuestra apelación corriente al cerdo, al cochino, para señalar a gente de escaso apego al aseo corporal. Proviene en realidad de los lenguajes marcadamente jerárquicos que reinan en “la cana”; es decir, en la comunidad penitenciaria. Se aplica generalmente para poner en su lugar a un "picao a choro" (personaje que intenta verse temible y aguerrido, sin serlo) que en realidad valle callampa en el ambiente y carece de toda fama real (jerga coa).
A mayor abundamiento, el asunto es así: en la cárcel, los reos de más bajo rango y los “giles pasa’os pa la punta”, suelen ser hostigados en los comedores, patios, baños y especialmente en las duchas por los demás prisioneros, así que las evitan y a veces ni siquiera se les permite acceso a estos servicios si pretenden usarlos junto con el resto de los presos presentes, de mayor rango, bajo amenaza de agresiones y hasta violación (el clásico chiste del jabón). Sobre esto último, uno de los peores terrores en las duchas para estos tontos "picaos a choro" es esa posibilidad de ser objeto de una agresión sexual, por lo que este miedo termina siendo una de sus principales motivaciones para evitarlas.
Así es como los “cochinos” van perdiendo todos sus pocos hábitos de higiene personal, a diferencia de los “guapos” y "choros" que hacen ostentación de ellas. El título de “cochinos” les cae como anatema y ridiculización, por lo tanto, de modo que el rango de los reos dentro de un penal casi se puede adivinar por el olfato, según ellos mismos aseguran.
De ahí entonces, el titular a alguien de “cochino”, para referirse en el lenguaje asociado al coa a algo mucho más profundo en su significación personal que sólo los hábitos de higiene, sino una directa alusión a la inferioridad del ofendido.

martes, 14 de mayo de 2013

UNA TRADICIÓN DE CUATRO SIGLOS: LA PROCESIÓN DEL SEÑOR DE MAYO

Ilustración de la primera procesión del Señor de Mayo, en revista "En Viaje" de 1960.
Coordenadas: 33°26'26.57"S 70°38'55.76"W (Iglesia de San Agustín)
El recién pasado lunes 13 de mayo tuvo lugar la Procesión del Señor de Mayo, que se considera la más antigua que tiene lugar en Chile, atrayendo una gran cantidad de público en la breve hora que dura su ruta por el sector más céntrico de la ciudad de Santiago. La ocasión tuvo la particularidad de coincidir con los 400 años de la imagen devocional, fabricada en plena Colonia.
Esta tradición también ostenta la que probablemente sea la más antigua de las cofradías existentes en Chile, misma encargada de sacar en andas al Señor de la Agonía, aunque existe cierta informalidad alrededor de las mismas y de sus membresías, si se la compara con el rigor casi estatutario de otras sociedades religiosas existentes en Chile.
Aunque su antigüedad en el continente es superada por casos del siglo XVI, como el de las Fiestas de Popayán en Colombia o el Santo Entierro de Santo Domingo en Guatemala, el origen de la Procesión de Mayo en Santiago tiene una interesante analogía con la de las Fiestas del Señor de los Milagros de Perú: el culto alrededor de una imagen de Cristo en un muro que quedó en pie dentro de un destruido altar, tras un terremoto que echó al suelo todo el resto de la ciudad (mayo de 1647 en el caso chileno y noviembre 1655 en el peruano), curiosamente un día 13 en ambos casos, número fatídico para los supersticiosos.
Esta historia comienza cuando aún estábamos en mitad de nuestra vida colonial y cuando la capital chilena apenas tenía unos 5.000 habitantes, varios de los cuales perdieron la vida en los trágicos sucesos donde surge la figura del Señor de Mayo y sus tradiciones hasta ahora no olvidadas, pese a todo, y reforzadas en la memoria -quizás- por la naturaleza trágica e irrenunciable de un país constantemente golpeado por las fuerzas telúricas.
Ilustración del reportero gráfico y dibujante Luis F. Rojas para "Episodios Nacionales", mostrando al Cristo de la Agonía sobreviviendo al terremoto de 1647.
Sitio donde había estado ubicada la casa de la Quintrala, ya con una pequeña construcción casi solariega que sirvió como local comercial, según se ve en esta vieja imagen con el Templo de los Agustinos atrás. La leyenda hablaba de galerías subterráneas secretas entre la casa de la Quintrala y el vecino claustro.
El Señor de Mayo en su altar, al fondo de la nave izquierda del templo. Imagen de hace algunos años.
LOS ORÍGENES: EL TERREMOTO DE 1647
Ya he transcrito en este blog algo breve sobre el fatídico terremoto que azotó Santiago de Chile el día lunes 13 de mayo de 1647, según lo expuesto en el artículo "El Señor de Mayo" de la obra "Episodios Nacionales", editado bajo dirección de A. Silva Campos. Al momento del cataclismo, ésta era la imagen de la capital descrita por Benjamín Vicuña Mackenna en su "Historia crítica y social de Santiago":
"...tenía sólo trescientas casas de moradores, no menos de doce iglesias, capillas y monasterios, que ocupaban con sus muros talvez un tercio del circuit0 poblado. Adquiría así la capital un aspecto de lúgubre y solitaria solemnidad, que lo desierto de sus calles, la sombra crecida de sus huertos, lo encerrado de sus edificios y el aire de tristeza y de austeridad que era congenial a aquel siglo, contribuían a revestir de cierto melancólico encanto".
Como se sabe, el formidable ataque de la naturaleza llegó en frías horas nocturnas, cerca de las 22:30 horas; o 22:39 según el cronista Vicente Carvallo y Goyeneche. Noche despejada y de Luna nueva, de acuerdo a los cálculos de don Diego Barros Arana. Según una carta del Obispo de Santiago y fraile agustino Gaspar de Villarroel al Consejo de Indias, "sin que hubiese más que un instante que pudiese hacer continuación entre el temblar y caer". El terremoto llegó en forma artera, a diferencia de muchos otros sismos: sin anunciarse, sin anticiparse con temblores menores y sin los ruidos de tierra que suelen despertar a los durmientes segundos antes del gran sacudón.
Probablemente, el sismo de 1647 superó los 8 grados de la Escala de Richter según actuales expertos, a juzgar por el grado de destrucción que alcanzó, siendo conocido por muchos como el Magno Terremoto y que, según un testimonio del Tesorero Real Zerpa, duró lo suficiente para "rezar entre tres o cuatro Credos", lo que se calcula en unos tres a cuatro minutos, aunque Villarroel aseguraba que fue "como medio cuarto de hora".
Casi nada quedó en pie al terminar el terremoto; ni siquiera las iglesias, para dar refugio a la fe de los desesperados, por lo que las misas debieron hacerse largo tiempo más al aire libre. La Iglesia de San Agustín donde estaba el Señor de la Agonía del que ya hablaremos y que motiva la Peregrinación de Mayo, no fue la excepción, acabando reducida a escombros. Todavía se conservan fragmentos de muros de roca y arcos que se atribuyen a aquella antigua iglesia, al inicio de la nave Sur, incluyendo una grieta que habría sido causada por el mismo terremoto y que es protegida detrás de un cristal, junto al actual altar consagrado al beato y mártir español José Agustín Fariña.
Los edificios públicos quedaron en ruinas, y fue tal el terror generalizado de la población que incluso al venirse abajo la Cárcel, que estaba adosada al también destruido edificio del Cabildo, ninguno de los prisioneros que la ocupaban se atrevió a salir desde la seguridad de aquellos restos al caos reinante afuera. Dos millones de pesos en destrucción calcularía el Cabildo para la pobre colonia. Se estimó que unos 600 habitantes perdieron la vida y que la ciudad quedó prácticamente sin niños después de la calamidad, pero documentos de Jerónimo de Quiroga hablaban del doble de víctimas en todo el Reino de Chile. Los cadáveres eran traídos como "troncos humanos" hasta los fosos y mucha gente murió en las semanas y meses que siguieron, producto de la insalubridad y las enfermedades provocadas por las condiciones ambientales, que siguieron con lluvias y hasta nevazones.
"Hubo casas donde perecieron hasta trece personas -dice Vicuña Mackenna-, y por varios días estuvieron acarreando los cadáveres a un campo santo improvisado, habiendo ordenado el Obispo que no se cobraran derechos, para hacer las inhumaciones más expeditas. Bajo de la propia ramada que construyeron para habitación de aquel prelado enterraron, según éste, catorce cadáveres, y en un solo día personas incógnitas dejaron expuestos sobre los escombros de la Catedral otros diez, que fue preciso sepultar allí mismo".
En tanto, los vivos, que habían conocido las ramadas como lugares de fiesta o recreación plebeya, ahora las usaban como toldos para cobijarse en las calles. Para hacer más triste el castigo, en aquellas noches comenzó a llover copiosamente. Fue heroica la reacción y labor del Obispo Villarroel y sus asistentes aquella terrible jornada, sin embargo, mitigando en parte el drama que se vivía en aquellos momentos a pesar de haber resultado herido también.
Fue tan grave la situación del Santiago del Nuevo Extremo que, en medio de las demoliciones y reconstrucciones, muchos comulgaron incluso con la idea de mudar la ciudad completa. Ya he publicado la transcripción de un interesante estudio del investigador Gabriel Guarda sobre la capital de Chile antes y después del terremoto de 1647, reflejando cómo fue el impacto para la ciudad y su transformación forzada después del terrible cataclismo.
Quedo en deuda, sin embargo, para publicar a futuro más detalles de este fatídico terremoto, que está considerado entre los peores que han afectado al territorio chileno y del que se puede decir mucho, muchísimo más que lo relatado en este subtítulo.
El momento del terremoto, según lámina educativa de la revista "El Peneca", mayo de 1909.
Grabado con la imagen venerada, publicado en la portada de la "Reseña histórica sobre la milagrosa imagen del Señor de Mayo que se venera en la iglesia de los P.P. Agustinos de Santiago de Chile", del Arzobispado de Santiago.
Antigua imagen del Señor de la Agonía publicada por revista "En Viaje" en 1947.
Cartel anunciando la realización de la Procesión del Señor de Mayo.
EL SEÑOR DE LA AGONÍA
Los sacerdotes agustinos, al momento del terremoto, justo se encontraban terminando su gran templo en la calle Estado con Agustinas, luego de sesenta años de trabajos, postergaciones e intervalos. Recuerda Vicuña Mackenna que, ese año de 1647, los numerosos obreros se hallaban ya acabando la parte de la techumbre.
Desde principios del siglo XVII, guardaban allí en el edificio al llamado Señor de la Agonía, quizás la más preciosa reliquia santiaguina de entonces después de la Virgen del Socorro.
"El Señor de la Agonía -escribe Benjamín Vicuña Subercaseaux en 1847- era también la insignia de una de esas cofradías que en Europa se organizó para marchar a Jerusalén (...) Ese Señor de la Agonía es el emblema que nos queda de la imaginación de entonces. ¿Habéis visto algo más aterrador?".
A ésta, en particular, se la considera una de las primeras obras escultóricas artísticas de Chile, producida en madera policromada hacia 1604, 1605 ó 1606 según calculan algunos autores basándose en escritos de Villarroel, aunque otras fuentes estiman que debe ser de 1612. Sí se sabe que comenzó a ser exhibida permanentemente al público en febrero de 1613, razón por la que este año ha celebrado oficialmente su cuarto centenario de existencia.
El lego agustino Pedro de Figueroa, de origen peruano, la había confeccionado en su celda claramente inspirado en la imaginería e iconografía medieval, aunque no era artista ensamblador o tallador, por lo que también se consideraba "milagroso" que haya logrado confeccionar una imagen como aquella, con tal nivel de expresividad y realismo, algo en lo que el propio Obispo Villarroel creía. Se ha dicho, sin embargo, que un carpintero le habría asistido en ésta y otras obras religiosas talladas por su mano. La motivación del fraile era proporcionarle a la ciudad de Santiago imágenes religiosas propias pues, a diferencia de ciudades como Lima o Arequipa, prácticamente no había encontrado acá esta clase de trabajos.
La dramática expresión es lo más distintivo de la imagen, casi terrorífica como señala Vicuña Subercaseaux. Se teoriza que retrata el momento preciso en que Jesucristo mira hacia el infinito exclamando su dramático: "Elohim, Elohim, lama sabactani" ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonas?"), aunque una leyenda popular decía que adoptó ese gesto durante el terremoto.
También se ha repetido majaderamente que esta extraña imagen de Cristo en la Cruz pertenecía a doña Catalina de los Ríos Lisperguer, la célebre y controvertida Quintrala, que tenía su casa allí en la esquina vecina a la del templo agustino, donde ahora se encuentra el Edificio La Quintrala con sus famosos centros de reunión como el "Sportsmen" y el "Patio de las Agustinas". Le tenía devoción luego de haberle pedido favores para librarse de unos cargos que podían haberla llevado a la cárcel, pagándole en retribución el encendido diario de dos velas de una libra, pero en algún momento su expresión atemorizante superó su escasa tolerancia.
Son conocidas las historias alrededor de esta figura femenina. Alguna vez, esa calle de su residencia fue llamada también Calle de la Muerte, lo que se unió a la oscura fama de la aludida y leyendas suyas sobre pactos diabólicos. Su relación con el Señor de la Agonía, por lo tanto, tampoco está exenta de esta clase de chismes: se cuenta así que, acosada por esa mirada de la imagen o molesta por no escuchar sus ruegos, lo expulsó deshonrosamente de su casa. De esta manera, el Cristo de madera llegó hasta la iglesia agustina, quedándose para siempre allí.
"A la hermosa y trágica encomendera -escribe Sertorio Candela en un artículo de 1960-, después de una de sus sesiones o aquelarres con una esclava negra, la bruja Juana, de Talagante, se le antojó que el Cristo de fray Pedro la miraba en forma terrorífica. Parecía que esos ojos estuvieran empapados en un eterno barniz de odio o de ira extraterrena y, entonces, doña Catalina, en el paroxismo de su disgusto, ordenó con voces destempladas que el Crucificado saliera de su casa sin demora".
La misma historia cuenta que los asustados esclavos cargaron con prisa la figura hasta el templo agustino, con la instrucción de avisar a los sacerdotes que jamás la llevasen de vuelta, pues la Quintrala "no quería en su casa hombres que la miraran feo". Sin embargo, otra versión dice que la polémica mujer se asustó en realidad por la mirada del Cristo de la Agonía justo cuando azotaba un esclavo, arrojando la imagen por la ventana. De acuerdo a este último relato, fueron los vecinos los que recogieron al Cristo y lo llevaron a la iglesia.
Fuera de las leyendas, sí parece ser cierto que la Quintrala tuvo en su casa esta figura durante algún tiempo, quizás durante los mismos días en que Santiago se reconstruía por causa del terremoto descrito. También reafirmó su devoción por el el Señor de la Agonía al momento de morir, existiendo registros de generosas donaciones suyas a la Orden de San Agustín luego del mismo terremoto. Algunas tradiciones dicen que su cuerpo se hallaría escondido dentro del templo, incluso bajo el propio altar mayor.
El Señor de Mayo sobre su carro de andas, poco antes de comenzar la procesión.
Acercamiento a la imagen del Cristo.
EL MILAGRO DEL SEÑOR DE MAYO
Al momento de ocurrir el terremoto de 1647, la imagen venerada se encontraba contra el único de los muros que se mantuvo parcialmente en pie y que parecía ser, paradójicamente, uno de los más ligeros y poco resistentes de todos. En el documento de 1977 titulado "Reseña histórica sobre la milagrosa imagen del Señor de Mayo que se venera en la iglesia de los P.P. Agustinos de Santiago de Chile", se describe así la situación de la figura dentro del templo:
"El Crucifijo estaba colocado, desde hacía tiempo, en uno de los altares de la Iglesia de San Agustín, en un tabique que cerraba un arco de la nave del Evangelio, tan fácil de caer, que cualquier movimiento más o menos fuerte lo habría podido echar por tierra".
Cómo sería la impresión del Obispo Villarroel no bien terminó el terremoto, entonces, al ir a la iglesia en ruinas de San Agustín y encontrar en pie allí sólo un muro con el Cristo de la Agonía y su crucifijo de más de dos varas de altura frente al mismo, además de dos velas encendidas. Así se describe este acontecimiento en el mencionado trabajo "Episodios Nacionales":
"Mientras soldados y vecinos ayudaban en la medida de sus fuerzas a la remoción de los escombros, y extracción de heridos y cadáveres, las miradas se detuvieron atónitas en las ruinas del templo de San Agustín… A ambos lados del crucifijo conocido por el nombre de “Señor de la Agonía” que milagrosamente se había salvado del desastre, ardían dos grandes velones, que ni el viento de la noche, ni la sacudida fueron capaces de apagar. ¿Qué era aquello?"
No fue lo único atribuido en el Señor de la Agonía como una intervención divina: hasta hoy, se da por hecho que la corona de espinas de la imagen cayó desde la cabeza hasta su actual posición en el cuello de Cristo por acción del terremoto, y que nunca ha podido ser repuesta a su lugar en la frente de la figura, pues pareciera no poder pasar ya más arriba del ancho del mentón y la nariz de la figura.
"Lo recio de los remezones -detalla Candela- hizo que la corona de espinas en forma inconcebible se deslizara de la cabeza para quedarle como un collar alrededor del cuello, posición en la que se encuentra hasta nuestros días".
Un mito adicional asegura que en cada ocasión que se ha intentado forzar a la corona a volver a su posición original, sucede un nuevo sismo devastador en Santiago, como fue el rumor que corrió con el catastrófico terremoto de 1985. Se cree que esta superstición proviene de los intentos de Villarroel por poner la corona en su sitio a poco de haber descubierto intacta la imagen: decía que en cada tentativa, volvía a venir una réplica que lo obligaba a desistir. Otra leyenda hace notar que en los únicas veces en que no hubo procesión, en 1959, 1984 y 2009, hubo grandes terremotos durante el año siguiente.
Si embargo, Vicuña Mackenna -que no era precisamente adicto a creer en milagros- hace una descripción un poco distinta de lo que en realidad habría sucedido allí, en la iglesia reducida a ruinas:
"...el edificio inconcluso de San Agustín cayó sobre sus propios andamios, sin perdonar, como se ha creído, el altar del Señor de la Agonía, porque el milagro no estuvo en que la imagen sostuviera su propio tabernáculo, sino en que, habiendo caído todo, éste no fue derribado de la cruz. Quedó, al contrario, la efigie firme en ella y sin que se apagaran dos bujías, que a esa hora tardía de le noche, dicen, le había encendido su propio artífice, que aún vivía. En una relación vemos que el Cristo se sostuvo solo por un brazo, pero nada encontramos en ésta sobre el pasmoso milagro de la corona de espinas caída de la cabeza al cuello, donde la conserva todavía".
El mismo autor propone en "Los Lisperguer y la Quintrala" que, como el templo de San Agustín se encontraba totalmente en ruinas, es muy posible que la imagen del Señor de la Agonía haya llegado a refugiarse en la casa de doña Catalina y no en la vecina iglesia destruida. Quizás así se cruzan las historias y surge la creencia de que ella "expulsó" de su casa a la imagen, si es que acaso se trata de un mito.
Los miembros de la cofradía religiosa -la más antigua de Chile- preparándose para la salida.
Comenzando a tomar posiciones en el carro que cargará al Señor de Mayo.
Esta conocida devota se presenta año a año en la procesión y la misa solemne, portando la imagen del Señor de Mayo que se ve en la fotografía, y que corresponde a un antiguo grabado litográfico que podría remontarse a fines del siglo XIX o principios del XX.
LA PRIMERA PROCESIÓN
Al irse aproximando el frío amanecer del día 14, el Obispo estaba aún con la frente vendada y sangrante en la Plaza de Armas, alrededor de una fogata que se había improvisado durante la noche con tablones y maderas. Como no quedaba en pie un sólo lugar donde hacer una misa, mientras los rostros abrumados de la población imploraban la misericordia divina y la invocación de la fe tras esta trágica prueba, Villarroel había levantado con sus propias manos un sencillo altar provisorio allí en la plaza.
Para poder responder a la angustia cristiana, los sacerdotes habían recurrido a lo que tuviesen a mano: el tabernáculo y el Santísimo Sacramento de la Iglesia de la Merced se había conservado intacto, así que fue usado para la eucaristía; los sacerdotes de San Francisco llevaron en procesión a la Virgen del Socorro traída por el propio Pedro de Valdivia, colocándola en la misma plaza mayor, considerada ya entonces como la Santa Patrona de la Ciudad de Santiago. Ha de recordarse que los franciscanos habían perdido dos de sus miembros, al caerse la torre de su templo en la Cañada de la futura Alameda. Y los agustinos, en medio de la euforia por haberse salvado la imagen del Cristo de la Agonía, llevaron el tesoro en andas sobre sus hombros y a pies descalzos hasta el mismo lugar de la plaza, siendo colocada allí sobre otro altar que se armó en la ocasión para darle solemnidad a las figuras religiosas.
El propio Obispo Villarroel salió a recibir a estos feligreses. Había dado en la plaza una plegaria de consuelo que duró gran parte de la noche. La leyenda cuenta que todos hicieron un gesto de terror y asombro al ver ante sí la expresión del Cristo de la Agonía, sufriente y mirando al cielo, o tal vez por el detalle de la corona de espinas deslizada hasta su cuello. Según Oreste Plath, el pueblo creyente decidió esa misma noche hacer una procesión anual en honor a esta imagen.
El propio Villarroel entrega otros detalles de estos sucesos, en sus escritos legados a la historia a partir de una carta suya firmada el 9 de junio siguiente para el Consejo de Indias:
"Reunido todo el pueblo en la plaza, pusimos en ella el Santísimo Sacramento del Altar que, en una caja de plata, vino del convento de la Merced.
Trajimos en procesión allí mismo, viniendo descalzos el obispo y los religiosos, con grandes clamores y universales gemidos, un devotísimo crucifijo que tienen los agustinos y que caída toda la nave quedó fijo en su cruz; halláronle con la corona de espinas en la garganta, como dando a entender que le lastimaba  una tan severa sentencia".
Al salir el tenue Sol del amanecer siguiente, el día iluminó una ciudad devastada, destruida casi en su totalidad, pero con su fe reafirmada por los hechos.
Las fuentes no son claras sobre cuánto estuvo allí el Señor de la Agonía: algunas dicen que permaneció por varios días más, y otras que fue retirado esa misma noche. Todas coinciden, sin embargo, en que lo hizo atrayendo a los devotos y cimentando su imperecedero mito. Y como las noches que siguieron a las del terremoto eran una terrible tortura para los santiaguinos, por el temor a la oscuridad mezclado con las réplicas sísmicas, hubo un vuelco masivo hacia la religiosidad en todas sus formas, apareciendo reportes de innumerables hechos sobrenaturales o intervenciones que se juzgaron entonces como milagrosas, al tiempo que los fieles iban a diario jurar lealtad a la sufriente figura con la corona de espinas al cuello.
Los santos fueron devueltos a sus lugares respectivos; sin embargo, cuando le tocó al Cristo de la Agonía, una inmensa cantidad de promesantes y fieles acompañó en caravana a la procesión, hasta la ruinosa Iglesia de San Agustín. Nacía así, para la posteridad, el concepto del Señor de Mayo, que es como se conoce desde entonces a la figura. Poco después, en el legajo 32 del Acta del Cabildo del 10 de julio de ese mismo año, se establecía lo siguiente:
"Acordose se pidiesen a la sacratísima Virgen de los Cielos, la Virgen Santa María, Nuestra Señora, y a su gloriosa natividad un voto de festejarla con sacrificios divinos que se hagan perpetuamente a los trece de mayo".
Esta consagración de la procesión a la Virgen "y a su gloriosa natividad", además de explicarse por el énfasis que la iglesia colocaba sobre la Santa Madre, explicaría el surgimiento formal de la procesión con la imagen de los Dolores. A fuerza de pura devoción popular, sin embargo, se imponía la veneración e identidad del Señor de Mayo. Al año siguiente, este Cristo fue consagrado como "protector" de Santiago y se oficializó la procesión en su honor.
"Desde entonces -dice Vicuña Mackenna en una nota a pie de página- data la procesión y rogativa llamada todavía del Señor de Mayo que costea la ciudad. En los primeros años fue una procesión de sangre muy solemne y sangrienta que tenía lugar a las diez y media de la noche de cada aniversario, con asistencia del presidente, los oidores, todas las autoridades y principales vecinos, que concurrían con cirios rojos. La ciudad entera se confesaba y comulgaba en ese día".
La caravana empieza a salir del edificio.
Saliendo de la iglesia, a calle Estado.
Avanzando hacia Moneda.
LA PRIMERA COFRADÍA
La procesión surgida del cataclismo estaba destinada a volverse de enorme importancia para los santiaguinos, transformándose también en un símbolo interesante sobre la resignación humana en la tarea de mantenerse firme sabiendo que una condena de desgracias sísmicas siempre acompañarán el destino de este pueblo. Sospecho que quizás haya influido en su relevante popularización, además, el hecho de que mayo ha sido tradicionalmente el mes de veneración de la Santa Cruz y de las llamadas Fiestas de las Cruces, dándole a Santiago de Chile una ocasión para instaurar una celebración propia y de carácter localista en este mismo período.
También es una casualidad asombrosa que el día del terremoto coincida con el aniversario del 13 de mayo de 1585: el de la toma de posesión de las propiedades sobre las cuales Fray Cristóbal de Vera fundaría el claustro y el templo agustino en Santiago poco después de su arribo al país, según datos aportados por Carvallo y Goyeneche en la primera parte de su "Descripción Histórico Geográfica del Reino de Chile".
En las descritas circunstancias y con la naciente tradición ya encima, el Obispo Villarroel fundó dos grupos de devotos santiaguinos participantes de la procesión anual que se había instaurado para cada 13 de mayo desde el primer aniversario de la catástrofe:
  • La Cofradía del Cristo de la Agonía, de la que no se sabe mucho, pues parece desaparecer o acaso fusionarse en épocas posteriores.
  • La Cofradía de Jesús, María y San Nicolás de la Penitencia, correspondiendo a la que perpetuó la Novena y las procesiones durante los siguientes siglos, emparentada con la misma línea de la que actualmente se encarga de estas tareas.
La sociedad religiosa, en la que habían participado los propios miembros de la familia Lisperguer, era conocida en su tiempo como la Cofradía del Señor de Mayo, aunque el escritor e historiador Guillermo Carrasco, quien ha trabajado en la restauración del edificio agustino y en investigaciones sobre la propia imagen del Señor de la Agonía, asegura con buenos argumentos que esta agrupación adoptó el nombre de Venerable Orden Tercera de San Agustín el año 1806, como su título definitivo.
Un detalle interesante es que, hasta aproximadamente mediados del siglo XIX o un poco más, la cofradía guardaba todos sus trajes, artículos religiosos y cirios usados en las procesiones, en una habitación con celda hacia el lado de calle Agustinas muy cerca del cruce con Estado, por ahí frente a la salida lateral de la Iglesia de San Agustín. Esto era en el sector de la casa original que había pertenecido a la temible Quintrala, según se creía, lugar de innumerables leyendas y fama nada de santa como hemos dicho. Hacia los años previos al estallido de la Guerra del Pacífico, sin embargo, dicha residencia estaba convertida en un conocido café santiaguino y las celdas que sirvieron de bodegas a la cofradía eran ocupadas por clubes de billar y negocios parecidos.
El descrito vínculo histórico entre los "tiradores" del Cristo de la Iglesia de San Agustín y su origen en esta antigua agrupación fundada por Villarroel, es lo que la hace que la actual cofradía de sociedad religiosa del Señor de Mayo sea la más antigua de Chile, de entre todas las que aún siguen vigentes y activas. Antes, esta agrupación se encargaba de colocar también a la figura de Cristo con una vistosa corona de flores formando un corazón a sus espaldas, además de un altar de andas decorado con cuatro serafines que tocan instrumentos musicales.
Parece que la importancia adquirida por esta procesión adquirió una rápida relevancia en todo el Reino, alcanzando incluso aspectos internacionales de fama y connotación: según una escritura pública encontrada en la Secretaría de las Cortes de Apelaciones y que fuera citada en su tiempo por el investigador Ramón Briceño, el 23 de marzo de 1672 los sacerdotes agustinos ofrecieron al propio Carlos II apadrinar de esta tradición en torno al Señor de Mayo, aunque no está claro si tal solicitud, formulada cuando fray Juan Toro Mazote de la Serna era el jefe de la Provincia Nuestra Señora de Gracia de Chile, fue respondida por el soberano.
Marchando por calle Ahumada. Atrás a la derecha, el los arcos del Edificio Crillón.
La procesión avanza por calle Compañía y Merced, a un costado de la Plaza de Armas. Se ven los arcos del zócalo en el Portal Fernández Concha y en la esquina, más atrás, el ex Edificio Gobelinos.
Volviendo por calle Estado hacia el templo.
LA PROCESIÓN DE NUESTROS DÍAS
Todos los miembros de la cofradía de San Agustín se reúnen los 13 de mayo en la iglesia respectiva, comenzando su actividad y movimiento hacia las 18:00 horas. Éste es el último día de la Novena del Señor de Mayo, que ha comenzado el 4 de mayo anterior. La gente ha estado visitando todo el día el templo y rezando la tradicional oración que aquí se hace al Señor de la Agonía, que con algunas variaciones en sus versiones dice así:
"Heme, Aquí, a tus pies, Señor de la Agonía, contemplándote crucificado y encarnecido. Quisiste recoger todos los dolores y las angustias del género humano, para hacerlos tu propio dolor y angustia. Mirando tus pies y manos enclavados siento mitigarse en mí los sacrificios que me impone la vida, y cobro energía para negarme a las inclinaciones desordenadas de mi naturaleza.
(aquí se hace la petición)
No desoigas, Señor mi oración pues soy tu hermano, aunque deudor a tu justicia divina por mis inequidades. Quiero ir con mi pequeña cruz humildemente, tras la tuya, hasta el día que te dignes reconocerme, por toda una eternidad, heredero de la gloria de tu Padre Celestial por los méritos infinitos de tu Pasión.
Amén".
La mayoría de los integrantes de la cofradía son ancianos, "tiradores" todos hombres, aunque algunas damas vinculadas tradicionalmente a este templo ayudan y colaboran con el grupo. A los cofrades se los puede distinguir por una pequeña capa blanca bordada con figuras religiosas, que se colocan sobre sus hombros y amarran por el cuello. Muchos de los integrantes del grupo, además, acumulan una larga trayectoria en esta procesión. Antes, lo hacían echándose al hombro las andas del Señor de Mayo, aunque ahora es paseado sobre un antiguo y pintoresco carro, que tiran con dos gruesas cuerdas. Varios de ellos, ya por limitaciones físicas, no participan como "tiradores" del Santo Patrono, sino que la acompañan al frente la procesión, junto con los sacerdotes y diáconos.
La ceremonia comienza con un masivo público dentro del templo a las 19:00 horas en punto y las plegarias que suelen abrir esta clase de actos religiosos. Este año, grandes lienzos festejan los 400 años del Señor de la Agonía, que ha sido bajado desde su lugar en el fondo de la nave Norte del templo, permaneciendo todo el día sobre su carro al frente del altar en la nave mayor, recibiendo visitas y peticiones de los fieles. El carro comienza a ser tirado mientras la gran caravana de gente le acompaña y es animada con megáfonos. Al salir al paseo, los devotos sacuden pañuelos blancos saludando la figura que viene con la bandera de Chile y la del Vaticano como escoltas.
Cuentan acá en la procesión que, en los últimos años, ha crecido mucho la cantidad de asistentes, varios de ellos interesados en los aspectos más culturales y patrimoniales de este evento. Algunos fieles permanecen en la iglesia, mientras tanto, no sólo los más ancianos o enfermos. De hecho, ésta sigue parcialmente llena hasta que retorna la imagen venerada.
Tengo entendido que la procesión seguía antes una misma ruta coincidente con la que habrían hecho los agustinos en 1647, aunque no sé si aquélla fue la misma que se hace ahora: sale del templo hacia calle Estado, baja en dirección al Sur a calle Moneda doblando hacia Ahumada, por donde continúa hasta la Plaza de Armas; pasa por Compañía bordeando el Portal Fernández Concha, y luego de una breve parada allí dobla otra vez en Estado y regresa así a la iglesia. Todo sucede en un ambiente de enorme fervor popular, mucho interés de los curiosos y loas a la imagen del santísimo Señor de Mayo, aunque no sin uno que otro problema en la ruta, especialmente por las ramas de árboles que se encuentran perturbando la marcha y que un integrante de la cofradía se encarga de ir levantando con un largo instrumento de madera dispuesto a estos efectos.
La procesión coloca al Cristo en la nave central cerca del altar, hacia las 20:00 horas. Se canta la canción nacional y se da inicio a la misa solemne del Señor de Mayo. Sorprende la cantidad de fieles de todas las edades y orígenes que están allí reunidos y que esta época tan poco favorable a la fe católica aún es capaz de convocar. También parece haber allí una sensación sólida de pertenencia y valoración de la imagen del Señor de Mayo: una consciencia colectiva de que se trata de una de las piezas más valiosas que ostenta la ciudad de Santiago de Chile, a la par de uno de los más potentes símbolos de nuestro país, constante e imperecederamente obligado a convivir con las tragedias y a convertir sus desgracias en nuevas motivaciones para la fe o la esperanza.
El Señor de Mayo volverá a su altar, siguiendo con el drama de su mirada al cielo de cuatro siglos ya y el misterio de su corona de espinas en el cuello, cautivando la imaginación del observante y la lealtad de sus creyentes. Su procesión, con la memoria generaciones y generaciones de "tiradores" a cuestas, también seguirá dormida el resto del año, esperando cada 13 de mayo para despertar otra vez y recordarnos esa naturaleza trágica y telúrica que nos ha dado un tan particular y propio sentido de nacionalidad y de pertenencia, desde estas tierras de Santiago del Nuevo Extremo en el Reino de Chile, cargando por los siglos sus propios e históricos calvarios.
El Señor de Mayo retorna a su iglesia, ante el fervor y los aplausos.
La solemne misa del Señor de Mayo cierra la jornada.

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