domingo, 30 de enero de 2011

DOS SEMANAS EN LA RESIDENCIAL "LA MODERNA" DE VICUÑA

Todo el club, recién llegando a Vicuña, exactamente frente a la casona donde funcionó "La Moderna", nuestro lugar de alojo.
Coordenadas:  30° 2'2.36"S 70°42'29.16"W
Sucedió en 1993, luego de una "avanzada" de amigos que hicieron buenas migas con varias jovencitas de la ciudad de Vicuña, en el corazón del Valle de Elqui. Ellas mismas nos consiguieron un lugar "bueno y barato" para ir a aterrizar en las siguientes dos semanas de vacaciones. Lo de "bueno" era discutible, pero barato sin duda.
Se trataba de la residencial "La Moderna" ubicada en una muy antigua y pintoresca casa solariega hacia la esquina de calle Gabriela Mistral, la misma que sale desde un costado de la Plaza de Armas de la ciudad. Nuestro refugio se encontraba haciendo esquina con calle Baquedano. Esta cuadra se encuentra, a su vez, muy cerca del Museo de Gabriela Mistral (en el terreno donde nació la poetisa) y el Solar de los Madariaga, por lo que es común ver una gran cantidad de turistas nacionales y extranjeros circulando por allí hasta nuestros días. Hacia el fondo de ella se iban volviendo las casas cada vez más rústicas en esos años, con aspecto campestre, por lo que nuestro sitio era atractivo para los interesados en el costumbrismo y historia urbanística de la zona.
"La Moderna" era un hostal de largos pasillos y un pequeño jardín central rodeado de ventanales. Los pisos eran de antiguas maderas siempre crujientes bajo cada paso, y los muros de adobes centenarios. Un lugar de varias galerías, me parece que adaptado al servicio desde esas casas patronales antiguas convertidas en residenciales. Había dos comedores y varios baños, pero nosotros usábamos el del pasillo principal. Solía encontrar allí entre las mesas siempre un gordito comiendo cazuela con ají sobre uno de esos manteles de plástico y rayas cruzadas, pues parece que era, con los porotos, tallarines y humitas, la especialidad de la casa, servidos por una señora con delantal que paseaba todo el día por la casa. Un señor chico y rechoncho, con zapatos gruesos amarrados con alambres, hacía algunas labores de aseo y trabajos de carga. Viejas tinajas, plantas en grandes maceteros, artículos de campo y hasta atractivas rocas con fósiles decoraban el interior del establecimiento.
Recién llegados, cuando la habitación de extrañas paredes rosas aún lucía ordenada.
Nuestra habitación, justo frente al comedor, era grande y de techo muy alto, aunque la distribución entre camas y colchones se nos hizo dificultosa para la cantidad de pasajeros que las ocupamos. Carente de ventanas, se calentaba como horno en las mañanas calurosas y tenía una pequeña ventanilla por la que nos entreteníamos escrutando silenciosamente a las bellas turistas que algún par de veces aparecieron en el lado de ese comedor. En principio estuve de acuerdo en dormir en el suelo de esta habitación, sobre una colchoneta, pero cuando alguien descubrió una enorme y negra araña de rincón salté a uno de los catres y preferí asilarme en él, aun a costa de usarlo sobre los fierros desnudos. La habitación también tenía puertas condenadas hacia otras piezas vecinas y era oscura, reducida a la tenue luz de una ampolleta amarilla y sucia. Resabio de esas antiguas casonas donde la circulación se hacía también entre una pieza y otra, sin duda, como sucedía con la casi vecina casona sola de la familia Madariaga, también convertida en pequeño museo local. La pieza, sin embargo, estaba pintada de un curioso color rosáceo cuya intención nunca me pude explicar y que sólo dificultaba más aún la iluminación.
Me parece que el dueño se llamaba don René, un viejito de pequeño tamaño y con una pierna completa de palo que dejaba en algún lado cuando salía en la noche a abrirnos la puerta de regreso a su habitación, valiéndose de su muleta y llevando un camisón y un gorro de lana parecido a esos con los que aparecen durmiendo el chancho Porky o el gato Tom en las clásicas caricaturas de niños . Me provocaba un malestar terrible molestarlo tarde cada noche, a veces llegando bien enfiestados y no siempre todos juntos, sino en distintos grupos, por lo que tenía que salir de su cama varias veces a recibirnos. Pero él declaraba no sentirse incomodado por nuestros malos hábitos o abusos de capitalinos. De hecho, la única vez que reclamó algo fue porque unos ruidosos obreros que llegaron a alojarse en una habitación vecina a la nuestra, luego de varios días de bulla y borrachera propia perturbando nuestro sueño, consideraron que una noche de risas en nuestra habitación molestaban más, seguramente lesiva a su caña mala, e intentaron plantearnos ante el propietario como los ruidosos profesionales e imprudentes que en realidad eran ellos.
Sí es cierto que metíamos con frecuencia botellas de pisco en la habitación, a veces también de cerveza, aunque procurando que nadie lo advirtiera. Por ello, había verdaderas colecciones de envases contra las murallas, pues es sabido lo barato que resuta este producto en la zona pisquera del Elqui, casi la mitad de lo que costaban en Santiago, haciéndonos sentir en el paraíso. Incluso el primer día empezamos con este ritmo, cuando compramos un gin económico cerca de la residencial, y con el que hice la prueba de encender una tapa llena de su tóxico contenido, la que ardió en un rincón de la pieza diría que por más de una hora, así que optamos definitivamente por las generosidades del pisco de ahí en adelante. Todas las noches terminaban, de esta manera, con largas y extendidas conversaciones al calor de una botella circulando entre nuestras manos.
Sebastián "Chanchito", en el rincón de la habitación que teníamos en "La Moderna", junto a algunas de las botellas acumuladas en los primeros días.
"La Moderna" fue nuestro cuartel durante todo ese tiempo. Tuvimos la precaución de no invitar a nadie hasta esta desordenada e indigna cueva de tantos hombres solos durante esas dos semanas, por supuesto, salvo una vez que una muchacha llamada Andrea me acompañó a buscar algo a ella, creo que unas llaves, y quedó impresionada por el caos de bolsos, ropas, toallas  y botellas vacías que había al interior de ella.
Cada noche planificábamos nuestra diaria agenda del día siguiente en ese cuarto saboreando los destilados elquinos, donde también cocinábamos en un anafre a pesar de las restricciones que prohibían hacerlo, pero el dueño nos dio varias libertades, como se habrá notado ya. Salíamos temprano y solíamos volver tarde, muy tarde, regresando sólo un par de veces entretanto. No faltaba qué hacer para estar afuera: los schops y completos de la plaza, el estupendo pan amasado que vendían por calle Prat, la disco y club "Las Tinajas" o los helados de la "Diavoletto", que quedaba casi vecina a nuestro lugar y que pertenecía a una cadena originalmente fundada en La Serena.
Nos fuimos de "La Moderna" agradeciendo la buena voluntad de su propietario. Nunca más lo vimos: falleció un tiempo después, y la residencial fue puesta en venta, siendo asimilada por otro establecimiento vecino que, en la esquina, ofrecía el mismo servicio. Así se acabó su nombre y desapareció su cartel colgante sobre la entrada, como tantas otras cosas que sucumbieron en Vicuña ante la actualización y el crecimiento de un lugar en pleno desarrollo.
"La Moderna" y todas sus décadas al servicio hostal, no sobrevivieron a la modernidad.
Un "amanecer" cualquiera de esos días... Como a las 13:00 hrs.

martes, 25 de enero de 2011

UN "SANSÓN" EN EL VIEJO BARRIO DEL MERCADO CENTRAL


Paraderos de tranvías Mapocho, en enero de 1935 en calle Puente, junto al Mercado Central. El edificio hotelero que aparece a la derecha alojaba al bar "Sansón" en su primer piso y alcanza a verse su nombre sobre los techos de los carros.

Coordenadas: 33°26'0.09"S 70°39'6.77"W (antigua ubicación)

Investigando para mi libro sobre la historia de Barrio Mapocho, próximo a ser publicado (ya veré oportunamente a través de qué mecanismo), creo haber dado con un dato interesante sobre los antiguos negocios del ex barrio bohemio de sector riberano, con un bar-restaurante del que prácticamente no existen registros salvo una añosa fotografía.

No sé si será coincidencia que, además de un antiguo e histórico local llamado “Hércules” en el sector de calle Bandera llegando a Aillavilú (frecuentado por Pablo Neruda, Oreste Plath y Luis Emilio Recabarren, entre varios más), hubiese otro boliche llamado “Sansón” a la vuelta de calle Puente con General Mackenna, bajo las dependencias del desaparecido “Excélsior Hotel” que se ubicaba en donde ahora está el acceso al Metro Puente Cal y Canto junto al Mercado Central.

Difícil es responder esta pregunta en nuestros días aunque, ciertamente, la semejanza de nombres de estos dos míticos titanes separados por sólo una cuadra transversal del Barrio Mapocho, no parecería tanta coincidencia.

No sobreviven hasta hoy muchos datos sobre el bar-restaurante “Sansón”, ubicado por la dirección de calle Puente 860 del antiguo edificio hotelero de espalda a Aillavilú, en sus bajos y donde antes estuvo también el célebre “Guatón Bar”, uno de los primeros en traer al barrio el carácter bohemio y festivo que perduró hasta los años cincuentas aproximadamente, muy popular en los años del Centenario y cuando se encontraba casi al frente la pequeña Estación del Mercado del ferrocarril, antes de la construcción del enorme edificio de la Estación Mapocho.

Como dije al principio, poco hay que ver hoy de las huellas del “Sansón” en esa cuadra, salvo una antigua fotografía del archivo de Chilectra fechada en 1935, donde se divisa su lugar en el frontis, pero escondido tras los tranvías en movimiento y en la lejanía de los planos de fondo, dentro del encuadre concentrado en un bello tranvía que hace parada junto al Mercado Central, que también aparece atrás de la imagen. La imagen puede verse en la página 89 del álbum “Luces de modernidad. Archivo fotográfico de Chilectra” (Gerencia Corporativa de Comunicación Enersis S.A., 2001), con la siguiente leyenda: “Plaza Mapocho con el Mercado Central al fondo. Carro con capacidad para 24 asientos. Enero 10 de 1935”.

Sin embargo, hay un detalle interesante: este local era un bar-restaurante construido en la planta baja del antiguo e imponente hotel del barrio. Como estos establecimientos seguían una línea más o menos común, según reportan los antiguos vecinos y de acuerdo a los testimonios que hemos consultado, podemos suponer el aspecto interior aproximado del “Sansón” mirando a otra reliquia de aquellos años de atracción noctámbula en Mapocho: el local del bar-restaurante “Touring”, popular cantina ubicada por el lado del General Mackenna y en la misma situación, en la planta inferior de un edificio hotelero (el Hotel Central, en este caso). Ya hemos dedicado una entrada anterior a este sitio.

Si, de este modo, nos orientamos por el aspecto que conservan bares mapochinos parecidos (otros casos fueron “La Clínica”, el primer local del “Wonder Bar” y uno también en los bajos del ya demolido edificio llamado El Buque, que era vecino al Bristol Hotel), podemos conjeturar sobre la estética y el aspecto del servicio del “Sansón” en medio del agitado barrio que, otrora, estaba lleno de pasajeros buscando boletos de salida para el ferrocarril, alojando en los hoteles del entorno o visitando frenéticos las cocinerías de los mercados. Habría correspondido, entonces, a un típico bar y comedor con el aspecto que tenían estos locales hacia la primera mitad del siglo, ostentando algo de elegancia, real o ficticia, con ventanales del acceso tipo bar inglés.

La ubicación del bar con el nombre del fortachón bíblico de cabellos mágicos, era al extremo sur de este elegante edificio situado al final de la calle haciendo esquina sobre la Plaza Venezuela, por ahí al lado de la célebre “Piojera” y del antiguo altillo del Corregidor Zañartu en la misma calle Aillavilú, desde el cual vigiló la construcción del Puente de Cal y Canto en la Colonia. El hotel era una edificación trazada con su longitud en eje norte-sur, con el frente de cara al costado poniente del Mercado Central. Esta posición nos es confirmada por otra fotografía del álbum “Luces de modernidad”, en la página 44.

¿Sería éste, acaso, el supuesto bar que don Pablo de Rokha solía frecuentar en esa calle junto al mercado cuando vivía en el Bristol Hotel, según dice la rica tradición oral y legendario propio que rodea al polémico poeta? Pues tampoco tenemos respuesta segura a esta posibilidad, aunque quisiéramos creer que sí.

Por ahí leí algo sobre la antigua presencia de otro bar llamado “Sansón” en un lugar distinto, pero dentro del mismo Centro de Santiago, por lo que no sabría si correspondió a un cambio de local o a una coincidencia de nombres. De todos modos, entre renovaciones y remodelaciones posteriores, nada ha quedado de este refugio mapochino ni del elegante edificio del “Excélsior Hotel” que le diera cobijo.

Algún urbanista haciendo el rol de Dalila le cortó el pelo a este “Sansón”, acaso.

viernes, 21 de enero de 2011

LOS SÍMBOLOS ESTELARES DE LA IGLESIA DE LA TIRANA

La figura de la Virgen del Carmen de La Tirana en su altar, frente a una gruta azul que semeja la bóveda celestial sobre la cual brilla su estrella. Imagen original perteneciente al blog nuestrasantisimamadre.blogspot.com
Hemos dicho en otras ocasiones, que la veneración de la Virgen del Carmen podría estarse superponiendo a la tradición más bien "pagana" de la Estrella de la Mañana, históricamente asociada a Veneris o Venus, el astro de ocho puntas del amanecer y del atardecer.
Echemos un vistazo al caso del Santuario de La Tirana, quizás uno de los más evidentes y reconocidos de superposición del culto cristiano sobre otro de origen pagano y local en actual territorio chileno, para verificar si esta suposición sincretista se cumple también allí, de alguna manera.
Ubicado en la Pampa del Tamarugal, el pueblo de La Tirana se halla en medio de un territorio tarapaqueño profundamente influido por la cultura y la vieja religión solar-estelar incásica, y antes por la aymará original, conservándose algunos rasgos patentes de ella en el folklore local tan vinculado al Altiplano que, en una curiosa actitud nacionalista, Bolivia denunció hace algunos años a Chile reclamando por "apropiación y robo" de sus manifestaciones de arte popular, música y tradiciones en la fiesta anual que allí se realiza, al reconocer el evidente influjo de la estética y los contenidos sobre ésta con su magnífico Carnaval de Oruro pero incapaz de identificar la línea de influencia que ha recibido este sector del país desde hace milenios.
Además, cabe recordar que La Tirana perteneció a Perú hasta la Campaña de Tarapacá de 1879, durante la Guerra del Pacífico, siendo asimilada culturalmente por Chile de ahí en adelante aunque muchos de esos rasgos originales de tradiciones y ritos religiosos ancestrales aún se conserven. De hecho, la propia elección de esta Virgen Patrona de Chile en particular, como motivación central de su anual fiesta de julio, parece estar asociada a la asimilación o "chilenización" dirigida en estos territorios por parte de nuestro país, aunque ello no fue capaz de despejar los elementos pre-cristianos originales que se mantenían en el mismo.
Pero exploremos su situación antes de que La Tirana fuera consagrado a la Virgen del Carmen... En esta tradición local tarapaqueña existía la leyenda de una cruel y temida princesa de origen inca, llamada Huillac Huma, hija de un sumo sacerdote. Fue conocida como la Ñusta o princesa, "La Tirana del Tamarugal". Pero sucedió que la malvada Ñusta Huillac se enamoró perdidamente el portugués Vasco de Almeyda, quien buscaba la riqueza de la fabulosa Mina del Sol (referencia a ricos yacimientos es muy popular en las leyendas altiplánicas, principalmente por la importancia de la actividad minera en ellas). Él le enseñó la fe cristiana y ambos pretendieron fugarse traicionando respectivamente a los suyos, pero fueron alcanzados. La princesa se convirtió a la fe de Cristo poco antes de morir castigada por su propia gente, redimiéndose y arrepintiéndose de su pasado de maldad y despotismo, algo que habría sucedido en los tiempos de Diego de Almagro, hacia 1535 ó 1540.
Como siempre, sucederá que la historia se cruzó con el mito en este relato. Oficialmente, la veneración por la Virgen del Carmen llega a Chile hacia fines del siglo XVI de la mano de la Orden de San Agustín; o al menos es ésa la referencia que aportan libros de historia y algunos de carácter más eclesiástico.
Sin embargo, fue hacia 1545 que fray Francisco Rondón, de la Real Orden de los Mercedarios y evangelizador de Tarapacá y Pica, habrían encontrado en el poblado la imagen de una misteriosa virgen tallada en una roca y con una cruz de madera, punto de partida de este curioso culto actual a la Virgen del Carmen y como escenario de la más importante de las fiestas religiosas católicas que existen en el país. Estas extrañas reliquias asociadas a la tragedia de la Ñusta, se suponen sepultadas en los restos de la antigua iglesia que allí mismo se levantó, y que ahora se encuentra en ruinas junto al cementerio local, con una réplica de aquel templo a su lado.
Interpretando que los hallazgos eran del lugar de sepultura de la Tirana Ñusta, el sacerdote hizo construir primero una ermita en este caserío llamado por entonces, aparentemente, Tiahuana (y posteriormente corrompido en "Tirana"), que se convirtió de inmediato en objeto de romerías y, más tarde, en el primer templo propiamente tal. La leyenda dice que esta capilla fue consagrada desde el principio a Nuestra Señora del Carmen de La Tirana, pero como vimos, otros creen con buenos argumentos que si bien el culto existía desde antes, el establecimiento formal del mismo en La Tirana se produce recién con un decreto emitido hacia los años del Centenario de la República e inspirado en la necesidad de reforzar la presencia de Chile en los mismos territorios que reclamaba de vuelta el vecino país peruano, quedando establecida la fiesta consagrada a la Patrona de Chile para el 16 de julio de cada año, día oficial de la Virgen del Carmen en Chile.
Restos de la primera iglesia de La Tirana, junto al cementerio.
La iglesia "vieja" reconstruida, justo al lado de las ruinas de la original.
Iglesia actual en el Santuario de La Tirana, vista desde la explanada.
Antes de todo lo descrito, sin embargo, la fiesta que se realizaba era la asociada a la celebración incásica del Inti Raymi, que empezaba con festejos formales y solemnidades en el Cuzco hacia fines de junio, y de ahí seguía por las comarcas del Tawantinsuyu durante los días y semanas siguientes.
Se cuenta que, en algún momento, y dada la comentada influencia altiplánica sobre el territorio, en el caso de La Tirana se le hizo coincidir con el mes de agosto para hacerla calzar con la Fiesta de la Independencia de Bolivia (ocurrida el 6 de agosto de 1825), país del que provenían tantos inmigrantes establecidos en la vieja industria minera tarapaqueña; pero después pasó a ser en julio y en el mismo día de la Virgen del Carmen, quedando otra vez más cerca de las fiestas originales del Inti Raymi.
Empero, cabe añadir que después de los terremotos de los años 1868 y 1877, el cura párroco Friedrich había conseguido que comenzara a levantarse una nueva iglesia a relativamente poca distancia de la arruinada capilla original, hacia 1886, siendo terminada a principios del siglo siguiente y que corresponde a la actual del Santuario de La Tirana, en la plaza y explanada central del poblado.
En la nave de esta actual iglesia, la bóveda central de la misma debe ser una de la más "cósmicas" de todas las iglesias antiguas en Chile, pues muestra una hermosa representación estelar de constelaciones, con el aspecto de la mañana de cada 16 de julio (período de la fiesta), según lo que asegura la tradición y las inscripciones en la base de la propia cúpula azul. Hay otros casos parecidos con respecto a altares representados a esta advocación mariana en particular, por cierto. En este caso, es un elemento maravilloso de su ornamentación simbólica: se distinguen, por ejemplo, las constelaciones como la Cruz del Sur y el Triángulo.
Nuevamente, el observador se enfrenta a una sugerencia de que la Virgen del Carmen podría estar asociada a la veneración más antigua de la Estrella de la Mañana, la octogonal venusina. La tradición en La Tirana es bastante explícita en este asunto.
Pero hay más aún, y tal vez lo más importante: justo al centro de la bóveda, allí donde entra la luz por la cúpula, se halla la figura luminosa de una estrella de ocho puntas y dentro de un perfecto octógono, maquillada con aspecto de Sol con cara... Coincidencia o no, es precisamente lo que para algunos aficionados a estos temas, podría esperarse de un culto venusino-luciferino (no confundir con la caricatura del Lucifer satánico) más que de uno cristiano tradicional. "Peregrina de la fe, estrella de los caminos", decía incluso el lema de la fiesta alguna vez, con grandes caracteres la fachada de la iglesia y el santuario de La Tirana, despejando más aún las dudas sobre el referente al la estrella esplendente de la mañana y la noche. No son raras estas alusiones estelares en la tradición mariana local.
Recordemos que la estrella octogonal suele estar en la versión del propio blasón heráldico de la Virgen del Carmen que se usa el Santuario de La Tirana, además. Aparece también en la corona de las representaciones de la Ñusta Huillac, como aquella que ha sido colocada en la plaza de cara al templo.
Otro detalle interesante es que la cultura local atacameña y tarapaqueña tenía un símbolo propio de inmenso valor, que es posible encontrar con insistencia en las grandes laderas de cerros decorados con milenarios geoglifos, además de artesanías, arquitectura y petroglifos. Se trata de la Cruz de los Andes o Chakana, una figura que parece estar inspirada en la constelación de la Cruz del Sur y que se ha vuelto motivo frecuente de la iconografía artística de los pueblos de los desiertos andinos.
Esta figura semejaría también una abstracción geométrica de una Estrella de Ocho Puntas en algunas de sus representaciones, según reclaman algunos observadores que hemos conocido en la zona, analogía que no ha pasado inadvertida por esoteristas o místicos. De hecho, algunas de las cruces más hermosas que se encuentran representadas en este territorio están en los Geoglifos de Pintados, a poca distancia de La Tirana y en el mismo sector de ancestral influencia incásica y aymará, vecino a la Pampa del Tamarugal.
¿Se tratará todo esto, entonces, de las huellas generales de una superposición de la entidad cristiana constituida por la advocación de la Virgen del Carmen, la Estrella de la Mañana y Patrona de Chile, sobre la misma que localmente era identificada con la sacralidad de la Cruz de los Andes o, cuanto menos, a su referencia estelar? La especulación y las interpretaciones son varias entre los propios fieles más ilustrados de La Tirana.
Bóveda central de la Iglesia de La Tirana, con su representación estelar, las constelaciones y la estrella venusina de ocho puntas al medio del octógono.
Algunas Cruces de los Andes o Chakanas en los cerros de Pintados, en la Pampa del Tamarugal. Vista satelital de Google.Maps. En la esquina superior se muestra una estilización del símbolo para distinguirlo entre los diseños de los demás geoglifos.
La situación de la figura de la Virgen del Carmen dentro del templo de La Tirana, también resulta intrigante y sugerente: como en otros casos a lo largo del país, se encuentra en su altar cerrado por una gruta de perfecto color azul (el cielo, la bóveda celeste); su efigie está coronada en la cabeza por el círculo de las 12 estrellas doradas que los aficionados a la astrología y la alquimia suelen identificar como la rueda zodiacal, con su docena de casas astrales adoptada por la iconografía cristiana. La Virgen con el niño en sus brazos se alza entonces como la estrella central del firmamento, coronada y altiva entre los mapas celestes, precisamente como se esperaría ver en una huella de naturaleza cósmica que algunos quieran identificarle a esta advocación de la Santa Madre.
Es así entonces que, quizás, algo de ese mismo vínculo que hemos descrito ya entre tradiciones paganas recogidas por corrientes como la masonería y el cristianismo más criptosimbólico durante la Independencia, también se fundirían acá en La Tirana, particularmente en esta Iglesia que es la típicamente esperable de un poblado salitrero y de rico pasado minero, abundante en materiales ligeros como madera y planchas de zinc, además de una evidente influencia británica de estilo victoriano adaptado a la modestia de los recursos disponibles.
Pero aún obviando la vinculación francmasónica que muchos empresarios, ingenieros y operarios ingleses, croatas o alemanes trajeron consigo al Norte Grande en la época de la fiebre salitrera, la propia iglesia tendría algunos detallitos "sospechosos" al respecto según hacen notar los visitantes, como una representación del triángulo del ojo omnipotente con su propia aureola de rayos, en la parte más alta de la fachada entre las dos torretas, justo arriba del reloj. Sin embargo, se trata más bien de un símbolo que representa precisamente el punto de intercambio frecuente entre la iconografía cristiana y de las logias sin que necesariamente se deba echar mano a cuentos de conspiraciones o argumentos intrigantes, de la misma manera que se puede especular que la Cruz de los Andes acaso podría representar un nexo entre el cristianismo y la cosmovisión pagana local en esta zona de la Pampa del Tamarugal.
Volviendo a las representaciones celestes y a riesgo de rebuscar huellas, nos costaría encontrar motivaciones más explícitas para creer que el Santuario de La Tirana está respetando, entonces, los patrones simbólicos que relacionan a la Virgen del Carmen con la estrella de Venus o al menos a su connotación estelar, aunque carecemos -por ahora- de mayor profundidad argumental para poder explayarse en estas características. De todos modos, no es un dato menor que muchos creyentes más conservadores del Norte Grande suelan señalar la Fiesta de La Tirana como una manifestación "demasiado pagana" para la observación de la fe, participando sólo parcialmente del culto o reduciéndolo solamente a la parte relativa a la devoción por la Virgen del Carmen en el calendario, sin manifestaciones de promesantes o bailes religiosos mediantes.

sábado, 15 de enero de 2011

MELIMOYU: LA MONTAÑA SAGRADA DE LA PATAGONIA

Mapa de la expedición del Capitán Serrano Montaner, publicado en el Anuario de la Armada de Chile en 1886, donde aprece ilustrado el monte Melimoyu (acá destacado en rojo). Imagen tomada del ensayo "Crónica de la montaña del Melimoyu", de Rafael Videla E.
Coordenadas: 44° 4'31.83"S 72°52'2.85"W
Entre los que conocen algo sobre el mito del Melimoyu, ronda una leyenda según la cual esta montaña elige a quién debe visitarla a través de los sueños, y lo haría dando avisos o señales mientras más cerca de ella se encuentre geográficamente el escogido.
El poeta chileno Miguel Serrano, "redescubridor" del mensaje arcano de este monte de origen volcánico en el continente frente a las islas Guaitecas, también soñó con él antes de verlo, como si algo en su conciencia se preparara para la potente experiencia de enfrentarlo. Lo visualizó como dos gigantes atrapados en las rocas de la gran montaña, uno de ellos con los brazos alzados y el otro con los brazos bajos. Enorme fue su sorpresa, entonces, al ver al Melimoyu y confirmar su premonición onírica a bordo de la nave "Covadonga" de la Armada de Chile, en 1947, de camino a la Antártica. "Vengo a establecer la relación entre el Kailás y el Melimoyu", dijo en 1953, al asumir la embajada de Chile en la India, aludiendo al monte sagrado de los Himalayas y presentando al nuestro como su contraparte místico-esotérica.
Pocos saben de su secreto, sin embargo. Menos aun comprenden el mensaje... Para la mayoría de los que le conocen no es más que "el monte con cachos", por su extraña característica de tener dos puntas. En el pasado fueron cuatro, pero dos que acabaron derribadas por un fuerte terremoto (¿el de 1927?) o, según otras versiones, por actividad volcánica. De ahí su nombre, recordando este pasado: Meli-Moyu, que significa en mapudungún Cuatro Ubres. Y de ahí también el sueño de Serrano: un gigante con dos brazos alzados al cielo y el otro sus dos brazos caídos.
Ubicado al Norte de la Región de Aisén del General Carlos Ibáñez del Campo, en la posición 44.1° Sur y 72.9° Oeste, el Melimoyu se presenta como una observación majestuosa en el sector, tan cerca de la costa con sus 2.400 metros de altura y esas dos cornamentas que le son propias, eternamente nevadas. Corresponde en verdad a un volcán dormido, aunque la gente de la zona asegura que sus ganas de despertar están activas, provocando temblores, ruidos subterráneos y pequeñas agitaciones. También ha sido llamado Melimoyo, Milimoyu y Melimogu. Parecería ser que algunos cartógrafos extranjeros lo registraron como monte Mediclana.
Su majestuosidad impoluta ahora está amenazada por errores del Gobierno Central, primero frustrando su colonización con elementos que valoraban aquellos paisajes y luego permitiendo el acto casi profanador de que poderosos magnates internacionales se apropiaran de muchos terrenos adyacentes y que, al parecer, también participarían del conocimiento de una supuestamente poderosa geomancia que tiene este sitio, estableciendo ciertos centros extraños en ellos. Hay, pues, razones fundadas para pensar que existe cierto interés de metafísico en este sitio.
Existe sólo un trabajo de recopilación de crónicas con respecto al Melimoyu, publicado por el joven historiador nacional Rafael Videla Eissmann. Ahí queda expuesto que la montaña había sido vista y descrita no pocas veces en la historia de la exploración de los territorios australes, aparentemente por primera vez en las observaciones del alférez de fragata José Manuel de Moraleda y Montero, según anota hacia 1793 en sus "Esploraciones Jeograficas e Hidrográficas".
El explorador comentó, además, que la traducción del nombre del monte es Cuatro Tetas y también comenta la existencia de "cuatro prominentes peñascos" en su cima antes de que perdiera dos, aunque desde la mayoría de los ángulos generalmente alcanzaban a verse sólo tres de estas puntas, a la sazón.
Monte Melimoyu visto desde Quellón, en el verano de 1998. Se distinguen sus dos "cuernos" hacia el cielo (detalle de fotografía tomada por el autor).
Ya en tiempos republicanos, el Melimoyu es descrito por expedicionarios como el Capitán Fitz Roy en su "Narrative of the surveying voyages of H.M.S. Adverture and Beagle" de 1839. Su colega chileno Juan Ramón Serrano Montaner (hermano del héroe de Iquique), hará lo propio en 1885, al ser enviado a explorar la zona publicando sus impresiones en el "Anuario de la Marina de Chile" del año siguiente.
Curiosamente, la mención que hace Serrano Montaner del Melimoyu es a propósito de la aventura de un indígena local llamado Caulacán quien, hacia 1838, había salido a buscar la mítica Ciudad de los Césares viviendo toda una odisea que lo dejó arruinado. Su relato hablaba de supuestos ruidos y bramidos provenientes de la montaña o del entorno, mismos que el capitán de fragata reporta reales pero se los explica como sonidos de posible origen geológico o telúrico.
Por otro lado, Serrano Montaner niega la existencia de grandes árboles como cipreses o cedros descritos por Caulacán, considerándolo algo irreal a pesar de que estos mismos bosques milenarios habían sido reportados en el sector tras la experiencia del colono alemán Adolfo Abé, residente del Llanquihue que también había salido hacia 1883 por estas comarcas y cuyo testimonio fue considerado por el marino en su informe.
A mayor abundamiento, Abé había partido directamente a buscar el origen de misteriosos árboles que eran arrastrados por el río Melimoyu que corre a la sombra del monte homónimo, cual "mundo perdido" de Arthur Conan Doyle, pero al interior de la Patagonia. Sin embargo, autores como Oscar Espinosa Moraga consideraron que sus informes, tomados en serio por Serrano Montaner, estaban plagados de descripciones imaginativas y fantásticas, más bien propias de los que son pioneros en esta clase de aventuras.
Conociendo muchos de estos antecedentes ya entonces, se podrá imaginar la euforia que sentí en el verano de 1998, durante mi primer viaje con mis mejores amigos hasta la Patagonia chilena, ante la sola posibilidad de ver ese monte mágico, que hasta entonces aún no era conquistado oficialmente en su cima, según tengo entendido.
Imagen del Melimoyu perteneciente a J. Naranjo y publicada en el website skimountaineer.com. He filtrado un poco sus colores para destacar la curiosa forma del monte, contrastada con el cielo.
Iba además -hoy lo confieso-, con una instrucción específica de tener que verlo, tenerlo ante mí... No podía fallar.
Pero surgió un grave problema que puso fin a mis propósitos cuando llegamos a Puerto Montt: el presupuesto no se había podido ajustar al plan de viaje y toda la parte correspondiente a la Carretera Austral más al Sur de Hornopirén, sería imposible o, cuanto menos, un gran riesgo para consumar el retorno. Asuntos inesperados en el viaje habían hecho cambiar la línea proyectada a nosotros -cuatro viajeros de clase media en edad universitaria-, y nuestro último destino, necesariamente, tendría que ser Chiloé.
Por más que intenté convencer a los otros tres viajeros, la decisión era irrevocable, y tenían razón: sería una insensatez aventurarse en vehículo hacia las zonas continentales del Golfo Corcovado, sin contar con el presupuesto apropiado para regresar con la misma seguridad... La frustración, así, me acosará por toda esa noche y la siguiente.
Tras grandes esfuerzos, logro conciliar el sueño aquella jornada. Y paso entonces a las fantasías oníricas.
Nunca sueño en estas incómodas condiciones de viaje, pero esta vez sucede: veo un cordón de montañas lejanas, apenas visibles. A continuación, escucho una voz extraña, como un narrador "intermediario" de este mundo y el otro. No es la voz de ninguno de los que me acompaña. Esto es demasiado nítido: no parece esos sueños o pesadillas que derivan del estrés, de la inducción a un tema o de la repetición mental de algún escenario antes de conciliar el reposo nocturno... Esto es distinto.
Atrapado en mi fantasía, la voz me señala algo casi compartiendo mi alegría: "¡Mira, es el Melimoyu! ¡El Melimoyu!". No veo el dedo, pero sé que algo apunta hacia un lugar preciso del hilo de relieves detrás de un gran mar azul y sobre las siluetas cordilleranas. Por más que me esfuerzo, no consigo distinguirlo, mientras sigue repitiéndome el extraño desconocido: "Ahí está... es el Melimoyu". El dedo o lo que sea, entonces, se hace visible. Apunta ante mí como una aparición fantasmagórica, adosada a una figura humana irreconocible, incompatible con este mundo material. Como si el paisaje fuera una postal plana o una fotografía, coloca ese dedo justo en un lugar exacto, e insiste emocionado: "Ahí está. Ahí".
Entre el verdor de cerros y la nieve de las montañas más bajas y lejanas, destacan esos dos cuernos al cielo en mi sueño, pero no semejan a las fotografías que he visto antes de él: se ven distantes, más separados entre sí, aunque siempre apuntando al cielo. Al fin distingo sus antenas, altas y majestuosas, tan distantes como hermosas, con una elegancia casi artificial, antecedidas por un enorme mar... Al fin veo al Melimoyu.
Y entonces despierto. ¡Despierto!. Lo hago con el sobresalto del cuerpo que siente caer al vacío... Y descubro que todo fue un excepcionalmente nítido sueño, quizá alentado por la frustración y la congoja de quedar fuera de esa visión cautivadora real de la montaña con forma del imaginario casco vikingo... Todo fue un dulce engaño de mi mente, para minimizar la amargura de la resignación.
Mi primer encuentro con el Melimoyu (al fondo), en Quellón, verano de 1998.
Salimos temprano a Chiloé, esa misma mañana. Tras recorrer Ancud y Castro en largas jornadas, nos aproximamos a Quellón. Todo aquí en la isla se va volviendo más antiguo, más intocado a medida que se desciende hacia el Sur. Es como si el tiempo y la influencia continental se fueran perdiendo a medida que se desciende hacia la historia primigenia de la isla.
Y entonces, sucede lo impensado...
Entrando a Quellón, diviso un hilo de montañas en el continente. Son iguales a mi sueño... ¡Exactamente iguales! Y tal como en él, una de ellas destaca: es un cerro perfecto, estilizado y elegante, con dos puntas al cielo... ¿Acaso es el Melimoyu o estoy delirando? ¿Es posible que se vea desde esta distancia?
El día es perfecto: despejado, pocas nubes en un maravilloso cielo azul. Pido que paren el vehículo y me aproximo con excitación hasta donde dos chilotes conversan animadamente junto a una pasarela, para preguntar qué monte es ése, aunque ya lo sé. Sólo necesito la confirmación que ellos me proporcionan: es el Melimoyu, tal cual soñé que lo vería contra todo lo predecible, con la misma distancia, la misma posición en el horizonte pasando el Golfo Corcovado, allá detrás del mar, y hasta sus mismos cuernos que parecen más separados que en las fotografías tomadas desde el lado continental, porque precisamente es como se ven desde la isla de Chiloé por el ángulo en que queda el observador, o acaso una divina distorsión.
Nos aproximamos al lugar señalado con su propio altar como el punto más austral de la Carretera Panamericana, allí al Sur de Quellón. Los demás ya se han contagiado de mi exaltación por la prodigiosa e inesperada vista. Desde este lugar, el Melimoyu se luce en toda su esplendorosa forma, inconfundible... Tan engañosamente cerca; tan cautivante.
Y esa misma noche, aún sin salir del asombro, en un insólito doble azar del destino con una llamada telefónica soy puesto al tanto de que seré padre de mi primer y, hasta ahora, único hijo. El impacto estremecedor, y la luz de este flash del devenir, ha sido doble; cegadora como un rayo en la frente. Un día marcado con timbres de fuego en la existencia. ¿Sería por esto, acaso, que he sido encargado de otear al monte sagrado del Sur de Chile y enfrentar su visión perturbadora y sublime?
En fin... No sé si estaré entre los "elegidos" a los que el monte Melimoyu se les anuncia a través de los sueños. Sólo sé que he vuelto a él, en otros viajes, y en otras aproximaciones... Y sí puedo asegurar con propiedad, además, que ésta habrá sido una de las experiencias más extrañas e inolvidables de toda mi vida, que aún atesoro entre los testimonios de mi propia semblanza.

LA ESTATUA DEL GENERAL MANUEL BULNES: VICTORIOSO SOBRE UN CABALLO EXHAUSTO

El monumento, hacia los años setenta, con la ubicación y posición que tenía por entonces, muy cercanas a la actual. Fuente imagen: Educarchile.cl
Coordenadas: 33°26'39.81"S 70°39'9.90"W
Se viene el aniversario del triunfo chileno en Yungay y el tradicional Día del Roto Chileno, el 20 de enero, lo que nos motiva a hacer una pequeña aclaración sobre la información que habitualmente circula alrededor de una de las iconografías más importantes de estos festejos históricos.
No pasa inadvertida la estatua ecuestre del General Manuel Bulnes, casi al frente del Palacio de la Moneda y a la entrada del largo paseo que lleva su nombre, custodiado por la gallarda figura monumental de Bernardo O'Higgins, sobre el caballo vigoroso que salta las fuerzas enemigas del Desastre de Rancagua, desde hace poco felizmente acompañado por su otrora adversario en el seno patriota, el General don José Miguel Carrera, en su propio caballo de musculatura y elegancia. Es sector de estatuas en la Alameda: al frente de Bulnes, está don José de San Martín. Su caballo independentista luce también enérgico, a diferencia del que transporta al héroe de Yungay, que parece venir del éxodo por el desierto.
Pero nada es porque sí: A diferencia de las demás estatuas epopéyicas del barrio Cívico, que celebran los instantes de lucha de los homenajeados, la estatua de don Manuel Bulnes moldeó en el bronce la modestia altiva y la serenidad del héroe que vuelve victorioso pero sin estridencias desde la batalla final, tan cansado como su fiel caballo, que regresa a los mismos corrales que le vieron recién parido. Las cabezas vienen bajas, agotadas, y las riendas no están tensadas, como si el dominio de la fatiga tras la victoria fuese todo lo que les comunica en la fiel relación de jinete y bestia.
ACTUALIZACIÓN: Postal fotográfica de los años setenta, con el Monumento al General Bulnes. Se distingue un cartel de neón de "Aluminio El Mono", atrás a la izquierda.
La historia de la obra ha sido tan controvertida como las interpretaciones que de ella se hacen. He aquí donde se justifica nuestra intervención con esta entrada, creemos... Aunque han existido intereses en levantarle una estatua al General Bulnes casi desde que terminara la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, la relación de esta obra comienza particularmente con los preparativos de los festejos del Primer Centenario de la Independencia, ocasión en la que también otros héroes del primer siglo de la República fueron postulados a contar con monumentos propios.
Una ley del 22 de junio de 1904, promulgada con las firmas del Presidente Germán Riesco y el Ministro Manuel Egidio Ballesteros, establecía la orden de erigir "una estatua ecuestre de bronce, en honor del General Bulnes". Hasta se iba a crear una comisión presidida por el propio hijo del homenajeado, don Gonzalo Bulnes, para definir y conducir el certamen y las bases, pero todo quedó en suspenso.
Se cree que, en 1908, se le encargó el diseño de la pieza al destacado escultor nacional Virginio Arias, el mismo creador del Monumento al General Baquedano, también en la Alameda, y de la estatua del Roto Chileno en Plaza Yungay. Pero tampoco llegó a puerto esta idea. El cronista José Rafael Carranza asegura en "La Batalla de Yungay. Monumento al roto chileno" que el Gobierno destinó, por entonces, la suma 100 mil pesos para la creación de la obra. Pero al abandonarse la idea de formar una comisión, se entregó el dinero directamente al Secretario de la Legación de Chile en España, don Ruperto Vergara Bulnes, quien ya había encomendado una maqueta al artista valenciano Mariano Benlliure y Gil.
Carranza recuerda también que dos años después, el 25 de julio de 1910, una nueva ley firmada esta vez por el Vicepresidente Elías Fernández Albano y el Ministro Luis Izquierdo, dispuso de la colocación de la primera piedra para el monumento.
Nunca pudo cumplirse ninguna de las dos leyes antes de los festejos del Centenario, sin embargo, durante los cuales se celebró la Exposición Internacional de Bellas Artes de 1910. Coincidió que, en este encuentro, España expuso entre sus obras dos presentaciones de Benlliure, tituladas "Su Eminencia" y "El Catecismo". El talento del artista impresionó hondamente entre las autoridades y el público de la exposición, por lo que comenzó a flotar la idea de encargarle a sus talentos la creación de la estatua de Bulnes, que seguía pendiente.
Algunos consideran que no existen pruebas concretas de que se le haya encomendado formalmente a Benlliure el diseño, ni en la petición de la Legación en España ni después de la Exposición del Centenario. Sin embargo, parece ser de la convicción más general que sería su mano la que estaría tras la creación de la estatua, o al menos durante la primera etapa de su concepción. Sea así o no, fue recién hacia fines de los años veinte que se retomó el proyecto.
El 2 de enero de 1929, el Senador Gonzalo Urrejola dio en la Cámara Alta un sentido discurso en homenaje al General Bulnes, lamentándose del incumplimiento de la ley de 1904 que disponía la creación de su estatua. Carranza anota que, tras los aplausos, el parlamentario presentó un proyecto de ley en el que proponía autorizar a la Presidencia "por el término de dos años, para que invierta la suma de quinientos mil pesos en levantar una estatua ecuestre de bronce en honor de dicho general", y que se cargarían a los fondos extraordinarios de 1929-1930. La estatua iba a ser colocada en la Alameda frente a la avenida y plaza Bulnes.
El 22 de enero siguiente, se realizó en la sesión del Senado una moción sobre el proyecto, donde se informó del interés de la Comisión de Gobierno de dar marcha al plan pero sugería reducir el monto de dinero a 300 mil pesos y cargarlo a "las economías que produzca la inversión de la deuda interna, autorizada por la ley Nº 4586". Con esta modificación, la ley fue aprobada y el Presidente de la República, General Carlos Ibáñez del Campo, la promulgó el 11 de febrero numerada como Ley 4.588.
La cuestión cae aquí nuevamente en un misterio tanto o más difícil de desentrañar, al no tener a mano las herramientas necesarias. Los que creen que la obra corresponde al diseño que elaboró Benlliure, suponen también que éste se encargó de la confección de sus bases y de la fundición en sus moldes, ya sea aquí en Chile o bien en España, desde donde la habría enviado a Santiago. Otros, en cambio, ponen en duda incluso que la obra definitiva haya sido la proyectada por el artista español y sostienen que fue el artista chileno Aliro Pereira Uren, quien se encargó de la producción final de la estatua, e incluso se la adjudican en categoría de su mejor trabajo dentro de la capital chilena. Pereira fue el mismo autor de la estatua ecuestre de la Plaza O'Higgins de Valparaíso y de los ángeles que custodian la altura de la Basílica de los Sacramentinos, entre otros trabajos.
Pero nuevamente, será Carranza quien nos aclare las cosas: fue el Presidente Arturo Alessandri quien consiguió los fondos para financiar la obra encargada a Benlliure y no a otro, y la estatua fue fundida en Chile, en los talleres de la Fundición Santa María de Valparaíso. Sería en su gobierno que la obra quedaría lista y montada en la Alameda, entre las calles Gálvez (actual Zenteno) y Nataniel Cox.
Mariano Benlliure y Gil.
Así fue que la estatua sería inaugurada solemnemente alrededor del Centenario de la epopeya de Yungay, el 11 de septiembre de 1937, según consta en las actas publicadas por el Consejo de Monumentos Nacionales, permaneciendo en el barrio Cívico de Santiago hasta nuestros días.
El día en que fue descubierta y presentada, hubo un concurrido acto público, centenares de sillas, altoparlantes y el área de la plaza cerrada por cordones de carabineros. Asistieron también representantes del cuerpo diplomático, colonias extranjeras y ancianos veteranos del '79. La Guardia de Honor la constituyeron los cadetes de la Escuela Militar y un grupo de scouts rodeó la base del monumento. En la tribuna estaban el Presidente Alessandri, el Arzobispo de Santiago Monseñor Horacio Campillo y el Alcalde de la ciudad don Augusto Vicuña Subercaseaux, el Comandante en Jefe del Ejército General Oscar Novoa Fuentes y el representante de los descendientes del prócer don Francisco Bulnes Correa, hijo del tributado, quien declaró a los presentes:
"Si me permito levantar mi voz, es sólo para cumplir el deseo de nuestro padre, de venerada memoria, a quien los designios de la Providencia lo privaron de la satisfacción de presenciar este acto, por él tantos años esperado".
Se dieron elogiosos discursos, se regalaron ejemplares de un libro sobre el General, se cantó la canción nacional y, por supuesto, se tocó el solemne Himno de Yungay, con la banda militar en la instrumentación.
Así pues, se ha pretendido poner quizás innecesariamente en discusión la mano de Benlliure tras la obra, siendo que lo más factible es que sea suyo el diseño del monumento. En la mayoría de las biografías del artista ni siquiera aparece mencionada entre sus obras conocidas. Puede que Pereira, por su parte, haya tenido una participación importante en la creación; pero, a nuestro juicio, no existen datos razonables para dudar que esta escultura pertenece al artista español, independientemente de lo que la poca documentación que se haya reunido permita especular entre los grandes vacíos de información.
Además de las aseveraciones muy documentadas por Carranza, existen dos razones importantes para dar por hecho que la mayor parte del diseño y la creación de la estatua del General Bulnes, llevan el típico sello de Benlliure:
  1. La estatua del General Bulnes tiene la misma expresión que otros conocidos monumentos conmemorativos de Benlliure, como la Estatua del General Arsenio Martínez Campos, en en el Buen Retiro Madrid (de 1907); la del Libertador José de San Martín, en la Plaza de Lima (de 1921) y la de Miguel Primo de Rivera, en Jerez de la Frontera (de 1929), entre otras. En todas ellas, con mayor o menor énfasis, se observa al respectivo héroe sobre un caballo cansado, agotado, que vuelve del frente tan exhausto como victorioso ha de estar. Este sello era, por lo tanto, una características de su estilo artístico y su manejo de connotaciones.
  2. En Punta Arenas, en la Plaza Bulnes, existe una estatua de bronce similar a la de acá en Santiago, para homenajear en esa ciudad a don Manuel Bulnes que, siendo Presidente de la República, ordenó la colonización del Estrecho de Magallanes y la fundación del célebre fuerte austral que fuera bautizado con su apellido. El monumento fue erigido en 1938 y luego de ser enviado por el propio Presidente Alessandri Palma, por lo que, sin duda, debe estar basado en los mismos moldes de la figura recién colocada en Santiago. Pues bien: en la obra de Punta Arenas se encuentra claramente grabado en el bronce que el autor de la misma es... ¡Mariano Benlliure!
¿Qué duda queda, entonces? Hasta historiadores del arte con la reputación de Víctor Mariano Carvacho, por ejemplo, defendieron la idea de que Benlliure -y no otro- es, necesariamente, su autor, aunque quizás permanezca en el claroscuro el asunto de dónde fue fundida exactamente y quién concluyó este proceso.
Estatua del General Martínez Campos, de Benlliure. Sus semejanzas con el estilo y la expresividad de la estatua del General Bulnes son evidentes. (Actualización: la fuente de esta imagen es travel.sygic.com. Más información sobre el monumento, aquí).
Las inscripciones en el gran pedestal del monumento del barrio Cívico de Santiago recuerdan la biografía del ilustre general chileno. Se le recuerdan pasajes de su vida militar, de su gobierno y, sobre todo, la gran cantidad de hitos históricos que se consiguieron durante el mismo. Algún día le dedicaremos alguna semblanza a este personaje que fuera de tanto valor para la historia de Santiago y la de todo Chile, especialmente en los años posteriores a la organización republicana.
Lamentablemente, la ignorancia vernácula e incorregible de la sociedad chilena, mezclada con el veneno de la retrógrada pasión política con pretensiones "revisionistas", ha motivado a algunos hampones a atentar contra el monumento, arrojándole bolsas con pintura o rayándola con aerosoles durante disturbios callejeros, a pito de quién sabe qué asociación con los actuales males y padecimientos de nuestra sociedad, transpuestos ahora retroactivamente por la línea del tiempo como culpas ajenas en uno de los mejores generales que haya tenido Chile y en la obra de uno de los más cotizados artistas españoles modernos.
Como dijimos al principio, hemos querido publicar esta información, con más características de aclaración, precisamente en la proximidad del aniversario más de la victoria de Yungay de 1839, misma que consagró la gloria del General Bulnes en las enciclopedias de la historia americana.

viernes, 14 de enero de 2011

UN PUÑADO DE MEMORIAS ESCATOLÓGICAS (PARTE II)

(Para ver la Parte I, clic aquí)
1993… ¡Dulce y agraz año de nuestras vidas! Tan lejano, cuando lo miro desde acá. Algunos de mis actuales amigos y conocidos ni siquiera nacían entonces.
Se abrieron unos videojuegos relativamente cerca de nuestras respectivas villas de avenida La Florida, junto a una gran antena, en un grupo de locales comerciales por los que hoy, cuando paso, no puedo evitar recordar con nostalgia todas las cosas allí ocurridas, todas las caras que desfilaron alguna vez; lo bueno y lo malo. Varios de mis amigos del grupo de entonces rotaron trabajando en la caja de dicho local, en donde la radio tocaba rock pesado todo el día y llegaba a reunirse más compadres de juegas que clientes, en un verdadero club. Los más audaces llegaban en la mañana; otros, a la salida del colegio o de la universidad. Todos allí, hasta la noche. ¡Cuántas amistades se formaron en ese pequeño espacio!
Ahí estaba entonces, rodeado de mis amigos, holgazaneando, con la tranquilidad de ser un buen estudiante universitario a pesar del desorden que comenzaba a apoderarse de mi vida.
Pero estamos la lluvia de fecas comenzó a acosarnos en ese mismo local; la escatología de la existencia.
El baño era simplemente repulsivo e insoportable, a pesar de que nadie lo ocupaba para defecar. Era como si un hedor proveniente de las entrañas de la alcantarilla misma aflorara a través de él hasta el exterior, provocando náuseas y hasta una multa del servicio de sanidad que llegó a visitar el local en una inspección. Quienes tenían el valor de ocuparlo, ni siquiera orinaban directamente sobre la taza del water, sino que preferían apuntar el chorro de meados desde la puerta de la caseta interior, como un metro y medio más lejos, hasta el centro del retrete. Para peor, el estaque estaba siempre lleno de botellas o latas de cervezas para que permanecieran heladas. Y el jefe del local no podía ser más ad-hoc para toda esa mierda: un señor simpático, flaco y mofletudo, pero que a partir de las tres de la tarde comenzaba a llegar al local cada vez más pasado a trago. Se llamaba Antonio, pero no tardaron en rebautizado secretamente como don Tufonio.
Ese local era nuestra guarida. Varios personajes llegaban a él como si lo hicieran a una especie de casa de reunión, esperando la noche para compartir un trago, o a veces ni siquiera resistían aguardar por la complicidad de las horas oscuras. ¡Qué pésimo ejemplo para esos clientes, mayoritariamente niños! En menos de un mes los videojuegos se habían convertido en una taberna estridente y ruidosa, donde cada cual iba y colocaba su propia cinta de música en la radio y en donde el que quería atendía la caja sin importarle a nadie a quién le llegaran las remuneraciones por ese trabajo. De vez en cuando aparecía algún “bienhechor” con una botella de licor y nos la regalaba; otros se encerraban un rato con los locales en el baño inmundo y, minutos más tarde, salían con las mejillas enrojecidas y el aliento del alcohol en la boca. Vida de mierda, sin duda.
Los extraños por allí eran pocos. Casi todos se conocían entre sí. Sin embargo, había excepciones. Un día llegó hasta allá un muchacho llamado Danny, un típico ser acosado por la mierda y perteneciente a su mundo. Todos lo despreciaban por su descarada tendencia a abusar de la confianza y “bolsear” de lo lindo a los demás, ya sea cigarrillos, alcohol, comida, o lo que sea. Constantemente repetía ser “pobre”, manejar pocos recursos y no disponer de mucho dinero, a pesar de poseer la casa más espaciosa de todos los conocidos allí y ciertamente una de las mejores situaciones económicas del grupo. Era para nosotros, por lo tanto, una mierda: una cosa despreciable, eludible necesariamente. Y tan asociado a la mierda estaba, que en una ocasión de aquellas, antes que nos deshiciéramos de su molesta “amistad”, bebió ante nosotros tanto, tanto licor de manzanilla barato que se defecó en sus propios pantalones, según confesó más tarde ante las sospechas que nos despertaba el olfato, ganándose ahora el apodo de Danny Diarrea. ¿De dónde salen estos engendros? Pues hasta hoy me lo pregunto.
El mismo tipo también había llegado hasta el local de videojuegos, en una oportunidad, portando una serie de frascos con muestras fecales, como los de los exámenes para los laboratorios, sin saber explicar su origen o destino. El excremento lo poseía en cuerpo y alma, parece.
Fue así como en un arribo boliche de este ser miserable, pequeño, flaco, escuálido como sólo él y de gruesos lentes que parecían ocultar algo más que inspirar inocencia, fue tomada como algo patético e intolerable. Mientras jugaba distraídamente en uno de los varios videojuegos, los demás abrieron un grueso bolso que había traído consigo y dejado junto a la caja, lleno de libros, cuadernos y ropa, y dieron vuelta en su interior una botella de agua, el canasto de basura y cuanta mugre encontraron. Santo remedio: nunca más se apareció.
En aquel entonces conocimos también a todo un personaje, autoapodado Danko, su chapa en la barra de un conocido club deportivo. Ya le habíamos visto en varias oportunidades, pero sólo entonces hubo nexos amistosos para con él y sus extraños amigos, como Matías, un punky que por sus enormes ojos y su cabellera afilada semejaba mucho al personaje de la caricatura de “Los Simpsons”, el travieso Bart. Ambos eran seres extraños, un tanto irresponsables, agresivos, pero por entonces atrapados en su propia mierda, como todos allí. En realidad eran los más claros ejemplos de los seres cuya vida se había vuelto mierda, horrible mierda, acumulando autodestrucciones, algunas experiencias con drogas y muchas otras cosas que, afortunadamente, siempre han estado lejos de mi vida y de la de mis amigos más cercanos, aún en nuestro momento más proclive a la vida de mierda, como en aquel año. Ellos también superaron estas etapas oscuras, por suerte.
Tanto tiempo pasaba yo entonces fuera de mi casa, que mi base alimenticia varias veces era un miserable turrón diario. Nunca olvidaré la vez en que Danko y Matías, estando en un viejo potrero al fondo del recinto del Colegio de Lasalle, en donde se bebía noches enteras bajo un solitario sauce, me pidieron un trozo de turrón sin conseguir mascarlo, pues ambos tenían casualmente sus dientes tan chuecos entre los frenillos metálicos, que no lograron romper el duro dulce.
Danko, a veces, parecía no tener pudores. Tenía una leve malformación en la mandíbula inferior que corrigió en años posteriores, pero que por entonces le daba un aspecto a su maxilar de no desarrollado, como atrofiado, dándole a su rostro un aspecto curioso. Los dientes de la mandíbula superior le caían sobre la boca, y aunque nunca se lo pregunté, creo que esto le generó ciertos complejos que tapó con su personalidad agresiva y problemática, que ocultaba la personalidad real de un hombre positivo; defectuoso, pero bueno, con muchos rasgos espirituales que pocos le conocimos directamente. Su falta de lo que llamamos comúnmente “vergüenza” era quizás el resultado de la aceptación de su casi fealdad, de su vida también manchada por la repulsión de la mierda, del símbolo coprónimo del rechazo, del defecto y del desprecio.
Un día, en una de sus frecuentes borracheras antes de caer en la abstención total, Danko nos contó de una oportunidad en que estando en una casa ajena, debió ocupar urgentemente el baño de la casa. Según sus propias palabras, defecó unas heces tan grandes y gruesas que el agua del estanque no conseguía mover la más voluminosa de ellas. Tiró la cadena una y otra vez sin lograr mandarla a la oscuridad de las cloacas y, ante el apuro de salir sin dejar evidencia de su mierda, no se le ocurrió nada mejor que tomar una bolsa de supermercado que encontró en el mismo baño, sacar con sus propias manos el mojón, envolverlo en papel higiénico y llevársela en el bolsillo dentro de la misma bolsa…
Es increíble que alguien que tuvo pudores para no dejar tras sí su propia mierda, no los haya tenido para esconder por siempre una historia como aquella. Sin embargo, estando aún consciente de la circulación de una leyenda urbana bastante parecida en su contenido (aunque no exactamente igual, pues el desenlace era que arrojan al zurullo por la ventana), nos juraba y rejuraba que su anécdota era cierta, y hasta nos rogaba credibilidad.
Este tipo de aventuras sucias y excrementales abundan, y muchas forman parte ya de esa misma mitología urbana. Sin embargo, los bochornos con la mierda son frecuentes: se repiten a menudo y llegan a convertirse en leyendas generalizadas de círculos familiares, amistosos y de camaradería. Siempre recuerdo el caso de mi primo Seba, que por esa misma época terminó llorando ebrio y sentado en una banca de la plaza una noche, mientras otros le limpiaban los dibujos de su zapatilla con un palito, sacando restos de la plasta de perro número siete que había pisado accidentalmente desde esa misma mañana, mientras se lamentaba de que una especie de maldición o maleficio había caído sobre él en tan aciago día. Uno nunca cree que llegará a ser testigo del relato primario de una de estas historias que después se convierten también en leyenda. O peor todavía: en ser protagonista. Hasta oír la historia de Danko, lo más fuerte que había escuchado sobre experiencias de mierda era de la de un tipo que, luego de una fiesta y estando ya en casa de un amigo, se vio en necesidad de partir con las manos un enorme mojón de su propiedad que se negaba a abandonar el retrete, para que pudiera pasar por el escape del mismo. Sin embargo, creo que la historia de Danko lo superó.
Koke, otro gran amigo en común, sufrió una desagradable experiencia parecida, de visita en una casa donde se realizaba una fiesta. Nadie le advirtió del mal estado de un wáter y lo ocupó tranquilamente para defecar. Pero, al tirar la cadena, comenzó a subir el agua y a caer por los costados. Un poco bebido y desesperado con la escena, se arrojó por instinto sobre la taza y la abrazó tratando de contener con los brazos el derrame de sus propios excrementos. Finalmente, venciendo pudores, debió aceptar que la madre de la anfitriona en aquella fiesta entrara al baño a arreglar semejante calamidad.
No fue su único encuentro cercano con la horripilante sustancia, por cierto. Otra vez, cumpliendo con la regla de estar totalmente ebrio otra vez para exponerse al acecho fecal, Koke se retiró de mi casa muy emborrachado y acompañado de otros dos tipos que no estaban tanto mejor: Leo y Pablo, este último el mismo de la aventura en la cantina “21 de Mayo” del Elqui que mencionara en la entrada anterior. Iba tan pasado mi compadre que, en un tropiezo, cayó al suelo revolcándose sobre una montaña de excrementos de perro. Pablo, al no advertir la amortiguación natural que había tenido, corrió a socorrerlo y a levantarlo. Conclusión: ambos terminaron embetunados en caca de perro.
Por su lado, Matías era todo un caso de estudio antropológico. Tenía intencionadamente un mal aspecto, era sumamente irresponsable, vicioso, delgado como casi un adicto y, sin embargo, la gente que le conocía bien lo quería. Veían o querían ver algo blanco en su existencia, manchada de mierda como el más fino, perfumado y suave de los papeles higiénicos. A pesar de todo, provenía de una familia relativamente acomodada, con casa grande y piscina. Era una típica y clásica oveja negra, el hijo descarriado que aparece en las buenas familias de nuestros días. Tenía una historia de lo más divertida entre sus propias memorias escatológicas, que muchos otros confirmaron como cierta a pesar de que también forma parte de otro cuento popular de la mitología urbana, mucho más directamente coincidente que el caso de la aventura sanitaria de Danko. Que quede en el cielo saber si acaso es verdad o si era alguna fantasía de su parte.
Un día más de aquellos, según él estando en casa de una amiga, Matías entró a ocupar el baño de la casa. Ya que pasaba todo el día fuera de su propio hogar, no era raro que su vida transcurriera en otras residencias, llegando a necesidades como aquella. Para tapar el olor del acto biológico en que se hallaba, tomó un desodorante ambiental que había encontrado en el mismo baño, y lo roció hacia el interior del retrete entre sus propias piernas para contrarrestar algo del hedor. Al notar que el desodorante ambiental no era suficiente, encendió un cigarrillo y comenzó a fumar sentado todavía en la taza, una técnica muy popular entre los fumadores para esconder olores desagradables con el del humo del tabaco. Sin embargo, nos aseguraba que luego de haber rociado nuevamente desodorante entre sus piernas, intentó arrojar las cenizas al agua del retrete produciendo una tremenda explosión al encender con la brasa del cigarrillo el gas del spray.
Si esto suena a mentira hasta aquí, el resto ya es derechamente digno de una fábula: decía que se levantó corriendo y chillando por el baño con las nalgas, calzoncillos y parte del pantalón encendidos, desesperado. Al oír los gritos, la dueña de casa comenzó a golpear frenéticamente la puerta del baño, para luego forzarla. Al descubrir a Matías girando como trompo con los glúteos prendidos, la señora tomó una de las toallas y habría comenzado a golpear con ellas sus nalgas hasta conseguir apagárselas. Cerraba así el hecho más bochornoso de su vida, según sus propias palabras.
Mi amigo Juano también nos contaría otra de las historias más ridículas que he escuchado con relación a la traicionera caca. Llegando un poco bebido a su casa (como era frecuente en él esos días), decidió ocupar un baño olvidando que el retrete estaba suelto de la base, destornillado del suelo por un costado. Sentado en tan inestable trono, comenzó a sentir que este tambaleaba en su mareo y, confundido, intentó afirmarse de sus propios bordes como su estuviese sentado en la punta de un obelisco. Cayó así pesadamente al piso, con retrete y todo. El agua mugrosa del water se le fue encima y se metió por debajo de su camisa, mojándole toda la espalda. Juano agregaba un detalle más: un mojón le había quedado atrapado en el cuello… Así como suena.
El calvario de mierda de Juano siempre fue el alcohol, que afortunadamente decidió controlar. Como se habrá visto a lo largo de estas anécdotas, borrachera y escatología son una mezcla desastrosa, pero varias veces se juntan. Se llaman entre sí… En la jerga de los borrachos existe, de hecho, el concepto de “atracarse el water”, correspondiente a despertar con la caña mala de una noche de juerga con la cabeza metida en el retrete y vomitando. “Todos tienen que pasar por eso”, decía Danko como si se tratara de un requisito de crecimiento en la vida. Personalmente, conozco algunos que no sólo se atracaron la taza, sino que se quedaron dormidos junto a ella. Dos para ser más exacto.
Una noche, retirándose de mi casa luego de un asado y pasado de vinos, Juano decidió pasar entre dos camiones estacionados camino a su casa sin distinguir que una tapa del sistema de alcantarillado estaba abierta en la oscuridad, justo por entre ellos. Cayó estrepitosamente y quedando sumergido casi hasta el pecho (y eso que medía entonces casi un metro 85) en aguas pútridas de excrementos fermentados… El trauma provocado por el olor lo perturbó por varios meses más después de semejante accidente…
Pero no sería lo peor que le sucedería a causa de sus vicios.
Un día de 1999 le llamé a su celular; me contestó más borracho que nunca, casi inconsciente, mientras caminaba por la vereda de avenida La Florida. Al perecer lo desperté con mi llamado. Mientras caminaba, yo intentaba convencerle de que se marchara a su casa a dormir; él sin embargo, repetía en un español apenas entendible que estaba pasando frente a un banco y que lo estaban asaltando, según aseguraba ver. Convencido de que se trataba de alucinaciones de borracho, le insistí en que colgara y se marchara. Así lo haría. Sin embargo, a los pocos días llegó su madre, su hermana pequeña y su cuñada a mi casa preguntando angustiadamente por él, desaparecido desde ese mismo día. Por más de una semana no se supo de Juano ni respondía a los llamados, así que lo estábamos dando hasta por muerto. Cuando se está borracho, muchas veces se está indefenso, aún para un innato luchador de puños tan temido como él. Pasaron los días. Llegó de pronto hasta mi casa apresurado a contar lo ocurrido. Efectivamente, mientras él pasaba ebrio afuera de un banco del sector, un grupo de maleantes lo asaltaba. Al salir los ladrones y ver a mi amigo borracho hablando por celular conmigo, los delincuentes pensaron que estaba dando aviso a carabineros, se le arrojaron encima y lo golpearon brutalmente, para luego lanzarlo ¡dentro de un tarro de basura!… No pude evitar soltar una risotada cuando confesó esto; menos aún cuando lo recuerdo arrojándose por sí mismo dentro de un contenedor de basura frente a su propia casa para hacerse el gracioso, en una ocasión en que lo llevamos en vehículo hasta su casa, estando -para variar- muy pasado de copas. Pero su desgracia no terminó allí: cuando despertó de la paliza y de la borrachera, estaba rodeado de carabineros que lo creyeron parte del grupo de maleantes y se lo llevaron varios días detenido y amenazado con ser procesado… La mierda le había ganado esta batalla, aunque la experiencia fue tan tragicómica como beneficiosa, pues desde entonces dio un notable paso al frente y decidió moderarse con el alcohol, por fin.
Juano era el último, quizás, atrapado en la mierda; en la memoria horripilante de la mierda, de lo desagradable, de lo aborrecible, y lo superó. Hace poco nos avisó de estar preparando un tratamiento para dejar definitivamente ese culto a Baco que tantos problemas le trajo en la vida. Danko, en tanto, se corrigió tomando la senda de la fe evangélica, adoptando desde entonces una vida completamente sana y hasta deportiva, al servicio de su religión; su rostro mejoró notablemente luego de una compleja cirugía, de modo que su cuerpo también fue el reflejo de los cambios que experimentó su alma. Y a Matías, ese muchacho problemático que cayera tantas veces “en cana” por sus modales agresivos y sus conductas desordenadas, lo encontré un día cualquiera en un paradero de micros cercano a su casa; me costó reconocerlo, pues era ya otro: un ser de bien, un ser limpio, superado a sí mismo… Había derrotado también a la mierda.
Y nosotros, esa generación de los años fecales en el encierro lúgubre de videojuegos sazonados con alcohol… ¿Qué puedo decir de nosotros? Más amigos y más unidos que entonces. Unos ingenieros, obreros, trabajadores, cesantes... Bien o mal, aquí estamos todos.
La mierda, ese arquetipo inmundo y deplorable, no logró apoderarse de nuestras vidas. Supimos distinguir a tiempo lo gracioso de lo aborrecible; y me resulta mejor vivir enfrentando el recuerdo de aquellos años tormentosamente fecales, de errores reiterados y de faltas a la compostura, que escondiéndolo y pretendiendo que bastaría con tirar la cadena del estanque de la vida para suponer que nos deshacemos de ella.
La mierda siempre estará con nosotros… ¡Hasta nos acompañará a la tumba, como consecuencia de lo que fuera nuestra última cena! Mejor aprendamos a vivir con ella, a reírnos de ella, a odiarla con la gracia y no con la amargura. La vida es así… Una mierda.

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