martes, 30 de marzo de 2010

EL TERRORÍFICO "CUCURUCHO", PRIMER "CUCO" Y GRAN ACOSADOR DE SEMANA SANTA

"El Cucurucho" nacional según cuadro de Manuel Antonio Caro, reproducido como grabado por Recaredo S. Tornero en su "Chile Ilustrado" de 1872. El terrorífico personaje ingresa a una casa causando pavor.
Se nos aproximan los días principales de la Semana Santa cuando aún no terminan los efectos del megaterremoto. Seguramente, una masa de santiaguinos estresados saldrá de la ciudad durante el largo fin de semana, escapando de sus fantasmas y angustias contenidas a poco más de un mes de la catástrofe. En tanto, en algunos países como Perú, Ecuador, Guatemala y México, este período de fiestas religiosas y otros parecidos aún son acompañados por la presencia de un misterioso personaje llamado el Cucurucho, entidad que aterra a los niños sospechosos de ser herejes con su mirada inhumana y sus vestimentas de alma en pena.
Sin embargo, el Cucurucho era importantísimo también en la tradición religiosa chilena desde tiempos de la Colonia, infaltable en las procesiones de celebración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, el Viernes Santo de cada año, además de otras procesiones y fiestas. Recaredo Santos Tornero registra su presencia en su famoso "Chile Ilustrado", de 1872, donde comenta acusando ya que era una figura en aparentes vías de extinción:
"El cucurucho, detalle indispensable hasta hace poco, de toda procesión de Viernes santo, ha sido desterrado de las ciudades de alguna importancia. La esfera en que ejerce su ministerio, antes tan vasta, ha quedado hoy reducida al campo y a los pueblos de tercera categoría, donde continúa su tarea de alarmar a los niños y espantar a todos los canes de la vecindad. ¿Quién no recuerda, cuando niño, la terrible amenaza el cucurucho, al presentarse este ridículo fantasmón a la puerta de casa, con su negra túnica de coco, cubierta la cabeza con el puntiagudo bonete y oculta la cara tras una sombría careta? ¿Quién puede haber olvidado la impresión que en toda la casa producía el grito formidable: para el santo entierro de Cristo y soledad de la Virgen al que respondía el llanto de los niños, las carreras de las sirvientes y el ladrido de los perros?"
"Aquellos polvos", aguafuerte de Goya con un "cucurucho" de condena.
Un "Cucurucho" encapuchado del Ecuador, según acuarela de Joaquín Pinto. Fuente imagen: Cervantesvirtual.com.
Proveniente de tradiciones remontadas a la Edad Media, era tarea del controvertido Cucurucho asustar a los que no participaban de las procesiones o que pudiesen estar flaqueando en su fe en Cristo, estimulándolos a darle dinero al personaje y esperando haber recuperado así la senda a la salvación del alma. Con cierto grado de complicidad de los tutores, o al menos de permisividad, este engendro invadía las casas persiguiendo y aterrando a los moradores mientras pedía dinero, como si quisiera estimularles la fe y la generosidad (que para la Iglesia es más o menos lo mismo) desde el espanto y el pánico.
Oreste Plath, en "Folklore Religioso Chileno" (1966), dice también que obraban reuniendo este dinero para los gastos de la Semana Santa, como labor central, y después participaban en las procesiones. Agrega sobre su vestimenta:
"...iban vestidos de una larga túnica negra y sobre la cabeza, abarcando la cara, un largo cambucho o cucurucho".
Es extraño el rol de este misterioso Cucurucho. Desde muy antiguo, en el siglo XVI, en pueblos nortinos chilenos como Andacollo, en las fiestas religiosas algunos bailarines se disfrazan de demonios llamados "catimbaos", y salen a asustar a niños y mujeres de la misma forma en que lo haría también el temido Cucurucho acá en Santiago y en otras ciudades.
El traje y la figura retórica del Cucurucho se remonta más o menos a la Europa del siglo X, cuando comienzan a incorporarse vestimentas propias de órdenes como los franciscanos a las procesiones, especialmente en la de los peregrinos de Santiago de Compostela. Algunos las suponen inspiradas también en los uniformes de los caballeros cruzados en su custodia del Santo Sepulcro. Llegaron a América seguramente como el traje de los penitentes de las fiestas religiosas, con el característico capuchón o capirote cónico en la cabeza de los fieles, similar a la que adoptará después el movimiento de supremacía blanca norteamericano Ku Klux Klan. Mientras algunos ven alusiones a las víctimas de la inquisición, especialmente la española, otros reconocen en estos trajes las vestimentas de órdenes como la de San Benito. Es este capuchón en forma de cucurucho, precisamente, el que le dio nombre a la representación de estas viejas procesiones.
Famoso óleo de Goya, retratando un proceso de la Inquisición. Los trajes del cucurucho podrían remontarse a la Edad Media y fueron usados en algunos prisioneros, aunque tendrían influencias de la indumentaria de órdenes como las de San Benedicto y San Benito.
"Cucuruchos" de Salamanca, descendiendo representación de Cristo, en imagen de "Folklore Religioso Chileno" (1966) de Oreste Plath.
Figura de un "cucurucho" con alcancía recolectando limosnas, en el Museo Histórico Nacional de Santiago. Miniatura de cerámica moldeada y policromada, de fines del siglo XIX.
Sin embargo, hay otros que creen asociado el capuchón y el aspecto general de los Cucuruchos a los gorros de burla que le ponían a los herejes durante la Inquisición, tan bien retratados por el artista español Francisco de Goya, y que incluso perduraron hasta avanzado el siglo XX como "gorro de burro" para castigar alumnos flojos o desordenados, colocándoles este cono en la cabeza y volteándolos contra la pared.
Creemos que esta última explicación sería más apropiada para los Cucuruchos chilenos que, como hemos dicho, aquí adquirieron características de castigadores y acosadores más que de penitentes de las procesiones, a diferencia de lo que sucede en otros países donde aún sobrevive el personaje. El Cucurucho santiaguino era más parecido a un demonio, un diablo que se aparece amenazante a los injustos para castigar, aún con su mensaje repetitivo: "Una limosna para el Santo entierro de Cristo y la soledad de la Virgen" (versión Plath). Incluso, iba acompañado de un garrote o varilla con que arremetía contra los perros ("sus eternos perseguidores", según Tornero) y contra los porfiados en general.
Su tarea de esparcir terror como una advertencia, entonces, vuelve a aparecer muy semejante a la de los "catimbaos" que paseaban por las calles del Norte Chico durante las fiestas. Otro que usa un gorrito similar es el siniestro Trauco de Chiloé, aunque el suyo es de materiales más rústicos.
Sin embargo, por el Choapa, donde el susto estaba encargado a los "catimbaos" y otros personajes grotescos, los Cucuruchos tienen una labor mucho más digna reportada por Oreste Plath en "El Folklore Chileno" (1946): acompañar a Jesús por las 14 estaciones, descenderlo, envolverlo en mortajas y entregarlo a la Virgen, parecida a la forma en que operan en países como Guatemala. Puede, entonces, que acá en Santiago y la zona central hayan adquirido más características de asustadores y fantasmales.
"Cucurucho o Penitente de la Semana Santa", hacia 1860. Una de las poca fotografías de estudio y escenografía que deben existir con un auténtico "Cucurucho" de Santiago. Imagen de los archivos del Museo Histórico Nacional. En el Museo Histórico Nacional existe la pequeña figura policromada de un "Cucurucho" muy parecido al de la fotografía.
"Cucurucho" de rostro descubierto en una tarde dominical de la Alameda de las Delicias, similar al de la fotografía anteiror, en el detalle de un dibujo del reportero gráfico Melton Prior, publicado en "The Illustrated London News" del 16 de agosto de 1890. En la imagen, el perro parece pacífico junto al personaje, pero según Vicuña Mackenna, lo corriente era que éstos siempre ladraran e intentaran atacar al "Cucurucho" que solía valerse de un garrote para su defensa.
Los Cucuruchos, quizás el primeros cucos o viejos del sacos de nuestra historia nacional, pertenecían a cofradías religiosas específicas. Probablemente, algunos rasgos de color en las vestimentas los distinguían y permitían para ellos la licencia de penetrar el sagrado hogar para erizarle los pelos a los niños. Los Cucuruchos de Santiago pertenecían en su mayoría a la llamada Hermandad del Santo Sepulcro. Dice Plath que, todavía en los años cincuentas, existían algunas localidades de la Región Metropolitana como San José de Maipo, donde aún sobrevivía la tradición, aunque allá espantaban a los rapaces montados a caballo.
Todavía en esos años, entonces, a estos espectros les habría bastado con aparecer en sólo una fiesta al año para convencer durante todo el resto del mismo a los cabros chicos de que se comieran toda la comida o tomaran sus medicinas, ante el sólo influjo del regreso de su amenaza. Llegaron a relacionarlo directamente con el "cuco", según Plath. ¿Provendrá, acaso, de este Cucurucho, el que acá en Chile le digamos "cuco" al "coco", ese imaginario fantasma del armario o del ático que bajará a meter miedo a los niños traviesos? No está por demás esta posible relación: propios Cucuruchos así lo procuraban, escondidos tras sus máscaras y poniendo voces guturales para pedir las limosnas.
La parcialmente desaparecida costumbre de "Quemar a Judas" señalaba el principio del fin de las correrías del polémico Cucurucho, personaje que formó por siglos parte de la fauna de temporada de nuestra ciudad y que ya casi se ha diluido en el viento del tiempo, quedando de él no más que uno que otro caso en el folklore religioso y los registros curiosos sobre semejante extravagancia de la tradición y la fe popular.
Grupo de "cucuruchos" o penitentes de Semana Santa, en 1860, según imagen publicada por Moisés Vargas en "La diversión de las familias. Lances de Noche Buena" (Instituto de Investigaciones Histórico-Culturales de la Universidad de Chile, 1954).
Un "cucurucho" y un "paco" entre penitentes de sociedades religiosas en 1859, según Moisés Vargas en "La diversión de las familias. Lances de Noche Buena" (Instituto de Investigaciones Histórico-Culturales de la Universidad de Chile, 1954).

jueves, 25 de marzo de 2010

"COCOA RAFF": AQUELLOS AÑOS EN QUE LAS CALORÍAS ERAN RECOMENDABLES

Aviso publicitario de 1966.
Coordenadas: 33°27'14.74"S 70°38'46.66"W (antigua fábrica)
La Cocoa Raff llegó a ser la principal productora de chocolate en polvo del país, equivaliendo en su época a las ofertas de las principales marcas de cereales para el desayuno en nuestros días, aún cuando su producto era bastante distinto a estos.
Para los años veintes, se le consideraba una gran empresa, elegida incluso para exposiciones internacionales y elogiada por grupos médicos que observaban en su cocoa un alimento tan distinto a las hamburguesas con que ahora premian las mamás gordas la buena nota en la prueba del cabro chico, también cada vez más obeso y cada vez más cerca de ser candidato a donante de órganos (salvo de corazón), dados los espantosos hábitos alimentarios que ha adoptado nuestra sociedad chilena y que nos tiene entre los peores obesos del planeta, cercanos al 65% de la población y con uno de cada tres infantes en sobrepeso evidente, según las estadísticas de salud.
Pero hubo un tiempo en que las calorías eran cotizadas...
Cocoa Raff nos acompaña más o menos desde los años veintes; desde tan temprano que, al parecer, dejó un par de expresiones populares para nuestra sociedad, cuando se pretende señalar lo obsoleto o lo pasado de moda: "más viejo que la cocoa" y "del año de la cocoa".
Sin embargo, Cocoa Raff proviene de esa época en que el acceso a la alimentación y los niveles de vida exigían la presencia de productos capaces de proporcionar calorías extras para la nutrición infantil, carencias que, en gran medida, se redujeron con los eficaces programas de alimentación escolar realizados en la segunda mitad del siglo XX, valiéndose de privados a principios de los ochentas. Siguieron después de las mejoras en los niveles de ingreso hasta llegar a las actuales condiciones económicas de las familias promedio, además de los cambios en los hábitos de consumo, que han permitido la penetración de las comidas rápidas con mayor popularidad pero con el costo de tener, ahora, el primer lugar internacional de niños de primer año básico en situación de sobrepeso.
Eran otros tiempos, sin duda. Cocoa Raff constituía entonces, el principal producto de la Comercial Guillermo Salinas y Cía., contando con una espaciosa fábrica propia para producción y envasado en calle San Francisco 734, en dependencias que, con cierta dificultad, aún se pueden reconocer en el paisaje de este barrio que fuera famoso por sus burdeles y lupanares, como ahora lo es por sus talleres mecánicos y locales de repuestos.
Introducida en Chile desde el siglo XIX, inicialmente por una compañía internacional, su propietario industrial principal sería acá el comerciante Guillermo Salinas Cerda. Sin embargo, hacia 1930 y cuando regresó de una estadía de tres años en Europa, su hermano Mario se unió a la firma comercial y ambos se dedicaron a la producción de la marca en Chile. En esa misma década la cocoa se consolidó como uno de los productos más consumidos por los niños chilenos, pues garantizaba las energías necesarias para la buena infancia.
Imágenes de las instalaciones en 1929.
Imágenes de las instalaciones en 1929. Se observa el taller de embalaje (a la izquieda) y el acceso principal de la fábrica (a la derecha). Sobre esta última fotografía, no nos fue posible sacar una imagen actual para hacer el "ayer y hoy", pero una inspección ocular rápida nos permitió advertir que, detrás del portón metálico de la ex fábrica, aún se mantiene muy parecida la distribución de las dependencias que se observan por el pasillo, aunque en muy mal estado respecto a cómo lucían en estas fotografías, producto de los ochenta años transcurridos (ver imagen de más abajo).
Nacida como "Cocoa Peptomizada Raff" y creada originalmente por don Rafael Fariña (de ahí el nombre), el giro de la fábrica que producía esta sabrosa pasta con aspecto de betún era bastante novedoso en aquellos años y su actividad era reconocida por su limpieza y salubridad en algunas publicaciones de época. Había un químico profesional especialmente dispuesto en los talleres para evaluar la calidad de las materias primas que se ocupaban en la fabricación de la cocoa: sacos de malta, toneladas de cacao y cantidades de peptona, sustancia esta última que resulta de la degradación de las proteínas por acción digestiva.
Por esta razón, el Cuerpo Médico de Chile recomendaba el consumo de la Cocoa Raff pasando por encima incluso de la estricta observación de la distancia sobre los asuntos publicitarios. Muchos de los avisos antiguos del producto hacían ostentación del reconocimiento médico a las propiedades del mismo, además de su sabroso sabor a chocolate. También lo hacían los afiches que comenzaron a producirse para ser lucidos en los locales de abarrotes donde eran vendidos, los almacenes (herederos de las pulperías), hacia los cuarentas.
El tarrito de Cocoa Raff era recomendado no sólo para los niños, sino también para las madres que recién han salido del parto, para los pacientes de colitis, los ancianos y hasta en los "neuróticos deprimidos", sugiriendo reemplazar por ella el té o el café. Se vendió prácticamente desde sus inicios por todo el país, y para fines de los años veintes se exportaba también a la Argentina y al Perú, por lo que la compañía adquirió maquinaria de punta para aumentar la producción y mantener la calidad de sus alimentos. Por entonces, sus talleres ya empleaban a 35 personas y giraban con un capital de 800 mil pesos. Nada mal, en aquellos días.
En los años cincuentas y sesentas, Cocoa Raff destacó por una publicidad bastante innovadora y acorde a las tendencias internacionales del avisaje en los grandes medios de comunicación impresa. Gozando de una tremenda popularidad, sus avisos seguían jactándose legítimamente del reconocimiento que, en general, le daba el cuerpo médico a sus productos. También continuaba promoviéndose como un suplemento para los requerimientos de calorías en la alimentación infantil, algo tan difícil de comprender hoy en día.
Vitrina con los productos de Cocoa Raff en una exposición de 1932 para promover los productos chilenos. Imagen de los archivos fotográficos de Chilectra. Nótese la belleza de los afiches publicitarios que decoran el escaparate y que eran parte de la publicidad del producto.
Publicidad de 1961.
Otra publicidad de 1961.
 
Publicidad de 1966.
Con la mejora de los accesos a la alimentación y el alejamiento en Chile del fantasma de las desnutrición y otros males entre los niños, la época de oro de la Cocoa Raff y de los suplementos de este tipo llegó a su fin, convirtiéndose en un producto secundario en la disputa de marcas como "Cola Cao", "Milo", "Quick" y otros alimentos para acompañar la leche de los infantes. La popularidad del producto fue descendiendo hasta quedar convertido en sólo un recuerdo de lo que alguna vez llegó a ser en el mercado nacional.
La vieja fábrica donde naciera la famosa cocoa en calle San Francisco, hoy es ocupada por otro de los innumerables talleres del barrio Diez de Julio. Desconocemos en qué estado habrá quedado después del terremoto del 27 de febrero, pero pudimos observar antes que aún se conserva ese pasillo largo hacia las bodegas que aparece en las fotografías antiguas, con los accesos a los ex talleres a cada lado, tras un portón rojo.
En nuestros días, Raff se vende como fortificante, saborizante y cereal (en tarro, bolsa y caja, respectivamente), con otros sabores como frutilla y vainilla, además del tradicional chocolate (ya no más "cocoa") y es producido por Corpora Tresmontes, en la Región de Valparaíso.
Vista de la ex fábrica en nuestros días, en calle San Francisco, actualmente ocupada por dependencias de un taller de mecánica automotríz. Detrás del portón rojo de la imagen, aún sobreviven las líneas generales de lo que era el recinto y que se observa en la imagen de época que hemos reproducido más arriba.

sábado, 20 de marzo de 2010

LAS PIEDRAS TACITAS DEL CERRO BLANCO: LA PARTE "PRECOLOMBINA" DEL BARRIO LA CHIMBA

Coordenadas: 33°24'59.37"S 70°38'40.18"W
El Cerro Blanco fue llamado por los indígenas locales del valle como Cerro de Huechuraba, cuando en sus faldas moraba el cacique del mismo nombre. El nombre que le dieron de antaño no es conocido, sin embargo. Cuando los españoles llegaron a territorio chileno, lo rebautizaron Cerro Monserrat, levantándose incluso un santuario en su cumbre por orden de doña Inés de Suárez, imitando al cerro homónimo de Cataluña. El nombre permaneció por algunos siglos hasta que se impuso el de Cerro Blanco. Es un símbolo de Recoleta justo donde la avenida empalma con La Unión, a un costado del Cementerio General, señalando con su altura el sitio donde se encuentra el camposanto dentro de la ciudad. Por largos años, fue parte de los vastos terrenos poseídos por los monjes recoletos.
Estamos acostumbrados a identificar en la colonia y el primer centenario algunas de las estructuras y herencias arquitectónicas más antiguas de la ciudad de Santiago, por este lado de la urbe precisamente, en el ex barrio de La Chimba. Sin embargo, pasa casi inadvertida a nuestra sociedad una hermosa roca blanca a los pies del pequeño cerro, de esas mismas que se sacaron para construir parte de los tajamares y el puente de Cal y Canto del Mapocho en el siglo XVIII y que le dieron el actual nombre al peñón. Descubierta a principios de los setentas por el antropólogo Ruperto Vargas mientras se construía la calle lateral, está hacia el lado de La Unión y apenas separada de la berma por una reja, mostrando una innumerable cantidad de piedras tacitas, tesoro arqueológico por pocos conocidos y que, no obstante, está dispuesto a la vista de cualquier visitante del cerro, además de ser gratis.
Llamadas piedras de tacitas o, simplemente, piedras tacitas (por su semejanza con la concavidad de una taza), lo usual es que se las encuentre en rocas de gran tamaño. En este caso, la superficie rocosa es parte de la falda del Cerro Blanco, roca viva, a diferencia de la mayoría de las demás que se han encontrado sobre unidades de roca suelta o adherida ni adosada a otras.
He tenido oportunidad de observar esta clase de trabajos de horadación sobre las rocas en varias partes de Chile, pero rara vez uno encuentra una concentración semejante de ellas, todas juntas en un pequeño perímetro. De hecho, hay quienes lo calculan como el mayor complejo de tacitas de toda América, pues deben ser unas 40 o más de ellas (principales, porque algunos dicen que son más de 100), con un diámetro que, según estimo al ojo de buen cubero, debe andar por ahí por los 12 a 15 centímetros cada una, aunque la profundidad de las mismas es variable. Lo que es común a todas, sin embargo, es que están reunidas hacia la base o falda de la roca en que han sido talladas, por la ladera Norte del Cerro Blanco y precisamente al final de una notoria pendiente, lo que permite especular en la posibilidad más recurrida para explicar su utilidad, en este caso como captadores de agua de rocío o de lluvia.
La cultura precolombina que dispersó esta clase de trabajos sobre las piedras, desde Atacama hasta la Araucanía pero principalmente en la Zona Central, está rodeada de un halo de misterio y de suposiciones varias, como la utilidad misma que daban a estas concavidades en las rocas. Autores como René León Echaíz han hecho notar que, como coinciden en ubicación y en datación cronológica con las también controvertidas piedras horadadas (a las que hemos dedicado ya un anterior posteo), deben corresponder necesariamente a una misma cultura que apareció por acá hacia el año 3.000 antes de Cristo.
Sin embargo, estudiosos con Rubén Stehberg, del Museo Nacional de Historia Natural, comentan que algunos hallazgos de objetos en las inmediaciones de estas horadaciones del cerro datan del Período Agroalfarero Temprano de la Zona Central, que culminó hacia el año 900 después de Cristo. Veremos que esto puede deberse a la incursión de culturas posteriores a la que la hizo.
Roca con piedras tacitas en la exposición permanente del Museo Nacional de Historia Natural de la Quinta Normal. La del Cerro Blanco es de un material granuloso muy distinto, al parecer caliza, lo que quizás empaña la teoría de que se usó sólo para moler semillas o legumbres, pues tal acción habría contaminado el alimento con residuos de la roca donde están las concavidades.
La piedra tacita en el muro del pabellón que perteneció a la residencia de don Benjamín Vicuña Mackenna en Santiago, en el Museo Histórico del mismo nombre.
Las piedras tacitas existen no sólo en Chile, sino que también pueden ser observadas algunas muy parecidas en México, Perú y Argentina. En el Desierto de Sonora, en Arizona y California, existen concentraciones casi idénticas a las que se ven en Chile, y también fueron usadas por pueblos locales para moler granos y captar aguas de lluvias o brumas, incluso hasta ahora por grupos seris de reciente ocupación del territorio. Aun en países de Europa y Asia han aparecido rocas trabajada de manera similar, de hecho.
Como en la Zona Central de Chile se las halla con mayor abundancia y variedad que en otras partes del país, sin embargo, se puede presumir con cierto fundamento que la cultura que las fabricó vivía en esta parte del territorio, y que la aparición de piedras tacitas dispersas en otras partes del país es sólo una evidencia de su paso transitorio por ellos. Si esto es así, la cantidad de ellas en el Cerro Blanco habla entonces de un antiguo asentamiento, de importancia central.
Como hemos dicho, no hay acuerdo sobre la utilidad que tendrían originalmente estas piedras. A la teoría de la captación de aguas o de reflejos de las estrellas sobre sus pozas durante las noches, se suman otras como la de servir como morteros de molienda y, en el caso de las más grandes, ser útiles en sacrificios rituales o en ceremonias sacramentales. Algunos, con más audacia, pretenden hacerlas coincidir con posiciones astrales y las asocian a la observación de las estrellas.
Como en el caso de las piedras horadadas, las tacitas han sido reutilizadas por culturas posteriores dándole usos nuevos, generalmente rituales, que no necesariamente representan la razón por la que fueron creadas. Los indígenas picunches aconcagüinos serían los que estaban establecidos en el Cerro Blanco al momento de la llegada de los españoles y se dice que molían en los huecos de la roca semillas de peumo y realizaban rituales como los representados en un diorama del Metro de Santiago (Estación Cerro Blanco), creado por el maestro Rodolfo "Zerreitug" Gutiérrez. Si bien existen fuentes que le atribuyen a ellos la creación de las piedras tacitas, no hay verdadera seguridad de ello, aunque por razones más bien de corrección política, se ha dado por hecho esta vinculación varias veces en los últimos años.
Las piedras tacitas del Cerro Blanco están en una plazoleta ubicada junto al propio acceso del parque. Por Decreto Supremo Nº 75 del 19 de noviembre de 1990, el Cerro Blanco fue declarado Zona Típica. Luego, por Decreto Supremo Nº 119 del 11 de marzo de 1992, la plaza y la roca fueron declaradas Monumento Histórico Nacional. En 1999, el cerro quedó bajo la administración del Parque Metropolitano de Santiago, siendo reforzada su característica de paseo y destacados los elementos ancestrales de ritualidad indígena que se realizaban allí antaño, incluida la zona de las piedras tacitas.

lunes, 15 de marzo de 2010

EL MONUMENTO A LOS ESCRITORES DE LA INDEPENDENCIA EN PLENO CAMINO AL BICENTENARIO

Acercamiento a una imagen antigua de la Alameda de las Delicias, donde se observa el conjunto conmemorativo tal cual lucía a fines del siglo XIX. La fotografía es de los archivos de la Colección César Gotta (Argentina).
Coordenadas: 33°26'49.45"S 70°39'51.15"W (antes, aprox.) 33°26'11.36"S 70°38'15.36"W (ahora)
Si el Intendente de Santiago don Benjamín Vicuña Mackenna hubiese participado del sentimiento de crisis de pobreza y miseria que afecta permanentemente a nuestras autoridades chilenas, probablemente la capital chilena habría tenido mucho, muchísimo menos que ofrecer a la historia en la proximidad del Primer Centenario y ahora en las puertas del Bicentenario Nacional. En efecto, durante el tiempo que tuvo a su cargo Santiago, entre 1872 y 1875, Vicuña Mackenna llegó a arruinar su propia fortuna con tal de transformar la ciudad, pensando en lo que quedaría de ella cien años después y no en inmediatismos políticos ni dividendos de corto plazo. "No hay plata" y "no alcanza", frases corporativas y símbolos de las actuales administraciones comunales (especialmente después del reciente terremoto), no estaban en su leguaje.
Ya hemos hablado del Monumento a los Historiadores de la Independencia, que también hiciera instalar Vicuña Mackenna en la Alameda de las Delicias, a la altura de la Iglesia de San Francisco. Hemos comentado, además, el triste estado en que se encontraba tanto el monumento como la Plaza Tirso de Molina, donde hoy se halla dicho conjunto escultórico, y que ya han sido completamente restaurados.
Resulta que, como indicamos en su momento, el Monumento a los Historiadores de la Independencia tenía también un hermano más abajo en la Alameda, por ahí por donde hoy está el cruce con la Avenida Brasil: el Monumento a los Escritores de la Independencia, inaugurado por el propio Intendente y otras autoridades el 4 de mayo de 1873, junto con la plazuela en la que se encontraba montado y a los jardines del llamado "Óvalo" de la Alameda. La semejanza de ambos proyectos y nombres ha llevado a que se formulen algunas afirmaciones confusas o erradas, como si se tratara del mismo monumento, mas corresponde de otra unidad. Y nos toca hablar de ella en este posteo.
El conjunto monumental en 1875, junto al "Óvalo" de la Alameda. Imagen publicada por Moisés Vargas en "La diversión de las familias. Lances de Noche Buena" (Instituto de Investigaciones Histórico-Culturales de la Universidad de Chile, 1954).
Vista de la plazoleta original en antigua fotografía, en la Alameda de las Delicias. Muestra el aspecto del entorno en un período posterior al de la imagen anterior.
Así quedó el monumento después de los graves incidentes de 1905. Imágenes publicadas por la revista "Sucesos", en 1905.
Tal como en la otra obra, la mano artística del escultor Nicanor Plaza está detrás de los perfiles en relieve colocados en las cuatro caras de la base del obelisco, en medallones de bronce que actualmente se encuentran bajo varias capas de pintura (si es que corresponden a los originales, pues estos parecen de otro material).
Los homenajeados son José Miguel Infante (1778-1844), Manuel Gandarillas (1790-1842), Manuel de Salas (1743-1851) y Camilo Henríquez (1766-1826).
Según la ficha publicada por el sitio web del Consejo de Monumentos Nacionales sobre este conjunto escultórico, Plaza habría sido elegido por su experiencia como escultor de relieves, pues ese mismo año trabajó en dos de los relieves que están en la Estatua del General Bernardo O'Higgins, también en la Alameda que hoy lleva su nombre.
Plaza había traído desde Francia algunos medallones confeccionados por el artista David d'Angers, del que era un gran admirador, por lo que podría especularse que su inspiración surgió por allí, tanto para los rostros del Monumento a los Historiadores de la Independencia como el de los Escritores de la Independencia.
Obelisco actual, en del Parque Forestal.
El obelisco actual del parque. No sabemos si sus medallones serían los originales o copias, pues la información con la que contamos es contradictoria.
El obelisco propiamente tal fue confeccionado en Italia con mármol blanco, y traído a Chile para su montaje. Enclavado en su pedestal, medía cerca de seis metros y medio de altura, originalmente. Los pedestales de cada medallón fueron esculpidos por el artista Andrés Staimbuck, oriundo de Dalmacia, quien ya trabajaba por entonces bajo la supervisión de Vicuña Mackenna en las faenas que convirtieron al Cerro Santa Lucía en un paseo. La hermosa Ermita gótica del cerro que ahora está severamente dañada con el terremoto, es de su autoría.
Para poder bosquejar el aspecto que tenía el monumento recién inaugurado, nos volvemos a remitir a la información publicada por el Consejo de Monumentos Nacionales, según la cual el conjunto se situaba en una plazoleta de la Alameda que la gente llamaba Plaza de los Cuatro Monos, porque en ella se encontraban también cuatro estatuas dedicadas a los precursores de la imprenta occidental: Juan Gutenberg, Pedro Schöffer, Juan Fust y Lorenzo Coster.
El obelisco con los escritores de la Independencia estaba al centro de esta plazuela, ubicada a la altura de Avenida Brasil. Estaba rodeada de una artística reja de metal forjado creada por la casa del artista Garceau. Hablaremos con más amplitud, en algún futuro posteo, de esta plaza y del misterioso destino que tuvieron las estatuas de los precursores de la imprenta.
Pero estaba escrito que el monumento tendría que ser sacado de cuajo desde su lugar. En 1905, se produjeron las violentas revueltas en el mes de octubre conocidas como "Huelgas de la Carne", motivadas por las decisiones de gravar el ingreso de carne argentina al territorio chileno, perjudicando el acceso a precios convenientes del producto, especialmente entre los más desposeídos. Poco después de iniciadas la huelga, el movimiento se transformó en un indecoroso frenesí de destrucción, enfrentamientos y saqueo, y una reunión de más de 10 mil personas en la Estatua de O'Higgins acabó convirtiendo la Alameda en un campo de batalla, donde las chusmas volcaron toda su ira contra la ornamentación pública y también contra la propiedad privada en medio de las protestas, acompañados incluso de niños de vida semi-marginal, por delincuentes juveniles y hasta algunos agitadores extranjeros  (¿le suena familiar?). Jornadas de saqueos, el vandalismo y la ebriedad tomaron posesión de la ciudad por cerca de siete largos y angustiantes días, eligiendo escenarios desde La Moneda hasta Estación Central.
Al parecer, la pobre plaza donde estaba el Monumento a los Escritores de la Independencia pagó duramente por la barbarie del lumpen, y acabó destruida. Entonces, las autoridades decidieron trasladar definitivamente el obelisco, sacándolo de la Alameda de las Delicias para cambiarlo de sitio.
Desde el 13 de febrero de 1934, el monumento se encuentra en el Parque Forestal, a la altura del 100-200 de la calle Merced, muy cerca de la Fuente Alemana.
Recalcamos que el obelisco de nuestro interés no es el que está ahora en la Plaza Tirso de Molina de Recoleta, como han asegurado erróneamente algunas fuentes de internet, confundiéndolo con el de los Historiadores de la Independencia, según ya hemos dicho
Como no está en el antiguo pedestal que lo soportaba, su tamaño es considerablemente menor que aquél que tenía originalmente.
Por desgracia, la ignorancia de la sociedad chilena ha seguido dañando el monumento hasta nuestros días, rayándolo con pintura aerosol y debiendo ser recubierto su mármol o sus bronces (en caso de ser tales, originales) con gruesas capas de pintura, casi como un estuco.
Ojalá que alguien recuerde la existencia de este Monumento a los Escritores de la Independencia en la proximidad de las celebraciones del mentado Bicentenario Nacional, que parecía ser la única distracción de las autoridades hasta el sacudón del pasado 27 de febrero. Aprovechando el levantamiento post-terremoto, además, no vendría nada de mal restaurar el lucimiento de sus materiales originales, por ejemplo, ahora fosilizados bajo la pintura seca, y ello sin contar los infaltables y nefastos graffitis de la chabacanería adolescente (y algunos tontos grandotes también).
Se devolvería en parte algo de la gratitud debida a tan importante pieza artística de la ciudad y a la voluntad de don Benjamín Vicuña Mackenna que, con sus defectos y sus virtudes, nos dejó un Santiago más atractivo, más ornamentado y, sobre todo, más histórico.
Ubicación en el Cerro Santa Lucía de las dos estatuas recuperadas de los pioneros de la imprenta (Gutenberg y Fust) que formaban parte del conjunto de la Plaza de los Escritores de la Independencia en la Alameda de las Delicias.
ACTUALIZACIÓN: para conocer más sobre el destino de las dos estatuas de los pioneros de la imprenta, ir a nuestro artículo al respecto haciendo clic aquí.

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