jueves, 29 de noviembre de 2007

PINTORES DE LA PLAZA DE ARMAS: UNA TRADICIÓN SECULAR EN PELIGRO

Manifestaciones de los pintores de la Plaza de Armas
(fuente imagen: www.atinachile.cl/node/2391)
Coordenadas: 33°26'17.42"S 70°39'3.19"W
Hace un par de días, volví a pasar por la Plaza de Armas de Santiago después de ir a dejar a una angelita dorada hasta la estación del Metro Cal y Canto, y luego de echarme adentro dos terremotos en “La Piojera”. Mi compañía tiene varios meses del embarazo, así que dedicó más bien a cucharear el helado del vaso (y yo el vino) y luego a compartir conmigo un pernil con papas.
Al pasar por la plaza firmé el libro de apoyo a los pintores y dibujantes, a los que el actual Alcalde de la ciudad, don Raúl Alcaíno, está decidido a erradicar reduciéndoles las cuotas de trabajo y licitando los permisos para ocupar el lugar en que han permanecido desde los tiempos en que los abuelos muchos de los políticos que apoyan esta medida todavía no eran espermios. A pesar del mareo etílico, me tomé el trabajo de ver la contundente exposición que ofrecen estos artistas en su defensa. Pasados los efectos del terremotazo sigo bastante sorprendido.
El conflicto lleva ardiendo por tres años ya. Alcaíno habría ordenado reducir los permisos desde 60 a sólo 25 espacios. La cacería comenzó hacia agosto de 2005, pero la tenacidad de los propios pintores les ha permitido sobrevivir, al menos todavía. Incluso le han aguado algunos actos públicos, al estilo de los deudores habitacionales con las aburridas fanfarrias de la Presidente Bachelet. En octubre de ese año, habían enviado la siguiente carta a los medios, advirtiendo ya entonces sobre el punto en que actualmente se encuentran las cosas, aunque para mi gusto con un lenguaje demasiado sulfurado por los ánimos:
“Los Pintores de la Plaza de Armas queremos denunciar un fraudulento concurso, de bases leoninas aceptadas y firmadas por seudodirigentes a espaldas de la mayoría. En el desarrollo de este simulacro de concurso ni siquiera se respetaron esas mañosas bases. Se pedía originalidad y los copiadores, a los que el alcalde Raúl Alcaíno alude, descaradamente copiaban con anuencia del jurado. Éste tenía los cupos designados. Se pedía aporte urbano y cultural y alguien pintó una cala, que no tiene nada que ver ni con lo urbano y ni siquiera pertenece a nuestra flora. No se consideró aporte cultural ni permanencia, tampoco, el currículum de los artistas. Naturalmente, se quedaron los copiadores, revendedores y comerciantes, que con actitudes matonescas buscan atemorizar a los artistas, por naturaleza pacíficos”.
“Los afectados rescatamos un patrimonio cultural valioso, que casi ha desaparecido. Nada de eso le importó a uno de los jueces. Varios hemos sufrido cobardes agresiones de parte de amatonados comerciantes por hacer arte. La represión a la cultura y las expresiones artísticas, amparando a delincuentes se llama fascismo y Alcaíno aparece como responsable. No creemos que la autoridad encubra estos hechos: pensamos que el alcalde está mal asesorado o sus subordinados amparan estas maniobras a sus espaldas. Esperamos que anule el fraudulento concurso y realice otro con bases claras y justas y que seamos respetados, con jurados que sepan arte y den garantías y que el Departamento de Cultura no proteja a delincuentes”.
“Luis Arteaga, Eduardo Ferreira, Mario Fuentealba, Ramiro González, Patricio López, Serafín Núñez, Gerónimo Olmo, Luis Pardo, Rubén Pichilenga, Carlos Poblete, Leonel Ramos y Elisa Vásquez”
El tenor las cartas del Alcalde ordenando a uno de sus jefes de departamento que proceda a desalojar a los pintores, publicada en el lugar por los mismos artistas, también sorprende por su rudeza y frialdad. Ni con el mareo del pipeño pude evitar impresionarme. Actualmente los puestos que ocupen los pintores están sujetos al pago de fuertes imposiciones que van directamente a la caja municipal.
Tengo cierta simpatía por Alcaíno. Creo que es lejos uno de los alcaldes más ordenados y serios que ha tenido nuestra ciudad después de las experiencias de las administraciones Ravinet y Lavín. Sin embargo, la nobleza obliga y no puedo estar del lado de esta irracional decisión. Me parece un contrasentido, además, por provenir de una Municipalidad cuya división de cultura entrega anualmente un Premio Municipal de Artes que, según leo en su website, “pretende reconocer la trayectoria de creadores y artistas en los géneros de: Artes Plásticas o Visuales, Artes Escénicas y Artes Musicales”.
No fue difícil que los pintores me convencieran de firmar, entonces: me bastó ver la gigantografía que allí montaron del cuadro “El Huaso y la Lavandera”, de Mauricio Rugendas, y al lado una humilde fotocopia con una ilustración de la Plaza de Armas de Santiago de Chile, publicada en un libro de Historia del Perú de Mariano Paz Soldán, donde alguien señaló con un plumón rojo los artistas con atriles instalados ya en pleno siglo XIX… Los mismos artistas que ahora pretenden ser desterrados del kilómetro cero de Chile. Si bien los actuales pintores se instalaron por ahí por los ochentas en la plaza, los documentos demuestran que estaban desde mucho antes allí, entonces.
Y no fui el único seducido con esta propaganda: detrás de mí se acercó a firmar otro tipo de anteojos y gestos nerviosos (pero más sobrio que yo), con el que intercambiamos una cháchara al respecto. No tardó en confesarme muy temerario que el único presidente que valía la pena para él había sido “el que se murió hace poco” (Su General Pinochet, se entiende), pero que de todos modos votaría por un gremio visiblemente cargado a los “progres” como son los pintores de la plaza, pues sabía que en el Régimen Militar "jamás los habrían arrancado con semejante prepotencia desde este lugar". Ambos coincidimos en pensar que estos artistas constituyen ya uno de los pocos atractivos visuales que sobreviven en este lugar de Santiago para la atención del turista. También nos preguntamos dónde están los dirigentes de izquierda cuando hay que defender a estos gremios altamente vulnerables e indefensos frente a la ojeriza de un “arcarde e’deresha” (así escuché a un aspirante a concejal referirse a él en alguna ocasión)... Pero son grupos ajenos al atractivo del sindicalismo y, por lo tanto, de escaso interés para la politiquería de zurdos y diestros.
Me quedó dando vueltas todo el día la cuestión de la imagen del siglo XIX con los atriles levantados en la plaza, sin embargo. Recordaba haber visto antes grabados similares. Efectivamente, después de buscarlas afanosamente entre mis archivos (la necesidad de dormir se fue a la cresta), encontré dos láminas que muestran exactamente lo mismo: a los pintores de la Plaza de Armas instalados allí hace doscientos años. Las reproduzco aquí.
Pintores y sus atriles en "Place de Santiago, siglo XIX"
La primera imagen corresponde al grabado "Place de Santiago, siglo XIX" que aparece en el trabajo "En Chili, Paraguay, Uruguay, Buenos Ayres" de César Famin (París, 1839-1840). Este documento se encuentra en las colecciones de la Biblioteca Nacional de Santiago para quien quiera obtener una copia de mejor calidad que la mía.
Más pintores y más atriles en "Santiago, Chile, la Plaza Mayor" hacia 1835
La segunda imagen es una lámina titulada "Santiago, Chile, la Plaza Mayor", hecha hacia 1835 por Beger, según se cree, y que aparece en "Viaje de un Naturalista Alrededor del Mundo" de Charles Darwin, en la versión publicada en Buenos Aires por Librería El Ateneo en 1945. Me parece que corresponde a la misma imagen tomada del libro de Paz Soldán y que los pintores están exhibiendo en la plaza para pedir apoyo ciudadano, y también está en la Biblioteca Nacional, según lo confirmo revisando los catálogos de Memoriachilena.cl.
Lamento que el señor Alcaíno esté tan extrañamente obcecado en extirpar a los artistas pictóricos de la Plaza de Armas, a veces con estrafalario exhibicionismo. Como se recuerda, el multifacético y versátil Alcalde de Santiago, en el pasado fue una figurilla televisiva, además de empresario de la recolección de basura y también instructor de artes marciales… Es decir, se especializó en sacar rating, sacar la mugre y sacar la mierda, respectivamente. Quizás ahora que ocupa el cargo de edil de la ciudad esté confundiendo los roles, digo yo. Como se ve en una fotografía que aquí reproducimos desde otro website, los propios pintores le levantaron un cartel, hace un par de años, diciéndole: “¿Quién es quién, señor Alcaíno? Mientras Ud. recogía BA$URA (sic), nosotros hacíamos CULTURA”.
No vaya a ser que esta pirueta de Alcaíno termine como la otra paranoia obsesiva del ex Alcalde Jaime Ravinet, cuando se afiebró con la idea de callar el histórico cañonazo de mediodía desde el cerro Santa Lucía, desatando un masivo descontento popular que lo obligó a reponerlo con la cola entre las piernas, aunque no sin doblegarse del todo, pues exigió que se le bajaran los decibeles a la intensidad de la detonación para dejar de todos modos su huella nefasta. Este mismo Alcalde es el responsable de que la Plaza de Armas sea hoy el conjunto de más cemento muerto que de plaza viva, como alguna vez lo fue.
Por último, y a riesgo de hacer una observación sumamente odiosa, quisiera manifestar cuánto me extraña que nuestras autoridades y "representantes" permanezcan mayoritariamente indiferentes ante esta amenaza contra la tradición cultural de Santiago por el mero capricho de una administración municipal que sólo estará de paso y quizás hasta el próximo año a lo sumo; tradición que pretende ser arrancada sólo porque a alguien se le ocurrió que la presencia de los pintores "se ve mal" o “se ve feo”. Así de simple.
Si a la Municipalidad de Santiago se le ocurriera hacer la misma tropelía y con los mismos móviles, por ejemplo, contra los ciudadanos peruanos que se juntan a sólo unos metros de allí (hablo en potencial, porque parece que los meados y las bandejas con coloridos restos de comida junto a la Catedral de Santiago no se ven tan “feos” ni tan “mal” como sí lo hacen los pintores y sus obras de arte, al criterio municipal), apuesto las gónadas a que la gritadera histérica de los politicastros chilensis contra la discriminación, el racismo y la intolerancia, por parte de los mismos que ahora permanecen virginalmente calladitos, sería escandalosa y encontraría tribuna desde Visviri hasta la Península Antártica.
¿Qué clase de intereses subyacen entonces en esta intentona por sacar los históricos pintores de la cada vez más destruida Plaza de Armas? Casi puedo imaginar desde ya a todo este sector convertido en locales de venta para mercaderes y baratijas de mayor conveniencia para las arcas municipales, como ya se ha hecho con tantos otros sitios históricos de nuestro país.
Así como hemos pasado más de un siglo cantando las líneas de la Carmela en el musical de la Pérgola de las Flores, cual si con eso la resucitara milagrosamente desde el fondo del abismo aquel desmantelado hito de nuestra historia, ¿terminaremos haciendo lo mismo con los pintores de la Plaza de Armas, mandándolos al álbum de los recuerdos de la ciudad?
Veremos qué sucede con el tiempo.

martes, 27 de noviembre de 2007

RESTAURANTE “SANTIAGO”: RECUERDO DE UN ELDORADO CULINARIO EN PASEO HUÉRFANOS

Aviso del restaurante "Santiago" publicado en 1929, ya en su segunda ubicación de la misma calle Huérfanos 1111.
 
Coordenadas: 33°26'22.98"S 70°39'3.56"W (primera) 33°26'22.90"S 70°39'9.37"W (segunda) 33°26'23.67"S 70°39'9.26"W (última)
Hacia 1870, se fundó en calle Huérfanos de Santiago un restaurante que constituyó otro hito inmortal de la historia de la capital chilena, tanto en materia culinaria como por los destacados comensales que su prestigiosa mesa convocaba.
El local era regentado en sus inicios por el ciudadano de origen francés François “Papá” Gage, todo un personaje de la ciudad en los años de la Guerra del Pacífico. Por lo mismo, en principio se le puso "Gage", cambiándolo más tarde a confitería, bar y restaurante “Santiago”, y no “El Santiago” como alguna vez se ha señalado, cosa que desmentimos reproduciendo aquí el cartel que colgó por años sobre el local. Nombre apropiado porque, en la práctica, el sitio se convirtió probablemente en el centro más importante de reunión y encuentros diurnos y nocturnos de la ciudad, atrayendo a intelectuales de la generación centenaria como Narciso Tondreau y Julio Vicuña Cifuentes. “Confort, lujo e higiene” eran sus tres promesas proverbiales.
Según Oreste Plath, la dirección del establecimiento era Huérfanos 54, quizás respondiendo a la numeración antigua. Sabemos que, hacia el Centenario de la República, se encontraba en la esquina de Huérfanos con Ahumada, al parecer su primera casa. En sus "Apuntes para la historia de la cocina chilena", Eugenio Pereira Salas indica que el restaurante estaba en Huérfanos entre Bandera y Ahumada. Sin embargo, en la publicidad de 1905, aparece con el número 948, y unos ocho años después en el 264, correspondiendo a la misma esquina señalada pero al antiguo folio de las calles del centro.
En otra publicidad de 1929, que aquí reproducimos también, la dirección del "Santiago" aparece señalada en Huérfanos 1111, que no corresponde tampoco al edificio que actualmente luce esa numeración en el mismo paseo. Correspondía a la segunda ubicación que tuvo el local. En cambio, en otro aviso de 1941, aparece un número correspondiente al 1114-27, en Bandera 312 y 318 (quizás sucursal adjunta, o parte del edificio antiguo correspondiente a su segunda entrada). Nos parece que esta dirección de Huérdanos 1114, tercera que hemos encontrado para el "Santiago" fue la que coincide con su época más popular.
Sabemos, además, que el restaurante contaba con más de un teléfono, todo un lujo para la época: el “principal” tenía el número 87335. A principios de siglo, el número de su teléfono inglés había sido simplemente 77 y el nacional 105.
De cualquier modo, el “Santiago” podía jactarse por entonces de ser, por lejos, el más conocido restaurante no sólo de la misma calle Huérfanos, sino de todo Chile y llegó a ser, por lo tanto, uno de los más conocidos en Sudamérica, visita obligada de los turistas y de los huéspedes ilustres de la capital. Sus salones y pistas de bailes fueron testigos de las fiestas organizadas por lo más alto de la sociedad chilena durante la época de regímenes parlamentarios.
Publicidad del "Santiago" en "El Mercurio" a fines de 1910.
Aviso en la revista "Zig Zag" de 1912, mostrando un "Santiago" en la antigua ubicación de Ahumada 264 (esquina Huérfanos), y bajo la administración de Francisco Barrio y Cía.
Agrega Pereira Salas que el "Santiago" fue un refugio para la generación intelectual chilena de 1872, sirviendo sus salones para la despedida que le dieron a Pedro Lira sus escritores y artistas amigos, cuando iba a partir a Europa. Luego, fue la sede de la generación del Centenario; todo esto en su primera dirección de la esquina con Ahumada.
Según el poeta y estudioso del folklore chileno -además de asiduo visitante del "Santiago"- Julio Vicuña Cifuentes, el local tenía entonces tres patios; y en el de la calle, cuando la estación lo permitía, habían mesas de fierro y otras más grande de madera. Otro patio interior tenía una pileta de aguas que acompañaba con su sonido fluvial al almuerzo, once o cena de quienes preferían este espacio aislado del ambiente sólo por una tela que protegía a los clientes. El segundo patio tenía varios comedores pequeños rodeándolo por tres de sus lados, a uno de los cuales asistía regularmente, hacia 1877, Vicuña Cifuentes con sus acompañantes Narciso Tondreau, Luis Navarrete y el ya mayor señor Clodomiro Zañartu, "perpetuamente aquejado, según él, de hiperestesia sexual".
En el pasadizo que había entre estos dos patios, estuvo por un tiempo la cantina, que más tarde emigró a una sala al lado izquierdo junto a la entrada. La cava era una bodega generosa de vinos nacionales envejecidos y navegados extranjeros, principalmente franceses "Chateaux": Oliver, Rostchild, Margaux, etc.
A la derecha de la entrada y pasando el zaguán, estaban tres comedores para reserva donde "todo era viejo y malo: alfombras, papeles, pinturas". En la testera de dicho patio estaba el mal llamado gran comedor, que en realidad nunca fue grande, según Vicuña Cifuentes. En tal tercer patio todo se veía más antiguo y descuidado, incluso maloliente, ubicándose allí la cocina y otras dependencias privadas. En el segundo piso, vivía el regordete y ya abuelo Papá Gage.
Restaurante y bar "Santiago" en publicidad de 1941 para las páginas de la revista "En Viaje". Se observan sus vitrinas con vinos y su oferta de ostras a la vistas.
Publicidad para el "Santiago" en noviembre de 1952, diario "El Mercurio". Invita a sus jornadas de mucha elegancia y distinción, con la Orquesta Davagnino amenizando.
Ya sobre la segunda etapa de su vida, Pereira Salas y Plath recuerdan también la calidad, abundancia y diversidad de su carta: vinos nacionales y extranjeros, langosta a la Indiana, vol au vent de ostras, arroz al curry, carapachos de jaiba, cajón de erizos, salsas de alcaparra (Don Diego de la Noche), tortillas al ron "y el oloroso tomillo". No por nada el restaurante se promocionaba prometiendo los mejores platos con su “cocina única en Sudamérica”, la misma “que le ha dado una fama y reputación universal en todos los Continentes”. Ambos investigadores adhieren a la teoría de que el famoso y tradicional plato chileno conocido como bife o bistec a lo pobre nació con este local (bifteck a lo pobre). En otro post hablaremos con mayor abundamiento sobre este chilenísimo platillo nacional.
La sucesión de Papá Gage se hizo cargo del “Santiago” luego de su retiro, heredándolo por abuelado. Incluso le incorporaron una orquesta, para alegrar los encuentros durante las noches. Sin embargo, cuando Gage falleció de forma natural en la década de 1920, comenzó la caída del restaurante que ya entonces era el más antiguo de Santiago, no obstante que se había retirado de la administración directa del local desde mucho antes del cierre de su primera casa, en Huérfanos con Ahumada.
La crisis económica provocada por la caída de la Bolsa nueve años más tarde, sumada a las desestabilizaciones políticas experimentadas por el país en este período, terminaron de hacer el resto para liquidar el “Santiago”. Hay testimonios de que el restaurante siguió en operaciones, al parecer con algunas interrupciones en los años que siguieron, pero desde ahí en adelante, el centro culinario orgullo de la ciudad comienza a desaparecer de los avisos publicitarios y los periódicos nacionales, hasta no volver a verse más.
Del restaurante más importante del país y probablemente uno de los más conocidos del continente como hemos dicho, sólo queda el recuerdo nostálgico, algunas fotos sepias y los avisos publicitarios que invitaban al cliente a vivir la experiencia de almorzar, tomar once o cenar en un “establecimiento de fama mundial”.

domingo, 25 de noviembre de 2007

UNA LÁPIDA "CONDENADA" DE CONDELL CON RANCAGUA:

Esta es la lápida. Además tiene un escudo con un compás, un león rampante, un ave y tres bastones.
Coordenadas: 33°26'27.91"S 70°37'38.78"W
El viernes 01 de junio de 2007, el diario "La Tercera" publicaba lo que sigue sobre un hallazgo arqueológico realizado en las faenas de construcción de un edificio situado en Condell con Rancagua, en la comuna de Providencia y a escasa distancia del cuadrante central de la ciudad:
En terrenos de Providencia encuentran lápida de mujer que falleció en 1795
Los trabajadores que realizaban una excavación como parte de la construcción de un edificio en Providencia encontraron una lápida de granito de una mujer que murió en 1795.
La lápida, de color violáceo y sin ninguna fractura, fue hallada en un terreno de la calle Condell, que en el siglo XVIII era un emplazamiento rural ocupado por chacras.
"Anterior al inicio de las faenas para levantar el actual proyecto inmobiliario, en el lugar existió un recinto religioso cuya construcción dataría de fines del siglo XIX y principios del XX", indicó en un comunicado el Consejo de Monumentos Nacionales.
La lápida fue extraída por una retroexcavadora desde un recinto de ladrillos subterráneo, a unos 3,5 metros de profundidad.
Según la inscripción, la mujer nació el 3 de agosto de 1731 y falleció el 21 de diciembre de 1795, con una larga lista de importantes apellidos que incluían los de varios de los gobernadores de la época de la Colonia española.
El Consejo dijo que solicitó a la empresa constructora el resguardo del hallazgo, junto con una evaluación arqueológica de las áreas aún intactas para determinar la procedencia y el contexto en que se fabricó la lápida.
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Al día sábado 2 siguiente, el diario "Las Últimas Noticias" publicaba lo siguiente, con la foto que aquí se incluye:
(Clic encima para ampliar)
La desenterró una retroexcavadora y tiene el nombre de una mujer
Lápida que sería de 1795 apareció en sitio donde se construye edificio
“QUE NACIÓ EN 3 DE AGOSTO DE 1731 Y FALLEGIÓ EN 22 DEDIZIEMBRE DE 1795”, dice la lápida que desenterró sorpresivamente una retroexcavadora en el sitio donde la constructora Almagro está instalando los cimientos de un edificio, en calle Rancagua, en Providencia.
Tiene un metro 20 de largo y 45 centímetros de ancho. Es de granito violáceo y está intacta. Su grosor, de unos 15 centímetros, la ayudó a resistir los años y la embestida de la máquina.
También tiene escrito el larguísimo y misterioso nombre de una mujer: “MARÍA DEL CARMEN DOMINGA IDOATE POZO YSILVA ÁLVAREZ DE TOLEDO RIVEROS SVÁREZ DEFIGUEROA YAGUIRRE DEMENDOZA YQUIROGA”.
La lápida tiene restos de óxido y fue hallada en una especie de bóveda subterránea.
“En la pared de la excavación se veían los perfiles de un muro de ladrillo. Es difícil saber si se trata de una cripta. No podemos hablar de sepultura”, cuenta Rodrigo Riveros, de 30 años, arqueólogo del Consejo de Monumentos Nacionales.
“Se nota añosa, pero habría que hacerle más pruebas. No hay restos ni de huesos ni de ataúdes. Es raro”, dice Daniel Pascual, de 27, también arqueólogo de ese organismo.
La lápida tiene un escudo con un compás, un león rampante, un ave con las alas desplegadas, tres bastones con dos flores sobre ellos y un ojo sobre un rectángulo.
La construcción está entre Condell y avenida Italia, al lado de una iglesia. En 1700 habría habido en ese lugar una construcción religiosa.
“Personas de alta alcurnia o aristócratas se enterraban en una iglesia importante, pero de zonas urbanas. En 1700, toda esa zona era una chacra, lo que hace esto más misterioso”, dice Riveros.
Todos los apellidos de la mujer son de conquistadores españoles o de personas importantes en esa época. El obispo de Santiago en 1731 era Alonso de Pozo y Silva.
La lápida está resguardada, bajo techo y en la misma construcción. Al parecer la constructora pretende conservarla en la entrada del edificio, que tendrá 14 pisos y se llamará “Campanario”.
“Con estos descubrimientos se conoce el lado humano de la historia”, dice Pascual.
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Pues bien, buscando noticias actualizadas sobre este hallazgo que, para mi desgracia, no tuve tiempo de visitar en su oportunidad, me he encontrado con este preocupante post de don Felipe Kohon en el foro de la valiosa ONG capitalina "Defendamos la Ciudad":
Empresas destructoras de nuevo
Hemos leído en los diarios que se ha encontrado una valiosa lápida en la demolición de una también valiosa y bellísima casa en Condell con Rancagua. Dicha lápida recuerda a una mujer de alta alcurnia que vivió en la "Chacra de Providencia". Luego de este hallazgo arqueológico, la empresa destructora corrió a pedir asesoría a un arqueólogo pagado por ellos obviamente para que no les paralicen su gran negocio al sugerir que podemos estar frente a un sitio arqueológico. La casa se botó, quizás cuantos vestigios se fueron también gracias a la frenética pala mecánica. Así se tratan los lugares históricos de nuestra ciudad, nuestra memoria urbana, y nuestra belleza.
Lo que importa es encumbrar lo más alto posible una fea torre cuadrada, maximizar el metro cuadrado hasta el último respiro y como si esto fuera poco agregarle un inútil gimnasio o una sala común para que los vecinos griten, y todos compremos felices.
¿Dónde está la belleza? Se ha ido. ¿Dónde está el jardín con sus aromas y sus insectos? Se ha ido. Así termina la vida y comienza el sobrevivir.
Unos poquitos llenaron sus alforjas y muchos más perdimos.

viernes, 23 de noviembre de 2007

"LABORATORIO SALAZAR & NEY"... CUESTIÓN DE QUÍMICA

Caluga publicitaria de 1929.
Coordenadas: 33°26'51.37"S 70°38'59.27"W (ex instalaciones)
El próximo 26 de diciembre se cumplirán 80 años de la inauguración del que fuera otro de los primeros laboratorios químicos particulares chilenos, que además estuvo a la vanguardia tecnológica y operacional de su época: "Laboratorio Salazar & Ney", fundado en 1927.
Este centro, que probablemente llegó a ser el más importante de su tipo en el país en aquellos primeros años, tenía sus cuarteles en la calle Arturo Prat 221, por ahí en el espacio que hoy ocupa la mueblería "Londres" como parte de la actividad que caracteriza el tipo de comercio de esta popular calle de la capital chilena.
Este laboratorio se especializó en la fabricación de productos de punta en cosmetología, perfumería, soluciones químicas, esterilización de instrumentos y, por supuesto, preparación de los jarabes y vinos medicinales que llenaban buena parte de los anuncios publicitarios de la época, cuando iban en retirada las viejas boticas y droguerías ante el avance del más profesional y avanzado rubro farmacéutico. Su prestigio le permitía también ofrecer servicios de investigación científica, privilegio que estaba reservado hasta entonces sólo a las Universidades.
El director y creador del laboratorio era el ingeniero químico de origen francés Roger Couly Leyrit, quien ostentaba en su currículo haber estudiado en la Universidad de Clermont-Ferrand de Auvernia, y podía jactarse también haber trabajado antes en importantes laboratorios de Francia y Bélgica antes de venirse a Chile. Era una considerado una eminencia, por lo mismo.
Publicidad de uno de los productos de belleza del laboratorio, a toda página, en un ejemplar de la revista "Familia" de diciembre de 1928.
Secciones de los establecimientos en calle Arturo Prat, hacia fines de los años 20.
El nombre de Couly aparece en algunos artículos de Internet señalándosele como quien habría dejado aportados los fondos usados para la restauración de la Capilla Vicente de Paul en el parque central del hospital clínico y la facultad de Medicina de la Universidad de Chile. La capilla formó parte del complejo hospitalario de San Vicente de Paul (en el cual tenemos entendido que también colaboró Couly, por testimonios orales, aunque no hemos confirmando este dato), a cargo de la orden de la Hijas de la Caridad.
Según los avisos publicitarios de la prensa publicados a fines de los años veintes (que aquí reproducimos), el recinto ocupado por los laboratorios de calle Arturo Prat llegó a estar dividido en al menos cuatro áreas de trabajo e investigación permanente:
  1. Sección de hipodérmica.
  2. Sección de soluciones.
  3. Sección de perfumería.
  4. Sección de jarabes y vinos.
El reglamento interior de la empresa exigía puntillosas normas de aseo y comportamiento a los empleados de cada sección, incluyendo mantener las prendas e instrumentos en orden y no hablar durante las labores de trabajos, preservando un silencio que sólo se podía romper durante las reuniones.
Roger Couly en su laboratorio (imagen gentileza de Sara Ruiz).
No logramos rastrear las actividades del "Laboratorio Salazar & Ney" mucho tiempo después. Sí encuentro información en donde se advierte que competía hacia 1937 con otros laboratorios como el "Chile" y "Recalcine", aunque los proveedores eran pocos y trabajaban para todas estas empresas de rubro parecido. Por esos años, el Jefe de la Sección de Productos Químicos de la empresa era don Germán Bachelet Brandt, de la misma familia de la actual presidente.
Probablemente, la empresa se fusionó o bien no resistió la larga cadena de secuelas provocada por la crisis de la Caída de la Bolsa, a partir de los dos años después de su fundación, y que se llevó a todos los negocios que intentaron ser novedosos, salvo los de naturaleza bélica. Desconozco qué sucedió, entonces, aunque el señor Couly no se retiró del rubro y siguió en actividades con bastante éxito, según parece, siendo considerado un gran benefactor.
Según la 12ª edición del Diccionario Biográfico de Chile (1962-1964), Couly asumió en 1940 la dirección de la división sudamericana de los Laboratorios Clin de Francia, donde él había trabajado antes de llegar a Chile (en 1926). El que haya abordado la prestigiosa gerencia apenas entró la compañía en Chile, induce especular si "Laboratorios Salazar & Ney" se fusionó con la internacional Clin-Comar, de productos químicos y farmacéuticos, haciéndose su representante. Falleció a avanzada edad y sin cambiar su residencia de calle Santa Rosa 271, pleno centro de Santiago, demolida recientemente.
El laboratorio constituye, de esta manera, otro recuerdo de esta ciudad vivo aún en los anuncios publicitarios de su época y en algunas varias referencias que evidencian la relevancia que llegó a tener dentro del incipiente mundo de las ciencias químicas aplicadas.
Dirección donde antaño se encontraba la sede de "Laboratorio Salazar & Ney", hoy ocupados por la fábrica y comercial "Muebles Londres".

jueves, 15 de noviembre de 2007

EL SANTIAGO DE LUIS CORNEJO: LA BRAVA AUSENCIA DE UN ESCRITOR AL MARGEN

Coordenadas: 33°26'17.22"S 70°39'3.99"W
 
Quienes conocieron bien la Plaza de Armas de Santiago y su entorno durante los años ochentas, seguramente recordarán con cariño la figura de ese peladito narigón y de sonrisa en los ojos vendiendo libros de su propia autoría, por allí cerca de donde se encuentra la estatua del Cardenal Raúl Silva Enríquez que vigila altivo y sereno la plaza del kilómetro cero de la Chile.
Se llamaba Luis Cornejo Gaete, probablemente el único escritor-juglar-pregón de nuestra historia, además de uno de los personajes más queridos de nuestro Santiago tradicional e histórico. Doblemente importante para nuestro estudio sobre la tradición cultural capitalina: tanto por el escenario de sus relatos, como por lo que fue su propia presencia física vendiendo por años sus libros en la Plaza de Armas.
Aún recuerdo cuando mi padre llegó a casa con la edición sexta de “Barrio Bravo”, comprado directamente a don Luis, en octubre de 1985. Tras mucha insistencia, se me permitió acceder a ese grupo de cuentos narrados en un lenguaje crudo y directo, mostrándonos a los santiaguinos una realidad sobre nuestra propia ciudad que parece sacada de la fantasía y de la exageración obscena. Casualmente, ese año comencé a asistir a la Piscina Escolar de la Universidad de Chile, cruzando la barrera social del río Mapocho, en los tiempos en que un quinceañero podía andar sólo por allá incluso con una gruesa y tentadora mochila encima. Esto me dio oportunidad de confirmar la existencia de una parte de los ambientes descritos por el autor, casi como una guía.
Ahora sé, por mis propios medios, que a sólo unos cuantos pasos de esa misma Plaza de Armas donde Cornejo vendía sus joyitas, por allá por barrio Mapocho, sobrevive hasta nuestros días la sombra de marginalidad y de dimensión paralela retratada en sus obras como “Barrio Bravo”, “Show Continuado” o “Ir por Lana”.
Cornejo presentó un ambiente siniestro y tenebroso pero con el atractivo de los colores chillones de hongos y ranas venenosas. Su querida Vivaceta fue el principal origen y lugar de sus historias, aunque reflejen muchos otros sitios de la ciudad. Prudentemente, he inspeccionado parte de ese Santiago desconocido que se plasma en sus obras, escondido en los barrios con casas de cornisas clásicas y puertas con dinteles, allá en San Diego, en Avenida Matta, en General Velásquez, en Independencia, en Recoleta, en los ex barrios de La Chimba que visitara Diego Portales, etc.
Según quienes le conocieron, Luis Cornejo nació en 1924 o 1925. Según confiesa la biografía de sus libros, sin embargo, vio la luz en 1930. Lo seguro es que su infancia fue modesta y esforzada de barrio Vivaceta, inspiración del reflejo que años más tarde aparecería en sus cuentos y novelas, como hemos dicho. A los trece años debió abandonar los estudios para dedicarse a las labores que aprendió con su padre, albañil, jornalero y colocador de baldosas, retomándolos más tarde en jornada vespertina. Tres años después, comenzaba a incursionar en la actuación participando del Teatro Experimental de la Universidad de Chile, saltando desde allí a una audición para todo tipo de jóvenes de distintos orígenes y estratos sociales, que le permitió ingresar directamente en la actuación más profesional.
A veces me salta la duda de si don Luis fue envuelto de tanta marginalidad y miseria como muchas veces aseguró al recordar que trabajó largo tiempo como obrero de la construcción, pues en su juventud, en los cuarentas, luego de sus pasos por el teatro amateur ingresó a la carrera de Cine de la Universidad Católica junto a su amigo y compañero Hugo Müller, algo difícil de imaginar tanto para el interés como para el presupuesto de un pelusita de barrios bajos. Llegó a ser alumno de Pedro de la Barra. Su breve autobiografía de solapa en sus libros confiesa también que trabajó como actor a partir de 1950 (para Carlos Salazar, de “El Guachaca”, fue a partir de 1944), llegando a dirigir el deslucido largometraje “El Fin del Juego”, que según Internet Movie DataBase, coescribió en 1970 con Fernando Cuadra y en él actuaron Calvin Lira, Héctor “Tito” Noguera, Raquel Parot y Lucy Salgado. La obra recibió una avalancha de críticas de los propios autores izquierdistas, horrorizados con la descripción que allí se hacía de las clases proletarias y de los bajos fondos desconocidos por la sacrosanta intelectualidad, pero muy en conocimiento de Cornejo.
En este período también fue libretista del recordado programa de terror “La Tercera Oreja”, de Radio Agricultura, único que pudo hacerle competencia al clásico radial "Doctor Mortis". En la misma fuente de IMDb, puedo verificar también que Cornejo escribió el guión de “Un Viaje a Santiago” de Hernán Correa (1960) y trabajó como productor en “Érase un niño, un guerrillero, un caballo” de Helvio Soto (1967). Se sabe que operó cámaras, actuó como extra, asistente y cuanto se pudo hacer en el precario cine chileno de aquellos años. Incluso apareció en un famoso comercial de la época para un popular ungüento, lo que le valió el apodo de “Pelao del Mentholatum”.
Cuando salió publicado en 1955 “Barrio Bravo” desde los humildes talleres de una imprenta ubicada en calle Coronel Alvarado, libro motivado por ardor de la participación de Cornejo en el Encuentro Internacional de las Juventudes Comunistas en Varsovia aquel año, sus cuentos acabaron devorados en pocas semanas por los compradores y fueron reconocidos nada menos que por autores de la talla de Ricardo A. Latcham en “El Diario Ilustrado” y por Hernán Díaz Arrieta (Alone) en “El Mercurio”. Leo por ahí también que su inspiración directa habría provenido de la pluma de Nicomedes Guzmán. Como sea, “Barrio Bravo” completaría unas 13 ediciones más (unos 40 mil ejemplares) en sólo dos décadas, cuando muchos de sus más acérrimos críticos no llegaban ni a dos, a pesar de contar con el respaldo de importantes casas editoriales poniéndoles el cuño.
De "Barrio Bravo" se dice también que el otrora popular personaje humorístico La Cuatro Dientes, habría sido inspirado por uno de los cuentos de este libro, titulado con el mismo nombre y con una protagonista para mi gusto parecida sólo en su sonrisa de calabaza de Halloween con la caricatura personificada por Gloria Benavides a partir de los años setentas, que representa a uno de los estereotipos de la chica "pop" de los estratos modestos de Chile: "rucia", flaca y con piezas dentales alternadas, mientras que La Cuatro Dientes del cuento de Cornejo es una lavandera muy corpulenta, agresiva y con un final para nada gracioso.
En 1960, Cornejo publicó la novela “Los amantes de London Park”, obra que no alcanzará el impacto que su predecesora, pero que por sí misma constituyó un nuevo hito del autor. Distraído con el trabajo en el cine, sin embargo, Cornejo pasará por una larga sequía literaria, prefiriendo escribir para guiones de cortometrajes y películas. Según se dice al respecto, participó en el equipo de “El Chacal de Nahueltoro” de Miguel Littin, en “Estado de Sitio” del griego Costa Gavras y en "Aborto" de Pedro Chaskel y Héctor Ríos. Por encargo de la Universidad de Chile, en 1963 filmó el documental "La Universidad en la Antártica". Luego, en 1966, rodó el cortometraje “El Angelito”, inspirado en uno de sus propios cuentos, donde presenta a una mujer que pide prestado un hijo a una vecina para pedir limosnas fuera de la Catedral de Santiago.
Al devenir el fracaso de “El Fin del Juego”, Cornejo se refugió frustrado en las reediciones de “Barrio Bravo”, presenciando el abrupto fin de la Unidad Popular y el advenimiento del Régimen Militar que acabó de sepultar las posibilidades del proyecto social en el que tanto había creído y que tanta influencia inspirara en su trabajo. El cierre de Chilefilms terminaría por desprenderlo definitivamente de su relación con el mundo del cine.
En 1986 regresa al mundo narrativo con “El Último Lunes” y, al año siguiente, “Show Continuado”, para algunos su mejor novela, donde el protagonista es un romántico calvo enamoradizo que usa peluca y también se llama “Lucho”, características que, inevitablemente, reflejan a su creador. Antes de terminada la década, alcanza a publicar “Tal Vez Mañana”, los cuentos reunidos en “La Silla Iluminada” y, a continuación, “Ir por Lana”. Demás está insistir en la clase de retrato que hace de la ciudad de Santiago a través de estas obras.
Pero a diferencia de los tradicionales escritores de militancia izquierdista, generalmente atrapados en la narrativa hostigosamente proselitista, Cornejo no se obcecó en arrastrar sus relatos hacia la plantilla general de los cuentos sociales, ni obligó a los protagonistas a idealizarse asumiéndolos como banderas de lucha o causas populares. Por el contrario, sus personajes son imperfectos, impuros, zigzagueando entre la villanía y la redención, como quizás sólo lo hizo antes “El Roto” de Joaquín Edwards Bello y como lo ha hecho también en nuestros días el escritor nortino Hernán Rivera Letelier, proveniente de las mismas sombras urbanas que nuestro querido Luis Cornejo. A él le bastaba escoger un allegado, una lavandera, una bailarina de topless o un delincuente para construir una historia llena de interés y atractivo, de esas que comienzan a asustar al lector cuando siente que las páginas empiezan a acabarse. No recurre a ambientes rebuscados, o situaciones forzadas que sacan al dirigente social que los intelectuales progresistas creen ver potencialmente en todo obrero hambriento; para Cornejo es suficiente un club nocturno, un conventillo, un prostíbulo o un cité, todos ellos espacios que aún son reconocibles en el Santiago de nuestros días, tras la cáscara de fachadas tipo Far West que decora la realidad de la ciudad de adoquines reflejando neones pecaminosos y misteriosas jornadas nocturnas. Sólo sus contemporáneos Alfredo Gómez Morel y Armando Méndez Carrasco, quizás, hayan podido retratar con tanto esmero y rusticidad los pasajes de los barrios bajos de Santiago de mediados del siglo XX.
Pero lo más insólito de don Luis es que, a diferencia también de otros escritores correligionarios suyos que se sentaban a esperar los pedidos de autógrafos y que sus obras se convirtieran solas en best-sellers, él prefirió salir personalmente a vender sus libros a la calle, dejando las soberbias y las altanerías, en un sorprendente caso de autogestión y autoproducción literaria. Las portadas de sus impresos, artesanalmente compaginados por Cornejo, eran concebidas a tinta por su hija Muriel, y tenían un encanto casi cándido pese a retratar parte de lo rudo y violento del contenido de las páginas interiores.
Modesto y bonachón, Cornejo no estaba seguro de su popularidad en la ciudad de Santiago. Si bien en un principio los compradores se le acercaban para comprarle un libro al “Pelao del Mentholatum”, ya a fines de los ochentas muchos lo reconocíamos y le saludábamos al pasar junto a su pequeña mesita de libros. Recuerdo su cara de sorpresa cuando, siendo yo un adolescente, le comenté que con sus libros había llegado hasta “Show Continuado”. Quizás nunca esperó que alguien en edad escolar fuera lector de sus trabajos y conociera los títulos. Él mismo insistía en ofrecerlos recalcando ser el autor de los mismos, cuando la verdad es que casi todos los que por allí trasitaran lo identificaban fácilmente y sabían que eran de su autoría.
Cornejo alcanzó a sacar a la luz un libro más en 1991: “La Tormenta”. Pero lamentablemente, un narrador más alto había decidido que ésta sería su última obra.
Don Luis Cornejo falleció el 11 de noviembre de 1992, perdiendo la guerra contra el cáncer, que incluyó incluso terapias alternativas y consultas con magos en su desesperación por vencer tan cruel enfermedad. Aunque algunos de sus admiradores insisten en que mantuvo siempre el optimismo y la esperanza por salvarse, se sabe que estaba escribiendo un libro que quedó inconcluso con su muerte, y que suena desde su título a despedida: "Memorias de un Canceroso". Un párrafo del mismo reproducido en una página web que dedica líneas al autor, dice: "Siempre he escrito sobre la gente pobre que es rica en esperanzas y tiene tesoros de vivencias. Nunca estuve alejado del pueblo, que es mi raíz”.
Dejó tras sí un gran vacío en la Plaza de Armas, como si parte de su propia esencia le hubiese sido arrancada de pronto. También lo provocó en la cultura nacional. Su esposa Carmen, que le acompañaba en sus últimas visitas al lugar vendiendo libros y que atendía con regularidad el kiosco de ambos en calle San Diego, continuó por su propia cuenta la venta de las obras de don Luis en un puesto de Mac Iver con Alameda, hasta un tiempo después de su fallecimiento.
En el pasado, muchos escritores profesionales, incluyendo algunos de los propios “compañeros” de Cornejo según me han confidenciado, se burlaron de su método de impresión y venta de libros. Hoy, sin embargo, cada ejemplar usado y color sepia ya de sus trabajos, se vende proporcionalmente a cinco, seis y hasta diez veces el valor que tenía en la humilde mesita donde su propio autor los ofrecía.

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