sábado, 25 de marzo de 2017

FOLKLORE Y NUMISMÁTICA DE CHILE (PARTE III): OTROS NOMBRES Y APODOS QUE HAN DADO EN CHILE A MONEDAS Y BILLETES

Continúo aquí con estos artículos sobre folklore y numismática de Chile, serie iniciada con los nombres populares que se dan acá a monedas y billetes en actual circulación, seguida de un capítulo propio para la etimología e historia de la chaucha, que revisamos en la parte anterior.
Pasamos ahora a echar un vistazo por la gran cantidad de apodos con se han motejado piezas monetarias de nuestro país a lo largo de su historia, además de ciertas terminologías informales que se asocian a definiciones o acciones relacionadas con el dinero, algunas de ellas tomadas de coa carcelario.
Advierto que este tema en específico relativo a la numismática (y a diferencia de los que ya abordé y otros que faltan), no son exactamente de mi dominio, así que agradecería cualquier comentario con observaciones o aportes para mejorar este contenido, agradeciéndolos desde ya.
MOTES DE MONEDAS ANTIGUAS
  • El Reyuno o la Reyuna: Nombre que recibían en tiempos coloniales las monedas con cuño retratando a los monarcas españoles, y de ahí el apodo alusivo al Rey. Hay otros casos coloniales de monedas con nombres curiosos, pero éste me pareció de rasgos más localistas.
  • La Chunimpa o Chuninpana: Una de las primeras monedas del Chile independiente que recibirá un nombre popular propio, fue la chuninpana, producida en la zona de Valdivia hacia 1822 y en un taller del Fundo Chunimpa, cruzando el río Cruces, frente al castillo San Luis de Alba y en la comuna de San José de la Mariquina. De ahí el nombre. Hablaremos más de esta moneda en una próxima parte de esta serie de artículos, referida a las monedas obsidionales.
  • El Peso Paloma: A partir de 1853, circuló una moneda de $1 surgida del cambio del sistema monetario. En su cara llevaba la figura de un cóndor pero, según se cuenta, el ojo popular lo interpretó como más parecido a una paloma y así lo llamó mientras fue acuñada, más o menos hasta 1865.
  • El Peso Pechugón: En 1867, se acuñó un peso que reemplazó a la paloma, con diseño que el siempre observador pueblo denominó pechugones, pues se dice que la cara mostraba un gallardo cóndor con el pecho henchido y muy sobresaliente. Una leyenda dice incluso que molestaba para formar pilas de monedas.
  • El Peso Águila: Fue otro nombre popular que se dio a la siguiente generación de monedas con cóndores, esta vez por su supuesta semejanza a la otra ave. Circuló hasta algunos años después de los años de la Guerra del Pacífico, según me parece.
  • La Mitad: Moneda de cobre de 1 1/2 centavos, que José Toribio Medina declara ya en desuso en los años 30.
  • El Medio: Nombre que se daba a la moneda de plata de 6 centavos, mencionada también por Medina, quien señala que estaba en desuso en su época.
  • Las Estrellas o Estrellitas: Desde la jerga de los delincuentes y hampones estudiada por Julio Vicuña Cifuentes, más o menos hacia inicios del siglo XX, apareció el chilenismo estrellas para referirse a monedas, se supone que así llamadas por su brillo. Generalmente, las revisadas chauchas eran las principales señaladas con dicho apodo. Se hablaba por eso, también, de "mirar las estrellas" para referirse a contar dinero de un botín o una plata que es necesario mantener lejos de la vista de otros, por seguridad.
  • La Ficha: Es sabido que se denominaba fichas a las monedas de las salitreras que se usaban en las pulperías, pero hacia el cambio de siglo o un poco antes, se hizo una moneda de 2 y 1/2 centavos que también recibió este nombre. Aparece mencionada en un viejo poema de Bernardino Guajardo dedicado al "San Lunes": "Después de beber un trago / pidieron con una ficha / arroba y media de chicha / y una cazuela de pavo". En un pasado más reciente, se llamó también ficha a la moneda grande de $100 que todavía circula pero que fue reemplazada por la nueva, con una mujer indígena acuñada en la cara.
  • El Ojo de Buey: Circuló desde 1895 la moneda de plata de $1 conocida popularmente como el ojo de buey, por sus proporciones. Al parecer, el nombre provendría de un uso oral en el argot de los bajos fondos, pero se extendió en el uso coloquial más inofensivo. Correspondía a una de las monedas con el símbolo de la  hoz y el martillo que se produjeron por entonces y que, curiosamente, se anticiparon a la identificación internacional de este emblema con el comunismo. El apodo se usaba principalmente al Sur de Chile.
  • La Chapa o Chapita: Fueron las monedas de cobre de 1, 2 y 2 1/2 centavos que circularon hasta los años 20, aproximadamente. Los primeros centavos de este material datan del año 1850, más o menos, en unidades de 1 y en 1/2 centavos. Creemos que pudo haber impulsado la expresión popular "no tener ni cobre", además.
  • El Chico: La moneda de 1 centavo era llamada también chico, habiendo existido la frase popular "no tener ni un chico", análoga a "no tener ni cobre" o "no tener ni un cinco".
  • El Décimo o Diez: Nombre popular que recibía la moneda de plata de 10 centavos, de acuerdo a lo que informa Medina.
  • La Calandria: Aníbal Echeverría y Reyes observa que este nombre se le daba en el coa nortino para definir la moneda de veinte centavos que circulaba en los años 30 y que era la misma llamada chaucha, todavía por entonces. Suponemos que la comparación con el ave se debe a un asunto de colores y proporciones.
  • El Cinco o Quinto: Se llamaba así a la moneda de 5 centavos que circulaba todavía en la misma época de la calandria. Relacionada con la expresión "no tener ni un cinco", su nombre pasó a ser usado también en las monedas de $5 actualmente en circulación.
De arriba a abajo: la chunimpana el peso paloma, el peso pechugón, la ficha y la chaucha.
MOTES DE BILLETES ANTIGUOS
  • El Papelote: Correspondía a papeles-monedas emitidos entre 1823 y 1829 por la Caja de Amortización, ganándose este nombre por su gran tamaño. No eran exactamente billetes como los entendemos en nuestros días, sino más bien bien bonos "al portador y a la vista" que devengaban intereses trimestralmente. Los papelotes llevaban la advertencia impresa en ellos, de que los falsificadores se exponían a la pena de muerte.
  • El Americano y la Hoja Seca: Eran los nombres dados al billete de banco de $2 que circulaba hacia 1910-1920 aproximadamente, no pudiendo hallar una explicación convincente del porqué del motete geográfico. Usado más bien al Norte del país, se ha sugerido que quizás sea una alusión a las dos Américas (del Norte y del Sur) comparadas con el valor del mismo. En algún momento, también hacia el lado más nortino del país, se llamó al billete de $2 como el hoja seca, debido al color pardo de su cara principal.
  • El Gringo o Congrio: En los años del Primer Centenario de la República, circulaba en Chile un billete fiscal de $5, cuyo reverso era de fondo blanquecino con diseños en rojo algo intenso. Por esta característica, el billete era llamado el gringo, pues semejaba mucho al aspecto de viajeros de países del Hemisferio Norte, principalmente los ingleses, cuya blanca piel se enrojecía con el clima de nuestras regiones. De hecho, a la gente pálida pero con tendencia a volverse coloradota, se le apodaba también gringo o gringa. Coincidía, además, que la lira o "moneda gringa" equivalía justo a $5 chilenos, en esos años. Por la misma razón, el billete fue llamado en la jerga popular chilena como el congrio, aludiendo al conocido pez que se caracteriza, entre otros detalles, por tener el vientre colorado.
  • El Equis: También es un billete de $10 de la primera década del siglo XX, que recibía este nombre por la X con el 10 romano alusivo a su valor. Es otro de los que aparecen mencionados en el diccionario de coa de Vicuña Cifuentes.
  • La Vaca: Era el billete de $20, llamado así inicialmente en el Sur y por delincuentes, pero después pasó al lenguaje coloquial chileno. Al parecer, se hizo sinónimo de un monto útil para alguna compra o instancia recreativa. No sabemos si guarda alguna relación con el origen a la expresión "hacer una vaca", referida a reunir entre varios y de manera expedita, un fondo para algún objetivo de interés común, pues ésta se ha empleado en otros países de habla hispana como México, donde se estima que su origen estaría en los sacrificios y consumos de vacas que antiguos peones de los campos hacían de cuando en cuando, debiendo después "hacer la vaca" con colectas entre todos los que participaron de la comilona, para reponerle el animal al rebaño de sus jefes.
  • El Científico: Se llamaba así al billete de $100 vigente hacia la misma época y todavía algunos años más, haciendo un juego derivativo de la palabra "cien" o "ciento" referida al valor del mismo, trasladada a científico.
  • La Media Luz: Nombre que se daba en los bajos fondos a un billete de $500, que circulaba en los años 30 a 40. Quizás haya sido una deformación de "media luca", y se podría tener su origen en el coa delincuencial del Norte de Chile.
  • El Pedrito: Fue un nombre de relativa popularidad dado hacia fines de los años 70 al billete de $500 pesos, por llevar el retrato del conquistador Pedro de Valdivia, aunque a la larga acabó imponiéndose el mote quina, especialmente cuando pasó a ser moneda acuñada. Circuló hasta los años de regreso de la democracia.
De arriba hacia abajo: el científico, la vaca, la hoja seca y el Pedrito.
OTRAS CURIOSIDADES NOMINALES Y ETIMOLÓGICAS
  • La costumbre de llamar plata al dinero: Proviene de la época en que eran acuñadas las monedas en este metal. De hecho, la propia palabra dinero proviene del denarius, moneda romana que se fabricaba en plata. En la América colonial era muy corriente la circulación de cuños de plata, por lo que el término ha permanecido con fuerza en el habla hispana.
  • Apodos relativos al material del dinero: Informalmente, se ha hablado del dinero definiéndolo de acuerdo a su material. Es el caso de la expresión tapla para la moneda de plata (con sus sílabas al revés, todavía utilizada en algunos círculos), Juan Dorado a las de oro y hojas a los billetes (hoja de palqui, hoja de álamo, hoja seca, según el color). Otras monedas han recibido su nombre sin mucha creatividad aludiendo al tipo de metal que soporta al cuño, como cobres o níqueles.
  • Los Oreros: Se denominaba así a quienes defendían la moneda tradicional de oro en contraposición a los billetes o papel-moneda, cuando estos últimos comenzaron a aparecer. Los oreros continuaron existiendo por largo tiempo, pues ya instalado el billete en el sistema, exigían oro como preferencia de pago, suponemos que hasta la desaparición de estas monedas de metal precioso.
  • Ablandar la plata: Según Medina, era "cambiar una moneda o billete de banco o fiscal de valor subido, por otros equivalentes al que representa".
  • El Cuero: Billeteras y monederos antiguos eran todos de cuero, por lo que el nombre de este material era el que se daba a todos los artículos que sirvieran para llevar dinero y que los delincuentes intentaran arrebatarle a sus víctimas, ya sea en forma discreta o violenta. Con el tiempo, se amplió el uso y se denominó cuero también al monto de $ 1, en moneda o en billete, quizás porque era el valor que más encontraban en billeteras, monederos o copuchas robadas.
  • El Óleo: se hablaba del óleo para el acto de repartir monedas en los bautizos (ver en nuestra próxima parte de esta serie, la tradición del "padrino cacho"), que más tarde se extendió al rito de repartir propinas entre un conjunto de personas, como recompensa o retribución por algún trabajo colectivo o favor.
  • Una moneda imaginaria del Chipe: Desde el siglo XIX y durante la primera mitad del siguiente, se hablaba entre los apostadores de una moneda imaginaria llamada chipe, nombre proveniente del inglés cheap (barato). Medina lo comenta en sus "Chilenismos: apuntes lexicográficos", señalando que el chipe se suponía de ínfimo valor y servía simbólicamente como base de una jugada de naipes, diciéndose, por ejemplo, "abrir con dos chipes". Aparece mencionada en la obra "Casa Grande", de Luis Orrego Luco, de 1908: "...Abro con dos chipes -dijo uno-. Hasta peso... que sean dos... me retiro... ¿Cartas?".
  • El peligro de Empapelarse: El empapelarse era cometer el pecado de la emisión excesiva de billetes o provocar la superabundancia de títulos, según se lo conocía en el mercado de valores (otro dato de Medina).
  • Moneda y billetes del Escudo: Cabe hacer notar que ciertas monedas y billetes han recibido su nombre asociado a las imágenes que dominan en su diseño, como el Escudo (con el blasón patrio), equivalente a 100 centésimos. La aparición del concepto del escudo en la numismática es muy temprana en la República: 1818, ni bien se logró la Independencia de Chile. Sin embargo, no fue hasta 1960 cuando apareció como moneda oficial en reemplazo del peso, en una medida para paliar los estragos de la inflación, manteniéndose vigente hasta 1975.
  • El vuelo del Cóndor en el sistema monetario: Su nombre deriva de esta ave en el cuño de las monedas de oro de $10 producidas a mediados de los 20. Sin embargo, cabe hacer notar que el ave de marras aparecía ya en las acuñaciones chilenas en las series de 1836. La moneda cóndor del siglo XX, particularmente la de aluminio de los años 50 y cuando estaba en la transición desde el peso (10 de ellos valían un cóndor), era de tamaño un poco grande aunque su proporción ya antes había sido utilizada en otras monedas (unos 3 centímetros de diámetro), por lo que a veces molestaba para su almacenamiento y transporte, comparado con su ligereza.
  • Las "Lucas": Aunque la alusión de las lucas es al billete de sólo $1.000, expresiones como "tener lucas" o "faltar lucas" se relaciona la disponibilidad particular de dinero, a tener un buen o mal respaldo financiero, respectivamente. Así, las lucas pasan a ser también sinónimo del dinero mismo, equivalente a la guita del lunfardo argentino.
  • El "Billullo": Se le denomina "billullo" a los billetes y, por extensión, a todo el dinero, funcionando de manera parecida a hablar de "lucas". Se cree que podría ser una combinación fonética entre billete y el nombre del alga conocida como cochayuyo, pero la denominación parece más un juego coloquial con la palabra. El modismo, sin embargo, ya parece estar rodando por la pendiente del retiro.
Impresión litográfica de monedas chilenas de la colección particular de don Francisco Javier Young. Publicado en el "Libro Internacional Sud Americano" de Alberto Márquez B., 1914.
DINERO Y LENGUAJE COA
Comentamos ya que el lenguaje coa o cova puede haber hecho sus "aportes" a este tema de nuestro interés. Corresponde a la jerga que utilizan los delincuentes chilenos, donde el dinero tiene también sus códigos importantes para el ambiente. Mezcla de español, mapudungún, inglés e influencias cruzadas con el lunfardo argentino y, más recientemente, con terminología de bajos fondos de Perú y Colombia, el coa puede haber tenido cierta influencia en el origen de motetes como chaucha, para la moneda que ya vimos en la parte anterior, así como conserva términos carcelarios muy antiguos tales como decirle "tapla" al dinero (plata, a la inversa). Dejo aquí un pequeño repaso de esos términos relativos al tema:
  • En el Coa antiguo: Vicuña Cifuentes estudió con profundidad el lenguaje delincuencial del coa en Chile, hacia 1910, y detectó muchas expresiones relacionadas con el dinero. Música, por ejemplo, se usaba para señalar una cartera con dinero. Ya se usaba acá el lunfardo guita, por cierto, para señalar dinero. "Andar grande" era tener dinero, mientras que "andar maduro" era llevarlo con uno. Chupón era el sujeto capaz de sacar plata con astucia o discreción, y granado el que la portaba; el copuchero era el que robaba sólo monederos (copuchas), mientras que el cuñero falsificaba monedas. "Matar los restos" era robarle dinero a un rico, pues en la mentalidad del delincuente robarle a un adinerado no es falta, ya que sólo "se le quita lo que le sobra". El peral cargado era el tipo que traía dinero y potencial presa, mientras que la veta era la caja fuerte o de caudales donde se guardaba dinero. Recortar ya era asociado entonces a quedarse ilegítimamente con parte de un dinero, especialmente entre los cobradores del tranvía. Por su lado, Echeverría y Reyes en sus estudios del coa nortino, detectó en 1934 palabras que aún se usan, como la luca del billete de $ 1.000 y molido, para referirse a montos de dinero fragmentados en monedas. Otros se perdieron, como filos, para identificar fardos o paquetes de billetes falsos; o se transformaron, como maletero usado para identificar ladrones de billetera, mientras que hoy se usa para los agresores a mansalva o con falta de códigos de honor en el enfrentamiento.
  • En el Coa actual: Los delincuentes actuales y exponentes de la subcultura "canera" tienen términos como tellebi para referirse al billete (al revés). Se habla del "turro de monedas" para referirse al pene, también (por la forma). De este ambiente provendrían términos relativos al dinero como ponerse (colocar un aporte de plata para algo), sablear (andar pidiendo dinero prestado o regalado, fingiendo interés en retribuirlo), machetear (pedir plata en calle o sitios de comercio, moneda a moneda) y cooperar (ser estafado con dinero o con una deuda, que se extendió a ser víctima de cualquier clase de pérdida material). Carterear y "trabajar a mano" es robar desde bolsillos, bolsos o carteras de sus víctimas; timbrar es tocar discretamente la ropa de la misma, sin que ésta lo advierta, para saber en qué parte lleva su monedero o billetera. Chantar se asocia al acto de "chantar la mano", es decir, despojar a alguien de su dinero, una vez que ha sido ubicado por el carterista. Saltar se ha hecho sinónimo de sacar dinero para alguna causa o compra, porque los asaltantes usaban la orden "salta con la plata", dada  sus víctimas. También hablan del dinero como el money, tomando el anglicismo que se ha ido traspasando también al lenguaje popular y corriente. El botín de un delito, usualmente se llama torta, pastel, tesoro o queso.
En la próxima parte de estos artículos, me daré el tiempo de revisar algunas creencias o tradiciones populares, supersticiones y mitos urbanos relativos a monedas, billetes y dinero chileno en general.

jueves, 23 de marzo de 2017

FOLKLORE Y NUMISMÁTICA DE CHILE (PARTE II): ETIMOLOGÍA E HISTORIA DE LA CHAUCHA

La chaucha de níquel que comenzó a emitirse en 1920. Esta moneda, además, pertenece a las curiosas series que llevaron en su sello la imagen de una hoz y un martillo en su diseño, desde antes que ambos símbolos quedaran definitivamente asociados al movimiento comunista internacional.
Después de haber visto los nombres que se dan en Chile a monedas y billetes en circulación actual, en la primera parte de esta serie de artículos, quizás lo esperable de este nuevo texto sobre folklore y numismática habría sido partir revisando los nombres antiguos que se daba a las unidades monetarias. Sin embargo, prefiero partir por la ilustre chaucha, porque merece realmente una atención especial, dada la vigencia que mantiene el concepto y también por la necesidad de demostrar que su origen es mucho más viejo de lo que a veces se ha sugerido.
Como sabemos, se habla en Chile de chaucha para referirse a cantidades exiguas, insuficientes o insignificantes de dinero, generalmente representada en las monedas de menor denominación o "vueltos".  Antiguamente, sin embargo, chaucha fue el nombre dado por la sociedad chilena a la moneda de 20 centavos, siendo la misma razón por la que ciertos monederos de bolsillo siguen siendo llamados chaucheras.
De la chaucha y su valor numérico provendrían también expresiones que han sido estudiadas por Oreste Plath ("Folklore lingüístico chileno") y otros investigadores. Entre ellas están: "no tener ni un 20" (andar sin dinero), "andar con puras chauchas" (traer puro dinero de baja denominación, de poco valor en su totalidad), "le falta una chaucha para el peso", "no vale una chaucha" y "cuida la chaucha, porque el peso se cuida solo".
ORIGEN DEL TÉRMINO
Echando un vistazo por la literatura, podemos ver que, en quechua según algunas fuentes, chaucha significaría algo así como inmaduro o incompleto, pasando a ser sinónimo de montos de dinero poco relevantes, muy escasos. Como "Papo del Perú que madura pronto", definía chaucha el "Novísimo diccionario de la lengua castellana" de Pedro Martínez López, en 1854.
Otras teorías aseguran que la palabra proviene del mapudungún (mapuche), para referirse a las papas jóvenes no maduradas o demasiado pequeñas. La sostienen -entre otros- Zorobabel Rodríguez en 1875, mientras que Rodolfo Lenz dice en 1895 que proviene de achawa, también mapudungún. Sin embargo, en sus "Reparos al Diccionario de chilenismos del señor don Zorobabel Rodríguez", el investigador Fidelis Pastor del Solar escribe al año siguiente:
"En quichua debe haber algún adjetivo chaucha, chaucha, que signifique tempranero, nuevo, precoz, porque además de significar chaucha una papa que viene temprano, conocemos una pepita de sandía tempranera que lleva el mismo nombre".
El mismo autor dice que ha oído decir a los huasos "mujer chaucha", a aquella que tiene parto precoz, y que los 20 centavos de entonces (acuñados entre 1852 y 1893) fueron llamados chauchas por el pueblo, "quizá por ser moneda nueva", mucho antes de la chaucha del siglo XX.
Por su lado, don José de Lázaro en "La España Moderna" de 1891, escribió:
"De donde resulta que significando chaucha, cosa a medio hacer, dio a los sabios una lección el vulgo chileno al llamar chauchas a las monedas de dos reales cuando sustituyeron a las antiguas pesetas".
Don José Toribio Medina, en su "Chilenismos: apuntes lexicográficos" de 1928, nos ofrece la siguiente definición para chaucha:
"Moneda de plata de veinte centavos, 'que los indios, tomando el mismo nombre con que las denomina nuestro bajo pueblo, creen que su único y especial título con que debe apellidarles, es CHAUCHA' - Cuadra, Ocupación y civilización de Arauco, 1870, p. 96. '¡Ni para desquitarme encuentro ahora un par de CHAUCHAS!' - Kloques Campos. || Moneda de plata de baja ley. || Patata temprana, o menuda que se deja para simiente".
Cierta creencia menos divulgada, sugiere que la chaucha puede haber sido llamada así también, porque era lo que se pagaba por el kilo de arvejas, papas o porotos chauchas (madurados pequeños). El valor de la especie se puede confirmar en documentación antigua, pero no algo que esté más cerca de demostrar la relación con el nombre de la moneda.
Por otro lado, en su "Manual del lenguaje criollo de Centro y Sudamérica" de 1931, Ciro Bayo dice que la moneda chaucha era llamada así también en Bolivia. Y cabe hacer notar también que, en Argentina, se llama aún chaucha a los porotos verdes, cortados antes de crecer como vainas, existiendo la expresiones "verde como chaucha" o "muy chaucha".
Monedas de 20 centavos, de arriba a abajo, emitidas en los períodos 1852-1862, 1863-1867 y 1867-1893. Fuente imágenes: Numismatica.cl.
EL ORIGEN DE LA MONEDA
Se cree que las monedas de níquel que en algún momento reemplazaron a las más finas de plata (y acaso intentando imitar su aspecto y brillo), fueron las primeras en ser llamadas peyorativamente chauchas por la sociedad chilena. Fue el punto de partida para tal denominación popular en la numismática.
Cierta versión dice que la moneda de 20 centavos acuñada a partir de 1942 y hasta 1953, al ser conocida como chaucha, fue la que dio impulso a tal concepto. Sin embargo, la expresión proviene del siglo XIX, como vimos. También hemos conocido un par de testimonios de antiguos habitantes nortinos de las salitreras en sus últimos años de auge calichero, quienes nos aseguraron que la idea de la chaucha existió en algunas localidades para referirse a fichas salitreras de poco valor en las pulperías y emporios que había en las oficinas mineras y campamentos.
La historia numismática chilena señala que hubo varias acuñaciones de monedas de 20 centavos desde que se entró al sistema decimal. Encuentro los períodos de emisión y vigencia en el excelente sitio Numismática Chilena (numismatica.cl), que me ha sido de enorme utilidad en varias ocasiones:
  • 1852 - 1862 (plata)
  • 1863 - 1867 (plata)
  • 1867 - 1893 (plata)
  • 1895 - 1920 (plata)
  • 1920 - ? (cobre-níquel)
  • 1942 - 1953 (cobre)
Y así, presente la chaucha por casi cien años en la historia de la sociedad criolla, las guitarreras y los chinganeros le cantaban esta cueca chilena a la moneda:
Cuando estuve en el norte
vendí mujeres,
tres y cuatro por chaucha
como alfileres
O bien, cantaban esta otra chilena, también recopilada por Fernando González Marabolí:
Dicen que estorba, sí
sin una chaucha,
y eso también es pior
que mascar laucha
La chaucha de los años 40 fue, entonces, la última emisión de monedas de 20 centavos, pues la generación siguiente de cuños en 1960, reformó el sistema pasándolo al de céntimos y escudos, que se mantuvo hasta 1975.
De arriba a abajo, los 20 Centavos de plata de 1895-1920 y los de cobre 1942-1953. Fuente imágenes: Numismatica.cl.
LA REVOLUCIÓN DE LA CHAUCHA
La chaucha hizo historia y dejó algo de sí por los capítulos de los movimientos sociales en nuestras bibliotecas.
La Revolución o Huelga de la Chaucha fue una doble jornada de protestas y manifestaciones callejeras, sucedidas en Santiago durante los días 16 y 17 de agosto de 1949, en el Gobierno de Gabriel González Videla. Este episodio tuvo grandes despliegues de violencia y una dura respuesta de parte de la autoridad. Desde un punto de vista crítico e interpretación política personal, fue descrito por el auditor Leonidas Bravo en sus famosas memorias, habíendo sido testigo de aquellos hechos.
La revuelta de la chaucha estalló luego de que la Dirección General de Transporte y Tránsito Público, anunciara el alzamiento en 20 centavos al transporte en los tranvías, empeorando la crispada irritación que existía entre grupos de izquierda contra el oficialismo, que les había dado la espalda. Se recordará que, a la sazón, la moneda de 20 centavos vigente y que era equivalente precisamente al valor del alza, ya era identificada como la chaucha.
Los enfrentamientos se dieron entre la fuerza pública y los estudiantes y obreros alentados por dirigentes. Fueron respondidos, en parte, con el agresivo clima anticomunista que rondaba a los días de la Ley Maldita, por lo que escalaron encarnizándose con el correr de las horas. De esta manera, la famosa huelga acabó con varios civiles muertos y cantidades de heridos en los hospitales. Así, la pobre y humilde chaucha se manchó de sangre...
El contexto de la Revolución de la Chaucha es considerado uno de los episodios infames de la historia de Chile, a pesar de haber sido desatado precisamente por un valor monetario; un alza del transporte colectivo, para ser más exactos. El saldo positivo de la revuelta, sin embargo, fue que el Gobierno en parte debió dar pie atrás con el alza y anular el proyecto de ley del alza de los 20 centavos para los estudiantes, en lo que algunos consideran hasta ahora un loable triunfo de las movilizaciones ciudadanas en la historia social chilena.
Incidentes de la Revolución de la Chaucha de 1949.
OTROS NOMBRES DADOS A LA CHAUCHA
Se sabe también que la moneda chaucha fue conocida con otros nombres curiosos a lo largo de su historia (tal como sucede con monedas y billetes actuales), o al menos lo fue el valor de los 20 centavos. Encontramos, de este modo, que era motejada con varias otras etiquetas, algunas surgidas desde el lenguaje coa de los bajos fondos o de algún cruce con el lunfardo argentino.
Repasando algunos de esos nombres datos también a la moneda de 20 centavos o chaucha, tenemos estos ejemplos que nos hablan de la popularidad y lo común que era, dada la variedad de denominaciones que recibió del pueblo:
  • Calandria: El investigador Aníbal Echeverría y Reyes observa que otro nombre dado en el coa nortino para definir la moneda de 20 centavos, era calandria, refiriéndose al valor que circulaba en los años 30. Supongo que la comparación con el ave se debe a un asunto de colores y proporciones.
  • Chilindra: En el Norte de Chile también se le denominaba chilindra a los 20 centavos, palabra derivada de chilindrina y que generó frases ya en desuso pero por el mismo significado, como "no valer una chilindra", cuando se señala el escaso o nulo valor de algo. El concepto de chilindrina aplica a algo de poca importancia, valor o significado.
  • Chirola: Usada en alguna época clásica, pero que Medina ya la detecta en desuso en los años 20. Quizás provenga del lunfardo argentino, pues se han escuchado expresiones parecidas por tierra platense.
  • Cobre: Si bien existieron monedas de 1 y 2 centavos de cobre hacia 1910, la chaucha de la famosa huelga fue, en algún momento, también una moneda llamada cobre, por su material, lo que podría haber fomentado desde ella misma la expresión "no tener ni un cobre", para referirse a andar desfinanciado o sin un mínimo de respaldo de dinero siquiera.
  • Estrella o Estrellita: Se usaba para ellas más o menos hacia inicios del siglo XX, y se supone que las llamaban así por su brillo, aunque también se extendió el apodo a otras monedas y, más tarde, se lo hizo sinónimo de dinero en general. En la jerga de delincuentes y hampones se hablaba también de "ir a mirar las estrellas" para referirse al acto de contar dinero de un botín o una plata que es necesario mantener lejos de la vista de otros, por razones de seguridad o de discreción.
  • Veinte: Aludiendo obviamente al valor, la moneda fue conocida como el veinte, y quedó inmortalizada en la expresión "no tener ni un veinte", que significa lo mismo que "no tener ni cobre" o "no tener ni una chaucha".
En la próxima parte de esta serie de artículos sobre folklore y numismática, repasaré un poco sobre las denominaciones populares que, al igual que sucedió con la chaucha, la gamba o la luca, se han dado a monedas y billetes pero que ya no existen.

martes, 21 de marzo de 2017

FOLKLORE Y NUMISMÁTICA DE CHILE (PARTE I): NOMBRES POPULARES QUE SE DA A MONEDAS Y BILLETES ACTUALES

Esta es otra de las muchas materias que había querido meter acá en el blog, pero que, por sucesivas postergaciones, no había podido completar: los rasgos de folklore, costumbrismo y tradición popular asociados  a monedas y billetes de circulación chilena, partiendo por los que están en actual uso.
Hago notar introductoriamente que, por un lado, hay una fuerte relación de cada moneda con la nación donde se emita y circule (un símbolo, un distintivo para el imaginario y la identidad entre los pueblos); y, por otro, hay una intensa relación cotidiana -diaria e inevitable- del hombre común con las piezas monetarias, las alegrías y las penas que provoca el dinero en la inspiración humana. Todo esto implica el surgimiento de contenidos para instancias propias en el costumbrismo y la cultura popular también en ámbitos monetarios, a pesar de que vivimos cada vez más cerca de dinero digital y de las transacciones electrónicas, no sé si para bien.
Advierto desde ya que reservaré, para las próximas partes de esta misma serie, otros temas relacionados al mismo concepto del folklore en la numismática, como: el origen de la moneda chaucha, nombres dados a billetes y monedas antiguos, mitos urbanos o creencias, dichos y refranes populares, curiosidades en la historia monetaria chilena y hasta una pequeña selección de chistes clásicos basados en temáticas del dinero.
El texto que ahora publico es sólo un registro de los motetes más conocidos que damos coloquialmente a las monedas y billetes actuales, entonces.
APODOS DE MONEDAS ACTUALES
Quizás no aporte mucha novedad con este artículo, pero será mi punto de partida para ingresar a estos caudales del folklore numismático que iré ampliando en las próximas partes. Vamos las monedas, entonces:
  • $1: Cacho / Pepa / Unila. El apodo de cacho, refiriéndose a fragmento o sobra, proviene del haber sido siempre una moneda de baja denominación y poca utilidad; un cacho para llevarla y encontrarla en los bolsillos, o para utilizarla en alguna compra. Hubo un tiempo en que se le llamó -despectivamente, también- pepa, por su diminuto tamaño. La producción de esta moneda estaría cayendo en receso, actualmente. La unila se utilizaba más en las cuentas o recuentos de monedas, pues es un nombre que se da al número 1 en la jerigonza de los estratos populares chilenos.
  • $5: Cinco / Botón. También se la toma por moneda de escasa utilidad para su uso en comercio o pagos en general, por lo que es llamada peyorativamente el cinco o bien botón, por su forma poligonal y proporciones parecidas a una pieza así. Aunque la expresión "No tengo ni un cinco" es internacional y parece habernos llegado como importación, encaja bastante bien en nuestra realidad actual, gracias a la presencia de esta vilipendiada y desdeñada moneda. También se está en vías de retirar esta pieza, por los costos de fabricación que superan su valor por cada cada unidad.
  • $10: Sota / Pal Chanchito / Diablo. Aunque está en franco retroceso el uso de esta denominación popular, la comparación con la sota provendría del naipe español (el paje, con el número 10), aunque también se llamaba así a billetes de $10 que circularon en Chile por los años del Primer Centenario. Ha aparecido más recientemente la expresión una pal chanchito, entre usuarios más jóvenes, relacionándola con las monedas que más se guardan en una alcancía. El diablo o diablito, también en total desuso, podría haber estado relacionada con el coa carcelario o bien con la jerigonza de rotos y de ambientes más recreativos chilenos, que llama así al número 10 en una cuenta numérica o en las apuestas.
  • $50: Bernardito. Aunque las monedas de $1, $5 y $10 también llevan el rostro de don Bernardo O'Higgins en la cara acuñada, por alguna razón se asoció principalmente esta moneda a su perfil, siendo denominada Bernardito cuando fue cambiado el billete de $50 por la actual moneda. Con el tiempo, sin embargo, el efímero apodo ha pasado también al desuso.
  • $100: Gamba / Ficha / Machi. Se cree que el apodo gamba se relaciona con el color rojizo y amoratado del antiguo billete de $100 usado hasta los años 60, pues el pueblo lo habría asociado al color de las gamas o langostinos. Sin embargo, se recordará que la palabra gamba de origen italiano, se refiere a pierna, haciéndosela sinónimo en el habla hispana también al pie, por lo que quizás guarde relación con alguna forma de transportar estos viejos billetes o monedas. Al parecer, cierta expresión italiana se refería antes también a la "media gamba", para referirse a la mitad de un monto de dinero. Hay quienes ven su origen, en cambio, en el lenguaje lunfardo argentino, en donde también se lo empleaba, por lo que sería un derivado de expresiones gambetear o gambear (evadir con agilidad, andar raudamente a pie). Lo de llamarle ficha era quizás por asociación a las fichas de las pulperías en las salitreras nortinas (había una moneda de 2 1/2 centavos así apodada ya hacia fines del siglo XX), o bien porque antaño se la usaba mucho en máquinas de entretenciones o en teléfonos públicos. El menos conocido apodo de machi, deriva de la mujer con atuendos mapuches que aparece en la cara de la actual versión de la moneda.
  • $500: Quina / Euro Mula. Se trata de una abreviación de quinientos esto de llamarle quina. Es mucho más antiguo de lo que pudiera creerse, pues Julio Vicuña Cifuentes ya identifica el uso de esta palabra entre los delincuentes chilenos, como observa en sus estudios de 1910 sobre el coa, señalando que era la denominación dada entonces a los billetes de $5. Cuando salieron emitidas las versiones más recientes de la moneda de $500, se les apodó por un tiempo como el euro chanta o euro mula, pues varios notaron ciertas semejanzas de su diseño con el de las monedas europeas.
Monedas chilenas actuales (Fuente imagen: globalexchange.es).
BILLETES ACTUALES
Al igual que sucede con las monedas, los billetes han ido adquiriendo nombres particulares a lo largo de la historia, siempre poniendo atención en su valor, diseño o características materiales. Puede que el mencionado lenguaje coa que veremos en otro capítulo, haya influido en el origen de parte de esta terminología, así como sucede que muchos apodos que se les dan en Chile, se usan también en otros países de habla hispana o bien suenan bastante parecidos, por lo que debe haber un asunto de importaciones y exportaciones de expresiones en estos casos:
  • $1.000: Luca / Lucrecia / Ignacio / Nachito / Milico. El nombre luca proviene de la España del siglo XVIII, desde donde llegó a tierra americana hacia fines de la Colonia. Se dice que el nombre que se daba en la Península a cierto tipo de monedas era pelucona o pelucón, debido a la apariencia y artículos que usaba el retratado en la cara, de la realeza y con pelucas. Otra teoría dice que el mote se remonta a tiempos posteriores, cuando tener mil escudos era asociado a la suerte y la fortuna, al luck en ingles, pasando a convertirse en luca (¿Alguien recuerda el amuleto casero de un elefante de loza, al que se le metía un billete de $1.000 enrollado en cavidad que hacía su trompa doblada?). El uso en Chile del mismo término fue reduciéndolo hasta quedar asociado al billete de $1.000 y al monto, que con el tiempo ha ido siendo apodado también como Lucrecia, convirtiendo en nombre propio el viejo motete. Sin embargo, en el lunfardo argentino se hablaba también de la luca, probablemente como una palabra tomada y adaptada de otra usada en el dialecto gitano caló para identificar ciertos valores monetarios, siendo importada de desde España hasta América. Como el billete lleva en Chile un retrato del héroe de la Guerra del Pacífico don Ignacio Carrera Pinto, se le llama también Ignacio o Nachito y, muy ocasionalmente, Milico, haciendo un juego entre su valor numérico y la profesión del personaje, además del color.
  • $2.000: Manuelito / Manolo / Jinete. No son apodos tan populares, pero tanto Manuel y Manolo se refieren al retrato y dedicatoria del billete al prócer de la Independencia don Manuel Rodríguez. Muy ocasionalmente se habla del billete también como el jinete, aludiendo a la silueta del monumento ecuestre del mismo héroe que aparece también en el diseño billete y que está basado en su estatua del Parque Bustamante, de Santiago.
  • $5.000: Gabrielita. Se debe al retrato de la poetisa Gabriela Mistral en el mismo, y la connotación cariñosa para referirse a la Gabrielita quizás deriva del hecho de que, además de la simpatía que despierta aún la obra y la figura de nuestra primer Nobel de Literatura, este papel moneda fue el billete de mayor valor en circulación en el país, por algunos años. Ella es, además, el primer personaje histórico femenino que se ha retratado en un billete chileno.
  • $10.000: Arturito / Azulito. Se relaciona el nombre Arturito con el retrato del héroe de Iquique retratado en él, el Capitán Arturo Prat, y azulito por el color que distingue a este papel moneda tanto en su versión de 1989 como la actual. Un héroe tan querido como el mismo billete, con fama de "salvador", aunque cabe recordar que había sido recuperado en el diseño sólo con la emisión hecha a fines de los años 80, tras un período de años totalmente ausente en los impresos de la Casa de Moneda.
  • $20.000: Andresito / Un Bello. Tanto las denominaciones Andresito como Bello, se relacionan con la figura del insigne intelectual venezolano-chileno Andrés Bello que aparece en el billete, retratado y homenajeado en el mismo billete. Aunque no es de uso masivo, lo de Bello puede tener cierta connotación de cínica admiración por el billete, dado su más alto valor dentro de los de circulación actual en Chile desde 1998 hasta nuestros días.
Cara frontal de los billetes chilenos en actual circulación.
MONTOS DE DINERO
He reservado una tercera categoría a los nombre que reciben no las monedas ni los billetes propiamente tales, sino los montos específicos de dinero, independientemente de su composición. Son denominaciones para el abstracto numérico y no para el significante material monetario, dicho de otra forma:
  • $100: Gamba, por la misma razón que a la moneda. Hubo una época, antaño, en que se hablaba también de Un Pasaje de Micro cuando había $100 en la mano, por corresponder aproximadamente al valor que costaba el boleto de la locomoción colectiva de entonces, aunque parece ser que esta identificación no fue muy popular.
  • $500: Quina, por la misma razón que a la moneda.
  • $1.000 Luca o Lucrecia, por la misma razón que al billete. En ciertos círculos universitarios de principios de los años 90, además, se apodaba al monto o valor de mil pesos como Un Terminator, aludiendo al espectacular personaje del robot T-1000 del filme "Terminator II", estrenado en esos años con éxito total de taquillas, pero esto fue muy efímero y local (lo vimos en el barrio universitario de Parque Almagro).
  • $100.000: Gamba Grande. Una gamba grande, a veces señalada impropiamente como gamba a secas, corresponde sólo a la traslación del concepto de la gamba para el billete o monto de $100, pero ahora multiplicado por 1.000. Curiosamente, en el pasado se llamaba también gambas a los pies grandes, por lo que se ha hecho sinónimo de pies humanos.
  • $500.000: Medio Palo / Media Guata. Ambas denominaciones informales se deben al nombre que recibe el millón de pesos, como veremos abajo.
  • $1.000.000: Palo / Guata / Guatón. El mote palo podría deberse a la asociación con sacarse algún premio de sorteo o lotería, es decir, "darle el palo al gato", y quizás se origina en el lunfardo argentino, donde también se utiliza. Está presente en ciertos países de América Latina. Ciertas creencias suponen que provendría del italiano, y que el "palito" aludido es el 1 de la cifra 1.000.000. La razón de llamarle guata y guatón, en cambio, podría ser por una antigua propaganda de juegos de azar que ofrecía premios millonarios llamados "gordos" y "gorditos". Sin embargo, se sabe que en España se le llamaba kilo al millón de pesetas, lo que pudo haber derivado también en la idea de algo gordo y pesado asociado a la cifra.
  • US$1.000.000: Palo Verde / Guatón Verde. Llamar palo verde o guatón verde al millón de dólares es una mera traslación del mismo número pero esta vez compuesto de dólares. Obviamente, si bien la cifra es la misma, la equivalencia de conversiones entre pesos y dólares hace mucho mayor a esta última. Tradicionalmente se ha hablado de verdes para referirse a los dólares, como sabemos.
  • € 1.000.000: Europalo. De uso restringido y reducido aún, corresponde a sólo una fusión entre las palabras Europa y palo, para señalar un millón de euros. Se las hemos oído sólo a turistas chilenos que viajan a la Unión Europea, aunque en ciertos países de habla hispana ya se habla del Palo euro para referirse a la misma cantidad.
En la próxima parte de esta serie sobre folklore monetario, veremos algo sobre las denominaciones que se daban antiguamente a monedas y billetes ya retirados, partiendo por la alguna vez popularísima chaucha.

domingo, 19 de marzo de 2017

LUZ Y SOMBRA DE LA PARROQUIA DE SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES EN REÑACA Y SU CAPILLA DE SAN EXPEDITO

La primera Parroquia de Santa María de los Ángeles de Reñaca (1962-2000). Imagen publicada en website de la propia parroquia.
Coordenadas: 32°58'26.91"S 71°32'40.34"W
Una buena amiga me convenció, hace unos meses, de pasar a un sitio al que yo había rehuido desde que fuera inaugurado, en todas las ocasiones que tuve para visitarlo: el de la Parroquia de Santa María de los Ángeles, en Reñaca, en Viña del Mar. Lo evitaba, quizás, alérgico a sus líneas demasiado modernistas y vanguardistas, poco asimilables para quien esté acostumbrado a la observación de los edificios más tradicionales y conservadores de la arquitectura religiosa. Por sobre todo, sin embargo,  lo hacía recordando la polémica que generó la demolición del anterior edificio que ocupaba este mismo espacio, destruido precisamente para darle lugar al nuevo.
La parroquia se encuentra en el inicio de calle Borgoño llegando a Vicuña Mackenna, en el camino de entrada a esta localidad y alzándose al pie de las lomas del Jardín del Mar, justo donde está el geoglifo moderno de la Gaviota de Reñaca. Imposible no verlo o perderse intentando llegar a él, entonces.
Su origen, o más bien el de la anterior parroquia, se puede rastrear entre los antecedentes de Reñaca siendo zona suburbana y de fundos al Norte de Viña del Mar, que pertenecían originalmente a célebres familias locales como los Vergara. Esto era mucho antes del boom turístico, residencial y comercial que hoy caracteriza al lugar, iniciado recién con los años 80. Más exactamente, los loteos comenzaron hacia los años del Primer Centenario, con antiguas y elegantes casonas de influencia germano-británica, hasta donde residían o vacacionaban familias más bien acomodadas. Muchas de ellas fueron de corta duración, como veremos, pero modificaciones posteriores y el aumento del rasgo residencial hizo necesaria la instalación de una parroquia propia, precisamente ésta.
Bien, debo admitir que hay mucho de interés en este edificio... "Negarse es limitarse", dicen por ahí, de modo que mi forma de compensar este desdén personal mantenido contra él, será publicando algo acá dedicado a este sitio, precisamente.
La parroquia antigua, en sus últimos años. Fuente imagen: Soychile.cl.
Etapas de desmantelado y demolición del edificio, seguida de la colocación de la primera piedra del nuevo templo. Imágenes publicadas por El Mercurio de Valparaíso.
El actual edificio de la Parroquia de Santa María de los Ángeles.
Vista lateral de la parroquia. A la derecha se ve parte de la Capilla de San Expedito y sus miles de placas colocadas por devotos, y en la explanada se observan las estatuas de los santos chilenos Santa Teresa de los Andes y San Alberto Hurtado.
Acceso principal o Puerta Santa del actual edificio.
EL PRIMER TEMPLO
Muchos habitantes de este concurrido balneario recuerdan el edificio anterior, de líneas neocoloniales y un buen toque de estilo mediterráneo en su blancura, con techos rojizos. Unas 140 a 180 personas sentadas cabían en él, lo que le hacía un espacio más bien pequeño, aunque era fácil verlo y reconocerlo a un lado de avenida. Exteriormente, destacaban sus arcadas y su elegante torre del campanario, aderezadas por árboles y jardines.
A pesar de su aspecto engañosamente clásico, este primer edificio de la parroquia no era tan antiguo como pudiese pensarse. Había sido reconvertido en junio de 1962, por iniciativa del entonces Obispo de Valparaíso, Monseñor Emilio Tagle Covarrubias, complaciendo el deseo de muchos feligreses de la comunidad del balneario, coincidiendo con el inicio de un período de grandes cambios que afectaban al mismo y que fueron configurándole el rasgo de exclusividad residencial y modernidad urbana que hoy se le reconoce.
Debe recordarse que, para entonces, muchas de las necesidades administrativas de Reñaca dependían de Valparaíso o Viña del Mar, incluido el servicio religioso. Esto comenzó a cambiar connaturalmente, cuando se demolían la mencionadas primeras casonas de descanso, hacia 1950 ó 1960, y en su lugar aparecerían poco a poco edificios con niveles comerciales, villas residenciales y conjuntos de departamentos. Todavía faltaba para la explosión hotelera e inmobiliaria que hoy puede observarse, por supuesto.
El lugar elegido para el templo de la creciente comunidad era el mismo en que, desde aproximadamente 1945, existía una pequeña y sencilla capilla, un tanto rústica, cubierta con techados más bien ligeros y sostenida con postes a los que después se adicionaron muros perimetrales, sobre una terraza de sillería donde se realizaban ceremonias y encuentros religiosos locales a cargo de la Parroquia de Nuestra Señora de los Dolores de Viña del Mar. Este sitio, mismo del actual templo, estaba por esos años al lado de unas canchas y unas caballerizas que desaparecieron con la construcción y ampliación del complejo religioso. Se recuerda que tenía una vista limpia hacia las playas, enfrente del mismo.
La parroquia respectiva para Reñaca fue creada paralelamente, a partir de un grupo desprendido de la mencionada Parroquia de Viña del Mar, aunque desconozco si esto tendrá alguna relación con las inclinaciones de voluntad que han tenido algunos habitantes de Reñaca, con respecto a separarse administrativamente de Viña del Mar, incluso estudiándose la posibilidad de ser considerada comuna propia. Lo cierto es que el primer párroco de la flamante sede elegido por Monseñor Tagle, fue el Presbítero Julio López de Aréchaga Vega, quien se mantuvo en el cargo hasta 1996.
Fue el flamante párroco quien transformaría la antigua capilla en la joyita neocolonial. Al rudimentario templito se le hicieron varias modificaciones durante su larga función de casi 45 años, dándole así el aspecto que mantuvo hasta el final y que permitió convertido en uno de los edificios turísticamente más interesantes de Reñaca, mientas existió allí.
Imagen de la crucifixión y pila de agua bendita en el recibidor.
Pasillo alrededor del lado posterior del templo.
Sala-nave única al interior del templo.
Vista de la sala desde el lado opuesto.
Paneles laterales con vitrales de Santos y Apóstoles.
LA DESTRUCCIÓN
Sin embargo, como la población de Reñaca continuó creciendo y el vetusto templo quedaba pequeño para las necesidades de la población creyente, especialmente en los veranos, se comenzó a discutir la idea de reemplazarlo por uno más funcional y moderno. La oportunidad vino con la partida de López de Aréchaga, quien siempre había profesado un amor y compromiso personal por esta obra.
Sucedió, así, que en  agosto del año 1997, el Obispo de Valparaíso, Monseñor Jorge Medina nombró como nuevo párroco de Reñaca al Presbítero Enrique Opaso Valdivieso, dándole instrucciones precisas de completar la construcción de un nuevo y mejor templo para la comunidad creyente del balneario.
Originalmente, se evaluó hacer esta obra un terreno ubicado en el sector Las Golondrinas, vecino a Concón, y en otros donados por la Armada de Chile. Pero este proyecto  fracasó casi haciendo naufragar el deseo del Obispado. Al final y tras muchas discusiones, se concluyó en usar el mismo que ocupaba el complejo anterior y proceder a demolerlo. Recién el año 2000 y tras varias disputas, pudo iniciarse esta tarea que privó a Reñaca de uno de sus más bellos referentes.
Agobiado por las noticias y las fotografías publicadas mostrando la destrucción de su querido templo, su anciano primer párroco escribió una carta en "El Mercurio de Valparaíso", haciendo sus descargos el 24 de diciembre del año 2000:
"Todo cambia, cambian las gentes, se derrumba muros -decía en ella-. Cuántos niños, fiestas, kermess, competencias en la playa, mamás, ancianos que buscaban la tranquilidad del escaño para un rato de descanso, quizás si una meditación bajo el alero tejado mirando la cruz y su pileta con enormes hojas de pangue".
Continuaba recordando con gran congoja, allí: "Tu primer párroco te recibió cuando no eras más que una Capilla desde donde podía observarse algunas casas que cobraban vidas sólo en verano y ver extenderse la playa de una a otra puntilla". Y, finalmente, remataba casi golpeando a la Diócesis de Valparaíso: "Imágenes que se van desdibujando cediendo paso al progreso. ¿Cómo quejarse?. Es la vida, también toca a las cosas y nos duele".
El proyecto, de este modo, generó una gran controversia y la resistencia de muchos patrimonialistas reacios a aceptar la destrucción del templo anterior, además de tres largos años de espera de los permisos correspondientes que no estuvieron exentos de más polémicas y debates. De todos modos, su primera piedra pudo ser colocada en mayo de 2001, conteniendo mensajes, nombres y deseos de los feligreses y colaboradores del controvertido nuevo templo.
Presbiterio y altar mayor.
Cruz de Cristo, colgando sobre el altar.
Figura de la Virgen en el Altar Mayor.
Relicarios de Santa Teresa de los Andes y San Charbel.
Los artísticos vitrales que rodean la línea de vanos superiores.
EL NUEVO TEMPLO
Sólo entonces pudo darse inicio a la construcción del nuevo edificio, con ingeniería a cargo de Oscar Mehech Haleby. En los planos habían participado los arquitectos Alberto Cruz Covarrubias, Álvaro González Embry, Felipe Murillo Ramírez, Francisco Vivanco Fierro, Guillermo Parra Silva, Gustavo Hernández Flaño, Harken Jensen Vivanco, Juan Pablo Scarella Gutiérrez, Pablo Vergara Rojas y Raúl Solís Figueroa.
Prácticamente, la totalidad del financiamiento  de los trabajos corrió por cuenta de los aportes de muchas familias que son homenajeadas en el placas al interior del mismo edificio y por campañas de erogación popular, ya que el proyecto no contó con apoyo de la Iglesia. Esto sucedía, además, en plena crisis económica mundial de fines de los años 90 y parte de la década siguiente.
A pesar de las señaladas dificultades y retrasos, las obras quedaron concluidas el 12 de junio de 2002, siendo Obispo de Valparaíso Monseñor Gonzalo Duarte García de Cortázar, Obispo Auxiliar de Valparaíso Monseñor Santiago Silva Retamales, y aún como Párroco el propio Opaso.
Con una planta construida en forma de ojal y contornos redondeados por toda su geometría de unos 50 por 30 metros, sus líneas arquitectónicas modernistas parecen excesivas, a juicio de algunos críticos. Domina el hormigón ocre, líneas orgánicas, vanos escurridizos y geométricos, grandes armazones modulares interiores, mucho empleo de madera en divisorias y artesonados, etc. Nada, absolutamente nada en el nuevo edificio, recuerda vagamente siquiera al anterior.
Este templo puede albergar hasta 1.000 personas, en 850 asientos-puestos en su interior. Consta de una nave-sala con pasillo parecido a un deambulatorio pero alrededor de la cara posterior de la misma, y está bien iluminada, con grandes vitrales internos representando a Santos de la Iglesia Católica, distribuidos en vanos y paneles. Sus muros interiores ofrecen el material de hormigón desnudo en algunos tramos.
La ornamentación e iconografía religiosa es interesante, incluyendo efigies de la Virgen con los Ángeles en el altar mayor con el Cristo en la Cruz de fondo, colgante, además de arcángeles, cruces de madera de lenga, crucifijos de los apóstoles en los postes (exigencia de consagración), escenas del bautizo de Cristo frente a la pila bautismal y del Cordero de Dios junto al presbiterio.
Las estaciones del Vía Crucis, en tanto, fueron hechas por la artista Jimena Lira, y las tallas en madera de la Cruz principal, Jesucristo, la Virgen María y el Sagrario fueron realizadas por el escultor Ricardo Morales, gracias al financiamiento de la Fundación Edmundo Eluchans Malherbe. Por el suelo también vemos baldosas con la representación paleocristiana del ictus (pez). En la entrada está una representación de la Crucifixión con una pila de agua bendita sostenida por ángeles, donada por un par de anticuarios.
En el templo existen también reliquias de Sor Teresita de Los Andes, regalada por el Obispo Duarte de Valparaíso y dispuesta en el tabernáculo del presbiterio, y reliquias del cuerpo incorrupto de San Chárbel Makhlouf, donada en 2011 desde El Líbano por el sacerdote maronita Philippe Yazbek, realizándose por el santo una misa acá en los días 22 de cada mes.
Por otro lado, se pueden encontrar en los muros representaciones y figuras de la Virgen de Luján, la Sagrada Familia, la Cruz de Chile y un gran cuadro del nacimiento de Cristo imitando el estilo bizantino, además de otros vitrales con imágenes de la Virgen de la Covadonga y San Pío. Al exterior, en la explanada, hay una figura escultórica de San Alberto Hurtado y otra de Santa Teresa de Los Andes, junto a las escaleras de ascenso externo.
La relación del edificio con la ciudadanía ha sido buena, en general: se ejecutan peregrinaciones para el Vía Crucis de Semana Santa, por ejemplo, desde la playa hasta el templo. Empero, como si el recuerdo de la demolición no alcanzara para las amarguras, nuevas críticas a la administración parroquial se han escuchado en años posteriores, quizás por su clara tendencia publicitaria con que enfrenta la labor pastoral local, que incluyó poner parlantes en el exterior del mismo edificio religioso, incorporar emblemas del club de fútbol de la provincia, disponer el lugar a ceremonias laicas, meterle música o baile contemporáneos y realizar de ceremonias litúrgicas en las arenas de la playa, buscando atraer público más joven a los reclinatorios y los confesionarios.
Consuela al menos que, con estos cambios, su espacio ha sido sede de las Temporadas Musicales de Reñaca en los veranos, y también escenario de los Conciertos de Extensión, lo que parece bastante positivo y más sincero que otros experimentos realizados allí.
Antigua figura policromada de San Expedito, tras el acceso al templo.
Capilla de San Expedito en el exterior del templo, junto al acceso al velatorio.
Interior de la Capilla de San Expedito.
Altar de la capilla y sus innumerables placas de agradecimiento.
LA CAPILLA DE SAN EXPEDITO
Al exterior del templo parroquial, en su explanada junto a la avenida Borgoño y al lado del acceso por el lado del velatorio, existe uno de los principales centros de devoción chilenos para la popular figura de San Expedito, el supuesto mártir cristiano del siglo III ó IV que -se dice- era un legionario romano, convertido al cristianismo en Armenia, razón por la que acabó ejecutado junto a otros de sus correligionarios y sepultado en las catacumbas de la plaza Denfert-Rochereau.
Su figura central en el altar es una vitrina con la imagen del santo tras un cristal. Las placas de agradecimiento por "favores concedidos" copan cada rincón de este espacio, contándose por miles. Como santo patrono de las causas justas pero especialmente de las que necesitan mayor urgencia (algo relacionado con el nombre que le da su leyenda), San Expedito se estaba volviendo uno de los santos más populares de Chile y de varios otros países, cuando coincidió que se asoció su identidad a esta iglesia. Tanto es el fervor encendido acá, que ha quedado prendido el lugar a su identidad, al punto de que algunos conocen a la parroquia como la Iglesia de San Expedito, no siendo tal, aunque sí es cierto que el nuevo templo también está consagrado al santo, de alguna manera.
Aunque no estoy del todo convencido, incluso se cree que fue aquí desde donde partió la mayor masificación que ha recibido la veneración por el mártir en Chile, en un curioso fenómeno de adopción y difusión donde habrían tenido participación sectores acomodados o conservadores más de la ciudadanía, decantando así el culto. No es misterio que San Expedito es uno de los santos favoritos de los estratos más pobres en nuestros días, con templitos y capillas dispersas por casi todo el país.
Tenemos versiones contradictorias también sobre la presencia del culto a San Expedito en el anterior templo parroquial de Reñaca, pero todo indica que fue adoptado formalmente para este lugar como parte de las modernizaciones culturales que promovió el propio Presbítero Opaso, para atraerle "clientela" a la parroquia según sus críticos.
A mayor abundamiento, la leyenda cuenta que este altar para San Expedito lo hizo construir el párroco luego de haber fracasado la primera votación del seccional Las Cañitas, para usar el terreno donado por la Armada. Tras al revés, se habría encomendado exitosamente al santo para salvar el proyecto, por recomendación de una devota, retribuyendo el favor concedido con esta capilla.
Sin embargo, la elección arbitraria y un tanto populista del santo, la admite el mismo Segundo Presbítero en una entrevista posterior, en la que reconocía que ni siquiera conocía algo de San Expedito cuando decidió incorporar la capilla a las obras del edificio, el año 2000, sólo como carnada para la suscripción de devotos.
Dentro del propio templo, cabe indicar, hay una imagen de San Expedito parecida a la que está en la capilla, pero en talla de madera policromada y que, según una placa informativa a su lado, fue fabricada en el siglo XVI. Se la puede observar dentro de una vitrina, a un costado del ingreso al templo y de cara a otra figura correspondiente a la crucifixión, en el costado opuesto de ese pasillo.
Los fieles del santo paleocristiano no sólo han saturado la capilla de placas, ofrendas e inscripciones de agradecimiento, sino que algunos pasan horas sentados orando en las bancas dentro de la capilla, y tienen por costumbre reunirse todos los días 19 de cada mes en este sitio realizándose misas para los devotos del santo, especialmente el 19 de abril, que es el del calendario santoral para el personaje.
Tras 20 años de servicio, Opaso dejó el cargo en la parroquia para cederlo, en 2015, al Padre Erwin Prieto López, comenzando así una nueva etapa en la historia de la misma. Mu atrás quedó la época de su primer templo, entonces, desaparecido entre el peso de los afanes por la renovación y la vanguardia, alcanzando ya incluso a instituciones esencialmente conservadoras, como es la Iglesia Católica.

jueves, 16 de marzo de 2017

LA METÁLICA SOLEDAD DEL PUENTE FERROVIARIO DEL RÍO COMBARBALÁ

Coordenadas: 31° 8'36.13"S 71° 1'43.90"W
Esta entrada reúne dos temas que me resultan de enorme interés y simpatía: aquellas provincias al inicio del Norte Chico que, además de las regiones extremas, más me atrae de Chile, y un testimonios de la apasionante historia ferroviaria de nuestro país, con huellas de su propia época dorada esparcidas por estas comarcas.
Hace poco menos de un año, acá mismo publiqué algo sobre el Puente Quinquimo-Pullalli de La Ligua, cerca del límite Norte de la Región de Valparaíso. Pues sucede que, continuando en ascenso por esa misma exruta ferrocarrilera, encontramos el hermoso y corpulento Puente Ferroviario El Parral R.c.a., a veces llamado también Puente Combarbalá. Está a sólo un lado de la autopista D-55 y del actual puente vehicular que ostenta allí el mismo nombre de El Parral. Se lo halla cerca del sector denominado Punta del Viento, un poco más allá de la salida septentrional de Combarbalá en la Provincia del Limarí, la localidad de la famosa piedra nacional combarbalita, tan cotizada en artesanía, joyería y artes escultóricas.
Su fábrica es parecida a la del puente de Quinquimo-Pullally, con sillería y machones de piedra canteada, con estructuras metálicas derivadas de la escuela europea arquitectónica e ingenieril del hierro y del armado modular. Sin embargo, éste es más sencillo que el otro caso: consta de dos pilares-machones que lo apoyan sobre el lecho del río, y dos machones de sillar y anclaje para los segmentos de acceso de los extremos.
El acceso Norte de este puente de vigas se fusiona bien con el terreno y su altura, mientras que el del lado Sur presenta, algunos metros por sobre el lecho del río, un ojo en arco que se apoya en la pendiente de la vera riberana, para el paso a pie que alguna vez hubo bajo el mismo.
El trabajo de cantería, calce y albañilería para las bases del puente y sus estribos ha sido pulcra y eficiente, algo demostrado por el buen estado en que aún se encuentran. Los paneles metálicos de vigas cruzadas y viguetas van por debajo de la plataforma, por lo que su luz superior carente de lozas es despejada, sin cobertura ni cierres, acompañada en su extensión por sólo un pretil de metal que proporcionaba seguridad a los peatones que antaño cruzaban el río caminando junto a las líneas. Desconozco si alguna vez tuvo estas barandillas por ambos lados, pero hoy sólo se observa en su cara poniente.
El puente pertenece al tramo Cabildo-Copiapó que se construyó a partir de 1910, por decreto de mayo de ese año, abarcado más de 600 kilómetros de ruta para el Ferrocarril Longitudinal Norte, concluidos y puestos en servicio hacia 1912. Dicha sección del ferrocarril, entre las estaciones de Illapel y San Marcos, fue construida por el Sindicato Howard actuando como contratista encargado por el Estado. Esto se verifica, por ejemplo, en la revista "Pacífico Magazine" de julio del año siguiente, en un artículo del Ingeniero Santiago Marín Vicuña, quien había estado a cargo de las obras del puente del río Choapa pocos años antes.
Con sus cerca de 130 metros de longitud y de trocha de 1 metro (que, al parecer, fue doble en algún momento), el Puente El Parral representaba el antiguo paso del tren sobre el río Combarbalá, por donde circulaba el histórico Ferrocarril Longitudinal Norte en el tramo Cabildo-Copiapó, más tarde unido a la red del Norte Grande cruzando los desiertos hasta Iquique.
La solidez de este paso sobre el río se hace evidente en la observación del mismo, habiendo resistido de pie sus más de cien años trascurridos ya desde que se lo puso en marcha y sus estructuras logrando soportar los terremotos de 1943, 1965, 1971, 1981, 1997 y 2015. Muchos de estos cataclismos lo sorprendieron e desuso, eso sí, pues su decadencia comenzó en los 60 y se consumó a mediados de la década siguiente.
Cabe recordar que todavía quedan a la vista muchos restos de aquel esplendor ferrocarrilero a la vista del visitante, incluyendo los hermosos puentes de este sector del país, y del que El Parral es uno de los principales. Más aún, en algunas de las estacas de los durmientes que le quedan, en las cabezas, aún puede leerse la inscripción "F.C. del E." (Ferrocarriles del Estado), como firmando nostálgicamente aquel recuerdo.
También a diferencia de otros puentes de esta vieja ruta, el del río Combarbalá se encuentra en peor estado que el de La Ligua o el del río Cogotí, ubicado un poco más al Norte. Sucede que, además de cargar con su total desuso, está parcialmente desmantelado: se han ido retirando sus piezas metálicas, rieles y durmientes de madera, suponemos que para recuperar el material y comercializarlo. No queda ninguno de ellos sobre las vigas y ferretería del puente, por ejemplo.
Pieza a pieza desaparece, entonces, este coloso de hierro del Norte Chico de Chile. Las muchas estacas dispersas por las rampas y el lecho del río confirman la cantidad de remociones furtivas que se han hecho en este hermoso puente y las líneas que conectan a través de él, llevando al desaparecido tren "Longino".
No vaya a ser que, como tantas veces ha sucedido ya en nuestro país, el entusiasmo por el rescate y la conservación para esta magnífica obra de ingeniería, nos llegue demasiado tarde, condenándonos a complacer el hambre cultural e histórica sólo con los espinazos del pescado y las cáscaras de la sandía que podamos hallar en la semblanza del ferrocarril chileno.

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