lunes, 17 de junio de 2013

"SOCIEDAD MUTUALISTA UNIÓN FRATERNAL": SALAS CON HISTORIA DE UN BOLICHE SOBREVIVIENTE EN LA QUINTA NORMAL

Coordenadas: 33°26'20.74"S 70°41'28.22"W
En calle Santo Domingo 4105, en la esquina con Patria Nueva y a sólo pasos de la Autopista y de la Estación Metro Gruta de Lourdes, se alberga uno de los secretos mejor guardados de la vida popular y folklórica de la comuna de Quinta Normal: el bar y restaurante "Sociedad Mutualista Unión Fraternal", quizás uno de los últimos bastiones de este tipo que todavía quedan en pie por este lado de la ciudad de Santiago.
El nombre deriva de la asociación a la que pertenece, habiendo nacido como casino y club con comedores de la misma: la Sociedad Mutualista Unión Fraternal, grupo de asistencia solidaria creada principalmente por obreros el 2 de octubre de 1873, con personalidad jurídica N° 2324. Adaptando el largo nombre, sin embargo, quizás la mayoría prefiere hablar de él como restaurant "El Fraternal", aunque veremos que tiene varios motetes más. Su símbolo son dos manos estrechándose dentro de un engranaje rotario, en algunas versiones con una antorcha coronando la unidad representada.
Don Mauricio Rodríguez Mora, actualmente a cargo, me cuenta desde la barra de tragos que este clásico boliche fue fundado para la sociedad muy poco tiempo después del nacimiento de la misma, aunque su ubicación era originalmente, en una desaparecida casa esquina de este mismo sector, pero hacia el lado de calle San Pablo. Revisando antiguos documentos del Congreso Nacional de Chile, particularmente de la Cámara de Diputados hacia los años sesenta, encuentro una dirección para la Sociedad Mutualista Unión Fraternal en San Pablo 4164, que podría haber correspondido a la anterior.
Más o menos desde el último cambio de siglo y milenio juntos, la administración de la antiquísima casona que ocupa hoy el restaurante está en manos de Rodríguez y sus empleados, atendiendo con esmero y dedicación esta joyita histórica. Lo hace junto a los veteranos mozos que aquí trabajan aquí, en esta casona que "debe tener más de 100 años ya", según nos confiesan adentro... Y yo creo que hartos más que esos.
Llamado entre los vecinos y concurrentes también como "La Mutualista", "La Unión Fraternal", "Unión Fraternal Casino y Restaurant" o simplemente "La Unión", "El Fraternal" como ya hemos dicho (así se publicita en el cartel colgante frente al acceso) y hasta "El Frater", se recuerdan fiestas memorables en estas salas cómodas y espaciosas, varias decoradas con antigüedades (salamandras, máquinas de escribir, barricas, máquinas de coser, etc.), cuadros pictóricos y fotografías clásicas. Siendo técnicamente un club social más que un bar o restaurante, es un lugar con aires de picada que intenta mantenerse limpio y pulcro, con manteles amarillos y verdes en todas las mesas y servilletas de tela en las copas.
Las comidas típicas de las mesas chilenas están señaladas en carteles e incluso en rayados de la propia fachada: empanadas, parrilladas, bife a lo pobre, conejo escabechado, chancho silvestre, arrollado, pollo al cognac, pollo al pil pil, pernil con papas, costillar, guatitas a la jardinera, chupe de guatitas, etc. Mi renuncia voluntaria a las carnes corrientes me motiva a pedir pescado frito con puré y ensalada, incluido el loable detalle del pancito con mantequilla y crema picante. El plato es tan grande que termino luchando con mi propio reflejo de satisfacción alimentaria para terminar. El postre de huesillo en su dulce jugo viene a cuenta de la casa, y para los bolsillos en apuros, también se ofrecen pequeñas listas de platillos para la colación del día. Para el guargüero están las cervezas, ponches, borgoñas, piscos sour, tintos y blancos, aunque el mozo -de perfecto traje negro- me recomienda probar el "terremoto" que aquí ofrecen, con la promesa de que es otro de los mejores de la urbe.
En muchos aspectos, la impecable mixtura de folklore con oferta culinaria, además de la ornamentación chilena y popular, pueden poner a este negocio a la altura de otros pocos parecidos de la Quinta Normal, como la sorprendente "Capilla Los Troncos" de la que ya he hablado: en términos generales, corresponde a una categoría especial de refugios con espíritu y sabor, acaso locales con vida cultural propia y una energía de identidad que fluye desde y hacia el resto de la ciudad, recíprocamente. A su vez, esa distancia geográfica de los grandes centros comerciales de la metrópolis le han permitido mantener un aspecto más rústico y auténtico, no influido por criterios revisores como sucede con otros conocidos focos de recreación beoda, alejados del núcleo urbano más céntrico. Es el mismo caso del "Pipas Bar" de Macul o el querido "Negro Bueno" de La Florida, según mi impresión.
Dicho de otro modo, estamos frente a un sitio digno de algo así como el grito "¡Hay ambiente!" que proclamaba Rakatán en sus recordadas críticas bohemias, pero con un enfoque más popular, más obrero y más folklórico.
Detrás de la chillona puerta de acceso con esas campanitas tipo carillón anunciando a las visitas, me gusta de inmediato un buen detalle dentro del local: hay salas pequeñas e íntimas que seguramente aíslan un poco del boche exterior en los días de mayor concurrencia, todas conectadas al pasillo hacia el fondo, donde está el bar recargado de decoración y botellas coloridas, verdadera taberna de placeres y felicidades para el público que se fascina con las modestias sin ostentaciones innecesarias.
La más grande de todas estas salas está por el frente y es un comedor con escenario hacia el lado de la fachada que da a la calle. Allí han sonado grandes presentaciones de grupos cuequeros, orquestas bailables otros músicos populares, razón por la que el local también ha sido llamado "La Fonda" entre sus comensales, otro nombre que acá aprovechan para promoverlo con carteles colocados por el sector de calle Patria Nueva convidando a los curiosos a pasar. Famoso era un cantante y tecladista que alegraba con su arte estos bailes de largo tiro, viernes y sábado. Estos encuentros solían extenderse hasta avanzadas horas de la madrugada, especialmente con los bailables y artistas de dobletes en las noches de fin de semana. Algunos colectivos, como el Centro Social y Cultural "El Romerito", incluían allí en el boliche presentaciones con folklore urbano más teatro en vivo y algo parecido al café concert.
Empero, esta fonda urbana se ha vuelto un poco silenciosa en estos meses: ciertos conflictos con la municipalidad han apartado momentáneamente a sus alegres cuequeros, orquestas y dobles de artistas famosos, pero me juran que volverán pronto a "El Fraternal". Mientras tanto, el escenario es ocupado por un gran monitor con la televisión abierta encendida y las melodías han sido desplazadas por la radio, a la espera del regreso de guitarras, panderos y sonajas.
Esperaremos, entonces, que el canto popular y festivo retorne a estos salones de la Quinta Normal custodiados por la magnificencia monumental de la Basílica de Lourdes, recordándonos que este local es uno de los últimos de su género y de tal antigüedad sobreviviendo en la ciudad de Santiago, como un secreto bastión rodeado por el frenesí del cambio, del progreso y de la alteración total e incontenible del modus vivendi de toda una sociedad.

lunes, 10 de junio de 2013

"EL BOLETISMO ILUSTRADO": LA HISTORIA DEL TRANSPORTE COLECTIVO RETRATADA EN SUS PROPIOS BOLETOS

Coordenadas: 33°26'34.50"S 70°38'42.35"W (Estación Santa Lucía)
Ya he comentado en este blog sobre las interesantes exposiciones con que suele sorpredener al público la vitrina del Departamento de Comunicaciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM) en el andén Sur de la Estación Metro Santa Lucía: "La Magia de Molina La Hitte (1906-1970)" en 2011, "Las vacaciones de nuestros abuelos" y "Paisajes y gente de Chile" en 2012, y más recientemente "Salitre de Chile: El oro blanco traspasa las fronteras", todas preparadas y montadas por mi amigo el periodista, coleccionista y talentoso investigador Víctor Mandujano.
En estos precisos momentos, más precisamente a partir del pasado fin de semana, se puede encontrar allí en la misma vitrina DIBAM una nueva y valiosa muestra, quizás una de las mejores que han pasado por detrás de esos cristales: "El Boletismo Ilustrado II", con una brillante y pulcra exposición de imágenes de boletos de micro y transportes públicos en general. Compuesta por piezas del año 1875 hasta 2007, pertenecen a las colecciones de Francisco Riquelme y del propio señor Mandujano.
Debo comentar que ya antes, en 2009, se había expuesto una muestra de similar tenor en la misma vicrina, titulada "El Boletismo Ilustrado" y de la que esta es su segunda parte. Esperaba con ansias esta muestras desde mi último regreso a Santiago, y la verdad es que la espera ha quedado ampliamente complacida.
Se recordará que los boletos, particularmente del sistema de microbuses entre los cincuenta y los ochenta, fueron toda una institución en la historia urbana popular chilena y muy especialmente en la de Santiago... Los mismos que volaban por nuestras calles como hojas de otoño, aunque durante todo el año, en aquel tiempo cuando era imposible saber que algún día se volverían piezas de culto.
Tanto abundaban por las calles estas pequeñas etiquetas de papel, de hecho, que en el alguna vez famoso juego infantil ochentero de al pegar-pegar había un desafío llamado "la micro con boleto", que consistía en ir a recoger raudamente uno de estos para subirse en la espalda del pobre burro que hacía de microbus y pasar la prueba.
Sin embargo, estos boletos eran frecuentes objetos de fraudes: además de las incontables veces en que el chofer no los entregaba quedándose con el dinero pagado por el pasajero (a veces en colusión tácita con él, que pagaba un poco menos por el truco), especialmente a los escolares, ciertos micreros tenían la costumbre de hacerles las llamadas "falditas": cortes estratégicos que no iban por el prepicado de la tira que dividía los boletos y que permitía sacar adicionalmente uno o dos de ellos cada diez cortes aproximadamente, recaudo que iba derecho a sus bolsillos.
Con relación a lo anterior, quizás pocos recordarán ya los "premios" que se ofrecían para incentivar a usuario a pagar y pedir su boleto sin devolverlo evitando estas prácticas, pues retener la pieza era el único mecanismo de medición del flujo de pasajeros en esos años: desde los millones de boletos que se canjeaban por una silla de ruedas en campañas de beneficencia, hasta aquellos que venían con un sistema similar al de "raspe y gane". También había unos con letras, donde se desafiaba al usuario a formar con varios de ellos una palabra o frase ganadora, recibiendo un premio.
Los boletos, al igual que los títulos de los antiguos recorridos del sistema de microbuses y taxibuses, fueron una herencia de los tiempos del tranvía y del ferrocarril urbano. Aprovecho de recordar que ya he publicado aquí en el blog un par de síntesis sobre la historia de los tranvías de Santiago y del sistema general de transportes en microbuses por la capital, hasta su transformación total con el nefasto Transantiago que actualmente amarga la vida de los santiaguinos.
Son más de 210 los boletos de este tipo que se encuentran en la exposición, haciendo un perfecto retrato de la evolución del sistema y de la iconografía popular relacionada con estas mismas piezas: desde aquellos con la swástika de lubricantes"Energina" hasta los célebres pingüinos del boleto escolar E.T.C. en los sesenta, que fomentaran este apodo generalizado para los estudiantes de uniforme. Pueden observarse allí también otros valiosos ejemplares como la "rueda con alas", el conejito del transporte en San Antonio, los piratas del la SALF, el indiecito tipo Little Hiawatha de la línea El Cortijo o los felinos gemelos de Los Leones, además de los incontables numerados y los que tenían dibujos de los vehículos de transporte respectivos. La colección incluye también viejos boletos del sistema ferroviario y, como excentricidad, algunos que incluso aparecen impresos con errores.
Así pues, la muestra "El Boletismo Ilustrado II" se divide en las siguientes secciones:
  • Los antiguos (1875-1970)
  • Bellas piezas y series
  • Regiones (Arica a Punta Arenas)
  • Los Escolares (1950-2012)
  • No devuelva el boleto
  • Casa de Moneda (1988-2003)
  • Gran Santiago (1990-2005)
  • Interprovinciales Santiago (desde 1990)
  • Faltas de ortografía
  • Los trenes (1926-2000)
  • Llegó el Transantiago (2005-2007)
La página web de la DIBAM presentando la muestra, aporta un poco más de profundidad sobre la información que puede encontrar el espectador allí en la exposición de la estación del Metro:
"Los boletos más perfectos son los impresos por la Casa de Moneda, que tenía la imprenta de mayor calidad en Chile. Más adelante surgieron otras que comenzaron a producir, a menor costo, boletos con diseños muy diferentes, a veces impuestos por los propios dueños de las “máquinas”. Entre éstas se destacan Roensa, Impresores 27, J. Mora y Jormar.
Las series más hermosas son las de la línea El Golf-Matucana, que lanzó a inicios de los 90, grupos conmemorativos de Vacaciones; Bomberos; Medios de Transporte; Fiestas Patrias; Navidad; Industria Nacional, etc. La iniciativa fue imitada por la línea Cerro Barón, de Valparaíso, que editó una serie con 198 boletos diferentes (turismo, animales y paisajes).
Otras piezas muy codiciadas son las Lokal Trafik, que en su dorso incluyen fotografías de algunos Presidentes de Chile, folcloristas, poetas y, por cierto, los anteriores a 1950.
Una de las series más buscadas es la del Bicentenario nacional, con seis momentos históricos de la movilización colectiva en el país y textos del sitio Memoria Chilena, de la Biblioteca Nacional.
La exposición incluye también notables fotografías de época pertenecientes a los archivos del Museo Histórico Nacional y Biblioteca Nacional, las que contextualizan las épocas a las que se refiere cada uno de los capítulos de la muestra".
Don Víctor me ha proporcionado muy gentilmente algunas imágenes (que he publicado acá para complementar la entrada) y textos relativos a su valiosa colección, y que vienen a completarme gran parte de esta historia del transporte colectivo chileno retratada en tales piezas. Allí se observa que los perfectos boletos impresos en la Casa de Moneda duraron hasta 1980, más o menos, en una parte de la historia del diseño gráfico nacional que ha sido deficientemente abordada por los revisores culturales, según nuestra impresión. Se advierte, además, que la filosofía de producción de estos boletos muchas veces toca tradiciones más propias de la filatelia y de la numismática, produciendo iconografías que se acercan bastante al arte de la estampilla, la moneda y el billete.
Estas piezas, además, hacen un bosquejo de tiempo y evolución general de la línea histórica del sistema: los "carros de sangre", los mencionados tranvías eléctricos, las góndolas a bencina antepasadas de las micros y que aparecen en 1919, la poluta época de micros y liebres, seguida de las micros amarillas y, finalmente, el actual Transantiago... Quedará en la reflexión de cada lector si esta secuencia fue de desarrollo o de involución.
Las fotografías que se han dispuesto como complemento para la exhibición muestran escenas tales como los trabajos de tendidos de rieles para tranvías en la Alameda hacia 1928 y el paso de estos carros por la misma arteria frente al Cerro Santa Lucía hacia 1950, además de una bomba de bencina "Energina" e imágenes de niños colgando de la popa del un trolebús hacia los años sesenta, entre otras fotografías históricas.
La ordenada, bella y nostálgica exposición estará montada durante todo el mes de junio, por lo que es del todo recomendable una pasada por la Estación Santa Lucía a quienes quieran recordar aquellos tiempos en que esas piezas nada valían, perdiéndose en nuestros bolsillos o como marcadores improvisados de libros, y quizás sirvan también como una curiosa revelación a las generaciones más jóvenes que no los conocieron.

domingo, 2 de junio de 2013

Y HUBO UNA VEZ UN "PALACE HOTEL" EN LA ALAMEDA

El Palace Hotel de Alameda 2860, en los años treinta.
Coordenadas: 33°27'2.02"S 70°40'35.76"W
Es casi de Perogrullo hacer notar la cantidad de hoteles que crecieron en torno a sus principales dos grandes estaciones ferroviarias de Santiago, tanto la de Mapocho y, desde mucho antes, la Estación Central de Alameda de las Delicias, allí frente a la Plaza Argentina, otrora centro de alto movimiento también para los tranvías históricos de la ciudad.
Célebres hoteles complacían la necesidad de alojamiento de los viajeros de la Estación Central: desde el romántico Hotel Alameda, convertido hoy en un salón de pool a la entrada de avenida Exposición, al fastuoso Royal Hotel del antiguo Portal Edwards; todos en grandes edificios neoclásicos de pretensiones francesas, en un barrio con gran presencia de prostitución, ritmos noctámbulos de vida y música de los bailables favoritos del espectro más popular capitalino. La hotelería más modesta, mientras tanto, se ubicaba del otro lado de nuestra principal arteria santiaguina, a veces con refugios lúgubres y deprimentes para el agotado viajero.
En la dirección de Alameda número 2860, a esquina Sureste con calle San Alfonso a una cuadra de la estación y donde hoy se alza altivo y categórico el Hotel Imperio, existió antes un bello edificio de aquella misma primera generación de hoteles modernos en torno a la Estación Central, que configuraron parte del aspecto que conserva este barrio comercial a pesar de no existir ya la construcción: el Palace Hotel, especialmente conocido en los años treinta, pleno apogeo del ferrocarril y de los tranvías que repletaban estas dinámicas cuadras.
El hotel ocupaba casi media cuadra, por lo que su partida dejó cambios de numeración que harían difícil adivinar dónde estaba, si no es sabiendo su posición esquinera. Destacaba principalmente por la torre cilíndrica ubicada justo en el vértice, coronada en una terraza circular con un contorno de balaustras y hermosos jarrones ornamentales de ánfora, tipo de decoración que fue bastante recurrida en la Alameda de las Delicias desde los días del cambio de siglo o incluso un poco antes. Tres pisos eran aquellos de los que disponía el edificio, más el subterráneo y la azotea, sobre la cual se leían dos grandes letreros luminosos con el nombre del hotel, al igual que en los arcos de entrada al mismo, en su inconfundible torre. El zócalo estaba consagrado especialmente al comercio, extendiéndose toldos desde sus vanos hacia la vereda, como era costumbre en aquellos años. Al parecer, disponía de un cómodo restaurante propio.
No he podido averiguar quién fue el arquitecto de este curioso edificio sin parangón en toda la Alameda de las Delicias. Su aspecto y estilos, sin embargo, tienen semejanza con el experimento neoclásico franco-itálico del Palacio Ruiz-Tagle en el casco antiguo de calle Catedral. Quizás corresponda a la misma época, hacia los años veinte, o bien se remonte al período cercano al Primer Centenario, cuando la monumentalidad arquitectónica iba en imparable ascenso.
Propietado por la sociedad Tohá, Torm y Cía., el hotel de nuestro interés se jactaba de varias virtudes en su publicidad de 1933, aparecida en la revista "En Viaje" de la Ferrocarriles del Estado, además de su cercanía a la Estación Central:
"El Palace Hotel es el más recomendado para Familias y Viajeros, por su seriedad y limpieza. Comidas sanas y abundantes.
Sus dueños recomiendan hacer presente cualquier desatención y serán atendidos con el mayor agrado".
De acuerdo a esta misma publicidad, los precios parecían ser bastante razonables: alojamientos simples por montos que iban desde 6 a 10 pesos diarios, y alojamientos con pensión por 12, 14, 15, 16 y 18 pesos diarios. Para tener una referencia, cabe señalar que una buena cena individual costaba en esos años unos 3 pesos.
Le pierdo el rastro al Palace Hotel y a su edificio hacia mediados del siglo XX. Coincidentemente, en 1951 aparece en donde creo encontrar su clásica esquina, un edificio construido por Miguel Sancho B. con los planos del arquitecto Luis Vergara. Aclaro que saber esto no es un gran mérito de mi parte: está señalado en una inscripción al exterior del actual edificio, que además guarda cierto parecido tenue con el bauhaus del célebre Oberpaur, que antaño fuera sede del famoso café y confitería "Goyescas". Al menos tiene la misma solución curva en el vértice de la esquina, tal vez heredada de la idea del desaparecido torreón que impuso allí el anterior Palace Hotel.
Los establecimientos actuales fueron ocupados por el Hotel Real y, desde hace varios años hasta ahora, por el Hotel Imperio, uno de los más conocidos de este sector de la capital y poseedor de un elegante restaurante que contrasta con los boliches más populares del barrio. La cordial y atenta gente del "Imperio", sin embargo, recuerda que el Palace Hotel terminó sus días hace treinta años (o más, pues la engañosa memoria siempre quiere hacernos creer que somos más jóvenes) en un espacio más pequeño y vecino por el lado de la corta calle San Alfonso, donde ahora se encuentra una sede bancaria que se llevó los restos de la vieja construcción hotelera, en donde habría funcionado ya en su ocaso.
Como en tantos otros casos de la historia urbana de Santiago, el Palace Hotel y su elegante edificio de torreón esquinero sólo viven en unos cuantos avisos de revistas sepias y el recuerdo vago de quienes sólo alcanzaron a verlo ya en sus días de desarraigo y decadencia final.
Este artículo, en consecuencia, no podrá ser más que un panegírico póstumo para el alguna vez bello edificio.
Vista actual del Hotel Imperio. Lugar que, según mi cálculo, ocupaba el edificio del "Palace".
Imagen por el lado de calle San Alfonso. A la izquierda se observa parte del actual edificio del Hotel Imperio, y a la derecha un edificio bancario que ocupaba los últimos establecimientos que tuvo el Palace Hotel ya en sus últimos años, según un par de testimonios orales que pude obtener en el sector.

miércoles, 22 de mayo de 2013

CRÓNICAS DE LA FLORIDA: EL BODEGÓN DE LA SALLE, YA NO ES LO QUE ERA

Ilustración digital mía para dar una aproximación a cómo lucía el bodegón hacia sus últimos años, en las horas en que recibía el Sol del atardecer allí en los terrenos de cultivos de La Salle.
Coordenadas:  33°32'40.55"S 70°33'52.90"W
Tierras extrañas eran aquellas, en el ex paisaje rural de Macul, La Florida y Puente Alto, mucho antes de que sus campos acabaran fagocitados por el crecimiento de la ciudad. Territorios curiosos, en los que se mezclaba el aire del viejo paisaje suburbano de la Zona Central y la precordillera -al que ya me he referido recordando algunos hitos de la avenida Rojas Magallanes Oriente- con ancestrales caminos de viajeros y arrieros coloniales, atravesando los Andes desde y hacia el lado argentino por el Cajón del Maipo. Entre los vestigios de entonces, aún está el antiguo puente de cal y canto sobre el Canal San Carlos. Todo sazonado con un catálogo no escrito de leyendas y tradiciones varias.
Viejos viñedos y bodegones hoy repartidos en distintos estados de conservación por esos territorios, fueron parte de este mismo paisaje ancestral de los suburbios de Santiago: desde el Castellón de la Viña San Carlos de Puente Alto o el sencillo y relicario bodegón de la avenida Los Toros, hasta las fastuosas instalaciones de las viñas de la Concha y Toro hacia Pirque, epicentro de esta actividad en la zona.
Uno de estos vestigios del enorme pasado agrícola y vitivinícola al Sureste de la ciudad, fue un enorme y vetusto bodegón de adobe y gruesos soportes de madera, que se hallaba en lo que antes habían sido los patios y campos del Instituto de La Salle en la comuna de La Florida, por el sector de la avenida del mismo nombre hacia el interior de lo que ahora es la calle Santa Amalia al poniente, que por mucho tiempo estuvo reducida a sólo un miserable y triste sendero interior de tierra, que bordeaba después las rejas del límite de los terrenos donde los sacerdotes instalaron su conocido centro educacional en los años cincuenta.
Sector donde se encontraba la bodega, visto en nuestros días.
Loma donde estuvo alguna vez el edificio.
CARACTERÍSTICAS Y ANTIGÜEDAD
Los Hermanos de las Escuelas Cristianas de La Salle se establecieron en este antiguo sector, que era llamado El Vergel, aunque en sus orígenes fue denominado Fundo Provenir. Allí, además de educar, se dedicaron también a la producción agrícola y una pequeña viña, sacando partidas de un estupendo "vino tinto de misa" que todavía se comerciaba por temporada en los años ochenta y que tenía buena fama entre los habitantes de estos lados. El gran terreno estaba distribuido en un amplio sector ubicado entre el ex Fundo las Mercedes, al Norte, y por el Sur el llamado Callejón del Agua, que corresponde actualmente al tramo de avenida Trinidad entre el Canal San Carlos y avenida La Florida, tomando su nombre por una canalización menor y luego una tubería que allí corría trayendo agua desde el sector de El Canelo. Más al Sur, estaban otro conocido fundos, como el de San José de la Estrella y Santa Rosa del Peral. A la sazón, además, la avenida La Florida era identificada como el Camino que va de Santiago a San José de Maipo.
Cuando los hermanos de La Salle llegaron a la propiedad hacia los años cincuenta, ésta mantenía aún los recuerdos de la industria vitivinícola que anteriormente había desarrollado la familia Marambio, productora de vinos que eran exportados incluso a París, en sus mejores días. La magnífica casa patronal que allí se ve y que tiene vista hacia avenida La Florida, existía desde hacía más de 50 años antes, calculándose incluso que podría remontarse a 1880. Así describe el lugar, en 1923, el "Álbum de la Zona Central de Chile" con informaciones agrícolas:
"VIÑA 'MARAMBIO' (antiguo fundo Porvenir) de don Alejandro Marambio, ubicada a 3 kilómetros de la Estación Bellavista, del Ferrocarril de Pirque. Tiene una superficie de 105 hectáreas planas regadas con primeras aguas del Canal San Carlos. Sus principales explotaciones son: Viña que ocupa una extensión de 21 hectáreas de uva escogidas para la fabricación de Jugo de Uva, embotellándose toda la producción en el mismo fundo (300.000 botellas anuales) que expende en el país y en el extranjero. Cuenta con una instalación completa de maquinarias, etc. Posee una plantación de árboles frutales, especialmente manzanos (5.000 árboles), para explotación, duraznos, nogales, membrillos, etc. Chacarería en general. Pastería: enfarda pasto alfalfa".
Aunque la actividad de la ex viña del Fundo Marambio ya estaba totalmente muerta cuando llegaron allí los sacerdotes, en otro testimonio de la importancia del fructífero pasado agrícola descrito había aquí también un gran bodegón situado sobre una pequeña loma junto a unos álamos, atrás de donde se hallan ahora las canchas deportivas del colegio. En alguna época, esta construcción fue ocupada por los sacerdotes para almacenar las botellas de vidrio en que era envasado el producto, las herramientas agrícolas, las barricas de guarda, las cubas para las frutas de los innumerables árboles y maderas de construcción. En el mismo álbum de informaciones agrícolas citado, se menciona que había más de uno de estos bodegones dentro del fundo, además de otras instalaciones:
"Tiene buenas casas habitación, gran chalet, grandes bodegas (de altos) y vasijas de roble americano, adecuada para la producción de vino, dos casas habitación y 15 casas de inquilinos, material sólido".
El edificio de la bodega que quedaba en pie al llegar estos, con una añosa puerta de madera y un grueso palo como dintel, se encontraba entre la línea de canalización para regadíos que se extendía desde lo alto captando aguas del Canal San Carlos, hasta los terrenos de La Salle, pasando por el vasto campo de cultivos que daba una maravillosa vista a quienes saltaban los cercos y alambres de púas intentando detener en vano a los intrusos. Nadie parece tener datos concretos sobre cuán antigua era esta edificación que también había formado parte de las instalaciones de la Viña Marambio, aunque un anciano vecino del sector y de apellido Menares, fallecido hace algunos años, contaba que su abuela mantenía un testimonio familiar recordando haber observado la construcción de la bodega en los años del Gobierno de don Manuel Montt. Si esto fuera cierto, el origen del bodegón podría hallarse hacia el año 1860, aproximadamente. El hermano Edmundo, de la misma congregación, me comenta también que esto está muy cerca de la época en que aparecería mencionado el productivo sector de estos fundos agrícolas en los trabajos de geografía de Francisco Solano Asta-Buruaga y Cienfuegos.
Con muros de adobe con cerca de 1.10 metros de grosor, el bodegón de dos pisos habría llegado a medir la enormidad de 114 metros de largo por unos 20 metros de ancho, según recuerda el mismo hermano Edmundo, que ha investigado mucho sobre la historia de los establecimientos de la congregación en La Florida. La longitud me parece exagerada, sin embargo, pero repito sus números. Maderas de pino Oregón, roble pellín y pisos de raulí se usaron en su fábrica, que además contaba con una aislación térmica notable. Incluso el segundo piso, con sólida madera en el suelo y compartimentaciones interiores contrastantes con la tosca rusticidad exterior, fue usado para dormitorios en los años en que funcionaba el internado dentro del instituto. Algunos terremotos, sin embargo, botaron parte de su longitud e inclinaron uno de los muros, pero en general el edificio se mantenía bastante estable.
Lugar del sauce y la acequia, donde nos reuníamos, a un lado de la gran bodega.
Vista desde el mismo ex "campamento" del sauce hacia donde estuvo el edificio.
UN LUGAR DE ENCUENTRO
Cuando la conocí y pude acercarme a la enorme bodega, ésta estaba atrás de un amplio sector floridano conocido como La Antena, nombre que provenía de una altísima y muy visible antena de transmisión radial que existió allí hasta que los terrenos fueron urbanizados y se la hizo desaparecer. Esto es hacia el paradero 20-21 de la avenida La Florida y vecino a la Villa Santa Inés, vecindario que se construyó sobre la Hijuela A del ex fundo de La Salle, justamente, extendiéndose un manto de cultivos hasta más allá de la avenida Tobalaba, cerca del conocido Fundo El Panul. Algunas veces, se veía un tractor paseando entre estos sembradíos, por el lado cercano al de la bodega que aquí describo. La franja más oriental cerca del canal es una propiedad privada, ahora pertenecientes a una empresa de aguas, pero investigaciones posteriores realizadas por los propios hermanos han confirmado, demasiado tarde, que parte de esos terrenos pudieron pertenecerles por haber correspondido al fundo original a fines del siglo XIX, enajenados en circunstancias poco claras.
Recordar cómo llegué hasta este lugar, me remonta a los años de ímpetus y aventuras juveniles: a un lado del campo y del bodegón, estaba un solitario sauce rodeado de matorrales que, conocido como "El Arbolito", era un lugar espléndido para reunirse luego de una breve caminata desde nuestros lugares de ocio, pues en realidad parecía un sitio naturalmente dispuesto para hacer campamentos y tomarse algunas licencias de vida muy seguros, lejos de la mirada de los quisquillosos. Fue nuestro rincón adorado entre 1993 y 1994, centro de memorables encuentros entre amigos de aquellos años.
Se entraba más rápidamente a este sector saltando una acequia que varias veces pasaba llena cerca y cerca del tope. Como las reuniones en este lugar involucraban invariablemente grandes cantidades de cerveza y brebajes aún más fuertes, el saltar de regreso esta hondonada provocó más de un divertido accidente en aquellos días. El camino principal conectaba a nuestro sitio con el gran bodegón, y en medio había también algo como una pequeña ex piscina o estanque ya seco que había sido redescubierto por los curas haciendo excavaciones en el terreno, y del que ahora no quedan ni rastros. La huella de las acequias se perdía bajo el suelo por exclusas subterráneas, vestigios de la importancia que tenían los regadíos en el antiguo fundo.
El lugar era cálido y acogedor. Muchas veces encendimos fogatas en las noches frías, pero siempre procurando tenerla lejos de los pastos secos y las ramas del sauce. Cuidábamos "nuestro" lugar con vista a las plantaciones casi como si se hallara en la propia casa, y lo manteníamos limpio, pues era un refugio. En el verano hacía tanto calor y el pasto era tan grueso y acolchado, que no pocos pasamos allí alguna noche mientras los demás seguían con su fiesta unos metros más allá, despertando sólo con el cantar de los pajaritos y el frío del alba. Varios grupos de muchachos de aquellos años se reunían ahí, adoptando motes excéntricos para identificarse: estaban los "Mardá", vecinos de ese barrio; los "Hippie Hate Band", adictos al rock metal y al punk. Nosotros éramos los "Taberna Boys", al menos por el tiempo que nos reunimos allí. Todos se conocían y nunca hubo rencillas, y cada vez que se necesitaba ubicar a alguien después de las 21:00 horas, era casi seguro que lo hallaríamos en esta guarida.
Las noches se hacían eternas, mientras la mole oscura del bodegón seguía desviando la mirada un poco más allá, como una bestia gigante cuidando nuestra recreación. O acaso éramos más bien como una comparsa de sacrílegos feligreses rindiendo honores a ese templo oscuro o siniestro, sacado de otro tiempo para ser traído con misteriosos conjuros al nuestro. Su silueta bajo la Luna era sobrecogedora, al tiempo que la fonda del sauce no paraba ni un instante. De lo humano y lo divino, de alegrías y de depresiones, de parrandas y de reflexiones; todo se conversaba allí. Cada recién llegado aparecía con nuevas botellas de alegría y, en caso de acabarse, bastaba una rápida "pasada de gorro" para que un emisario saliera raudo a traer más. Todo sin escándalo, sin bullicio innecesario y sin explosiones viscerales de insulto a la inteligencia, pues teníamos nuestros propios códigos en ese refugio.
En aquella época, el bodegón era sólo ocupado como eso: como bodega oscura y hermética. Pasaba la mayor parte del tiempo abandonado y cerrado, guardando sus secretos; e incluso con sus antiguas ventanas y tragaluces clausurados desde hacía décadas. Los misterios de un siglo y medio o más permanecían dormidos en su oscuridad y telarañas.
Paisaje precordillerano, desde el sector donde estaba la bodega.
Antiguo tornillo de compuertas y esclusas subterráneas para los regadíos, atrás de la bodega.
LA DESTRUCCIÓN DEL BODEGÓN
Los problemas comenzaron cuando tipos extraños a estas villas -probablemente ajenos a La Florida, inclusive- comenzaron a aparecer con insistencia en esos tranquilos terrenos, antes usados sólo por niños elevando volantines y los noctámbulos de nuestros grupos. Eran sujetos escandalosos y marihuaneros por vocación, que nos miraban con desconfianza y hostilidad, como si los invasores fuéramos nosotros. Usaban precisamente las sombras del sector en el gran bodegón como escondite para sus vicios, mientras sonaban desde lo lejos sus discusiones de borrachos pendencieros y botellas quebradas contra troncos de los árboles.
Fue la crónica de una muerte anunciada: todo acabó brutalmente, una noche, con un incendio que fue juzgado de inmediato como intencional, provocado por manos anónimas aunque casi seguro que de entre esos extraños. A pesar del esfuerzo de bomberos por controlar las llamas que parecían sofocarlo desde adentro, el bodegón quedó convertido en dos muros en ruinas, destechados, humeantes y con su interior reducido a cenizas. Incluso esas bellas botellas verdes donde antes se envasaba y etiquetaba el famoso vino de misa, quedaron transformadas en una grotesca mancha de cristal derretido, endurecido y trizado entre los carbones.
La triste noticia nos atrajo a todos hasta nuestro ex refugio esa misma noche, debiendo resignarnos a la visión perturbadora de su destrucción casi total e irreversible.
Vecinos dados al chisme y enemigos de mutantes como los que íbamos al famoso potrero del sauce, hicieron correr la calumnia perversa de que algunos de nosotros habíamos sido autores de tamaña calaverada, lo que perjudicó nuestra posibilidad de poder seguir reuniéndonos allí con la misma libertad y tranquilidad que antes. Otros aseguraban que los autores del incendio eran hijos de funcionarios de determinada institución, pero nunca se confirmó.
Los restos de metales, tablones centenarios y planchas de los techos, en tanto, fueron recogidos en carretones y camionetas por algunos astutos que le quisieron sacar alguna ganancia fácil, y lo que quedó del edificio fue hecho desaparecer hasta sus bases, costando en nuestros días identificar dónde estaba su imponente estructura ya demolida. Miles de maderos y tablones que estaban guardados y reservados por los hermanos para la construcción de una capilla frente a su casa sacerdotal se perdieron también en el siniestro, de modo que los edificios quemados fueron dos: el del siglo XIX y otro que ni siquiera nacía aún.
Así se fue para siempre el Bodegón de La Salle, ese año de 1994, último de nuestras reiteradas visitas habituales en sus faldas, allá a espaldas del instituto. Sólo unas pocas ocasiones más nos vimos otra vez en ese inmenso e improvisado club al aire libre, pues el ánimo de seguir allí se desvaneció con el humo de su destrucción. El lugar jamás volvió a ser el mismo.
Con el tiempo, la calle Santa Amalia se extendió más allá de avenida La Florida hasta pasar por el lado del viejo terreno, y las villas residenciales han crecido casi encima del mismo. Hoy sólo se ven allí esos álamos, las acequias junto a la vera de pastos secos mecidos por la brisa, y los caminos reducidos a pequeños senderillos, mientras que el clásico sauce que servía de toldo a nuestros encuentros noventeros, ya no parece tan acogedor ni cómodo que en aquellos años. Quizás sólo espera el momento en que también reciba su sentencia de muerte para proyectos inmobiliarios. El hermano Edmundo cree también que quizás queden fotografías del bodegón en manos del encargado del Museo de La Salle, que quizás alguien con más tiempo y curiosidad que yo pueda llegar a conocer. Echando una mirada a Google Earth, pareciera que sólo en la imagen de 2005 del registro histórico alcanzan a distinguirse algunas formas con la geometría recta que quedó en el suelo por la presencia del desaparecido edificio.
Ahora, sólo pueden verse senderillos trazados encima de aquel lugar, acabando con toda huella dejada por la estructura. En consecuencia, nada hay ya que recuerde allí al antiguo testimonio del esplendor agrícola de esta enorme comuna, con la presencia y claridad que lo hacía este colosal bodegón.

Taxi del Blog... (pa'onde lo llevo'eñor???)

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