jueves 16 de febrero de 2012

TARRAGÓ Y LE BRUN: LAS INSIGNES EDUCADORAS DE LA ALAMEDA

.

Las estatuas en 1962 (revista "En Viaje")

Coordenadas: 33°26'44.80"S 70°39'29.80"W

Dos estatuas de granito y de grandes proporciones se encuentran en la plaza-bandejón central de la ex Alameda de las Delicias, quedando de espaldas al famoso y tradicional café de la Confitería Torres, todo un enclave histórico de la "bohemia diurna" nacido, curiosamente, en los mismos años en que las ilustres mujeres representadas en esas efigies consiguieron un hito de incalculable valor en la educación chilena.

Antonia Tarragó González e Isabel Le Brun de Pinochet, son las retratadas en las estatuas, con un estilo algo cubista y de una estética frecuente en la plástica y la escultura latinoamericanas. Dos grandes e insignes figuras con las que todas las mujeres chilenas tienen contraídas deudas de gratitud impagables, por cierto, pese a que no tenemos noticias de un reconocimiento importante de parte de grupos feministas. Ni siquiera nuestra primera Presidente de la República mujer tomó la oportunidad de celebrar la memoria de ambas, en algún momento de su mandato. El desdén ha pasado incluso por encima de la importancia que ha adquirido la educación chilena en el último año, a partir de las movilizaciones motivadas por este mismo tema. ¿Puede convivir la merecida fama que ellas tienen en el mundo intelectual, con la ingratitud mostrada por la memoria chilena en general?

Aprovecharemos este espacio para hablar así, de su gran legado en la educación nacional, simbolizado en la obra escultórica.

TRISTE ESTADO DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR FEMENINA

La historia es cíclica... Corría la segunda mitad del siglo XIX y la educación chilena marchaba a un seguro desastre. La enseñanza secundaria era muy precaria: estaba controlada y ejercida casi exclusivamente por congregaciones religiosas. Los liceos fiscales sólo recibían muchachos, creando una marginación de género que se hacía muy evidente en aquellos años.

Salvo en el caso de la abogacía, no había disposiciones legales propiamente tales que restringieran la educación superior a las mujeres, a diferencia de lo que a veces se cree popularmente y de lo que no pocos han afirmado con cierto desconocimiento del tema. Pero, en la práctica, exigencias como la de rendir exámenes de admisión en el Instituto Nacional y el hecho de que todos estos liceos fiscales fueran para varones, significaba que ellas no tenían acceso real a la Universidad y el medio educacional se formaba así, fundamentalmente, por varones. Esto sucedía a pesar de que, en los tiempos de la Patria Vieja, el propio José Miguel Carrera había manifestado la temprana intención de igualar las condiciones de educación entre hombres y mujeres desde temprano en la vida de los ciudadanos.

Combinada con las dificultades de la escolaridad, el resultado de esta marginación "informal" se traducía a la baja ilustración de la mujer chilena promedio, generalmente reducida a la ignorancia y a la falta de educación. Ni hablar de las posibilidades individuales de desarrollo, concepto prácticamente inexistente en la mujer de estratos populares de entonces. Esta situación fomentó, además, muchos prejuicios machistas que aún persisten un tanto en Chile, curiosamente, y que hacen caricatura sobre las condiciones intelectuales de las mujeres. También fue un enorme retraso para el ejercicio de ciertos derechos civiles, como el de sufragio.

Fue en este estado de las cosas que estas dos mujeres, Tarragó y Le Brun, ambas con importarte experiencia en el ejercicio de la educación y la dirección de establecimientos de estudios, se levantaron solicitando al Estado de Chile un trato igualitario entre los géneros en el ingreso a la Universidad, con iniciativas que cambiarían para siempre el acceso de las mujeres a la educación superior y su motivación para incorporarse a los planes de estudios y completarlos, desde la enseñanza básica en adelante.

LA INICIATIVA DE ANTONIA TARRAGÓ

La primera mujer en alzar la voz contra el lamentable estado de la educación nacional fue doña Antonia Tarragó González, quien había fundado en 1864 el Colegio Santa Teresa para alumnas secundarias. Al llegar octubre del año de 1872, doña Antonia solicitó al Consejo Universitario, durante el gobierno del presidente Federico Errázuriz Zañartu, que se validara a sus alumnas egresadas las pruebas de ingreso al sistema universitario, hasta entonces reservado a estudiantes hombres por las razones que hemos visto.

Un controvertido decreto del Ministerio de Instrucción Pública dado a la luz el 15 de enero anterior, había resuelto sólo en parte el asunto, al permitir los exámenes libres y ya no sólo en el Instituto Nacional. Pero, como educadora, Tarragó había advertido que no había interés práctico en el universo femenino chileno por completar estudios secundarios o de "humanidades", si se estrellaban al final con la barrera que bloqueaba las posibilidades de continuar en la educación superior. Esto era una frustrante desmotivación para todo el proceso de educación de las mujeres en Chile, pues irremediablemente su camino en la enseñanza quedaría frustrado.

El Consejo Universitario acogió la solicitud de doña Antonia Tarragó y se reunió durante ese mismo mes de octubre a discutir el tema del ingreso de alumnas a la Universidad de Chile. En la sesión participaron, entre otros, ilustrísimos intelectuales como el Rector Luis Ignacio Domeyko, el Decano de la Facultad de Medicina José Joaquín Aguirre, el Decano de la Facultada de Derecho Gabriel Ocampo, el Secretario de la Universidad Miguel Luis Amunátegui y el Miembro Conciliador del Consejo José Larraín Gandarillas. Tanto Amunátegui como Aguirre estuvieron de acuerdo en la única restricción que existía para la admisión de las mujeres era la falta de igualdad en los exámenes, aunque Ocampo recordó la limitación legal al estudio de leyes. Derivaron a doña Antonia Tarragó hasta el propio Ministro de Instrucción Publica, don Abdón Cifuentes. En tanto, ella también hizo llegar al Consejo un informe sobre el contenido de la educación del Colegio Santa Teresa, buscando convencerlos de aceptar su propuesta.

Sin embargo, el desarrollo de esta discusión se vio eventualmente interrumpida por la polémica levantada desde las intrigas políticas (pues, como siempre, la política acabó perturbando a la educación): algunos grupos adversarios del Ministerio de Instrucción Pública, tras emitirse el decreto de libertad de exámenes, lograron sacar de la cartera a Cifuentes para ser relevado, en agosto de 1873, por José María Barceló, quien asumió en un clima hostil y pesimista aquellas iniciativas reformistas como la de Antonia Tarragó.

INTERVENCIÓN DE DOÑA ISABEL LE BRUN

Empero, el tema ya estaba instalado en la prensa y había llegado ya a la intelectualidad, interesando a prominentes actores de la realidad chilena. Por ejemplo, el gran político, patriota e infatigable defensor del territorio nacional, Máximo Ramón Lira, publicó en este período su libro "La mujer: sus deberes políticos y sociales", notable trabajo donde, a pesar de sus orígenes políticamente conservadores, demuele hasta sus cimientos los mitos sobre la inferioridad intelectual de la mujer y los argumentos que popularmente se esgrimían en contra de sus capacidades para ingresar en la educación, la cultura y la creación.

Fue entonces cuando irrumpe -muy oportunamente- la otra gran educadora en este debate: Isabel Le Brun Reyes de Pinochet, una joven mujer oriunda de San Felipe, madre del famoso escritor e intelectual Tancredo Pinochet, y que aún no cumplía los 30 años cuando fundó su Colegio de la Recoleta, más tarde llamado Liceo Isabel Le Brun de Pinochet, con el nombre y los apellidos que usó al casarse. Allí ejerció instrucción básica y secundaria para alumnas, pero con las mismas limitantes para ellas que ya había advertido Tarragó sobre el momento de completar las "humanidades" y rendir los exámenes.

Conociendo la situación desde su lugar privilegiado en el ejercicio educacional, a fines del año escolar de 1876, Le Brun se dirigió al Consejo Universitario para solicitar la constitución de comisiones especiales que evaluaran los exámenes de sus alumnas, próximas a egresar de la enseñanza media. Envió un extenso petitorio que abrió inmediatamente una discusión entre los miembros del Consejo, y esta vez iba a ser la definitiva.

Sin poder evitar por más tiempo el tema, la Universidad de Chile acusó recibo de la solicitud y destacó al Decano de la Facultad de Humanidades, don Francisco Vargas Fontecilla, como inspector del Colegio de la Recoleta para solicitar a doña Isabel un informe sobre el programa educacional y la calidad del mismo... Una nueva época en la educación nacional estaba comenzando.

Vista actual de las esculturas. Ya no están los jardines florales que antes la rodeaban. Atrás, fachada rosa del Palacio Iñiguez y en sus bajos la clásica Confitería Torres.

EL HISTÓRICO DECRETO

Pero aunque las autoridades del Consejo Universitario seguían aparentando simpatía con la iniciativa de igualar para hombres y mujeres los exámenes de admisión, por alguna razón que puede hallarse en el miedo a la oposición política o la falta de agenda, el tema quedó sumido en una tensa espera por casi un año más.

La polémica volvió a la prensa, y los diarios chilenos machacaron incesantemente el tema, procurando que no volviese a quedar en el olvido.

Fue de esta manera que en el gobierno del Presidente Aníbal Pinto dio solución al asunto, finalmente, y cuando el Ministro de Instrucción Pública era ocupado por el mismo señor Amunátegui ex miembro del Consejo Universitario. Éste firmó, el 5 febrero de 1877, el histórico y revolucionario decreto que permitió a las muchachas egresadas de la enseñanza media postular a los exámenes de admisión de la Universidad, cambiando para siempre el escenario de la instrucción pública chilena, pese a los intentos de algunos grupos religiosos y periodísticos por confrontar, a través de la polémica y las intrigas, esta noble iniciativa.

Decía esta ley en su parte más importante:

"Se declara que las mujeres deben ser admitidas a rendir exámenes válidos para obtener títulos profesionales, con tal que se sometan para ello a las mismas disposiciones a que están sujetos los hombres".

El sueño de doña Antonia Tarragó y doña Isabel Le Brun, entonces, quedaba cumplido. Cuatro años después, ingresaba a la Universidad de Chile la primera mujer estudiante, en 1881. El cambio sustantivo de la sociedad ya era inevitable.

Base del monumento, sólo parcialmente legible y muchas veces vandalizada, por desgracia.

LAS ESTATUAS DE LAS EDUCADORAS

Fue durante un gobierno radical de los años cuarentas que cundió el interes en homenajear la obra de Tarragó y Le Brun, con esculturas instaladas en la Alameda. Hasta ese momento, no existía en todo Santiago ninguna clase de reconocimiento público al esfuerzo que ellas habían desplegado y marcado con sus iniciativas en la historia nacional.

Fue así como durante los años de la administración del Presidente Juan Antonio Ríos, se le encargó la creación de la enorme escultura granítica al célebre artista nacional Samuel Román Rojas, cuyo prestigioso nombre se repite invariablemente por donde quiera que encontremos ejemplos de ornamentación artística urbana producida en Chile.

La corpulenta doble escultura de más de cuatro metros, llamada simplemente "Las Educadoras", fue inaugurada el 13 de abril de 1946 en la Alameda Bernardo O'Higgins a la altura de calle Dieciocho, celebrando también la vigencia del legado que sembró el Decreto de Amunátegui de igualdad de hombres y mujeres en el acceso a la educación superior chilena. Se levantó en donde existía antes una fontana de buen tamaño, en cuyas aguas vivían pequeños peces dorados, y se mantuvieron los jardines alrededor de ella.

Actualmente, las silentes mujeres siguen allí, sumidas en el mutismo propio y el externo, en la misma humildad sin estridencias con la que cambiaron para siempre la educación en una sociedad que aún les debe reconocimientos. Varias capas de pintura, seguramente intentando tapa atentados de los malditos malos grafiteros, han borrado parte de las inscripciones en la base de la pieza, ocultándolas como un estuco imprudente a los ojos de este pueblo que celebró sus 200 años de salto a la vida independiente, dejado pasar el nombre de estas dos ilustres defensoras de la educación.

Por singular ironía, además, en las protestas y movilizaciones estudiantiles realizadas durante el pasado año 2011, las imágenes fueron vandalizadas con pintura y con inscripciones indignas de esas dos potentes mujeres-símbolos, iconos precisamente de la educación pública chilena. Más aún, sospecho que habiéndose instalado el prejuicio de que absolutamente nada bueno puede provenir desde los actores particulares de la educación para la enseñanza encargada al Estado, quizás falte mucho para que se produzca el verdadero y sincero reconocimiento al aporte incalculable de Tarragó y Le Brun a nuestra educación superior y nuestra sociedad en general, mas allá de lo que intentan estas estatuas en su homenaje.

Seguir leyendo…

lunes 13 de febrero de 2012

ÁYAX: UN HEROICO PERRO MÁRTIR QUE CONMOVIÓ A LOS SANTIAGUINOS

.

Ayax, el perro héroe y mártir, posando junto a su adiestrador el carabinero Luis Carrasco, en el preciso momento de haber terminado y aprobado el curso de adiestramiento, a fines de 1959 (fotografía del diario "La Tercera" de 1962).

Desde los tiempos de la Conquista hasta nuestros días, la vida en Chile está llena de registros de canes que fueron capaces de hacer historia propia y generar sus respectivas leyendas, parte de lo cual hemos estudiado en otro artículo de este blog, dedicado a la relación estrecha y culturalmente exitosa entre rotos chilenos y perros. Famosos son, por ejemplo, los casos del quiltro llamado Lautaro, que fuera una estrella entre los soldados de la Guerra del Pacífico; y después las aventuras de Cuatro Remos, un mítico can de Valparaíso inmortalizado en la literatura infantil.

Un destacado de esta tradición de perros profundamente enraizados con el cariño popular y la propia identificación -no admitida oficialmente- del chileno con el ser perruno, fue un magnífico can policial llamado Áyax, cuya vida y tragedia conmovieron a la sociedad chilena a principios de los años sesentas, superando incluso las historias melosas de Lassie con un muy real y dramático capítulo del que, por supuesto, hoy nadie recuerda nada.

Aunque ya participaban parcialmente desde antes en la institución, los perros policiales comenzaron a ser empleados formal y organizadamente por Carabineros de Chile hacia 1947, convirtiéndose en un enorme aporte a sus funciones. El servicio de los canes alcanzó tal relevancia que, durante el año 1954, se fundó en la Escuela de Carabineros de Chile la Sección de Perros Policiales. Tres años más tarde, este departamento se convirtió en el Curso de Adiestramiento de Perros Policiales, permaneciendo por dos años más al mando del Capitán Mario Fuentes García. La formación educativa de los perros contó con la asesoría del experto alemán Carlos Fisher Voight, quien era, además, juez internacional de razas. Coincide su presencia con una época de progresos en instrucción y veterinaria, por cierto.

El buen entrenamiento de estos astutos perros al mando de Carabineros de Chile, permitía que los niños se acercaran a acariciarlos en las calles o en los desfiles. Los animales respondían mansamente, ofreciéndole alguna de sus anchas patas como saludo, aunque sólo bastaba una instrucción de sus amos para que reaccionaran con ferocidad y determinación contra los malhechores. Muchos de ellos, por lo tanto, tenían popularidad, especialmente en localidades que entonces se hallaban algo retiradas del radio central de la ciudad de Santiago, allá donde la vida aún seguía siendo más vecinal y comunitaria.

De estas primeras generaciones de perros adiestrados por y para el servicio policial, destacó un extraordinario can pastor alemán llamado Áyax, que era toda una celebridad entre los carabineros de Santiago y un orgullo en la dotación de la 6ª Comisaría de San Bernardo, donde se encontraba destinado, además de ser un regalón de los muchachos y de los demás residentes de aquellos barrios.

Nacido en Reñaca el día de Navidad de 1956, Áyax fue un hermoso perro ovejero de color negro con manchas amarillentas. De los seis cachorros nacidos en esa camada, él era el más juguetón e inteligente al criterio de su amo, don Daniel Troncoso Ovalle, quien se lo quedó y comenzó a enseñarle trucos tras bautizarlo con el nombre del legendario héroe griego. El can creció manteniendo una recia estampa y mostrando gran ferocidad ante los extraños. Llegó a Carabineros de Chile el 18 de marzo de 1959, cuando Troncoso decidió donarlo a la institución en Santiago, pasando a la Sección de Adiestramiento el 20 de ese mismo mes y quedando bajo la guía del carabinero Humberto Díaz Sepúlveda. El 24 de diciembre fue evaluado y logró las pruebas de rastreo y ataque de manera brillante. El can fue avaluado en dos millones de pesos y se lo tenía por uno de los más eficaces y bien amaestrados del servicio.

Sólo seis días después de aprobar el curso, Áyax fue separado de su querido amo, al ser destinado Díaz Sepúlveda a la dotación de Arica. El perro pasó, entonces, a la Comisaría de San Bernardo, donde quedó encargado al carabinero Luis Carrasco Pinto, de 25 años, quien estaba destinado a ser su último instructor. La estima surgió de inmediato entre ambos y Áyax lo seguía por todo San Bernardo, ganándose el cariño y la admiración de los ciudadanos por su imponente estampa. Su hoja de vida del perro era impecable, habiendo participado en varias operaciones policiales donde siempre destacó por su valor y lealtad, tanto así que, por sus talentos, muchos lo apodaban Cuatro Remos y Rin Tin Tin.

Varias fueron las hazañas del perro pastor. El 4 de diciembre de 1960, por ejemplo, había sido asesinado en la Población José María Caro el joven Julio César Santibáñez, de 24 años, y se requirió de un buen rastreador para buscar a los asesinos, encargándose esta tarea en Áyax, quien partió acompañado por los cabos Sergio Farías, Luis Carrasco y otros dos carabineros. En sólo 90 minutos, el olfato infalible del can dio con un responsable: Horacio Nelson Ortiz González, de 19 años, alias El Chito. Poco después, acorraló al segundo criminal: Guillermo Briceño Espinosa, de 16 años, alias El Nariz de Camello. Otro hecho destacado en la vida del perro ocurrió en 1961, cuando en altas horas de la madrugada pasó por la calle un hombre llevando un voluminoso paquete, por el paradero 37 de Gran Avenida José Miguel Carrera. Áyax comenzó a gruñirle y se le acercó olfateándolo y aprisionándole una de sus piernas. Nervioso y sintiéndose capturado, el tipo comenzó a confesar de inmediato a los carabineros que acababa de robar una gran cantidad de ropa en una casa de Gran Avenida y la traía en el bulto. Incluso unos días antes de su triste muerte, el perro había hecho otro acto notable, al capturar un cogotero que acababa de asaltar a un suboficial de la FACH.

Los funerales de Ayax, siendo despedido por un niño y por otro de los perros de la unidad (fotografía del diario "La Tercera" de 1962).

Pero la tragedia de Áyax sobrevino el jueves 11 de enero de 1962, en horas de la madrugada. El perro había entrado en servicio aquella jornada a las 22 horas del día anterior. Según informó entonces el diario "La Tercera", un delincuente de nutrido prontuario llamado Manuel Jesús Chávez Guerrero, alias El Conejo Grande, había sido detenido y llevado a la citada Comisaría. Lo interceptó el radiopatrulla 129 a cargo del Vicesargento 1° Pedro Vargas Santis, al sorprenderlo viajando en un taxi cerca de las 1:30 de la mañana, con nueve sacos que contenían más de 100 gallinas robadas. Fue subido al furgón policial y llevado al cuartel, pero mientras descendía, escapó raudamente en un descuido, aprovechando la oscuridad de la noche y el que los uniformados estaban distraídos contando las aves robadas.

Lo carabineros salieron tras el delincuente a darle captura otra vez, en una persecución callejera que era liderada por el Vicesargento Vargas, el cabo Juan Francisco Toledo y por Áyax que también intentaba atrapar al fugado, luego de verlo escapar mientras simulaba dormir frente al acceso del recinto. Haciendo gala de sus capacidades físicas, el perro se adelantó y le dio alcance frente al número 332 de la calle Urmeneta pero, al verse acorralado por el perro que logró darle una mordida en la mano izquierda a la altura de la muñeca, el infame sujeto sacó un arma de su bolsillo, un revólver, y disparó tres veces sobre el animal a sólo 20 centímetros de él, dando uno de los tiros sobre su cabeza, volviendo a escapar y escondiéndose en algún lugar de los barrios del entorno.

Áyax, el perro querido por los niños y los inocentes pero odiado por los hampones, murió al instante. Los carabineros que encontraron su cuerpo, con el corazón destrozado lo llevaron hasta el cuartel poniéndolo sobre una mesa y tapándolo con un escudo de la Sección de Adiestramiento. Su guía Luis Carrasco llegó seis horas después al servicio, enterándose sólo entonces de la terrible noticia. Habían pasado 18 días desde que el pastor alemán había cumplido 5 años de vida, y 19 desde su segundo año en esa Comisaría.

La comunidad de San Bernardo quedó consternada con la noticia, dada la gran popularidad y cariño que existía por el perro, en una época donde aún eran escasos estos animales adiestrados y cuando constituían toda una atracción estos pastores alemanes reclutados para el orden y la seguridad pública. La pena se mezclaba con la indignación de saber que Chávez Guerrero seguía prófugo e impune por este crimen, y la noticia llegó a los diarios y hasta ocupó portadas, expandiendo las sensaciones encontradas por toda la ciudad.

Al día siguiente, los funcionarios de carabineros le organizaron un funeral en el patio de la Comisaría, desde temprano en la mañana. Hacia las 11:15 horas, la cantidad de público que había asistido repletaba el recinto, incluyendo a vecinos de San Bernardo y a autoridades policiales. Hubo un sentido discurso del Capitán Renán Rodríguez R. y de la niña Silvia Corrales C., alumna de uno de los colegios locales que habló en representación de todos los escolares de San Bernardo, entre los que Áyax gozaba de enorme afecto. Varios otros niños se acercaron llorando de emoción cuando iban ante el cuerpo del can y lo reconocían, además de otros perros compañeros de Áyax que pasaron por la fila de despedida. El animal estaba en una angarilla, cubierto por una lona y con su cabeza asomada afuera con la mueca de muerte aún grabada. Una trompeta tocando "Silencio" sonó mientras el cuerpo fue tapado.

Poco después, el cuerpo de Áyax fue entregado al taxidermista profesional Adrián Vergara Castro, quien terminó de embalsamarlo el 24 de enero siguiente. Vergara era el mismo que habría embalsamado al perro Ulk, del Presidente Arturo Alessandri Palma, que se encuentra en el Museo Histórico Nacional.

Hubo otros famosos canes héroes o mártires de esta generación, además de Áyax. Uno de ellos fue Fákar, un astuto perro que la Dirección General de Carabineros destinó a la Primera Comisaría de Puente Alto y que poco antes de la tragedia de Áyax, también había muerto en acto de servicio, aunque en su caso envenenado. Ese perro fue reemplazado en la misma unidad por Dix, otro prodigioso can, muy inquieto, elegante y de hocico aguzado, cuya guía quedó a cargo del carabinero Juan Cortés Salazar, y que, con 1 año y 10 meses de edad, se puso un simbólico uniforme de carabineros en los mismos días en que Áyax era despedido. Otros perros famosos del servicio fueron los que pasaron frente al cadáver de este último, para darle su respectivo adiós. Poco tiempo después de la muerte de Áyax, además, la revista "En Viaje" de mayo de 1962 informaba que 82 perros adiestrados secundaban ya la labor de Carabineros de Chile, continuando una tradición de canes policiales que hoy es una parte importante de la institución. En 1991, la Sección de Adiestramiento pasó a depender de la Escuela de Suboficiales y se constituyó para tales efectos en el 7º Escuadrón de Adiestramiento de Perros Policiales, pasando a ser la actual Escuela de Adiestramiento Canino con la Orden General Nº 1.741 del 30 de enero de 2007.

Fue una lástima que un vulgar hampón callejero y ladrón de gallinas como Chávez Guerrero le quitara la vida al heroico y querido perro de la institución, en tan desafortunadas circunstancias. Por eso hemos querido recordar a Áyax en este artículo, para rendir homenaje a la memoria de este valeroso animal, habiéndose cumplido, hace poco, 50 años exactos de su partida.

Embalsamamiento del cuerpo por el maestro taxidermista Vergara Castro. No me fue posible averiguar si continúa en la institución de Carabineros de Chile o en algún cuartel de la misma (fotografía del diario "La Tercera" de 1962).

Seguir leyendo…

viernes 10 de febrero de 2012

RECUERDOS INCONCLUSOS DE UNA PASADA POR EL PASEO AHUMADA EN LOS 80 (PARTE II)

.

Vista de Ahumada en la época, hacia el Sur, con la esquina del Banco de Chile y las Farmacias Ahumada atrás.

Coordenadas: 33°26'36.46"S 70°39'1.52"W (inicio) 33°26'18.83"S 70°39'4.02"W (final)

En la primera parte de esta entrada, ya vimos algo sobre los personajes y lugares populares del Paseo Ahumada en los años ochenta, con verdaderos iconos de la ciudad que allí se podían encontrar, muchos de ellos olvidados o definitivamente perdidos en el tiempo. En esta segunda parte corresponde ver el tramo final de Ahumada y las sorpresas que acogía esta calle peatonal en ese sector, quizás uno de los más activos de todo el barrio comercial central.

Entre 1985 y 1990 hubo innumerables ejemplos de las artes callejeras en este lugar: payasos, guitarreros, cantantes, humoristas, muchos más que en nuestros días. Un dúo de folkloristas era curioso: el sujeto alto tocaba el charango y su compañero muy pequeño y curcuncho tocaba la guitarra, de modo que parecían ejecutar instrumentos proporcionalmente cambiados. Un músico gordito y ciego, por años llenó de tonadas y valses la entrada a las galerías al edificio Portal Fernández Concha, por el lado de Huérfanos. Cantaba tan bellamente que muchos se detenían a oírlo un par de minutos antes de entregarle una moneda, dando realmente pena ver hoy vacío ese lugar que ocupaba sentado en una banca. Otro músico tocaba el acordeón en la cuadra anterior; y recuerdo cuando una pareja de turistas argentinos reconoció las melodías de su querido tango porteño en el instrumento y comenzó a bailar allí, en la calle, mientras todos miraban el espontáneo espectáculo que, al terminar, el acordeonista celebró apuntando a una cámara de seguridad recientemente instalada sobre ellos y diciendo: "Saluden, porque nos están transmitiendo en vivo", con lo que sacó risas y seguramente más monedas para su tarrito.

Veamos un poco más sobre estos personajes y sitios que tan bien conociera toda una generación por la que aduve a la deriva, en aquel entonces.

Una reliquia numismática: la ficha original de los videojuegos "Delta 15".

El gentío pasando por la segunda cuadra de Ahumada durante horas de la tarde, hacia 1990.

PALACIOS DEL VIDEOGAME

Los videojuegos de Ahumada eran atracción todo el año: en cimarras, en ocio de la tarde, en holgazaneo nocturno, en vacaciones, fin de semana, etc. El más popular estaba en la segunda cuadra y era el subterráneo de los famosos juegos "Diana", en un espacio que ahora ocupa una multitienda y que, en sus inicios, había pertenecido a la clásica boîte y restaurante "Waldorf". No era mi sitio favorito de juegos, como he dicho ya en otra entrada de este blog, pero ciertamente era un importante lugar de reunión dentro del paseo, especialmente para compañeros de clases y las parejas. Casi siempre se encontraba lleno, sin importar la época del año en la que nos encontráramos.

Al frente, en los oscuros subterráneos desaparecidos donde se encontraba también un salón de pool y el cabaret "Plaza Pigalle", había otra central de videojuegos más pequeña a la que acudía todavía en mis tiempos de universitario. No tenía muchas cabinas de juego, pero era más probable encontrarlas desocupadas aquí que en otros puntos de la congestionada Ahumada. Hacia el final de esa época, además, se instaló otro centro de juegos electrónicos casi en la esquina con Agustinas, llamado "Games Center" y del que también he hablado algo en este blog. Fueron maravillosos cuatro pisos de entretención exactamente al lado del local de "Los Pollitos Dicen", lamentablemente cerrados en los años noventas y ahora asimilados por una gran multitienda vecina.

El paseo Ahumada atraía a la juventud con varias propuestas tecnológicas y tiendas especiales como la moda de "El Rincón Juvenil", sin duda, pero uno de los centros más importantes para los encuentros adolescentes en Ahumada en aquellos años ochenta era, muy especialmente, el centro de videojuegos "Delta 15", del que hablé extendidamente en otra entrada ya. Era un lugar magnífico para pasar mañanas, tardes y parte de las noches, allí al lado de la "Feria del Disco", entre Ahumada y Huérfanos. Todos los concurrentes habituales no conocíamos de algún modo y, a los de más edad, les daban ciertas ofertas especiales por cortesía de la casa, como fichas adicionales por cada compra. Muchos records de videojuego se batieron en secreto en esas salas vibrantes, que para varios de nosotros era la razón principal de una visita al Paseo Ahumada. Una pizza individual horneadas en la calle (casi puro tomate, queso barato y orégano) o una de las primeras rosquillas en venta (ya entonces ofrecidas como "donuts") en los locales llegando a Plaza de Armas, bastaban para sobrevivir a la jornada sin despegarse demasiado rato de la palanca de juegos ni morir de fatiga.

"Delta 15" fue tan popular por entonces que muchos otros centros le plagiaban sin escrúpulos el nombre y su título nos perseguía, así, por todo el verano y las vacaciones, pues muchos balnearios de la Zona Central también tenían sus propios "Deltas", como sucedía en El Quisco. La casa matriz de Ahumada, sin embargo, desapareció súbitamente, dejando a todos los clientes con los brazos colgando y las monedas en los bolsillos.

Las elegantes arcadas del edificio Hotel Crillón. En aquellos años, dentro de este edificio, en su galería comercial, se encontraba una hermosa réplica de la estatua griega Áuriga de Delfos, lamentablemente trasladada desde allí por los actuales dueños del complejo.

¿Quién recuerda los encuentros de estudiantes y las parejas del Savory Dos y Tres?

"LES ROTHEQUES" EN LAS PUERTAS DEL BANCO

Las escaleras, columnas y puertas cerradas del Banco de Chile en Ahumada, allí frente a la desaparecida fuente de aguas de esta misma cuadra donde estaban los "Delta 15" (y al frente de ellos), eran el escenario de los larguísimos shows nocturnos de un conjunto que más tarde fue bautizado como "Les Rotheques". Sus rutinas eran un aluvión de chistes, improvisaciones, algunas falsas tallas "espontáneas" (en realidad libreteadas) y un enorme guión con canciones, toques de guitarra, historias de humor, scketches y bromas a cada segundo. Si mal no recuerdo, sus integrantes se hacían llamar Indio, Raúl, Guatón, Juan Pablo y, si no me equivoco, creo que Pato de "Los Atletas de la Risa" trabajó con ellos en sus inicios.

El contenido de sus rutinas horrorizaba a las señoras más recatadas, y las mamás de los cabros chicos dados a la noche hacían lo imposible para que ninguno de sus rapaces fuera a aprender una enciclopedia de garabatos y chistes picantes que allí eran vertidos, ante la gran concentración de público que llenaba sus presentaciones, muchas veces interrumpidas por carabineros. En alguna ocasión, los humoristas debieron salir corriendo súbitamente con la guitarras al divisar a la fuerza pública, mientras uno de ellos gritaba sin dejar de correr: "¡¡¡Chao chiquillos, disculpen, vamos a tomar onceeeeeeee....!!!". Otras veces, ellos mismos provocaban ladinamente la suerte: por ejemplo, cantaban una versión del tema de "Los Prisioneros" titulado "¿Por qué no se van?" y, justo cuando coreaban esta frase en el estribillo de la canción, se llevaban una mano a la frente como haciendo un saludo militar.

Nadie estaba libre en ese sitio: chistes contra el gobierno, contra los maricones, contra las mujeres, contra los celosos, contra los ricos, contra los pobres, contra los tontos, contra los feos... A veces hasta agarraban a algún tipo del público para palanquearlo sin piedad, bastándoles cualquier detalle como excusa: recuerdo un sujeto flaco del que se burlaron inmisericordes por su gorro de lana, tipo chilote, llamándolo "cabeza de teta" ante la risa del resto de los presentes. En otra oportunidad, haciendo una rutina en la que alguien supuestamente disparaba una pistola imaginaria en una historia de humor sobre charros bandoleros, algún chistoso en los pisos altos del edificio del frente dio un tiro con un fulminante o una salva pequeña justo cuando lo hacía el actor. Todos en el público saltaron en su metro cuadrado y volvieron las cabezas: un tipo grueso y de pelo corto se reía desde su ventana. Los humoristas, en lugar de enojarse, sonrieron y parecieron agradecerle el "aporte" a la rutina, aunque había que tener agallas y ser temerario en esos días hacer semejante simulación de un balazo en pleno Paseo Ahumada.

Todas las noches de viernes y a veces las tardes de los sábados, estaban allí. Recuerdo que el año 1986 iba con mi hermano y con un amigo y vecino de entonces, "Perico" Quevedo. Ya me sabía de memoria sus chistes, pero de todos modos iba sagradamente después de sacrificar todas mis pocas monedas en los videojuegos. Aunque todos tenían un rol dentro de las rutinas, el Indio Carlos era el más "bandejero" y locuaz del grupo, diría que el líder natural, además de sobresalir por gordo, por la larga cabellera y los rasgos que le valían el apodo; Raúl, en cambio, muy moreno, bajito y enclenque, era el más inquieto y bajaba constantemente al público a hacer sus payasadas o a pedir monedas "de a cincuenca y de a cien, por favor" (los cuños más altos de la época), poniendo una extraña y ronca voz parecida a la de algunos tonis circences, pero que mezclaba con una forma de modular semejante a la de alguien con daño cerebral.

"Les Rotheques" eran muy populares ya entonces, pasando a hacer presentaciones en teatros, ferias y clubes nocturnos a fines de los ochenta. A principios de la década siguiente estaban muy activos y aparecieron en algún programa de televisión, creo que en "Cuanto vale el show", pero como invitados. Fue tan emocionante volver a verlos entonces, que hasta me gané un reto de mi polola de esos días, quizás incapaz de entender los recuerdos que yo asociaba a un show tan rasca. Grabaron videos como "Les Roteques" I y II, usando este nombre entonces (sin la "h" al centro). Sin embargo, habían sucedido desmembramientos y sólo quedaron en el grupo tres de los fundadores que veíamos siempre en el Paseo Ahumada: el Indio Carlos, Juan Pablo y el Chico Raúl. También grabaron un nuevo video humorístico de bajo presupuesto en 1995, llamado "Cago de miedo" (parodiando el nombre del filme "Cabo de miedo"), dirigido por Alejandro Angelini -el mismo director de los videos del dúo "Dinamita Show"- y donde trabajó una legendaria musa de los espectáculos nocturnos de entonces: la exuberante vedette Anisse Lark. Sin embargo, el grupo reducido ya a trío apareció ahora con el nombre de "Lotsrohteks", extraño giro que supongo relacionado con dificultades legales en el uso del nombre original, o algo así.

Creo que fue por problemas con la justicia y diferencias con el grupo que el Indio se retiró en esa misma década, de modo que "Les Rotheques" quedó reducido a sólo dos de los humoristas que trabajaron por tantos años en este lugar del Centro de Santiago: Raúl y Juan Pablo. Ambos volvieron a las calles, pero han realizado también importantes presentaciones en festivales y otros escenarios. Su lugar en las puertas del banco pasó a ser ocupado desde fines de los ochenta por otra camada de humoristas callejeros: "Los Atletas de Risa", quienes realizaron uno de sus varios videos comerciales allí grabados, precisamente con el dúo "Les Rotheques", en 1998. También han hecho presentaciones con el maestro Daniel Viches en la "Carpa del Humor", una década más tarde. Hace pocas semanas aparecieron en el programa de La Red "Mentiras Verdaderas", con su rutina parodiando al astro mexicano Juan Gabriel.

"Los Atletas de la Risa" con el dúo "Les Rotheques" (ambos abrazando al Guatón, a la derecha), en video humorístico de 1998 grabado en la misma entrada del Banco de Chile que fue escenario de ambos grupos en los años ochenta.

LA CASA DE LA MÚSICA

Frente a este sitio que servía de escenario a "Les Rotheques", y antes de pasar a llamarse "FeriaMix", estaba la disquería más importante de Ahumada: la "Feria del Disco". Tenía dos locales: uno en la entrada, casi en la esquina con Alameda, y éste, que era su casa histórica y que aún se conserva llegando a Huérfanos. A veces venía hasta acá el "Abuelo Bailarín" del que hablé anteriormente, a hacer breves exposiciones de su cumbia de locos.

Obviamente, en esos años se llamaba "Feria del Disco" aludiendo no a los CD de nuestro días, sino a los discos de vinilo que se vendían en enormes estantes y anaqueles, donde uno los podía ir consultando como si se tratara de los archivadores de una fastuosa librería. Y ciertamente, había algo de bibliotecología en el acto de consultar ese stock de música en plástico, pues era un ejercicio instructivo. Quizás la mayor parte de sus ventas, sin embargo, eran los cassettes: esas viejas cintas que morían frecuentemente estranguladas en los cabezales de un personal stereo o walkman y que debían ser rebobinadas por un lápiz cuando el motorcillo del equipo reproductor ya estaba demasiado gastado.

Eran los días en que comenzaba a sonar el mal llamado rock latino y los chilenos creían estar construyendo ingenuamente un movimiento musical común con los artistas argentinos, aunque en realidad ellos ya tenían vida propia y audiencia en su país desde mucho antes que el pop se masificara en la escena juvenil de Chile, luego de la virtual ruptura que significaron los años setenta con movimientos musicales y experiencias rockeras anteriores. Ya he comentado antes algo al respecto, a propósito de las visitas al galpón de los instrumentos Yamaha en la Alameda, también por esos mismos años o un poco antes. "Feria del Disco" no se abstrajo de este fenómeno de moda nacional, pero sí ofrecía también una gama interesante de ofertas y propuestas musicales que no formaban parte de la existencia para la venta más popular de las pocas disqueras de entonces.

Hacia el fondo, uno podía encontrar en la tienda música de corrientes alternativas melódicas, progresivas y electrónicas, aunque los precios limitaban mucho el acceso a los discos y la economía priorizaba al económico cassette. Allí se podía encontrar a los pocos fans de la misma música que le gustaba a uno, así que, con frecuencia, había también intercambio de teléfonos y luego de álbumes. Recuerdo una caja con obras de Jean Michel Jarré, Vangelis, Tomita, Kitaro y músicos por el estilo. Poco rock pesado, sin embargo, ya que eso era contenido para tiendas especializadas como fue después "Rock Shop" de Providencia. Aun así, no podía haber un crítico del fenómeno del pop latino que no diera una pasada periódica a los estantes de la "Feria del Disco" en esos años, porque no existía otra forma de estar al día con los nombres y trabajos de la música internacional, así que la gran tienda era visita necesaria en cada jornada de entretención por el Paseo Ahumada, especialmente esos inolvidables días viernes. "Emerson, Lake and Palmer", "Yes", "Génesis" o "Rush" casi no se podían conseguir por otra vía, aunque había que armarse de paciencia y esperar que aparecieran.

En el piso inferior estaba la música selecta, de película y algunas muestras de jazz, blues y otras tendencias, poco populares en esos años dentro de nuestro público. Era el sector menos conocido de toda la "Feria del Disco", pero la curiosidad y el tiempo libre motivaron a muchos a explorar esas salas ocultas del negocio, donde la chispa cultural les encendió por primera vez, quizás, el conocimiento e interés por la música de Wagner, Liszt, Verdi o Beethoven, además de ser un buen sitio para encontrar regalos para el cumpleaños de las mamás con un CD de José Carreras o Plácido Domingo, cuando comenzaron a llegar estos soportes al comercio chileno.

Después de la época de tiendas como "Colt 70", sin duda que la "Feria del Disco" fue una experiencia novedosa, popular y vanguardista que puso al día a los paseantes de Ahumada con mucho de la cultura musical que acá sólo era medianamente conocida y donde la radio tenía el monopolio de toda la difusión, cuando no era vía programas de videoclips como "Magnetoscopio Musical" de Rodolfo Roth o "Más Música" con Andrea Tessa. Sin embargo, al pasar los años y cambiar la importancia de la industria discográfica, la tienda hoy llamada "FeriaMix" fue dejando atrás ese clima familiar y acogedor que tenía con sus clientes, casi como biblioteca de consulta y aprendizaje para todos los que llegábamos hasta allá.


Maltratada fotografía del espacio que ocupaba "Games Center". Hoy, el aspecto de este sitio se encuentra totalmente remodelado y asimilado por una multitienda vecina.

LA BATERÍA DE ELVIS JUNIOR

Hacia las últimas cuadras de Ahumada antes de llegar a Compañía, tocaba ya entonces su armatoste de tarros, ollas, cajas y tambores industriales, el baterista loco llamado Héctor Benavente, más conocido como Elvis Junior por su pretensión de parecerse al Rey del rock and roll, aunque eligió el instrumento más equivocado para esa pose. Si bien su arte resultaba un tanto lesivo a la audición, era entretenido verlo especialmente en las tardes o en salidas de jornadas, así como aperitivo o bajativo según el ánimo del día. Aunque suele hacer hasta ahora presentaciones, también en el Barrio Matadero y cerca de Bellavista, hubo una época hacia fines de los ochenta, en que se aparecía con cierta regularidad por este lado del paseo, cerca de donde estaban las últimas fuentes de agua antes de tocar con la Plaza de Armas, hoy retiradas.

Elvis Junior apareció mencionado en el "Santiago Bizarro" de Sergio Paz, época en la que ya declaraba 35 años dados a este oficio de aporrear la batería artesanal con la que cantaba intentos de rock clásico y twist esperando algunas monedas del público. Dice allí que la inspiración la recibió de su padre, que era profesor de música. Oriundo de Valdivia, Elvis Junior tuvo una fugaz temporada por la televisión, en el "Japening con ja", que lo hizo más popular pero que no pareció señalarle mejores rumbos. En otro programa le regalaron una batería de verdad, profesional, pero tras largo tiempo tratando de dominarla, la vendió y regresó a sus más familiares tarros y envases vacíos para su percusión característica, desafinada y estrepitosa, conservando sólo una caja y un platillo de aquélla.

Dudo que Elvis Junior me recuerde, pero él también está ligado a mis aventuras en el balneario de Cartagena, hacia los años que antes he señalado. Nos encontrábamos siempre en el Paseo del Rompeolas y después de sus sesiones de batería marchaba hasta un conocido kiosco al final de la Playa Chica, en la terraza, que estaba siendo arrendado por un modisto italiano de cierto prestigio entonces, en ese verano de 1985, junto a otros amigos y colaboradores, entre ellos un sujeto gay de gran altura, vestido de forma que habría parecido estrafalaria al estándar de la moda chilena de esos años, y también con un tipo que hacía excelentes caricaturas y retratos de los asistentes. El negocio vendía jugos naturales y algunos sándwiches, bautizándoselo "Il Picolo Naturista" por los italianos, atendido por la novia chilena del mismo diseñador de moda. Estaba al lado de la entrada a la entonces repleta pista de patinaje y skateboard que existía al final del paseo, y que hoy se observa tan triste y vacía. Nunca olvidaré un sencillo afiche pegado en un poste metálico junto a este local, donde una debutante banda llamada "Los Prisioneros" anunciaba con "cara de malos" de sus integrantes, en ese verano, el reciente lanzamiento de su primer LP ("La voz de los '80").

En este lugar, y luego de algunas sesiones en los muchos centros de videogames que había por Cartagena, Elvis Junior también hizo buenas migas con el joven cuidador del acceso al recinto de la pista de patinaje, donde todos asistentes eran conocidos y entrábamos gratis: un compadre tan parecido al actor Silverster Stallone que le apodaron "Rambo" y "Rocky"; también estaba El Flaco, joven de largo abrigo negro, como de gángster; una hermosa, joven y rubia bailarina de ballet llamada Kathy, que hacía sus elongaciones y danzas con los patines puestos en la pista; también una muchacha, creo que llamada Marcela, que con 13 años medía un metro ochenta y allá encontró pololo, de paso: un tipo rubio y delgado de casi dos metros, ideal para sus proporciones. Elvis Junior era otro conocido entre todos ellos y se lucía en los patines. Solía llegar inquietamente allí luego de sus días trabajando como músico de calle con su batería; y como era pequeño, para poder sentarse en el "Il Picolo Naturista" solía colocar una silla sobre otra, para quedar a la altura del mesón por el que se atendía a los clientes. Supongo que le fue bastante bien allá hasta que, ese mismo año, otro sujeto más viejo y un poco engreído comenzó a hacer exactamente lo mismo en el sector de Playa Chica, tocando su batería de tarros y restos de artefactos eléctricos, con lo que comenzó a robarle público.

Tras aquel año volví a encontrar a Elvis Junior varias veces en Ahumada y otros lados. Quizás ya creía que ésta iba a ser su rubro de jubilación, cuando vinieron restricciones municipales que le pusieron en aprietos y que ya no le permiten exhibir su "arte musical" de cantante y pseudo-rockanrollero en vivo todos los días, debiendo tenderse en la calle dando explicaciones en grandes papelógrafos de cartón sobre su mutismo y pidiendo monedas como lo haría cualquier mendigo, ya no como el músico que creía ser en esos años ochenteros. Su rostro juvenil que recuerdo allá en Cartagua o Cartagena Vice, como le decían al balneario por entonces, no es el mismo: se observa cansado y envejecido, con medio siglo a cuestas no sólo en el cuerpo, sino ya en su alma.

Elvis Junior en la actualidad, en imagen publicada en vitrinearte.wordpress.com

El "Chicken Inn" y el local de la "Polla Gol", tercera cuadra de Ahumada de entonces.

MÁS RECUERDOS Y PERSONAJES

Quien sí ha sobrevivido intacto a aquellos años, salvo por algunas canas y una guata que antes no tenía, es el célebre canilla que fuera apodado "Rambo Chileno", por el disfraz que empleaba para vender el diario "La Segunda" (aunque "¡La Siuuuunnnndaaaaa!", suena su característico grito) y los cartones del "Kino". Según contó también al autor de "Santiago Bizarro", una vez en sus inicios, una vieja argentina fue a denunciarlo de puro metiche a carabineros "por terrorista", luego de verlo vestido como el personaje de Stallone en la calle. Pasea por toda la longitud de Ahumada, aunque es fácil advertirlo entre la segunda y tercera cuadra. Llamado en realidad Sigisfredo Venegas, también se disfrazaba de karateca, de copetudo millonario, de presidiario y de barrista del club de sus amores (Colo-Colo), entre otros. Últimamente ha hecho noticia por su creativa presentación como "el vendedor de palomas", reuniendo a las aves con unas migas o cereales que arroja al suelo y ofreciéndolos a la venta imaginaria para los transeúntes. Como él sí contaba con licencia, cuando vendía diarios y quería avisar a colegas ambulantes de la proximidad de carabineros ("movimiento de tropas", en la jerga de los comerciantes de Ahumada), el inquieto y movedizo "Rambo Chileno" sacaba un potentísimo y anormal grito ofreciendo "La Segunda", que era advertido por todos como la indicación de alerta.

Ahumada era también calle de muchos "loquitos" conocidos por la sociedad santiaguina. Uno de ellos siempre andaba por este sector cerca de la plaza, aunque alguna vez lo encontré por calle Tenderini y otros rincones cercanos. Era bajito, de pelo corto, un tanto grueso de contextura y hablaba como alguien quejumbroso a la vez que tentado de la risa todo el tiempo, marcando las frases sílaba por sílaba además de siempre sonreír mientras las decía, al tiempo que tocaba un hombro de su interlocutor con su mano, por extraña manía. Agradecía incluso cuando no recibía ninguna moneda. Era de una enorme simpatía y se podía tener -por entonces- una conversación cuerda con él a pesar de todo, pues tenía esa clase de trastornos "funcionales" como el que hoy se observa en otros famosos "loquitos" de Santiago como el Divino Anticristo del sector Metro Universidad Católica. Saludé y convercé muchas veces con el tipo del que hablo, cada vez que lo veía pidiendo monedas con su terno o abrigo roñoso y dado de baja por algún dueño anterior. Empero, lamentablemente su esquizofrenia (o lo que sea que tenía) fue avanzando y consumiéndolo: la última vez que lo vi, creo que en las galerías del edificio Eurocentro de Ahumada con Moneda, estaba enajenado y murmurando incensantemente entre ticks y muecas descontroladas: "Auxilio... SOS... Ayuda... SOS... Auxilio...". Tras eso, desapareció. Fue una pena que se perdiera de la ciudad de tan triste forma.

No siendo un loco pero sí un caso severo de excentricidad, el mago René Álvarez constituía ya entonces todo un personaje nacional, por sus salidas en televisión y su relevancia en el gremio de los comerciantes callejeros, además de haber alcanzado la presidencia de la Corporación Cultural de Artistas Peatonales. Más conocido como Mago Palito Show, este vendedor de trucos sencillos siempre destacó por sus frases de remate para cada acto de magia e ilusionismo, con los que "deja loco al amigo", según sus palabras. Su nombre artístico proviene al parecer de uno de estos trucos, en los que se vale de un palito como de helados. Se colocaba casi al final del paseo con su clásico sombrero de copa, pasando desde allí directamente a la Plaza de Armas, cerca del Sagrario, donde se mantiene hasta ahora. Su equipo va montado en un carrito con ruedas, acompañado de música pregrabada, un micrófono y un amplificador. Algunos locales comerciales, galerías y ferias lo contratan para promocionarlos y atraer clientes haciendo locuciones en el exterior. Sus enormes y expresivos ojos claros ya no funcionan como antes, sin embargo: el Mago Palito que alguna vez fuera contratado por los asesores del propio General Pinochet para algunas de sus fiestas privadas, hoy está quedando virtualmente ciego y sus exhibiciones para vender trucos se han reducido mucho, simplificándose a pequeñas presentaciones de magia allí frente a la plaza.

Luis Cornejo, en tanto, se encontraba al final de esta ruta cultural y artística del Paseo Ahumada, allá frente a la Plaza de Armas. Fue famoso no sólo por sus libros con temática social como "Barrio bravo", "Show continuado" y "La silla iluminada", sino porque también los vendía personalmente allí. Era un caballero amable y simpático, usaba a veces una boina tapándole la calva y exponía sus libros sobre una mesita sencilla. Como había aparecido en un comercial sobre un popular producto descongestionante nasal, muchos lo reconocían también por este rol, apodándolo el Pela'o del Mentolátum. Le dediqué una entrada propia a don Luis Cornejo en los primeros artículo que publiqué en este blog, donde mencioné la ocasión en que, siendo aún adolescente, lo sorprendí revelándole que conocía la mayoría de sus libros hasta entonces publicados, incluso los de temáticas más crudas, tal vez pensando que su público eran sólo adultos con criterio formado. Don Luis falleció en 1992, llevándose otro importante fragmento de la historia de este paseo.

Y, FINALMENTE, LOS INDESEABLES

No todos eran simpáticos y queridos personajes, sin embargo. Una colección de lanzas, carteristas y cabros pelusas acosando a la gente y a otros niños, merodeaban desde la mañana hasta la madrugada. Algún par de veces vi alguno siendo detenido, cuando esta escena era todavía una novedad y no parte de lo que uno ve habitualmente en la Ahumada de nuestros días.

También había una gran cantidad de delincuentes menores rondando por allí, entonces, aunque de ninguna manera en la cantidad que pueden verse hoy por el centro de la capital. También era famoso el Paseo Ahumada por la gran presencia de homosexuales, la mayoría de ellos inofensivos y lidiando con las miradas acusadoras de esa época, pero entre los cuales había un puñado de insoportables tipos que se metían en los locales de videojuegos o de música frecuentados por los adolescentes, a "estirar las manos", o que solían protagonizar alguna escandalera callejera a pito de nada. Fue esta época en la que vimos por primera vez, también, a las primeras niñitas floreteras realizando discretas ofertas sexuales vinculadas para la prostitución infantil para pervertidos, bajo la fachada de ventas de ramos de flores, horrible práctica que ha sido gradualmente desbaratada, por fortuna.

Recuerdo que había también algunos falsos mendigos y mujeres que llevaban a sus bebés con el pañal húmedo o bien los pellizcaban para provocarles el llanto y motivar así que les regalaran dinero. Un supuesto paralítico hasta se metía a los "Delta 15" a demostrar sus talentos psicomotores a escasas cabinas de la mía, todas las tardes, tras cada jornada pidiendo monedas. Algunas denuncias de esto hechas por reportajes de televisión en esos días, provocaron gran estupefacción e indignación de la ciudadanía. Como en todos los aspectos de la vida humana, pues, la oscuridad nunca ha estado ajena a Ahumada. Un par de delincuentes con aspecto y caras de gorilas quisieron abordarme a mí y a mi polola una vez allí también, saludándome de súbito y diciendo que me habían conocido "en Tongoy" mientras se preparaban para trajinarme cerca de Compañía; pero no sé si fue una cadena con candado y todo que usaba entonces como cinturón rockero, o bien mi respuesta de no haber estado jamás en Tongoy hasta entonces, lo que les frustró de seguir adelante y se perdieron entre la multitud, para mi alivio.

Por supuesto, lo que entonces podía considerarse como controvertido o dramático en el Paseo Ahumada, palidece ante el actual escenario que allí se hace visible, donde muchos problemas han empeorado y donde la presencia de esos artistas y charlatanes que antes le daban vida a estas cuadras se ha reducido de forma notoria, mientras los sobrevivientes alegan estar severamente amarrados a horarios y días específicos para poder actuar.

Seguir leyendo…

lunes 6 de febrero de 2012

RECUERDOS INCONCLUSOS DE UNA PASADA POR EL PASEO AHUMADA EN LOS 80 (PARTE I)

.

Entrada de calle Ahumada hacia principios de los noventa, aproximadamente, aunque sin demasiadas diferencias respecto de cómo lucía hacia 1987 ó 1988. En la esquina, la histórica "Farmacia del Indio", hoy ocupada por otra conocida cadena farmacéutica.

Coordenadas: 33°26'36.46"S 70°39'1.52"W (inicio) 33°26'18.83"S 70°39'4.02"W (final)

Quizás sacaré ronchas con la afirmación que me dispongo a hacer, pero estoy seguro que el Centro de Santiago, y particularmente el paseo Ahumada, era cultural y artísticamente mucho más activo e interesante en los años ochenta que en nuestros días, cuando la actividad se ve y se llega a sentir más proscrita y menguada aún que en esos complejos años. De alguna manera, el ambiente exterior era una prolongación de la calidez que existió dentro de sus locales comerciales en todos sus géneros, como el restaurante "Waldorf", la Farmacia del Indio, las tiendas de "El Rincón Juvenil" o clásicos como el Café Astoría. Todo ese rasgo pintoresco se ha ido oscurenciendo, conforme queda atrás la época a la que petenecieron.

La razón técnica de este contraste es, quizás, el que se viviera entonces en el auge peatonal y comercial de esta arteria, que había sido recientemente adaptada a las necesidades de la ciudadanía adoptando ese cariz tan propio, después de las intervenciones del alcalde Mekis en los años setenta. El ambiente político e histórico también motivaba más a la creatividad autodefensiva y a la necesidad de decir aquello que no tendría tribuna oficial. En la actual época de farándula y de reality shows, por supuesto, estos conceptos pueden sonar incomprensibles.

Todavía sobreviven ejemplos humanos de esa buena época ochentera en esos cerca de 600 metros de paseo a pie (700, si contamos el tramo de la Plaza de Armas): el mago Palito Show, por ejemplo, con sus trucos de bolsillo; o el Cieguito del Clarinete, como era llamado, y que ahora toca en Huérfanos una guitarra y una armónica, según la leyenda urbana porque su clarinete le fue robado. El ritmo de New Orleans suena en lo instrumentos de la "Poli Jazz Band". Ni idea de qué ocurrió con esas obras de teatro callejero que ofrecía un grupo de actores por las tardes allá en esos años, cerca del ex Hotel Crillón, con monólogos denunciado la ironía de la vida de Gabriela Mistral al recibir el Nobel de Literatura antes de ser reconocida en su propio país con el Premio Nacional; o los momentos finales del Presidente Balmaceda, que era presentado con una introducción en la que el actor anunciaba ladinamente "la historia de un Presidente que se suicidó víctima de la oligarquía, pero que no es el que Uds. están pensando, porque a ése lo mataron".

Una vez, en aquella compañía de teatro callejero le tiraron tanto la cola al león, que éste les cayó encima: no bien terminó una provocadora y humorística obra del Diablo que sube a la Tierra a ofrecer poderes con un pacto, con un argumento cargado de críticas políticas, fueron rodeados de carabineros y ¡para adentro! Era el final abrupto de muchos shows de artistas que hacían sus funciones de tarde o las nocturnas en paseo Ahumada y luego en Estado, creo que también convertida en paseo peatonal por esos mismos años. Incluso Andrés Pérez ofreció presentaciones de teatro por allí alguna vez, como director y actor de cortas y veloces piezas que dieran tiempo a los actores para desmontar y huir antes de que llegara la policía. El propio Enrique Lihn se sintió inspirado por este paseo, tomándolo para una de sus últimas obras, antes de morir en 1988.

Muchos de esos personajes que hemos visto envejecer allí, ya han partido o se perdieron; y su ausencia ha dejado vacíos irrecuperables, a los que ni el tan recurrido concepto de la memoria le dedica a veces algún volumen, por curioso desdén. Por eso, he querido recordar aquí algo de lo que queda y lo que ya se fue, rememorando también cómo eran esas tardes y noches de un día viernes hacia mediados de los años de la década del ochenta. Ojala os agrade.

Entrada al paseo, en la esquina de Ahumada con Alameda (Edificio Ahumada Once) donde quedaba entonces la "Casa Musa". Por las noches, una vendedora de pizzas individuales se instalaba en esta esquina con un horno portátil, más o menos donde está el carrito del mote con huesillos en la fotografía.

Así lucía el popular local de "El Tirol" a fines de los ochenta, en la punta de diamante de Ahumada con Nueva York. Su fama era la de los "mejores lomitos con mayo" de todo Chile.

EN LA PRIMERA CUADRA

Tanta vida tenía el Paseo Ahumada en esos días, que uno se sumía en ella ya con el primer paso en él, allí donde ahora están esas columnas metálicas oxidadas marcando el ingreso. Era una exposición digna de un cuento de pregones y saltimbanquis urbanos: desfile de figuras e iconos en pocos metros, haciéndose parte de la historia del paseo y de su propia importancia y atractivo, mientras formaban también parte de un todo; un todo en el que "Burger Inn" nos daba a conocer las hamburguesas de american style y los sándwich de lomitos con abundante mayonesa eran cotizados en la esquina de Ahumada con Nueva York, en "El Tirol", mismo sector donde los compradores-vendedores de dólares y de oro se conglomeraban justo detrás del local.

Uno de los primeros personajes que solían aparecer por el paseo, cerca de la Alameda, era el llamado "Viejo Loco" o "Abuelo Bailarín": un anciano de barbas y pelo canos, delgado, que a veces bailaba solo frente a la desaparecida Casa Musa de la esquina o las tiendas Falabella del mismo edificio. Su festivo baile no se hacía por monedas: era motivado sólo por la música en los parlantes de la sucursal de la "Feria del Disco" que se encontraba allí, exactamente al lado del acceso a la Estación Metro de la Universidad de Chile, en los bajos del Edificio La Cañada. Otras veces emigraba a la casa principal de la disquería, cerca del Banco de Chile, y en las menos ocasiones sólo necesitó de una cumbia imaginaria para sus ridículos pasos en solitario. La gente pasaba tímida por el lado del danzarín intentando esquivarlo o evitando asustada los roces con él. El viejo a veces, quizás trajinando cajas de basura, encontraba algunos juguetes y porquerías que usaba para adornar sus coreografías: una vez apareció vestido a la usanza de Chuck Norris en sus filmes rescatando desaparecidos en acción de Vietnam; y en otra se paseaba con unas pistolas de plástico amarradas a la cintura con cintas de colores. Otro día lo hizo parcialmente tapado con papeles metálicos, como un robot. Recuerdo haberle tomado fotografías caminando por Ahumada, que presenté para un trabajo universitario de diseño en 1992.

Hacia esa misma cuadra, sobre una banca para descanso peatonal, don Roberto Jacob Helo, más conocido como "El Mago de la Polla Gol", ya ofrecía entonces sus fórmulas y folletos para enseñar a pegarle al premio mayor de la Polla Gol con base en el campeonato de fútbol nacional. En mi infancia conocí a uno de sus supuestos beneficiados con los consejos que daba por radio y TV: don Félix, vecino de Gran Avenida amigo de mi abuelo y que, aunque decía que todo era un truco y que un productor le había pagado por asegurar que ganó la Polla gracias a los consejos del "Mago", atesoraba los recortes plastificados del diario con su foto recibiendo el premio. Como sea, tras acertar más de 90 veces los 13 puntos de la cartilla y más de 200 los 12 puntos, el famoso vecino "Mago" del Barrio Yungay y ex actor de radioteatro, declaraba que sabía incluso el día en que sucedería su muerte, y llegó a tener gran reputación entre sus seguidores esperanzados con ganar también la entonces codiciada Polla Gol del fútbol y el Pollón de Oro de la hípica de aquellos años. Lo último que supe de don Roberto, sin embargo, es que estaba viviendo menesterosamente, con sus cerca de 90 años a cuestas.

Recuerdo que en un período de Navidad, exactamente encima de donde se colocaba el "Mago" en Ahumada, una de las multitiendas colocó colgando en unos cables un enorme viejo pascuero en un globo de canasta, frente al acceso del Edificio Ahumada Once, como arrojando regalos a los transeúntes. Pasé bajo esa mole un día de esos, creo que después de una visita al dentista. Al llegar a mi casa, a la hora de almuerzo, veo las noticias y me entero que la enorme estructura se había precipitado recién sobre los peatones, al cortarse uno de los cables que la suspendían. Cabezas rotas, contusos y heridos por doquier.

Un poco más al Norte del mismo tramo de cuadras, los personajes se iban volviendo más y más extravagantes. El "Fakir" era uno de ellos: un sujeto de barbas y ojos almendrados simulando algún rasgo oriental, con una mecánica rutina de dormir en camas de clavos, pasarse alfileres por la lengua o la mejilla (por agujeros ya hechos y cicatrizados, como los de las orejas para los aros) y por comer ampolletas ante el asombro de los presentes. Un poco petulante de trato, una vez estuvo en el programa del horario de almuerzo de Canal 13, "Éxito", y jamás de despendió de su soberbia exhibiendo la descolorida fotografía donde aparecía en el set del programa con José Alfredo Fuentes como animador. En exceso orgulloso de este episodio, el "Fakir" se puso imperativo y más parco con la gente, exigiendo monedas antes de hacer sus shows con cuchillos, agujas y culebras chilenas secuestradas en su maletín, pues, según él, no venía "a estar parado sólo por estar parado" y pedía dinero por su espectáculo. Los aires de estrella le pasaron la cuenta y el público se le redujo. Emigró con foto y todo hasta la Plaza de Armas y otros sectores del centro, pero la cara de pesado le espantó a la audiencia y sus muestras fueron cada vez menos frecuentes. Ni idea de qué sucedió con él, ni si continúa en tales actividades, aunque algunos dicen que sí.

El "Abuelo Bailarín" en su época, por la casa central de la "Feria del Disco". A principios de los años noventa ya aparecía menos y casi no bailaba como en sus mejores años. Después, se perdió definitivamente.

Ahumada en el empalme de Bombero Ossa con Ahumada. Aunque se encuentra en muy mal estado, la imagen permite distinguir cómo era el acceso techado a las galerías subterráneas del 170, en aquellos días (a la derecha).

LOS CAFÉS Y LOS JUBILADOS

Antes de la irrupción de los cafés con piernas, el acto de "tomarse un café" en el centro estaba reservado principalmente a la segunda cuadra de Ahumada, allí donde están los salones del "Haití" y el "Caribe". No incluiré al célebre pero desaparecido "Café Santos" de Ahumada con Huérfanos, pues se trataba de un bello local de carácter más tradicional, familiar e incluso intelectual, cuya desaparición también fue también dramática para la historia urbana local.

Era divertido hacer un cambio de chip generacional en estos sitios de cafés, atendidos por damas muy jóvenes y bellas, de trajes cortos pero infinitamente más recatados que los actuales. Contrastaban con los viejos que iban en masa a beber café y conversar allí adentro o en las puertas de ingreso. A veces, aparecía algún famosillo aún lejos del retiro, pero igualmente inclinado a estas gratas y divertidas conversaciones "de viejos", que ni los días fríos ni las lacrimógenas de esos años lograban espantar.

Con frecuencia, cuando las revueltas políticas de Ahumada estaban muy fregadas afuera, bajaban la cortina y todos los clientes quedaban adentro, en una especie de club y refugio provisorio. Cuando levantaban otra vez la cortina, el escenario exterior había cambiado a un túmulo de barricadas humeantes, calles mojadas y señales derribadas. Recuerdo una famosa fotografía en blanco y negro, tomada por un profesional del reporte gráfico cerca de uno de estos cafés en esos años, en donde se observa a los carabineros retirando las barricadas y los carteles de lo que acababa de ser un campo de batalla, mientras un señor enano de terno atraviesa con su maletín. Esta fotografía ganó un concurso nacional de periodismo, al retratar magistralmente la misma escena que aquí intento describir.

Mi abuelo paterno, Mariano, siempre andaba por allá y varias veces lo vi afuera del café. Nunca tuve una relación cercana a su persona y, de hecho, me presentaba como su "sobrino" ante sus amigos, viejos igual de extraños y curiosos que él. Sin embargo, el que ambos -separados por generaciones y distancias emocionales- fuéramos asiduos visitantes del Paseo Ahumada, nos habituó a esta clase de encuentros casuales. Sus acompañantes eran siempre los mismos jubilados, similares a los de ahora: retirados que iban a conversar, a hacerse amigos, quizás a intercambiar pastillas homeopáticas y a compartir el tiempo que otros gastarían en un bar o en los tableros de ajedrez de la Plaza de Armas.

En los mencionados días de mayores protestas y movilizaciones callejeras, muchos de los manifestantes también eran refugiados dentro de los cafés para evitar ser detenidos por las fuerzas del orden. Abundaban los partidarios del gobierno en esos cafés y hasta ex militares, por cierto, pero eso no impedía el gesto solidario. Un día de esos, sin embargo, creo que en el "Caribe", un tipo que corrió dentro del local comenzó a provocar a los carabineros desde adentro, como alentándolos a ingresar al mismo sitio donde recibía asilo, lo que causó molestia entre la clientela que se vería injustamente involucrada en la escaramuza. Mi abuelo se acercó calmo al tipo y trató de persuadirlo de no provocar una entrada de uniformados al querido café, pero el sujeto, en lugar de relajarse, lo insultó y le arrojó encima una de las tazas calientes, seguramente viéndolo anciano y creyendo que el agredido no sería capaz de defenderse. Craso error: el atacado había sido luchador de la primera generación del célebre "Cachacaschán" de Enrique Venturino en el Teatro Caupolicán, donde encarnó a personajes llamados El Gorila Chileno y al villano enmascarado El Hombre Araña (que nada tenía que ver con el héroe de la Marvel), donde compartió ring con grandes exponentes, como Pepe Santos. Mi abuelo (o "tío"), así, saltó sobre el corpulento tipo y, haciéndole una llave asfixiante, en unos segundos lo dejó suelto como títere sin cuerdas allí mismo, ante el asombro de los demás presentes. Sólo cuando el revoltoso pudo volver en sí, se retiró del local tambaleante, avergonzado y con su valor ahogado en la humillación y el escarnio.

No sólo viejos jubilados asistían a estos cafés, por supuesto, pero esta característica quizás se ha ido haciendo más notoria en nuestra época, ante la irrupción de los cafés con piernas que se llevaron a muchos de los clientes que iban a estos salones más atraídos por las bellezas que los atendían que por los aromas y gustos cautivantes del grano del café tostado.

El café Caribe hacia esos años, en el sector que ha sido tradicionalmente de los jubilados.

Vista desde la esquina con Moneda hacia el Sur.

EL "GLORIA AL PULENTO"

Ni el Sol ni la lluvia lo espantaron, jamás. Incluso decía que Dios le permitía poder mirar de frente al Sol o mojarse con la lluvia fría un día entero sin enfermar, haciéndole demostraciones en vivo a los curiosos. En su devoción por el "Pulento" (concepto para referirse a Dios introducido y popularizado por él), seguramente ambas molestias climáticas las sentía como formas de caricias del Todopoderoso, que sólo estimulaban su fervor y sus energías infatigables por predicar y llevar la palabra del Salvador en cada rincón de Santiago Centro, incluyendo esas cuadras de Ahumada por las que paseaba con su viejo y gastado abrigo.

Ha sido el predicador más famoso y popular que haya conocido toda esta calle, de hecho, desde su entrada en Alameda hasta la Plaza de Armas, donde siempre era posible ver a ese hombre de barba corta y ojos transparentes, saltando y elevando las manos al cielo con tan características alabanzas emitidas casi como un mantra por su desgastada y ronca voz, raspada por tantos años de abuso:

"Gloria a Dios
¡Gloria a Dios!
Dios es Pulento
¡Viva el Pulento!
¡Aleluya!"

Llamado en realidad Raúl Gutiérrez, su prédica del evangelio comenzó en los años setenta, después de haber trabajado como mecánico de la desaparecida ETC. Según su propia confesión que alguna vez oímos, cada mañana ingería mucha harina tostada para tener energías, dar fuerza de su garganta y difundir así la palabra en todas las jornadas, vistiendo de roído terno y peinando sus cabellos rubios colorines sobre la incipiente calva, como todo un caballero de Biblia en mano, recibiendo pequeñas ayudas monetarias en el acto. Suponía que su humilde desayuno le ayudaría a conservar la voz, pero la verdad es que desgaste le llevó a ir endureciéndola año a año. Más que un predicador cristiano, entonces, había días en que sonaba más bien a Lemmy, el vocalista de "Motörhead". Después, y por desgracia, comenzó a perderla por causa de esa misma sobrexplotación.

Ahumada no era su principal lugar de informal ministerio: su esquina favorita era Moneda con San Antonio, pero las veces que aparecía por el paseo eran particularmente recordadas por la cantidad de peatones que circulaban por allí cada día y lo veían. En cada explosión de mensajes hablaba de Dios no sólo como el "Pulento", sino también como el "Terrible", el "Poderoso", el "Vengador" y otros grandilocuentes adjetivos. Su histrionismo llevó a varios humoristas a imitarle y parodiarlo, como a Fernando Alarcón en un libreto de su personaje Canitrot para la sección "La Oficina" del "Japenning con Ja", aludiendo a la "pelada milagrosa" de otro personaje, Don Pío, interpretado por Andrés Rillón. Otro que hizo sátira del popular predicador fue Ernesto Ruiz, con su personaje El Tufo en las presentaciones del "Picaresque" del Teatro Princesa, popularizando la frase "¡Gloria al Pulento!" que, originalmente, no estaba en el repertorio del predicador verdadero.

Por este último detalle, Gutiérrez era conocido por todos los paseantes del Centro como "Gloria el Pulento", especialmente en los años ochenta a los que aquí nos referimos, cuando esa expresión, "pulento", era una forma vulgar y popular de referirse a algo magnífico o estupendo.

Por muchos años, el "Gloria al Pulento" desapareció del Centro y algunos presumieron incluso que había muerto. Pero el fan chileno número uno de Dios reapareció por el sector de calle Moneda con Ahumada. Recientemente, fue entrevistado por reporteros del diario "La Nación", para una nota sobre su regreso, en la edición del viernes 20 de enero de 2012. Ya está cano, arrugado, casi sin voz ni saltos, pero sigue enérgico en la fe a sus 75 años, tanto como para continuar con la misma prédica del evangelio, mientras recibe alguna ayudita en dinero de los observadores, para mantener el hogar y la familia.

“Esta es la orden que me dio mi Señor -le dijo a los periodistas-, amigo: predícame en la calle, todo el día, sin parar. Pero yo le dije varias horas no más, mi señor, todo el día no puedo, que tengo que trabajar para mantener a mi mujer y a mis hijos. Entonces él me dijo predícame no más, honra mi nombre, que yo voy a ver que no te falte dinero. Y me dio la orden: predica y el que se pare a saludarte, ése te lo mando yo. Dile que te dé no más".

El "Gloria al Pulento" en nuestros días, fotografiado por reporteros del diario "La Nación".

Vista de la ex entrada a los subterráneos de Ahumada 170, donde estuvo la primera casa que tuvieron los Entretenimientos Diana antes de cambiarse al frente. Actualmente, este complejo está totalmente remodelado.

EL SHOW DEL "HOMBRE GOMA"

Lejos de la santidad y la fe, el "Hombre Goma" era un incorregible sujeto lisiado que se instalaba -entre otros lados- en las cuadras entre Hérfanos, Agustinas, Estado y Ahumada, aproximadamente, prefiriendo una esquina de este último paseo frente a una institución bancaria y de junto a algunas bancas que allí estaban dispuestas para los paseantes. Era un hombre delgado y que tenía sus piernas atrofiadas por algún mal, muy flacas e inertes, de modo que solía colocárselas cruzadas tipo "flor de loto" o bien por encima de la cabeza, con sus pies disfuncionales cruzados detrás del cuello, simulando ser un sujeto hiperlaxo o un "Hombre Goma" como se hacía llamar. Su impedimento le obligaba a permanecer sentado o, a lo sumo, ver el mundo sólo desde la altura de quien lo tomase en brazos.

Para moverse, este tipo se desplazaba en un carrito hecho de madera y con unas ruedas de rodamiento, usando sus brazos para el impulso. Algunos acompañantes le asistían en sus irreverentes y picantes shows allí en la calle, especialmente un sujeto con un mentón enorme, que era apodado por lo mismo "Pera de Candado". Recuerdo que, en invierno, el "Hombre Goma" reclamaba una vez que no quería "trabajar" porque hacía frío, a pesar de que una abultada multitud se hallaba esperando que empezara sus rutinas donde se mezclaban acrobacias de pacotillas con ráfagas de chistes y mucha improvisación. Era un tipo de carácter fuerte y a veces insoportable, pero por alguna razón caía bien y sacaba carcajadas. Uno de sus "trucos" era saltar desde la espalda de su asistente sobre un cojín en el suelo, con las piernas siempre amarradas por la espalda. Cuando una muchacha gritó en un reflejo de susto al verlo hacer esto, el "Hombre Goma" se volteó y la increpó diciendo: "¿Qué, hueona? ¿Te dolió el poto a voh?". Una vez descubrió que alguien se reía desde un tercer o cuarto piso frente a su lugar de presentaciones, así que le gritó enojado: "¡Tírate de hocico mejor y así nos reímos todos!". Como justo detrás de su lugar en la calle había una marquesina electrónica de una institución bancaria proporcionando una huincha corrediza con información financiera, el humorista, que siempre solía reclamar por las monedas de baja denominación que le daban los asistentes, en otra ocasión se volteó diciendo que iba a consultar "nuestro último cómputo", parodiando la situación que se da en las transmisiones de la Teletón; y fingiendo leer el tablero exclamó enérgico: "¡Cinco mil y puras hueás de a pesooooooooooo!". Incluso él mismo se ridiculizaba en algunas rutinas, donde discutía con sus asistentes y amenazaba: "¿Acaso querís que me pare y te agarre a pata's?".

Su batería de chistes era inagotable. Fue a él a quien le escuché por primera vez, además, el cuento del sujeto que se toma una foto desnudo antes de irse a hacer el servicio militar, y es interceptado por su madre y su abuela pidiéndole algún recuerdo antes de partir: a la primera, le dio la mitad de la fotografía, con la parte de arriba, pero a la segunda le dio la parte de la mitad inferior, confiando en la mala vista de la anciana. Cuando la abuela miró la imagen con sus deficientes ojos, le declaró al nieto: "¡Uy, pero si es igual a su abuelo: barbón y con la corbata chueca!".

Al finalizar su acto, el sujeto cantaba girando en círculo por encima de los pies del público que lo rodeaba y a veces afirmándose de sus piernas sin ninguna delicadeza o timidez:

Este ha sido
el show del Hombre Goma,
creado especialmente
para usted...

Al "Hombre Goma" ya lo conocía desde algunas presentaciones que hacía durante el verano en el Paseo del Rompeolas y frente a las playas de Cartagena, hasta donde acudían muchos de los artistas y personajes populares que se veían también en el Paseo Ahumada, como Elvis Junior, del que ya hablaré, y un retratista de calle que firmaba Areve. En aquella ocasión, el "Hombre Goma" ofrecía sus deslenguados shows allí en el balneario, pero por alguna razón, una noche en el mismo Paseo del Rompeolas, apareció en su carrito de ruedas vendiendo unas pocas bolsas de papas fritas. Nadie le compraba y un mesero del restaurante frente al que se hallaba, salió a increparlo, quizás para ahuyentarlo de allí, sin lograrlo. "Si fuera yo el que vende, tendría cien bolsas de papas allí", le decía el mesero, despreciándolo. Yo le compré las cinco unos minutos después, repartiéndolas entre mis acompañantes. El "Hombre Goma", liberando su carácter confrontacional e indomable, se devolvió y entró al mismo restaurante desde donde mandaron a increparlo, seguramente para enfrontar al mismo mozo y demostrarle que sí había vendido las famosas papas. Era de armas tomar, a pesar de sus impedimentos físicos.

El Hombre Goma comprendió las posibilidades de su show y partió a otros países a ofrecerlo a sus calles, acompañado del leal ayudante y bandejero el "Pera de Candado". Estuvo unos tres o cuatro años perdido, hasta que regresó a Santiago a principios de los noventas, pero ya no era el mismo. Aunque su carácter siempre fue fuerte e irreverente, venía muy arrogante y exigente, condicionando sus presentaciones al dinero que se le diera aún antes de ofrecer algunas etapas de su show. Por el fuerte y casi forzado acento bonaerense con que regresó hablando él y su asistente, no cuesta entender lo que sucedió ni donde. Quizás en Argentina estos métodos le servían, pero acá no y perdió rápidamente público, especialmente cuando comenzaba a recurrir a los argumentos sucios y victimistas del que intenta explotar la lástima para tener un recursos a mano, como ironizar con que la gente que lo rodeaba preferiría darle plata a otros "que tienen piernas" y no a él. Hasta fresco se puso: en una ocasión, con ese desagradable falso acento argentino que se le quedó metido, prometió que escalaría sobre un poste de luz de la Plaza de Armas que estaba al lado del sitio donde hacía su función en esta nueva temporada de regreso en Santiago, pero pidió que le juntaran $500, y con ello cerraría el show. Sólo se reunieron $400, pues la gente dudaba de lo que aseguraba hacer... Y como no se juntó la suma que exigía, mandó a todos a la cresta, volvió a sugerir con sarcasmo que le dieran las monedas a artistas callejeros "con piernas", ¡pero no devolvió ningún peso de los que se habían reunido, tratando de juntar lo que él pedía por el acto cancelado de escalar el poste y bailar encima!

El "Hombre Goma" se había acabado, entonces. Ya no era el ingenioso atorrante garabatero de los años ochenta, sino un vulgar pilluelo exigente y con un show reducido y fome, poco novedoso para la sociedad chilena. Nunca más experimentó en este sector del Centro de Santiago, que antes había sido tan suyo, y desconozco su destino, si está retirado o si sigue en algún otro lugar con aquello. La última vez que le vi, precisamente en los años de su caída, fue sobre su carrito con ruedas desplazándose frente al Cine Real de Compañía, y dando ridículos gritos a modo de bocina cada vez que quería advertir a un peatón de su paso.

En la próxima entrada, recordaré con memorias propias y otras prestadas algunos de los personajes y lugares que se encontraban en el segundo tramo del Paseo Ahumada, y que supongo muchos más de mi generación también tendrán registrados en alguna parte de su banco mental de datos.

El "Rincón Juvenil" fue la casa de los pantalones amasados y los a rayas.

Foto Cencer y Reifschneider ya competían en la primera cuadra de Ahumada.

Seguir leyendo…

Taxi del Blog... (pa'onde lo llevo'eñor???)

Loading

"Vox Populi": lista de las entradas más populares de esta semana