lunes, 7 de septiembre de 2020

“AQUÍ ESTÁ SILVA”: LA LEYENDA DE LAS VIEJAS FONDAS

Detalle de "Aquí está Silva", en el cuadro de Charton de Treville.

Nota: He estado muy apartado de internet y de la posibilidad de hacer nuevas publicaciones en este sitio, en parte por la situación sanitaria en que nos hallamos, y en parte también por las inexplicables sanciones que se me han cursado en varias de mis redes sociales, por infracciones que desconozco. Como estamos en la proximidad de unas Fiestas Patrias bastante anómalas, por la misma situación de cuarentenas y medidas de salud, quise salir de este retiro forzado por un momento y actualizar algo en el sitio, adelantando este capítulo que pertenecerá a la segunda parte de "El Santiago que nunca aburría" y que, del mismo modo, lanzaré por ahora también en formato digital, dedicado enteramente a las entretenciones del período 1840-1910 en la capital chilena, y de las que "Aquí está Silva" fue una de sus principales leyendas.

Ernesto Charton de Treville, eximio artista oriundo de Lyon y llegado a Chile en 1843, pinta dos años después de su arribo a estas tierras un famosísimo cuadro costumbrista al óleo, obra que ha llegado a cristalizarse como un verdadero símbolo histórico de las celebraciones criollas: “18 de septiembre en el Campo de Marte”, será su título.

La detallada pintura llegará a ser la más popular y famosa de todas antiguas escenas que se conocen de las Fiestas Patrias de la antigua Pampilla, en donde estará después el Parque Cousiño, hoy O’Higgins, sumándose a las representaciones pictóricas que se hicieron del mismo lugar partiendo por la del germano Mauricio Rugendas y, después, la que saldrá desde el atril del italiano Giovatto Molinelli, todas ellas representaciones de fuerte carácter popular e infaltables en los tratados sobre criollismo.

Describiendo con una mirada más docta el óleo del francés, el infatigable investigador Eugenio Pereira Salas nos dice en sus “Estudios sobre la historia del arte en Chile Republicano”:

Henchido de autentica chilenidad dentro del volkgevit romántico, Charton interpretó las fiestas nacionales de Chile. La más auténtica es el cuadro del 18 de Septiembre (Museo del Carmen de Maipú). Se inspira esta vez en Juan Mauricio Rugendas y sigue la forma de agrupación del cuadro de La Pampilla del maestro bávaro. Es un mundo en ebullición. Desfilan por el centro las autoridades presididas por la escolta presidencial. Se distingue en el primer plano en la izquierda las familias pudientes con sus carruajes de lujo, y más arriba dan su nota pintoresca las fondas tradicionales con las renombradas enseñas de “Viva Chile”, “Aquí esta Silva”, “Se Vende Chicha Baya” o la “Horchata con Malicia”. Junto a ellas se agrupa la abigarrada concurrencia criolla: huasos en sus cabalgaduras, escenas bailables, descritas con una técnica miniaturista que le permite rellenar los espacios con comodidad. El empaste grueso guarda estrecha relación con la manera de Rugendas aunque el de Charton es más espeso y chillón. Este sentido multitudinario de buscada confusión y algarabía contrasta con la reposada tendencia de sus cuadros urbanos.

Como señala el autor, entonces, en una de las “fondas” más famosas del parque que aparece en el cuadro del francés, se ve un gran lienzo con el siguiente mensaje: “Aquí está Silva. Pásame a ver”, chingana de carpa y de la que “nadie sabe si su éxito se debió al letrero y al espléndido servicio que deparaba el local o bien a sus conocidas excentricidades”, según anota Hernán Eyzaguirre Lyon en su entretenido tratado “Sabor y saber de la cocina chilena”.

“18 de septiembre en el Campo de Marte”, de Charton de Treville, 1843. Se observa al centro del grupo de "fondas" (en realidad, chinganas tipo carpa o de toldera) la que ostenta el lienzo con el aviso "Aquí está Silva".

Algo más se conoce del épico y ratos enigmático Silva, precisamente al que se señala en el cartel: el prócer de la fiesta popular era don Anselmo. Hay evidencia concreta de esas excentricidades a las que alude Eyzaguirre Lyon, además, pues, años después de realizado el cuadro a resguardo aún en el museo del Templo Votivo de Maipú, en 1860 hizo publicar en el diario “El Mercurio” un insólito mensaje que, al parecer, también habría distribuido en volantes, según anota Plath en un artículo de la revista “En Viaje” (“Fondas”, 1965).

Decía aquella especie de invitación con bríos de proclama pública:

El que suscribe avisa a sus favorecedores que está en San Bernardo dispuesto a cumplir una obra de misericordia de dar de comer y beber al sediento (se entiende no muy de balde). Hay comodidades para caballos y sus dueños. Hay qué dormir, pero se advierte que los que quieran ocupar piezas deberán manifestar la fe de casamiento o de lo contrario cada uno permanecerá en su puesto.

Anselmo Silva

Se sabe también que Silva era un gran animador de fiestas, muy conocido en aquel siglo por esta virtud. A diferencia de lo que indica la creencia motivada por la obra del pintor francés y a pesar de su generosa invitación a enfiestarse en San Bernardo, sin embargo, no está tan claro que haya sido, efectivamente, el dueño o regente de las fondas que se armaban con su apellido esgrimiéndolo como ariete de diversiones. De hecho, se cree que habría trabajado tal vez como organizador de eventos, asentista de locales o incluso catador de productos alcohólicos, por lo que tenerlo presente en un establecimiento y señalar su apellido en la presentación del mismo garantizaba al público interesado la presencia de buena comida, asados abundantes, música y baile en el alegre negocio; pero, por sobre todo, aseguraba disponible la mejor bebida para el público.

Cancionero de 1913, aproximadamente, también alusivo al famoso "Aquí está Silva" en su título y portada. Fuente imagen: sitio Biblioteca Nacional Digital.

Don Anselmo también parece haber realizado otras de sus jornadas memorables entre las chinganas que se instaban por temporadas en la Alameda de las Delicias, siendo ya un veterano del rubro: su nombre reaparece en una conocida lámina litográfica que publica Recaredo Santos Tornero en la sección de tipos y costumbres de su “Chile ilustrado”, obra de 1872. La imagen está basada, a su vez, en la ilustración que aportó el viajero Paul Treutler sobre las fiestas navideñas de la Alameda de Santiago, en 1860, titulada "La Noche Buena en La Cañada”.

A mayor abundamiento, la impropiamente llamada “fonda” que se observa en la imagen (en realidad, los puestos de temporada o chinganas ligeras que allí se instalaban), muestra como verdadero lema más que nombre propio el “Aquí está Silva”, ahora brillando sobre el toldo del local, con gente bailando cueca adentro e incluso afuera, entre los numerosos paseantes. Es la más vistosa de la ilustración, y está al lado de otra con el lienzo “A la chicha de Aconcagua”, con gran detalle. También se puede apreciar en la imagen a las tiendas, al variopinto público visitante, a las damas, caballeros y niños caminado entre ambas filas de puestos, algunos comerciantes con juegos y ventas en pequeñas mesas y toldillos a los costados, todo en una hermosa escena nocturna donde tampoco falta un borrachín, en primer plano, como suelen estar también los ebrios jugosos en la vida real.

El puesto de Silva que aparece en el grabado de marras, corresponde a uno muy sencillo y luce dos grandes banderas chilenas a cada lado de la misma, como símbolos tenantes. Iluminada en su interior, se aprecia que es un local de pequeño tamaño, con un conjunto musical de mujeres y una pareja sacudiendo pañuelos en su “cancha” de baile, mientras la gente participa de su ambiente o sólo mira desde afuera.

La divisa de “Aquí esta Silva” es considerada por Antonio Acevedo Hernández como una de las más memorables de la historia de la diversión chinganera y fondera nacional, expresándolo así en su “Retablo pintoresco de Chile”, obra en donde se refiere también al mito del singular personaje:

En las ramadas hubo rótulos que lograron celebridad, como aquellos de: ¡Aquí está Silva!, ¡A la chicha de Aconcagua que salta al ojo! Y el más sugestivo: ¡Aquí está la JUANITA con su HERMANITA! En realidad, el rótulo o reclamo no decía solamente “Aquí está Silva”, sino que agregaba: "el amigo de sus amigos". Fácil es imaginárselo, gordo, colorado, muy risueño, colmado de dichos y refranes y vestido a la campesina; pero tratadistas eruditos que no definen su figura dicen que no poseía ninguna chingana ni ramada, que sus actividades consistían en su competencia para conocer los vinos, siendo el catador oficial de Santiago, un juez tremendo, imposible de engañar, y al cual los comerciantes de bebidas, por insobornable, le temían. Los sabios saben mucho, pero yo no lo concibo fuera de su negocio.

El eslogan de don Anselmo, en tanto, llegó a ser sumamente popular en la sociedad chilena de entonces, convirtiéndose en una especie de frase antológica tanto como el descrito seguro de calidad para el público. Tanto fue así que, como recuerda el veterano del 79, J. Arturo Olid Araya, los soldados la tenían presente en los propios teatros del combate, según recuerda en sus “Crónicas de guerra: relatos de un ex combatiente de la Guerra del Pacífico y la Revolución de 1891”.

Lámina litográfica con la "fonda" de temporada en la Alameda, que lleva por nombre "Aquí está Silva". Publicada por R. S. Tornero en “Chile ilustrado”, 1872. Imagen basada en la ilustración "La Noche Buena en La Cañada” de Paul Treutler, en 1860.

Acercamiento al detalle de "Aquí está Silva".

Entrando en detalles, había sucedido que, después de la primera etapa del enfrentamiento que iba a ser recordado como la desastrosa Batalla de Tarapacá, hubo una engañosa pausa del combate en la que los soldados bajaron al río cortando brevas y cocinando cazuelas con gallinas atrapadas en el mismo lugar, charlando en un descanso alrededor de una fogata. Entonces, algunos de los chilenos en aquel momento de relajo -los más “chuscos”, enfatiza Olid- habían fabricado un cartel que colocaron sobre un tronco, con la leyenda: “Aquí está Silva. Pasar a verme, que aquí estoy viviendo”… Fue la nota graciosa y relajada de la sangrienta jornada de la historia militar chilena, que estaba por recomenzar y dejar una gran pérdida de heroicas vidas en la ocupación chilena de la quebrada, ese día 27 de noviembre de 1879.

La fama de Silva en los estratos populares, perduró más allá de la existencia de los boliches que clamaron su apellido y su presencia en ellos, invitando al público a pasar. A decir verdad, trascendió incluso a su propia existencia en el mundo de los vivos, constelándose después en el mito y en el folclore.

Hacia 1913, por ejemplo, se publicó desde la Imprenta Popular de calle Cóndor 1055, un curioso folleto con letras de cuecas, zarzuelas, tonadas y otros estilos, titulado “El Cancionero: aquí está Silva niños”, de propiedad y dirección de don Juan A. Peralta, con poco más de 30 páginas. En la portada del mismo documento, con un sencillo dibujo con más buenas intenciones que talento artístico, aparecía una fonda con la célebre divisa de la presencia Silva sobre su entrada y con unos personajes enfrente, bailando una alegre cueca al lado de los infaltables músicos chinganeros.

Todavía en los locos años treinta, llevando tanto tiempo ya fallecido don Anselmo, el actor cómico Oscar Castro se presentaba en los teatros y clubes del país con una obra graciosa titulada “Aquí está Silva”. Claramente, su título evocaba a las desaparecidas fondas que lo ostentaron. “¡Aquí está Silva! es ahora un blasón, un pendón de buena chicha, rico chacolí y buena atención”, diría Plath en los años sesenta, dejando cuentas de cuánto más se llegó a prolongar la vigencia de su legado.

No terminó ahí la historia de don Anselmo y su leyenda, sin embargo: la tumba del apreciado máximo pontífice de las noches de alegría popular del siglo XIX, ubicada en el cementerio de San Bernardo, tenía la misma inscripción de las chinganas y fondas de antaño bajo su presencia tutelar, anotada sobre la cripta: “Aquí está Silva”… Pero algún anónimo chistoso había agregado abajo: “Pasad a verlo”, completando así su último chiste de humor negro y oportuno.

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