lunes, 9 de diciembre de 2019

UN DISCURSO FUNERARIO PARA LA CASONA DEL ESCUDO EN ÑUÑOA

Coordenadas: 33°27'02.5"S 70°35'46.3"W
El inmueble ubicado en el encuentro de calle Campoamor con avenida Holanda en Ñuñoa, esa misteriosa e inconfundible casona con el Escudo de Armas de Santiago en su fachada, probablemente era el último representante de la generación de suntuosas viviendas antiguas remontadas al origen urbano de este punto específico en el barrio del empalme de ambas vías. Desde los años ochenta, sin embargo, el cambio del barrio había sido notorio, por el reemplazo de las viejas residencias por colmenas de edificios residenciales.
Este año 2019 que ya se va, arrastró con él también a aquel vestigio final, recuerdo de una importante fracción en la historia de la comuna. Será reemplazada por el respectivo edificio de departamentos como los que ya existen en el lugar, completando el nuevo rasgo que se ha apoderado del mismo barrio del señalado empalme, a pesar de que aún conserva la característica de las gratas arboledas que también lo caracterizan.
Para los vecinos, ha sido una tragedia lo que ha ocurrido en esa esquina, específicamente en la dirección de avenida Holanda 3483: perder un precioso inmueble de influencias neocoloniales en su exquisito eclecticismo de rasgos hispánico-andaluces y criollos. Ya no estará más allí esa fachada de dos pisos, con el blasón de armas de la capital chilena empotrado en su frontis, con preciosos balcones y rejas de vanos con forja antigua sin soldaduras ni piezas de encaje, hechas a puro arte de herreros.
La casa enfrentaba a la calle Holanda, pero el terreno construido se extendía largos metros por el lado de Campoamor, ocupando gran parte de la cuadra con algunos árboles en su interior. Era una residencia independiente, con sello propio y no pareada. Había algo lúdico en su diseño y el de sus piezas, además: una evocación casi romántica, acaso como de la literatura épica clásica, con elementos caballerescos en sus figuras de las protecciones inclusive.
En los trabajos de la demolición se veían desnudados materiales de albañilería, ladrillo tradicional y tabiquería, pero no el más antiguo de adobe y quincha, por ejemplo. También había intervenciones de hormigón, pero resultaba imposible deducir sin son originales o agregados. Costó resignarse a mirar sólo maquinarias pesadas y cuadrillas echando abajo aquel estupendo inmueble, muy a su pesar además, pero es algo a lo que debemos acostumbrarnos pronto los santiaguinos, debemos admitir. Los árboles de sus patios fueron arrancados también, de modo que la ferocidad del progreso nada ha perdonado acá.
Aunque la presencia del Escudo de Armas de Santiago podría inducir a creer que se trataba de un inmueble anterior a la creación de la comuna de Ñuñoa (1894) cuando el territorio seguía administrativamente asociado al central, algunos elementos arquitectónicos del mismo y su propia fábrica dominante sugieren la posibilidad de que su construcción sea posterior, hacia el Centenario o los años veinte. Debe considerarse, también, que el mismo escudo colonia que allí se veía (en caso de ser original en la casa) fue recuperado al uso recién hacia 1913, después de un largo período en que se utilizó para la capital chilena el llamado Escudo Mapocho, a partir de 1863. La separación total de Ñuñoa respecto de la comuna de Santiago, tiene lugar con la creación de esta última, en el  Decreto con Fuerza de Ley N° 8583, del 28 de enero de 1928. Sin embargo, Ñuñoa adoptó formalmente un escudo propio recién por el Decreto Edilicio N° 320 del 8 de agosto de 1958, de modo que seguía vigente el colonial de Santiago en el período en que se haya construido la casa.
Por otro lado, estos barrios parecen haber sido identificados en sus orígenes con lo que será después el sector de la cercana Plaza Armenia, antes de abrirse la actual avenida Chile España tal como la conocemos ahora. El gran escritor y escultor Alberto Ried Silva (1885-1965) tuvo que ver con el origen de este vecindario, curiosamente. Vecino residente en Ñuñoa desde 1911 y fundador del Cuerpo de Bomberos de la misma comuna, se desempeñó como loteador de terrenos y comisionista de las propiedades de un amigo, ubicadas en el sector de la actual avenida Holanda entre Irarrázaval y Simón Bolívar, precisamente en donde estaba la casa de nuestro interés.
El mismo Ried compró allí, en el sector de calle Holanda, un sitio en el que hizo construir la casa que llamó Millaray, tres años después, y a la que retornó en 1926 tras sus aventuras en el extranjero. El nombre Millaray se traduce como "Flor de Oro" desde el mapudungún, y aludía con él a las flores de la planta quinchihue (tagetes o cempasúchil) que había en la misma. La residencia, ubicada poco más al Sur de la que revisamos (en donde ahora existe un edificio de departamentos), fue lugar de encuentro y reuniones intelectuales, estando así entre los espacios de intercambio del célebre grupo creativo Los Diez, del que Ried fuera parte. Puede que la presencia de este desaparecido palacete y su propietario hayan determinado parte de las características del barrio y de los residentes que se sentirían atraídos después al mismo, por lo tanto.
Una investigación personal que ha desarrollado el sociólogo y urbanista Sebastián Sepúlveda Manterola (el primero en dar aviso de la inminente demolición del inmueble, hacia junio de 2019), permitió dar con datos interesantes sobre la arrasada casa del escudo, algunos tomados de testimonios de vecinos y que hemos reproducido acá. De acuerdo a esta información, puede ser también que haya vivido en ella el escritor criollista Mariano Latorre (1886-1955), Premio Nacional de Literatura de 1944 y amigo de Ried. Al menos eso se cree entre algunos vecinos antiguos. De ser así, cabe preguntarse si fue la impronta dejada por Ried en el barrio lo que atrajo esta clase de ilustres residentes al mismo, además de explicar el despliegue creativo que tuvo para el diseño de la casa el arquitecto respectivo.
La información recolectada por Sepúlveda indica también que los últimos propietarios del inmueble eran ancianos, ya incapaces de seguir dando el oneroso mantenimiento que suelen requerir estas residencias históricas, y tampoco con las energías para continuar resistiendo la presión inmobiliaria por adquirirla. Esta es una historia conocida, por supuesto: repetida hasta el hastío y tan reiterada que ya parece de Perogrullo explicar más al respecto.
Y aunque sé que a muchos críticos les parece pertinente señalar los intereses de las inmobiliarias como únicos responsables de esta clase de pérdidas de patrimonio arquitectónico del Gran Santiago, creemos que las responsabilidades recaen también en la falta de rigor o de facultades de los planes reguladores, tanto por las consecuencias en la intervención artificial del mercado del suelo, como por la incapacidad de cubrir a tiempo la protección de unidades patrimoniales sin declaratorias específicas de conservación, las que quedan en estado vulnerable por esa misma instancia. Y no menos hace la perpetua incapacidad proveniente de la propia cultura nacional, imprevisora al punto de permanecer indiferente ante las necesidades de dar mantenimiento a la arquitectura histórica pero manifestando su inclinación a reaccionar en forma indignada solo cuando los hechos funestos parecen consumados o irreversibles.
El malestar provocado por la destrucción de un inmueble tan interesante como éste y sus inevitables ecos por las redes sociales de internet, sin embargo, motivó al área de patrimonio la Municipalidad de Ñuñoa a emitir un timorato comunicado público, en donde aseguraba que, durante el año 2018, la misma había tenido intenciones de incluir la protección de la casona en las modificaciones del Plano Regulador Comunal, con la categoría de Inmueble de Conservación Histórica. Sin embargo, asegura la información de marras que, a pesar de cumplir con todas las características necesarias para ello, desistió porque los propios ocupantes del inmueble se negaron a dicha posibilidad, esgrimiendo como razones problemas familiares. Por esto, ellos habrían decidido vender la propiedad a la misma inmobiliaria que acaba de demolerlo.
El caso concreto es que, con la casa ya totalmente arrasada en estos momentos y el sitio rodeado sólo por unos miserables paneles de madera, Ñuñoa ha perdido un excelente inmueble que podría haber servido de sede social, bibliotecaria o cultural, probablemente el más interesante de todo este barrio... Un barrio que, poco a poco, se ha ido convirtiendo sólo en un lugar de departamentos y del paso vial en la conexión de la comuna hacia la avenida Chile-España.
Los trabajadores de la demolición, en tanto, no parecían estar contentos con esta tarea puesta en sus manos. Nos lo señalaron mientras les preguntamos detalles del proyecto que ahora se construirá sobre esas ruinas. Al menos saben lo que ha desaparecido en aquella esquina y aseguran que parte de los materiales y piezas de la casona intentarán ser recuperados como reliquias, partiendo por sus hermosas protecciones metálicas con escudos con yelmos y, probablemente, el característico escudo que había en su fachada.

5 comentarios:

  1. Antes sufría por las pérdidas patrimoniales. A la luz de los últimos acontecimientos, ya me da lo mismo. No le interesa nadie. Ni se lo merecen tampoco.

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    1. Pienso exactamente igual. Creo que Chile ya pasó el punto del no retorno y es mejor aceptar que lo patrimonial pertenece a otro país, a otros chilenos que ya no están. Como digo siempre, un pueblo puede tener menos de lo que pide pero no más de lo que merece.

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  2. Nada nuevo, ya nos hemos acostumbrado a que la destrucción del patrimonio sea algo habitual en chile. La conservación del patrimonio nos es ajeno. Triste, muy triste.

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  3. 1 Tesalonicenses, cap. 5:3.- Entonces, importa lo patrimonial o lo moderno? Por supuesto que nó. Un saludo..!

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  4. Si esas paredes hablaran.......talvez lo pensarian. Chile copia todo lo que no sirve,por ejemplo en Europa estos patrimonios , por dentro muy modernos pero la fachada ,jamas se toca.

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