martes, 10 de diciembre de 2019

LEONEL ÁLVAREZ: EL INCREÍBLE CASO DEL CAMINANTE DEL CARRETÓN

El misterioso hombre del carretón, cuando ya iba pasando por Quintero en 2010, al año siguiente de iniciar su periplo. Fuente imagen base: blog Quintero en Imágenes.
Don Leo era un fantasma de aire libre: aparece, desaparece y reaparece en los caminos menos esperables de este largo país, como si su carretón llevara secretos de teletransportación o de rupturas de tiempo-espacio que no ha revelado a nadie aún. Un día iba en un sentido de la ruta; luego, asoma sus canas en una localidad ubicada en la dirección opuesta; otras veces lo ven cruzando desiertos y montañas, apareciendo en plazos absurdos al borde de la costa, fresco como lechuga.
No es raro, por todo lo anterior, que ya hayan comenzado a circular historias extrañas sobre este misterioso personaje de gorra con visera y anteojos, que se aparece como un espejismo a los viajeros de las carreteras, ora con sol inclemente, ora con lluvia torrencial. Nada lo detenía en su andar, y fue así como se nos cruzaron las rutas en los días de la Fiesta de San Lorenzo de Tarapacá, en agosto de 2013, permitiéndome conocer la extraordinaria y poco conocida historia de este personaje nacional, verdadero señor de las carreteras de Chile... No fue casualidad.
Fue una tragedia personal la que obligó a caminar a don Leo, como la maldición del mítico personaje del Judío Errante, castigado a vagar de por vida tras haber humillado a Jesús de camino al calvario. En su caso, ha entregado su dolor al patronato de San Lorenzo, el Lolo como le llaman sus devotos en el norte de Chile, santo de los desposeídos, los rechazados, los pobres, los mineros, los camioneros, los conductores y, precisamente los viajeros. Don Leo intenta ir tantas veces como puede a la gran fiesta del santo en la localidad de Tarapacá, en la quebrada del mismo nombre que se recuerda por una de las batallas más trágicas de la Guerra del Pacífico. La fiesta del mártir paleocristiano español quemado en una parrilla en la Roma del siglo III, es celebrada tradicional y masivamente el 10 de agosto de cada año.
El hombre caminante del carretón se llama en realidad Leonel Álvarez Salas, y tras hacer parte de sus aventuras, particularmente por las calles y las vastas carreteras de Río Gallegos en Argentina, pasó a ser conocido como el Carretonero Chileno, mote que lleva inscrito en la espalda de algunas de sus chaquetas reflectantes amarillas sobre su overol de color cálido, naranjo o rojo según la ocasión, y entre los varios coloridos banderines que van también en su carretón de fierro.
Don Leo empujaba unos 80 kilos con carga y en un solo eje. Algunas inscripciones sobre el mismo vehículo, con nombres de las ciudades por la que pasó, confirman que ha recorrido el país desde extremo a extremo. Muy rara vez se quitaba los anteojos oscuros de sol, que son casi su amuleto; cuanto mucho, se los subía hasta la gorra, pero evitando separarse de ellos.
El carácter popular y cada vez más concurrido que ha ido adquiriendo la fiesta su santo patrono en Tarapacá, además de un largo período sin ley seca que otrora ayudó a fomentar la creencia de que San Lorenzo era el "patrono de los borrachos" (incluso sacándolo en andas por cargadores ebrios), facilitaron la llegada al pueblo de lo que podríamos definir como peregrinos parias, precisamente por los que fue martirizado el santo luego de llevar ante el emperador Valeriano a todos los pobres, desvalidos y rechazados de Roma, presentándoselos como los "tesoros de la iglesia" que se había exigido entregar.
Dos categorías de estos viajeros parias abultan el público de la fiesta de San Lorenzo de Tarapacá. Una de ellas, es la de los llamados caminantes, sujetos generalmente solitarios que suelen vivir con un pie en las responsabilidades de la civilidad (trabajo, familia, estudios, etc.) pero con el otro en períodos de vida andante y sin rumbo preciso, amantes de las carreteras, de la aventura y del desplazamiento constante entre una ciudad y otra, además de vagar de fiesta en fiesta, sean o no creyentes. Muchos de ellos pueden ser de buen nivel sociocultural, con estudios universitarios o algunos manejos de clara orientación intelectual, pero por elección personal optan por esta vida alternativa y sin grandes compromisos con las formas de existencia dominantes o convencionales en nuestra sociedad.
El Carretonero mientras iba hacia Calama. Fuente imagen: Youtube de Velagnon.
Don Leo, en 2010. Fuente imagen base: blog Quintero en Imágenes.
Los otros, son llamados en la jerga como los callejeros, no tan exactamente en el concepto que se ha usado acá: suelen vivir permanentemente en este constante andar, agrupándose con otros personajes de similar estilo existencial con quienes comparten penurias, vicios, pequeños esfuerzos de subsistencia y, de cuando en cuando, también algún comportamiento reprochado por la ley, por lo que rara vez se desprenden de sus alias, también llamados chapas o gracias en la jerga. Suelen ser personajes de nivel sociocultural modesto, pero pueden convivir con los caminantes unidos por el modo de vida desarraigado y algunas experiencias comunes que permiten tal inclinación a deshacerse de los tópicos sociales, por lo que pasa a ser, en la práctica, una especie de subcultura.
Don Leo, sin embargo, es toda una excepción entre los peregrinos de Tarapacá: algo de caminante y algo de callejero, según estos estándares, pero sin ser ni lo uno ni lo otro, con patrones que le son únicos, determinantes y definitivos, casi incomprensibles por momentos. Lo suyo es una categoría propia y sin parangón posible: el hombre del carretón, del eterno emigrar empujando su carreta rodadora, no sólo para la fiesta del Lolo, sino por todo el país y aún más allá de él.
En ese carretón, don Leo llevaba su destartalada carpa, frazadas, mudas de ropa, botellas plásticas con agua y lo que tuviese para comer en el camino. Es todo lo que necesitaba para sobrevivir, decía. Es todo lo que materialmente lo ligaba a su pasado, además. Su pasión ambulante y su carro de sacrificios autoimpuestos eran la razón por la que ha sido llamado el Carretonero, entonces, apareciendo por temporadas en diferentes sitios del país como una leyenda de carne y hueso, en un extraordinario éxodo sin destino que comenzó en el año 2009.
Hombre enigmático aunque muy risueño y alegre, a veces se demuestra abierto a confesar aspectos de su vida y en otros reacio a entregar detalles. Entre los feligreses de la fiesta, se sabía que sobrevivía en sus enormes y extenuantes viajes tanto de la caridad como de pequeños negocitos que logra ir haciendo en su camino interminable. Los camioneros y la gente en las posadas o picadas de las carreteras fueron especialmente dadivosos con él.
Sus aventuras andariegas, entonces, fueron cruzando todo el territorio chileno y del Sur argentino, al tiempo que llevaba por adelante ese gran carretón cargado de banderas chilenas, de clubes deportivos y otras del culto al santo. Tantos años expuesto a las inclemencias del Sol dejaron una piel castigada en los tonos oscuros que forraron su posterior delgadez, a pesar de sus precauciones utilitarias con la vestimenta. Su tono de piel contrasta con el albo de sus barbas y cabellos, cuando terminaban bastante crecidos al final de cada gran etapa del viaje.
Aunque hay versiones sobre el origen de don Leo en diferentes partes del territorio, favorecidas por su constante aparición en otras ciudades del país, él confesó ser oriundo de su querida ciudad de Iquique, y lo confirma con algunos banderines alusivos a la misma y al equipo del Club Deportes Iquique, aunque los mismos estandartes demuestran que su corazón está dividido con los símbolos del equipo del Colo-Colo.
Además de sus prendas y accesorios de seguridad personales, don Leo intenta resolver los peligros de su forma de desplazamiento por los mapas ruteros con algunas otras precauciones especiales, como amarrar una gran linterna a su carretón, a modo de foco frontal, y colocar cintas reflectantes adhesivas en el mismo. Reconocía que las noches son las de mayor riesgo en las carreteras, aunque las necesidades de desplazarse dentro de algunos plazos, como sucede con las fiestas patronales a las que acude, lo obligaron a tomar este desafío en varias ocasiones.
Hacia los días del Bicentenario, además, estuvo haciendo noticia en la costa de la zona central, desde donde continuó hacia el Sur del país después de una larga estadía, principalmente en el sector de la Región de Valparaíso. Ha sucedido ya en muchas otras ciudades y balnearios del país, en las que se convirtió rápida pero efímeramente en un personaje, a pesar de hallarse sólo de paso. Su vocación andariega era, pues, absoluta e imparable en esos días, en que se había encomendado a sí mismo la misión de vagar sin detenerse.
Sin embargo, hay un secreto aún más emotivo en la identidad del hombre detrás del apodo del Carretonero: la razón por la que don Leo procura asistir a la fiesta del Lolo de Tarapacá y sigue siendo un fiel devoto del mártir, además. Detrás de su alegre carácter, esconde una tristísima carga emocional.
Don Leo y su carretón, cuando lo conocimos y nos contó su increíble historia durante la Fiesta de San Lorenzo de Tarapacá, en agosto de 2013. Ya mucho más delgado tras sus largas aventuras.
El Carretonero, por la Región de Antofagasta y ya regresando de su último viaje hacia Iquique, en 2015. Fuente imagen: portal Soy Antofagasta.
Y es que don Leo guarda un dolor profundo, el mismo que ha convertido en felicidad y motivo sincero de fe y de devoción pero, por sobre todo, de singular energía para alimentar su extraño estilo de vida andariego: la que fuera su amada esposa, Cecilia Barraza, la mujer de su vida, falleció en julio de 2009 sólo unos días antes de alcanzar a ir a la que iba a ser su última fiesta de San Lorenzo. Había sido diagnosticada de cáncer hallándose en Santiago, logrando vivir algunos años más antes de ser consumida por la enfermedad.
Fue a ella, entonces, que don Leo había prometido que iba a realizar esta travesía, precisamente, cumpliendo su parte de un sueño que ambos tenían de viajar por todo el país en algún momento de sus vidas maduras.
Desde entonces, tal como se lo juró en su lecho de muerte, el hombre imparable que iba a ser conocido como el Carretonero Chileno partió desde la ciudad de Iquique y dejó su antiguo empleo como buzo mariscador en la caleta Caramucho. Fue fue por las perspectivas del paisaje empujando el carro y todos sus pesados dolores. Su primer viaje fue hasta San Lorenzo de Tarapacá, por supuesto, para saludar al santo y encomendarse a él. Desde ahí, partió a pie hacia Santiago y luego hacia los horizontes, imponiéndose de paso la tarea de actuar como uno de los más leales y fervorosos devotos del mártir de Tarapacá. Sus cinco hijos quedaron a buen resguardo, con una hermana iquiqueña.
Unió en su imagen el doble amor que destila su ánimo, por lo tanto: el que aún siente por su querida mujer fallecida y el que profesa a destajo por el santo patrono. Y así, a los 53 años, comenzó su interminable travesía a pie, que solía abarcar cerca de 30 kilómetros diarios en los tramos más exigentes.
El Carretonero solía dar aviso de su paso a los cuarteles de Carabineros de Chile que hallaba a su camino. Incluso llevaba con él un libro de firmas de retenes, tenencias y comisarías testimoniando su paso por cada localidad, pero le fue robado por maleantes en Tierra Amarilla, mientras reparaba una rueda pinchada de su carro, junto con un bolsito con los preciados documentos que testimoniaban la muerte de su esposa, como el certificado de defunción. Pudo recuperar parte de sus pocas pertenencias gracias a una campaña de Radio Positiva de Copiapó, que se compadeció de su caso e inició un llamado general a la ciudadanía para recobrarlas, comenzada en la víspera de Navidad de ese mismo año 2009.
En algún momento, don Leo tuvo la intención de contactar a un conocido locutor radial para contarle su caso y revelarle aspectos de su tragedia. Le habría hecho tal promesa también a su mujer ya enferma y postrada, pero al parecer desistió de aquel interés y prefirió guardarse para sí sus penas, cumpliendo con su viaje perpetuo y soñando que su amada seguía con él. "Cuando estoy solo pienso en ella, a veces siento que me hace cariño", declaró una vez a la prensa.
Como era esperable, don Leo es sólo uno de los innumerables personajes que llegan a la Fiesta de San Lorenzo de Tarapacá, ya que el culto al santo mártir ha tenido un especial atractivo precisamente para ejemplos únicos de callejeros y sujetos llenos de enigmas. Sirva como verbigracia el caso del intrépido Manuel Vera Lillo, señor muy conocido entre los demás devotos del Lolo, quien todo los años peregrina por las calles de Iquique y por la carretera desde Huara a Tarapacá, de 32 kilómetros, con un pequeño pero pesado altar individual de andas con la imagen de San Lorenzo encima, la que apoya sobre su cabeza arrojándose unos 20 kilos de peso, todo como una manda y agradecimiento. Lo hace en la fiesta principal y en la Octava de Iquique, además, y comenzó esta costumbre solicitando favores de salud para una hermana.
Son las increíbles e impresionantes escenas que, con peregrinos como el Carretonero a la cabeza, pueden observarse en la profunda devoción tarapaqueña, entre personajes caminantes y aventureros llevando a cuestas sus propios misterios y claves arcanas de sacrificio.
En el año 2015, ya cerca de los 60 años y retornando a Iquique tras el que sería su último gran periplo peregrinando por los planos de su épica personal, cruzando desiertos, bosques, ciudades, aldeas y pampas patagónicas de Chile y Argentina, don Leo anunció su retiro y el final de sus extraordinarios lances. Se dedicaría desde ahora sólo a viajes pequeños con o sin su querido carretón, pero ya no más migraciones de proporciones bíblicas, ni despliegues homéricos persiguiendo los perfumes de la musa de la aventura.
El Carretonero dejó atrás, entonces, las aventuras que lo dejaron henchido de historias, fama, recuerdos, amigos, un patriotismo macizo, el sabor de la libertad absoluta y la sensación de haber aprovechado definitivamente su vida, superando la más grande desgracia que enfrentó durante la misma.

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