sábado, 14 de diciembre de 2019

ENRIQUE VENTURINO SOTO: LA VIDA DEL "CÓNDOR" DE LOS ESPECTÁCULOS CHILENOS

Don Enrique "Cóndor" Venturino, célebre dueño del Circo de las Águilas Humanas y del Teatro Caupolicán. Fue el fundador del Teatro Balmaceda, además de un hombre importantísimo en el desarrollo del espectáculo circense chileno y del show revisteril. Imagen de los archivos de la Biblioteca Nacional.
Coordenadas: 33°27'22.5"S 70°38'58.1"W (Teatro Caupolicán)
Don Enrique "Cóndor" Venturino Soto fue, junto con colegas como Humberto "Negro" Tobar,  Ernesto Sottolichio, Buddy Day, Carlos Cariola y José "Padrino" Aravena, entre varios otros, parte de la médula en la camada de empresarios nocturnos de mayor influencia para el Santiago bohemio y candilejero del siglo XX, dejando tras ellos varias huellas imborrables en la memoria más profunda del espectáculo nacional. Eran viñas en las que Venturino gobernó como un verdadero Rey Midas, además, logrando una reputación y una admiración generalizadas en el ambiente.
Venturino fue reconocido como uno de los maestros de la entretención adulta, el mejor empresario del medio revisteril y espectacular de todos los tiempos. También había sido socio ocasional de Tobar en la propiedad de conocidos centros como los clubes santiaguinos "Tap Room" y el famoso cabaret "Zeppelin" de calle Bandera, participando así entre los forjadores de todo este ambiente de entretención asociado a la época, a partir de los años veinte o treinta. Y con nutrida razón, se ha dicho que este empresario oriundo del Norte Grande fue capaz de sellar con el lacre rubí del éxito prácticamente todo cuanto se propuso ofrecerle al público: boxeo, teatro, cine, boîte, espectáculos circenses de prestigio internacional y las famosas luchas libres de Cachacascán.
En su entretenido trabajo de memorias "Buenas noches, Santiago...!", el insigne periodista de espectáculos Osvaldo Muñoz Romero, más conocido por su pseudónimo Rakatán, también dedica parte del libro al recuerdo del mítico industrial de las artes escénicas:
"Alto, macizo, campechano, francote, sabía decir las cosas por su nombre. Era un trabajador infatigable. Él mismo se encargaba de la publicidad de su teatro el ‘Caupolicán’. Tuvo dos hijos que siguieron sus aguas: Sergio, que trabajó en Venezuela, y Hugo, que se encargó de los circos que recorrieron todo el territorio y también a algunos países de América".
El aporte de Venturino, particularmente el referido al desarrollo del género revisteril en Chile, se remonta al período previo a la Segunda Guerra Mundial y muy especialmente a sus inicios en el Teatro de Variedades Balmaceda, de la calle Artesanos entre Salas y La Paz, en el barrio de los mercados de la ribera Sur del río Mapocho. Lo fundó en donde había estado antes el alguna vez famoso centro boxeril y recreativo Hippodrome Circo, y fue tras encender las luces de esa sala que brillaría el empresario con destellos propios, iniciándose como uno de los más importantes innovadores del espectáculo nacional, además de lanzar desde allí a otros luceros del ambiente.
Teatro Balmaceda hacia 1960, cuando ya había sido dejado por Venturino pero aún conservaba un aspecto relativamente saludable en su fachada. Imagen del archivo fotográfico del Museo Histórico Nacional.
Aspecto actual de la fachada del ex Teatro Balmaceda. Ha sufrido algunos incendios y ha sido utilizado por diferentes negocios desde el cierre del teatro, siempre decayendo.
Toda la experiencia lograda por Venturino en aquel período, fue la que después lo consagró en las presentaciones majestuosas del ilustre Teatro Caupolicán de calle San Diego, escenario que alcanzó su larga época dorada desde el preciso momento en que el empresario lo adquirió, hacia 1940.
Don Enrique también había sido el fundador de la Compañía de Revistas Bataclánicas Cóndor, que engalanó por varios años al Teatro Balmaceda tras debutar allí en 1934 bajo dirección de Rogel Retes, emigrando después al coliseo de calle San Diego al comenzar la década siguiente, razón por la que se ganó el apodo nada deslucido del "Cóndor" Venturino. Trabajaron con él figuras como Romolio Romo, Alejandro Flores, Pepe Rojas, Eugenio Retes o Pepe Olivares. La compañía Compañía Cóndor fue  también el trampolín de grandes artistas de la época, como los propios hermanos Retes, el bolerista Arturo Gatica y la actriz humorística Olga Donoso, apodada "la Mae West chilena".
¿Quién era el hombre detrás de la leyenda, sin embargo? Su carácter algo reservado y evasivo dejó varias nebulosas sobre tan interesante figura de la historia popular chilena. También apodado "El Maceta" por su corpulencia distribuida en más de un metro 80 de altura, Enrique Venturino era hijo de don Francisco Venturino y doña María Soto, habiendo nacido en Iquique. Con ciertos rasgos trabajólicos y muy poco dado a la exposición pública, contrajo matrimonio con doña Elsa Varas, con quien formó familia. Una de sus residencias más importantes ya establecido en Santiago fue la de Josué Smith Solar 452, en Providencia.
Emprendedor por naturaleza y conocedor de los frutos del esfuerzo personal, también supo extender sus alas de aptitudes empresariales hasta las regiones, explotando el Teatro Septiembre de Concepción y el Teatro Imperio de Antofagasta. Los años cuarenta quizá fueron los mejores de su actividad, pues si bien amasó mayor fortuna en décadas posteriores, mucha de ella fue consecuencia del esplendoroso momento logrado con su gestión creadora y su enorme experiencia reunida entonces, con varios inventos escénicos que llevaron su rúbrica.
En la misma época, además, Venturino también fue capaz de reponer y darle el definitivo gran impulso a la revista musical en las carteleras chilenas,  tras el apogeo que viviera el género en espacios de candilejas como el American Cinema y luego el Teatro Santiago, este último con presentaciones que contaban con la presencia de las destacadas Hermanas Arozamena (Lupe, Luisa y Amparito), despampanantes y virtuosas divas mexicanas con una compañía familiar propia, que llenaron las salas hasta sus pasillos en nuestro país, según se recuerda.
A través de la misma Empresa Chilena Cóndor, don Enrique puso en administración todas sus compañías de espectáculos, con el extraordinario Circo de las Águilas Humanas a la cabeza. Era un maravilloso y enorme espectáculo que había fundado también en su prolífico años de 1940, luego de una experiencia anterior habiendo creando un pequeño circo llamado "Buffalo Bill". Con esta nueva propuesta, dio el golpe de energía más notable de desarrollo e internacionalización para las tradiciones circenses en el país, además de convertirse en otro verdadero semillero de grandes músicos, acróbatas, actores, humoristas y payasos, así como el debut en el país de prestigiosos artistas del extranjero que eran traídos en cada temporada.
Publicidad del Circo de las Águilas humanas, en su debut y en los años sesenta.
Presentación del Circo de las Águilas Humanas en el Teatro Caupolicán, a principios de los años cincuenta (temporada 1951-1952). Fuente imagen: colección fotográfica del teatro.
A mayor abundamiento, Venturino contrató en aquellas históricas presentaciones al domador checo Franz Marek Esvhela, del Circo Sarrasani de Alemania, quien había venido con esa compañía de gira a Chile y tras sobrevivir al horroroso bombardeo de Dresde, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. Además de elefantes y grandes felinos, trabajó con las bestias más inverosímiles en el oficio, como hipopótamos y cocodrilos, presentándose con el nombre de Hans Marek junto a su zoológico rodante.
Otro tremendo descubrimiento del mundo circense que se debe también al buen ojo del "Cóndor", fue el más grande de los payasos que han sido interpretados en la historia del espectáculo en Chile: el Tony Caluga, encarnado por Abraham Lillo Pacheco, quien llegó a ser, además, un importante dirigente del gremio circense nacional y un maestro de su profesión de hacer reír.
La epopeya de Águilas Humanas, entonces, definitivamente hizo historia con aquellas presentaciones, como nunca antes se habían visto, según conclusiones que ya se han publicado en exhaustivos trabajos de investigación desarrollados por Pilar Ducci y Francisco Bermejo sobre el circo en Chile.
Venturino, a esas alturas, ya había vendido el Teatro Balmaceda sin que éste pudiese encontrar un propietario tan luminoso como aquel que lo había fundado, entrando así en la larga y dolorosa decadencia que culminó sólo con su cierre, llevándose su parte de los recuerdos de la época revisteril de Mapocho. El vodevil, el teatro humorístico de variedades y el espectáculo frívolo, sin embargo, recibieron una experiencia de incalculable valor con aquella aventura, legado que se debe precisamente al "Cóndor".
Sin parar de generar dinero, sin embargo, don Enrique explotó el Teatro Caupolicán en todas las posibilidades que ofrecía este coliseo, incluyendo jornadas de boxeo sin parangón en la historia deportiva nacional, las buenas luchas libres, los conciertos musicales y las compañías extranjeras de espectáculos procedentes de diferentes disciplinas que llegaron al país. Su empresa llegó a ser reconocida internacionalmente como la mejor del rubro en Sudamérica, atrayendo a muchos artistas consagrados hasta nuestro país e interesados en sumar el teatro su currículo. Y es que las redes del empresario ya llegaban al extranjero, haciendo cosa no extraña el observar agentes de artistas llegando directamente al teatro o a su casi impenetrable oficina, esperando acordar presentaciones y abrir negocios. Coreógrafos, músicos, magos, humoristas, actores y bailarinas entraban o salían durante todo el día desde el Caupolicán, convirtiendo aquellas cuadras en una pequeña Broadway criolla.
Su buen ojo no tenía restricciones, por cierto: arrendaba el teatro al político que quisiera usarlo, sin distingos, pues la ideología y la deliberación no eran lo suyo, sino las ganancias. "El teatro no tiene partido político... Paguen y griten lo que quieran", era su filosofía al respecto. Y cuando notó que los asistentes a las peleas pugilísticas gozaban intensamente con los chistes del entonces famoso "Burro" (Luis Domingo Contreras), máquina imparable de bromas pesadas gritadas desde la galería, le facilitó el ingreso y la ubicación permanente en el Caupolicán, aprovechando su fama de animador natural del público para cobrar más caros los asientos alrededor del personaje.
"Catch" (cachacascán), anunciado en las marquesinas del Caupolicán, en 1961. Imagen de los archivos fotográficos del Teatro Caupolicán.
El Teatro Caupolicán en la actualidad.
Pocos hombres a los que les ha gustado tanto "el billete" en Chile han tenido, además, tanto talento para estarlo generando con éxito y constancia similares, casi sin tropiezos. Algunos humoristas como Carlos Helo, aprovechando aquella fama de Venturino, a veces lo incluían con menciones al mismo en sus rutinas en vivo, haciéndolo participar como uno de los personajes de sus chistes cuando se trataba de historias relacionadas con negocios y dinero.
El empresario, sin embargo, tenía cierta fama de ser adusto en su carácter y trato, bastante alejado de las cámaras y de la vida social fuera de sus estrictos círculos. De hecho, si su nombre era conocido por todos, no lo era así su rostro, un misterio para muchos en aquellos años. Empero, en realidad Venturino era un tipo sumamente bonachón y generoso, según recuerdan muchos de quienes alcanzaron a conocerlo, con constantes gestos de desprendimiento. En 1960, por ejemplo, cuando un grupo de niños residentes en el sector del Caupolicán se colaban "a la mala" en los espectáculos de boxeo y sin pagar, en lugar de prohibirles la entrada al descubrirlos, les propuso que se la ganaran repartiendo volantes por el barrio para promocionar los eventos, y así lo hicieron. Todos ganaron, por consiguiente. Uno de esos niños traviesos era don Jorge Figueroa, a quien Venturino apodó "El Beatle" por su corte de cabello tipo Cuatro de Liverpool, quien a la larga trabajaría en el mismo teatro en funciones de portería y conserjería por más tiempo que cualquier otro empleado en la historia del recinto.
El "Cóndor" podía estar seguro y confiado también de sus capacidades para elegir shows que resultaran exitosos, tanto para él y para el nombre del teatro, el de su cartelera y el de sus revistas. La llegada del cantante español Rafael, por ejemplo, repletó el Caupolicán y hasta dejó gente en las calles, en 1968. El acierto se repitió varias veces más… Innumerables veces.
Empero, el casi permanente regocijo de Venturino con su envidiable buen ojo para sacarle utilidades al espectáculo y la diversión, a veces debió lidiar con el genio insufrible y la egolatría de otros artistas, a los que no titubeó en enfrentar y amenazar personalmente cuando se pasaban de revoluciones exigiendo privilegios y perturbando la realización shows comprometidos. Era allí en donde solía hacer erupción su tan temido temperamento, que muchos otros han querido recordar como el más característico o repetido de su carácter indoblegable.
Don Enrique vivió sus años de vejez en los barrios del sector oriente de Santiago, propietando un palacete en calle Fresia 638, a metros de avenida Salvador. Es una casa del Centenario con fama de estar "embrujada", en la que habían vivido antes las familias Arrieta Fernández y luego los Larraín Echeverría. Tras 40 años dando brillo al teatro, había sobrevenido la época oscura para la recreación nacional y el Caupolicán acabó en quiebra, siendo incautado por el Banco Sudamericano en 1984.
Después de toda su vida escrita bajo focos luminosos, por camarines y entre palcos de teatros, el "Cóndor" falleció el 7 de marzo de ese mismo año a la edad de 84 magníficamente bien durados calendarios, aunque ya retirado por completo del ambiente. Y, para más curiosidad biográfica, murió muy cerca del deceso de su amigo de antaño y exsocio el "Negro" Tobar, en una casualidad que, durante aquellos años, se llevó también a varios de los demás pioneros y protagonistas de la cosecha engalanada que tuvieran las candilejas desaparecidas de la capital chilena y sus bohemias noches de plata, que ya estaban prácticamente extintas tras el agobio de la crisis económica y las noches con toque de queda.
Años más tarde, en 2003, la memoria del "Cóndor" Venturino fue honrada con el rescate que hizo al Teatro Caupolicán (a la sazón, Teatro Monumental) su amigo José "Padrino" Aravena, al comprarlo por una iniciativa personal y hallándose cerca del final de su vida, ante la inminencia de que pudiese ser destruido. El teatro sigue en manos de la empresa familiar, habitado por todos aquellos recuerdos de la edad más romántica que conociera bajo la mano de don Enrique.

1 comentario:

  1. hola Criss, llegue hasta aquí a través de Patreon, quiere decir que resulta el enlace, saludos

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