jueves, 19 de diciembre de 2019

SALUSTIO SÁNCHEZ OTEÍZA, "EL INCANDESCENTE": UN PERSONAJE POPULAR EN LAS MÁS CÉNTRICAS CALLES SANTIAGUINAS DEL CENTENARIO

Coordenadas: 33°26'22.7"S 70°39'03.4"W
El Santiago de inicios del siglo XX, hasta más o menos los días de la Gran Guerra, conoció en sus calles a un personaje que causó gran atención de intelectuales y bohemios de su época, saltando su memoria a las líneas de ciertas obras literarias de algunos de los más importantes escritores nacionales que tuvieron la suerte de conocerlo: don Salustio Sánchez Oteíza, apodado popularmente como "el Incandescente".
De entre los varios bichos raros que rondaban la ciudad capital por aquellos años, particularmente, el extraño y algo controvertido señor destacaba muy en especial sobre todos ellos, al punto de que su excentricidad lo convirtió en un símbolo del centro de Santiago y de la sociedad de entonces. No había quien no lo reconociera ni supiera de su existencia, según todo indica. Y aunque hubo muchos otros sujetos curiosos desde tiempos coloniales en Santiago, éste parece ser un precursor de las figuras populares "modernas" que se fueron volviendo características del mismo corazón histórico de la ciudad, dejando sus respectivos registros de existencia. Desde entonces, cada generación ha conocido y recordado las propias.
Aún cuando el principal radio de acción del "Incandescente" era cerca de la Catedral Metropolitana, la calle Ahumada, el Correo Central y la Plaza de Armas, don Salustio fue también uno de los primeros emblemas humanos surgidos en el período del Centenario: el mismo tiempo de la construcción de la estación de trenes de Mapocho, en la época de grandes modernizaciones de la ciudad acercándose al Primer Centenario nacional. Viejo balmacedista cargando la frustración del bando perdedor en la Guerra Civil de 1891, pues, pertenecía a épocas anteriores: esas que ya eran viejas para entonces, pasado su tiempo de gloria, quedando como una curiosidad del pasado para aquellos nuevos y pujantes momentos del país.
Era por sus curiosas características personales, su discurso y sus modales, que al inquieto Salustio lo llamaba todo Santiago como "el Incandescente", pero en especial aludiendo al aspecto de "luminaria" que aseguraban reconocer en su rostro y estampa.
Entre otros muchos desvaríos sobre su persona, se contaba en la ciudad que era conocedor de un método único de transmutación, que le permitiría extraer platino nada menos que del aire. Tal vez él mismo haya propagado tal farsa. Sin embargo, su subsistencia estaba lejos de las artes alquímicas: según comentó una vez el Dr. Héctor Orrego Puelma, don Salustio habría sido prestamista y posiblemente "jurero" (persona que trabaja prestando testimonios por paga), lo que explicaría su diaria e infaltable presencia en las calles buscando interesados.
Sus clientes, entonces, siempre sabían encontrarlo en un lugar específico a ciertas horas del día, hacia 1910, como en la esquina de Huérfanos con Ahumada, cerca de donde estaba la casa matriz del Banco de Chile antes de cambiarse definitivamente al gran edificio de esta última calle, a la vuelta de la misma manzana.
Vieja imagen de la revista "Zig-Zag" del 20 de junio de 1914, en donde se observa un grupo de personas mirando el caudal crecido del río Mapocho con "el Incandescente" a la cabeza (se alcanzan a distinguir sus largos bigotes.
Esquina de calle Ahumada con Nueva York, hacia 1924. Barrios céntricos de la capital chilena, por los que solía deambular el misterioso pero conocido personaje.
Las palabras del Dr. Orrego están reproducidas en la obra compilatoria de Alfonso Calderón titulada "Según pasan los años (entrevistas, retratos, recuerdos)". Sin embargo, Calderón manifestaba también cierto interés personal por este extraño personaje, pues dedica algunos comentarios de su propia inspiración en obras como "Memorial del viejo Santiago" y "Memorial de la Estación Mapocho", agregando detalles de su descripción en esta último: "Sus pantalones acordeonados y los puños redondos con colleras de fierro le proporcionaban un apoyo estético muy particular".
En "Un mundo que se fue", por su parte, Eduardo Balmaceda Valdés recuerda que Salustio "de levita cruzada y sombrero de pelo, jamás faltaba en el paseo matinal del centro", agregando que fue "el más original, enigmático y al parecer inofensivo personaje ambulante de la ciudad", dando vueltas por aquellas céntricas calles a un paso pausado, lento y siempre solitariamente, "contemplando con su filosófica mirada cuanto pasaba a su alrededor, sin inmutarse y a lo más retorciendo a dos manos sus poblados bigotes a lo galo cuando pasaba alguna damisela que picarescamente le guiñaba un ojo".
El mordaz Joaquín Edwards Bello, otro intelectual que conoció bien al "Incandescente", no contenía su ironía a la hora de describir al incomparable sujeto por todos querido, en un texto suyo de la revista "Zig-Zag" del 15 de enero de 1955 (artículo "Agenda 1900"):
"Era un hombre fúnebre, de brazos rígidos, metido en levitón de corte arcaico y tocado de un colero prehistórico. Parecía de esos modelos de aserrín que tienen en los museos de la vestimenta para indicar cómo se vestían los caballeros en tiempo de Maricastaña".
Con relación a lo anterior, su sombrero de copa o colero era tan característico y distintivo en él, que el semanario satírico de Santiago "El Cascabel", en su edición del viernes 31 de mayo de 1907, informaba con desbordada sorna al respecto, riéndose de paso también de su calvicie:
"Nueva Sociedad:
Se dan actualmente los pasos necesarios a fin de organizar una Sociedad para adquirir el colero de don Salustio Sánchez Oteíza, alias el incandescente, natural de Pelehue.
Este precioso fósil (el colero, se entiende) será obsequiado al Museo Nacional".
Otro semanario humorístico llamado "El Cocoroco", del periodista Armando Hinojosa, también publicó una sátira titulada "Pro-candidatura Fernández Peña" en la revista N° 8 de 1912, definiendo una imaginaria acta de la "sesión político-pedagógica, celebrada últimamente, presidida por el doctor Fernández Peña, con asistencia especia de El Incandescente". Decía el jocoso texto de marras:
"Fernández P.- (Agitando la campanilla) Ruego al señor Incandescente que suprima sus circulares e higiénicos paseos alrededor de la sala, a fin de que podamos abrir esta solemne sesión.
(El Incandescente venciendo su natural instinto rotario y levantando -con sin igual donosura- los faldones verdosos de su levita popular, toma siento en un sillón de mimbre y quédase mirando al presidente, sin sacarse el colero).
Fernández P.- En nombre de la pedagogía, se abre la sesión.
Varias voces.- ¡Bravo! ¡Muy bien!"
Y, ya al final del mismo, aparece comentada la supuesta intervención del personaje:
"El Incandescente.- ¡Bravo! (quiere aplaudir, pero con el movimiento pierde el colero su posición perpendicular y amenaza caer, poniendo a la sala en peligro inminente de ver a don Salustio a cabeza pelada. El Dr. Fernández toca la campanilla y se sacude las barbas con nerviosidad. Un joven profesional que hace de secretario, retírase prudentemente)".
La misma revista "El Cocoroco", en su N° 14, volverá a reírse sin piedad de don Salustio, esta vez en su sección titulada "Estacazos", a propósito de un caso policial:
"Este país no tiene salvación: ¡cada día va de mal en peor; aquí no hay vergüenza, ni dignidad, ni decoro, ni nada!...
Estas palabras, que podrían haber sido dichas en el Parlamento por cualquier brillante orador, eran la airada exclamación con que don Salustio Sánchez Oteíza dejaba escapar las iras de su patriotismo herido, al imponerse por los diarios de la forma en que había sido aprehendido el picante cajero del Banco de Chile.
-¡Esto nos desprestigia en el extranjero! exclamaba furibundo, ensartando con el índice de la mano derecha la página del diario que refería la captura de Pimentel.
-¿Qué cosa nos desprestigia, don Salustio?
-¡Qué ha de ser! ¡Hemos perdido lo único que nos quedaba! ¿A quién se le ocurre escamotear doscientos mil pesos para que luego lo pillen tomando chicha y comiendo sándwich en la calle de Concepción?... ¿Qué se va a decir de nosotros?... ¿En qué queda nuestra honrosa fama de gallos padres? ¡Dejarse sorprender con ciento noventa y cinco mil pesos en los bolsillos, es ultrajar la tradición, desmentir nuestra característica fundamental, desprestigiar la ‘especialidad de la casa’, que desaparece hoy como desaparecieron ayer la libertad electoral, la integridad del territorio y otras tantas gloriosas conquistas del pasado!... ¡Habráse visto!... ¡Y todavía hay quien dice que falta el circulante!...
Pues no, señor, no falta el circulante, y don Salustio, como queriendo confirmar su afirmación, volvió a reanudar con entusiasmo pedestre su circular paseo de todas las tardes".
Casa matriz del Banco Central en Huérfanos 930 llegando a Estado, sector por el que solían rondar don Salustio buscando clientes. Funcionó como principal sede del banco hasta 1926, cuando se mudó muy cercan a su espacioso edificio de Ahumada. Fuente imagen: "Banco de Chile patrimonio de todos los chilenos", de Patricia Arancibia Clavel.
Balmaceda relata también una anécdota relacionada con don Salustio y una broma pesada que le jugaron los muchachones, en el momento del cañonazo del mediodía en el Cerro Santa Lucía:
"Por aquel tiempo mi hermano Alfonso, chusco y atlético como brillante oficial de caballería que era, fue incitado por un grupo de amigos, de aquellos que nunca faltaban a la revista matutina del centro, para asaltar al Incandescente junto con dar el cañonazo de las doce. Mi hermano, siempre de ánimo decidido y a quien no arredraban las proezas acrobáticas, se rió del desafío y respondió: Ya verán…
Pues bien, un día cualquiera, a las doce en punto, encontrábase precisamente dicho personaje como enclavado en su esquina predilecta; mi hermano tomó algunos metros de vuelo y saltó a don Salustio poniéndole las manos (algo como los que los colegiales llamábamos salto suplicio) sobre los hombros, con tal presteza y agilidad que apenas consiguió ladearle el sombrero de copa.
Era de ver la expectación y algazara de todos los que miraron la cómica escena mientras ‘El Incandescente’, absorto, no podía darse cuenta de lo acontecido.
Pocos días después vimos en una de estas esquinas a ambos actores conociliados y celebrando Oteíza las oportunas chuscadas de Alfonso".
Jorge Délano, el insigne ilustrador Coke, en una ocasión hizo también una caricatura de don Salustio, alguna vez reproducida por medios de prensa. Y el igualmente célebre escultor y pintor Carlos Canut de Bon, otro asiduo visitante de la enérgica e incorregible bohemia santiaguina de esos años y receptor de varias medallas en las exposiciones del Museo de Bellas Artes, también lo conoció y compartió momentos con él, haciéndole sus propias mofas, de paso. El artista, nieto del ilustre predicador valenciano Juan Bautista Canut de Bon, incluso decidió confeccionar pequeñas figuritas de don Salustio a modo de amuletos "para la suerte", según aseguraba, repartiéndolas entre sus amigos y cercanos. Ya se convertía en un icono de culto en la sociedad santiaguina, a esas alturas.
"El Incandescente", además, apareció una vez en una fotografía de la revista "Zig-Zag" del 20 de junio de 1914, que formaba parte de un reportaje gráfico sobre los temporales que habían arrasado recientemente a la capital chilena. Estaba allí mirando las aguas del río desde el borde del pretil, entre otros curiosos y sus paraguas, cuando quedó dentro del encuadre de la cámara, con ubicación destacada.
Se sabe que contrajo
Siendo tan querido y tan reconocible, entonces, se recuerda que todos lamentaron cuando don Salustio falleció, aunque las fechas reportadas no se ponen de acuerdo entre sí: en 1917 según unas versiones, 1925 según otras. Sí está claro que lo hizo llevándose una rebanada de la propia historia de la ciudad y sus rasgos populares, esos que se diluyen como éteres por las calles. "Su muerte coincidió con la de la luz incandescente, reemplazada por el sistema eléctrico. Se fue al otro mundo con el sombrero de copa sobre el ataúd", escribió Roberto Merino sobre este insólito personaje, ya más cerca de nuestra época en "Todo Santiago: Crónicas de la ciudad".
Empero, los homenajes para don Salustio perduraron por unos años más, después de su muerte. Unos versos dedicados a su recuerdo fueron publicados en 1940, por ejemplo, en los "Romances de tierra baja" de Carlos Préndez Saldías:
Sombrero de copa altivo,
aunque pelo no le quede;
corbata en nudo gigante
y larga levita verde,
con las manos a la espalda
y un andar indiferente
Iba don Salustio Sánchez
Oteíza, El Incandescente
mirando como quien mira
rastros de cosas ausentes.
Muchas figuras y personajes excéntricos o curiosos han marcado a fuego el recuerdo generaciones completas de los habitantes del Gran Santiago que pasan regularmente por sus calles más céntricas: el "Último de los Mohicanos" junto a la Iglesia de San Francisco, el predicador "Gloria al Pulento", el "Rambo" vendedor de diarios, el "Divino Anticristo" del barrio Santa Lucía, etc. Don Salustio Sánchez Oteíza, "el Incandescente", entonces debe encontrarse entre los fundadores o pioneros de esta extraña e inagotable dinastía popular de dignatarios freaks en el centro de la capital chilena.

2 comentarios:

  1. Qué buen nombre.
    Y una historia interesante.
    Gracias por todo, ha sido un año brillante en su Blog.
    Saludos, Felices Fiestas y un gran 2020.

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  2. Me ha gustado este blog por lo diferente.. Espero otras
    Historias..!

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.