domingo, 1 de diciembre de 2019

BURDELES, NOCTÁMBULOS Y RUFIANES: CRÓNICA DEL EXTINTO BARRIO ROJO DE LOS CALLEJONES DE RICANTÉN

Calle Lira en 1962. Fuente imagen: sitio web del Liceo Confederación Suiza.
Coordenadas: 33°27'03.9"S 70°38'17.0"W
Hubo una época de los prostíbulos, mancebía y bohemia en Santiago que resulta inolvidable a quienes la vivieron: la epopeya del barrio Los Callejones, en Diez de Julio Huamachuco, hasta donde acudían con el pecho ardiente desde modestos folcloristas, tangueros y cuequeros pagados con cañas de vino, hasta prominentes hombres públicos que derramaron algunos de sus más grandes secretos en la memoria de aquellas cuadras.
Los Callejones parecen haber sido el primer barrio rojo moderno de la capital chilena, al menos en los términos que lo reconocemos ahora, además del más famoso. Este concepto va mucho más allá de ser sólo un concentración de prostíbulos y tugurios, por supuesto, aunque también ha quedado sumido en la tendencia a poetizar el recuerdo por parte de aquellos que lo conocieron y que hoy lo contemplan desde el observatorio de la nostalgia, no siempre muy objetivo. Lo cierto es que había en él elementos igualmente pintorescos o encantadores conviviendo con otros oscuros y problemáticos, que acabaron sobrepasando sus atracciones y condenándolo a desaparecer, finalmente.
Llamado también Barrio Ricantén, Callejones de Ricantén (Licantén en algunas versiones, por corrupción fonética) o, simplemente Barrio Callejones, correspondía a un cuadrante de viejas calles y cuadras estrechas distribuido entre las vías Diez de Julio Huamachuco, Dr. Brunner-Tocornal, Argomedo y Raulí-Portugal, llamadas Freire-Maestranza en esos años. La concentración de prostíbulos, bares "con niñas" y quintas de remolienda en esas pocas cuadras fue asombrosa, llegando a desbordar los límites del marco original expandiéndose así por casi todo este sector de Diez de Julio.
Al centro de este trazado estaba el corazón de los temidos callejones, entre Lira y Raulí por la calle Sucre, poco después llamada también Ricantén, cuando terminó de abrirse la vía y conectó con la de este nombre. En nuestros días, corresponde a Antonio Ricaurte, en homenaje al oficial independentista de las Provincias Unidas de Nueva Granada. Este último nombre, que aparecía ya en algunos planos de 1911, lo recuperó hacia 1952, pues parece que Ricantén fue una adaptación fonética del original Ricaurte, que afectó rápidamente en la denominación de la misma.
La calle y su fama pecaminosa, además, han sido mencionadas por varios escritores nacionales en sus respectivas obras, como Carlos Droguett, Enrique Lafourcade, Joaquín Vergara Urrutia, Alfonso Calderón, Hernán Castellano Girón, Poli Délano y José Luis Rosasco, entre otros. Armando Rojas Castro incluso intituló su libro de 1939 como "Calle Ricantén".
Su influjo pecaminoso y atrevido irradiaba hacia afuera de esos límites señalados, sin embargo, llegando a tocar las avenidas Portugal y Fray Camilo Henríquez por el oriente y San Rosa por el poniente, luego hasta San Diego, en su época de máxima expansión. Prácticamente todas estas manzanas orbitaban en torno a la gravitación de Los Callejones, entonces, mucho más allá del cuadrante central que tuvo en sus inicios.
Sector de calle Diez de Julio con Lira y sus alrededores, actual barrio de talleres y comercio automotriz que, en los años cincuenta, albergaba a los burdeles de Los Callejones.  Fuente imágenes: "Revista El Guachaca", 2005, artículo "Cuando las putitas tenían casa".
Detalle del sector central del barrio Los Callejones en plano de 1911.
Vista actual de Google Earth del mismo cuadrante original de Los Callejones.
ORÍGENES DE LOS CALLEJONES
El grupo de cuadras de nuestra atención se remonta a barrios nacidos hacia los días de la administración del Intendente Benjamín Vicuña Mackenna, aproximadamente. Se trataba de antiguas casas formando después las delgadas cuadras, algunas de ellas con aspecto modesto pero de influencia solariega, mientras que otras llegadas hacia el cambio de siglo ya pretendían ofrecer más ostentación arquitectónica, con fachadas de ladrillos e influencias neoclásicas.
Uno de los inmuebles más bellos del barrio está ubicado aún en la esquina sureste de Lira con Ricaurte, aunque ha sido remodelado para usos comerciales, con un resultado no muy feliz, a nuestro criterio. Corresponde a una obra de un arquitecto que aparece rubricado como H. Hernández y tiene empotrada todavía una placa con la siguiente indicación, junto a un laurel metálico: "1912 Premio Concurso de Fachadas. Sociedad Central de Arquitectos".
Lo históricamente más valioso del barrio no está tal vez en las fachadas, sin embargo, sino en el suelo, y muy desdeñado por los transeúntes: cuando se trazó y construyó la calle Sucre o Ricantén, en 1911, se la pavimentó con el viejo sistema de empedrados rudimentarios, valiéndose de piedras de río o canto rodado, a diferencia del resto de esas cuadras que estaban adoquinadas. Dos paños de esta maravillosa y clásica calzada aún sobreviven, tras soportar las pisadas de generaciones de aventureros que vagaron por los Callejones haciendo su parte en la voluminosa historia del lugar.
La historia del barrio Los Callejones como tal, comienza hacia los años treinta, creemos que coincidiendo con la crisis económica y la caída de la prosperidad que había asegurado a la nación la industria del salitre. La migración de las familias más acomodadas de varios vecindarios santiaguinos, además, permitió la llegada de una nueva clase de ocupantes entre los que estuvieron célebres cafiches y cabronas, en este caso llegados a las principales residencias de Ricantén.
Para Lafourcade, en su libro "Cuando los políticos eran inteligentes", el barrio de marras "era una urbanización constituida por calles como Santa Elena, Raulí, Ricantén, San Camilo, en un Santiago de baja clase median". Allí. precisamente, empezaron a instalarse sus prostíbulos en las que antes habían sido residencias más bien elegantes y suntuosas en el caso de las que daban hacia las avenidas principales, mientras que las demás interiores tendían a ser más pequeñas, con aspecto de cités, alojando en ellas también sus propios centros de recreación, baile y sexo mercenario.
Vecinos de clases obreras que residían por allí ya entonces, como en la ex Villa Maestranza y al Sur de la avenida Matta, se convirtieron en la necesaria clientela, a la que se sumaron otros procedentes de todos los puntos cardinales de la urbe. De esta forma, los más famosos y grandes prostíbulos de los barrios bravos de Santiago, quedaron establecidos en Los Callejones. Era "una verdadera ciudad dentro de la ciudad o un barrio dentro del barrio", en palabras del antiguo vecino y residente Osvaldo Cáceres González, arquitecto y autor del relato "Sobre barrio 10 de julio", premiado y publicado en "Voces de la ciudad: Primer Concurso de Historias de Barrios de Santiago" (1999).
Facilitó aquellas cosas el que, por esos años, ya tuviese fama de recreativa y noctámbula toda esta zona al Sur del centro de Santiago, especialmente por los nexos del público con el sector de la Plaza Almagro y otros núcleos de remolienda o la recreación capitalina. El lado que da hacia San Diego ya era un concurrido centro de diversiones sombrías en la época y de algunos rufianes igualmente célebres.
Las noches de Los Callejones se extendían con fiestas de amanecida, no sólo en los lenocinios, sino también en los varios bares que llegaron a instalarse alrededor de las aquellas cuadras. Las casas de recreo y fiesta permanecían con las puertas abiertas, habiendo noches en que sonaban guitarras desde casi todas ellas. Los cableados de ampolletas amarillentas cruzaban colgando la calle desde una fachada a otra, y las chiquillas paseaban por la calle empedrada o se asomaban por las ventanas y puertas intentando verse elegantes, con las mejores prendas, cosméticos y perfumes que tuviesen a mano, buscando seducir a señores y gañanes por igual. "Venga a casarse un rato, mijito", era la frase de invitación más recurrida, y los cobros más baratos eran de alrededor de cinco pesos ("cobres") hacia mediados de los cincuenta.
La pequeña Plaza Freire, que ha sobrevivido casi por milagro hasta nuestros días justo enfrente de la excalle con ese nombre, hoy Raulí, a veces era un hervidero de ebrios enfiestados acompañados por las mismas chiquillas, cantando entre el júbilo y la pendencia hasta arruinarle la noche completa a los pocos vecinos que resistían irse de estas calles, esperanzados estoicamente en que volviera la paz. Y por las calzadas adoquinadas, para evitar la mano dura de las policías, deambulaban unos sujetos apodados "campanilleros", que pegaban los gritos de alerta cuando fuera necesario, desatando las estampidas.
Todo un comercio esquinero de empanadas, pequenes, tortillas, pan amasado, pan candeal, sanguchitos, huevos duros y otros bocadillos para bajones de hambre, terminaba de armar el cuadro perfecto de la bohemia santiaguina pobre de esos años. Varios de estos vendedores ambulantes llegaron a ser bien conocidos en el ambiente, de hecho, apareciendo con canastos, lámparas de carburo, bandejas con productos que colocaban en sus cabezas y perfectas cotonas o delantales blancos. También había locatarios establecidos en norma, como mecánicos y kiosqueros, que aprovechaban el ambiente del lugar para vender bajo la mesa supuestos productos afrodisíacos y hasta sustancias ilícitas.
Los fines de semana eran el apogeo de la celebración, del bailable y del bullicio, dejando sus huellas desperdigadas por el escenario urbano a la hora del alba. Terrible calvario debió ser para el grupo más conservador y religioso del vecindario, entonces, el tener que cruzar Los Callejones de camino a la iglesia para la misa dominical de la mañana, pateando las botellas, las serpentinas y todos los restos de las fiestas de madrugada, aunque quizá hayan sido menos ensordecedoras que las de nuestros días.
El edificio de la esquina de Lira con Ricaurte, hoy remodelado.
La placa con el premio de 1912.
Acercamiento a la fachada y el balcón cerrado o de cajón.
Fachada con pináculos, esquina de Ricaurte con Urriola. Al fondo, Diez de Julio.
Casonas antiguas de Urriola, muy maltratadas por el arte neorrupestre.
PERSONAJES Y CLUBES DEL LUGAR
Los testimonios sitúan a varias de las más célebres regentas, prostitutas y copetineras de lupanares santiaguinos iniciándose en tales actividades por acá, en Los Callejones. Entre ellas, destaca la mítica y respetada cabrona la Lechuguina, cuya popular casita de remolienda, la más famosa y conocida en esos años, se situaba en el cercano sector de calle Serrano, entre Diez de Julio y Copiapó, aunque exvecinos de la emprendedora y de su controvertida pareja, el Zapatita Farfán, aseguran que su burdel estuvo en Copiapó entre Lira y Carmen, cerca del cruce con calle Tocornal.
Una de las casitas mejor ubicadas era la famosa Nena del Banyo, que se recuerda estuvo por Raulí con Ricantén, a sólo una cuadra de Portugal. Y es que los burdeles de Ricantén tenían fama de tener "mejor pelo" que los demás, especialmente el ubicado en la esquina nororiente de esta calle con Dr. Brunner, al poniente, correspondiente a un inmueble con frontón ya desaparecido. Otros eran sólo para bribones y delincuentes de la más baja calaña, los que no faltaban por allá, como un cafiche y embaucador muy conocido en Los Callejones apodado el Carreta Vieja, mencionado por Armando Méndez Carrasco en su "Chicago Chico". Entre las amigas y vecinas estuvo también la tía Rosita, cuyo lenocinio era de gran atracción para algunos cuequeros, según sabemos.
Otro de los boliches más cotizados que estuvieron relacionados con el barrio y su influjo en las cuadras del entorno, un poco más al poniente, fue el conocido como la Casa de las Siete Puertas, burdel que se caracterizaba por tener precisamente esta cantidad de puertas de acceso, en las que se paraban las chiquillas a seducir a los paseantes. Se ubicaba en calle Diez de Julio, probablemente cerca de San Francisco de Asís, enfrente de una plaza ya desaparecida.
Vecino a la Casa de las Siete Puertas, existía también una oscura taberna llamada "Nunca se Supo", en donde el periodista y escritor Raúl Morales Álvarez debió ir a reportear un homicidio, en alguna ocasión. Recordaba que, al acercarse al apuñalado que agonizaba en una camilla, le preguntó quién lo había atacado y éste, haciendo un último chiste en su vida, respondió en tono burlón: "¡Nunca se supo!". Y el mismo autor comenta algo sobre una prostituta ya casi legendaria en la historia de Los Callejones: la Loca Marion, mujer feral e indomable, alta y con cicatriz en el rostro, a la que una vida de peligros y asperezas no amilanó en su instinto salvaje y apasionado, que no aceptaba a cualquier cliente y no se intimidaba con amenazas.
Otra cantina del barrio fundada por esa misma cuadra fue "El Milonga", uno de los primeros negocios que instalaría el futuro empresario nocturno y de espectáculos José "Padrino" Aravena, ubicada también en el cruce de San Francisco con Diez de Julio. En ella se atendía de forma continua durante las 24 horas del día, sirviendo de parada o estación para muchos visitantes de estos barrios de huifa desenfrenada.
Había otros expendios de comida y bebida en calle Lira, además, varios permaneciendo abiertos hasta las horas de mayor ajetreo del sector. En Diez de Julio con Santa Rosa, en tanto, se pasaban las fatigas del trasnoche en el "Café Celia", salón de té y pastelería al que asistían también algunas de las regentas del barrio, como la Lechuguina. El escritor y residente Roberto Guerrero tenía también un café cerca de allí: "El Chino", en Diez de Julio con Carmen, que es mencionado por su colega y vecino Mario Ferrero en sus primeros trabajos publicados.
Las leyendas sobre la clientela de Los Callejones y los locales del entorno, deben estar entre lo más sabroso de todo este tema. Incluyen a prestigiosos hombres de negocios, autoridades que llegaron a ocupar importantes sillones de gobierno y hasta una selección completa de fútbol brasileño en 1961, con Pelé entre ellos y justo cuando iba a ser reconocido como el mejor futbolista del mundo. Hasta mandatarios en ejercicio habrían llegado allá, según chismea Cáceres González recordando las visitas del Presidente Gabriel González Videla en los cuarenta, en el mencionado burdel más copetudo de Ricaurte con Dr. Brunner. También habrían aparecido en el barrio músicos que pagaban los favores amenizando dentro de cada boliche, si acaso había un piano, guitarra o arpa a mano.
Innumerables fiestas universitarias, despedidas de solteros y encuentros de camaradería de la época, terminaron en los reinos de Los Callejones, con la patota juvenil llegando en el trolebús de Portugal o Diez de Julio. Y también arribaban allá rufianes como el "Cabro" Eulalio, rey del hampa en la Plaza Almagro y asiduo cliente con licencias especiales en Los Callejones, protegido por la complicidad de todos cuando había allí redadas policiales. Varias veces corrió la sangre en estos rincones, por la misma razón, pues la muerte y asalto siempre estuvieron proyectando su sombra en esas aceras.
Muchos eximios folcloristas urbanos como Osvaldo "El Buey" Cerda, Fernando González Marabolí y Nano Núñez el líder de Los Chileneros, fueron parte de los comensales con habitualidad en el barrio y amigos de todas las chiquillas, según recuerdan. De ahí que el grupo de Núñez mencione Los Callejones al final del tema "Los barrios bravos", de su trascendental disco de 1968 titulado "La cueca brava":
Y Vivaceta, sí
muy respetada
Plaza Almagro y San Diego
Blanco Encalada.
Lindas canchas de amores
Los Callejones.
El propio Núñez, entrevistado en una ocasión para el sitio web Cueca Chilena, recordaba parte del ambiente artístico y bohemio que imperaba en esas calles y casas, asegurando que "en Los Callejones había flor de tangueros, y cuequeros también. Nombradas casas, nombrados cuequeros, porque el tango son dos o tres músicos".
Acceso al Liceo Confederación Suiza, por el costado de calle Urriola.
Calle Urriola vista hacia el norte desde Diez de Julio.
Esquina de Ricaurte con Dr. Brunner.
Calle Dr. Brunner vista en dirección hacia Argomedo.
CAÍDA Y DESAPARICIÓN DEL BARRIO
La decadencia de Los Callejones comenzó al aproximarse el fin de la década del cincuenta y avanzó con inusitada rapidez durante la siguiente. Los veteranos que lo frecuentaron hoy coinciden en que sus esplendores habrían estado desapareciendo casi por completo hacia los días del Mundial de Fútbol de Chile en 1962, importante e inconfundible referencia cronológica para ellos.
En aquel período, los folcloristas, los intelectuales y los artistas se fueron alejando, pero no los maleantes y los hampones, desgraciadamente. La elegancia de las tardes de tango o el son de las victrolas se fue apagando de cada casa, permaneciendo en el lugar sólo aquellos aspectos negativos que antes se toleraban a favor de priorizar lo emocionante y singular del barrio. De hecho, ya en la década anterior muchos de sus centros de recreación habían comenzado a emigrar a las calles del contorno dejando el núcleo principal, estableciéndose así en Serrano, Copiapó, Tocornal y otros destinos del mismo vecindario o más lejos inclusive.
Si acaso alguien había querido romantizar en Los Callejones relativizando el drama subyacente de la prostitución y la marginalidad, ninguna excusa para ello quedaba ya al final de sus días, con cafiches violentos rondando sus calles y delincuentes parados en cada esquina acechando su presa para el asalto con la recaudación del día. Ni hablar del tráfico de drogas en el mismo lugar.
Coincidentemente, en 1958 se había trasladado a calle Argomedo 352 esquina con Raulí, el entonces llamado Liceo N° 10 de Hombres, separándose de la Escuela Matta. Se ubicó así hacia donde está ahora el Liceo Comercial, justo a un lado del barrio rojo y enfrente de la conflictiva Plaza Freire, comenzando los primeros problemas de convivencia entre dos mundos opuestos, tan diferentes como eran el de la educación contra el de la remolienda. El amenazante ambiente del entorno, más las incomodidades del recinto en que se ubicó la casa, llevaron a pensar en el traslado por la seguridad de los alumnos. Paralelamente, había ya campañas para cerrar y destruir los famosos burdeles de ese y otros barrios capitalinos, por lo que se fueron retirando a la fuerza de las actividades a las prostitutas ya entradas en la vejez y sin posibilidad de reinventarse en el rubro, apagándole los últimos combustibles de su vida como las velas de una gran ofrenda fúnebre.
En medio de tantas incomodidades y siendo rector don Carlos Pérez Ríos, los alumnos del Liceo N° 10, que a la sazón iba a comezar a definirse como mixto, se levantaron paralizando y ocupando de manera indefinida la pequeña y poco acogedora sede de Argomedo, en una de las primeras tomas secundarias de las que se tenga registro, además de haber sido una de las más largas de la historia de los movimientos políticos en la educación chilena. Exigían la construcción de un establecimiento más moderno y la expropiación de las residencias vecinas usadas como lupanares, pues eran agredidos constantemente por proxenetas y prostitutas, especialmente las alumnas, como venganza por el cambio que había experimentado el barrio desde la llegada del liceo.
Finalmente, la resistente huelga logró forzar la voluntad del Ministerio de Tierras y Colonización, durante el Gobierno de Eduardo Frei Montalva. La cartera de Estado inició el juicio de expropiación de los burdeles de la cuadra de General Urriola, y las autoridades se comprometieron a construir las nuevas dependencias para el liceo. El lugar escogido estaba al otro lado de la misma manzana del liceo, en Urriola 680, comenzando la enorme y agresiva demolición en 1966, con maquinaria pesada y grandes camionadas de escombros que hicieron desaparecer casi toda el ala oriente del barrio de Los Callejones, ante las protestas y llantos de las regentas que quedaban en el sector.
Adicionalmente, hubo muchas leyendas sobre lo que las cuadrillas de trabajadores encontraron en los sótanos de aquellas casitas de huifa que echaban abajo: restos humanos, de neonatos, documentos secretos comprometiendo a altas autoridades, fotografías escandalosas de hombres públicos y galerías secretas por las que, supuestamente, escapaba la clientela VIP en las redadas, entre otras curiosidades.
Fuente de Soda "El Pollo Volador" y fachadas de Dr. Brunner.
Antigua y maltratada casona en Dr. Brunner cerca de Argomedo.
"Los Adobes de Argomedo". A pesar de su aspecto antiguo, es de los años setenta.
Vista de "Los Adobes de Argomedo", esquina de Argomedo con Lira.
DESPUÉS DE LOS CALLEJONES
Concluidas las obras de construcción del nuevo establecimiento, la temporada del año 1968 del Liceo N° 10 comenzó en las nuevas y cómodas dependencias de Urriola con Diez de Julio, siendo para entonces su rector el profesor Jaime Nahum Levin. De esta forma, quedaba aplastado bajo su peso el recuerdo de casi cuarenta años de remolienda desatada y de uno de los episodios más curiosos de la historia de la ciudad de Santiago. El establecimiento corresponde al actual Liceo A-13, que desde 1983 lleva el nombre de Confederación Suiza, mientras que el matiz educativo del vecindario se vio reforzado con la llegada del Liceo Comercial González Videla y del Colegio Baquedano, por el sector Raulí.
No había vuelta atrás para Los Callejones, por consiguiente.
A pesar de los esfuerzos por erradicarlos, agónicos resabios de lo que había sido el barrio rojo de Ricantén, o más exactamente Ricaurte, permanecieron pataleando por el sector hasta tiempos relativamente recientes, siendo todavía posible encontrar por allá algunos personajes problemáticos que aparecen, de cuando en cuando, como si intentaran traer de vuelta aquel pasado superado. La seguridad de los alumnos es algo que se logró más cerca de nuestra época, entonces, ya que la ojeriza del gremio de los lupanares y en gran medida también la de quienes habían sido sus clientes, permaneció por largo tiempo más apuntando sus rencores contra el Liceo Confederación Suiza.
Al menos tres célebres barrios de lupanares cercanos parecen haber sido influidos por la radiación de Los Callejones y por el desplazamiento de sus madamitas, regentas y chiquillas, al decaer: el clásico ubicado entre las calles Eleuterio Ramírez y Eyzaguirre llegando a San Diego, de los más antiguos aunque ya en franca retirada por los cambios del Parque Almagro y sus alrededores; el de calle Emiliano Figueroa, entre Diez de Julio Huamachuco y Copiapó, iniciado al parecer por una tal tía Olivia y otra regenta que monopolizaron la cuadra, entre ambas, tras dejar Los Callejones; y en gran parte también el celebérrimo de San Camilo, o más exactamente de calle Fray Camilo Henríquez, que acogió quizá a la mayoría de las huérfanas de Los Callejones tras su cierre, dada su inmediata cercanía geográfica y la incipiente fama que comenzaba a hacerse ya como heredero del ambiente de aquel.
El exbarrio de Los Callejones, en tanto, comenzó a ser absorbido por el comercio dominante en Diez de Julio Huamachuco, con los locales de venta de repuestos para automóviles y talleres mecánicos o electrónicos. Por esta razón, varios otros inmuebles del antiguo grupo terminaron siendo destruidos, para instalar galpones comerciales, locales de ventas y talleres. Es el rasgo que aún mantiene, de alguna manera, aunque no se ha acabado del todo la fiesta, porque en 1978 llegó a instalarse a la esquina de Argomedo con Lira el popular y tradicional restaurante "Los Adobes de Argomedo", capitaneado por don Juan Vergara Díaz.
El mal llamado barrio San Camilo (este nombre anómalo lo comenzó a recibir la calle Camino Henríquez desde el cruce con Diez de Julio, y en algún momento se generalizó), terminaría siendo el principal refugio de muchas de esas casitas de huifa que acabaron corridas de Los Callejones desde fines de los cincuenta. Como era prácticamente parte del mismo barrio rojo ya opacado, especialmente en la cuadra del cruce con Santa Isabel, comenzó a desarrollarse allí otra etapa de la historia de la prostitución en Santiago, aunque con ciertas diferencias importantes si se la compara con la anterior.
En San Camilo destacaban ahora, entre las regencias, algunos personajes extravagantes como el llamado maricón Condesa, también procedente de los clubes de Ricantén y más tarde establecido en Vivaceta casi esquina con Rivera; la Pelá Jorge que, según el mito, acabó siendo asesinado a balazos por un hampón o bien fulminado por el corazón que no resistió sus vicios; la tía Toña, otra mítica cabrona de estos pantanos; el oscuro Chico Lucho, proxeneta del que se decía que mantenía a sus niñas secuestradas y drogadas en terribles situaciones de abuso; la tía Rosa, que trabajaba con su hija Carmen y destacaba por sus modos cordiales y elegantes; y la misma Nena del Banyo, que también habría emigrado a estos lares según los testimonios.
Otra de las celebridades que parecen haber estado relacionadas con Los Callejones y que lograron establecerse a tiempo en el barrio de "Camilo", como gustaban de llamar los aventureros a Fray Camilo Henríquez, fue la famosa Guillermina, dueña de un popular prostíbulo en este sitio entre calles Argomedo y Santa Isabel (precisamente la cuadra final de Los Callejones en su máxima expansión) y después de otro más elegante en avenida España llegando a Blanco Encalada. Conocida por muchos intelectuales y hombres públicos de la época, se dice que la mujer habría acabado sus días asesinada por un cliente al que no quiso abrir la puerta ya tarde en la noche, cuando el barrio ya estaba entrando en su propia decadencia.
Aunque varios burdeles de San Camilo y sus dueños lograron sobrevivir a los más duros años dictatoriales, para los ochenta ya estaba cambiado su semblante, devenido ahora en la oferta de prostitución homosexual y mucha droga. Poco y nada quedaba de lo que había heredado de Los Callejones.
Algo se conserva y se protege del pasado de calle Ricaurte, sin embargo: por Decreto N° 401 del 18 de enero de 2008, la calzada de canto rodado de la vía fue declarada Monumento Histórico Nacional, por tratarse de "la única dentro de la comuna de Santiago que mantiene, a la vista, el pavimento de canto rodado, presentando efectivamente una valiosa singularidad", agregando que se ha conservado "sin alteraciones en su superficie, permitiendo apreciar el excelente trabajo de artesanos anónimos que hicieron posible que esta calzada se encuentre prácticamente intacta", constituyéndose así en un caso de necesaria puesta en valor del patrimonio urbano.
La declaración se hizo atendiendo un llamado formulado por la "Revista de Urbanismo" N°14 de junio 2006 y no parece tener precedentes parecidos en la historia de las declaratorias del Consejo de Monumentos Nacionales. Sin embargo, la calle con este pavimento primitivo quedó dividida en dos partes o paños, por no poderse salvar la parte del cruce de Ricaurte que quedó con la carpeta dura de la calle Lira y que la cortó precisamente allí...
...Un pena que aquellas piedras no puedan hablar de sus recuerdos y testimonios.
Pavimento de canto rodado en calle Ricaurte, vista desde Lira hacia Urriola.
La misma calle vista de frente.
Aspecto del mismo pavimento por el lado de Ricaurte hacia Dr. Brunner.
Acercamiento a las piedras del pavimento, Monumento Nacional desde 2008.

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