lunes, 18 de noviembre de 2019

LA MARINITA Y SU TRAGEDIA: LA ANIMITA DEL PARQUE O'HIGGINS

Placas de agradecimientos y ofrendas para la Marinita hacia 2003, en imagen publicada en "Templos de Chile" de Juan Forch. Fuente imagen base: Memoriachilena.
Coordenadas: 33°27'54.3"S 70°39'41.8"W
La celebérrima animita de Santiago conocida como La Marinita o Animita del Parque O'Higgins, se encuentra a un costado del famoso óvalo del Campo de Marte, al Sur-poniente de este sector entre el patinódromo y las canchas del club de tenis, junto a los juegos infantiles y los quinchos para asados. Es un rincón gratamente sombreado por los árboles y en donde pareciera que la devoción nunca se acabará, a pesar de los cambios que ha experimentado la sociedad y la fe en nuestra época.
La persona venerada en esta animita es Marina Silva Espinoza, una niña de la que se sabe muy poco, incluso entre sus devotos, ya que su recuerdo es orbitado por varios mitos. El dato principal entre todos ellos, es que habría sido cruelmente violada y asesinada en 1945 por su padrastro y que era sordomuda. Y cuentan las leyendas, además, que el fantasma de la niña se aparece jugando ante los visitantes del parque, o que los cercanos columpios infantiles se mueven solos durante las noches. Algunos cuidadores aseguraban que esto sucedía en el parque.
Aferrándonos a datos más reales, sin embargo, el crimen de Marinita sucedió exactamente el 23 de mayo de aquel año, y muy posiblemente bajo el mismo árbol que ha seguido creciendo sobre el lugar de su recargada y querida animita. Esta última parece ya un pequeño santuario, asegurándose allí también que la niña suele ser muy milagrosa y cumplidora, como sucede con todas las animitas que perduran y se perpetúan en su popularidad. Algunos comerciantes, de hecho, venden velas a ciertas horas del día.
El crimen sucedió en los tiempos en que Parque O'Higgins aún era conocido como Parque Cousiño y no tenía esas rejas de seguridad que ahora lo cercan por todo el perímetro. El cadáver de la pequeña fue descubierto dentro del terreno hacia las 9:00 horas de la mañana del 24 de mayo de 1945, bajo un árbol del sector que da hacia la avenida Beaucheff, enfrente de la calle Antofagasta y cerca de la tribuna de la elipse. El hallazgo, realizado accidentalmente por Ismael Badilla García, soldado de los cercanos Arsenales de Guerra, desencadenó de inmediato una frenética búsqueda para dar con la identidad de la niña y la del desalmado y cruel asesino.
Hacia el mediodía, pudo precisarse el nombre de la fallecida: era Marinita, de sólo tres a cuatro años con domicilio en calle Roberto Espinoza 1641, pieza 5, dirección ubicada a cuatro cuadras hacia el poniente del lugar del parque en donde había sido hallado el pequeño cuerpo. Aquella casa era de su abuela, y vivía allí con su madre y su padrastro, una pareja joven. El número correspondía a una casa de estilo art decó sencillo que pasó años después a un establecimiento comercial.
El nombre de la niña figuraba con una denuncia por desaparición realizada por su padrastro, Pedro Segundo Castro San Martín, en la Cuarta Comisaría de Carabineros de Santiago (octava en algunas versiones, pero creemos que ese dato es incorrecto). Cierta información reproducida en la prensa y compartida hasta hoy entre los devotos de la animita, decía también que Marinita era sorda y muda, como hemos comentado ya y como aparece en la propia inscripción principal de la cruz de la animita, pero no consta a investigadores como Karen Müller Turina, hija de Oreste Path quien trató también este caso.
Los primeros peritajes confirmaron que Marinita había sido atacada brutalmente en el cuello con un arma cortopunzante, agresión que aseguró su muerte. Había sido tal el frenesí asesino del autor de este infanticidio, que la cabeza de la pobre niña estaba casi separada del resto del cuerpo, a causa de la profundidad de los cortes. Estremece pensar que esto debió suceder cuando ella aún agonizaba a causa de las primeras heridas propinadas por aquel infame monstruo.
Se cuenta, además, que las sospechas de los investigadores buscando asirse de algo, habrían comenzado a barajar la posibilidad de que el responsable pudiese haber sido algún apostador de las carreras de caballos, considerando la proximidad en que se encuentra de este parque el Club Hípico. Sin embargo, el cuerpo había sido encontrado un día jueves, no en los tradicionales viernes de carreras.
El golpe eficaz lo dieron los funcionarios de Carabineros de Chile, quienes habían concurrido a la casa de la madre de la niña, Regina Teresa Espinoza Pavez, que recientemente había cumplido 23 años. Fue ante ella y el mismo padrastro de la víctima que, se supone, los uniformados expusieron el cuerpo de la pequeña con las abominables heridas en su cuello, esperando que lo reconocieran. Pero, para sorpresa de la policía, ninguno se habría mostrado tan consternado ni impresionado con la espeluznante escena. Esto encendió de inmediato las balizas de sospecha y dirigió todas las miradas de la investigación hacia ambos.
En la más reciente edición de "L'Animita. hagiografía folclórica" de Plath, se revisan algunas fuentes periodísticas intentando dilucidar cómo se resolvió el caso. Se señala que la revista "Vea" del 28 de noviembre de ese año, por ejemplo, indica que el Capitán Gutiérrez con sus sabuesos habrían sido quienes observaron huellas de sangre que aún quedaban en un vestón de Castro San Martín, y que había intentado borrar sin lograrlo del todo, procediendo así a detenerlo. El sujeto se había cambiado su overol por el traje de calle cuando los funcionarios policiales llegaron a su lugar de trabajo, la misma fábrica de sacos en la que había conocido a Regina, para comunicarle del hallazgo de la niña. Uno de los carabineros allí presente advirtió los rastros delatores que aún quedaban en la prenda y así fue conminado a confesar el crimen.
Sin embargo, los medios de prensa consignaron también que Regina, embarazada de tres meses a la sazón, fue sometida a un interrogatorio tras la llegada de los carabineros a su casa y, durante el procedimiento, acabó por quebrarse y reconoció que había sido su pareja el autor del asesinato. Él, en tanto, pasado por el mismo procedimiento, admitió los escabrosos detalles de cómo ejecutó el crimen que venía planeando desde hacía tiempo, y explicando que sus razones fluían desde el odio desenfrenado que sentía por su hijastra, ya que su presencia provocaba constantes problemas y discusiones con la madre desde que ambos vivían juntos (habían contraído matrimonio el 8 de enero de 1944).
Para ejecutar su sangriento plan, entonces, Castro San Martín cambió de turno en la fábrica saliendo antes de lo habitual, hacia a las 17 horas del miércoles 23 de mayo, aunque algunos medios de prensa y placas de agradecimiento señalaron erróneamente, en épocas posteriores, que este crimen ocurrió el día 24 ó 28 de ese mes. Con esta modificación de su jornada, tenía unas horas libres para cometer su fechoría aquel día.
Al llegar a casa cínicamente con unos dulces de regalo para la niña, partió con ella cerca de las 18 horas, supuestamente para pasear juntos. Fueron caminando por calle Ñuble, que es la continuación de General Rondizzoni en donde está el acceso Sur al parque, pasando después por la calle Antofagasta, que por esos años continuaba como sendero dentro del área verde. Karen Müller, sin embargo, asegura que la caminata debió haberla hecho principalmente por avenida Viel.
El tipo llevaba entre sus prendas una cortaplumas que se había encargado de afilar para el propósito de poner fin a la vida de la niña. Cuando comenzó a oscurecer, hallándose con ella en el parque, escogió un lugar dentro del mismo que fuese adecuado, tomó violentamente a la asustada niña que ya lloraba intuyendo algo, la tendió en el suelo y le clavó la cortaplumas en el cuello cortándoselo de manera bestial, mientras brotaba de sus heridas una enorme cantidad de sangre, según confesó a los interrogadores, manchándose con ella las manos y el vestón. Los gritos de la pequeña sólo lograron enardecer a su agresor, que hundió más el arma en su cuerpo esperando conseguir que se callara, casi desprendiendo su cabeza en el acto.
Después de esta carnicería feroz e inexplicable, con una indiferencia todavía más perturbadora, el sujeto se retiró del parque dejando abandonado el cuerpo degollado de su víctima tras limpiar su cortaplumas en el pasto, caminando hacia la casa de su hermana Ercilia Castro San Martín, en calle General Gana 2079, a poca distancia. Allí se lavó las manos y el arma, además de intentar limpiar su chaqueta, pero en el apuro no lo logró hacer bien. Después marchó hacia su trabajo, ya que debía estar allá en el turno siguiente, procediendo a marcar tarjeta con toda calma.
En la fábrica, ya estaba su mujer trabajando, la que -según él- al preguntarle por la niña y temer que algo le hubiese sucedido, pidió al sujeto salir con ella a buscarla. Volvieron así a la pieza de calle Roberto Espinoza y, verificando que no estaba allí, Castro San Martín partió a la comisaría a estampar la falsa denuncia por desaparición. Cenaron aquella noche y se acostaron a dormir hacia las 22:00 horas, de acuerdo a su versión.
La escalofriante confesión de Castro San Martín fue publicada en el diario "Las Últimas Noticias" del 25 de mayo siguiente, también reproducida en la versión corregida y ampliada del libro de Plath por su hija, en 2018. El juicio duró seis meses y concluyó sentenciando la pena de muerte para el chacal. Sin embargo, una apelación de segunda instancia lo salvó del pelotón de fusilamiento, cambiándolo por un largo presidio. Quedará en la duda el grado de participación que pudo tener o no la madre en este crimen, la que dio luz al hijo del asesino en el mes de noviembre de 1945, sin dejar de vivir en el mismo domicilio de su madre.
El horror de la noticia, en tanto, había conmocionado a la ciudadanía de aquellos años. Los vecinos comenzaron a improvisar espontáneamente un memorial para la niña en el que habría sido el lugar de su tragedia, instalación que se colmó de flores y velas. A la larga, la convirtieron en la concurrida animita con su nombre, muy presente y activa hasta hoy en el parque. Se le agregó también una glorieta y una especie de lápida o cripta, llena de placas de exvotos. La creencia dice que el árbol en que se apoya el conjunto es el mismo bajo cuya frondosidad fue asesinada Marinita.
Las versiones populares no aclaran cómo terminó todo para el asesino, sin embargo. Algunos de los seguidores de Marinita creen incluso que el padrastro acabó suicidándose. Plath intenta traer luz sobre el poco conocido final que tuvo el abominable padrastro y que, para ser francos, no suena injusto en sus palabras: habría sido asesinado por los demás reos con los que compartía celda, pues hasta las leyes de hierro de la delincuencia manifiestan repugnancia por casos como aquel, involucrando crueldades inhumanas en contra de niños. Sin embargo, su hija Karen verificó en el Registro Civil que Pedro Castro San Martín murió en prisión de caquexia, en extrema desnutrición y debilidad, el 9 de septiembre de 1971, faltando sólo dos meses para sus 49 años de vida.
El tiempo y la devoción llenaron el lugar de la animita con mensajes de amor, dibujos, juguetes, peluches, muñecas y algunos artículos propios de la edad de la infante, comenzando a instalarse así la creencia de que era un ánima capaz de conceder grandes favores por la protección de los niños y los hijos de quienes realizaran rogativas, desde los relacionados con estudios hasta los más delicados casos de salud. Ganó así una santidad popular que ha perdurado por todos estos años y con miles de placas de agradecimientos, aunque estas iban siendo retiradas o cambiadas de lugar cada cierto tiempo para permitirle espacio a las más nuevas. La Plaza de los Juegos Infantiles del parque fue construida justo enfrente de la animita, curiosamente, como si hubiese un interés por dedicarla a ella.
En la parte posterior del tronco del árbol, muy teñido por los hollines de las velas, quedan algunas placas de gratitud del año 1950, las más antiguas sobrevivientes allí según parece. Incluso hay una de un tal Carlos Rendich, que no sabemos si corresponde al alguna vez célebre boxeador de la Universidad Católica de la década anterior. Otras placas agradecen haber encontrado trabajo, operaciones exitosas o "hacer caminar" a gente que antes tenía alguna clase de invalidez. Casi no hay un rincón en toda la estructura en donde no haya de estas placas: pretiles, postes, muros, etc.
Los dos depositarios o encargados que ha tenido la animita desde su origen, fueron la madrina de Marinita, doña Luisa Sánchez Maturana (fallecida en 1977), y después su hijo Oscar Castillo Sánchez, quien concurría en la mañana de todos los sábados y domingos hasta el lugar para darle mantenimiento. Algunos de los juguetes y peluches que llegan como ofrendas allí son regalados por el encargado a niños desposeídos.
Muchos devotos de la niña, especialmente los llegados en días sábado y domingo, son deportistas, ciclistas, atletas que entrenan en el parque o jinetes del vecino Club Hípico que se encomiendan a su generosidad. Otros milagros atribuidos a ella sobre recuperaciones de dolencias físicas e impedimentos, se testimonian con los aparatos ortopédicos y las muletas que hay en el lugar. También se le solicitan favores de interés emocional femenino o relacionados con parejas, pues se considera que la pureza e inocencia en que murió Marinita, dada su corta edad, la volvió un ángel con acceso directo a los reinos divinos.
Su fama trascendió fronteras y llegó así a devotos de países como Argentina, Uruguay, Paraguay y, desde los años noventa, de Perú, en este último caso por inmigrantes de esa nacionalidad, podemos suponer, existiendo algunas placas de agradecimientos que lo confirman. De mil a mil quinientas visitas diarias recibía hacia los días del Bicentenario Nacional y los creyentes llegaban especialmente los días lunes. Empero, el nombre de la animita se ha corrompido en ciertos casos, confundiéndose con otros parecidos que figuran en las placas, como Malvinita o Marianita.

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