jueves, 21 de noviembre de 2019

EGIDIO ALTAMIRANO: RECUERDOS DEL SEÑOR DEL ACORDEÓN

Coordenadas: 33°26'53.0"S 70°39'03.5"W (barrio bohemio de calle San Diego)
En abril de 2013, la comunidad bohemia y nictófila de calle San Diego de Santiago, perdió a uno de sus más históricos y célebres iconos: el cantante popular y folclórico Egidio "Huaso" Altamirano Lobos, veterano acordeonista y cantor de larga trayectoria en los principales bares de estos barrios, a quien tuvimos en gusto de conocer y cruzar algunas palabras en el bar y estaurante "Las Tejas", en varias de aquellas noches nuestras de concurrencia asidua en los años noventa y la década siguiente.
Don Egidio era especialmente conocido allí, en ese antiguo boliche que inició sus días en los barrios de calle San Pablo y que hoy ocupa lo que fuera el antiguo y romántico Teatro Roma, otrora novedoso y concurrido centro revisteril de los años cincuenta vecino al también histórico Teatro Cariola, todavía en sus funciones originales. Siempre de terno, peinado hacia atrás su pelo que lograba resistir las canas y cargando su pesado instrumento de más de 10 kilos, era tan habitual ver al "Huaso" Egidio por quienes frecuentan la cantina y sus alrededores, que cuando no aparecía algún día viernes comenzaban de inmediato las preocupaciones intentando explicar su ausencia en posibles estados de salud, especialmente hacia el final de su vida.
Era comprensible que un hombre mayor y tan querido generara aquellas atenciones, por supuesto. Empero, cuando parecía haber faltado despertando inquietudes del público, todo se resolvía dentro de la misma noche y de la mantera más natural: simplemente, Egidio llegaba más tarde que de costumbre, para repartir otra vez su música entre mesas cojas y sillas con patas de fierro, hasta altas horas de la noche. Era un infaltable, un imprescindible.
Don Egidio algunas veces se presentó también en el célebre club "Los Canallas" de la misma calle, el célebre local del santo y seña nacido como asaduría de pollos a inicios de los ochenta, a poca distancia de "Las Tejas" y antes de el boliche que emigrara a calle Tarapacá. Aquellas cuadras de calle San Diego, entonces, eran las mismas del conocido acordeonista: sus reinos, cruzando de una vera a otra o paseando siempre de camino a alguno de los locales en donde extendía su devoción musical.
En el gran salón de "Las Tejas", que alguna vez fue el auditorio del teatro (aún pueden reconocerse los accesos a camarines bajo el actual escenario y la platea alta), don Egidio paseó por cerca de 30 años ganándose la vida con la reunión de monedas de los clientes y tocando canciones a pedido del público, al estilo wurlitzer humano, pues era difícil dejarlo "pillo" con alguna canción solicitada si ésta pertenecía a los cancioneros folclóricos o populares. Cuando alguien pedía algo de un estilo en particular, como cueca brava, chora, campesina, porteña, tonada, valsecito, bolero o simplemente canto popular, siempre encontraba alguna pieza en su repertorio mental para cantarla con su fiel acordeón piano Meistehaft de reluciente color rojizo, al lado de la mesa.
Don Egidio en su juventud, cuando se hacía un nombre en los circuitos bohemios.
Egidio Altamirano en 2009. Fuente imagen: Lacuecacentrina.blogspot.com.
A veces, se jactaba también de tocar también música rock, jazz, mambo, ranchera, foxtrot y otras aprendidas de la época de los clubes bailables de Santiago, con grandes orquestas como las de "El Pollo Dorado" en lo profundo del Edificio La Quintrala de Agustinas con Estado (llamado así por estar sobre el antiguo sitio de la casa de Catalina de los Ríos Lisperguer, en el siglo XVII), famosísimo local donde también alcanzó a trabajar antes de que cerrara sus puertas y por el que pasaron algunos de los más grandes músicos nacionales del siglo pasado.
El personaje era sumamente agradecido de los aportes que le diera el público por sus cantos a pedido, pero también era muy temperamental -aunque sin llegar al insulto- si se sentía ofendido por un cliente, especialmente cuando alguien rechazaba en no buenos términos ni cortesía su ofrecimiento de llevar música a la mesa.
Ilustre nativo de Valparaíso, con períodos de residencia el Quilpué y Viña del Mar, Egidio era hijo de un marino que tocaba banjo y mandolina quien, tras otro de sus varios viajes, le regaló uno de los acordeones que había traído de Alemania. Esto lo inspiró y se metió en la música de forma autodidacta, sin maestros, sólo escuchando discos antiguos y la radio. Hacia los 30 años, decidió dedicarse por completo a su música y no paró más. Y decía que un día tocó en una ramada, a petición de un guitarrista amigo de su hermana, quedando encantado con el ambiente de la noche al punto de entregarse al mismo, tocando después con un pequeño grupo para los mineros en un viaje que lo llevó a la Provincia de Chañaral, donde recibió buena paga, o al menos lo suficientemente motivadora para seguir en el rubro, especialmente en los cabarets y clubes nocturnos de Diego de Almagro, poblado llamado a la sazón Pueblo Hundido.
Ya en Santiago, hasta donde se vino con su pareja de entonces, Egidio encontró empleo en una fuente de soda y se estableció en la entonces incipiente Población La Pincoya, en Huechuraba. Fue parte de la generación fundadora de postulantes de 1968-1969, que lograron obtener un sitio allí gracias al Servicio de Vivienda y Urbanización, durante el Gobierno de Eduardo Frei Montalva. Eran los tiempos en que trabajaría regularmente ya en "El Pollo Dorado", además.
Hacia principios de los setenta, el acordeonista había entrado al conservatorio para perfeccionarse, por dos o tres años. Sin embargo, terminó desertando, convencido de que aprendía más por su propio esfuerzo que con tanta teoría y lectura. Así fue volviéndose uno de los cantantes populares más conocidos de las noches santiaguinas en este lado de la ciudad, poco a poco. Fue un período difícil, sin embargo, en que también había probado suerte como barman, boxeador y hasta luchador libre del famoso show de peleas libres del "Cachacascán", creado por el empresario Enrique Venturino, el dueño de la Compañía "Cóndor", del Teatro Caupolicán de la misma calle San Diego y del reputado Circo de las Águilas Humanas.
Sus incursiones bohemias lo llevaron a recorrer infinidad de clubes, quintas de recreo y casas de entretención en gran parte del país. Le gustaba enumerarlas a todas cuando alguien preguntaba, aunque era claro que ya había olvidado los nombres de varias de ellas. Pasó así su vida, rotando por Valparaíso, Caldera, Quilicura, Santiago Centro, etc. En su largo currículo estuvieron los escenarios inolvidables de aquellas generaciones bohemias, como la "Taberna Capri", "La Posada de Tarapacá", la "Hostería Providencia", "El Bodegón", "La Quinta Gardel", el "Santiago Zúñiga" y algunos boliches del desaparecido barrio chino de calle Bandera, como "La Antoñana" y "El Zeppelin".
En su larga carrera, Egidio colaboró con maestros como Fernando González Marabolí y Los Hermanos Campos, en alguna vieja época, y con Daniel Muñoz y Félix Llancafil, ya en una generación más nueva. En los setenta había compartido escenarios de grandes fiestas y espectáculos con Ramón Aguilera, Los Tumbaítos, Los Chileneros, Chito Faró y el Indio Pije del Ernesto Ruíz, el humorista que encarnara al conocido personaje el Tufo. Formaba parte de algunas agrupaciones que hacían presentaciones en vivo, como Chile Lindo, y una de sus últimas incursiones en giras musicales y grabaciones, de hecho, fue como músico de la banda folclórica 3x7 Veintiuna.
Egidio Altamirano en "Las Tejas". Fuente imagen: "The Clinic", 2012.
El mural de la cueca, en "Las Tejas".
A "Las Tejas", particularmente, llegó cuando dejó de tocar a pedido en el local un guitarrista que amenizaba anteriormente la sala. Egidio se ofreció para entrar en su reemplazo y así comenzó la historia de más de un cuarto de siglo que escribiría en este local y en el barrio de calle San Diego. Sus horarios en la cantina de ecléctico público eran de 14 a 16 horas y de 18.30 a 21 horas, todos los días de la semana salvo el viernes cuando se repleta, debiendo quedarse hasta la medianoche o incluso más tarde, en los mejores días.
También era frecuente invitado a tocar en la cartelera de copetudos centros de eventos, como "Casapiedra" en Vitacura. Hizo lo propio en rodeos huasos en Vallenar, Los Andes, Putaendo, Calera, Lampa, Las Condes, La Cisterna, Lonquén, Chillán, Temuco, Victoria, Valdivia, Osorno, entre muchísimas otras medialunas que podía recordar en sus entrevistas. Pocos músicos populares en Chile han llegado a ser tan transversales en cuanto al público que los aplaude.
Aunque aseguraba que los estilos más solicitados a su acordeón en "Las Tejas" solían ser los boleros para que sonaran entre perniles con papas, cervezas, "terremotos", costillares, chichas y parrilladas (comidas y bebidas que él solía evitar, por salud), la canción que más se le oía tocar y cantar por San Diego, quizá era la famosa y clásica "Adiós Santiago querido", de Segundo "Guatón" Zamora. Parecía tener un vínculo íntimo con este tema, porque si se le pedía una cueca chilena al azar, era frecuente que lo escogiera sin pensarlo mucho.
Tenía algunas cuecas de su autoría en el repertorio, también, aunque rara vez las mostraba, generalmente con letras jocosas y pícaras, como una dedicada al Transantiago y otra a los "gorreados". Algunas de ellas revelaban un espíritu mujeriego que lo acompañó en sus mejores tiempos, pero que se fue agotando con la edad.
Todas aquellas historias las solía contar a los clientes que ya reconocía y también a algunos de los periodistas que se le acercaron en vida interesados en su biografía. Y es que a Egidio le encantaba recordar sus entretenidas andadas, aventuras y correrías por todo Chile, orgulloso y sin fanfarronear.
Receptor del Premio Municipal de Cultura de Huechuraba en 2013, don Egidio siempre fue querido y respetado por todos los que sabían que la noche de cada fin de semana en aquellas manzanas de calle San Diego se completaba con el paso lento del setentón, alternado con sus paradas musicales de los comedores. Por esto, resultó ser un balde de agua fría para los parroquianos y locatarios el enterarse de su partida, a pesar que se sabía algo sobre sus últimos padecimientos. Su viejo corazón bohemio y callejero, pues, se había decidido que era hora de detenerse.
Los funerales del hombre del acordeón se realizaron el martes 23 de abril de 2013 en el Cementerio Parque del Recuerdo. Nadie pudo reemplazar esa música triste y esa misma voz, por gastada que estuviese ya, en los barrios de San Diego, en el gran salón al interior de "Las Tejas", ni en la historia popular de la capital.
El inolvidable Egidio Altamirano y su acordeón, el video del canal Youtube de la Municipalidad de Huechuraba. El video incluye imágenes históricas del músico.

1 comentario:

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