jueves, 17 de octubre de 2019

PASCUAL LIBERONA: UN BANDOLERO APODADO "EL BRUJO"

"Vista de El Carmen Bajo de Santiago de Chile al mismo tiempo se ve la cordillera de los Andes". Aguada de Juan del Pozo, probablemente de fines del siglo XVIII, recreando la observación del templo de calle Independencia desde donde está actualmente el inicio de calle Vivaceta, por entonces llamada Las Hornillas. El original está en el Archivo Central Andrés Bello de la Universidad de Chile.
Ya me he referido en este sitio a la larga historia de la avenida Fermín Vivaceta de Santiago, que comenzó su existencia como el Callejón de las Hornillas y el Camino a Colina, en el extremo poniente del territorio de La Chimba.
En los años en que aún se construía el Puente de Cal y Canto sobre el río Mapocho, conectando Santiago con su territorio de chimbero de extramuros en la ribera Norte, una figura temida y respetada comenzó a erigirse como amenaza para la autoridad colonial de entonces, proyectando después su sombra sobre una ciudad que, sin embargo, no tardó en convertirlo en un rufián-héroe, según parece: idealizándolo al estilo Robin Hood, de la misma manera que ha sucedido -en mayor o menor medida- con generaciones posteriores de bandoleros, entre ellos Vicente Benavides, José Miguel Neira o la famosa banda de Los Pincheiras.
Como sucedió con aquellos casos, pues, la memoria del "El Brujo" Liberona experimentaría esa misma extraña mitificación sobre su recuerdo y su obra que, en rigor, no fue más que una épica delincuencial, concentrada principalmente en el período de años de 1780 a 1795, aproximadamente.
De acuerdo a su mito propio, la historia de Pascual Liberona comienza con la formación de los primeros poblados suburbanos de Las Hornillas, actual Vivaceta, camino llamado de aquella forma por la presencia de hornos de fabricación de ladrillos, según parece. Estos territorios del otro lado del río, en donde la gran quinta del Corregidor Luis Manuel de Zañartu era más bien un oasis aislado y ajeno al entorno, tenían fama de bastión impenetrable para la autoridad de aquellos años, sirviendo así de refugio y dominio para algunos de los temidos rufianes que se conocieron en la Colonia y entre los que, sin duda, destacó de manera especial Liberona, como uno de los primeros en asumir la característica del bandolero. Fue conocido como "El Brujo", precisamente por lo escurridizo y por su velocidad para cometer sus fechorías y echarse al vuelo, haciéndose invisible a la mano del castigo.
Según su propia leyenda, vivía con ciertas comodidades en su hermética barriada de paradores rurales, tugurios, ranchos y solares muy pobres. Su residencia en Las Hornillas era de estilo casa señorial, de acuerdo a lo que comenta Enrique Volpe Mossotti en su "Responso para un bandolero". Se decía que poseyó también un buen fundo también en la localidad de Colina, aunque mucha de esta información es parte del folclore tejido en torno a su memoria.
También hay noticias de que tenía, supuestamente, otra casa refugio junto al Cerro Santa Lucía, en lo que hoy es Barrio Lastarria, donde nunca fue molestado por las autoridades, según anotó Sady Zañartu en su "Santiago calles viejas". La casa que se presumía suya allí en la leyenda urbana, sería acaso la misma que muchos creyeron erróneamente la primera residencia de don Pedro de Valdivia, en la ex Calle de los Patos haciendo esquina con la actual Lastarria donde está el solar vecino a la Iglesia de la Vera Cruz. Se especulaba incluso que Liberona habría sido su constructor, pero esta información también es incierta y poco demostrable.
Uno de los primeros trabajos dedicados al bandidaje histórico en Chile, quizá el pionero, corresponde a un artículo del "Boletín de la Academia Chilena de la Historia" de 1935, titulado "El bandido en la literatura chilena", de Elvira Dantel Argandoña. Se plantea en este texto que Liberona fue el primero de los bandidos "típicos" de Chile, nacido en la Cañadilla (hoy avenida Independencia). Era "un hombre astuto y provisto de esa ironía campechana que caracteriza al roto". Y explicando las razones de su éxito como bandolero, agrega la autora:
"Liberona se aprovechó hábilmente de la carencia de policía que existía en ese período en todo Chile. Los ayucos o esbirros pagados, entre los cuales se metía astutamente Liberona disfrazado de campesino o de roto pililo, no podían tener don alguno policíaco, ya que desempeñaban no sólo su papel de agentes, sino también servían de escolta al Presidente o cargaban las andas en las procesiones, verdaderas fiestas de la era colonial".
Sabía guardar las apariencias, sin embargo. De día, a plena la luz del Sol y en público, el curioso personaje era conocido como don Pascual: hombre galante, refinado y dotado de cierta elegancia en sus modos y vestimentas, llamando la atención de sus pobres vecinos y de sus sirvientes de Las Hornillas. En cambio, en las noches o cuando iniciaba sus correrías, era "El Brujo": un cuatrero, asaltante y abigeo sin escrúpulos, capaz de cometer violencia y derramar sangre si fuera necesario.
Zañartu exalta aquella extraña dualidad en el personaje: "Era un tipo de romance que, en medio de sus temeridades sanguinarias, sabia usar maneras finas y corteses como las de un caballero de raza".
Los territorios de La Chimba y Las Hornillas en el siglo XVIII, aún muy rurales. Detalle del "Plan de la ville de Santiago capitale du royaume de Chili", de Amedée Frezier, 1716. Plano con el eje Norte-Sur invertido. La letra "A" señala ubicación de la Plaza de Armas, para las referencias espaciales.
Detalle de la pintura de T. H. Harvey de 1863, "Vista General de Santiago", en las colecciones del Museo Histórico Nacional. Se observan las urbanizaciones al Norte del río Mapocho y del Puente de Cal y Canto, en la Cañadilla de la Independencia, en su costado poniente.
Las aventuras delictuales de "El Brujo" comenzaron hacia los últimos años de ejercicio del Corregidor Zañartu, en el mismo cargo que lo hizo enemigo y terror de los delincuentes de aquellos años. Mas, Liberona no se amilanaba con la severidad ni las amenazas: con el pretexto de salir a comprar animales al campo, se aventuraba en los recovecos de un amplio territorio entre el barrio Norte del río y las proximidades de la cuesta Chacabuco. Sus asaltos llegaron a ser legendarios por la audacia y temeridad que solían involucrar.
En sus golpes, Liberona asaltó a comerciantes, caravanas y ganaderos que se movilizaran incluso por el sector cordillerano, especialmente entre los pasos hacia la Provincia de Cuyo en Argentina, para el comercio entre ambos países que entraba a Chile buscando la vía de la secular Cañadilla. Y agrega Dantel Argandoña que: "Había en él más del hombre suburbano que del huaso, aunque emplease cuadrillas y encubridores y se internase, cuando era menester, por las gargantas de la cordillera, al cajón del río Aconcagua hasta bajar a Mendoza misma".
En una ocasión de aquellas, "El Brujo" habría interceptado un envío de doblones de oro desde Mendoza, destinado a pagos comerciales, apoderándose de la totalidad de la carga. Fue una hazaña formidable en su prontuario. "Durante mucho tiempo no se oyó hablar del bandido por el lado chileno", dice Dantel Argandoña sobre lo sucedido después de este espectacular atraco, el sueño de todo rufián.
Hacia 1793, además, había comenzado a atacar también a grandes comerciantes de la capital, lo que definitivamente le dio una fama popular que serviría de simiente para su idealización, aunque no tuviese mucho de héroe o justiciero, en realidad. Tras cada azote, volvía campante a su refugio inexpugnable en los arrabales de Las Hornillas, seguramente a celebrar su victoria.
En otra oportunidad, de acuerdo a lo que describe Justo Abel Rosales en "La Cañadilla de Santiago", rescató a caballo a un socio de sus tropelías que se hallaba preso en la Cárcel de San Pablo. Para esto, se disfrazó de mujer y llegó a buscarlo de improviso a una cancha del río Mapocho, hasta donde habían sido enviados a trabajar los reos. Horas antes, él mismo había llegado vestido de fraile franciscano al presidio, para acordar el plan de escape con el rescatado, por lo que su formidable y exitoso engaño fue doble. Y es que Liberona fue maestro en los disfraces y el camuflaje: se ocultaba un día entre los que cargan en andas una procesión; y en otro entre los guardias escoltas del Presidente, como comenta Oreste Plath en "Geografía del mito y la leyenda chilenos".
Claramente, a diferencia de otros delincuentes más toscos en su actuar y menos sutiles que existían entonces, Liberona sabía bien de sofisticaciones y de los "detalles del oficio": además de su pandilla, contaba con redes de informantes y encubridores, con lo que se procuró impunidad por tantos años y a tan escasa distancia de los edificios sedes del poder. Al menos eso es lo que dice su leyenda.
Empero, esa misma confianza y temeridad de Liberona serían lo que, a la larga, le jugaría en contra, traicionado por su propia seguridad u optimismo. Su caída fue descrita por Maximiliano A. Salinas en un artículo para la revista "Araucaria de Chile" del cuarto trimestre 1986, titulado "El bandolero chileno del siglo XIX. Su imagen en la sabiduría popular".
Así, en una ocasión de sus ya últimos años de existencia, desafió a su enemigo público y cuasi Némesis, el Oidor de la Real Audiencia, don Juan Rodríguez Ballesteros, haciendo colocar en el mismo edificio de la cárcel un burlesco y desafiante cartel con el siguiente mensaje, que habrá sido más que una bofetada a la autoridad tras haber logrado la fuga de su cómplice desde allí mismo:
Ballesteros a ahorcar
y nosotros a saltear
Su suerte quedó echada con tamaña audacia… Rodríguez Ballesteros, anticipando las medidas que haría tomar desde el Corregimiento, habría escrito en el mismo papel, como advertencia:
Siga la danza
y veremos quién se cansa
Y así, desplegando todas las fuerzas que tenían las autoridades a su alcance, fue capturado después de dos años de persecución, según parece justo cuando el Oidor ya iba a dejar su cargo para asumir en la Real Audiencia de Lima.
Liberona acabó ejecutado en la horca del rollo de la Plaza de Armas, aunque Dantel Argandoña comenta que pudo haber sido colgado en la cárcel. Su ejecución tuvo lugar en 1796, según informa Carlos Lavín en "La Chimba". Ese mismo año, coincidentemente, se comenzó a habilitar un mejor sendero desde la margen Norte del río hacia la periferia de La Chimba por Las Hornillas, llevando al fin el evangelio y la ley hasta esas comarcas.
La leyenda del "Brujo", desde entonces, lo convertiría en un caballero-forajido, y las historias sobre sus aventuras parecen haber influido en personajes posteriores como el pandillero Neira, rufián maucho convertido a la causa independentista y aliado de Manuel Rodríguez. Del mismo modo, las redes de informantes que este último se habría procurado en los barrios chimberos y de los mercados para eludir y sabotear a la autoridad realista, semejan mucho a la que se describe para Liberona, al igual que sus leyendas sobre disfraces y engaños a los realistas.
En tanto, la falta de información sobre el bandido en la literatura colonial, fue completada más bien con el folclore y la tradición: "Quizá algún corrido, quizá alguna leyenda desaparecida, deshecha por el tiempo", anota Dantel Argandoña, la gran rescatadora de esta historia.
Sin embargo, la muerte de Pascual Liberona estuvo lejos de reducir la presencia de los bandidos en los territorios de la ribera mapochina. Más bien, fue un anticipo de una forma de delincuencia que se repitió mucho en las décadas posteriores: el bandidaje, el bandolerismo, especialmente en los campos y por los que el Ministro Diego Portales protestaba iracundo en 1830, sin saber que la calamidad iba a extenderse -con diferentes rostros- hasta nuestra época.

1 comentario:

  1. Muy interesante, no conocía "El Brujo" .
    Has leído algo de "Ni Patriotas ni Realistas" de Leonardo León? En ese libro hay un sabroso relato del bajo pueblo en medio del proceso de Independencia, entre ellos varios bandidos y fechorías de la época. Desde peleas a cuchillo, robos, asaltos, hasta crimenes pasionales. La construccion del relato esta basada en el archivo de los procesos judiciales de la época.

    Saludos don Criss.

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