miércoles, 30 de octubre de 2019

MELANCOLÍAS EN SILENCIO DEL TEATRO AMERICAN CINEMA

El Edificio del Frontón, luego American Cinema, en plena construcción o acaso modificación, en su esquina de Arturo Prat con Alonso de Ovalle. Fuente imagen: colecciones de Pedro Encina en "Santiago Nostálgico".
Coordenadas: 33°26'45.16"S 70°38'58.66"W
Un edificio de cierto aire neoclásico, de albañilería reforzada en marcos de acero y techado de galpón con más de un siglo a cuestas, está situado al final de la primera cuadra de la calle Arturo Prat (ex  Nueva de San Diego) caminando unos pasos desde la Alameda en Santiago hacia el Sur. Con estupendas dimensiones y altura en cuatro niveles, calla en mutismo absoluto su secreto allí, en este popular lado de la ciudad, intrigando con sus formas ostentosas y confundiendo también sobre pasado como uno de los primeros sitios de exhibiciones cinematográficas en Chile.
Después de un largo período de decadencia, ha debido ser restaurado hasta el año pasado por sus propietarios actuales y para evitar pleitos con la administración municipal, según cuentan, cambiando felizmente su aspecto por uno más recuperado y restaurado. Esto no extraña: a pesar de su misterio, figura entre las fichas de los Inmuebles de Conservación Histórica de la Comuna de Santiago, con el folio N° 1356 de 2015. Es, pues, el único edificio que queda en Santiago junto al Teatro Municipal, de los más de 50 en donde se alcanzaron a exhibir películas en plena época del Primer Centenario Nacional.
Sin embargo, no queda mucho de sus características como teatro y cine. Construido a inicios del siglo XX, de unos 1841 metros cuadrados y modificado en su momento para un capacidad de hasta 5.000 personas, en el edificio ya no cuelga el cartel luminoso de los fierros empotrados en la fachada, sobre lo que fueron sus accesos, y tampoco se puede reconocer interiormente la sala, totalmente desmantelada para otros usos en arriendo que se dieron al lugar, tras dejar de servir como espacio de presentaciones de vodevil y teatro de variedades.
La publicación del grupo de investigación y asesorías Santiago a Pie, titulada "The American Cinema o el gran frontón Chile", señala que el inmueble fue primero una cancha cerrada con graderías para el juego de la pelota vasca o jai-alai, establecimiento de 1903 llamado Gran Frontón Chile y perteneciente al Club Vista Alegre. El juego todavía era relativamente popular hacia entonces, en varias ciudades del país y practicado desde los tiempos de la Colonia.
Aspecto antiguo del Gran Frontón Chile, el galpón de pelota vasca. Fuente imagen: artículo "The American Cinema o el gran frontón Chile" de Santiago a Pie, publicada en Medium.com. Por la presencia de la cúpula de un templo atrás a la derecha, no podemos confirmar que se trate de la misma ubicación, sin embargo.
Cancha del "Frontón Chile" en su día inaugural, junto a un jugador de pelota vasca. Fuente imagen: revista "El Sport Ilustrado", 1903.
Plano original del "Skating Rink", año 1910, en el Archivo Técnico Aguas Andinas. Fuente imagen: "Residencia Estudiantil de Alonso Ovalle 945" de Osvaldo Luco R. (tesis de titulación). Tomada de Cine Chile.
Al poco tiempo, se habilitaron en el llamado Edificio Frontón otras salas, con un salón de esgrima y de boxeo, siendo llamado también "Club Atlético" por esos días. El primer gran púgil que se presentó en este espacio fue el campeón Heriberto Rojas, oriundo de Colchagua e identificado como uno de los padres del boxeo profesional chileno. Rojas debutó acá peleando y derrotando por K.O. al peleador James Perry, el 15 de agosto de 1905, tras siete asaltos.
En 1910, el edificio cambió drásticamente de actividad y pasó a albergar por unos pocos años a una pista de patinaje llamada "Skating Rink", favorita los enamorados según escribió Alfonso Calderón en "Cuando Chile cumplió 100 años" (1973). "Allí piruetean en parejas, deslizándose, tratando de no caer, en tanto cada vuelta les va encendiendo rostros y miradas", escribió el autor.
La dirección principal del American Cinema era Arturo Prat 100, justo en la esquina con Alonso de Ovalle (ex San Carlos), aunque llegando en su volumen arquitectónico hasta la calle Serrano, por lo que ocupaba todo el extremo Sur de esta manzana desde la vecindad del Instituto Nacional al poniente, hasta enfrente del Gran Hotel Central al oriente, el que ocupaba un lugar en donde hoy hay estacionamientos. Presentado también como "biógrafo comercial" (es decir, intercalando anuncios entre las proyecciones fílmicas), también fue uno de los teatros pioneros en el carácter de pequeña Broadway que adquirió el bohemio Barrio San Diego con innumerables otros ejemplos de escenarios para las candilejas de años posteriores, como el Teatro Roma y el Teatro Cariola.
En su época dorada con el llamado Folies Santiaguino, era reconocido ya como el teatro popular más importante de Santiago, y así se publicitaba también al público. Su edificio había sido remodelado con la introducción de elementos de transición modernista y se aumentó la altura con relación al inmueble anterior. Se lo ofrecía como "el más espacioso y seguro de Santiago", aunque veremos que no siempre cumplió esta divisa. Sus primeras proyecciones fueron de la época del cine mudo y continuaron con algunos de los primeros rollos del cine sonoro llegados al país, además. Y, como en las primeras épocas del edificio, también mantuvo actividades de boxeo dentro del mismo mientras duró su función de espectáculos.
Según Carlos Orellana en "El siglo en que vivimos: Chile, 1900-1999" (1999), el American Cinema ofrecería como atracción a los curiosos "el gran invento de Edison": el kinetófono o biógrafo parlante Edison. Mario Cánepa Guzmán agrega, en "La opera en Chile, 1839-1930" (1976), que el América Cinema fue en plenas fiestas patrias del Centenario, escenario de lo que describe de la siguiente manera:
"...y por primera vez Santiago tuvo un espectáculo que en cualquier otro momento habría causado escándalo y se habría decretado su prohibición. Se trataba del Folies Santiaguino, ubicado en Arturo Prat 100, con chansonettes francaises, bailes flamencos, gatos, cake walk, malabarismo, biógrafo y orquesta de cuarenta profesores. Todo aquel paraíso de vida moderna valía cuatro pesos por caballero con derecho a una señorita gratis, siempre que él la llevara. El consumo bebestible era el champagne".
Interior del edificio del American Cinema en 1910. Imagen publicada por Alfonso Calderón en "Cuando Chile cumplió 100 años".  Fuente imagen: "Residencia Estudiantil de Alonso Ovalle 945" de Osvaldo Luco R. (tesis de titulación).
Publicidad para el American Cinema en las publicaciones de la época. Fuente imagen: colecciones de Pedro Encina en "Santiago Nostálgico".
Publicidad del teatro en la revista "Cine Gaceta", gran aliada del American Cinema y de su cambio de concesión sucedido en esos días del año 1915.
"El Empresario del American Cinema adquirió ayer una estufa belga de 22 pesos para calefacción de su salita", informaba alegremente la revista "Cine Gaceta" de la segunda quincena de julio de 1915. Ese año, además, contando aún con 2.000 butacas, cambió la empresa concesionaria del teatro y quedó a cargo de don Juan Ruiz, con cierta experiencia y actividad en el mundo de los cinematógrafos, según informaba la misma revista en el mes de octubre. A pesar del cambio, siguió siendo administrado por el señor Manuel Herrera, representante teatral muy conocido en el ambiente de entonces.
En el recuento de cines y teatros publicaba en la revista "Chile Cinematográfico" de ese año, decía sobre el American Cinema: "En la semana pasada inauguró este concurrido Cine las Especiales con orquesta y con muy halagador éxito. El conjunto es bueno y muy aplaudido".
El boxeo, en tanto, siguió siendo uno de los eventos que más convocaban, como sucedía con el Hippodrome Circo del sector de los mercados de La Vega.  En 1917, por ejemplo, la revista "El Ring" anunciaba una pelea en la arena de Arturo Prat: "El local donde debe verificarse el pugilato -el American Cinema- ha sido convenientemente adaptado para el objeto, tomándose todas las medidas tendientes a dar comodidades al público que acuda a presenciarlo".
Cánepa Guzmán, por su parte, en "Historia del teatro chileno" (1974), destaca especialmente el que esta sala fuera una de aquellas "que vieron pasar por sus escenarios compañías chilenas y extranjeras, en una época de febril actividad teatral". De hecho, el periodista de espectáculos Osvaldo Muñoz Romero, más conocido como Rakatán, aseguró en  "Buenas noches Santiago!" (1986) que, además de ser un centro de atracción bohemia, en la década de los años veinte se acogieron en la sala los primeros espectáculos revisteriles y compañías de bataclán del espectáculo nacional. La guía turística "El Amigo del viajero en Chile" de 1924, señala que tenía por entonces un amplio salón y reseña: "Trabajan en él Compañías de Operetas, zarzuela, comedias nacionales y también biógrafo". Además de la sala principal, el teatro contaba con comercio en su primer piso y un buen local tipo café y confitería, lugar de encuentro antes y después de las funciones diarias.
Importantes figuras de las candilejas nacionales pasaron por este sitio, que en sus bajos en el zócalo de arcadas desplegaba una tremenda e incesante actividad alojada entre aquellas dos esquinas. El American Cinema, así, fue escenario de grandes revistas bataclánicas de la Compañía de Renato Valenzuela y el entonces célebre actor Adolfo Gallardo. Rogel Retes recordaba fugazmente en "El ultimo mutis" (1961) las presentaciones dramáticas que hacía allí también la compañía de Carlos Castilla con Ángela Benito, Miguel Moya, Leoncio Aguirrebeña, Luisa Otero y Pepita Garrido. Jorge "Coke" Délano incluye al teatro en las menciones de su libro "Botica de Turnio" y Rosamel del Valle lo recuerda a la pasada en sus "Crónicas de New York".
Por su parte, el famoso empresario nocturno Humberto "Negro" Tobar, dueño de los inolvidables "Tap Room" de Santiago y del cabaret "Zeppelin" en el noctámbulo barrio chino de calle Bandera, hizo parte de su tremenda leyenda también en el American Cinema, como hombre de compañías y shows. Allí conoció a una bailarina llamada Jacqueline con la que tuvo una tormentosa aventura, como confesaría años después, ya en el ocaso de su vida, a su amigo Rakatán:
"Te confieso que gocé bien mi vida. Y estuve enamorado muchas veces. Y una de ellas, allá por los años 20… de una hermosa bataclana. Era chilena, pero se hacía llamar Jacqueline. Era bailarina solista de una Compañía de Revistas que había armado el periodista Renato Valenzuela y funcionó –me acuerdo en el Teatro 'American Cinema', que estaba ubicado en la calle Arturo Prat esquina de Alonso Ovalle.
Una de sus Revistas más famosas, fue titulada: 'La fiesta del shimmy', y en ella se lucía el actor Adolfo Gallardo, que fue el primer chanssonier chileno… Cuando la Compañía se fue al Perú, Jacqueline insistió en que me fuera con ella… Tuvimos una escena de celos muy fuerte en su Hotel que estaba en la calle San Antonio, y ante mi negativa, intentó suicidarse…
Me vi en grandes apuros, pero felizmente, todo al final se arregló a mi favor, pues ella se fue y yo, pese a que la amé intensamente, logré olvidarla, poco más tarde en los brazos amorosos de otra mujer…!"
Aspecto del edificio en 2017, esquina de Arturo Prat con Alonso de Ovalle, cuando recién comenzaban los trabajos de restauración.
Vistas interiores del edificio: muros de albañilería simple con marcos de acero y crujía o pasillo longitudinal. Fuente imagen: "Residencia Estudiantil de Alonso Ovalle 945" de Osvaldo Luco R. (tesis de titulación). Fotografías originales del mismo autor.
Muros de la fachada por el lado de Alonso de Ovalle, antes de restaurados.
Uno de los accesos secundarios por Alonso de Ovalle, con sus puertas de madera.
¿Sería aquella artista de la que se enamoró Tobar, la que encarnaba entonces al alma después en pena que algunos vecinos del barrio aseguran viviría dentro del teatro, todavía en nuestra época? Y es que ciertos relatos de vendedores y artistas populares de estas cuadras, aseguran que una mujer de aspecto fantasmal se asomaba a veces por los vanos del silente edificio, vestida como una bailarina antigua.
En sus servicios como cine, también de rasgo muy popular, el teatro estuvo incluso vinculado a las actividades de la compañía Paramount en Chile. Había rotativos de películas y algunas exhibiciones especiales, que fueron prácticamente su última actividad estable en catelera cuando decayó el género revisteril y éste comenzó a apartarse de su sala. Una caluga publicitaria en "El Mercurio" del 20 de marzo 1925, anunciaba un documental con sabor a propaganda:
"Un nuevo esfuerzo de la cinematografía nacional será exhibida mañana en la sala del American Cinema. Ella es el triunfal regreso del Presidente constitucional, Excmo. señor Arturo Alessandri. La cinta se comprende desde el arribo del Presidente a Las Cuevas hasta el Palacio Presidencial".
Siempre fue conocido, además, por tratarse de uno de los teatros que tenía las boleterías más económicas de la capital para los espectáculos familiares y adultos, por lo que su público siempre fue de estrato social popular, con algunos de los problemas que suele traer este rasgo a las autoridades, como era de esperarse.
Con relación a lo anterior, en su reciente trabajo titulado "La masificación del cine en Chile, 1907-1932" (2015), Jorge Iturriaga Echeverría comenta que en noviembre de 1914, la confitería del American Cinema había sido denunciada por un inspector municipal por vender cerveza a los clientes, tercera vez ya sorprendida en lo mismo, así que esta dependencia del teatro fue clausurada por la Municipalidad de Santiago en enero del año siguiente.
Las características del teatro, los problemas de administración y el mal comportamiento del público parecen haber sido parte del mismo desde sus inicios, sin embargo. A la sazón, había unas 50 salas de este tipo en todo Santiago, pero ya en 1915 la revista "Chile Cinematográfico" criticaba durante a este teatro en particular, generando una respuesta de "Cine Gaceta" en defensa de éste. Como sea, no se trató de las salas más apacibles que tuvo Santiago. "El que fue 'The American Cinema', pues hoy no le queda ni el título, pasó a manos de un conocido comerciante pero que desgraciadamente no entiende nada de cuestiones cinematográficas", seguía insistiendo en octubre de ese año "Chile Cinematográfico" en contra de la entrada de Ruiz al negocio, deseándole éxito a renglón seguido casi como una burla.
Los argentinos de la Compañía de Revista Méndez también debieron sortear y conjurar los problemas de este establecimiento de espectáculos. Habían tenido una exitosa pasada anterior por el país en 1922, con la obra humorística "Hijas del placer", centrada en la historia de dos náufragos que llegan a una isla llena de muchachas hermosas, y entreteniendo al público con la presencia de la artista Hortensia Arnaud como atracción principal o proyectando unos telegramas humorísticos sobre un telón blanco que bajaba en cada intermedio. Sin embargo, cuando la compañía regresó a realizar nuevas presentaciones en la capital, tuvo una pésima experiencia en el American Cinema, pues la audiencia provocó desórdenes y disturbios opacando sus esfuerzos profesionales.
Por algún lado, la bomba iba a estallar. En sus "Confesiones imperdonables" (1962), Daniel de la Vega habla de un peligroso incidente ocurrido en el teatro hacia fines de los años veinte y que, de alguna manera, sentenció el abrupto y prematuro final de la sala, luego que un inexperto aspirante a empresario teatral de apellido Salas, lograra montar en él un show con aforo completo pero de terrible desenlace, tras grandes esfuerzos personales. El ingenuo señor seguía los muy malos consejos del actor peruano Pepe Valero, a quien puso de director del proyecto tras una conversación en un café, en la que prometió tener de animador a Luis Rojas Gallardo, contratar los actores y hacerse cargo de escribir la obra.
El resultado de todo esto fue un desastre, como detalla De la Vega con su entretenido relato:
"Valero no tenía práctica alguna, y Salas no sabía absolutamente nada. Muchas veces tuvieron que deshacer lo que habían hecho. Después de mes y medio de afanes, se pudo fijar el día del debut en el American Cinema, un teatro grande y algo destartalado que había en la calle Arturo Prat esquina de Alonso Ovalle. El señor Salas había invertido en el negocio todo el dinero que tenía, y les había pedido prestado a los amigos, a los parientes y a toda persona que se ponía por delante. El señor Salas había envejecido y andaba mal afeitado.
El día del debut se abrió la boletería a las diez de la mañana y empezaron a venderse entradas. La función sería en la noche. Al anochecer, ya estaban vendidas todas las localidades.
La función comenzó bastante tarde, porque se atrasó un músico, unos trajes no llegaron, hubo que sustituir un numero, suprimir otro, y la gente corría y se estrellaba en el escenario con las facultades mentales trastornadas.
Después de la introducción por la orquesta, se levantó el telón. El primer número fue una fantasía oriental, con palmeras y a media luz, algo lánguido, que el público no entendió bien. Después vino un sketch, malo, que produjo una desilusión grave. No se oía más que la voz del apuntador. Lo espeluznante comenzó en el tercer número, cuando aparecieron las bailarinas, y desde la pasarela tuvieron que bajar a dar una vuelta por la platea. El primer momento fue de estupor. Estupor de las bailarinas y estupor del público. Las muchachas parecían aterradas. Las habían sacado de cualquier parte, y las pobres no habían visto jamás al público cara a cara, y sólo tenían muchas ganas de llorar. No oían la música y se habían olvidado de todo. Era una fila desigual, grotesca, vacilante, de mujeres demasiado grandes y demasiado chicas, gordas y flacas. Ni siquiera el susto era uniforme, porque unas tenían el espanto que desorbita los ojos, y otras bajaban la vista humildemente, y no ocultaban su deseo de meterse debajo de las butacas.
Algunos espectadores se reían a carcajadas, otros hacían gesto de mal humor, porque se acordaban del dinero que habían pagado por la entrada. El ruido de los comentarios y protestas, y algunos gritos, subían por encima de la música de la orquesta. Las bailarinas se atropellaban. Comenzó el desorden, y un espectador pinchó a una de las muchachas con un alfiler. De la galería caía un griterío creciente. En la platea había muchas personas de pie. Las muchachas, ya completamente perdidas, sólo pensaron en escapar de ese escándalo que iba tomando un aspecto temible. Empujándose unas a otras, desorganizadas, volvieron al escenario.
En la primera fila de platea había una sillas de madera que estaban algo desarmadas; y un muchacho les arrancó una tabla y la arrojó al escenario. Varios le imitaron, y muchos maderos cayeron a la escena. Entonces bajó el telón, y fue como el reconocimiento del fracaso y una ruptura de relaciones con la sala. Muchos espectadores se enfurecieron, y otras sillas fueron despedazadas y sus astillas arrojadas contra el telón. Las sillas que iban quedando vacías eran desclavadas del piso y disparadas con estrépito. Mientras los músicos trataban de salvar sus instrumentos, empezaron a caer palos y pedazos de yeso de una galería. Después, el blanco de los proyectiles fue el piano. El propósito era causar el mayor daño. El estruendo era impresionante.
De la Vega agrega que, en el interior del escenario, todo el personal sólo pensaba huir de tanto pánico. Empero, al no haber salidas disponibles del teatro por las calles Alonso de Ovalle o Serrano, las enloquecidas muchachas comenzaron a trepar llorando hacia la parrilla, esa reja en la que se cuelgan los telones a gran altura sobre los escenarios y a la que se accede por escaleras y puentes que llegan al techo. Cuando muchas ya estaban arriba y otras se apretaban todavía por las escaleras, alguien les gritó desde abajo, alertándolas: "¡No suban! ¡Van a incendiar el teatro!".
Fachada del edificio con muy mal aspecto antes de la restauración que recién comenzaba, en 2017 (sector de los andamios). Esquina de Serrano con Alonso de Ovalle.
La misma esquina ya restaurada, a mediados de 2018.
Esquina de Arturo Prat con Alonso Ovalle, acabando de ser restaurada en junio de 2018.
Sector de los accesos en arcos de Alonso de Ovalle.
Pero se estaba lejos de recuperar la paz y el orden allí en el teatro, aún:
"En la sala el desorden era espantoso. Lo que arrojaban los últimos pedazos de sillas contra el telón desgarrado se habían refugiado en los palcos, porque de la galería caía una lluvia de terrones y astillas. En las puertas que se abrían hacia Arturo Prat había verdaderos choques entre las personas que querían entrar a ver lo que ocurría.
El teatro era destruido sistemáticamente, entre gritos ensordecedores. Se arrancaban barandas, adornos, cortinas, rejas y materiales que nadie sabía de dónde salían.
Llamada por telefonazos de todo el barrio, llegó la policía montada. Todavía no había carabineros. El destrozo había sido tan minucioso, que los policías podían evolucionar a caballo por la platea. No quedaba una silla.
Costó trabajo expulsar el resto del público, que no quería marcharse sin romper las ampolletas y los focos.
Al otro día, cuando el propietario llegó al teatro, no lo reconoció. El hombre estaba estupefacto como las muchachas cuando salieron a bailar. Un amigo le habló de la forma cómo había que reconstruir el teatro. El propietario lanzó un grito:
- ¡Teatro, no! ¡Aquí haré una cancha de básquetbol, una iglesia evangélica, una bodega de frutos del país, un establo, pero nada que tenga que ver con bailes, ni música, ni comedias ni telones!
No comprendía bien lo que había pasado. Preguntaba:
- ¿Los espectadores vinieron a la función con martillos, garrotes, barretas y serruchos? ¿Traían armas o herramientas?
Tenía razón. No comprendía cómo el público había trabajado tanto. Porque demoler completamente un teatro exige tiempo. Por ese trabajo, varias cuadrillas de obreros piden bastante caro.
El propietario se habría paseado desesperado si no hubiese tantos escombros que se lo impidieran. Sólo podía mirar desde un rincón. Era un espectáculo que no había sido programado jamás en ningún teatro. Por fin dijo:
- Yo quiero hablar con el organizador o director de la compañía.
Las personas que lo oyeron se echaron a reír. Era ingenuo el hombre. Creía que el director aún estaba en el país.
No se le vio más. Ni a él, ni a los actores, ni a los boleteros, porteros, acomodadores, maquinistas ni utileros. A ninguno. Nunca más".
Con la maldición echada de esta forma sobre el teatro, su caída final parece coincidir con los inicios de los años treinta, según nuestro cálculo. Tal vez empeoraron sus perspectivas los días de la crisis política y económica que afectó a Chile, al ser alcanzado por la Gran Depresión Mundial. Los demás teatros y cines cercanos en San Diego, abiertos en la siguiente década, acabarían acaparando la atención del público en estas cuadras.
Desde entonces, el edificio continuó siendo usado como ferretería, fábrica de muebles (influencia del comercio de calle Arturo Prat) y bodega, claramente subutilizado y envejeciéndose, hasta los recientes trabajos que renovaron el aspecto de su fachada y parte también de sus interiores, cubriendo también las grietas que provocó el terremoto del 27 de febrero de 2010. En algunos períodos, su único residente ha sido un solitario cuidador, desde los años ochenta, años en que este cruce de calles cobró también fama de peligroso y delincuencial. Allí sigue en pie, entonces, a pasos del Instituto Nacional y del centro comercial llamado Mall Chino, que quedó ubicado en la esquina opuesta. Sector de varios edificios de oficinas  dependencias públicas en la ciudad, dicho sea de paso.
Muy poco se habla hoy del alguna vez célebre American Cinema. De hecho, queda muy poca gente que aún reconoce a qué correspondía ese viejo edificio, cuyo aspecto recientemente remozado da esperanzas de que no desaparezca de allí. De los pocos que han dedicado líneas al mismo, en nuestros días, destacan el grupo Santiago a Pie, el investigador y coleccionista fotográfico Pedro Encina, fundador del sitio Santiago Nostálgico, y el también investigador urbano independiente Ricardo Chamorro, autor del libro "Eje San Diego. Arqueología de una calle mágica" y del sitio de divulgación Eje San Diego.
Existe también una interesante tesis de proyecto de título titulada "Residencia Estudiantil de Alonso de Ovalle 945. Recuperación de una construcción del pasado para un fin contemporáneo en el Centro de Santiago", presentada como memoria de proyecto de título 2014-2015 por Osvaldo Luco Román, de la Escuela de Arquitectura de Universidad de Chile. Es una de las pocas propuestas concretas que involucran una idea para el rescate y reutilización de este importante espacio de la ciudad, además de incluir un análisis arquitectónico del mismo que nos ha resultado de enorme utilidad.

3 comentarios:

  1. Puta que es bueno este blog, la raja todo! Una buena recopilación de historias añejas para las generaciones del S XXI en la Internet.

    ResponderEliminar
  2. Muy bueno el blog!!!
    No conocía los inicios del lugar, que me parece "de película". Muy entretenido y bien relatado.
    Como dijo el dueño del lugar, podría ser una cancha de basketbol. Efectivamente, por los años 50 alli estuvo la YMCA, con su gimnasio

    ResponderEliminar
  3. Excelente crónica.Siempre leo tu blog.Es un gran aporte para quienes nos gusta saber más de los rincones históricos del centro de Santiago.

    ResponderEliminar

Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.