miércoles, 2 de octubre de 2019

EL LEGENDARIO TEATRO Y CENTRO DE EVENTOS DE "EL TROLLEY"

El edificio de "El Trolley", en sus últimos días. Fuente imagen base: blog "El Trolley": Resistencia Cultural Subterránea.
Coordenadas: 33°26'7.31"S 70°39'30.41"W
Cuesta hacer un relato preciso de un lugar como "El Trolley" de Santiago, del que todos quienes lo conocieron parecen recordarlo con un cariño generacional, cuando nuestra impresión no fue tan ajustada a la de esa gran mayoría, debo confesar. La mía, particularmente, coincide mucho más con la muy escueta y crítica de Roberto Merino en "Todo Santiago: crónicas de la ciudad", que con otras que llegan a describirlo con algún grado de elogio.
Junto con otros refugios de la bohemia contracultural de esos años en la capital chilena, como el "Garage" de Matucana 19 o después el mítico patio de Serrano 444, "El Trolley" con su galpón de pino Oregón, fue un símbolo de los años ochenta y de la resistencia cultural y política de entonces, aunque diría que la idealización ha hecho lo suyo y, de este modo, generaciones más nuevas de tribus urbanas adoptaron una impresión un tanto exagerada de todo lo que llegó a ser: su importancia real, sus proporciones ("inmensas", según las define un autor), la cantidad de artistas que allí se presentaron, etc.
El singular espacio se ubicaba en un caserón con sala de teatro, de dos niveles al frente  y de principios del siglo XX en su simplísimo estilo, en calle San Martín 841. Esto es entre Vicuña Subercaseaux y San Pablo, pleno centro de Santiago y a escasa distancia del Teatro Teletón (ex Casino Las Vegas), del Instituto Traumatológico, la antigua terminal de buses de Mapocho (ya desaparecida) y, lo que era peor para muchos de sus parroquianos, del Cuartel General Mackenna de la Policía de Investigaciones.
En medio del barrio, el Centro de Eventos "El Trolley" no pasaba tan advertido entre tanta casa vieja de entonces. Si no había un choclón de gente afuera en alguno de sus eventos y vestida a la usanza más dadaísta, como era lo habitual, alguien distraído podía hasta pasarse de largo buscándolo.
El local habría sido ocupado como una barraca, bodega o algo parecido, pero sus inicios fueron como teatro, desde 1918, y luego del sindicato de operadores de tranvías hasta 1973, pasando a los trabajadores y jubilados de  la Empresa de Transportes Colectivos del Estado (ETC). La revista "Hoy" del 28 de marzo de 1984 aseguraba que, en los treinta y siendo uno de los teatros más importantes de la ciudad, el lugar había sido visitado varias veces por el Presidente Pedro Aguirre Cerda, y que en su escenario habrían actuado artistas como Alejandro Flores y Pedro Sienna. Salvador Allende también habría estado en persona en este lugar, en otra época.
La deliberada alusión nominal a los carros trolebuses por parte de "El Trolley", obviamente, se debía a su pasado y a los trabajadores que lo tenían por sede, siendo alguna vez llamado también Teatro Rock "El Trolley", por lo mismo. La razón la explicaba otra revista "Hoy", en 1986:
"El lugar, que debe su nombre al ex sindicato de tranviarios que funcionó ahí, en calle San Martín, desde 1918, se sigue llenando de jóvenes de Las Condes y Pudahuel, que buscan ahí un espacio propio".
Imágenes de la obra "Historias de un galpón abandonado", de la compañía Teatro Fin de Siglo, en la revista "Hoy" de 1984. Fuente imagen: Memoria Chilena.
Ramón Griffero. Fuente imagen base: blog "El Trolley": Resistencia Cultural Subterránea.
Uno de los grandes honores que tuvo el local, se haya en su propio origen, por cierto: fue haber acogido en su pequeño escenario a los inicios del destacado dramaturgo y director teatral Ramón Griffero, siendo joven en esos días y tras regresar a Chile en 1982, luego de varios años residiendo en Europa, donde se había titulado en la Universidad de Essex, Inglaterra, y en el Instituto Nacional de Bellas Artes de Bruselas, Bélgica. Al poco tiempo, el artista se puso en contacto con sus amigos y colegas Eugenio Morales, Carmen Pelissier, Armando Lillo y Pablo Lavín, interesado en iniciar un proyecto de espacios escénicos que desembocaría en la creación de "El Trolley", en 1983.
Quien encontró el lugar para el proyecto fue Lavín, diseñador que también había regresado recientemente desde Europa, en su caso desde Londres a Santiago. Cuando llegaron ocupar el galpón en el inmueble escogido, éste pertenecía a la Asociación de Jubilados y Montepiadas de la Empresa de Transportes Colectivos del Estado, cuyo nombre estaba en la fachada. Sin embargo, se encontraba prácticamente abandonado e inactivo desde 1973, con su sala olvidada. Para hacerse cargo de él, entonces, fundaron una cooperativa artística, debiendo iniciar la remodelación y acondicionamiento del lugar.
Su primer nombre fue Centro Cultural "El Trolley", y además de teatro ofrecía encuentros de tango, tocatas musicales y recitales de poesía. La primera obra de Griffero presentada en él fue "Historias de un galpón abandonado", montada con su compañía de Teatro Fin de Siglo, toda una leyenda en la historia del teatro underground en esos años dictatoriales y fundada en el mismo centro de "El Trolley", en 1984. El nombre era un homenaje al mismo espacio, como podrá de deducirse, y contaba con un personal de unas veinte personas, entre actores y equipo.
El sitio fue utilizado intensamente para actividades artísticas, políticas, exposiciones, lecturas y espectáculos, a partir de entonces. Así, todavía en en la primera mitad de los ochenta, se hizo con velocidad un nombre en la escena underground capitalina, especialmente en relación a eventos musicales y los de teatro "alternativo", en que la compañía combinaba elementos del music-hall con el burlesque, comedia y expresiones más grotescas y vanguardistas.
Griffero, que continuó presentando allí obras como "Cinema-Utoppia", "Río abajo" y "Sebastopol", decía que esta sala tenía algo parecido a los teatros de oficinas salitreras del Norte Grande, estilo teatro de pueblo. En 1986 presentó también "99-La morgue", considerado otro hito en la historia teatral de resistencia y que Griffero repitió 30 años después en la Sala Camilo Henríquez de la cercana calle Amunátegui, en 2016. Otras obras presentadas en "El Trolley" por la compañía Teatro Fin de Siglo fueron "Ughht Fassbinder" y "Un viaje al mundo de Kafka".
Las puertas que se abrieron allí para el teatro, entonces, atrajeron también a otros famosos de la dramaturgia nacional: Vicente Ruiz  con sus performances, Willy Semmler, José Andrés Peña e innumerables actores entre los que destacaron Alfredo Castro, Aldo Parodi, Luis Gnecco, Pablo Alarcón, Alejandro Trejo, Andrea Lihn y Patricia Rivadeneira, vinculada por entonces esta última al grupo musical femenino Las Cleopatras con Jacqueline Fresard, Tahía Gómez y Cecilia Aguayo. La danza se hizo presente con nombres como el de Octavio Meneses y Miguel González.
El edificio, en sus últimos años (2009). Ya se observaba un mal estado.
La placa de la sociedad de extrolebusistas (2009).
Afiche de una de las últimas presentaciones que se hicieron en "El Trolley", correspondiente a una obra teatral de 2012. Fuente imagen: Radio Bío Bío.
Y así fue que Sara Rojo dirá de "El Trolley", en sus "Tránsitos y desplazamientos teatrales", refiriéndose a su función como refugio teatral, que fue "un espacio de encuentro, una posibilidad de hacer arte y de respirar para una generación sometida al autoritarismo".
Parecía que nunca faltaba público en su fría sala, en cada noche, y la cartelera agendaba hasta dos fechas para una misma presentación, en caso de haber toque de queda y tener que suspender la primera.
Expusieron en él recinto artistas visuales como Esteban Cabezas, Bernardita Birkner, Miguel Hiza, Raúl Miranda, la muralista Bruna Truffa, Samy Benmayor, Francisco Fabrega, Carlos Bogni, Elías Feiffer y los entonces debutantes cineastas  Gonzalo Justiniano, Carlos Altamirano y Enzo Blondel, con cortos experimentales de formato video. Lo propio hicieron literatos y poetas como Santiago Elordi, Cristián Warken, Sebastián Grey y Juan Pablo del Río, lanzando sus obras y revistas en "El Trolley". Un verdadero laboratorio creativo funcionaba permanentemente en él.
Dijimos que Merino no conservaría buenas impresiones de este sitio, sin embargo. Y es que, tal vez si no se estaba impregnado del ambiente dominante y no había un sentimiento de pertenencia con aquellas cofradías, el aburrimiento y el sentimiento de distancia se volvían algo inevitable. Dice el cronista de Santiago, de este modo:
"El más fome Año Nuevo del que se tenga registro -el que marcó el paso entre 1986 y 1987- tuvo como escenario ese sitio. El número central fue un grupo punk innominado que nunca terminó de empezar su actuación. Un exaltado corría por entre los espectadores encuestando: '¿Les creís o no les creís a estos huevones?'. Al parecer, la mayoría optó por no creerles, ya que los músicos salieron del escenario bajo una lluvia de botellas de pílsener".
El barrio del entorno al lugar, en tanto, era un territorio bravo y lleno de prostitutas, rondando callejones y pasajes cercanos al edificio de la Cárcel Pública. La noche se hacía cómplice de ellas y de los visitantes de sus bares, además de los delincuentes que ya entonces rondaban por las sombras del vecindario, desde el sector de Santo Domingo hasta la Plaza del Mercado Persa en Mapocho, hoy Plaza Jerusalén. Se recuerda, como curiosidad, que muchas prostitutas de ese sector se arrojaron a las calles con pancartas, protestando hacia el final de la Dictadura Militar, cuando se anunció que podrían ser desalojadas de allí.
No obstante, fuera de todas las críticas que puedan hacerse a las capacidades limitadas y las escasas comodidades el lugar, el escenario del club también fue plataforma de lanzamientos para varias de las bandas históricas de la escena nacional, como Los Prisioneros de San Miguel y los inolvidables Electrodomésticos, además de innumerables presentaciones plásticas, teatrales o exposiciones de algunos artistas fotográficos y audiovisuales emergentes en aquellos años. También se presentaron acá Javiera Parra, Ángel Parra, la banda Pequeño Vicio, UPA en sus inicios, Viena y el infaltable juglar Mauricio Redolés.
El edificio actual, sector del zócalo, en donde estaba el club.
Fachada del edificio actual, ocupando el lugar de "El Trolley".
Desde entonces y hasta parte de los años noventa, "El Trolley" gozó de popularidad como centro de eventos juveniles de orientación marcadamente contracultural, acogiendo todavía fiestas y presentaciones de grupos de corriente punk o de circuitos muy subterráneos, incluso hasta los últimos años de vigencia del famoso toque de queda, por lo que debía operar a veces en forma semi-clandestina. Tocaron también allí Índice de Desempleo y los entonces muy jóvenes Fiskales Ad-hok. Y la Primera Bienal Underground realizada en Chile tuvo lugar acá, organizada por Vicente Ruiz, en 1987. Sus tremendas fiestas, en tanto, tenían todo el estilo que después se vería en las famosas "Spandex", ya a inicios de la década siguiente.
Siendo estrictos, sin embargo, sólo cinco años de máximo brillo tuvo "El Trolley", los correspondientes a su primera vida, aunque suficientes para construir la mejor parte de su leyenda. Su decadencia como atractivo artístico comenzó hacia 1988 ó 1989, según parece, con algunos cambios administrativos y la paulatina pérdida de su valor como centro de intensa actividad creadora.
Si bien continuó ofreciendo fiestas anunciadas por medios como la revista "Apsi" y recibiendo en su sala presentaciones artísticas y musicales casi hasta sus últimos años en pie en estos últimos casos, la apertura comercial de nuevos y mejores espacios coincidente con el retorno a la democracia, fue dejando en la obsolescencia a la antigua sede trolebusera.
Hoy, muchos pueden beatificar su recuerdo y asociarlo al cariño y la nostalgia por su propia juventud o de sus aventuras políticas, más que a aquello que realmente era este sitio experimental y tan atrevido en los ochenta, sin duda. Se siente mejor recordar su huella cultural y no a algo que hoy se vería más como un barracón frío que como una sala de espectáculos. A pesar de ello, cuando llegaba un "camarada" de bototos y chaquetas de cuero desde afuera de Santiago o incluso de afuera de Chile, era típico que lo llevaban para allá, a conocer el cuartel de calle San Martín, acaso como si se tratara del Teatro Arlequines de Buenos Aires o el Mabuhay Gardens de San Francisco.
Algunos críticos dicen, sin embargo, que "El Trolley" fue bastante digno para la calidad de la mayoría de las bandas que allí se presentaban regularmente y ante un público con sus capacidades de juicio adormecidas lo suficiente por alcohol y drogas, que nos consta allí corrían como dulces en un cumpleaños de niños, a veces. Además, no difería mucho de otros famosos centros de actividad "cultural" de esos años y los que siguieron, con un ambiente muy al estilo de la también célebre pero efímera "Picá de Don Chito" de calle Portugal, para dar un ejemplo. Y es que era un problema permanente la precariedad de los espacios para las artes escénicas que estaban disponibles en esos años, así que los criterios debían ser más flexibles, a la fuerza.
Varios otros años duró este espacio como sede de los exempleados y operadores jubilados de carros y trolebuses de la ETC, asociación fundada el 15 de noviembre de 1957 y con personalidad jurídica N° 2660, como se leía en una placa de bronce firmemente atornillada en las viejas puertas de madera del ingreso. Seguía siendo arrendado a las actividades de espectáculos y presentaciones, en ese período, a pesar de lo mal que lucía por con los años el galpón.
Virtualmente abandonado y en muy mal estado de conservación, con grandes aberturas de sus muros de vigas y ladrillo hechas por la vejez y por el terremoto de 2010, el edificio de dos pisos de "El Trolley" fue vendido y no tardó que desaparecer bajo los planos de un nuevo proyecto inmobiliario, muy parecido al que ya se había construido a un lado del mismo. El barrio, ayer de prostitución y luces amarillentas, ya no era el mismo.
El caserón comenzó a ser desmantelado en 2014 y la demolición se inició al poco tiempo, dejando su espacio para el actual edificio residencial que existe allí, muy distante a aquel enclave de contracultura que alguna vez existió en donde está su soso zócalo.

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