miércoles, 16 de octubre de 2019

"COSAS DE LA EDUCACIÓN" DE JUAN GUILLERMO PRADO: EL ANECDOTARIO HISTÓRICO QUE FALTABA

"Sala de clases", fotografía de José Muga, c. 1960, que se usó en la portada de "Cosas de la educación" de Juan Guillermo Prado. Fuente imagen: Memoria Chilena.
Hace una semana, en horas de la tarde del pasado miércoles 9 de octubre de 2019, se lanzó el nuevo libro de investigador, periodista y destacado director de área de la Biblioteca del Congreso Nacional, don Juan Guillermo Prado. Se titula "Cosas de la educación. Anecdotario de la enseñanza en Chile desde la Colonia a 1920", publicado bajo sello de Narrativa Punto Aparte, para su colección denominada "Expedientes". Pudimos estar allí, felizmente.
La presentación de la obra, con oradores invitados, cóctel y música folklórica, tuvo lugar en la exsala de sesiones de la Cámara de Diputados del Congreso Nacional de Santiago, lugar que Prado conoce bastante bien desde hará unos 40 años ya. La gran concurrencia llenó el espacio, haciendo una idea de la expectativa e interés que generó el lanzamiento. Entre otros ilustres asistentes, estuvieron en el público el abogado y exdiputado Hugo Zepeda Coll, el profesor y fundador del CEDECH don Pedro Godoy, la investigadora Karen Müller y el artista de dioramas históricos Rodolfo Gutiérrez, más conocido como Zerreitug.
La inspiración para el libro, según revelación del propio autor aquella noche, estuvo en la clásica obra "Cosas de la Colonia" de don José Toribio Medina, soporte de un importante flujo de información pintoresca e interesante pero muy valiosa sobre el período colonial chileno. Prado hace lo propio, ofreciéndonos la misma idea pero sobre temas educacionales, con una avalancha de información para el lector y gran cantidad de datos y observaciones escasamente conocidas, muchas de ellas. Como prologuista del libro, participó Sergio Martínez Baeza, Presidente de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, de la que Prado es también Director.
Muy al estilo del autor, entonces, "Cosas de la educación" repasa una gran cantidad de hechos curiosos y llamativos de la historia de la educación chilena desde sus orígenes, que más allá de corresponder a datos novedosos o de mero interés, cargan con un auténtico valor histórico para completar la huella del desarrollo de la enseñanza en nuestro país, como podrá verificar el lector. Parte, de este modo, por los tiempos de la Conquista y la Colonia, avanza por el período de formación de la Patria, el florecimiento de la República, los años bajo la Constitución de 1833, el agitado período de mediados del siglo XIX, la llegada de los colegios extranjeros y el camino que llevó a la célebre Ley de Instrucción Primaria Obligatoria de 1920.
No cabría duda, por lo anterior, de que antes de entrar en materia, la recolección que ha hecho el autor para su anecdotario ya es un trabajo extraordinario y necesario, más loable aún cuando el resultado ha sido este tremendo aporte historiográfico que intentaremos sintetizar sucintamente acá.
LOS PRIMEROS PROFESORES
Se abre este río informativo con datos sobre el quizá primer profesor en la historia chilena: el bachiller en teología de origen andaluz, Rodrigo González de Marmolejo, que arribó al país con la expedición de Pedro de Valdivia y fue el instructor educacional de doña Inés Suárez. La historia cotiza principalmente a este personaje como el primer encargado de la Diócesis del Santiago del Nuevo Extremo, tras ser nombrado vicario en 1547, pero Prado nos invita a valorarlo también en este poco conocido rol de educador.
De aquella generación pionera de educadores en Chile, además, el autor repone en la luz del recuerdo a otros personajes como Pero Hernández de Paterna, educador de niños santiaguinos hacia 1548; Alonso Escudero, maestro de primeras letras hacia 1550-1552 y residente en un solar frente a la Plaza de Armas; un tal Salinas, que es mencionado en actas del Cabildo en 1578 por negarse a concurrir a la Guerra de Arauco para seguir enseñando a leer y escribir a los niños. Lo mismo hacían Diego de Céspedes en 1584, Diego Serrano en 1588 y Pedro de Padilla ya al final del siglo, con residencia junto a la plaza. Se destaca también al cura mestizo Juan Blas que, tras estudiar arte y teología en Lima, llegó a Santiago instalando una escuela de gramática latina, retórica y filosofía junto a la Catedral, la que funcionaba hacia 1578. Otra escuela de gramática fue la de Gabriel Moya, que funcionó de 1580 a 1583.
En tanto, en Osorno parece haberse fundado la primera escuela de niñas del país, a la que iban españolas e indígenas bajo alero de las Monjas de Santa Clara, con las fundadoras del convento en Chile en 1571: las madres Isabela de Landa, Isabela Palencia e Isabela de Jesús, conocidas como "Las Tres Isabelas". La Guerra de Arauco obligó a las clarisas a partir a Santiago, sin embargo, estableciendo su monasterio en donde hoy está la Biblioteca Nacional, donde llegaron a tener 300 alumnas en su colegio. Lo mismo harían en la capital las monjas agustinas con un colegio de niñas en su Monasterio de la Limpia Concepción; y las monjas trinitarias en Concepción, hacia la misma época.
Siguiendo con su abundante exposición, Prado informa que el primer profesor chileno propiamente tal fue Juan de Oropesa, quien, apoyado por vecinos, solicitaba al Cabildo de Santiago autorización para abrir una escuela donde enseñar a los niños a leer y escribir, en noviembre de 1615. Todavía en 1621 funcionaba esta escuela, ya que el autor detecta que el Cabildo le buscaba un profesor para que continuase sus funciones.
También en los archivos del Cabildo se encuentra el nombre de Melchor Torres Padilla, quien solicitaba al organismo una casa para establecer una escuela, ese mismo año. Tiempo después, en 1650, Jusepe López Castilla recibía licencia para crear una escuela de primeras letras.
No todo fue un relato encantador en la génesis de la educación chilena, sin embargo. Aunque cumpliendo con estándares morales y culturales de la época, se repasan también algunos de los crueles castigos que se infringían a los educandos durante la Colonia, que incluían palmetazos, azotes y posturas tortuosas además del uso de un instrumento de tormento llamado el "guante". Les dedica un capítulo especial a estas barbaridades, titulado "La letra con sangre entra", justamente.
JESUITAS Y FRANCISCANOS EN LA EDUCACIÓN
Verificamos en "Cosas de la educación" que, con la llegada de los jesuitas a Santiago en 1593, el padre Juan de Olivares comenzó a enseñar a alumnos de distintas órdenes la disciplina de la gramática y luego retórica, a las que se agregó al año siguiente el curso de filosofía del padre Luis de Valdivia, autor de un libro al respecto, reemplazado después por su cofrade Gabriel Vega.
Posteriormente, en 1613, los jesuitas fundaron una escuela en la primera ciudad de Concepción, hoy Penco (trasladada tras el terremoto de 1751), en la que el padre San Juan del Castillo (canonizado como mártir en 1988) enseñaba gramática. Uno de sus profesores fue el cronista y sacerdote Diego de Rosales.
Después de ser autorizados por Cédula Real de 1697, la Compañía de Jesús estuvo a cargo del Colegio de Naturales de San Bartolomé de Chillán, que desde 1700 daba educación a hijos de caciques de Arauco. Funcionó hasta 1723, al reponerse la guerra indígena, por lo que debió ser trasladado a Santiago y luego regresado a Chillán en 1786, pero ahora bajo dirección de sacerdotes franciscanos, pues los jesuitas ya habían sido expulsados a la sazón.
Los mismos jesuitas establecieron una escuela primaria en Valparaíso en 1724, fundada por Antonio María Finelli. Llegó a tener unos 40 alumnos, y tras la expulsión de 1767 su residencia fue ocupada por los dominicos.
Ya después del terremoto de 1751 que obligó a trasladar la ciudad de Concepción, la congregación había establecido allá también un colegio: el Consistorio San José, en donde estudiaron durante sus primeras décadas personajes como Francisco Núñez de Pineda (autor de "Cautiverio feliz"), el futuro Abate Juan Ignacio Molina y el futuro Obispo de Santiago Manuel Alday y Aspée.
También leemos en "Cosas de la educación" que, en 1767, un franciscano oriundo de Quillota publica el primer silabario chileno: "Catón rural que para la juventud de aquellas gentes ofrece fray Pedro Nolasco Zárate". Prado dedica varias líneas a este silabario y a otros posteriores, como el "Silabario del ojo" de Claudio Pérez Matte (1884), basado en el método alemán de enseñanza.
Y volviendo a Chillán, en una sección de españoles nobles del Colegio de Naturales, estudiaban importantes hombres del mundo político chileno, como el propio Bernardo O'Higgins. Empero, las rencillas con los franciscanos partidarios del realismo llevó a suprimir por decreto la asignación de recursos para este establecimiento en 1811. Pudieron reponer la actividad entre 1820 y 1824, regresando a Chillán en 1830.
Como dato curioso del período, que también tomamos del libro, cabe señalar que en octubre de 1791, el Intendente Juan Antonio Cortés funda en Rancagua la Escuela Elemental de Primeras Letras, reconocida dos meses después por el Gobernador Ambrosio O'Higgins. Como se explica en la obra, este colegio corresponde al actual Colegio Moisés Musa, el más antiguo de los que existen en Chile y en América del Sur.
LAS PRIMERAS UNIVERSIDADES EN CHILE
Otro de los datos reunidos más notables de "Cosas de la educación", es lo referido a la existencia de instituciones universitarias en Chile anteriores a la conocida Real Universidad de San Felipe, de cuya matriz se desprende la historia que conduce a la Universidad de Chile, dicho sea de paso.
Ya en 1567, todavía tiempos de la Conquista, el primer obispo de la diócesis de La Imperial, fray Antonio de San Miguel, solicitaba a la corona española autorización para fundar allá una Universidad, la primera que podría haber tenido la Capitanía General de Chile tan tempranamente. La lentitud de las comunicaciones, las postergaciones y la destrucción de las ciudades españolas por la rebelión indígena de 1598 dinamitaron las posibilidades de este proyecto.
Así las cosas, la primera institución universitaria que pudo ser fundada en Chile, en este caso por la Orden Dominica o de Predicadores, fue la Universidad de Santo Tomás, que en 1591 enseñaban la cátedra de gramática en el Convento de Santo Domingo de Santiago. El propio Rey Felipe II solicitó al Papa Pablo V que los sacerdotes pudieran otorgar grados académicos, y son sabrosos los detalles que entrega el libro justificando la razones para crearla. Prado observa también que existían estudios superiores de filosofía desde fines de aquel siglo, de hecho.
En 1621, los jesuitas reciben autorización por bula del Papa Gregorio XV para fundar la Universidad de San Miguel o Pontificia de la Compañía de Jesús con facultades de arte, filosofía y teología, donde se lograban los grados de bachiller, licenciado, maestro o doctor. Es la segunda Universidad chilena, entonces, y generó algunas tensiones con los dominicos fundadores de la primera, aunque los jesuitas tenían más crédito y alumnos. Importantes intelectuales de la orden enseñaron allí.
La tercera Universidad en Chile iba a ser fundada en Concepción, tras autorización papal de 1730, también bajo el emblema de la Compañía de Jesús: la Pontificia Universidad Pencopolitana de La Concepción. Sus cátedras eran de teología, filosofía, matemática y derecho. Otras importantes e influyentes figuras pasaron por sus aulas, mencionadas por Prado, hasta que sobrevino su abrupto cierre con la expulsión de los jesuitas, en 1767.
Finalmente, llega la Universidad de San Felipe, más recordada por la historia formal, cuya fundación había sido solicitada por el Cabildo de Santiago a la corona en 1713. La autorización se promulga en 1738, siendo abierta en 1747 y asignado su primer rector Tomás de Azúa Iturgoyen, doctor en cánones y leyes de la Universidad de San Marcos de Lima. Su sede ocupaba un lugar en la cuadra de la calle San Antonio entre Moneda y Agustinas, con facultades de medicina, derecho, matemáticas, teología y filosofía.
Nos enteramos que doña María Dolores Egaña Fabres fue la primera mujer que entró a una Universidad en Chile, al ingresar a la casa de estudios de San Felipe en marzo de 1810. Hija del ilustre abogado y académico Juan Egaña, se incorporó a la facultad de filosofía. Prado le dedica un capítulo a esta pionera, por supuesto.
Durante la primera ola independentista de la Patria Vieja, la Universidad de San Felipe fue fusionada con el Instituto Nacional, en 1813. Sin embargo, durante la Reconquista fue reabierta como Real Universidad de San Felipe. La Patria Nueva le quitó lo "Real" en su nombre, y así funcionó hasta 1839.
El gran avance del período, entonces, fue la creación de la Universidad de Chile como relevo a la anterior, siendo abierta en 1843. Sus facultades eran de Matemática-Física, Medicina, Humanidades, Leyes y Teología. Su primer rector fue el venezolano Andrés Bello, manteniéndose en el cargo hasta su muerte en 1865.
GRANDES AVANCES A INICIOS DEL SIGLO XIX
Sin parar de ofrecer una carátula de información tras otra, Prado detalla cómo el horario de las clases comienza a regularse por el Cabildo en 1803, adaptadas para cada trimestre y a los períodos de fiestas religiosas.
A la sazón, dice en otro capítulo, había en Santiago nueve escuelas asociadas a parroquias, siendo la más importante la de Santa Anta, con 127 alumnos. La más pequeña era la de San Isidro, con sólo cuatro alumnos. Pero para 1830, había ya 11 colegios de enseñanza secundaria masculina, y 248 de los 722 alumnos estaban en el Instituto Nacional. Otros datos relevantes para esbozar un perfil de la educación en la época están en el capítulo dedicado a "Colegios y profesores" en la República naciente, imperdible.
Las mujeres, en tanto, recibían educación en los colegios de monjas, aunque con orientación para "futuras mamás". Un reglamento de la Junta de Gobierno dirigida por don José Miguel Carrera, de agosto de 1812, disponía de la instrucción para las alumnas bajo ese curioso concepto de la época, pero orientado a reparar aquella "indiferencia con que miró el antiguo Gobierno (español) la educación del bello sexo". Cada monasterio, entonces, debía enseñar a leer y escribir a las niñas.
A fines de diciembre de ese año, se dicta el primer decreto republicano sobre enseñanza e instrucción, relativo a la necesidad de educar en primeras letras y doctrina cristiana. Los alcances de este decreto también están descritos en el libro, así como medidas del año siguiente, que exigían establecer una escuela de letras y una de mujeres por villa, entre otras cosas. La creación del Instituto Nacional por decisión de Carrera, en julio de 1813, es parte de aquel mismo impulso, comenzando su vida en el edificio de la Universidad de San Felipe y realizándose las cases en los claustros abandonados por la Compañía de Jesús en el Colegio San Miguel (calle Catedral con Bandera), como se detalla con la entretenida y ágil pluma de Prado.
Otro capítulo muy curioso de "Cosas de la educación", se refiere a las asignaturas en las clases de aquella época: primeras letras, doctrina cristiana, elementos de aritmética, latinidad, religión, dibujo, francés, inglés, lógica, metafísica, matemáticas, ciencias militares, geografía, etc. La falta de profesores para cada ramo, sin embargo, condicionaba las posibilidades de cumplimiento de los mismos.
Prado reseña también sobre el aparentemente primer aviso de clases particulares (filosofía) ofrecido en el país ya en la Reconquista, en el periódico realista "¡Viva el Rey! Gaceta del Gobierno de Chile", en 1815. Aparece otro anuncio en los periódico "El Duende de Santiago" y "El Argos de Chile" de 1818, de un tal J.N.G. que ofrecía clases de inglés y francés en plena Patria Nueva.
A todo esto, las iniciativas de la Patria Vieja se habían estrellado con el Desastre de Rancagua de 1814. Los realistas incluso habían cerrado el Instituto Nacional. Pero con el triunfo de los patriotas y la caída de la Reconquista, pudo ser repuesto en 1819 en el mismo ex Colegio San Miguel, en donde permaneció hasta 1850. La semilla de la educación femenina sembrada en los tiempos de Carrera tampoco se perdería: para 1830, los colegios de niñas eran cinco, con 328 alumnas.
El lector encontrará información muy reveladora sobre la creación del Instituto Nacional Departamental de Coquimbo en abril de 1821, que ha aportado a Chile grandes personajes del mundo intelectual, artístico y político, partiendo por el propio Presidente Gabriel González Videla; y sobre de la creación del efímero Instituto Normal en junio de 1823, por Ramón Freire y Juan Egaña.
Personajes destacados de este período de la instrucción chilena, con su propio espacio en "Cosas de la educación", fueron: el misionero bautista escocés Diego Thompson, primer nacionalizado por gracia en 1822, premiando sus servicios fundando escuelas bajo el sistema de Lancaster; el ingeniero francés Carlos Francisco Ambrosio Lezier, contratado por el gobierno ese mismo año para formación de una escuela industrial; Melchor José Ramos Font, primer profesor de taquigrafía en Chile, que trabajó en 1825 en el Instituto Nacional; el español José Joaquín de Mora, organizador del Liceo de Chile en 1829; su esposa francesa Fany Delauneux, fundadora del Colegio Laico para señoritas por el mismo período; el francés Pedro Chapuis, organizador del Colegio de Santiago por encargo de Diego Portales, en 1829, y entre cuyos profesores estuvo Andrés Bello; el venezolano Simón Rodríguez, profesor de Simón Bolívar, que llegó a Chile en 1833 fundando una escuela en Valparaíso y realizando importantes publicaciones.
LA EDUCACIÓN DE LA REPÚBLICA CONSOLIDADA
El interés de las autoridades por la educación, sin embargo, se reflejó en sólo dos de los 170 artículos de la Constitución Política de 1833, como observa el autor. Ese año fue intenso para la disciplina: en febrero, se agregó al Instituto Nacional la clase de farmacia, en la que trabajaron don Ignacio Domeyko y José Vicente Bustillos, este último cuñado y alumno del doctor Nataniel Cox. En marzo, se crea el primer curso de medicina del país, inaugurado en el Instituto Nacional en abril y dirigido por Guillermo Blest. En julio de 1834, el francés Lorenzo Sazie funda la Escuela de Obstetricia.
La Secretaría de Educación vino a ser fundada recién en febrero de 1837, con el nombre de Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública, a cargo de Portales. Tuvieron que pasar 50 años, sin embargo, para que las secretarías de Justicia y Educación fueran separadas en ministerios propios. Ese mismo año, además, la Congregación de los Sagrados Corazones funda en Valparaíso su primera escuela que derivaría al actual colegio del puerto, el más antiguo de los particulares en Chile. Doce años después, recibieron la autorización del gobierno para hacer lo mismo en Santiago, comenzando la vida de este importante colegio de los Padres Franceses de la Alameda.
En noviembre de 1840, el Gobierno de José Joaquín Prieto da inicio a las llamadas "escuelas dominicales" para enseñar a leer y escribir a los miembros de los cuatro regimientos de infantería de Santiago, muchos de ellos provenientes de campo. Estas clases eran obligatorias para los conscriptos, muchos de ellos procedentes del campo.
Posteriormente, en junio de 1842, se inaugura la Escuela Normal de Preceptores, primera institución de América Latina que formó profesores, dirigida por el argentino entonces exiliado en Chile, don Domingo Faustino Sarmiento, en un lugar del Portal de Sierra Bella, en donde está ahora el Portal Fernández Concha en la Plaza de Armas de Santiago. Pasarían 22 años antes que se fundara la Escuela Normal de Preceptoras dirigida por las religiosas del Sagrado Corazón de Jesús.
Con la apertura de la Universidad de Chile, en tanto, se hizo costumbre que, una vez al año, se leyera en ella una narración sobre historia nacional. Se trata de las primeras memorias históricas del país, como indica Prado, partiendo por la de José Victorino Lastarria en 1844, titulada "Investigaciones sobre la influencia social de la Conquista y del sistema colonial de los españoles en Chile" y la segunda del carrerino Diego José Benavente, titulada "Las primeras campañas de la Guerra de Independencia", basada en el diario de don José Miguel Carrera. Las que siguieron, por supuesto, aparecen en el libro.
ESCUELAS Y CURSOS DE ORIENTACIONES ESPECÍFICAS
En noviembre de 1845, informa el autor, la Cofradía del Santo Sepulcro funda la Escuela de Dibujo Lineal (dibujo técnico y geometría) en el templo de San Agustín y más tarde en el de San Francisco y en la Capilla de la Soledad, que era sede de la misma sociedad, con el profesor Luis Prieto Cruz trabajando de manera no remunerada para los alumnos, principalmente artesanos. Allí estuvo hasta 1850, cuando fue reemplazado por Manuel Salvatierra.
La misma cofradía erige, en 1849, una escuela de música a cargo del organista francés Adolfo Desjardin, que al año siguiente pasa a ser, por decreto, el Conservatorio de Música. Otro título de Prado refiere también a la fundación de la Academia de Pintura, ese mismo año de 1849, inicialmente ocupando el lugar que había pertenecido a la Universidad de San Felipe. Es la base de la futura Academia de Bellas Artes, como se sabe.
También en 1849, se funda la Escuela de Artes y Oficios con cursos de carpintería, herrería, mecánica y fundición, base de la actual Universidad Técnica del Estado, hoy Universidad de Santiago. Años mas tarde, en 1887, la Sociedad de Fomento Fabril creará la Escuela de Artes y Oficios para Mujeres, dirigida por Mercedes Fritis de Viviani, fundadora del Liceo de Niñas de Copiapó, con otra sede en Valparaíso abierta una década después. En tanto, se había iniciado ya el proyecto que da origen a la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile, por el arquitecto francés Francisco Brunet de Baines.
En marzo de 1852, se había creado la Escuela de Agricultura con sede en la Quinta Normal de Santiago, dirigida por el italiano Luis Sada de Carlo. Ésta debió enfrentar problemas como en analfabetismo de los primeros alumnos y sus malas conductas, por lo que el primer curso falló. Sólo en 1872, sin embargo, se creo en la Sección Universitaria el Curso de Agricultura, a cargo del francés René Le Feuvre.
También en 1852, se creaba en la capital una Escuela de Sordo Mudos, también a cargo de un italiano, don Eliseo Scheroni, en donde los alumnos aprendían letras, religión, gramática y aritmética, en la Capilla de la Soledad. Sólo en 1864 pudo crearse una Escuela de Sordo Mudas a cargo de doña Rosario Vergara; en 1889 nace el Instituto de Sordo Mudos y, en 1900, en las mismas dependencias, la Sección de Ciegos. Ya había existido otra Escuela de Ciegos fundada en 1875.
En noviembre de 1854, el gobierno ordena abrir también escuelas en los buques de la Marina de Guerra, para enseñar a leer, escribir y contar a marineros, soldados, grumetes, pajes y aprendices, curiosa medida implementada por el Presidente Manuel Montt y su Ministro de Guerra y Marina don Pedro Nolasco Vidal. El mismo gobierno promulgó la primera Ley de Instrucción Primaria en 1860, que dejaba la educación en manos del Estado con escuelas elementales y superiores gratuitas, para ambos sexos. Los conventos masculinos debían tener escuelas de niños, y los monasterios de niñas.
La participación de artesanos en la educación también se fomenta con nuevos bríos. En 1855, por ejemplo, se fundó la Sociedad de San Vicente de Paul, que creará la Casa de Talleres San Vicente de Paul dirigida a formar niños en oficios de su interés, siendo hoy la Escuela Industrial, la más antigua de carácter técnico profesional en el país. Y el ilustre arquitecto Fermín Vivaceta, uno de los alumnos que había tenido la Escuela de Dibujo Lineal, con un grupo de trabajadores, fundó en la Sociedad de Artesanos "La Unión" de Santiago la Escuela Nocturna de Artesanos Benjamín Franklin, que inició funciones en junio de 1868, con profesores como Eduardo de la Barra e Ismael Valdés Vergara, entre otros que menciona Prado.
Varias escuelas de especialidades aparecieron hacia fines del siglo XIX. Dice el autor que, en 1887, por ejemplo, se crearon dos escuelas prácticas para jóvenes: una para hacer guantes y otra fabricar para flores. Los detalles de la discusión que generó el proyecto en el Senado también serán sabrosos para el lector.
Al año siguiente, se crearía la Escuela de Dentística del Hospital San Vicente de Paul, que dependía de la Facultad de Medicina y Farmacia de la Universidad de Chile. Poco después, el Gobierno de José Manuel Balmaceda ponía en marcha el Instituto Pedagógico de Santiago bajo dirección del germano Federico Johow, para formación de profesores secundarios, pionero de su tipo en América del Sur y correspondiente a la actual Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación.
Y en el año de 1888, tendrá lugar otro importante hito histórico: producto de las rupturas que venían abriéndose entre el Gobierno y la Iglesia, el Arzobispado de Santiago decide crear la Universidad Católica, que comienza a funcionar al año siguiente y que corresponde a la actual Pontificia Universidad Católica.
UN LARGO, LARGO CAMINO DE INTEGRACIÓN Y DESARROLLO
De acuerdo a la misma información estadística expuesta en "Cosas de la educación", a mediados del siglo XIX, el 85% de la población chilena era analfabeta. Hacia fines de la centuria, todavía 72% no sabía leer ni escribir. "A medida de que las escuelas aumentan la población escolar disminuye", diría en agosto de 1900 el Senador Enrique Mac Iver. El retrato que hace Prado sobre el analfabetismo de la época, tomando esos números de los censos poblacionales, es realmente desolador, por lo que el desafío de la Sociedad era enorme.
Los esfuerzos gubernamentales por revertir aquellos porcentajes llevaron a muchas iniciativas y reformas vitales, como la creación de la Sociedad de Instrucción Primaria de Santiago, en 1856, gracias a la iniciativa de un grupo intelectual en el que estuvieron Miguel Luis Amunátegui, Benjamín Vicuña Mackenna, Claudio Matte, Domingo Santa María, Diego Barros Arana y su primer presidente, Manuel Carvallo. Fundaron escuelas nocturnas y varios centros de alfabetización para adultos.
El período incluye la fundación de varias escuelas primarias en el país a partir de 1850, incluyendo una de primeras letras para mujeres en Chillán que complementara a la que ya existía. Las circunstancias y alcances de todo este período están muy bien relacionadas en la obra, hasta la promulgación de una Ley de Instrucción Primaria de 1860.
En 1868, se establecen por decreto los textos escolares que debían ser de uso general en escuelas públicas y conventuales, distribuidos gratuitamente. Ese año, también se funda la Sociedad de Instrucción Primaria de Valparaíso, que creará escuelas como la Blas Cuevas de 1871, primera de carácter totalmente laico en el país a pesar de algunas resistencias de grupos católicos y conservadores, suspicaces ante la influencia de la masonería sobre el mismo proyecto. En el directorio de la Sociedad estaban Ramón Allende Padín, Diego Dublé Almeyda, Daniel Feliú y el pastor protestante David Trumbul, mismo que en 1869 había fundado en Valparaíso la Escuela Popular, para niños de habla inglesa, hoy Colegio Presbiteriano que lleva su nombre.
En 1869, las escuelas conventuales pasaron a tener el mismo trato y calidad que las escuelas públicas, como la entrega de libros y la gratuidad. Y para 1877, se prohibía por decreto de Miguel Luis Amunátegui el uso de castigos a los alumnos como el llamado "guante", que dijimos era un instrumento para azotes. A pesar de todo, continuaron usándose castigos que son descritos por testimonios de la época en esta obra.
Capítulo especial merecen las iniciativas de las educadoras Antonia Tarragó González e Isabel Le Brun Pinochet, fundadoras de importantes colegios para niñas y quienes abrieron el camino para la apertura de la Universidad de Chile a la validación de exámenes de admisión para mujeres, con el decreto de 1877 que autorizó en ingreso de ellas a los estudios superiores. Hay dos capítulos dedicados en el libro al ingreso de las mujeres a la Universidad, y otro para las primeras profesionales chilenas que resultaron de este cambio, partiendo por Eloíza Díaz Insunza como doctora en medicina y cirugía en 1887, primera mujer en lograr un título universitario en América Latina. Le siguió a las dos semanas Ernestina Pérez Barahona, también en medicina. Las primeras abogadas fueron Matilde Throup en 1892 y Matilde Brandau, en 1898.
Nuevamente, intervino Amunátegui en aquella hazaña del ingreso femenino a la Universidad, como firmante de aquel decreto y también como gran interesado en la educación femenina. Y ese mismo año, siendo ministro, dictó un decreto que permitió la creación en Valparaíso de tres escuelas talleres: zapatería, cigarrería y costura. Los dos primeros, en la Escuela Superior de Hombres y el último en la Escuela N° 4 de mujeres.
HACIA LA INSTRUCCIÓN PRIMARIA OBLIGATORIA
"Cosas de la educación" señala que las escuelas mixtas se crean por un decreto de 1881, fundándose muchas de ellas en el breve período que siguió hasta el final de aquel siglo. Dos años después, se publica el Reglamento de las Escuelas Superiores. Los datos concretos y numéricos alrededor de esto, no se pierden de la vista gracias a la prolija síntesis del autor.  Y así vemos también que el primer liceo fiscal de niñas de Chile se crea en Valparaíso en 1892, dirigido por la alemana María Frank de Mac Dougall, nombre que lleva hoy en día. Un capítulo está dedicado a las alemanas que llegaron por entonces a mejorar la educación femenina chilena, de hecho.
En 1898, comienza a funcionar también el Instituto Técnico Comercial de Santiago. Y al año siguiente se concede personalidad jurídica al Liceo de Niñas de Iquique, creado por iniciativa de destacados vecinos. Benefactores de clases acomodadas ayudaban a los educandos más pobres en sus gastos a través de la Sociedad Protectora de la Juventud Católica de Estudiantes Pobres, en 1902, presidida por el conservador Alejandro Huneeus. Y en 1904 se otorga personalidad jurídica a la importante Asociación de Educación Nacional, destinada a impulsar el desarrollo de la educación a nivel social, con una visión patriótica y contraria a la lucha de clases.
Con la fundación de la Sociedad de Colonias Escolares de Vacaciones, también en 1904, Chile fue pionero en América Latina en seguir este modelo europeo de recreación-aprendizaje. Miembros de la sociedad fueron Agustín Edwards Mac Clure, el General Emilio Korner y el destacadísimo profesor Abelardo Núñez. La primera colonia veraniega escolar viaja a Constitución en enero del año siguiente, dirigida por el profesor Domingo Villalobos. Pocos años después, además, se fundaría la Asociación de Boy Scouts de Chile en 1909, los segundos más antiguos del mundo después de la matriz inglesa creada por el Coronel Robert Baden-Powell, que estuvo en Chile ese mismo año.
Sin embargo, gran parte de los esfuerzos educativos se estaban perdiendo al no llegar a una importante fracción de la población. Ya en junio de 1900, informa Prado, don Pedro Bannen Pradel presentó ante el Senado un primer proyecto de ley de educación primaria obligatoria. Aunque, a la sazón, sólo el 17% de los niños de entre cinco y 15 años asistía regularmente a la escuela, este necesario proyecto fue rechazado en 1903.
Posteriormente, tiene lugar una moción de agosto de 1905 de un grupo de diputados, relativa al establecimiento de una Ley de Instrucción Primaria Obligatoria. No estuvo exento de controversias ese asunto, como podrá adivinarse.
Las mediciones y observaciones que reproduce el autor sobre aquel contexto de tiempo, reflejan perfectamente el momento decisivo por el que transitaba la historia de la educación chilena: las escuelas habían aumentado en número, los profesores se profesionalizaban cada vez más, pero los niños estudiando en descendían. Súmese a ello el deplorable estado económico de los profesores, que había llevado a su primera huelga en agosto de 1918, también relacionada en el libro. Pedro Aguirre Cerda era el Ministro de Instrucción Pública en aquel momento, y su presidencia, 20 años después, sería revolucionaria en esta materia, bajo el lema de "Gobernar es educar".
La discusión que se generó en la Cámara por el proyecto de la Ley de Instrucción Primaria, entonces, fue ardorosa y con altercados. Quedaría resuelta recién en 1920, con la promulgación de la ley en el "Diario Oficial" del 26 de agosto de ese año, llevando la firma del Presidente Juan Luis Sanfuentes y del Ministro de Justicia e Instrucción Primaria, don Lorenzo Montt.
La Ley de Instrucción Primaria Obligatoria exigía educación dirigida por el Estado y las municipalidades gratuita y para niños de cuatro a 13 años y de ambos sexos, estableciendo también la responsabilidad de los padres en el cumplimiento de esto. Vino a presentarse, entonces, como el ataque frontal y decidido a los pésimos prospectos de la educación en la sociedad de aquellos momentos.
La ley de 1920, entonces, cambió para siempre al país, cambio revolucionario del que hoy somos una consecuencia. Y es por esto, suponemos, que Prado concluye con ella su estupendo trabajo.
CONCLUSIONES SOBRE EL ANECDOTARIO
Sin ser un trabajo concebido como orientación para armar un hilo histórico de la enseñanza en el país, "Cosas de la educación" es abundante en información interesante, o cautivamente más bien: toda la que podemos retener de este extraordinario estudio, investigación y recopilación. Como dice en el prólogo Martínez Baeza, además, el material podría dar para más de un volumen, en caso de que su autor quiera continuar con esta poco explorada línea de divulgación.
Por nuestra parte, hemos intentado hacer acá sólo un resumen muy raudo de todo lo que el lector podrá hallar trajinando y esculcando aquellas páginas que, de todos modos y por la propia estructura que les procuró su autor, también funcionan como amena guía histórica y temática, para nada pretensiosa. Esta crónica del esfuerzo nacional por la educación, de hecho, deja incluso un sabor casi de orgullo por todo el sacrificado camino recorrido.
Hay otros temas igualmente interesantes en "Cosas de la educación" que el lector encontrará al sumergirse entre sus hojas, por supuesto, como cuando se autorizó el curso de flebotomía o "sangrías" en el Hospital San Juan de Dios, en febrero de 1854; o los días difíciles de Gabriela Mistral en la escuela de Vicuña, víctima de acusaciones injustas o lo que hoy llamaríamos bullying; y también el inicio de las mutuales de la educación con la Sociedad de Ayudantes de la Instrucción Primaria de Santiago, en 1896, o la Sociedad de Profesores de Instrucción Primaria, en 1903, y la Sociedad Nacional de Profesores, en 1909.
No deseo dejar fuera de vista que están en la lectura "Cosas de la educación", además, el debut de los manuales de gimnasia en 1886, seguido de la creación del Instituto Superior de Educación Física y Manual en 1902, primero de estas características en América Latina; la fundación de la Federación de Estudiantes de Chile, en 1906; y el pensamiento de Luis Emilio Recabarren, fundador del Partido Comunista, con respecto a la educación; y las fundación de la Universidad de Concepción en 1919... Primeras huelgas de estudiantes, influencias de la política, intentos exitosos y experimentos fallidos, etc.
Muchos elementos de juicio quedan expuestos al lector, algunos incluso con cierto alcance controversial: el hispanismo originario de la educación en Chile, la participación vital de la Iglesia y parte del mundo militar en el desarrollo de la instrucción primaria, la presencia de universidades ya en tiempos de la Colonia, los muy tempranos esfuerzos por incluir a las mujeres en la enseñanza de la República, la alianza de particulares con el Estado en tales energías, el largo y sacrificado proceso que llevó a la derrota de los fantasmas del analfabetismo y el oscurantismo sin escolaridad, entre muchas, muchas otras materias que acá no alcanzo a incluir acá ni siquiera a la pasada.
Sorprende, también, el papel protagónico que logró Chile en estas materias de desarrollo educacional, a nivel continental. Los esfuerzos desplegados por autoridades y ciudadanía llevaron escuelas a los lugares más apartados del territorio, como la primera de Tierra del Fuego en 1897, por ejemplo. Y aunque es conocida la gran presencia europea y de colonias entre los educadores de la historia de Chile, Prado nos repasa algo también sobre los principales colegios extranjeros, algunos de ellos muy olvidados ya y otros aún activos, como The Mackay School, el colegio inglés más antiguo de Chile.
Para concluir, en sus "Cosas de la educación", Juan Guillermo Prado nos revela perfectamente los alcances de una máxima que parece perderse de vista en la intelectualidad aplicada, a veces: que el desarrollo de la educación es un reflejo, una imagen propia en el espejo del desarrollo de nuestra sociedad, de nuestro gradual ascenso por la escalera de la civilización no sin algún tropiezo o algún salto de peldaños, de vez en cuando, como queda de manifiesto en el orden cronológico de su exposición de más de 160 páginas.
En fin, con estos ejemplos creo dejar confirmado que se trata de un trabajo extraordinariamente interesante y cautivador, pequeño tesoro de lectura entretenida, culta y fluida, a todas luces recomendable.

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