lunes, 8 de julio de 2019

LA "DOS RÍOS" EN MONTE PATRIA: UNA MÁGICA CANTINA QUE QUIZÁ SE HALLE EN SUS ÚLTIMOS DÍAS

La fuente de soda "Dos Ríos" hacia 2012 (Fuente: Google Street View).
Coordenadas: 30°42'51.1"S 70°52'34.2"W
Tras nuestra experiencia con el eclipse total de Sol en Quebrada de Paihuano, la noche del día siguiente nos ha caído encima pasando por la comuna de Monte Patria, al interior de Ovalle en la Región de Coquimbo. Ya hemos decidido en qué lugar alojaremos: el camping de Isla San Rafael, en la ribera del Río Grande. Sin embargo, queremos comer algo y estirar las piernas tras un día completo en automóvil. La búsqueda nos conduce a un singular sitio.
Se aproximaba ya la hora del partido de fútbol de Copa América Brasil 2019, además, con el partido de semifinales entre Chile y Perú. Aunque desde hace años el balompié me motiva menos que buscarle pulgas a una mascota, creo interesante tratar de hallar un boliche con televisor, de esos con mesas cojas y sillas de mimbre que tanto encanto irradian en territorios semi-rurales del país, como éste. Fue, precisamente, lo que encontramos.
Devolviéndonos un poco y fijando una hora de regreso para nuestro alojo, llegamos al "Dos Ríos", local ubicado al lado de la carretera D-597 de Las Juntas, Monte Patria, en la Provincia del Limarí. Se presenta como fuente de soda, aunque es más bien una cantina, y todavía algo más, según nos enteraremos en unos minutos. Su patente comercial y autorización para expendios de alcoholes, en tanto, lo define como restaurante diurno y nocturno.
Se trata de un establecimiento vecino a la casa de los dueños y ésta, a su vez, adyacente a un expendio de comidas rápidas que también pertenece a la familia, construido hace pocos años. Aunque no está numerado, se lo encuentra fácilmente: transitando de Norte a Sur, el restaurante y bar aparece entre el caserío de los lados de la calzada, pasando Las Juntas y el puente Dos Ríos en la localidad del mismo nombre. A pesar de ser un lugar con cierta fama de libertino, como sabremos después, se ubica a sólo metros de la iglesia de este lugar, situado en la confluencia de los dos brazos del Río Grande con el del Río Rapel, lo que da nombre al sector de Dos Ríos.
Entrada al boliche.
La tía Juanita.
Don Luis, segundo abordo.
Y la familia
El "Dos Ríos" consta de una gran sala con un añoso mesón implementado con asientos artesanales para la clientela, además de las típicas repisas de botellas atrás. Un espacio más pequeño está al fondo del principal, en donde se encuentra también una cocina. Adornado con cuadros de paisajes, un Wurlitzer permanece apagado en un rincón. Las mesas de los comensales son esas típicas cuadradas de toda esta clase de cantinas populares, con asientos metálicos, y me cuentan que se llenan todas ellas en los días de mayor público.
La regenta acá es doña Juana Araya, la tía Juanita, una gruesa mujer de bajo tamaño y divertidos ademanes, oriunda de Punitaqui y casada con el copropietario, don Luis Ramos Michea, ambos tremendamente acogedores y hospitalarios con los advenedizos. Como muchos boliches en régimen casi de campo, además, ambos llegan al salón a atender como anfitriones, y el local cobra vida sólo cuando aparecen los primeros clientes de cada tramo del día. Hasta nuestra llegada, de hecho, estaba cerrado y parecía haber concluido su jornada.
Nos reciben amablemente, entonces, y evalúan con rapidez qué poder ofrecernos para aquella hora de comida. Unas chuletas de cerdo y papas fritas son la improvisada carta para este par de viajeros, que agregarán a la mesa unas refrescantes y merecidas botellas de cerveza. Beber la primera de ellas en el viejo mesón y con la tía Juanita atrás del mismo, me permite conocer más del ambiente y del público de este folklórico sitio, antes de emigrar a nuestra mesa para la cena.
Doña Juana es propietaria mayoritaria del local, socia de su propio marido. Le gusta mucho el vino blanco mezclado con gaseosa "Pap" (una versión de chuflay) y parece ser todo un personaje en este lugar de la comuna. Un residente cercano y cliente del local, señor de edad, llega después de nosotros y no tiene problema en compartir con ella la misma botella que le ha pedido en la barra, con otras mujeres de la casa. Doña Juana es parte del atractivo del local, según todo indica.
Don Luis aparece con un gran televisor de pantalla plana y lo acomoda entre dos mesas, sintonizado en las transmisiones del partido de fútbol. Acto seguido, aparece toda la familia residente en la sala, incluidos hijos, nueras y nietos. Una despierta y divertida niñita, nieta del matrimonio y llamada Florencia, nos acompaña y me pide una fotografía (según ella, me conoce). También llega una chica colombiana que trabaja en casa y que se relaciona emocionalmente con el hijo de doña Juana, alcanzando a acompañarnos unos minutos en la barra.
Todos se ordenan juntando varias de las mesas del mismo local y comienza así el partido, con gritos, brindis, risas, proclamas, aplausos y frustraciones. Más de estas últimas, lamentablemente. Hemos terminado nuestro platillo, sentados a un lado del grupo, y seguimos compartiendo cervezas. Pero, cuando comienzan a servir entre la enorme familia un estofado de costillar de cerdo con pollo y arroz, nos llevan a nuestra mesa también, como invitados. No hubo forma de disuadirlos: nos sirvieron de todos modos, en una conocida muestra de cortesía que nunca se ha extinguido entre nuestra gente de provincia.
El partido fue un fiasco para la selección chilena, que queda fuera. Unos días después, perderá ante Argentina y quedará en cuarto lugar. Sin embargo, la noche en el "Dos Ríos" me resulta una experiencia pintoresca y tremendamente agradable, que se extenderá por varias horas de aquel miércoles. No tardo en quedar encantado con el lugar.
Me informan que doña Juana lo fundó hace unos 30 años, primero operando con ciertas libertades, y después dentro de la norma. En la pared, detrás del mesón, cuelga enmarcada la primera licencia extendida por el representante local del Ministerio de Salud para funcionamiento como "expendio de cervezas", tipeada a máquina de escribir y otorgada a nombre de don Luis, con fecha 4 de agosto de 1993.
A este refugio llega gente de todo tipo: desde trabajadores de las haciendas hasta acaudalados personajes de la provincia. Como está retirado, muchos se valen de servicios de radiotaxis, pero el propio señor Luis se encarga, a veces, de llevar de vuelta a lugar seguro a los que han quedado más "malitos" tras las noches regadas, para que no se expongan a peligros. Y me confiesan su secreto, además: durante los fines de semana, éste es un local con niñas, con nueve chicas que atienden a los parroquianos en el establecimiento, razón por la que su clientela de esas jornadas es, esencialmente, la masculina.
Sería algo cursi decir que el tiempo se detuvo en el "Dos Ríos" o que nos transporta a otra época, pero sí es cierto que este local es un vestigio de cierto tipo de cantinas que abundaban en las afueras de las ciudades de Chile, en territorio agrícola, minero y portuario, y que se caracterizaban por las licencias recreativas reinando en sus barras y salas. Hasta huasos a caballo arribaban antaño en este sitio, según escucho.
Sin embargo, es posible que este simpático sitio desaparezca en lo que le queda de historia: la tía regenta lo ha puesto en venta, con la casa y el establecimiento adyacente, pues confiesa estar cansada ya de tanto esfuerzo y tantos años de trabajo, en una edad en que ya debe pensar en su retiro. Don Luis no parece satisfecho con esta decisión, pero como socio minoritario sólo puede acatar. Ni las tradiciones acá tejidas, ni el valor que la familia da a este espacio, ni una cantidad de clientes que podrían asegurar su existencia por varios años más, han logrado persuadir a doña Juana de cambiar su firme idea de deshacerse del "Dos Ríos" y regresar a Punitaqui, para vivir la merecida época de colgar su delantal. Muchos le recomendado no relevar responsabilidades en un administrador, además, pues "nadie lo dirigirá como yo".
La noche se estira entre vasos y conversamos en la mesa por largo rato más. Don Luis incluso nos ofrece de regalo alguna cerveza para que permanezcamos en el boliche, pero el cansancio y la noche son las que determinan el canon de este día, lamentablemente. Me voy con el recuerdo de este pintoresco sitio, la complicidad de conocer algunas de sus desconocidas historias y la explícita solicitud de doña Juana de ayudarle a ofrecer el mismo a la venta, con mi recomendación sincera mediante.
Sólo queda esperar que, de ser vendido y cuando la pareja se retire del restuarante y bar, el "Dos Ríos" permanezca en sus funciones equivalentes a la de quinta de recreo y cantina de pueblo, alegrando corazones y acariciando almas desde el folklore y la vida popular en la Provincia del Limarí.

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