lunes, 29 de abril de 2019

LAS CRUCES DE BASE ESCALONADA EN LA RELIGIOSIDAD POPULAR ANDINA

Con la llegada del mes del próximo mayo al territorio andino y altiplánico, tiene lugar también una de las fiestas más importantes de aquellas regiones: celebraciones en donde la cruz pasa a ser el símbolo sublime de devociones y honores, más que en cualquier otra época del año.
No cuesta advertir que dos cosas sobre la religiosidad popular en los caminos desérticos y feroces del Norte Grande de Chile, por lo mismo: primero, la cantidad de cruces que existen en lugares específicos de la ruta, laderas de cerros y cumbres bajas, a modo de pequeños altares comunitarios o familiares; y segundo, que estas cruces corresponden a un diseño bastante particular, tanto en su plinto escalonado como en el tipo de decoración que reciben de los devotos, con ramos y flores.
Por allá encontraremos que la abundante cantidad de cruces responde a aquel patrón más o menos común y unas características muy propias, que recogen elementos estéticos y místicos de las culturas locales, abundando especialmente en algunos valles y quebradas en donde van de la mano con la fe popular y del folklore religioso que allí sobreviva.
La principal influencia que motiva la presencia de estas innumerables cruces en las regiones de Arica y Parinacota, de Tarapacá y de Antofagasta, entonces, proviene de un símbolo compartido por todo el horizonte cultural andino y altiplánico, de países como Bolivia y Perú, llegando su influyo incluso sobre el Norte de Argentina inclusive. Es un caso perfectamente equilibrado de sincretismo de religiosidad, entre elementos cristianos y otros de la cosmovisión precolombina de los pueblos altiplánicos.
A su vez, la costumbre de poner cruces en cerros procede del cristianismo medieval y nos llegó en tiempos coloniales, especialmente en aquellos que eran considerados sagrados o venerables desde tiempos "paganos", incluyendo también algunas apachetas y huacas que acababan rematadas con una cruz y que pueden estar entre los antecedentes de la tradición de las animitas en Chile. El famoso fray Crisógono Sierra y Velásquez, recordado como el Padre Negro de Atacama, todavía practicaba con intensidad esta costumbre en pleno siglo XX, levantando cruces en conocidos cerros de Pueblo Hundido (hoy Diego de Almagro), Castilla, el Bramador de Copiapó y, especialmente la del cerro Chanchoquín en la misma ciudad, de mayores proporciones que todas.
Diferentes representaciones de la Chakana o Cruz Cuadrada de los Andes en el arte prehispánico. Fuente imagen: Bioguia.com
Algunas Cruces de los Andes o Chakanas en los cerros de Pintados, en la Pampa del Tamarugal. Vista satelital de Google.Maps. En la esquina superior se muestra una estilización del símbolo para distinguirlo entre los diseños de los demás geoglifos.
Cruz andina en el oasis del camino hacia el Valle del Arcoiris, en la Quebrada de Chuscul, al Norte de San Pedro de Atacama. Se observa el ruinoso plinto escalonado, probablemente muy antiguo, que soporta a la cruz.
Cruz barroca de 1742 en San Lorenzo de Tarapacá, dedicada al encomendero Lucas Martínez Vegazo, fundador del pueblo dos siglos antes. Se ubica en el camino hacia los cementerios del pueblo.
Sin embargo, para el caso de los pueblos andinos, una vertiente importante que justifica estas cruces y las manifestaciones de fe popular alrededor de las mismas: la llamada Fiesta de la Cruz de Mayo, en las que éstas pasan a ser altares para la celebración. Corresponde a la adaptación de la Fiesta de la Invención de la Santa Cruz, del Descubrimiento de la Cruz o de las Cruces de Europa, que conmemora en la tradición el descubrimiento de la que se consideró la cruz verdadera (Vera Cruz) de la crucifixión de Cristo en el año 326, durante la peregrinación a Jerusalén de Santa Elena, la madre del emperador Constantino El Grande. La habría hallado sepultada en el mismo Monte del Calvario, el Gólgota.
Ciertas teorías vinculan el origen de la efeméride con tradiciones precristianas, relacionadas con el culto a ciertos árboles considerados sagrados en culturas como las germanas y las celtas, entrando con esta característica a la Península Ibérica antes de quedar definitivamente asociada al cristianismo y a la cruz.
Para el rito romano, la fecha de los festejos de la cruz tiene lugar el 3 de mayo,  día del hallazgo de Santa Elena, y en el Viejo Mundo suele estar asociada también al color rojo en la simbología y decoración, por relacionarse con la Pasión de Cristo y con el objeto en donde habría escurrido su preciosa sangre. También es frecuente el empleo de arreglos florales en los festejos, en plena primavera en el Hemisferio Norte, pues se trata del período de esplendor floral.
A Hispanoamérica llega la costumbre con los propios conquistadores, extendiéndose por todo el territorio bajo influencia de sacerdotes misioneros españoles, vascos y portugueses. Las expresiones más australes del culto quizá estén en Chiloé, en donde se establece con gran arraigo como otra característica del mestizaje étnico y cultural de los territorios coloniales.
No obstante que también sean protagonistas en otras celebraciones del año, como la Semana Santa, las fiestas patronales o las octavas, las Cruces de Mayo suelen ser veneradas con canciones populares en Chile y con actos de caridad como reunir dineros para los más necesitados, especialmente en su celebración principal.
Sin embargo, en los territorios de influencia andina la veneración de la cruz adquiere otro rasgo muy propio y característico: un hibridismo cultural que facilitó la introducción del símbolo entre los pueblos quechuas, aymarás y atacameños, al fundirse su diseño con otro muy anterior.
Cruz de base escalonada en San Pedro de Atacama, sector oriente del poblado, con el volcán Licancabur de fondo. Fotografía de 1997.
La misma cruz de San Pedro de Atacama en la actualidad. Vista del sector hoy muy urbanizado, con el volcán de fondo.
Acercamiento a la cruz escalonada de San Pedro de Atacama.
La lógica de la cruz escalonada se presenta incluso en algunas animitas del Desierto de Atacama, como ésta, correspondiente a los accidentados en el vehículo que se ve a un costado, cerca de San Pedro de Atacama. Fue un fatal accidente de un grupo de personas de Calama que participaba de una feria comercial en el poblado, volcándose cuando iban ya de regreso.
En la cultura andina, pues, existía un emblema de inmenso valor conocido como la Cruz de los Andes, Chacana o Chakana, posible encontrar aún en las representaciones artísticas, la cerámica, los textiles y los geoglifos. La arquitectura e iconografía general del período mestizo también alcanzó a emplearla, generalmente en el contexto religioso. Corresponde a una forma geométrica de 12 puntas en ángulos rectos, semejante a una cruz simétrica con un cuadrado interior, frecuentemente con un círculo al centro, pudiendo ser una estilización gráfica de la Cruz del Sur, aunque existen discrepancias de algunos autores sobre este punto, considerándolo dos símbolos diferentes.
La Chakana será representada como una cruz escalonada y su nombre se traduce del quechua como Puente o bien como Escalera, dependiendo de cada autor. Y aunque hay quienes insisten en que la original era la alusiva a la constelación de la Cruz del Sur y no a la escalonada, es claro que el símbolo era sumamente conocido y venerado entre los pueblos de aquella dispersión geográfica. Se ha detectado su presencia antes del Imperio Inca, de hecho, hace unos 4.000 años cuanto menos.
Además de la relativa semejanza de la Chakana con la cruz cristiana, coincidía que el 2-3 de mayo era el final del calendario aymará, cuyo año consta de 13 meses con 28 días cada uno. Según algunas opiniones, era el día en que la Cruz del Sur tiene mejor visibilidad en la bóveda celestial nocturna si llega a estar despejado, además. Como sea, no fue difícil introducir el culto cristiano y su símbolo encima de aquel anterior y "pagano", que estaba expandido hasta bien al Sur del territorio en el caso de nuestro país.
Aunque no es nuestra intención explicar los alcances totales de este interesante símbolo precolombino, puede señalarse que la Chakana es una representación de la universalidad, conteniendo en su geometría el orden de las cuatro estaciones del año además de invocaciones astrales, relativas al Sol y la Luna, y también a Venus y Marte en ciertas interpretaciones. Lo interesante es que, para muchos, la mitad superior de la Chakana representaría lo ideal y divino, mientras que la mitad inferior del símbolo representaría lo real y humano.
Cabe señalar, también, que el patrón geométrico escalonado o cuadriculado de la Chakana fue el que se utilizó para el diseño de la bandera conocida como la wiphala, colorido estandarte de los pueblos originarios andinos presentado en los años cuarenta y usada por primera vez en La Paz, Bolivia, según parece.
Altar de una cruz de mayo en Quillaguasa, en la Quebrada de Tarapacá.
Cruz del calvario en San Lorenzo de Tarapacá, en la quebrada del mismo nombre y durante la celebración de la fiesta patronal. Se observa que también tiene influencias de la cruz andina con plinto escalonado.
Cruz de pedestal escalonado en Huarasiña, Quebrada de Tarapacá.
Bien: si se observa el plinto o peana que suelen tener por pedestal fijo al suelo las cruces cristianas andinas y altiplánicas, se podrá reconocer fácilmente que evocan en su forma escalonada o de peldaños al mismo símbolo de la Chakana, y más específicamente a su mitad superior.
La combinación de los símbolos no puede resultar más evidente, uniformando las presentaciones de la mayoría de las Cruces de Mayo y otras aplicaciones del símbolo cristiano en cerros y lugares de veneración que existen por todos aquellos parajes.
En gran parte, el origen de esta combinación resultó ser una consecuencia del Primer Concilio de Lima, celebrado en 1551 y en el que se estipulaba lo siguiente:
"Ítem: porque no solamente se ha de procurar hacer iglesias, donde Nuestro Señor sea honrado, pero deshacer las que están hechas en honra y culto del demonio, pues allende de ser contra ley natural es un gran perjuicio o incitativo para volverse los ya cristianos a los ritos antiguos, por estar juntos los cristianos con padres y hermanos infieles, y a los mismos infieles es gran estorbo para volverse cristianos; por tanto santa sínodo aprobante mandamos: que todos los ídolos y adoratorios que hubiere en pueblos donde hay indios cristianos, sean quemados y derrocados, y si fuese lugar decente para, ello se edifique allí iglesia, o a lo menos, se ponga allí una cruz, y si fuere en pueblo de infieles, se consulte con el muy ilustre señor Virrey de estos Reinos, en su distrito, y en los demás con los presidentes o gobernadores de ellos, para que manden proveer en ello por los inconvenientes que de permitirles adoratorios para tornarse cristianos hay, y por la ocasión que es para los ya cristianos de volver a idolatrías".
Dicho de otro modo, la Chakana acabaría siendo cristianizada y adoptada para la eficaz expansión de los evangelios entre las comunidades indígenas, al constatarse que los cultos prehispánicos persistían en las comunidades de indios ya cristianos, todavía mucho tiempo después del sínodo, como alertaba el sacerdote y cronista colonial Ludovico Bertonio en su diccionario de 1612, reclamando contra la continuidad de ritos dirigidos al Equeco y al dios Tunupa entre los indígenas altiplánicos.
Altar con Cruz de Mayo en la ladera de San Miguel de Azapa.
Par de cruces en el camino a Alto Ramírez, Valle de Azapa.
Acercamiento a las dos cruces de Alto Ramírez, sobre unas ruinas de adobe.
Por las señaladas razones, religiosos como el cronista jesuita Pablo José de Arriaga, en su trabajo de 1621 titulado "La extirpación de la idolatría en el Perú", recomendaban clavar vistosas cruces cristianas en todos los lugares en donde persistiera el ejercicio de aquellos cultos "paganos", como las huacas que sobrevivían desde los tiempos incásicos:
"Acabados estos exámenes, mandará el visitador que los hechiceros, que manifestaron las huacas, y los principales de sus ayllós vayan por ellas, y las traigan. Y parece conveniente que sea antes de la abjuración, y absolución solemne, que ellos han de hacer. Éste es el principal punto de la visita, y en que es menester grande cuidado, y diligencia, porque ha acontecido muchas veces esconder las verdaderas huacas, y las principales, y dar otras piedras por ellas; y así conviene como se dijo tener bien sabidas las señas de la huaca, y del lugar donde están, y que vaya con los hechiceros el mismo visitador, o algún sacerdote, u otra persona de confianza, que apenas hay indio, de quien se pueda fiar éstos, y suele ser de mucho trabajo, porque algunas veces es forzoso ir a pie, y por caminos muy malos. El que fuere llevará la memoria de las huacas, y de los malquis, que también se han de traer con las circunstancias, y señas, que más pudiere. Ha de llevar orden de derribar los adoratorios, y machais, y que se pongan en los lugares, donde estaban las principales huacas, cruces grandes. También se ha de mandar que traigan, cada uno los cuerpos muertos, que desenterraron de la Iglesia".
La tarea fue lograda con gran éxito por parte de esas generaciones de misioneros llegados a los desiertos y mesetas, levantando cruces por todos los cerros sagrados llamados Apus, Wamanis o Malkus, al tiempo que los locales se las ingeniaban para seguir venerando en ellas aspectos de su propia cosmovisión y religiosidad original, primero enterrando ídolos o amuletos a los pies de cada cruz, y luego dándole a sus plintos una alusión muy explícita a la Chakana, conocida también como la Cruz Cuadrada.
Se sabe que el mes de mayo era llamado aymoray quilla entre los incas, según "El Primer Nueva Corónica y Buen Gobierno" del cronista Guamán Poma de Ayala. Era el mes de las cosechas, por lo que también de mucho festejo para la abundancia de grano y comida. La asimilación del cristianismo fue más allá del símbolo, entonces, involucrando aspectos de la propia razón original de las celebraciones que quedaron comprometidas con las de la Cruz de Mayo.
Como dato curioso, debe indicarse que la celebración de la Cruz de Mayo se realiza con ciertas expresiones de jolgorio popular, incluyendo la sepultura de muñecos conocidos como Ño Carnavalón que son desenterrados al año siguiente, frecuentemente para ser quemados y reemplazados por otro en su sepultura. Todo en medio de una gran fiesta, abundante en comida y bebida, aunque con cierta tendencia a organizarse entre clanes familiares específicos, cada uno con su propia cruz-altar en donde ir a ejecutar los ritos y las manifestaciones de religiosidad correspondientes.
Existen incluso algunas sociedades religiosas especialmente armadas para la celebración de esta fiesta, independientemente de que participen en otras, como el Cuerpo de Baile de Alibabá de la Cruz de Mayo, los Gitanos de la Santa Cruz de Aroma o la Morenada de Huarasiña.
Cruz en un cerro del sector Las Llosyas, Valle de Azapa.
Otra cruz del sector Las Llosyas, sobre un pequeño cerro.
Cruces de Mayo y bandera chilena en el sector del Cerro Sombrero, Arica.
Con relación a la fiesta misma, en Tarapacá sucede que los festejos asociados exaltan mucho de lúdico y de travesura entre los devotos que participan en localidades como Aroma o Huasquiña. Entre otras cosas, los fieles realizan representaciones graciosas de sus propios oficios y trabajos: un comerciante ofrece al venta, por ejemplo, dibujos hechos por algún niño pasándolos por supuestos Picasso o Monet; y un cocinero pone en oferta platillos en miniatura con auténtico picante o caldo, de no más de una cucharada de volumen, aceptando falsos billetes hechos a mano como pago.
Se recuerda que un recordado vecino de la Quebrada de Tarapacá, don José Prudencio Patiño, el mismo autor de la actual imagen de San Lorenzo en la iglesia y fiesta del poblado de Tarapacá, en aquella coyuntura llegó una vez a las celebraciones de la Cruz de Mayo con una caja de pequeñas muñecas de plástico ofreciéndolas como "niñas felices" y también haciendo la actuación de recibir ese falso dinero como pago. Se las pasaba a los interesados con la advertencia de que las tenían disponibles "por cinco minutos", mofándose de un supuesto pasado que se le atribuía como regente de lupanares en Iquique.
Por la misma Quebrada de Tarapacá, a pesar del virtual despoblamiento de muchas de sus aldeas como Quillahuasa o Huarasiña (contrastante con la gran cantidad de gente que llega a la Fiesta de San Lorenzo), aún es posible encontrar varias cruces religiosas que ofrecen esta mixtura con la Cruz Cuadrada, siempre decoradas con flores secas y ramas pajizas. Las más interesantes son de origen colonial, en estilo barroco.
Muchas de ellas tienen colgando o atadas estolas con nombres de familias o benefactores que permiten las fiestas, además de envases con agua para mantener las flores frescas y algunas bancas de descanso, especialmente cuando están en las laderas de los cerros.
Finalmente, hemos conocido de cierta creencia señalando que la popularidad de la fiesta de la Cruz de Mayo pudo mezclarse en Chile con el aniversario del Terremoto Magno del 13 de mayo de 1647, catastrófico evento de la Zona Central del país que se recuerda especialmente por el episodio de la salvación del Señor de la Agonía en la Iglesia de San Agustín de Santiago, motivando una de las procesiones más antiguas, realizada en cada aniversario de la tragedia. Carecemos de más información sobre esta supuesta relación, sin embargo.
No hemos pretendido hacer acá una exposición exhaustiva de la fusión de la cruz escalonada andina con la cruz cristiana en la religiosidad popular andina, pero al menos podemos esperar que parte del símbolo original prehispánico persiste como algo vivo en las cruces que ahora podemos ver en aquellos territorios reinados por los polvorientos remolinos de "chusca" y la aridez extrema que sólo cortan los oasis.

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