viernes, 26 de abril de 2019

"LA ANTOÑANA": NARRACIÓN PARA UN ANTIGUO BOLICHE DE BARRIO MAPOCHO

Publicidad para "La Antoñana" en la prensa, hacia inicios de los setenta.
Coordenadas: 33°26'02.4"S 70°39'11.8"W
Hace unos años, observamos por acá la destrucción de los antiguos inmuebles que quedaban en la cuadra del 800 de calle Bandera, y que habían pertenecido a varios de los locales de la bohemia del "barrio chino" de Mapocho, clásico sector de clubes, bares y salones de baile al que acudían intelectuales de la talla de Pablo Neruda, Alberto Rojas Jiménez, Pablo de Rokha, Isaías Cabezón y muchos otros.
Eran aquellos parte de los últimos vestigios que quedaban en la calle, llevándose la mejor época que tuvo el comercio de estas manzanas y algunos de los restaurantes y clubes nocturnos más célebres de la historia de la recreación popular en Chile, como el cabaret "Zeppelin", el "Hércules" y "La Estrella de Chile", entre otros.
En el lugar donde están ahora las galerías comerciales Santiago-Bandera, que pasaron por un largo período de decadencia desde no mucho después de ser construidas, existió otro de aquellos míticos centros de diversión variada: "La Antoñana", uno de los más cotizados y concurridos de su época, de hecho. El entonces famoso lugar tuvo su dirección en Bandera 826, myy cercano a otro lugar de gran fama bohemia, como era el "American Bar", aunque ciertas reseñas lo ubicaban en sus inicios vecino también del también al "Zeppelin", un poco más al Norte de la cuadra y con el que compartía mucha de su clientela habitual y las figurillas que visitaban el barrio en las noches perdidas de aquel Santiago extinto.
Correspondía "La Antoñana" a un dancing y restaurante así bautizado por uno de sus dueños fundadores, el español Félix Gómez, en homenaje a su villa natal Antoñana. El nombre se mantuvo cuando el establecimiento pasó a manos de un nuevo propietario, el palestino nacionalizado chileno Selim Carraha, como señala Oreste Plath en "El Santiago que se fue".
Fue uno de los boliches más antiguos del "barrio chino" y de mayor duración, por cierto, y en su buena época ya le calculaban varios años de existencia, hacia aquellos días en que literatos como Andrés Sabella, Teófilo Cid y Rodó Vidal todavía lo visitaban con regularidad dejando una importante huella en el mismo, así como el propio club las dejó en sus respectivas vidas.
Entre otras cosas, se dice por ahí que su menú ofrecía a los fieles clientes una tosca delicadeza apodada "sándwich de los pobres" y que consistía en un pan untado en salsa de ají picante, como los que un cliente improvisaría en una mesa durante la hambrienta espera de una parrillada, un marical o un pernil de un restaurante criollo. Así aparece consignado, por ejemplo, en la "Guía de patrimonio y cultura de la Chimba" de Editorial Ciudad Viva.
Trío Añoranzas en "La Antoñana", en junio de 1953. Fuente imagen: Grupo FB "Documentos y Joyas del Folclore Chileno".
Actual galería comercial que se levantó en el lugar que había pertenecido al establecimiento en donde se hallaba "La Antoñana".
Aquella leyenda nace, sin embargo, del recuerdo efectivamente dejado allí por Sabella y Manolo Segalá, quienes solían llegar juntos a "La Antoñana" en sus días de más carencias económicas, sólo para comer de este pan con picante por razones de necesidad más que de gustos, y no porque originalmente figurara en la carta. En esos mismos días, eran atendidos gratuitamente por un mozo del establecimiento que era apodado Perón, aludiendo a su semejanza con el militar argentino Juan Domingo Perón, según recuerdos del propio Sabella.
Plath continúa haciendo su descripción de este inolvidable lugar y su ambiente, al agregar que, de cuando en cuando, aparecía en él un escritor de Valparaíso que firmaba Max Mirof o Enrique Miranda, de gran actuación en el radioteatro de esos años. "Algunas noches se escuchaban boleros, cuya autoría pertenecía al poeta Andrés Sabella", quien estrenó en "La Antoñana" algunos de sus temas para música, aspecto de su vida que es poco conocido al perderse entre su contundente currículo como escritor de la Generación del 38, cronista, actor, pintor y aun otros roles.
Mario Ferrero decía que en el círculo de amigos, procuraban que todas sus grandes reuniones y encuentros con compañeros e intelectuales tuvieran lugar allí, de hecho, donde Sabella era considerado uno de los mejores y más queridos concurrentes o cliente honorario, siempre liderando al grupo. Incluso fundó la llamada Logia del Tango con el violinista Eugenio Maturana, que en 1949 tocaba en este negocio y también en el vecino "American Bar".
Cuando Sabella y sus amigos llegaban hasta "La Antoñana", además, reconocían afuera a un muchacho apodado El Mono Flores, ex compañero del escritor y poeta en la Escuela de Derecho y que ahora, consumido por el demonio del alcohol, se ganaba la vida cuidando vehículos cerca del "Zeppelin" y lustraba zapatos en los ratos libres. El Mono corría hasta donde ellos estirando sus manos sucias y ennegrecidas antes de que entraran al local, a la espera de alguna de las propinas que estos visitantes solían darle, como se informa en el trabajo "Andrés Sabella Gálvez (1908-1989)" de Matías Rafide.
En la década siguiente, históricos artistas pasaron por su escenario, situado hacia el fondo del local. Además de la orquesta típica, tocaban frecuentemente en este salón y en varios otros del "barrio chino" los músicos del Trío Añoranzas, compuesto por los maestros Humberto Campos, Jorge Novoa y Segundo "Guatón" Zamora, el autor de la inolvidable cueca "Adiós Santiago Querido". Otro músico célebre de "La Antoñana" fue Egidio Altamirano", acordeonista folklórico que haría leyenda, después, en el bar "Las Tejas" de calle San Diego. También habría tocado en la orquesta el músico Ernesto Neira, ligado desde su adolescencia a este dancing y al de la terraza del Parque Forestal, según las anotaciones del periodista de espectáculos Osvaldo Muñoz Romero, más conocido como Rakatán, en su libro "¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino".
Sabella y Cid todavía se reunían en "La Antoñana" en los años sesenta, donde se encontraban también con Alberto Salcedo y Juan Ibáñez. Empero, Cid falleció en 1964, triste evento a partir del cual el grupo de amigos comenzó a desaparecer, al igual que iba a suceder con la mejor época del bar-restaurante. La llegada de grandes conjuntos residenciales justo enfrente de este grupo de ruidosos clubes, además, había comenzado a perturbar también los bailables de trasnoche y los decibeles de las orquestas en vivo.
Vista de Bandera hacia el Sur. Toda la línea de locales de un piso ha desaparecido, en tiempos recientes. Fuente imagen: Google Street View. Al final de la misma línea, al fondo, se observa el edificio de galerías comerciales levantado en donde estaba "La Antoñana".
Hacia esa época, a partir de mediados de la década, el administrador de "La Antoñana" era Jorge Salazar Torterolo, primo-hermano de los pintores Luis y Fernando Torterolo, tío abuelo de quien redacta estas mismas líneas. Dicen que Salazar no era un gran bebedor, pero solía estar siempre sentado en actitud solemne y con su caña o vaso de algo salido desde la barra, dentro del local, donde servía también de anfitrión y esperaba en esta seria actitud a sus amigos.
"La Antoñana" también se había vuelto un lugar de atracción magnética para los periodistas de la época y gente ligada a la crónica deportiva como Renato González Moraga, alias Míster Huifa; y algunas de las varias copetineras y prostitutas que andaban por el sector rompiendo corazones y billeteras, como una apodada grotescamente como la Masca Rieles. Florindo Maulén, alias Don Floro y alguna vez visitante frecuente de este sitio, aseguraba que los periodistas de "El Diario Ilustrado" se reunían siempre en él en la mesa 5, donde eran considerados casi de la casa y presentados con redobles de tambores de un baterista que tocaba en vivo allí.
No todas las figuras pertenecían al glamour literario ni a la inocencia de los trabajadores callejeros, sin embargo: rufianes como el Cabro Eulalio, célebre gángster chileno de esos años con su centro de operaciones en el sector de Plaza Almagro, solían aparecer también y hacer buenas migas con artistas, intelectuales y escritores que llegaban a las mesas del restaurante. Eulalio tuvo muchas aventuras con conocidas bailarinas y artistas de los teatros nocturnos de esos años, que solían rondar aquellos clubes. Plath lo conoció en "La Antoñana", describiéndolo como "guapo, elegante y de buena figura, que tenía deudas con la justicia".
En los setenta, "La Antoñana" se presentaba como hostería, ofreciendo números de folklore, al dúo Los Camperos con Maria de los Ángeles en la voz y a la regia orquesta del maestro Bigote Flores, con el cantante Gregorio Castillo al micrófono. Al comenzar las restricciones a la vida nocturna, sin embargo, empezaría a aproximarse también la debacle del local.
En los años ochenta todavía funcionaba un sitio llamado "La Nueva Antoñana", que deducimos ligado al antiguo. Fue en él que Rakatán entrevistó al violinista Neira para su libro, cuando el músico ya tenía 65 años a cuestas. Sin embargo, poco le quedaba ya de vida al establecimiento, cerrando sus puertas en esos mismos años.
El exlocal parece haber servido a una tienda de ropa usada y después a un centro de llamados, antes de ser demolido con un espacio vecino, es de suponer que con alguna influencia derivada del terremoto de 1985 en la decisión final. En su lugar, se levantó el soso edificio de las galerías del Centro Comercial Santiago-Bandera (Bandera 818) que allí existen aún en sus bajos, pasillos en otra época identificado especialmente por sus pequeños cafés topless y cafés con piernas.

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