lunes, 25 de marzo de 2019

LA POBLACIÓN EL ARENAL U OVALLE EN INDEPENDENCIA: ORIGEN, AUGE Y DESAPARICIÓN DE UN ANTIGUO RANCHERÍO EN LA CHIMBA DE SANTIAGO

Detalle de la pintura de T. H. Harvey de 1863, "Vista General de Santiago", en las colecciones del Museo Histórico Nacional. Se observan las urbanizaciones al Norte del río Mapocho y del Puente de Cal y Canto, en la Cañadilla de la Independencia, en su costado poniente. Eran los primitivos rastros de la Población El Arenal.
Coordenadas: 33°25'43.1"S 70°39'34.8"W
En varias entradas de este blog he tratado de poner atención a las primeras cuadras de la antiguamente llamada calle de Las Hornillas, actual Vivaceta, y La Cañadilla de la Chimba, el ancestral Camino de Chile en la ruta del inca y luego la del español, hoy conocida como Independencia y que da nombre a la comuna en que se la hallan ambas avenidas, además.
Los planos antiguos de Santiago dejan a la vista la sorprendente cantidad de cambios que han sufrido estas cuadras en todos sus años de existencia, desde antes de la Canalización del Mapocho durante el siglo XIX, hasta después de los recientes trabajos de la construcción de la Costanera Norte. El caótico trazo de las autopistas que puede observarse hoy allí, en algunos casos arrasando viejas casas de la arquitectura popular de principios del siglo pasado, deja a la vista las huellas de este proceso de modernización a veces más improvisado o impuesto que realmente planificado.
Precisamente en esas primeras cuadras de Independencia y casi encima de Vivaceta, desde la orilla misma del río Mapocho en esos años hasta la proximidad del barrio del Cementerio General al Norte, existió durante más de un siglo una enorme y temida aldehuela llamada El Arenal y, más tarde, Población Ovalle, que llegara a ser todo un dolor de cabeza para muchas de las autoridades de esos años, intolerantes a los comportamientos viciosos o ajenos a la moral por parte del bajo pueblo.
La Población El Arenal tuvo múltiples rasgos útiles a la crónica, pasando de lo pintorescamente folklórico a las cargas más sociales y políticas, antes de desaparecer superada por el avance y modernización de la ciudad de Santiago. Por esto, dejaré acá un resumen sobre la historia de estos barrios extintos y prácticamente olvidados en el territorio ultramapochino, de los que sólo quedan algunos pequeños vestigios y detalles toponímicos.
El Corregidor Luis Manuel de Zañartu, según dibujo de J. M. Blanco publicado por J. Abel Rosales. La Población El Arenal nació sobre su antigua quinta colonial, en La Chimba, entre la Cañadilla y las Hornillas, hoy Independencia y Vivaceta.
Maqueta del Santiago c. 1840 del Museo Histórico Nacional. Detalle de las riberas del río Mapocho, hacia el poniente, con el Puente de Cal y Canto (frente a Independencia). A la derecha, a la bajada del Cal y Canto en el territorio de La Chimba, se observa el solar y la quinta que habían pertenecido al Corregidor Zañartu, en donde surgió la Población El Arenal.
Cuadras de la entonces flamante Población El Arenal u Ovalle (destacadas en rojo), en el "Plano croquis de la ciudad de Santiago de Chile" publicado en 1863 por "El Mercurio". Se observa su ubicación antes de la canalización del río Mapocho y al poniente de la bajada del Puente de Cal y Canto, entre las actuales avenidas Independencia y Vivaceta. La Calle de Verónica (así llamada por la presencia del convento de las monjas verónicas en ella) corresponde a la actual Pinto, mientras que la señalada como Calle de Arenales es la actual Prieto.
Las antiguas cuadras de la Población Ovalle, ya en 1875, en el "Plano de Santiago" de Ernesto Ansart. Se observa la ubicación del Puente de Ovalle sobre el Mapocho (al poniente del Puente de Cal y Canto y frente a calle Teatinos). Se destaca en verde la ubicación de la Plaza Matías Ovalle o de los Moteros y la posterior ubicación de la actual Plaza El Trébol, más grande. El eje Norte-Sur de este plano está invertido.
LOS TERRENOS HACIA FINES DE LA COLONIA
Es bien sabido que los terrenos ubicados al poniente de La Cañadilla o actual avenida Independencia, pertenecían en el siglo XVIII al Corregidor de Santiago, el temido y enérgico oñacino Luis Manuel de Zañartu, quien había hipotecado la mayor parte de los mismos cuando se obsesionó con la instalación y construcción del Convento Carmelita de San Rafael, también en la entonces llamada Cañadilla, en el que quedarían internadas sus dos hijas al haber enviudado.
Hasta entonces, este lado chimbero había sido un territorio de aires rurales y muy populares, cómodo al bajo pueblo, siendo más bien una excepción la presencia de una propiedad aristocrática como fue la del Corregidor allí, entre senderos campestres, bravíos y peligrosos.
Tras morir Zañartu en 1782, pero habiendo alcanzado a ver construido el Puente de Cal y Canto (el más grande aporte suyo a la ciudad de Santiago), su enorme quinta pasó a manos de las monjas carmelitas, por disposición testamentaria hecha tres años antes.
De los varios cambios urbanísticos que se vendrían, surgió también una población vecina llamada inicialmente El Campamento o Campamento del Pantanto, nombre que tomó del albergue que allí existió en el vivac o cuartel de vigilancia en la bajada Norte del Cal y Canto. Se ubicaba justo a la salida de este puente, del lado oriente de La Cañadilla, donde están actualmente los mercados, aproximadamente.
El Gobernador Ambrosio O'Higgins, ya hacia el final de la Colonia, hizo contratar a don Nicolás Matorras para que despejara el camino de La Cañadilla, parcialmente destruido por el turbión de 1783, retirando todos los arbustos que allí crecían, construyendo un pretil y una laguna artificial para lavar coches también en la salida Norte del puente, del lado poniente, de acuerdo a lo que señala J. Abel Rosales en su "Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto".
Una nueva población surgía por entonces, también en aquel lado poniente de La Cañadilla. Se convertía en un precario barrio residencial, ligado a las clases más modestas de la sociedad de aquellos años y a sus centros de recreación. Las primitivas calles chimberas después correspondientes a Maruri, Escanilla, Zenteno, Borgoño, Prieto o Picarte, también surgirán de las urbanizaciones en el mismo barrio que se tomaba la finca en ruinas que legara Zañartu a las monjas.
Un censo de 1802, levantado en Santiago por el Presidente Muñoz de Guzmán, había demostrado que los ranchos de la antigua quinta de Zañartu ya eran los más abundantes de la capital, en aquel momento. Así describe el proceso J. Abel Rosales en "La Cañadilla de Santiago", en el siglo XIX:
"La finca del finado Corregidor Zañartu había venido arrendándose a diversos sujetos interesados en obtener pingües ganancias con los productos de su viña, que abarcaba desde el río muchas cuadras al norte y poniente. Desde el camino de la Cañadilla se habían abierto algunos callejones en dirección al poniente, en los cuales se había aglomerado una cantidad considerable de gente, que vivían en miserables ranchos. Desde el siglo pasado hasta los comienzos del presente, no he encontrado constancia cierta de quién haya sido el arrendatario de tan considerable y valiosa propiedad.
Por papeles originales que tengo a la vista, consta que el 26 de septiembre de 1804 se hizo escritura de arrendamiento entre el monasterio del Carmen y don Francisco Sánchez, con su esposa éste, doña Micaela Solís, por la que primero dio en arriendo a los últimos 'la finca de Zañartu y de Pinto' por el término de 24 años. En 11 de junio de 1828, fue cancelada esa escritura ante el escribano público Manuel de la C. Gajardo".
Agrega Rosales que se formó una nueva escritura de arrendamiento en la que Sánchez entregó al monasterio una monja con 2.500 pesos de dote: su hija María del Carmen, que adoptó el nombre de Sor Micaela. La escritura de dote había sido fechada el 5 de septiembre de 1805, ante el mismo Gajardo.
Se dice también que fue vendida parte de la quinta y que uno de los últimos propietarios de una buena porción de la misma, o acaso en otro régimen de uso, habría sido el acaudalado empresario Matías Cousiño, a pesar de las restricciones que Zañartu le puso a la posesión de la propiedad. Cousiño subdividió su parte y la puso en venta hacia el año 1840, de acuerdo a lo que informan autores como Fidel Araneda Bravo en sus "Crónicas del barrio Yungay" y René León Echaíz en su "Historia de Santiago".
Los caseríos seguían aumentando allí con la paulatina ocupación del lugar, por familias muy pobres, que levantaban su propio barrio de ranchos y chozas en aquel sector llano y sucio, en donde muchos se ganaban la vida recogiendo material de los acopios de arenas, ripio, piedras de la vega del río para la construcción de casas en el resto de la ciudad o vendiendo huesos que encontraban en los basurales del mismo sitio riberano.
Había comenzado, de esa manera, la historia de las famosas poblaciones que allí existieron y sus populares plazas.
Fotografía c. 1863, de Rafael Castro y Ordóñez en el marco de la comisión científica española enviada al Pacífico. Se observa la Iglesia de la Estampa de Nuestra Señora del Carmen en la Cañadilla, desde la actual calle Olivos-Sergio Livigstone (de Norte a Sur). En la línea de casas a la derecha, más o menos donde están los árboles y la palmera, comienzan las cuadras de la Población Ovalle. Fuente imagen: "Imágenes de la Comisión Científica del Pacífico Sur", de la Editorial Universitaria.
Acercamiento a la clase de viviendas que se podían encontrar en la primera decena de cuadras de La Cañadilla de la Independencia hacia 1863, en la imagen fotográfica de Castro y Ordóñez. Corresponden al tipo de casas de adobe de las poblaciones más modestas de entonces, en donde estaba también la del Arenal.
La entrada de la Cañadilla o Independencia, vista hacia 188-1890. A la derecha, el templo del Monasterio del Carmen de San Rafael (congregación dueña de los terrenos de El Arenal), hoy Monumento Histórico Nacional. A la izquierda, línea de residencias bajas y manzanas de los últimos años de existencia de la Población Ovalle.
Casas vetustas vecinas a la desaparecida primera sede del Hogar de Cristo, que el Padre Hurtado fundó muy cerca del convento de La Verónica, en calle López, que fueron parte de la Población El Arenal u Ovalle. Imagen publicada por Luis Alberto Ganderats en 1994.
LA PINTORESCA POBLACIÓN EL ARENAL EN TIEMPOS REPUBLICANOS
Sobre los terrenos de la antigua quinta surgieron aquellos populosos barrios que serían conocidos como la Población El Arenal y, años después, como la Población Ovalle, casi desde el borde del río Mapocho como hemos dicho, entre Las Hornillas y La Cañadilla, hoy Vivaceta e Independencia, respectivamente.
Desde fines del siglo XVIII, el emergente barrio había pasado a ser atendido por los servicios policiales del 2° Cuartel de Santiago. Si embargo, Rosales comenta que la gente vivía allí, todavía en la siguiente centuria, "en plena libertad, sin vigilancia de jueces ni de curas", comparando el vecindario con "una Araucanía minúscula". De hecho, era tal el peligro y el rechazo a la ley en este lugar, que las guardias cívicas evitaban ir a la población de los arenales, dejándola sin vigilancia y a la buena de Dios. Durante la Reconquista fue marginada de las patrullas que debían realizar permanentemente los Talaveras de la Reina, por lo mismo.
Un escrito presentado ante la Corte de Apelaciones el 25 de noviembre de 1823 por el Procurador de la Ciudad, don Lorenzo Fuenzalida, advertía del aspecto y los problemas sociales concentrados en esta "tierra de nadie":
"El procurador general de la ciudad como mejor procesa, ante US dice: que el fundador del monasterio del Carmen de San Rafael, don Luis Manuel de Zañartu, le dejó entre otros fundos y capitales la finca principal que está a su frente, ordenando que no se enajenase. Esa disposición, según se ve, fue con el piadoso fin de que permaneciese en el monasterio y no se perdiese su importancia. Esa finca principal tiene a continuación como tres cuadras eriazas que nada le producen, y lo que es sobre todo más sensible, que una porción del pueblo bajo ha hecho una ranchería y al abrigo de varias entradas y salidas que han formado en toda la extensión de una larga pared, al mismo tiempo que sirve de antemural, y como de cortina de sus desórdenes, se sustrae de la ronda de los jueces y se ha hecho inaccesible a la corrección de unos excesos que serían indisimulables aún en el país más corrompido. El procurador general cree ser uno de sus más importantes deberes ocurrir a este superior Tribunal para que con previa audiencia del síndico de aquel monasterio y dictamen del señor fiscal, se sirva declarar si se ofende la voluntad del fundado vendiendo a censo esas cuadras eriazas, o si antes por el contrario sería ofenderla no haciendo lo que el mismo fundador haría si existiera".
El Procurador continuaba su escrito repasando la motivación de las obras públicas del Corregidor Zañartu y lo indigno que resultaba "que esa chusma tan corrompida como indecente se abrigase en sus mismos terrenos", sugiriendo tomar medidas de beneficio público y convertir al mismo "en multitud de casas con otras tantas familias de lustre y utilidad", para que "hagan el buen ejemplo no sólo en sus domésticos, sino en todo el vecindario".
Rosales asegura que, a pesar de las alertas del Procurador, no hubo ninguna mejora a la propiedad en los años que siguieron. Y se refiere a este período de la historia del barrio, durante la primera mitad del siglo XIX, de la siguiente manera:
"Durante esta época la quinta de Zañartu iba ya perdiendo este nombre. En sus primeras cuadras desde el río, el pueblo la denominó El Arenal, por el cascajo y sedimentos arenosos que dejaban las avenidas por este lado. Los ranchos del Arenal eran los que estaban en mayor número de todo Santiago desde hacía algún tiempo".
Por su parte, en un artículo para la revista "En Viaje" ("La Cañadilla y el barrio del Arenal", julio de 1963), Sady Zañartu nos proporciona una descripción más intrusa del ambiente de este sitio y de cómo sucedió su transformación en áreas urbanizadas:
"Las calles de la que fuera más tarde la población Ovalle, el año 1861, se formaron casi en parte con la chacra de Zañartu que se extendía hasta el callejón de las Hornillas, como fondo aparecía con un frente hacia el camino real de la Cañadilla con más de seiscientas varas, desde el pedregal del río, y su plantación de viña era costosa desde los tiempos que fuera 'chacra del Pino'. Algunos árboles famosos quedaron para la urbanización posterior, que diera lugar a beateríos, por sus naranjales, o árboles típicos y frutales. Había un pino, en la actual calle Pinto, bajo cuyas frondas se celebraban comidas y fiestas domingueras".
Como era esperable, entonces, muchas alegres fondas, quintas de recreo y chinganas habían encontrado sitio en esos mismos callejones de El Arenal, inspirando letras de canciones populares como ésta:
Las fondas del Arenal
mostraron la Independencia
como una gloria del arte
y lumbrera de la ciencia
O esta otra, no menos expresiva:
Viva Santiago de Chile
la bandera nacional
y en el barrio de la Chimba
las fondas del Arenal
Varios de los poetas populares de entonces tenían no sólo residencias en el sector del río, sino también un espacio apropiado para declamar sus obras ante un público atento. Y uno de esos mesones más recodados se hallaba en una antigua casona de tejuelas y tinajas llamada "El Arenal" de doña Peta Basaure, por ahí hacia la esquina de Maruri con Lastra, según "El libro de la tierra chilena" de Antonio Acevedo Hernández. Era, por entonces, parte del mismo vecindario tan cotizado por líricos y versistas, que el pueblo denominaba barrio Marul.
Nunca faltaron poetas profanos en estos lares, por las razones descritas. El Mapocho los atraía hacia La Chimba como otros ríos lo hacen con los pescadores. Así nos podríamos explicar la existencia de otra antigua cueca que inicia pintando sus compases con las siguientes líneas, también aludiendo a la célebre fonda:
Y el Arenal de La Chimba
con su jaula de canario
muestra la vida celeste
del sistema planetario
No hay duda de que la famosa quinta de recreo "El Arenal" fue una de las seducciones chimberas más importantes de su época. Carlos Lavín, en "La Chimba", nos proporciona una descripción más completa sobre su mítica dueña y el ambiente dentro de las famosas casas de entretención de este círculo:
"Era la Peta Basaure, además de una gran belleza, una hembra brava y garrida, invencible en la resbalosa y la zamacueca y que hizo escuela en los tablados santiaguinos. Actriz regente y propietaria de la chingana asoció a sus espectáculos ingenios de otro orden. Los 'puetas' Manuel Clavero, atildado cantor de las glorias militares de 1879 y Nicasio García rey del 'contrapunte' y la improvisación convocaban en el corral de Maruri la flor y nata de la 'afición'. Las décimas glosadas de García, especialmente aquella que decía: 'de la cordillera vengo', las estrofas dedicadas a los mineros, las riñas de gallos y la extraña composición 'El rodante' han sido la substancia y parte congruente de un centenar de versainas chilenas. El excéntrico 'Pecho de Palo' de apellido Robles y José Hernández competían con aquellos; mientras la dueña, la célebre 'cantora' La Trinidad, la mentada Gregoria de los Cachirulos y la tímida Mica sostenían la trilogía de 'niña, galán y ponche', los tres simples que formaban en esa época el 'saturnal compuesto'."
Al local emblema de Maruri llegaban músicos como Manuel Antonio Orrego, "puetas" como Juan Rafael Allende, alias El Pequén, además de aspirantes a políticos y los mismos arengadores que habían inyectado de patriotismo a los asistentes en los días de lucha con los países vecinos del Norte. Probablemente, la poetisa popular Rosa Araneda también hizo allí buena parte de su historia creativa.
Es un poco confuso el resto de la memoria sobre doña Peta y sus devotos cómplices, así que preferiría abordar esta semblanza en otra entrada, exclusivamente dedicada a la fonda de "El Arenal", a futuro. Adelantaré que una de las versiones difundidas es la que recoge Víctor Rojas Farías en "Escenas de la vida bohemia. Crónicas inéditas", respecto de que habría terminado sus días como cantinera del Ejército de Chile durante la Guerra del Pacífico, asistiendo valerosamente a los soldados entre los que estuvo su propio compañero fallecido en Tacna. Empero, parece que mucha de la fama de "El Arenal" y su regenta, además de otras fondas vecinas, fue precisamente entre veteranos de esa guerra, período en el cual el barrio adquirió un nuevo y redoblado interés de parte del pueblo, convirtiendo el nombre de la calle Maruri en "una palabra mágica que sugería todas las satisfacciones del humano regalo", según insiste Lavín.
Pero no todo fue tan lírico en "El Arenal" ni en su entorno, dentro de ese ecosistema chimbero de fiesta y de celebración continuada, como también agrega Lavín:
"Al propio tiempo la farándula dominaba ahí el ambiente: malsines y malandrines concitados con follones y pichiruches y asesorados por alcahuetas, celestinas y magdalenas encontraron un cómodo y despejado burladero en esos figones, cubiles y madrigueras, para ejercer sus tráficos destinados a embaucar a los distraídos y atolondrados o timar los curiosos y forasteros. Incitando al pasatiempo y al buen pasar se concertaban –bien prevenidos de antemano por valentones y guapetones- en las mesas de timbas y garitos, en los mesones de la freidurías y vinerías, alrededor de las 'canchas' de rayuela, de palitroques, de bolas o bien aproximándose a los 'jugadores de tres cartas' y otros vagantes de feria para atraer a los timoratos y despejar a los incautos".
Al sobrevenir su decadencia, dice el autor, los últimos establecimientos chinganeros del barrio "torcieron rumbos muy diferentes para llegar, a la postre, a recobrar fama en el público santiaguino; pero esta vez, como emporio de confecciones de segunda mano".
Costado del claustro de las Verónicas y la ex casa de reposo, por calle López de Alcázar llegando a Rivera, poco antes de su demolición total.
Pasaje con aires de cité en calle Quintana, probablemente de los últimos tiempos de la Población El Arenal u Ovalle.
Antiguo y vetusto fragmento de una vivienda que, por su aspecto, podría remontarse a los tiempos de la Población El Arenal u Ovalle, en Barnechea llegando a Pinto.
Vestigios de lo que fue la Plaza de los Moteros o Plaza Matías Ovalle, de la desaparecida Población Ovalle, en Escanilla con Lastra, vista desde el borde de la calzada en calle Frei Montalva. Las cuadras de este sector llamado Barrio Los Moteros, fueron demolidas para construir la Costanera Norte, aunque sobreviviendo la plaza.
LA POBLACIÓN OVALLE, EL SIGUIENTE BARRIO
Cuando el terreno de la población cambió de manos quedando para la explotación lucrativa de subarriendos por parte de la Sociedad Ovalle Hermanos, nuevos problemas de alcances políticos, sociales y sanitarios iban a afectar al barrio chimbero.
Sucedía que la sociedad de los Ovalle había iniciado un proyecto de construcción de un vecindario sobre estos terrenos de El Arenal, hacia 1847, precisamente en la caótica Población el Arenal. Estaba formada por los hermanos Matías y Pastor Ovalle Errázuriz, conocidos hombres de emprendimiento y pensamiento estratégico, alguna vez vinculados al Partido Montt-Varista.
Como suele suceder en estos casos, sin embargo, el brillo y las sombras que proyectan esta clase de figuras históricas entran en contradicciones profundas e invocan a juicios de corte maniqueo, inevitablemente.
Los Ovalle lograron tomar en arriendo aquellas propiedades carmelitas el 26 de septiembre 1853, por acuerdo entre los hermanos ante el notario Público, informa Rosales. La priora del Monasterio del Carmen firmante fue Sor Mercedes de Jesús, el síndico del mismo don Juan de Dios Fernández Gana, y el comisionado especial para el acto fue don Luis García Huidobro. Quien otorgó la autorización al monasterio para firmar el contrato, fue el Obispo de Himeris don José Miguel Arístegui. Los fiadores de los Ovalle, en tanto, fueron Pedro Errázuriz y José Vicente Ortúzar. El acuerdo se hizo ante el notario público Julio César Escala.
El acuerdo de arriendo establecía, entre muchas otras cosas, que los pagos de los cánones se harían por semestres vencidos, en el primer y segundo período, en su artículo 2°. En su  artículo 4°, establecía también que los arrendatarios tienen como obligación "arreglar la población del Arenal respetando la calle de este nombre y distribuyendo los pobladores en las calles que detalla el plano formado al efecto por el perito don Fernando Plata", llegando a las calles que allí aparecen señaladas como A y B, debiendo cumplir con esta etapa "en el primer verano después de entrar en posesión y quedando a su arbitrio ejecutar el resto de la obra cuando les convenga". Seguidamente, el artículo 5° del contrato reservaba para el monasterio dos manzanas que aparecían señaladas en el plano como 1 y 2, aunque éste renunciaba a arrendarlas a particulares.
El artículo 7° del mismo acuerdo, determinaba que lo podían entrar en el arriendo aquellas casas o cuartos que ya tenía en el mismo lugar el monasterio entre sus posesiones. Y el 8° obligaba a los arrendatarios a construirle al monasterio dos cuadras de tajamares en el lugar que éste señalara, similares en material, cimiento, espesor, altura y dimensiones al que había ya entonces paralelo a la Calle del Arenal, dándose un plazo de tres años para reunir los fondos. El 9° prohibía a los conductores ocupantes cortar materiales, salvo los que fueran necesarios en trabajos de los fundos, bajo multa de 500 pesos, aunque se autorizaba la fabricación y corte de ladrillos para los tajamares solicitados. Finalmente, en el 11° se impedía construir máquinas hidráulicas, molinos, trapiches sin autorización del monasterio.
Como se observa, el propósito de los Ovalle era edificar casas baratas y en gran número, en algunos casos construidas por los propios ocupantes, para arrendarlas a trabajadores y gente pobre en general. A medida que el negocio avanzaba, iban haciendo nuevas etapas del proyecto sobre el antiguo Arenal. A la sazón, además, la casa de Zañartu estaba prácticamente en ruinas.
De acuerdo a lo que describe Luis Alberto Romero en "¿Qué hacer con los pobres", el negocio de la sociedad "consistía en conservar la propiedad de la tierra y alquilar pequeños lotes para que cada inquilino levantara su vivienda según sus posibilidades", en iniciales 14 manzanas para un estimado de 13 mil residentes.
Armando de Ramón, en "Santiago de Chile", describe así el trasfondo del plan de la sociedad:
"Se aprecia así que los organizadores de las barriadas más pobres de Santiago tenían una estrecha vinculación no sólo con las familias más poderosas de Santiago, sino también con los poderes públicos que habrían sido los únicos que podían controlar su acción. Todos ellos eran responsables de crear verdaderos submundos, los cuales, pese a su terrible miseria, eran sin embargo fuente de lucro para los propietarios. Como denunciaba un periódico santiaguino años más tarde, 'los grandes propietarios lo son allí únicamente del suelo; ellos arriendan el piso a un pobre que se encarga de hacer su cuartucho o rancho'. Estos 'arrendatarios' generalmente debían cavar el suelo para hacer adobes y con ellos levantar su pobre morada, quedando ésta hundida con respecto a la vereda y expuesta a las inundaciones causadas por las lluvias".
"Funcionaba aquí lo que los autores han llamado la 'renta absoluta' o retención especulativa", agrega el autor, explicando que mediante la misma, "se alquilaban por sitios paños de terreno hasta que el valor del mercado permitiera la realización de la ganancia normal más la renta". Correspondían siempre a "tierras malas para su explotación agrícola, alejadas del centro urbano pero cercanas o inmediatas a los bordes de la ciudad, sin vigilancia policial, húmedas y pantanosas".
Una nueva escritura, firmada el 5 de diciembre de 1855 ante el mismo notario, afinaba algunos detalles y hacía precisiones con respecto al acuerdo anterior, cuando el proyecto de los Ovalle ya había entrado en marcha. Los firmantes por ellos fueron José Vicente Ortúzar y José Manuel Valdés Larrea, y por el monasterio Sor María Josefa del Señor Crucificado, autorizada por el Arzobispo Valentín Valdivieso sólo cuatro días antes.
Ejecutado el segundo acuerdo, los Ovalle comenzaron a dar forma a lo que sería la calle Maruri, a partir de donde comenzaron a aparecer los demás callejones. El primer residente que tomó en arriendo uno de estos espacios, había sido don Miguel Álvarez, a la sazón cesante y que se encontraba morando la casa en ruinas del Corregidor Zañartu desde 1846 ó 1847, tras dejar el cargo de Comisario del Barrio Norte del Mapocho y la administración del antiguo presidio que funcionó durante varios años en donde estuvieron después las instalaciones del Ferrocarril Urbano, lugar ocupado hoy por el Mercado de la Vega Chica,
Detalla Rosales que así abandonó Álvarez la residencia colonial, para dejarla a los hermanos. Matías Ovalle la ocupó en 1861, y aún vivía en ella en los tiempos del Presidente Balmaceda. Agrega el autor que, a la sazón, esta casa "como la del Obispo Aldunate, más al norte, conserva su primitiva forma".
Los barrios de la población quedaron totalmente establecidos con sus ranchos, recién hacia 1870. Por el fuerte determinismo de los Ovalle sobre la Población El Arenal, además, ésta era llamada desde entonces como la Población Ovalle. Se llegaba hasta allá desde el otro lado del río cruzando el Cal y Canto, que caía sobre La Cañadilla, o bien por un paso que estuvo ubicado cerca de donde está hoy la Estación Mapocho, casi enfrente de la actual Teatinos, conocido en su tiempo como Puente de Ovalle, cuyo servicio fue reemplazado unos años después por el Puente Manuel Rodríguez, ubicado más al poniente.
Se trataba de un trazado marcadamente de damero entre las calles conocidas actualmente como Independencia, Rivera, Vivaceta y General Borgoño, con poco menos de 40 manzanas bien definidas, aunque no todas ellas estaban en el régimen de arriendo de la Sociedad Ovalle. La presencia religiosa alrededor se daba con el Convento del Buen Pastor sobre su deslinde Nor-poniente, la Casa de Ejercicios de San Juan Bautista dispuesta por el Arzobispo Valdivieso, el Monasterio de la Verónica en lo que ahora es calle Pinto, el Convento del Carmen de San Rafael por el lado de Independencia y una desaparecida capilla con pequeña casa religiosa de San Pedro de Alcántara, en lo que ahora es, aproximadamente, Borgoño con Maruri.
Sin embargo, el Monasterio del Carmen de San Rafael comenzó a ver la posibilidad de desvincular parte de la propiedad que les legara Zañartu, en esos años. Ya había donado parte del mismo al monasterio del Buen Pastor, pero ahora consideraba la idea de vender algunos terrenos para cubrir ciertos pagos, solicitando la autorización en los tribunales. El fiscal, sin embargo, se opuso a esta posibilidad, iniciándose un proceso judicial.
Como parte del proceso que generó aquel pleito, la Corte de Apelaciones había ordenado, en 1875, una tasación de la exquinta de Zañartu ocupada por los Ovalle, para entonces con 42 manzanas, encargándosela el 13 de julio de 1875 al agrimensor general Manuel Jesús Domínguez. El perito hizo la tasación el 31 de marzo del año siguiente, concluyendo que el valor del terreno era de 407.352 pesos y 48 centavos. A su vez, la población había adicionado para sí parte de la Chacra del Pino (antigua Chacra de Pinto), famosa por el pino bajo el cual se armaban tertulias y celebraciones. Con 12 manzanas y un terreno adicional, la tasación de Domínguez fijó su valor en 28.124 pesos y 46 centavos. Finalmente, las siete casas y su terreno al poniente de la cañadilla y propiedad del monasterio, fueron tasadas en 48,407 pesos y 56 centavos. Las propiedades del monasterio, entonces, sumaban 543.260 pesos y 42 centavos sin incluir lo edificado ni las siete casas mencionadas.
Sin embargo, las partes contratantes habían hecho su propia tasación, el 25 de septiembre de 1874. El perito Juan Antonio Montes Solar lo hizo por el monasterio, mientras que su colega Heraclio Reyes lo hizo por los Ovalle. Montes concluyó que el suelo de la Población el Arenal y la Chacra del Pino sumaban 720.742 pesos y 18 centavos, mientras que Reyes lo estimó en solamente 315.814 pesos y 36 centavos. No habiendo punto de encuentro entre tasaciones tan diferentes, las partes nombraron en conjunto a un tercer perito, el ingeniero Alberto González Errázuriz, quien tasó la propiedad en 468.131 pesos y 66 centavos, contabilizando 54 manzanas ya en ellas.
Para desgracia del Monasterio del Carmen, los tribunales fallaron en su contra el 12 de agosto de 1874, el primera instancia, y el 8 de mayo de 1875, en segunda, pues la justicia determinó que no eran propietarios de los terrenos sino que gozaban de su usufructo, considerando que el testamento de Zañartu había sido claro en impedir la enajenación de terrenos.
La influencia de los Ovalle se había vuelto tan grande sobre este vecindario conocido con su apellido, para aquellos momentos, que operaban allí como una especie de feudo político, pues su omnipotencia sobre los pobladores incluso les permitía exigir las calificaciones electorales de los residentes. Llegaron a oponerse, en alguna ocasión, a que fueran pavimentadas las calles, en su afán de impedir la penetración del poder de las legítimas autoridades dentro de este bastión.
El cómo había logrado la Sociedad Ovalle saltarse restricciones y exigencias en su proyecto, es algo que explican autores como De Ramón: ambos socios eran influyentes personajes de su época y con participación estrecha sobre la actividad política. Don Matías Ovalle, de hecho, había sido Intendente de Santiago, Ministro de Hacienda en 1858 y Diputado hasta 1861.
Por lo anterior, en periódicos de 1886, se alegaba que el negocio de la sociedad allí había tenido ciertos ribetes de oscuridad y que se habían realizado "muy fuera de las ordenanzas de la policía".
Esquina de Lastra con Escanilla.
Magnífica fachada en calle Pinto llegando a Quintana, muy cerca de Plaza El Trébol.
Casas de calle Quintana, enfrente de la Plaza El Trébol.
Parroquia del Niño Jesús de Praga, construida en 1909 en la esquina de Borgoño con Independencia, que había sido el extremo Sur-oriente del barrio de la Población Ovalle.
El edificio del Conjunto Capitol, construido e inaugurado en 1927 en la cuadra de Independencia entre Prieto y Beltrán Mathieu al extremo oriente de las que habían formado parte del sector de la Población Ovalle.
El antiguo Policlínico de la Caja del Seguro Obrero, actual Servicio de Salud Metropolitano Norte. Fue construido en 1939 ocupando una cuadra central de la desaparecida Población Ovalle, entre Lastra, Maruri y Adolfo Ibáñez. Las necesidades sanitarias de las poblaciones de este sector de la ciudad, quizá motivaron la intención de construir un barrio con orientación a la salud en el mismo, con la presencia del Instituto de Higiene, el Desinfectorio Público, la casa de acogida de la desaparecida mansión Montt y éste centro de atención, además de los hospitales y centros médicos varios más al interior de La Chimba.
CAMBIOS Y DESAPARICIÓN DE LA POBLACIÓN
Los abusos que habría cometido la sociedad, dieron varias de las razones que tuvo el Intendente Benjamín Vicuña Mackenna para declarar la guerra a estos campamentos miserables de las riberas, no por desprecio a sus pobladores como se ha creído, sino contra la indolencia usurera en los terrenos y la concentración de focos infecciosos en los mismos, en tiempos de lucha contra el cólera, el tifus y la tuberculosis.
De ese modo, Vicuña Mackenna se erigió como un enemigo acérrimo de los Ovalle y de la existencia de estos miserables e insalubres rancheríos. Desde la Intendencia de Santiago, calculaba en 1872 que la población ya tenía unas 80 viviendas por cuadra en la Población El Arenal, aunque aún no llegaba a ser de una densidad tan grande como la de otros campamentos, como la llamada Población Portales, también situada a orillas del Mapocho y que, siendo más reciente, ya acumulaba a la misma fecha unas 200 residencias por cuadra. Vicuña Mackenna llegó a ordenar la quema de algunos de estos rancheríos y otros parecidos, durante aquel período, en otra medida radical por detener la explotación de la miseria y la concentración de focos de tan escasa salubridad.
Otro acto importante de Vicuña Mackenna fue colocarle nombre a las calles de estos barrios, que se conservan hasta ahora. Así describe esto Sady Zañartu:
"…lo curioso de estas innumerables calles fronterizas era que se denominaban por las letras del abecedario hasta que el Intendente Vicuña Mackenna las rebautizara por un decreto del 6 de julio de 1872 apelando por el nombre entero del personaje o simplemente por su apellido. Así las calles de oriente a poniente llevan los nombres completos de los generales de la independencia. Estas calles fueron 'José Ignacio Zenteno', 'José Manuel Borgoño', 'Joaquín Prieto', 'Francisco de Lastra', 'Francisco Antonio Pinto', 'Juan de Dios Rivera', 'José María de la Cruz'.
Las calles de norte a sur, de coroneles, se llamaron: 'de Picarte', 'Maruri', 'Ibáñez', 'López', 'Escanilla', 'Quintana', 'Victoriano', 'Barrenechea'. Sólo así el barrio tomaba importancia y cuadratura política".
A pesar de todo, los Ovalle seguían jactándose de un gran poder e influencia para operar a favor de sus intereses en el lugar. Así, el 5 de septiembre de 1885, modifican el contrato de arrendamiento otra vez ante el notario Escala, por un nuevo y definitivo acuerdo para su población. Decía, este contrato, transcrito completo por Rosales:
"Cláusula 1ª.- El término del arriendo será el de diez años menos un día, contados desde el 1° de octubre del presente año. Concluido este término se renovará el contrato por otros cuatro períodos de diez años menos un día cada uno, bajo las mismas condiciones estipuladas en el primero.
2ª.- El canon que los señores Ovalle se obligan a pagar al monasterio, es el de siete mil pesos anuales durante el primer período, y en los cuatro subsiguientes pagarán el tres por ciento sobre el valor en que se tase el suelo de los fundos arrendados, incluyendo las calles, por peritos nombrados por las partes, pero pagados por los conductores. Esta tasación se renovará al principio de cada período; pero sin tasar los edificios ni demás mejoras hechas en el terreno, y el tres por ciento se agregará en cada período a la tasación practicada al principio de él. Los señores Ovalle garantizan y se obligan a pagar al monasterio el canon de ocho mil pesos anuales en el segundo período de arriendo, nueve mil pesos en el tercero, diez mil en el cuarto, y once mil en el quinto. Se entiende que esta obligación es subsidiaria, para el caso de que el tres por cierto no alcance a producir al monasterio las cantidades expresadas.
3ª.- A conclusión de los cinco períodos de arriendo de que se habla en las cláusulas anteriores, la compañía conductora (arrendataria) deberá devolver los fundos arrendados, sin cobrar al monasterio indemnización por mejoras de cualquier especie que hubiesen hecho en ellos. Pero el monasterio queda en la obligación de abonar a los subarrendatarios que hayan edificado en los fundos el valor de los edificios y mejorar por la apreciación de peritos nombrados por las partes. Más, si el monasterio no quisiese recobrar la posesión sin hacer abono a los sub-arrendatarios de los edificios y mejoras, tendrá obligación de renovar los contratos de arriendo bajo las mismas bases de progresión o aumento del canon, y que las mismas condiciones en que los sub-arrendatarios los tengan celebrados con la compañía de Ovalle Hermanos, y sin renunciar a la facultad de recobrar el fundo o cualquiera parte de él cuando quiera, haciendo correspondiente abono de las mejoras ya expresadas. Si los señores Ovalle hubiesen edificado, quedarán especto al monasterio en la misma condición que los sub-arrendatarios.
4ª.- Se deroga la obligación que tenían los señores Ovalle de sujetarse al plano que había levantado don Fernando Plata para el arreglo de la población del Arenal, y ellos podrán adoptar el que mejor les parezca. Se deroga también la obligación que les imponía a los señores Ovalle por la cláusula 6ª de la escritura de arriendo, de edificar los terrenos que hacen frente a la Cañadilla con capitales del monasterio. En su lugar, quedan obligados a reservar para cuando el monasterio quiera edificar, dos sitios de 30 varas de frente por 60 de fondo cada uno, situado el uno lo más cerca del templo del monasterio y el otro al lado norte de las casas que éste posee actualmente.
5ª.- Queda igualmente derogada la obligación que imponía a los señores Ovalle la cláusula 12 de la escritura de arriendo mencionada de dejar a beneficio del monasterio, concluido el arriendo, el valor de dieciocho mil pesos en mejoras.
6ª.- En lugar de las manzanas 1 y 2 que el monasterio se reservaba por el artículo 5° de la escritura mencionada, se reserva un terreno de valor equivalente a las manzanas referidas, en el lugar que más le convenga, bajo las mismas prescripciones establecidas en el artículo 5°.
7ª.- El monasterio no responde por los daños y perjuicios que puedan sobrevenir a los arrendatarios por causas de terremotos, avenidas, etc., y en general de todo aquello que provenga de caso fortuito o fuerza mayor. Sin embargo, los conductores (arrendatarios) podrán reclamar los perjuicios que recibe de quien se los causare y percibir el fruto de las indemnizaciones que hicieren por estas cusas.
8ª.- El contrato no cesará ni quedará disuelto por muerte de los arrendatarios,  y la escritura que al presente se extienda servirá también para los otros períodos de arriendo, pudiendo los locadores hacer extender otra nueva en cada período, en todo igual a la presente, si lo creyeran conveniente.
9ª.- Los arrendatarios son obligados a renovar sus fiadores al principio de cada período.
10ª.- La escritura pública otorgada por los presentes contratantes ante Usted en fecha 23 de septiembre de 1853, queda vigente en todo lo que no sea contradictorio a éste".
Un censo realizado ese mismo año, precisó que la cantidad de habitantes de la Población El Arenal u Ovalle sumaba ya 12.218 almas, sólo mil menos que ciudades completas como Chillán o Iquique en esos años, pero superando a otras como La Serena, con 14.000 habitantes a la sazón, como observa el autor.
Algunos miembros de la comunidad obrera de la población, habían fundado sociedades de beneficio, escuelas diurnas y nocturnas, clubes y pequeños órganos de prensa, destacando en las dirigencias de estas instancias don Modesto Soza, don Nicolás Ugalde y el poeta y pintor Pantelón Velis Silva, entre otros.
Rosales visualiza, en 1887, algunos progresos en la problemática pero folklórica población de los hermanos Ovalle:
"Esta población ha venido progresando desde entonces rápidamente. A los ranchos de otros tiempos se han sucedido aseadas y cómodas viviendas de adobe y teja, adonde acuden para habitarlas no sólo los de escasa fortuna, sino todo el que quiera vivir con holgura. Sin embargo, los arriendos han ido subiendo en razón directa con el aumento de pobladores, lo cual, si proporciona mejores entradas a los fundadores de esta población, no gana el pueblo pagador la baratura que siempre busca y que no siempre halla. En cambio, ya puede gozar de los beneficios que le proporcionan algunos adelantos modernos, como son: la plantación de árboles en casi todas sus calles, el gas y agua potable que han llegado a todos los hogares en una red de cañería, y ahora el empedrado de sus principales avenidas".
Para entonces, los Ovalle habían adquirido también la propiedad conocida como Quinta de Echazarreta, cuyo primer poseedor fue don Francisco de Echazarreta y a la que se adicionaron otras chacras, posteriormente. Fue conocida en el pasado por sus enormes y viejísimos olivos. Esta adición le permitió a la sociedad seguir extendiendo su proyecto de lotes en arriendo más hacia el Norte del cuadrante original de la población con su apellido, surgiendo así la Población Echazarreta.
De esa manera, en su apogeo, la Población El Arenal u Ovalle llegó hasta el Camino de Cintura, coincidente con la línea vial de las actuales calles Santos Dumond y Gamero. Todo lo que hoy es la comuna de Independencia debe mucho a aquel período de urbanización y trazado de calles, por consiguiente. Y Don Matías Ovalle incluso llegó a ser miembro de la Junta de Lazaretos, comité que, en 1872, realizó importantes labores luchando contra la peste de viruela que afectó al país. Además, uno de los médicos que destacó en esa cruzada y especialmente en las vacunaciones y campamentos de atención de enfermos en estas mismas poblaciones chimberas, fue don Augusto Orrego Luco, a la sazón aún estudiante, que fuera premiado por tales servicios. Su vida quedó ligada al lugar, continuando con generosas atenciones médicas y psiquiátricas que daba gratuitamente a los más desvalidos por La Chimba, ganándose el apodo del Brujo de la Cañadilla por sus talentos.
Sólo después de la Canalización del Río Mapocho, entre 1888 y 1891, el bastión antes inexpugnable de los Ovalle en La Chimba, comenzó a decaer y a sentir el peso de las autoridades sobre el rentable negocio, dando paso a una nueva época de la que quedaron, sin embargo, algunos vestigios y topónimos anteriores, mas no la miseria penosa que lo caracterizó antes.
Con la muerte del socio principal, don Matías Ovalle en 1899, la firma comenzó a retroceder y dejar su actividad lucrativa en aquellos terrenos, además. A pesar de todo, las clases populares del lugar mantuvieron un sentimiento de bastante gratitud hacia ambos hermanos, colocándose sus nombres a las dos calles al poniente inmediato de Vivaceta, hoy denominadas de otra forma.
Todavía en el cambio de siglo, sin embargo, continuaban en Santiago esta clase de negocios de subarrendamiento a clases populares, como comenta De Ramón:
"En el año 1900 se cobraba un alquiler de veinte centavos al mes por vara cuadrada, no quedando el propietario obligado a nada, puesto que el simple atraso del inquilino habilitaba al mayordomo o administrador para expulsarlo de estas poblaciones y para embargar lo poco que el deudor tenía para hacerse pago de su deuda".
La decisión del Monasterio del Carmen de desprenderse de estos terrenos pasado el Primer Centenario, dando origen a los varios proyectos de edificios públicos, cités y residencias, especialmente en la década del veinte, terminó de hacer desaparecer los restos de las primeras poblaciones que allí existieron. Una nueva y digna generación de residencias que ya son antiguas, había comenzado a tomar posesión de aquellos barrios entre las entradas de las avenidas Vivaceta e Independencia, como el magnífico Conjunto Picarte que, con sus rasgos de cité, engalana la manzana de las calles Picarte, Prieto, Maruri y Lastra, en el corazón de lo que había sido la antigua Población El Arenal.
La mejor urbanización fue seguida de la construcción del gran complejo del Instituto de Higiene casi en la boca de esta última avenida, edificios que hoy pertenecen a la Policía de Investigaciones de Chile, donde se instalará también un museo institucional, en el principal de ellos. De "El Arenal" y todas esas viejas posadas, locales de fiestas, conventillos y hasta gimnasios de boxeo que existieron sobre los restos de las antiguas ramadas de calle Maruri y alrededores, en tanto, ha sobrevivido sólo una memoria frágil y a veces vaga, ya más cercana a la sombra del olvido que a la luz del recuerdo.
A la construcción del Instituto de Higiene y sus varios pabellones en calle Borgoño, se suma el templo del Niño Jesús de Praga cruzando esta misma calle, en 1909, en un terreno que había quedado en la propiedad eclesiástica; por Independencia, el hermoso conjunto residencial Capitol en 1927; y, en Maruri, el muy art decó edificio del Policlínico de la Caja del Seguro Obrero, construido en 1939 y correspondiente al actual Centro de Salud Norte, en ese cruce de calles donde antaño dominaba la fiesta doña Peta Basaure.
Y en calle López de Alcázar 456, casi a un lado del Convento de la Verónica, El sacerdote y futuro santo Alberto Hurtado, colocó la primera casa de acogida de niños en situación callejera hacia inicios de los años cuarenta, hogar que alcanzó a ser conocido y descrito por el escritor social Alfredo Gómez Morel, uno de los adolescentes pelusas que habitaban el Mapocho por entonces. Este experimento, en un inmueble ya desaparecido, fue un antecedente directo de la creación del Hogar de Cristo, al parecer inspirado tanto en las labores del benefactor don Polidoro Yáñez Andrade en el mismo río, como en las propias monjas verónicas y sus labores de caridad, cuyo antiguo convento desapareció de allí hace pocos años, reemplazado ahora por edificios residenciales.
Aquella fue la urbanización y modernización que siguió con energía al cambio de siglo, marcando el final de la Población Ovalle original, con sus buenos y malos recuerdos para la historia urbana y social de la ciudad de Santiago.
En la próxima entrada, abordaré algo sobre una plaza que sobrevivió de aquellos barrios de la actual comuna de Independencia, a Plaza de los Moteros o Matías Ovalle, y su heredera la Plaza El Trébol en Vivaceta.
Residencias alrededor de la Plaza El Trébol, esquina Lastra con Quintana.
Fábrica de pequenes y panadería, en calle López esquina Pinto.
Fachadas de calle Quintana, entre Pinto y Rivera.
Fachadas de Barnechea, entre Pinto y Rivera.
Esquina de Barnechea con Lastra.
Este perrito comunitario también encontró espacio para vivir en el barrio actual, en Quintana llegando a Pinto.

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