sábado, 1 de diciembre de 2018

SE NOS VA "LA HIGUERA" DE MAIPÚ: OTRA CRÓNICA PARA EL PANEGÍRICO DE SANTIAGO

La entrada al local, poco después del Bicentenario.
Coordenadas: 33°30'32.98"S 70°45'30.69"W
Tendré que concluir esta larga temporada de publicaciones desde mi Santiago querido y antes de iniciar nuevos periplos de viajes, con una entrada que nunca hubiese querido existiera en este blog: sobre el cierre ya inminente e irremediable del bar y restaurante "La Higuera", una de las últimas y auténticas picadas tradicionales que quedan en la capital chilena.
Ya me había referido a "La Higuera" años atrás, a propósito del ciclo de guías con buenos tragos terremotos de la ciudad. Nada hacía avizorar, por entonces, que el quizá más folklórico y criollo boliche de Maipú, que aún conservaba sus aires de vieja cantina pueblerina y quinta de recreo, iba a desaparecer víctima de los mismos cambios de paisaje urbano y desarrollo que no hace mucho se llevaron también al antiguo inmueble de la casa funeraria "La Univer", no muy lejos de aquí, víctima de las adaptaciones forzadas de la ciudad para la calamidad del Transantiago.
El histórico centro culinario y recreativo de calle Chacabuco 84, cerca del cruce con Monumento en el sector central de Maipú y a pasos de la Plaza de Armas, de la Municipalidad y del Templo Votivo, se empinaba ya por los 66 años de existencia, abriendo todos los días de la semana y hasta horas de la madrugada cuando hay ambiente. Por eso aparece mencionado, por ejemplo, en el libro "Brochazos de un maipucino antiguo", de Guido Silva Valenzuela.
"La Higuera" nació en 1942, como un negocito de los antiguos que hubo en Maipú, cuando su conexión con el resto de Santiago era por el casi rural Camino de los Pajaritos, hoy avenida, además de las vías férreas más al Sur. Su fundador fue don José Castro, aunque con ayuda de su amada esposa Luisa, la recordada doña Luchita. Ambos están retratados en una imagen conmemorativa dentro del local, en los muros del sector techado al fondo, y en una ilustración en el sector de enfrente, en los comedores.
El local en la actualidad, viviendo sus último par de meses.
Acceso principal, con el alero, y a la cantina, con las puertas articuladas.
Retrato a lápiz de doña Luchita y don José, los fundadores.
La higuera que queda en el local, está al fondo del terreno.
El célebre y solicitado trago terremoto de "La Higuera", favorito de muchos de sus habituales clientes.
La familia adaptó parte de su propiedad para los comensales y siguió residiendo en el inmueble vecino. Así, con el tiempo, "La Higuera" se convirtió en el favorito de algunos trabajadores del sector y de los asistentes a la medialuna, en el actual patinódromo y anfiteatro junto a la plaza. Era un lugar indispensable durante períodos como las Fiestas Patrias y los aniversarios de la Batalla de Maipú, celebrándose acá con gran intensidad.
Mientras tanto, la urbanización de la comuna crecía vertiginosamente alrededor del clásico local, aunque aún era inofensiva y sin ponerlo en peligro.
El nombre del boliche se debía, según cuentan, a un gran árbol de higos que habría existido en el lugar, afuera junto a la vereda, aunque aún queda una higuera más pequeña al fondo del recinto. Después, sus patios serían sombreados por un gran parrón que también está por desaparecer aplastado por los escombros. Luce sus vigas de madera dobladas por el peso de las ramas que aún sostienen sobre una larga mesa. En la época de las uvas maduras, muchos parroquianos pellizcaban o cortaban voluminosos racimos, con tácita autorización de la casa.
El complejo, con varios espacios interiores y exteriores, con murales de paisajes (con la firma de un pintor Vivanco), se enfatizó en lo que podríamos definir como área de restaurante y área de cantina, más pequeña. Con capacidad para unas 150 a 200 personas, en las mesas de sus comedores serían celebrados sus perniles, arrollados huasos, parrilladas, chunchules, pescados fritos, longanizas, lomos a lo pobre, carne a la cacerola, pollo al champiñón, pollo al cognac, costillares, chuletas al jugo, prietas, empanadas, pichangas, churrascos en marraqueta, chacareros y torres de papas fritas.
Para humectar el güergüero en la sala ubicada más al frente y al costado del comedor y pasillo, están sus terremotos, chichas, chichones, cervezas, borgoñas de frutilla, pipeños y arreglados de chirimoya, además de los aperitivos más fifís. A esta sala de la cantina, además, se entra por un acceso lateral con esas típicas puertas  de los saloons: pequeñas y de dos hojas articuladas en ambos sentidos, reconocibles por los filmes y recreaciones del Lejano Oeste.
Comedores del sector delantero, hacia calle Chacabuco.
 Comedores del sector abierto, patio bajo el gran parrón.
Una de las salas laterales en el patio del parrón.
Sala con mesas al fondo, atrás del patio de la parra.
Arrollados huasos con mucho ají, en el mostrador de la salita que da a la cocina entre las salas y el patio.
Como era inevitable, además, el restaurante se volvería también un lugar para música y folklore, con presentaciones de grupos de cueca y encuentros de los devotos del movimiento "guachaca", especialmente en período de fiestas patrióticas. Y en el patio de la parra suele tocar establemente don Jorge Valderrama, versátil músico guitarrista, tecladista y cantante. Empero, en esta última visita lo vimos discutiendo con un odioso cliente que, pasado de copas, insistía en que cantase algún tema de "Los Charros de Lumaco", grupo de rancheras que no es precisamente del gusto ni del repertorio de don Luis.
Cuentan por acá también que, durante el período de cierre temporal del también queridísimo local de "El Chancho con Chaleco" (antes de su reapertura), "La Higuera" pasó a ser casi naturalmente el principal centro popular y festivo del casco histórico de la comuna, haciendo más desconcertante y triste la situación en la que actualmente se encuentra, con el reloj de cuenta regresiva ya en rojo.
Informan también que doña Marlencita Castro, única hija de los fundadores, intentó mantener el negocio activo bajo su mando, pero las exigencias llevaron a que pusiera en arriendo el local. Así, la administración del mismo quedó en otras manos: timoneada por don Luis Rossel, quien logró extender por varios años más las tradiciones y el encanto de este pintoresco rincón de un Santiago que ya no existe.
A partir del año 2002, aproximadamente, el boliche pasó al mando de don Miguel Serrano Bravo, el último capitán de "La Higuera" y quien se hundirá hidalgamente con el barco en pocas semanas más. Lo secunda en la caña de mando el administrador, don Enrique Abarca, quien nos hace un pequeño tour introductorio sobre el local y su historia, aunque con más sabor a epílogo.
Una de las reputadas parrillas de "La Higuera".
 Sector de la cantina, con la barra, sus repisas y la puerta doble.
Mesas y clientes en las sombras del parrón.
Otro retrato de los fundadores, en la sala al fondo del patio. Casi un altar de veneración entre los clientes más habituales y antiguos (antes estaba en el comedor interior del frente).
En un reporteo del diario maipucino "La Batalla", del 19 de septiembre de 2014, se entrevista fugazmente a un histórico garzón del local, llamado Ernesto Rossel, quien completó décadas años trabajando en "La Higuera". Según declaraba allí, nada había cambiado en esta picada durante todo el tiempo transcurrido, al igual que en la calle Chacabuco.
A mayor abundamiento, Rossel es sobrino del fallecido administrador anterior, don Luis, y nos confiesa con pena que no alcanzará a cumplir sus 28 años en el local, tras haber llegado a trabajar allí un 11 de mayo de 1991 y convertirse en casi un símbolo viviente del mismo.
El lema corporativo de "La Higuera" estuvo inscrito en las cartas para los clientes: "Nuestra especialidad ha sido por años la comida típica chilena junto a un ambiente familiar". Resume muchas explicaciones para describirlo, sin duda. Y si a ello le sumamos en carácter sumamente local del mismo, gran parte de la identidad de la comuna de Maipú ha estado depositada en estas salas, barras y mesas, por casi siete décadas. Sabemos también que, por estas razones, el restaurante incluso era incorporado a recorridos patrimoniales del centro histórico de Maipú hasta años muy recientes.
Pero la suerte de "La Higuera" quedó decidida el día de la muerte de doña Marlencita. Quizá comprendiendo demandas o inconveniencias que no nos corresponde juzgar, los hijos herederos estimaron que era mejor vender la propiedad y así se anunció el cierre del boliche. El histórico inmueble maipucino fue vendido a la sociedad del Mall Pumay junto con la residencia de la familia, exactamente al lado del mismo, para extender sobre estos terrenos su centro comercial.
Clientes del sector familiar del patio, un padre con su hijo.
 Clientes en el patio. Trabajadores bebiendo unas cervezas.
 Clientes del sector cantina, vistos desde atrás de la barra.
El borgoña de frutilla que llegó a ser tan propio y característico de "La Higuera".
Como "La Higuera" ya tenía a su actual propietario y sólo arrendaba el espacio que allí ocupa, la situación se volvió un hecho consumado para el futuro del bar y restaurante.
Los rumores sobre el cierre cundieron como chismes hasta que, en su edición del 27 noviembre pasado, el periódico "La Voz de Maipú" confirmó la pésima noticia ("RecomiendoMaipú: el adiós a un clásico, tras 85 años La Higuera cierra").
 En efecto, "La Higuera" cerrará sus puertas para siempre en la última semana de enero de 2019, siendo demolida su base histórica al mes siguiente, para dar inicio al proyecto de infraestructuras comerciales derivadas del mall a sus espaldas.
Como era esperable, el ambiente del lugar ahora es casi funerario, en este momento: desde el estacionador de vehículos de afuera, en calle Chacabuco, hasta los comerciantes vecinos, se lamentan de lo que sucederá con "La Higuera". Para qué hablar del ánimo imperante entre su leal público. Probablemente, se prepare o improvise una despedida para este enorme trozo de la historia maipucina que se irá irremediablemente al saco del olvido; a la extinción más cruel y traumática.
La única esperanza de algunos parroquianos del restaurante es que el señor Serrano, que también es dueño de un conocido pub de Maipú, traslade parte del lugar y del espíritu de "La Higuera" hasta dicho establecimiento, pero por ahora todo sigue el malvado camino ya trazado.
Es muy posible que no alcance a estar en la despedida del local, por lo que quise dejar esta entrada subida desde ya, como un recuerdo que se hará necesario. Tal vez esto sea mejor para el ánimo, además: no participar de tan triste pero repetido momento de ocaso en la historia de Santiago.
El jefazo Miguel Serrano y su lugarteniente, el administrador Enrique Abarca.
Don Ernesto Rossel, con sus 27 años de labores en el boliche, casi 28.
Don José Valderrama con los equipos musicales, amenizando en el patio.

2 comentarios:

  1. Es una pena que lugares que tienen muchos años, terminen de esta manera. son muchas historias, encuentros de familias y amigos. espero poder ir a conocerlo antes que cierren, por ultimo se traslade a otra parte. Gracias de nuevo por este relato. Saludos

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  2. Gran historia, una lástima por el cierre de este gran local.

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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