martes, 9 de octubre de 2018

LOS ANTIGUOS CALABOZOS COLONIALES DEL EDIFICIO DE LA MUNICIPALIDAD DE SANTIAGO

Los excalabozos antes de completarse la remodelación. Fuente imagen: "La Tercera".
Coordenadas: 33°26'13.6"S 70°39'01.5"W
Se ha notado quizá que no he viajado mucho en estos meses y que, por lo mismo, he vuelto un poco al espíritu original de este blog, más recopilador y menos nómada. Por la misma razón, he reservado para esta entrada algo más profundo, sobre una historia que tenía pendiente desde hace mucho: los restos de los calabozos coloniales en los subterráneos del Edificio Consistorial de la Plaza de Armas, sede de la Ilustre Municipalidad de Santiago. Forman parte de la declaratoria de Monumento Histórico Nacional de 1976, además, por abarcar ésta a todo el inmueble.
Pocos conocidas y muy inadvertidas por el público, estas sencillas galerías de rústico acabado con pasillos abovedados, se distribuyen en 172 metros cuadrados por el subsuelo del edificio, con entrada a un costado del zócalo del mismo, de frente a la plaza en calle Catedral-Monjitas. Corresponden a los espacios en donde estuvo la antigua cárcel colonial de Santiago, lugar de detenciones, penitencias y espera de ejecuciones para los condenados al cadalso, que se encontraba al centro de la plaza.
No es mi aspiración hacer acá un recuento general de la historia de la Cárcel Pública del Santiago Colonial, pero sí se me hace necesario revisar parte de la misma para comprender cómo se llega a estos pasadizos en los sótanos de la Municipalidad de Santiago y su relación con un sistema penitenciario que comenzó allí para la ciudad, además.
Como se recordará, este espacio perteneció en la Colonia a las sedes del Cabildo y de la Cárcel Pública, esta última con sus pabellones en el nivel inferior. La primera casa de los cabildantes fue construida allí a partir de 1578, sobre los terrenos legados por el ya fallecido Conquistador Pedro de Valdivia, cuya estatua ecuestre se halla hoy justo enfrente, el vértice de la plaza.
No necesitaba ser muy espaciosa la capacidad de la primitiva cárcel: según había informado el cosmógrafo Juan López de Velasco sólo tres años antes, a la sazón la población de Santiago del Nuevo Extremo era de 375 vecinos, mientras que los escribanos calculaban por entonces sólo 26, más los tratantes y estantes. Varios nombres históricos pasaron por este recinto en aquellos tempranos días de la dominación colonial, sin embargo.
A fines del siglo XVI se inició la construcción de los demás edificios del costado Norte de la Plaza de Armas, siendo concluidos sus portales en 1614. Sin embargo, todavía en 1633 seguía en construcción el edificio del Cabildo por la falta de jornaleros, según las quejas de los regidores y las protestas elevadas al Rey sobre esta materia, pues la mayoría de la mano de obra indígena había emigrado a trabajar en faenas de los campos. De acuerdo a descripciones como la presentada por Armando de Ramón en su "Santiago de Chile", todos estos edificios de aquella línea de cuadra enfrente de la plaza, eran "de corredores y portales con arcos de ladrillo", bajo los cuales estaban los oficios de escribanos y las secretarías de la Audiencia y el Cabildo.
El terrible terremoto del 13 de mayo de 1647 los dejó en el suelo, como prácticamente todo el resto de Santiago. La Cárcel Pública, ocupando el recinto adosado al edificio del Cabildo, también quedó totalmente destruida por el trágico cataclismo. En su "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868", Benjamín Vicuña Mackenna comenta que "de los edificios profanos, esto es, la corrida de arcos que sustentaba en el costado norte de la plaza las Cajas reales, la Audiencia, el Cabildo y la Cárcel, anexa al último, cayó toda entera, cual si hubiera sido un solo muro". El valioso archivo del Cabildo se salvó, en aquella oportunidad, porque no estaban en el edificio, sino en la casa del señor Manuel de Toro Mazote, entonces escribano.
Sin embargo, a pesar del derrumbe, se recuerda que era tal el caos y el pánico en que quedó sumida toda la ciudad con el apocalíptico desastre, que ninguno de los 20 prisioneros que ocupaban el recinto carcelario se atrevió a salir de las ruinas, sintiendo más seguridad cobijados entre aquellos restos polvorientos que en el peligro exterior, aquella terrorífica noche. Al rato, se dejó en libertad a los de fianzas más bajas, pero los considerados peligrosos fueron inmovilizados en el cepo.
Largo tiempo demoró la sociedad colonial en volver a levantar allí una sede para el Cabildo y la Cárcel. En 1659, el Maestro Mayor de Carpintería, don Francisco Mexia, con la ayuda de Manuel Ruiz y Pedro Rodríguez, se hicieron cargo de construir el nuevo edificio, uno de adobe y dos niveles, para volver a recibir ambas instituciones. También se establecieron algunas tiendas comerciales, hacia el lado del llamado callejón de la Cárcel en la actual 21 de Mayo.
Los trabajos continuaron en los años venideros. Verifica De Ramón en la escritura celebrada ante don Jerónimo de Ugas, el 5 de diciembre de 1678, que el Cabildo compromete entonces al General Manuel Fernández Romo, que contaba con equipos y personal suficiente para concluir las obras del edificio. Las características que tenía el inmueble y la materialidad están en dicha escritura, y el constructor logró cumplir con la fecha de entrega, en mayo de 1679.
Los edificios del conjunto al Norte de la plaza, es decir, Palacio de Gobierno, Real Audiencia y Cabildo con la Cárcel Pública, eran de balconería de línea y dos pisos, según detalla Gabriel Guarda en "Historia urbana del Reino de Chile". La entrada al presidio quedó por el lado de la actual calle 21 de Mayo, conocida en la Colonia como la Calle de la Nevería o Calle de la Caridad, entre otros nombres, este último porque se habilitó en ella un cementerio para los delincuentes ajusticiados en el sector del inmenso Basural de Santo Domingo, cerca del río.
Un inventario del penal fechado en 1695, constataba la existencia, entre otros artículos propios de la época, de 16 pares de grilletes con sus chavetas y sus llaves, cinco pares de esposas, un cepo y un potro de tormento. Poco después, en 1699, se separaron las secciones de hombres y mujeres. En 1715, se modificó la fachada del edificio del Cabildo y se ampliaron las dependencias penitenciarias femeninas, en un sector correspondiente al patio de servicio del vecino Palacio de la Real Audiencia y Cajas Reales, actual sede del Museo Histórico Nacional.
Sin embargo, la situación del recinto estaba en franca decadencia, para entonces. En 1721, el Cabildo solicitaba por esto que "se fabricase una cárcel muy segura de cal y ladrillo porque la que de presente se tiene es tan fácil de romper que continuamente se experimentan fugas de malhechores". Uno de estos audaces escapes tuvo lugar el 13 de diciembre de ese año, con 17 reos fugados.
Las ejecuciones de aquellos reos siempre fueron un espectáculo morboso pero aleccionador, con períodos en que prácticamente no pasaba semana sin alguna ejecución en Santiago como mínimo. La macabra escena de ver cuerpos de ajusticiados colgando cada mañana en la plaza como ropas de lavandera, enfrente de su casa ubicada del lado oriente de la misma, llevó a doña Juana Caxijal a suplicarle un cambio de residencia a su esposo, Francisco Briand de Morandais, francés al servicio de España llegado a Chile a principios del siglo XVIII. Morandais accedió, trasladándose hasta un inmueble ubicado en donde hoy está la Intendencia de Santiago, dando con ello origen al nombre de la popular calle Morandé.
A causa del mismo asunto de los ejecutados, los perros callejeros ya entonces abundantes en la ciudad comenzaron a añadir otro grave problema, cuando los cadáveres eran apilados en la entrada de la cárcel, quedando expuestos a ser devorados por canes hambrientos, algo facilitado también por el descuido de los guardianes. De este modo, por razones de salubridad y de escrúpulos, se estableció por entonces una prohibición de exponer de tal forma los muertos, como comenta Vicuña Mackenna en "Los médicos de antaño en el Reino de Chile".
Menos ofensivo a las delicadezas humanas fue cuando, en los días del Corregidor Luis Manuel de Zañartu, los beodos caídos en coma etílico por la ciudad a consecuencia de sus excesos, eran recogidos por un extraño servicio conocido como el Carretón de los Borrachos, y dejados tendidos en la entrada del tribunal o de la misma Cárcel para esperar su castigo cuando despertaran. Muchos de ellos acababan arrastrados por el mismo Zañartu hasta la llamada "cadena del puente": trabajos forzados para la construcción del Puente de Cal y Canto, en el río Mapocho.
El devastador terremoto del 8 de julio de 1730 causó grandes daños en el mismo edificio del Cabildo y la Cárcel, quedando en ruinoso estado por varias décadas más, antes de que se tomara la decisión de demoler y reconstruir, otra vez. Y dice Miguel Laborde en su "Santiago, lugares con historia", que "Esta construcción, en la que el Cabildo ocupaba los altos y los calabozos los bajos, fue debilitándose con el tiempo, los terremotos, y con la ayuda paciente de los reos que agujereaban los muros".
Sólo después de otra gran fuga de reos en 1779, agrega el autor, se consumó la demolición del edificio por decisión de las autoridades, que quedaron expuestas al reproche público. En las Actas del Cabildo estudiadas y citadas por Vicuña Mackenna en "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago", se puede observar que, ya en abril de 1780, a propósito de la refacción de la arruinada cárcel que él presidía, el Corregidor Zañartu declaró sin sutilezas que, en lugar de levantar más murallas, era mejor gastar recursos en grilletes para los reos, "porque estos hacen invencibles las cárceles".
La incómoda situación no fue impedimento para que en la Cárcel funcionaran también comedores para los pobres y los abandonados. Cuando el Capitán General de la Gobernación, don Ambrosio O'Higgins, emitió sus "bandos de buen gobierno" del 19 de agosto de 1780, dejó establecido que todos los cerdos que vagaran por las calles de Santiago a causa de la irresponsabilidad de sus dueños, serían recogidos, sacrificados, faenados y usados como alimento dichos comedores.
Lo que hoy vemos en el sótano de la excárcel, entonces, es en realidad el espacio demolido hacia ese mismo año y reconstruido. La construcción del Edificio Consistorial comenzó, así, en noviembre de 1785, siendo una obra ejecutada por un equipo dirigido por don Melchor Jaraquemada. Había participado el arquitecto italiano Joaquín Toesca como proyectista. El nuevo inmueble fue inaugurado el 2 de febrero de 1790.
Lo que hoy se puede observar en el espacio del sótano, son los cimientos de mampostería de piedra con enchape de sillares, con los que Jarquemada fundó todo el zócalo de aquel nuevo edificio, levantando sobre ellos muros soportantes. Las bóvedas del subterráneo sobre de albañilería de ladrillo, también montada sobre los señalados sillares. Por los cambios de alturas, sus galerías quedarían en niveles levemente más bajos que el de la calle y el actual primer piso del complejo.
Llegó la lucha por la Independencia de Chile y, hacia 1811, por encargo de la la Junta de Gobierno al arquitecto Juan José Goycolea, alumno y asistente de Toesca, fue intervenido el edificio con grandes remodelaciones. Sólo la fachada se mantuvo casi totalmente original en aquella ocasión, pues gran parte se modificó en diferentes grados, incluido el primer piso que había pertenecido a la Cárcel.
Describiendo el Santiago de 1814 en sus "Recuerdos del pasado", Vicente Pérez Rosales se refiere al aspecto de la Cárcel de la Plaza de Armas, señalando que "a la usanza de todos los pueblos de origen español, ostentaba su adusta reja de fierro y las puercas manos de los reos que, asidos a ella, daban audiencia a sus cuotidianos visitantes". Agrega que aún era corriente "ver todas las mañanas, tendidos, al lado de afuera de la arquería de este triste edificio, uno o dos cadáveres ensangrentados, allí expuestos por la policía para que fuesen reconocidos por sus respectivos deudos".
René León Echaíz, en su "Historia de Santiago", comenta que hacia 1840 y por varias décadas más, la Municipalidad funcionaba en un espacio junto a la Cárcel, "en un desmedrado cañón de piezas anexo a ella", tomando por referencia los reclamos y términos usados por Vicuña Mackenna al momento de asumir la Intendencia de Santiago. De hecho, el intendente aseguraba también que el Cabildo era, en la práctica, sólo un anexo del penal, porque "La Cárcel es todo, la Municipalidad dos salas".
Documentos del Ministerio de Justicia en el Archivo Nacional, revisados por Marco Antonio León en "Encierro y corrección: la configuración de un sistema de prisiones en Chile. 1800-1911", señalan que en julio de 1869, aún se utilizaban en la Cárcel Pública métodos de tormento, como el cepo de campaña, en donde los reos eran inmovilizados "sobre un madero que está como a media vara de altura sobre el suelo y sucede con frecuencia que los penados caen, ya para adelante, ya para atrás, causándose con el golpe grave daño", según dicen las notas del archivo.
Ya en 1872, Recaredo Santos Tornero describe a la Cárcel Pública en su "Chile ilustrado" como un "edificio bastante regular, con capacidad en la actualidad, para 150 presos, susceptible de mejora y de obtener un ensanche para más de 200 detenidos". Pertenecía por entonces al Estado y no a la Intendencia, y la referencia del autor puede ser a un proyecto o interés que, efectivamente, haya existido para mejorarla por entonces.
Sin embargo, no era tan buena opinión del Intendente Vicuña Mackenna, quien encontraba miserable e inhumano el estado de las instalaciones, en su memoria "Un año en la Intendencia de Santiago" de 1873. Dice allí en forma categórica:
"Mientras la cárcel de la capital permanezca en el puesto de honor (y hoy de ignominia) que le asignaron los fundadores de la última, no ha de ser sino un miserable redil humano desde la lúgubre reja que abre sobre sus portales hasta las galeras o encierros de cal y ladrillo de su último patio. Fue construido este edificio hace cerca de un siglo para 30 o 40 reos, y ahora yace allí aglomerado, en una lastimosa confusión de clases, delitos y edades, seis veces ese número. Por esto hemos dicho ya que la medida más urgente que debe acoger el municipio en material de instalaciones es la mudanza de esa prisión-jaula a la cárcel de detención preventiva que ha de construirse en San Pablo.
Sin embargo, tal cual se halla, algo se ha mejorado el régimen de ese establecimiento. Fue preciso separar al alcaide que allí encontramos no por faltas de consecuencia, sino porque su excesiva condescendencia, tal vez por efecto de una mal entendida bondad, relajaba los resortes de los demás servicios".
Continúa informando que se había suprimido "por inútil y mal servido el destino de escribiente", pero que se agregó este empleo al cuartel de policía en la oficina de estadística especial de la Cárcel, anotando nombre del delincuente, el de sus padres, edad, filiaciones, lugar de nacimiento, delito, condena, absolución, juez de la causa, etc.
El alguacil mayor del penal era entonces el regidor Salinas, quien había realizado otras mejoras al recinto como el asfalto de varias salas, refacciones en el baño de los presos y vigilancia de una buena alimentación de los mismos.
"Sobre este último punto -agregaba Vicuña Mackenna- la Intendencia ha establecido una regla general que no puede menos de cortar todos los viejos abusos. Cuando la provisión diaria de pan es de mala calidad, se rechaza y se incorpora el equivalente en la panadería más inmediata y por la cuenta del contratista".
Era claro que el servicio de la pequeña cárcel iba quedando obsoleto y que sus galerías ya no aportaban mucho las cargas del subdesarrollado sistema penitenciario. Por esta razón, las necesidades para la reclusión y alojo de presidiarios serían descargadas en el Presidio Urbano de calle San Pablo, y luego en la Cárcel Pública de Santiago, ubicada a poca distancia de la anterior y que se construiría ya en los tiempos del Presidente José Manuel Balmaceda.
Posteriores remodelaciones del recinto se realizaron entre 1881 y 1883, en plena Guerra del Pacífico, dado el comentado mal estado en que se encontraba, con los techos en ruinas. Empero, la Cárcel había comenzado ya a ser desalojada de este lugar en 1878, aproximadamente. Sólo quedarían de ella las galerías del subsuelo y una leyenda contemporánea que habla de supuestos hechos paranormales que estarían relacionados con su pasado (luces que se prenden solas, sustos a algunos guardias, etc.) en el ala oriente del actual Museo Histórico Nacional, vecino las dependencias de los calabozos pero que, antaño, formaron parte del mismo recinto penal.
Aún están a la vista elementos originales de las antiguas galerías del siglo XIX, entonces: en los muros están mantenidos los basamentos y sillerías de piedra canteada. Son los mismos que ya existían en 1895, cuando fue traspasado el uso completo del edificio a la Ilustre Municipalidad de Santiago.
Las galerías del sótano fueron usadas en distintos períodos para diferentes funciones, deteriorándose y envejeciendo. Entiendo que alguna vez se convirtieron sólo en bodegas frías y húmedas, ajenas al acceso público, pero en las últimas décadas se habilitaron oficinas en ellas. El terremoto del 3 de marzo de 1985 causó grandes daños al edificio, por dentro y por fuera, obligando a realizar nuevas reparaciones que cambiaron algunos detalles de su aspecto histórico.
Fue durante la administración del alcalde Pablo Zalaquett, después del terremoto del 27 de febrero de 2010, que se decidió convertir este espacio en un área disponible al público, acogiendo en él la Oficina de Turismo Plaza de Armas, de la Municipalidad de Santiago, habilitada en mayo de ese mismo año, hasta donde se dirigen cada día los muchísimos turistas que visitan el casco fundacional de la ciudad capital chilena, calculados en más de un millón cada año. La remodelación del lugar, la iluminación y su adaptación al nuevo servicio, se hizo con el grupo de arquitectura Oxígeno, con el proyecto al mando del arquitecto Rodrigo Stierling.
El sótano también ha sido lugar de exposiciones patrimoniales, una tienda de artesanía tradicional y un café. Hay quienes han sumado su caso al de los legendarios sitios secretos que se creen existentes bajo los pies de los santiaguinos, partiendo por el mítico Subterráneo de los Jesuitas. En sus salas se ha realizado, por ejemplo, la exposición fotográfica "La Belle Epoque de Santiago Sur Poniente", con imágenes del fotógrafo Marcos Mendizábal, y la muestra de ediciones comparadas pasado/presente del proyecto "Chile Nostálgico", de Fabián Rodríguez Galleguillos, además de otras exhibiciones de arte.

3 comentarios:

  1. Excelente e importante texto. Como siempre urbatorium enseñándonos sobre la historia de nuestro país. Saludos.

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  2. Gracias por compartir esta parte de la historia que ignoraba. Saludos

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  3. Muy buen material, se agradece, así podemos conocer más de nuestra querida ciudad.

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