viernes, 26 de octubre de 2018

EL CABARET ZEPPELIN: EL LARGO VUELO DE UN DIRIGIBLE QUE NUNCA SALIÓ DE TIERRA

Publicidad del Zeppelin para sus eventos de Año Nuevo de 1956.
Coordenadas: 33°26'01.3"S 70°39'11.8"W (antigua ubicación)
El llamado "barrio chino" de calle Bandera, con su corazón bohemio y nocherniego en la cuadra del 800, alguna vez fue iluminado por clubes, dancings y restaurantes con orquestas de amanecida. Ya hemos hablado en este blog de aquel intenso trajín que incluyó legendarios locales como el Teutonia, el Hércules, La Antoñana, El Patio Criollo, El Jote, El Far West, La Estrella de Chile, El Ciclista, el American Bar, El Valparaíso y tantos otros ya desaparecidos.
Entre ellos, el cabaret Zeppelin fue uno de los primeros establecimientos en instalarse y fue también uno de los últimos en partir, dejando una huella que le agradecerá por la eternidad misma esta ciudad al empresario de diversiones y espectáculos Humberto Tobar. Ubicado en Bandera 856 junto al ex Hotel Bandera y casi enfrente de la calle Aillavilú, el cabaret fue el precursor de este género de negocios en Santiago, popularizado especialmente en las noches de los años cuarenta a cincuenta.
El Zeppelin tenía un fuerte brillo propio, con sus seductores lemas promocionales como "donde la noche es corta" y "Un paraíso bajo las estrellas". Fue, esencialmente, un restaurante de día y un cabaret con bailables de noche, que aspiró al buen pelo social y pasó a la historia como el antecesor de los establecimientos tipo night clubs y cafés topless que aparecerán en la ciudad de entonces. Puede haber sido, inclusive, el más importante de todos los clubes y restaurantes populares de Santiago, en su mejor tiempo.
El Zeppe, como le llamaban muchos de sus comensales, había sido fundado en 1926 por don Carlos Simón, el mismo dueño del restaurante La Marina, que también fue un atractivo para escritores e intelectuales en su momento. El nombre se debía a la tecnología de vuelos en dirigibles, aparatos que estaba en su apogeo en aquellos años. Según el peruano Luis Alberto Sánchez, que parece haberlo conocido bastante bien, este zeppelín de tierra fue concebido "para gente de bronce y marfil".
Además de una buena oferta gastronómica y de bar, el boliche tenía presentaciones en vivo a las que asistían escritores y artistas de renombre, visitado una vez incluso por el maestro Claudio Arrau, quien tocó un jazz espontáneamente en el piano acompañado de músicos locales, tras bajar del escenario la espectacular orquesta de Porfirio Díaz. Mario Oteíza también tocó allí la batería de los bailables, y el maestro Manuel Contardo; animó Nino Malerba; y la cantante argentina Sara Pradas, más conocida como Lily Arce, inició parte de su carrera profesional bajo estas luces coloridas del Zeppelin.
Funcionarios de la Intendencia de Santiago fiscalizando los cabarets de Bandera, donde constataron "que esos recintos son frecuentados por individuos indeseables", según el pie de esta fotografía publicada por la revista "En Viaje" de 1940. Por las descripciones que se han hecho del interior del cabaret "Zeppelin", sospechamos que podría tratarse de su local.
Publicidad para el cabaret y club "Zeppelin" en la revista "En Viaje" de FF.CC. del Estado, octubre de 1943, Santiago, Chile.
Algunas escenas del filme chileno de Raúl Ruiz, "Tres Tristes Tigres", fueron rodadas en el cabaret Zeppelin en 1968. Fuente imagen: Vostokproject.com.
Otro infortunado artista de la casa zeppelinera fue el trágicamente fallecido cantante Jorge Abril, caído a sólTambién hacía presentaciones en el local la Orquesta Típica De Franco, en noches donde destacaba el cantante, músico y posterior director viñamarino Luis Armando Bonasco, famoso en los años cuarenta por interpretar canciones argentinas, pero que falleciera en 1956 hallándose en la pobreza cercana al abandono total, asistido sólo por campañas de sus colegas, como fue un espectáculo a beneficio realizado durante el año anterior en el Teatro Cariola. Enrique Lafourcade alcanzó a verlo cantando tangos con la Orquesta De Franco, según comenta en "Hoy está solo mi corazón".
o una cuadra de allí, bajo las ruedas del tranvía. Es recordado por hacer popular la canción "En Mejillones yo tuve un amor" de Gamelín Guerra Seura, el mismo hoy convertido casi un santo popular en la localidad aludida en su canción, en su región natal.
Muchas otras figuras pasaron por este local, que se presentaba orgullosamente en su publicidad como "mid night club", con un enunciado seductor, en 1943: "El centro de reunión nocturna más simpático de la capital. Dos regias orquestas dirigidas por el maestro Juan Parra. Regias variedades internacionales".
Sus salas fueron decoradas con estilizaciones de figuras humanas por el artista Diego Muñoz, adicto a las excursiones nocheras en esta misma calle, dejando sus huellas pictóricas también en el Hércules y el Teutonia. Muñoz había conseguido estos trabajos gracias al mismísimo Pablo Neruda, cliente frecuente de estos clubes en aquellos primeros años, quien lo presentó ante los propietarios como un afamado pintor ecuatoriano, cuando en realidad recién comenzaba a hacerse un currículum en las bellas artes y se encontraba en situación menesterosa por el ambiente político dominante durante el primer gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, como reconocería el artista en la obra "La bohemia nerudiana".
Muñoz trabajó en el Zeppe casi como un Miguel Ángel sobre los andamios de la Capilla Sixtina, siendo visitado frecuentemente allí por sus amigos durante estas labores. Hacía poco que el local había sido inaugurado, por cierto. Una de esas noches, llegó hasta el lugar el crítico de arte argentino Herzel del Solar, conociendo su trabajo in situ. El pintor cobró $10.000 por su mural, aunque sólo la mitad la recibió en efectivo, pues el resto se le pagó con crédito por cerveza que, por entonces, costaba $1 la botella, pero sólo 25 centavos para Diego, por gentileza de la casa. Según Luis Enrique Délano en "Memorias. Aprendiz de escritor / Sobre todo Madrid", estas decoraciones cubistas las hizo asistido por otros dos de los insomnes hospedados del "barrio chino": Fenelón Arce y Gerardo Moraga Bustamante, miembros del grupo poético y artístico Ariel.
El negocio conseguía ganarse un lugar de relevancia y reconocimiento en las páginas culturales de Santiago, reuniendo una variada clientela, desde la fauna mansa a la más chúcara y que, según Oreste Plath en "El Santiago que se fue", incluía "personajes encopetados, obreros, funcionarios, escritores, pintores, cantantes, vagabundos acunados por algunas horas sin distingo de clases sociales". Dicen que cerraba a las altas horas de la madrugada, ya cerca del amanecer, y que más de alguna noche se pasó de largo para continuar otra vez con su servicio de restaurante mientras alumbrara el sol.
Los rufianes también aparecían a menudo por aquí, como legendario Cabro Eulalio de reinado en Plaza Almagro, donde dicen que lo alcanzaría también el karma; y el Nimbo, otro cafiche malacatoso e impredecible de barrio San Diego y 10 de Julio, contemporáneo a estos episodios, mencionado por Armando Méndez Carrasco en "Chicago Chico".
Muestras de publicidad del cabaret en 1954.
No cabe duda de que este lugar tenía cierta comodidad y encanto dentro de toda la oferta culinaria alrededor de la Estación Mapocho, a juzgar por lo que de él han escrito autores como Juan Luis Espejo, quien lo menciona en uno de sus cuentos de "Relatos del Santiago de entonces", describiéndolo como un punto de encuentro y de comidas alegradas accidentalmente por la visita de unos clientes disfrazados de arlequines, en medio de las comparsas de la Fiesta de la Primavera, festivales juveniles y universitarios que también alcanzaban anualmente a las calles de este barrio con colorinches presentaciones, procesiones y desfiles alegóricos.
Cuando el cabaret había pasado ya a manos de Tobar, éste le reforzó el carácter de centro de espectáculos ya entrando por tabla rasa a su mejor época, la más celebrada del mismo entre quienes lo conocieron. El casi mítico Negro es considerado, en muchas formas, como el impulsor de lo que reconocemos hoy como la bohemia "moderna" santiaguina. Según fuentes como el "Diccionario Biográfico Periodístico" de 1962, habría sido socio de esta aventura el famoso empresario de espectáculos Enrique Venturino, el fundador de la Compañía Cóndor  del género revisteril, de la liga de Cachacascán y propietario del Teatro Caupolicán.
Según Plath, Tobar le entregó al boliche "la animación que sabía darle el empresario a los negocios de este tipo", quedando para siempre ligado a su historia, a la vida festiva de calle Bandera y, por lo tanto, a la explosión bohemia de la ciudad. A los amigos de la casa, el querido y respetado personaje les hacía descuentos recordados como "fabulosos", según Renato González Moraga, el inmortal periodista deportivo Mister Huifa.
Por su parte, el cronosta de espectáculos Osvaldo Muñoz Romera, el célebre Rakatán, sufría recordando en su "¡Buenas noches, Santiago! medio siglo del espectáculo nocturno capitalino":
"Visitar el Zeppelin era llenar el alma de recuerdos y nostalgias. Parece que de repente nos iba a salir al encuentro el rostro sonriente del Negro Tobar con su facha arrogante bueno para el garabato a la chilena y con su habitual gesto amistoso".
No es sólo caja bombones para adulación, entonces, dar por hecho que el Negro Tobar fue uno de los comerciantes que configuraron la personalidad de la gran bohemia chilena. También había sido propietario del club La Cabaña de la misma calle, en la cuadra del 700, pero definitivamente fue con el Zeppelin y después con sus Tap Room, que inscribe su potente blasón en la vida del Santiago con luz artificial.
Durante esta misma etapa, aparecía con frecuencia por el Zeppe el mencionado periodista Mister Huifa, muchas veces de trasnochada, escribiendo desde sus recuerdos algunos sabrosos episodios en él. Confiesa por ejemplo que, hacia 1930, él y sus colegas pasaban al cabaret en horas de la madrugada, donde les servían "una cerveza por sesenta cobres" y terminaban haciéndose amigos de todas las chicas que trabajaban como copetineras dentro del establecimiento, como recuerda en "Las memorias de Mister Huifa":
"Nada igual que el Zeppelin del Negro Tobar con sus copetineras amitas. La Luchadora, La Voluntad del Muerto, La Dama Antigua, La Camiona, La Parralina, La Leona, La Guagua, La Chela de Pino, tiempos de la orquesta de Bonasco, de Camiletti. A ver, toquen una clásica y siempre ‘En un Mercado Persa’. Tiempos del Negro Sánchez, del Negro Brisset, del Cabro Eulalio, de tantos amigos que se fueron. Y era lindo ver a Fernandito bailando tango con la misma elegancia con que peleaba en el ring".
Los imperdibles artistas e intelectuales noctámbulos como Neruda, Juan Florit, Isaías Cabezón, Raúl Morales Álvarez, Homero Arce, Lalo Paschin, Julio Ortiz de Zárate, Tomás Lago, Alberto Rojas Jiménez y dicen que también Pablo de Rokha, figuraron entre los visitantes habituales de este cabaret y su barra. Gremios completos, como los periodistas, los reporteros gráficos y los caricaturistas de revistas, tenían mesas escogidas dentro del famoso y a veces controvertido sitio.
Y su historia no la escribió sólo la reputación de la clientela o los artistas: uno de los más famosos garzones del Zeppe fue don Miguel Fuentes, con destacada trayectoria en el mundo de la atención en restaurantes históricos de Santiago como el Hotel Carrera, El Rosedal de Gran Avenida, el Lucerna, La Quintrala y el Tap Room Ritz, entre muchos otros. La portería fue resguardada durante muchos años por el Negro Manuel Moreno, quien tenía también la complicada responsabilidad de echar afuera a los borrachos odiosos, uno de los oficios más necesarios hasta hoy en Santiago, por desgracia.
Vista del local que había pertenecido al Zeppelin, hacia 2014, ocupado ya por una comercial importadora y exportadora. El restaurante de día y cabaret de noche se ubicaba al lado de otros establecimientos como La Estrella de Chile y El Hércules. El edificio del costado izquierdo es el ex Hotel Bandera, en cuyos bajos, donde está la entrada en arco al lado del ex local del Zeppelin, existió alguna vez la reputada sombrerería Olguín-Dinamarca, hoy ocupada por un night club. Fuente imagen: Google Street View.
Vista actual de la cuadra de calle Bandera hacia el Norte de todo el sector de locales demolidos, entre los números 840 a 856. El "Zeppelin" quedaba entre los últimos, al fondo.
La filmación del clásico del cine chileno de Raúl Ruiz y Alejandro Sieveking, "Tres tristes tigres", en 1968, incluyó locaciones en centros bohemios de Bandera, como el Zeppelin, además de otros célebres locales de esos años, como  El Frontón de calle San Pablo y el Santiago Zúñiga cerca de la Plaza de Armas.
Sin embargo, la época dorada del local comenzó a quedar atrás, cayendo poco a poco también la totalidad del "barrio chino" en Mapocho. Tobar vio esta decadencia a tiempo, deshaciéndose del local muy a su pesar. Anciano y ya retirado, atrapado en sus recuerdos y el resabio de las fortunas dilapidadas, murió tras haber estado recluido en el Hogar de la Unión Árabe de Beneficencia, en el Callejón Lo Ovalle de San Miguel, donde fue entrevistado por última vez por Rakatán.
En este complejo período, el conocido empresario nocturno José Aravena, conocido como El Padrino, participó de una sociedad que intentó recuperar al Zeppe, pero todo indica que su buen ojo de inversionista falló esta vez y la experiencia resultó negativa para él. A pesar de todo, Aravena fue propietario de un boliche del mismo rubro y el mismo barrio: el Night Club Tabaris, que ocupó el exlocal de Las Torpederas, antigua competencia del Zeppelin. Si bien el Tabaris no fue de tan larga duración, arrebató mucha clientela al Zeppelin.
Entre las últimas manos propietarias del cabaret, se recuerda también que había estado la otrora imponente Ivette D'Arcy, ex vedette del ambiente y ligada antaño a la escena argentina, de complicado y contradictorio carácter según se recuerda de ella. Se describe a su última época como decadente, con presentaciones de vedettes rollizas y ya cercanas al retiro, además de ocasionales artistas de talento muy distante al de los tiempos luminosos de la boite... Cosas bastante peores se contaban de él, de hecho.
Así, ya sin poder resistir al tiempo, ni a los embates de la crisis internacional, ni a los efectos de las restricciones del toque de queda, el Zeppelin comenzó a bajar su vuelo y a dejar sus puertas cada vez más cerradas, hacia las noches de los años 1982 y 1983.
Una de esas ocasiones de contracción para el Zeppelin fue, en definitiva, la última y no abrió más; o mejor dicho, nunca más voló, apagando para siempre su cartel de luces sobre la entrada. En otra extraña ironía del destino, el querido Negro Tobar muy falleció poco después, a inicios de marzo de 1984. Se fueron muy cerca el uno del otro, como dos destinos condenados.
Así, tras otra de las tantas dolorosas agonías del ambiente de los focos de colores y los espectáculos populares, el Zeppelin se acabó para siempre. Y también, como en varios otros casos del antiguo barrio, su local fue convertido en un rotativo de negocios menores: un depósito de ropa usada traída desde el extranjero y, por algunos otros años, un centro de llamados alguna vez clausurado por rigores municipales. Después, fue un establecimiento de ventas de perfumes, con mucha mejor connotación que otros ensayos, pasado el Bicentenario Nacional, para convertirse, finalmente, en una casa importadora y exportadora.
Al final de todo, el local acabó totalmente demolido con gran parte de la misma cuadra, hace sólo tres años, no quedando hoy vestigio siquiera de la historia que allí se tejió ni de las almas en pena que vagan en él: aquellos fantasmas de quienes otrora brindaban con borgoñas, cervezas y colas de mono, en los intensos días de la extinta bohemia clásica de Santiago.

1 comentario:

  1. Honestamente me habría encantado haber visto y dejado registros de aquellas épocas cuando la bohemia de Santiago mostraba todo su auge, incluso su caída, con fotografías, videos y muchas historias para contar y revivir en las nuevas generaciones. Gracias de nuevo por este nuevo relato.

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