domingo, 2 de septiembre de 2018

SELECCIONES DE RAÚL MORALES ÁLVAREZ (PARTE IX): "EL POETA QUE VIENE VOLANDO"

Retrato fotográfico del poeta Alberto Rojas Jiménez. Fuente imagen: escritorjorgearturoflores.wordpress.com.
Este texto es parte de una selección de artículos del periodista chileno Raúl Morales Álvarez (ver el anterior acá: "Mató de cinco martillazos al amigo que lo envenenó con el amor que no muestra el rostro"). Fue uno de los últimos escritos del autor y pertenece a un proyecto de la Agrupación Cultural El Funye (ir al Facebook del grupo), exclusivamente dispuesta para los lectores de este blog. Para más información en nuestro blog sobre el poeta Alberto Rojas Jiménez y su trágica muerte, clic aquí.
¿QUÉ DÍA VA HOY POR EL CALENDARIO? EL 25 DE MAYO, NATURALMENTE. Es la fecha nacional de Argentina. He aquí, sin embargo, que no voy a ocuparme para nada del país vecino.
Me preocupa más un suceder distinto, tatuándome el corazón desde más cerca. El 25 de mayo de 1934 murió en Santiago el poeta Alberto Rojas Jiménez, asesinado por una pulmonía fulminante. Ese fue, al menos, el diagnóstico de los médicos que lo atendieron en la Posta Central de la Asistencia Pública. El 25 de mayo del 34, separado del presente por 59 años de distancia, llovió de modo torrencial en nuestro Santiago de todos los extremos.
El cuerpo de Rojas Jiménez fue recogido en el Parque Forestal, ya en estado agónico, sin chaqueta, sin abrigo y sin sombrero, esto es, sin nada para precaverse de la terrible lluvia que terminó por matarlo casi con cariño, empapándolo primero, para luego hacerlo dormir en su húmedo regazo, botado en un recodo cercano al Bellas Artes, sin que el poeta siquiera pudiese despertar.
Alberto Rojas Jiménez transitó en su último sueño hacia la muerte, sin darse cuenta exacta de lo que le ocurría. No por ello dejan de asquearme quienes lo mataron. El cuerpo de Rojas Jiménez, cubierto de sombríos moretones, era un testimonio elocuente del dramático sucedido.
Neruda y su perro. Archivo Central Andrés Bello, Universidad de Chile.
Retrato de Alberto Rojas Jiménez, hecho por su amigo pintor y camarada de correrías, don Isaías Cabezón.
Eduardo Rodríguez Mazer, Abelardo Bustamante, Homero Arce, Carlos Dallens, Alberto Rojas Jiménez, Pablo Neruda y Renato Monestier, entre otros, en el "Hércules" de la bohemia de calle Bandera. Oreste Plath sugiere que la fecha puede ser 1926, pero otras fuentes la datan como de 1932 (cosa discutible, pues a la sazón Neruda ya ejercía labores diplomáticas en el extranjero). Como sea, salen casi todos con este accesorio en la cabeza, al parecer parodiando algún rito masónico.
El poeta había acudido a un boliche de la Plazuela del Corregidor, donde bebió con áspera sed desesperada el famoso vino caliente, ofrecido como la más predilecta de las especialidades de la casa. Dos o tres jarros después, tal vez cuatro, acaso cinco o los que fuesen -que en el pedir no hay engaño-, con su corazón animado por la tracción alcohólica que corría por las venas, Rojas Jiménez se echó la mano a los bolsillos para pagar su consumo, hallándolos vacíos. Entonces llamó a los mozos y sonrió ante ellos, explicándoles el caso.
"No tengo plata -dijo-. Ando fallo al as de oro y el dinero se me fue en otros sitios y otras cosas. Como abomino de los perros muertos, vendré a pagar lo que debo mañana, o más bien pasado mañana, cualquier día. Puedo hacerles un vale, mientras tanto, y hasta un soneto si lo quieren. ¿Qué les parece la cosa?"
Recibió una feroz respuesta a sus buenas intenciones. Los garzones lo golpearon en patota, despojándolo del abrigo, la chaqueta y el sombrero, dejándolo exánime ante la mirada indiferente de la clientela habitual del expendio, bebedores que cataban con sabia lentitud sus distintos venenos preferidos y mujeres complacientes que se creían cada cual la imagen de Mimí Pinsón, la gabacha que sabía sacar la canción de las botellas en el París de otros tiempos.
"No se preocupen, señoras y señores -les habían dicho los garzones-. Tengan la bondad. Ya estamos por terminar el necesario castigo".
Lo terminaron afuera, en el Parque Forestal, donde Alberto Rojas se durmió en la muerte. Así perdimos al poeta que había despilfarrado su genio en Chile y el extranjero, en París de Francia, en Madrid de España y en tantas otras partes. Por allá andaba Pablo Neruda cuando ocurrió el crimen. Neruda escribió entonces su hermosa elegía a la memoria de su amigo:
Entre plumas que asustan, entre noches
entre magnolias, entre telegramas,
entre el viento del Sur y el Oeste marino,
vienes volando.
Ya nadie o casi nadie se acuerda del poeta. Pero a mí me duele todavía su nostalgia.

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