miércoles, 1 de agosto de 2018

EL RELOJ DE COYA SUR, EN TOCOPILLA: LA TORRE CON EL GRAN TIEMPO DE LA INDUSTRIA SALITRERA EN LA PAMPA ATACAMEÑA

La torre del entonces llamado Reloj Inglés, en la oficina Coya Sur, sobre la pulpería y enfrente de la plaza. Fuente imagen: Rememoranzaspampinas.blogspot.com.
Coordenadas: 22°05'38.4"S 70°12'14.4"W
La esquina de avenida Arturo Prat con Baquedano, en la nortina ciudad de chilena de Tocopilla, lleva tiempo señalada y dominada por la torre de madera del Reloj de Coya Sur o Reloj Inglés, bella y nostálgica reliquia sobreviviente del pasado salitrero de la Región de Antofagasta, situada a un lado de la Escuela Carlos Condell y a pasos de los muelles.
Como pertenece a la misma época y estilo de influencia georgiano-victoriana, aunque con marcados toques arábico-hispánicos en su caso, el Reloj de Coya Sur tiene algunas tenues semejanzas con el de la Plaza Prat de Iquique. Si bien no llega  las proporciones de este último, compensa su falta de mayor altura con detalles de interés arquitectónico notables, como sus balcones, dinteles neoclásicos en el segundo nivel y su cúpula de bulbo cuadrado en la cúspide.
La historia de este particular reloj comienza en la Oficina Salitrera Coya Sur, ubicada unos 70 kilómetros al interior de Tocopilla, al Sur de la oficina y poblado de María Elena y muy cercano también al de Pedro de Valdivia. Dicho campamento minero había sido fundado tras la adquisición de terrenos en 1909 por parte de la compañía Anglo Chilean Nitrate & Railway. Según informa el exhaustivo investigador Damir Galaz-Mandakovic en "Reivindicación del patrimonio tangible de Tocopilla", los loteos se hicieron sobre un terreno denominado entonces Providencia, perteneciente a una de las antiguas concesiones que había otorgado allí el Gobierno de Bolivia (durante la vigencia de los tratados de 1866 y 1874, antes de la Guerra del Pacífico), construyéndose así en ella la llamada Oficina Coya, que quedó concluida en 1912 y se ocupó de la explotación del Salar de Miraje.
Con 500 trabajadores en su puesta en marcha, llegó a producir 72 mil toneladas anuales de salitre. Sin embargo, desde antes de concluidas las obras de construcción de la oficina y sus villas, los propios trabajadores organizaron una rauda colecta pública para comprar, luego de unos dos meses, un reloj con campanario en 1911, traído desde Inglaterra a Valparaíso y desde allí a Tocopilla. Fue instalado en la ciudadela enfrente de la plaza, encima de la principal pulpería del pueblo.
Vista de las instalaciones del campamento salitrero y la torre del reloj, con los colores que tenía en sus últimos años de servicio en la oficina. Fuente imagen: Tocopillaysuhistoria.blogspot.com de Dr. Damir Galaz-Mandakovic (Archivo Coyino Néstor).
Acercamiento a la estructura completa del Reloj de Coya Sur, antes de su traslado a Tocopilla. Fuente imagen: Tocopillaysuhistoria.blogspot.com de Dr. Damir Galaz-Mandakovic (Archivo Coyino Néstor).
Aunque serviría como elemento ornamental y símbolo arquitectónico de la misma, volviéndose punto de referencia y lugar de encuentros, su presencia allí en el campamento se debía a algo bastante funcional: a falta de relojes y alarmas propias, los trabajadores habían organizado esta adquisición para no volver a quedarse dormidos ni llegar atrasados a sus faenas. Esto fue siempre un motivo de orgullo obrero entre los empleados locales del caliche, al haberlo conseguido por sus propios medios y sin favores de patrones.
La hermosa pieza de madera de pino Oregón consta de tres segmentos definidos y montados, con balcones volados de balaustras en los niveles segundo y tercero. En este último se encuentra el reloj Big-Ben, visible en las cuatro caras, rematado por la cúpula de influencia arabesca sin aguja, superior a los 15 metros. Su campanario señalaba con la acústica horas en el día y la noche, llenando de gratos sonidos el pueblo completo y ordenando las vidas de sus residentes.
Cabe comentar que el estilo del reloj, sin embargo, ha creado algunas discrepancias entre algunos investigadores, no estando todos de acuerdo en algunos aspectos sobre el mismo. Tal es el caso del coyino originario  Ramón Contreras, vinculado a la Agrupación de hijos y amigos de Coya Sur. Para él, los elementos hispánicos y arábigos de la torre son demasiado fuertes como para considerar que el diseño del mismo sea esencialmente de origen inglés. Conocemos otras versiones según las cuales el mecanismo del reloj sería el elemento británico principal, mientras que el diseño de la torre tendría influencias o facturas más locales, supuestamente, aunque no podemos aportar más al respecto.
Renombrada como Coya Sur para diferenciarla de la Coya Norte fundada por la Anglo Chilean Consolidated Nitrate Corporation en 1926, actual María Elena, la época de esplendor de la salitrera tuvo una primera caída con la debacle de la industria en la Gran Depresión. Paralizó sus actividades en 1931, y aunque muchos de sus primeros residentes se marcharon para siempre del lugar, la incorporación de tecnologías de evaporación solar para la obtención del salitre le permitió reanudar actividades a menores costos de producción, en 1950. Galaz-Mandakovic informa que llegó a tener 15 habitantes, durante esta segunda y próspera vida, en donde el reloj siguió orientando cronológicamente el día a día de los muchos trabajadores y sus familias.
El Reloj de Coya Sur durante un período en que estuvieron sus maderas de pino Oregón luciéndose en sus colores originales. Fuente imagen: Antofagastaturismo.cl.
La torre del Reloj de Coya Sur ya instalado en Tocopilla, con su aspecto antes de las últimas restauraciones y pinturas. Fuente imagen: "El Mercurio de Antofagasta" (2004).
La oficina se mantuvo activa hasta 1974, cuando volvió a cerrar, y esta vez para siempre. Tiempo había pasado ya desde la época de oro del salitre chileno. Así se fue deteriorando hasta convertirse en otro de los tantos pueblos fantasmas del Norte Grande de Chile, perdiéndose mucho de ella en los años posteriores.
En 1981, y comprendiendo que la torre del reloj estaría condenada si quedaba abandonada solitariamente allá en Coya Sur, la empresa Soquimich (SQM), a cargo del excampamento, donó la pieza la ciudad costera de Tocopilla, siendo desmontada después en sus tres niveles y trasladada desde allí. La decisión coincidía con el desarme del antiguo campamento de Coya Sur, operación iniciada ese mismo año y que se prolongó hasta el siguiente.
La municipalidad Tocopillana destinó una pequeña plazoleta al lado de la escuela para colocar la simbólica reliquia, vanidad del soberbio pasado minero de la provincia. Ya a fines de 1983, los trabajos llamaron la atención de la comunidad tocopillana y comenzó a cundir la expectación en la prensa, por la torre que iba a ser instalada al año siguiente. Algunos de los habitantes del puerto eran, además, exresidentes de Coya Sur o sus descendientes, aunque en honor a la verdad, muchos de ellos no vieron con gusto el desmantelamiento del campamento, ni el traslado de la pieza.
Tras varias gestiones realizadas por el alcalde Casimiro Busanich Budinich para el traslado y la instalación, la torre del reloj fue inaugurada allí el 29 de septiembre de 1984, aunque se debieron realizar algunos cambios para poder montarla, como el reemplazo de la base original por una nueva y más resistente.
Cabe observar que su cercanía a la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora del Carmen, a la desaparecida Aduana, a la Cárcel Boliviana y a la propia Plaza de Armas de Tocopilla, entre otros puntos de interés dentro del radio urbano, puso al reloj rápidamente en el circuito de atracciones turísticas del lugar, hasta nuestros días.
En la misma ocasión de ser entregada la torre a la ciudadanía, se instaló sobre sus maderos una sencilla placa conmemorativa con el siguiente mensaje, que todavía se puede leer en ella:
"Caliche, antiguo y actual, de arisco temple formado en las secretas entrañas de la tierra, quizás qué viento, qué sol, qué rayo incandescente te dio el principio vital que tu alma encierra.
29 de Septiembre de 1984".
Otra placa de factura más resistente y sólida, dice también en el monumento, donde permanece empotrada:
"RELOJ SÍMBOLO MINERO DE LA PAMPA SALITRERA, MARCÓ LA HORA INFINITA EN LA OFICINA COYA SUR.
DONADO A LA CIUDAD POR S.Q.M.
SEPTIEMBRE DE 1984".
Originalmente, al conjunto de la plaza se habían colocado alrededor del reloj cuatro piedras de caliche representando el próspero pasado de la industrial en las vecinas oficinas de Coya Sur, María Elena, Pedro de Valdivia y Francisco Vergara. Sabemos también que han existido intenciones de declararlo Monumento Histórico Nacional, especialmente a inicios del actual siglo, pero nada se ha concretado hasta este momento, por alguna razón que desconocemos.
Lamentablemente, controversias posteriores, maltratos y el propio envejecimiento de la torre han provocado algunas polémicas con respecto a su mantención y a la permanencia de la misma en su segunda ciudad de acogida. La ubicación en un sector tan cercano al aire salino y húmedo de la costa tampoco fue astuta, a juicio de los críticos, pues esto habría contribuido a la paulatina destrucción de sus materiales.
Tampoco han faltado los que reclaman desde que llegó a Tocopilla, que la torre merecía estar más bien en la plaza de María Elena, única de las mencionadas cuatro salitreras del sector que aún sigue activa. Incluso hubo una campaña de la municipalidad de María Elena, dirigida por su alcalde Jorge Godoy Bolvarán, y de algunos medios de prensa, para llevarla hasta allá, generando grandes expectativas entre los habitantes de esa localidad en medio de la pampa desértica. Esto ocurría hacia 2008, pero quizás con miras a lograr su traslado en el centenario del reloj. Ya había sucedido lo mismo antes, con el kiosco o glorieta de la plaza de Coya Sur, que fue traslado hasta María Elena.
Las partículas de salitre que llegan desde las cargas en los muelles fueron adhiriéndose a parte de su estructura en algún momento, según se advirtió. Observa Galaz-Mandakovic que este mismo problema fue lo que facilitó la combustión y destrucción del edificio de la Aduana de Tocopilla en 1990, a sólo una cuadra de distancia, a partir de una chispa. Quizá por esta razón le fue retirada la capa de pintura y quedó por algún tiempo su madera sin revestimiento, más o menos en la misma época que María Elena reclamaba para sí este recuerdo de la epopeya salitrera.
Afortunadamente, se le ha dado mantenimiento al reloj en años posteriores, en especial con motivo del Bicentenario Nacional y el de su propio centenario en 2011. Aunque sus colores no son los originales, también se le otorgaron manos de pintura y mejoramientos a su aspecto gallardo y elegante, allí en la avenida Prat.
Con las restauraciones, se le adicionó también una placa del Consejo Regional de Antofagasta con una síntesis de su historia, en el marco de los preparativos y aportes de la Comisión Bicentenario, recuperando su esplendor y haciendo parecer difícil ya que sea trasladado de la ciudad o que la comunidad tocopillana acceda a tal idea.

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