miércoles, 25 de julio de 2018

TRES GRANDES VENTRÍLOCUOS Y SUS MARIONETAS EN LA HISTORIA DEL ESPECTÁCULO CHILENO (PARTE I): AGUDIEZ Y DON PÁNFILO

Emilio Agudiez y "Don Pánfilo", en fotografía de Alfredo Molina La Hitte tomada entre 1929 y 1935 (Fuente imagen: Exposición DIBAM en Metro Santa Lucía, agosto-septiembre 2011).
El arte titiritero reconoce al menos tres principales formas en que tiene lugar su representación: a través de marionetas movidas por cuerdas, a través de los muñecos manipulados directamente a mano y a través de los grandes disfraces o corpóreos representando al personaje. Hay otras variedades, por cierto, como las figuras de sombra o sombras chinescas, los títeres de guantes, de dedos, los de varilla o javaneses, mecánicos y hasta robóticos, pero los más relacionados con los espectáculos suelen ser los principales mencionados.
En la categoría de los títeres de manipulación manual, se encuentran también los muñecos de ventriloquía, los más relacionados con el mundo de las tablas recreativas y los espectáculos de humor general en las candilejas. Los cultores de este bello y antiguo oficio realizan la vocalización de sus muñecos con una disimulada voz que, en el pasado, se creía proveniente de sus estómagos, y de ahí el nombre de ventrílocuos (del latín ventrilocuus, que significa "hablador por el vientre"), generando así diálogos divertidos con el personaje, para entretención del público.
La evidencia arqueológica sitúa a los más viejos ventrílocuos en el Egipto antiguo, apareciendo mencionados también en la Biblia. Empero, el primero del que se recuerda su nombre fue Eurycles de Atenas. A través de la historia humana, entonces, nunca se detuvo la práctica de este arte y fue siendo perfeccionado y profesionalizado durante la Edad Media y la Moderna, llegándonos con toda una tradición y peso histórico hasta nuestros días.
En Chile tenemos aún excelentes artistas ventrílocuos de circo, teatro adulto o diversión infantil. Aunque muchos aseguran que la ventriloquia ya está en retirada en nuestro país, generaciones más jóvenes producen la calidad de espectáculos como el de la actriz Claudia Candia y su muñeca Albertina, además de otros cultores de la titiritería "a mano", muchos de ellos saltados desde el espectáculo de calle, manteniendo vigente esta maravilloso arte.
Sin embargo, remitiéndonos a la historia del espectáculo de la ventriloquia en Chile, hay tres personajes que fueron fundamentales en la creación de escuelas y el impulso de la misma actividad, muy ligados también a la presentación del mismo género en Argentina, por lo que claramente tenemos influencias cruzadas con el vecino país en la tradición de muñecos parlantes sobre escenarios.
A saber: Emilio Agudiez y Don Pánfilo; Tato Cifuentes y Tatín; Wilde y Paquito. Hablaremos de los tres (o mejor dicho, de los seis) a continuación, al aproximarse ya el primer aniversario del fallecimiento de Cifuentes y los cuatro meses desde la sensible partida de Wilde, cerrando ambos casos una generación pionera en la ventriloquia romántica del espectáculo chileno.
Partiremos con la primera dupla de hombre y muñeco acá mencionada.
Don Pánfilo, posando como si pegara un cartel anunciando la presentación de su dueño, Agudiez, hacia 1930. Fotografía de Alfredo Molina La Hitte. Fuente imagen: Biblioteca Nacional Digital de Chile.
Otra fotografía de Alfredo Molina La Hitte, publicada alguna vez en la revista de cine y espectáculos "Ecran". Fuente imagen: Biblioteca Nacional Digital de Chile.
Nacido con el siglo XX, el artista español Emilio Agudiez, a veces señalado también con el nombre de Justo, parece ser el principal impulsor de la ventriloquia moderna en los espectáculos de Chile y Argentina, además de haber influido en el aspecto físico y mecánico de las marionetas que se usan por este lado del mundo, al ser miembro de una familia fabricante de estos muñecos.
Cuenta Osvaldo Sosa Cordero en "Historia de las varietés en Buenos Aires. 1900-1925", que hacia 1915, con sólo 14 años, Agudiez ya manejaba con enorme destreza cerca de 17 muñecos, destacando el que sería a la larga su prolongación física, su dualidad o alter ego: Don Pánfilo, confeccionado por él mismo y representando a un estilizado, narigón y jocoso caballero con dificultades para comprender o ponerse de acuerdo con su titiritero en largos diálogos humorísticos.
Agudiez fue quizá el más famoso ventrílocuo y titiritero hispano que probara suerte en el Nuevo Mundo en esos años, además de ser reconocido como en un diestro artesano fabricante de este tipo de títeres. Tanta era su popularidad que la canción "Marionetas", del repertorio de tangos del propio Carlos Gardel, lo mencionaba en su letra:
¡Arriba, doña Rosa!
¡Don Pánfilo, ligero!
Y aquel titiritero
de voz aguardentosa
nos daba la función
Agudiez con Don Pánfilo, hizo sus principales presentaciones a América del Sur a partir de fines de los años veinte, quedando casi inmediatamente reclutado para temporadas completas de espectáculos, revistas y clubes de Chile, por la calidad y novedad de su show, además de la cantidad de voces e inagotables repertorios que podía ofrecer. Pasó también por la radio y llegó a tener una popularidad extraordinaria en el país, engañando a muchos con su talento para hacer hablar fuerte y claro a su muñeco sin mover los labios, además de dotarlo de singulares movimientos que parecían propios.
En Chile ya se conocía el oficio del ventrílocuo, sin duda. Hacia los años del Primer Centenario, por ejemplo, habían hecho furor en los teatros el artista Eugenio Balder, casado con la comediante Rosita Montecinos, y Carlos Sanz, inconfundible por sus grandes bigotes. Sin embargo, la irrupción de Agudiez iba a cambiar para siempre la percepción y alcance del oficio, dándole una extraordinaria inyección de vitalidad y novedad en las artes escénicas nacionales. Según el insigne hombre de tablas Rogel Retes, en "El último mutis", Agudiez fue el "más querido y familiar de todos" los ventrílocuos establecidos en el país.
Sus presentaciones en estas tierras se prolongaron durante los años treinta, aunque siendo solicitado tanto en Europa como en Sudamérica, en su copadísima agenda de actuaciones en vivo y giras. Acá conoció también a la actriz y cantante chilena Venturita López Piris, de quien se enamoró, contrayendo matrimonio y formando familia.
Con Don Pánfilo, Agudiez desarrollaba enormes y divertidísimos libretos e intercambios de chistes, haciendo cantar al muñeco temas tomados de espectáculos y óperas famosas, en tono de parodia. Su canción más conocida, decía con picardía:
Porque soy un infeliztengo un grano en la nariz.
Como soy muy regordete
tengo un grano en el...
Ayayay, tralalalá
La "dupla" solía iniciar su presentación con un sonoro "¡Hola!, ¿qué tal!?", muletilla que se volvió parte del lenguaje coloquial de los chilenos y que ha perdurado incluso en personajes muy posteriores, como el dúo humorístico Melón y Melame (Gigi Martin y Mauricio Flores), fingiéndose también un ventrílocuo con su muñeco. Agudiez y su muñeco fueron retratados en históricas fotografías por la lente experta del gran fotógrafo de la bohemia chilena Alfredo Molina La Hitte, donde puede apreciarse ese rasgo casi de vida autónoma que parecía tener (hoy diríamos que al estilo del muñeco Gabo, personaje de la serie "Los Simpsons").
Imagen de la misma sesión de Molina La Hitte, probablemente hacia 1935. En la actualidad, figura entre los archivos fotográficos del Museo Histórico Nacional.
Presentación de Agudiez y Don Pánfilo, probablemente en "El Pollo Dorado", donde está actualmente la "Plaza de las Agustinas" en Santiago. Fuente imagen: Flickr de Pedro Encina "Santiago Nostálgico".
Entre otros centros de recreación, Agudiez se presentaba establemente en el salón de té de la célebre casa "Gath & Chaves" de Estado con Huérfanos, donde lo vio el escritor Armando Uribe en sus tiempos de escolar, yendo allá con su madre todos los miércoles, a las 4:30 horas, cuando empezaban los espectáculos para chicos. Según comentara el Premio Nacional de Literatura en sus "Memorias para Cecilia", la maestría del español era tal que realmente parecía que el muñeco se movía por su cuenta, haciendo percibirlo como otra persona diferente de Agudiez.
Hernán Castellano Girón, por su parte, recuerda en "El huevo de Dios y otras historias" que, hacia 1945, Agudiez se presentaba con el muñeco también en el café y club "Lucerna" de Ahumada, otro clásico de la bohemia diurna de Santiago de Chile. También hizo aplaudidas presentaciones de cartelera estable en "El Pollo Dorado" de Estado con Agustinas, "El Patio Andaluz" frente a la Plaza de Armas y "El Goyescas" de Estado con Huérfanos, como muchos otros artistas internacionales que llegaron a nuestro país en aquellas décadas.
Tras haber estado viviendo en Chile y estando todavía en uno de sus mejores momentos, se mudó en 1942 a la capital argentina tras varias presentaciones exitosas allá que auguraron en nuevo mejor paso en su carrera, siendo despedido junto a Venturita con un homenaje de sus colegas chilenos en el Teatro Santa Lucía, el 19 de octubre de ese año. En su patria, en tanto, hizo otras inolvidables actuaciones y apareció regularmente en un conocido programa llamado "Cabalgata Fin de Semana", de los días sábado, durante algunas temporadas.
Adaptando astutamente a Don Pánfilo con el carácter porteño en el país platense, Agudiez parece ser el primer ventrílocuo en haberse presentado en televisión argentina con su muñeco. Y si bien hubo presentaciones de ventrílocuos en Buenos Aires durante el siglo XIX (como el ilusionista alemán Karl Hermann), el impacto provocado por Agudiez y su compatriota Paco Sanz (fallecido en 1939) y el argentino Emilio Dilmer (con los muñecos Venancio y Gregorio), fue abriéndole camino a los que serían otros consagradísimos del género a nivel local, como Ricardo Gamero, más conocido como Mister Chasman y su marioneta Chirolita, de enorme popularidad entre los años sesenta a ochenta. Otros veteranos cultores de la escena argentina, como Rodolfo Aredes con su muñeco Pepito, o Luis Nichols Lionakis y su compañero Picaflor, también han reconocido al Agudiez como uno de los grandes impulsores del género en suelo platense.
Agudiez siguió viniendo a Chile y todavía se presentaba en "El Pollo Dorado" a mediados del siglo, volviendo a residir en el país. Con Venturita López, además, trabajó varias veces en diferentes radioemisoras de Santiago y regiones, conservando siempre el humor y la vigencia que caracterizaron la calidad de sus presentaciones. Trabajó establemente hasta los años setenta, siempre con el mismo muñeco de sombrero, y nunca perdió sus vínculos personales y familiares con Chile y Argentina.
Cuenta cierta leyenda que Emilio Agudiez, ya anciano, pidió personalmente ser sepultado con su muñeco y compañero de toda una vida, Don Pánfilo, y que así se le habría concedido su deseo post mortem.
El siguiente capítulo de esta entrada triple, corresponde a la historia de Tato Cifuentes y Tatín, muñeco que había sido fabricado, coincidentemente, en los talleres españoles de la familia Agudiez.

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