miércoles, 4 de julio de 2018

EL ALTO DEL PUERTO: LA DESAPARECIDA PUNTILLA ROCOSA QUE TUVO EL CERRO SANTA LUCÍA

El cerro Santa Lucía en el Plano de la Villa de Santiago del viajero francés Amedée François Frezier, de 1716, considerado el primero de carácter científico de la capital chilena. La relación Norte-Sur está invertida. Se observa parte de las canalizaciones que salen del actual tramo de Plaza Baquedano y el sector del Alto del Puerto en el cerro.
Coordenadas: 33°26'15.55"S 70°38'35.73"W
En los primeros tres siglos de la ciudad, existió una curiosa puntilla rocosa del cerro Santa Lucía, que se prolongaba desde éste hacia el Norte levantando el terreno hasta aproximarse a una hondura al borde del río, en la que estuvo después la famosa laguna del Parque Forestal. Era por este sitio donde golpeaban las inundaciones provocadas por el río, además.
Remontándose al más primitivo cerro Santa Lucía y a sus orígenes geológicos, dicha formación de rocas y terreno fue llamada Alto del Puerto o Ejido de la Ciudad, y se ubicaba más o menos desde donde hoy está la fuente de aguas de la calle Merced, lugar en que anudan las calles Santa Lucía y Victoria Subercaseaux formando la punta vial. Ocupaba un tramo importante de este barrio, de hecho.
Hoy, dicho lugar es un llano colmado de cafés, bares, pubs y lugares de interés para la recreación y el turismo, por la conjunción de los barrios Lastarria y Bellas Artes. A la vista, entonces, nada hay en el urbanismo actual que recuerde la existencia de aquella curiosidad que existió por tanto tiempo en el Santiago más viejo y en formación, volviéndose una de las características de aquella capital colonial reconvertida en la urbe de hoy.
El Alto del Puerto, para ser más precisos, era una especie de promontorio de rocas y piedras que se elevaba en la estribación Norte del cerro, hacia el final del llamado Sendero de las Cabras y luego calle del Bretón, así denominada por la residencia del ilustre vecino Reinaldo Le Breton y rebautizada después Santa Lucía, a partir de 1902. En sus primeros años de existencia, esta calle fue llamada también Callejón del Alto del Puerto y Calle del Molino, por razones que veremos más abajo.
Fuente imagen: Editorial Talcahuano.
Acceso posterior del Santa Lucía. Fuente de Neptuno y Anfitrite.
Vista lateral de lo que queda de las roqueras al Norte del cerro.
Escalinatas del acceso Norte.
La elevación rocosa del Alto del Puerto se extendía en la topografía del cerro Santa Lucía desde su extremo hacia el Mapocho, casi alineada con la cara del cerro San Cristóbal, sugiriendo alguna posible relación orográfica con él.
Según autores como Sady Zañartu, en "Santiago calles viejas", el nombre dado por los españoles a estos roquedales desaparecidos sería por una asociación fisonómico-urbana con el puerto de Valparaíso:
"Al despuntar el siglo XIX, el 29 de diciembre de 1802, dolorido de tantas andanzas y quebrantos, feneció don Reinaldo Le Breton en la gracia del Señor, legando su nombre a la calle en que fuera su primer morador. Era, en esos años, una callejuela enjuta y empinada, y sus casas se trepaban por la cuesta, unas sobre otras, atisbando la de más arriba el patiezuelo de su vecina de abajo, y en este apeñuscamiento formábanse recovecos de capa y espada, que le daban una belleza trágica.
La calle en esa parte semejaba un trozo típico de Valparaíso, y además, por ser el término que unía a las dos ciudades, dieron en llamarla 'el Alto del Puerto', como antes había sido 'del Molino', que estaba en su falda oriental".
Otra teoría supone que el nombre proviene sólo de esta última observación: que el final del antiguo Camino a Valparaíso llegaba por el borde del río hasta enfrentar el espolón rocoso que se prolongaba desde el Santa Lucía.
Sin embargo, en su "Historia de Santiago", dice René León Echaíz que la palabra puerto era, en el español de la época, un vocablo equivalente a boquerón, para referirse al paso entre las mismas rocas del lugar que permitía el paso desde la ciudad hacia la zona oriental del valle, especialmente el lado de Ñuñoa, por el camino de la actual calle Merced. Debe recordarse que el contrafuerte de aquellas rocas y el propio cerro, fueron el límite oriental de la ciudad en aquellos primeros siglos.
El sector del Alto del Puerto fue el mismo en donde don Bartolomé Flores, de apellido original Blumenthal y abuelo de la célebre Quintrala, tuvo un molino accionado por aguas de las canalizaciones provenientes desde el Mapocho, por lo que los españoles llamaron a este sitio también como Alto del Molino, en los primeros tiempos de la Colonia. La autorización para instalarlo la recibió don Bartolomé en 1548, año en que Rodrigo de Araya ya había levantado su propio molino al otro lado del cerro, enfrente de La Cañadilla, futura Alameda de las Delicias.
Otra vista de los restos rocosos donde surgía la antigua puntilla, en la conjunción de Victoria Subercaseaux y Santa Lucía con Merced. Atrás, edificio El Barco de Larraín García-Moreno.
Sector de las roqueras observadas frente al lugar en donde debió ubicarse el boquerón colonial del Alto del Puerto, en Victoria Subercaseaux con Merced, a la bajada de la entrada Norte del cerro Santa Lucía.
Edificio Esquina del conocido centro culinario y recreativo Ópera Catedral, en la esquina de Merced con José Miguel de la Barra. El promontorio que salía desde el cerro Santa Lucía hacia el Norte corría precisamente por este lado de la bohemia cuadra de la ciudad.
Cuadra de José Miguel de la Barra, ex calle de los Tres Montes, con el acceso Norte del Santa Lucía de fondo. El edificio del Cuartel de Bomberos (la fachada con las banderas), tiene en sus fundaciones y diseño interior lo que puede ser el último vestigio de la puntilla rocosa del Alto del Puerto.
A mayor abundamiento, el mismo sistema de acequias para riego que abastecía gran parte de los jardines y chacras de Santiago, pasaba precisamente por este sitio, bordeando el cerro. Por eso existió también el boquerón o abertura entre las rocas que daba nombre a la formación rocosa, justo hacia por lado de Merced. Por él pasaban los viajeros, corrían algunas de las acequias de los brazos del río Mapocho y la llamada agua de Ramón, para consumo de la población y que pasaba por una fuente de cal y ladrillo adosada en el mismo cerro, de 6 metros de largo y 1.80 metros de ancho. Las compuertas de estos cauces estaban en el mismo barrio.
Llamada impropiamente pilar, la ubicación de la fuente del canal en el siglo XVI, era hacia la conjunción de calles Merced y Tres Montes, hoy José Miguel de la Barra, en donde estaba también la primera Ermita de San Saturnino, obras arrasadas -todas ellas- en la gran riada del Mapocho del año 1609. Además, es posible que el nombre que recibía la calle de los Tres Montes se haya debido a tres grandes y abultados árboles que se cree pudo haber en el Alto del Puerto, o bien a tres montículos que formaban parte de la misma puntilla rocosa, aunque la leyenda urbana habla de tres magnates u hombre prominentes de apellido Montes que habrían vivido en esta calle rebautizada José Miguel de la Barra, y cuyo nombre colonial incluía al tramo que hoy denominamos Victoria Subercaseaux.
Volviendo a las acequias y canales, se dice que las aguas que corrían por el Norte y por el costado del Santa Lucía, empezarían a ser tratadas de forma más discreta por la urbanización en este período, comenzando a quedar canalizadas de manera subterránea. En 1671, por disposición del Presidente Juan Henríquez, el Gobernador Alfonso Meléndez hace fundir una hermosa fuente de bronce que surtirá a los vecinos en la Plaza de Armas, alimentada precisamente con el caudal que proviene de las aguas para consumo y que desviaba la acequia de la calle de la Merced. Es la pila de aguas que actualmente se encuentra dentro del Palacio de la Moneda, hasta donde llegó tras peregrinar por algunos otros lugares de Santiago.
El tubo madre de los canales de cerámica y acequias de ladrillo, entonces, salía desde el sector de las llamadas "cajitas de agua" de la actual Plaza Baquedano, e iba desde el Alto del Puerto hasta la Plaza de Armas, abasteciendo la fuente de aguas que proveía a la población del elemento, aunque cabe comentar que hay algunas observaciones interesantes al respecto de Gonzalo Piwonka Figueroa, en "Las aguas de Santiago de Chile, 1541-1999", refutando aspectos muy repetidos y dados por hecho sobre estas canalizaciones de aguas coloniales.
Acceso Norte del Santa Lucía, visto desde la esquina opuesta de Merced.
Rocas del acceso posterior al cerro. Atrás, busto de Javiera Carrera.
Las mismas rocas, vistas hacia Victoria Subercaseaux y el Hotel Foresta.
Zañartu, al hablar de la calle del Bretón y del Alto del Puerto, refiere también sobre la época más pintoresca pero pecaminosa y algo peligrosa del barrio, y a un curioso caso que, según la tradición, quedó asociado al folklore urbano en los días del entonces célebre grupo femenino de cantoras chinganeras del siglo XIX, Las Petorquinas, particularmente con unas coplas que creemos de origen español (siglo XVIII):
"Pasados los años de la emancipación, rendidos con su gloria, fueron allí a buscar refugio de paz dos águilas de la Independencia: el general don Francisco Calderón y el coronel Ramón Picarte.
El transcurso de los años cambió lo abrupto por lo fácil, y donde antes vivieran fieros guerreros, fincaron su refugium pecatorum lindas tapadas que, por entre las pestañas de jazmines y madreselvas de sus casas encumbradas, invitan a la conquista.
En uno de esos nidos vivían dos hermanas peruanas, de cabellos como la endrina y de cuerpos que al andar llevábanse enredados en los tacones de sus pequeños chapines la vendada belleza de sus formas.
Viejas mañanas de misa, llenas de sol y repiques de campanas. El manto enmarcaba los rostros pálidos y daba a la figura atrayente prestigio místico. Los galanes emprendían tras las dos hermanas la romántica persecución y éstas dábanse mañas en alargar y acortar distancias para que el amor creciera, que en tal es dificultades los hombres estaban a su gusto, mientras llegaba el precioso instante de contemplar el rostro de las deidades. Y, cosa rara, una misma era la expresión que se escapaba de los labios de todos los perseguidores, al traducir un espontáneo '¡A diablo!' ¿Qué había sucedido? Pues que las dos damas, con ser de cuerpos tan divinos, eran más feas que un susto de medianoche. El galán, desilusionado, tornaba sobre sus pasos echando chispas, y al referir su chasco recibía las chanzas de sus amigos, que al oído cantaban socarrones la antigua copla de las pertorquinas:
En el Alto del Puerto
cantó Marica,
cada uno se rasca
donde le pica.
La persecución se repitió varias veces, y las dos hermanas fueron bautizadas con el nombre de las 'Adiablos', como una chispa burlesca que hubiese dejado en el aire de la calle el espíritu del francés don Reinaldo Le Breton".
Nada es para siempre, sin embargo: hacia fines del siglo XVIII, el boquerón y las roqueras del Alto del Puerto fueron removidos por la administración de Joaquín del Pino, siendo éste presidente de la Audiencia de Chile entre 1790 y 1795. Para ello se utilizaron cargas de pólvora, que volaron la mayor parte de la puntilla de la formación rocosa, permitiendo nivelar los suelos y acabar con la elevación del terreno.
Sin embargo, todavía a principios del siglo XIX quedaban ciertos vestigios de la estructura natural que definía aquellas calles y su primer aspecto arrabalero, aunque terminaron de ser retirados u ocultos en años posteriores, con las nivelaciones para la urbanización moderna y la desaparición de las casas que antes colgaban en el borde del cambio de altura. El escritor y pensador político Nicolás Palacios tenía su residencia en este sector, precisamente, cerca de donde hoy se encuentra un monolito en su recuerdo, en calle Santa Lucía.
En su "Historia crítica y social de la ciudad Santiago", don Benjamín Vicuña Mackenna, el gran creador del paseo del Santa Lucía, asegura que fue don Manuel de Salas quien gastó 839 pesos del erario municipal para allanar y pavimentar el contrafuerte del cerro, el Alto del Puerto, frente al Castillo Hidalgo y las terrazas al Norte. Así describe este paseo, que llegaba hasta las orillas del tajamar del Mapocho desde la calle Merced:
"El pasea formado por don Manuel de Salas era en extremo variado y pintoresco.
A cada paso dado en el malecón, el campo situado en la margen del Mapocho presentaba un paisaje diferente: ya una choza, ya un molino, ya un cortijo, que aparecían entre las arboledas y huertas, como nidos ocultos en medio del follaje.
En lontananza, se destacaban al oriente los colosales Andes coronados de nieve y nubes, que colocaban sobre sus cabezas magníficos turbantes de seda y gasa blanquísimas".
En el lugar que antes ocupaba el Alto del Puerto por la actual calle José Miguel de la Barra, se instalaría la famosa cancha de peleas de gallos de la ciudad que, después de desaparecer, abrió el espacio ocupado por la Plaza Andrés Bello, en la misma calle casi llegando ya al río y luego al actual Parque Forestal. Y después de la construcción del paseo del cerro Santa Lucía por el Intendente Vicuña Mackenna, entre 1871 y 1874, una entrada auxiliar no abierta al público había quedado habilitada en el sector posterior del mismo. Años más tarde, sus escalinatas pasaron a ser parte del paseo permanente y hasta ahora permanecen abiertas en el circuito.
Algunos monumentos han sido colocados allí, en el sector de la antiquísima roquera, con el pasar del tiempo: la estatua ecuestre de don Pedro de Valdivia estuvo por primera vez en la punta de diamante frente a este acceso (antes de ser llevada a la Plaza de Armas), en 1963, en donde está ahora la fuente de Neptuno y Anfitrite desde el año 2002, traída a su vez desde el Parque O'Higgins. Junto a las escalinatas, en tanto, se instaló también el busto conmemorativo de doña Javiera Carrera, en 1985, y por el lado de calle Santa Lucía está el mencionado monolito de Nicolás Palacios, enfrente del edificio bauhaus llamado El Barco o El Buque, del arquitecto Sergio Larraín García-Moreno.
De los restos identificables del Alto del Puerto, además de las pocas rocas que bordean las escalinatas de la punta Norte del cerro, menos de 50 metros más hacia la dirección al río está, en José Miguel de la Barra cruzando Merced, una masa sólida de sus roquedales que sirvió de base para la construcción en pendiente interior del Cuartel de la Primera Compañía de Bomberos de Santiago, aunque este rasgo no se aprecia observando exteriormente, sino con una visita al edificio.
El curioso inmueble neoclásico, de 1934 y también obra del arquitecto Larraín García-Moreno ahora en sociedad con José Arteaga, tiene la particularidad de que su patio con piscina y área verde queda justamente en el segundo piso, sobre el nivel de la calle y del galpón de los vehículos de los bomberos. Esto se explica porque un gran fragmento de lo que era el antiguo Alto del Puerto, habría sido utilizado como cimiento y relleno natural en la fundación del terreno, para darle esta característica al diseño del edificio, con su nivel interior encima del exterior.

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