viernes, 25 de mayo de 2018

RECOLETA FRANCISCANA EN SANTIAGO: UNA RESEÑA HISTÓRICA DE SIGLO EN SIGLO

Plaza e  Iglesia de la Recoleta Franciscana en 1855. Lámina publicada en "Historia y devociones populares de La Recoleta Franciscana de Santiago de Chile: 1643-1985" de Juan Ramón Rovegno.
Coordenadas: 33°25'49.1"S 70°38'51.5"W
No será uno de nuestros principales orgullos para el turismo en Santiago, pero la Recoleta de San Francisco se erige como una singular conjunción de tradiciones, folklore, fe popular e historia popular de la ciudad, allí en la ribera Norte del río Mapocho, como parte del sector de los mercados y baratillos de La Chimba. Es casi un enclave de fe y espiritualidad, cercado por todos sus flancos con las ofertas del comercio de prendas, ferias regulares e irregulares, o los vahos fermentados que bullen desde las calles del Mercado de la Vega y La Vega Chica.
Tan importante y determinante ha sido la presencia de los recoletos franciscanos en el barrio, que los primeros dos puentes que tuvo la capital en tiempos de la Colonia, se debieron a ellos y a su ajetreo constante a ambos lados del río Mapocho. Hoy, esta relevancia sobrevive en aspectos nominales y toponímicos, como el nombre de la plaza, la avenida y la propia comuna en que se halla el complejo religioso recoleto.
Y si bien la fe fue un trascendente y activo elemento del vecindario mapochino y así la Casa de Dios pudo encontrar lugar en varios sitios cercanos (como la Iglesia de San Pablo, el convento de las monjas rosas, el convento capuchino, La Viñita del Cerro Blanco y después el de los recoletos dominicos, entre otros), quizás ninguno de ellos haya tenido tanto vigor para la identidad de estos barrios riberanos como sucede con los sacerdotes franciscanos, todavía en nuestra época.
Hombres con famas increíbles y asombrosas han pasado por este sitio, además. Varios hechos de nuestra historia también han tenido vínculos o involucrado a este lugar, en diferentes períodos. Del mismo modo, personajes de enorme valor en la historia religiosa y política han dejado su huella también en la Recoleta. Aquí haré una síntesis de esta larga semblanza, entonces, cercana ya a los cuatro siglos.
GALERÍA DE IMÁGENES:
RECOLETA FRANCISCANA DE SANTIAGO, CHILE
EN EL SIGLO XVI: ALGUNOS ANTECEDENTES
Antes de todo, conviene aclarar que las llamadas Recolecciones o Recoletas, como la de nuestro interés, corresponden congregaciones y comunidades de frailes o monjas existentes desde el siglo XIII en las órdenes mendicantes, es decir, las que recolectan recursos para su sustento y sus obras (de ahí el nombre) a través de la limosna. Además de los franciscanos, otras órdenes que han tenido segmentos recoletos de actividad son los dominicos, los agustinos o los carmelitas, por ejemplo.
En el caso particular de la Orden de Frailes Menores o Franciscanos, los grupos mendicantes se distribuyen entre la Primera Orden Franciscana del santo, la Segunda Orden Franciscana o de las Clarisas fundada por el mismo santo y Santa Clara de Asís, y la Tercera Orden de San Francisco o de los Terciarios. El ejemplo de San Francisco como alguien que abandonó todas las posesiones materiales y vivió en la pobreza más absoluta en carne propia, es uno de los símbolos más potentes del espíritu que anima a esta clase de recolecciones con la insignia de la Tau.
Aclarado lo anterior, cabe indicar que los primeros hermanos franciscanos llegaron a Chile en modesto número de cinco misioneros desde Perú, en 1553: el superior Martín de Robleda, Juan de Torrealba, Cristóbal de Rabaneda, Juan de la Torre y el lego Francisco de Frejenal. Instalados inicialmente en un pequeño convento al pie del Cerro Santa Lucía, el 3 de octubre (aniversario del fallecimiento de San Francisco), un año casi exacto después ocuparon la Ermita de Nuestra Señora del Socorro, en la llamada Cañada de Santiago, esa suerte de garganta pedregosa del terreno que ocupaba el trazo que hoy pertenece a la Alameda Bernardo O'Higgins.
Por su presencia en este sitio arterial de Santiago, fue llamada también la Cañada de San Francisco, especialmente después de que construyeran en el mismo lugar sus amplios conventos y la primera gran iglesia de la orden en Santiago, antes de ser convertida en la Alameda de las Delicias tras iniciarse trabajos durante el gobierno del General José Miguel Carrera, en la Patria Vieja, y luego la gran transformación completada por don Bernardo O'Higgins, tras ser asegurada ya la Independencia de Chile.
Fundada y consolidada la orden de San Francisco en la Cañadilla, faltaba aún para que se creara una recolección con su mismo patronato, sin embargo.
Se recordará que, a la sazón, el llamado barrio de La Chimba ubicado al Norte del Mapocho, era considerado territorio de extramuros y marginal con respecto a la ciudad, tanto así que -por muchos años- siguió registrándose a los locales en las partidas de nacimiento de sectores de las actuales Recoleta e Independencia, como "naturales de La Chimba". Esta condición de periferia con respecto al área urbana principal de Santiago, sin embargo, no fue óbice para que una gran cantidad de población residiera en esa ribera, creando sus propias necesidades de servicios religiosos desde esos tempranos tiempos.
Cuando dicho servicio aún no estaba plenamente disponible en lo que hoy es el barrio de Recoleta, más que por algún particular que dispuso de su capilla familiar a tales menesteres, muchos habitantes y trabajadores de estos ranchos enfrentaban un problema permanente: resolver cómo asistir a las misas y ceremonias en los días de crecidas del río, según comenta Carlos Lavín en su libro "La Chimba", aumentando con ello la condición de marginalidad del territorio con respecto al resto del poblado santiaguino.
Para dar un esbozo aproximado a cómo lucía en esas primeras décadas de la historia de Santiago el sector de la La Chimba, cabe indicar que, paralelo al Camino de Chile o Cañadilla (actual avenida Independencia), más al oriente salía desde el borde del río el llamado Camino del Salto, que conectaba desde la orilla del Mapocho con los terrenos de El Salto de Araya. Fue prolongado más hacia el septentrión, pasando a llamarse así Camino de Conchalí, correspondiente a la actual avenida Recoleta.
A mayor abundamiento, en el siglo XVII ese mismo camino coincidente con la Recoleta de nuestros días, era llamado ampulosamente como Camino Real de las carretas que de la ciudad va a Conchalí. Y fue después de que se estableció en su vera la Recoleta Franciscana con su altar consagrado a Nuestra Señora de la Cabeza, que comenzó a ser llamado definitivamente como el Camino de la Recoleta, según anota Luis Thayer Ojeda en "Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles".
Detalle de la litografía color de Harvey T. H. con la vista de Santiago desde el Cerro Santa Lucía, en 1863. Se observa el sector de la Recoleta Franciscana, al final del Puente de Palo, entre grades árboles y paisaje aún con algo de arrabalero. Se distingue el campanario.
Manzana de la Recoleta Franciscana en 1875, en el plano de Santiago ejecutado por el ingeniero Ernesto Ansart. Se observa que la gran propiedad abarcaba entonces las calles Recoleta, Dávila, Salas y Cequión (hoy Antonia López de Bello). Las cardinales Norte-Sur están invertidas en este plano.
La misma manzana de la Recoleta Franciscana en 1911, en el plano de Santiago de Nicolás Boloña, donde ya se ve el terreno dividido entre los establecimientos religiosos y el Mercado de la Vega fundado en 1895.
EN EL SIGLO XVII: FUNDACIÓN Y PRIMER TEMPLO
La necesidad de crear este centro religioso provino de aquel hecho incontestable: la fe era fuerte y demandante por el lado chimbero de las riberas del Mapocho, así que no alcanzó a pasar un siglo desde el arribo de los franciscanos a la ciudad, para que debiese ser fundada ahora una nueva sede con el servicio de la Recolección de San Francisco de Asís.
Sucedió así que el Maestre de Campo y Corregidor de Coquimbo don Nicolás García Henríquez y su mujer, doña María Ferreira, ambos devotos de San Francisco, habían propuesto al superior franciscano Fray Manuel Pérez la instalación de la orden en un predio ribereño donde el dueño anterior, Ramón Aguayo y Pereira, había levantado ya una rústica ermita, estructura que se hallaba en donde después se establecería el convento.
El descrito terreno era una chacra edificada, con más de media cuadra entre el Camino Real del Salto (hoy Recoleta, como hemos dicho) y la hacienda de don Bartolomé Márquez, de acuerdo a los detalles que entrega  Fray Juan Rovegno S. en su "Historia y devociones de la Recoleta Franciscana de Santiago de Chile (1643-1985)". Aguayo había hecho erigir allí la ermita hacia comienzos del siglo XVII, cumpliendo con la voluntad de su tío Pedro, anterior propietario. Por ello fue conocida como Iglesia de Aguayo en sus días, y parece que todavía lo era en los tiempos del siguiente edificio entregado ya a los franciscanos.
Aguayo vendió el terreno con el oratorio a los García-Ferreira, antes de morir y convencido de las bondades del proyecto. Para la nueva administración y servicio, en tanto, el matrimonio solicitaba el envío de frailes desde la Iglesia de San Francisco en la Cañada, pero la orden vio inicialmente con desconfianza esta posibilidad, en especial por las dificultades que provocaba entonces atravesar el río Mapocho, carente de pasos seguros o puentes.
El año de 1643, sería el punto de partida de la Recoleta, al recibir los monjes la noticia de la donación y comenzar todo para instalarse en el lugar. Reconstruyeron y reinauguraron el templo en 1645, con sesenta varas de largo y una sola nave. La presencia de San Francisco de Asís en el lugar comenzó a hacerse de inmediato connatural e irreversible, y así Fray Manuel Pérez procedió a solicitar la fundación formal de la Recoleta a la Real Audiencia, durante el mes de junio.
El enero del año siguiente, a partir del día 28, se inició la reconstrucción del templo y las casas de residencia por parte de los donantes y del Provincial Francisco Rubio. Sin embargo, el oratorio casi fue arrasado por la violencia del fatídico terremoto del 13 de mayo de 1647, obligando así a retomar las obras casi desde el inicio.
Por cartas del 30 de julio de 1959 y del 4 de enero de 1660, queda certificada la solicitud de Nicolás García al presidente y los oidores de la Real Audiencia de Santiago, de licencias para fundar el convento de la recolección. Ese mes, consultó también al Cabildo Eclesiástico y a los propios franciscanos, recibiendo la venia y extendiéndole las licencias de fundación el Rey Felipe IV desde Madrid, el 30 de mayo de 1662. El Obispo Humanzoro, que apoyó con entusiasmo esta iniciativa, autorizó la construcción de los altares, la extensión de ritos litúrgicos y concedió al convento el título de Nuestra Señora de la Cabeza, también en 1662. Aunque hay teorías de que la imagen podría haber llegado antes, lo más probable es que la Virgen de la Cabeza haya sido solicitada y enviada entonces a Santiago desde España, siendo la misma que está hasta hoy en el altar.
El matrimonio, contando así con la autorización, legalizó la donación a la Orden Franciscana de los Frailes Menores Observantes, representados por Juan de Arrué, a la sazón síndico general de la Provincia Franciscana de la Santísima Trinidad. Esto se formalizó por escritura del 17 de marzo de 1663, ante el escribano del Cabildo. La cesión incluía:
"...la chacra situada al norte del río Mapocho, edificada y cerrada con más de media cuadra de tierra mirando a los cerros de la heredad de Conchalí y el ancho, mirando a los cerros de la huerta de dicho sitio, unidos por una parte con las casas y tierra que nos quedan en la Chimba y por otra con la calle real y camino de la heredad del Santo y con la hacienda de Bartolomé Márquez".
La Real Audiencia de Santiago puso inicio y ejecución el 4 de junio de ese mismo año, y dice Justo Abel Rosales en "La Chimba antigua" que, con las obras adjuntas de construcción del convento de la Recolección Franciscana ya iniciadas en el territorio chimbero y luego de legalizada la donación del matrimonio García-Ferreira, fue levantado el primer templo recoleto propiamente dicho. Aunque superaba a la vieja capilla, la iglesia que quedó levantada en el terreno ahora franciscano tampoco fue ostentosa ni holgada en espacio, si la comparamos con la actual.
Algo interesante agrega Benjamín Vicuña Mackenna en el primer tomo de su "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868":
"Según una interesante carta del digno padre recoleto fray Francisco Pacheco de fecha enero 18 de 1865, la primera iglesia tuvo sólo una nave de 60 varas de largo y 13 de ancho, al pie de cuyo altar mayor fueron enterrados sus fundadores. El claustro comprendía dos manzanas, y fue su primer provincial fray Buenaventura Oten en 1663, cuyo prelado renunció ser provincial del convento grande por la guardianía de los recoletos".
En aquel período llegó a la Recoleta el primer personaje de su historia considerado milagroso y cargado de virtudes especiales, sobrenaturales, conocido como el Negro Andrés, un esclavo procedente de Guinea que sorprendió a su amo con un evento inexplicable: cuando preparaba pan, se le quemó en un horno al dejarlo olvidado, pero apareció convertido después en pan fresco, con forma de flor. El suceso impresionó tanto a su patrón, que decidió liberarlo y así Andrés tomó los hábitos de donado en el convento.
La devoción y lealtad a la cruz del mucha africano iba más allá de todas las pruebas terrenales, como "un perfecto espejo de virtudes", según remarcaba el cronista religioso y también franciscano, Francisco Julio Uteau. Se cuenta que cuando falleció, en 1665, se escucharon cantos de aves en el templo recoleto, durante sus exequias, como si los ángeles lo recibieran en el cielo, según se interpretó entonces. Su cuerpo no fue encontrado en el lugar de la sepultura dentro del convento, cuando fue intervenido el terreno muchos años después.
La presencia de los franciscanos en la ribera mapochina fue rotunda, no sólo para el crecimiento del populoso barrio de La Chimba. Era habitual reconocer allí a los religiosos, por esos hábitos raídos por los votos de precisa pobreza, sus sandalias y sus cuerdas a la cintura con tres nudos, simbolizando los votos de obediencia, castidad y pobreza. También eran famosos por sus colectas de limosnas, su asistencia a los pobres y la nobleza que alcanzaba incluso para alimentar animales abandonados, en riguroso cumplimiento del amor a criaturas predicado y practicado por San Francisco de Asís.
Escribe Lavín, respecto del aspecto del barrio en aquellos días:
"Hay que trasladarse a las inmediaciones del convento de la recolección franciscana para seguir el rastro de los escombros y los restos del pasado. Desde 1663 era éste un noviciado de aquellos monjes y vigilaba la entrada del Camino del Salto, senda polvorienta y guarnecida de álamos que atravesaba pintorescas estanzuelas. Mucho antes de llegarse a distinguir con el nombre de la Avenida de la Recoleta había generado un caserío donde comenzaron a esbozarse algunas callejuelas cuya modesta condición salta a la vista en las viviendas desperdigadas en las calles Manzano, Vásquez y Lillo…".
También hubo figuras célebres dentro de la orden, admirados por el bajo pueblo y por altas dignidades de la aristocracia de entonces, que los elegían por igual como confesores o asesores espirituales.
Poco después de fallecido el Negro Andrés, otro personaje con fama extraordinaria llegará a la Recoleta: el vizcaíno Pedro de Bardeci y Aguinaco, que obedecía instrucciones precisas de la Virgen María, según diría, al viajar desde Alto Perú hasta Santiago de Chile para incorporarse a la orden y cumplir con la regla de pobreza de San Francisco, regalando a los necesitados todas sus posesiones terrenales ante notario, en abril de 1675.
Bardeci fue portero de la Santa Recolección, tomando el hábito de lego el 8 de diciembre de ese año, llevando adelante una vida de extraordinarias virtudes y hechos asombrosos que acompañaron su fama hasta su muerte, en el año 1700, y aún después de ella, con un proceso de beatificación misteriosamente detenido.
Acercamiento a retrato del Negro Andrés de Guinea, en el comedor de la Recoleta. A pesar de los milagros que se le atribuyeron, nunca tuvo un proceso de beatificación.
Venerable fray Pedro de Bardeci, cuadro en su cripta, Iglesia de San Francisco de la Alameda. Su proceso de beatificación/canonización quedó extrañamente suspendido en el siglo XIX.
Tarjeta religiosa con el retrato de Fray Andresito, cargando la imagen de Santa Filomena y el mismo tarrito limosnero que usó de alcancía para reunir ayuda para la recolección franciscana. Su proceso de beatificación está en desarrollo, actualmente.
EN EL SIGLO XVIII: ÚLTIMOS AÑOS COLONIALES
Con toda seguridad, fue el convento recoleto de La Chimba el que el viajero francés Amadeo Frezier registró en su famoso plano de Santiago de 1712, con el nombre de "Noviciados de los Franciscanos" y que se hallaba casi vecino a la Capilla de la Purísima y todavía con un entorno de mucha apariencia rural y arrabalera.
Lamentablemente, el edificio recoleto fue destruido con gran parte de la ciudad por otro terremoto, ocurrido el 8 de julio de 1730. Demás estaría entrar a detallar aquí cómo fue que el terrible sismo y sus innumerables réplicas afectaron tanto y de tal forma al lugar de vida de los monjes recoletos, sumados a otros episodios del destino sucedidos posteriormente. Sin más remedio, el templo debió ser reconstruido en distintos períodos de avance, durante los años que siguieron.
A todo esto, el llamado Puente de Ladrillo iba a ser el primero que tuvo el río Mapocho en aquellas décadas, ubicado justo enfrente de la Recoleta de San Francisco. A pesar de lo sólida que pudiese sonar su factura, las riadas y salidas de madre del Mapocho no le permitieron una vida prolongada, aislando del resto de la ciudad a los sacerdotes y demás habitantes de estos barrios, como en aquellos primeros tiempos de la Recoleta. Ya estaba destruido cuando lo vio Frezier, de hecho, aunque fue reconstruido unos años después, para nuevamente quedar en ruinas.
Con la ciudad partida por la mitad ante la falta de puentes, los sacerdotes recoletos, a través del Padre Guardián de la Recoleta, solicitaron una solución al Cabildo desde 1762, según lo que observa el investigador René León Echaíz en el volumen 974 del Archivo de la Capitanía General, señalándolo en su "Historia de Santiago". Sugiere el mismo autor que, luego de algunas gestiones y deliberaciones, las obras del denominado Puente de Palo construido sobre los restos del anterior, comenzaron en este mismo período. De ser así, la fecha de 1780 mencionada por Vicuña Mackenna como de construcción del mismo segundo puente, correspondería quizás a una mejora posterior o al completado de obras de ampliación. Por largo tiempo se le llamó también el Puente Viejo, para distinguirlo del Puente Nuevo de Cal y Canto, levantado en los tiempos del Corregidor Zañartu.
Así pues, los dos primeros puentes del río Mapocho, llamados por sus respectivos materiales de fábrica como Puente de Ladrillo y Puente de Palo, se alinearon precisamente con el convento y la avenida de la Recoleta en la Chimba, en el actual barrio de los mercados, desembocando por la ribera Sur en el actual sector de la Plaza del Corregidor.
Recién hacia los años previos a la Independencia quedó totalmente concluida la parte más importante de la nueva edificación religiosa de la Recoleta, con medidas de 50 metros de largo, 10 de ancho y 8 de alto, datos que son repetidos por  Álvaro Mora Donoso en "Monumentos nacionales y arquitectura tradicional. Región Metropolitana – Chile". Hubo varios otros cambios urbanísticos alrededor, además, de los que surgiría a inicios del siglo siguiente, por ejemplo, la casa con columna esquinera de Rafael Cicerón, situada en el vértice opuesto del mismo cruce de las calles donde está al Recoleta.
A pesar de los cambios, La Chimba seguía siendo un barrio más bien agrícola, disfrazado de urbanidad sólo por las modestas casas que se aglomeraban entre los habitantes siguiendo el borde del río y parte de La Cañadilla o del Camino del Salto, y tras los cuales se encontraban las parcelas y las chacras dominadas por la vista de los cerros y los campanarios del Carmen Bajo y la Recoleta, respectivamente. Fray Juan Revegno nos da una pulcra descripción de cómo lucía la iglesia en esos momentos finales del coloniaje, pero con las reparaciones y remodelaciones que ya se habían hecho tras el terremoto de 1730 y desde allí en adelante:
"El altar mayor era todo de madera de cedro tallado; siguiendo el costado que daba a la calle, estaba primero el altar del Señor Crucificado, después el de San Antonio y el de Santa Margarita de Cortona; del otro costado, y siguiendo el mismo orden, estaban los altares de Jesús, María y José; de Ntra. Sra. del Carmen y San Francisco de Paula. La Iglesia no tenía coro alto; el órgano era chico y estaba en el coro bajo que lo separaba del altar mayor una reja de palo torneado. El coro tenía unas sillas pobres y humildes para los sacerdotes, escaños para los legos y donados y facistol en el medio para colocar los libros. Algunas imágenes colgaban de las paredes. La sacristía estaba detrás del altar mayor y se comunicaba con ella por una puerta pequeña, quedando entre el altar y la sacristía un pasadizo al lado de la calle donde estaba edificada la torre que era baja y de pobre apariencia. Cerca del altar mayor se conservaban las cenizas de los fundadores, de un presidente y otras personalidades".
El convento y su explanada se alzaban con la fachada de la iglesia en el ya entonces llamado Camino de la Recoleta y la Calle del Cequión (por una acequia que corría en ella desde las faldas del Cerro San Cristóbal hacia La Cañadilla) llamada muy posteriormente Andrés Bello y, en nuestros días, Antonia López de Bello. Según el cronista Vicente Carvallo y Goyeneche, los franciscanos tenían a la sazón también el llamado Convento Chico de San Ildefonso o La Granjilla, pero éste ya estaba en ruinas a fines del siglo XVIII.
El Puente de Palo, ubicado frente a la ex calle del Salto y la Recoleta.
Plaza e Iglesia de la Recoleta en 1905. Imagen perteneciente hoy a las colecciones del Museo Histórico Nacional.
Torre de la Iglesia de la Recoleta Franciscana, vista desde sus patios al interior de los claustros, en 1961. Imagen publicada por la revista "En Viaje".
EN EL SIGLO XIX: LA CENTURIA MÁS VERTIGINOSA
Sin embargo, los problemas y dificultades continuarían para los franciscanos recoletos con llegada la Independencia de Chile, partiendo por las divisiones internas a la orden que provocó aquel tránsito político e histórico: las mezclas de sangres de los sacerdotes se manifestaban en las fricciones legadas de realistas y patriotas.
En realidad, el barrio mapochino completo había sido lugar de actividades ligadas al proceso emancipador, pero principalmente en torno a este edificio de la iglesia, que había quedado habilitado en 1811, tras tantos años de reconstrucción y mejoramientos. Ocurrió que, con las primeras grandes reformas urbanas de Santiago y el advenimiento de la Patria Nueva, la Recoleta Franciscana debió cerrar su noviciado, por ejemplo, mientras aún no se resolvían las disparidades intestinas frente al momento histórico.
Irónicamente, tras la buena suerte echada en Chacabuco y cuando el alhajamiento del templo había sido recientemente concluido, comenzaron los peores problemas para los recoletos franciscanos, pues gran parte del convento fue dispuesto para servir provisoriamente de alojamiento militar, por orden del entonces Director Supremo Delegado, el Coronel Hilarión de la Quintana, al mando mientras suplía a ausente Bernardo O'Higgins.
Según Quintana,"este lugar era amplio y se podía ocupar una parte de él sin molestar a los religiosos". Pero la verdad es que sí molestaban, mucho, pues el alojo de soldados redujo a los monjes la mitad del espacio con el que contaban en sus claustros, en la primera de muchas arbitrariedades que debieron soportar. El área del mismo que se ordenó desocupar correspondía a la casa de penitencias del convento, mientras que los religiosos fueron relegados a incómodas habitaciones al interior.
Así fue que el recinto pasó a ser ocupado, hacia junio de 1817, como cuartel para las fuerzas de Artillería del Ejército y bajo las órdenes de Manuel Blanco Encalada, ya que estas unidades estaban en franca precariedad de espacio, según se lo había denunciado el propio General San Martín a Quintana. Aunque la presencia de los militares no se prolongó exageradamente en aquella oportunidad, sino sólo hasta 1820, esta decisión revelaba la falta de edificios apropiados por entonces para poder servir de cuarteles en Santiago, pero también calzaba perfecto con las varias abusivas medidas tomadas por entonces por el tiránico coronel argentino, aprovechando la confianza y el parentesco que tenía con el General José de San Martín, hasta que las protestas populares cesaron sólo con su salida del cargo el 6 de septiembre.
Sin embargo, el convento se vio en la necesidad de alojar, a continuación, a las monjas clarisas luego que la casa de éstas a un costado de la Plaza de Armas en la Calle de las Monjitas (así llamada por su presencia allí), fuera vendida por orden O'Higgins para reunir los fondos que se necesitaban para el establecimiento de un cuartel militar ubicado en el Sur de Chile y que hiciera frente a los realistas y a las tropelías de sus aliados como Benavides y otros bandidos.
La polémica decisión del Director Supremo, en septiembre de 1821, hizo desalojar con absurda violencia a los más de 40 sacerdotes recoletos desde su propio y legítimo convento, para dar recepción a las monjas. Una desgarradora descripción de lo sucedido, salida de la boca de Fray Domingo Aracena, es reproducida por Fray Francisco Cazanova en su "Reseña Histórica de la Recolección Franciscana de Santiago":
"Era un niño entonces, y en esta tarde supe que los PP iban a salir de la Recoleta, donde en virtud de un decreto supremo, según se decía, se les habían dado sólo tres horas de término para evacuar la casa. Así era que todo era una confusión, pues los santos libros y demás se sacaban sin orden para ponerlos en la calle mientras se buscaban carretones para mandarlos a la Casa Grande o algunos vecinos trasladaban a sus casas provisoriamente lo que podían. En esa tarde, el P. Fray Antonio Chaparro llegaba de fuera sin saber nada de lo acaecido y al notar el oprobio que se hacía tan violento reclamó sobre semejante fuerza, concluyendo por decir que más parecía un malón araucano que un acto de justicia. El oficial encargado de tan imprudente orden quiso ostentar su poder lanzándose sobre él con espada en mano, pero el Padre con la manera más imponente le hizo comprender su deber y que su misión no era la del asesino, pero que si quería mancharse en sangre obrase sobre él".
Material de incalculable valor se perdió en esta prepotente expulsión, como libros y objetos de culto, ante la desazón de los habitantes de La Chimba que acompañaron en sentida procesión a los sacerdotes hasta la Recoleta Dominicana, donde sus compañeros de fe les dieron alojo. Así pagaron los lautarinos, irónicamente, la generosidad con que los curas habían recibido a la Artillería en sus propios aposentos, hacía tan poco tiempo. Y agrega Cazanova:
"Tres horas para la desocupación de una casa religiosa, donde existían más de cuarenta individuos bien alojados; objetos varios y numerosos del culto; una variada biblioteca de más de 5.000 volúmenes y todos los enseres de un convento establecido: son insuficientes e imposibles. Un incendio en que todo se arroja como perdido para tener gusto de salvar las cosas del fuego y nada más, es la expresión de lo que en esta casa aconteció; porque más tarde cuando quiso tomarse razón de las existencias fue imposible y la carencia de un sinnúmero de volúmenes, por ejemplo, vino a reconocerse por lo trunca de las obras que pertenecía, y así en lo demás; pues hasta los manuscritos y papeles del archivo, una que otra desprendida de los legajos en que debieron estar, son la justificación de mi dicho y el motivo para que con mayores datos pueda escribirse la historia de esta casa".
Como si la tropelía de los propios libertadores fuera poca, vino a continuación el acto de pillaje amigo, y el Director de Obras Públicas don Vicente Cavallero procedió a medir y tasar el terreno del antiguo monasterio, vendiendo el primer lote a don José Manuel Borgoño. Los 80 mil pesos que se obtuvieron del total de las ventas, se usaron para cumplir con la creación de la flota que saldría a Lima y para pagar el sueldo de los soldados.
A  mayor abundamiento, como es sabido esta etapa de la liberación de Perú estuvo enteramente financiada por la decaída y menesterosa hacienda pública de Chile, ya que San Martín y los demás mendocinos prácticamente fueron abandonados por el Gobierno de Buenos Aires, debiendo correr Santiago con los gastos de tan enorme empresa y los préstamos de dinero a Lima que, para peor de males, nunca fueron reembolsados en su totalidad por parte del mismo país favorecido. Estos dispendios y la crisis resultante serían, en gran medida, la razón de la posterior caída política que arrastró a la abdicación de O'Higgins.
El estado en que había quedado el convento recoleto al momento de acoger a las clarisas, fue simplemente digno de un saqueo vandálico, según consta en informe del Síndico de las monjas, Francisco Ruiz Tagle.
De todos modos, las clarisas no aguantaron demasiados años allí: en diciembre de 1831, el Obispo Manuel Vicuña comunicó que serían trasladadas a un nuevo convento, colocándose la primera piedra de éste casi un año exacto después, en el que sería el monasterio de calle Agustinas.
Empero, como el matrimonio García-Ferreira había donado estos terrenos chimberos en el siglo XVII con la estricta carga modal de que fueran utilizados para mantener en ellos a los recoletos franciscanos, el haber cambiado el destino del convento enfureció a los herederos quienes, probablemente más por ambiciones para apropiarse de esas propiedades que por deseo de justicia, intentaron levantar un pleito judicial para recuperarlos como sucesión familiar. Así de crispadas las cosas, el 20 de diciembre de 1837, cuando se retiraban las monjas, aparecieron estos descendientes con la intención de tomarse las dependencias, pero sus planes se frustraron cuando un monje entró en forma secreta antes de que ellas salieran, recibiendo las llaves discretamente entregadas por la abadesa.
Pasaron, así, poco más de 15 años para que los sacerdotes pudieran regresar a su histórico convento y recuperaran su querida iglesia, concretando el retorno en 1837. Ocho años después, en 1845, el Padre Vicente Crespo inició la etapa de construcción definitiva de la iglesia de la Recoleta Franciscana que existe hasta hoy, encargando la obra a don Antonio Vidal, primer arquitecto, y luego a don Fermín Vivaceta, su sucesor en el proyecto.
Gran parte de aquellos fondos los reunió el célebre franciscano canario Andrés García, Fray Andresito, que lrealizó las limosnas necesarias para las obras precisamente en esos años, logrando importantes aportes de las familias aristocráticas de entonces. El posible próximo santo de Chile había llegado a la Recoleta el 2 de agosto de 1839, habiendo venido a Santiago desde la Banda Oriental, el Presbítero argentino Pedro Ignacio de Castro Barros llegó a alojarse en la Recoleta Franciscana, en donde fue recibido como huésped. Salía todas las mañanas con su alcancía de limosnas, muy temprano, y volvía al convento a almorzar. En la hora de la siesta, aprovechaba para orar y repartir enseñanzas a los pobres en las puertas del santuario.
Tras una admirable y prodigiosa vida, también colmada de historias milagrosas, Fray Andresito falleció viernes 14 de enero de 1853. Como sucedió antes con el Negro Andrés y con Fray Pedro Bardeci, sus funerales tuvieron enorme concurrencia popular. Fue sepultado en tierra, primero, con una lápida hecha por el escultor Alejandro Cicarelli con la imagen de Santa Filomena y después en un catafalco construido por el mismo artista napolitano, al lado del altar del su amada Santa Filomena. La exhumación dejó en evidencia que su cuerpo estaba incorrupto, hecho certificado por altísimas autoridades científicas de la época, sumándose a la lista de hechos sobrenaturales que se le atribuyen a su fama. Además, el nombre de Fray Andresito se ha colocado al santuario de la iglesia y los claustros.
Hubo una gran restauración interior del templo, entre 1855 y 1858, en la que se habrían colocado los altares de mármol para los santos. Los trabajos generales del templo se prolongaron hasta 1863, además, y pocos años después, Recaredo S. Tornero se refería de la siguiente manera al complejo religioso en su "Chile Ilustrado":
"El convento de la Recoleta Franciscana, situado al Norte del Mapocho, a una cuadra del puente de madera, cuenta ya con más de cien años de existencia, y en la actualidad tiene 58 religiosos; 16 de ellos son sacerdotes, un corista, 7 legos, 15 postulantes y 10 hermanos donados. Tiene conventos dependientes en Valparaíso, en Rengo y en la Angostura. En Santiago tiene una iglesia de tres naves, en cuya fachada, que cae para la plazuela de su nombre, se eleva una elegante torrecita de construcción moderna, que contiene un reloj. Los claustros de este convento son notables por su mucha extensión y por la abundante y variada plantación de árboles que se encuentra en ellos. Los devotos los prefieren siempre cuando se trata de tomar lo que se llama ‘una encerrona mística’, o sea, ejercicios espirituales".
Aquel templo es el mismo actual, de estilo neoclásico con toques de evocación colonial y de gran romanticismo arquitectónico. Los cambios urbanos hicieron desaparecer una acequia colonial que corría por la Calle del Cequión, y hacia aquellos años, enfrente del templo y de su explanada, existía también un paseo conectando a la hoy plaza dura de la Recoleta, pasando por la actual Plaza Tirso de Molina hasta la ribera sur frente a la calle San Antonio a través del Puente de Palo, conjunto llamado entonces Parque Recoleta y desaparecido con la canalización del río Mapocho entre 1888 y 1891.
Parte de los grandes terrenos que quedaban del convento recoleto a fines de aquel siglo, fueron vendidos a nuevos proyectos, como el de los asociados del Gran Mercado de Abastos de la Ciudad de Santiago, fundado en 1895 por don Agustín Gómez García y conocido más tarde como el Mercado de La Vega. Ellos adquirieron lotes en donde estaban los huertos y jardines, mismos que fueron famosos en La Chimba por sus frutas y flores, especialmente los naranjales.
La entonces frondosa Plaza de la Recoleta en 1905, con la iglesia al fondo y las líneas de los tranvías en la avenida (donde hoy está la explanada y la acera). Lámina publicada en "Historia y devociones populares de La Recoleta Franciscana de Santiago de Chile: 1643-1985" de Juan Ramón Rovegno.
Iglesia de la Recoleta Franciscana en 1927. Imagen perteneciente hoy a las colecciones del Museo Histórico Nacional.
Arco frente a la  Iglesia de la Recoleta Franciscana en 1928, en el VII centenario de la canonización de San Francisco de Asís. Lámina publicada en "Historia y devociones populares de La Recoleta Franciscana de Santiago de Chile: 1643-1985" de Juan Ramón Rovegno.
Pasillos del convento alrededor de su patio, en 1961. Imagen publicada por la revista "En Viaje".
EN EL SIGLO XX: SOBREVIVIENDO A LOS CAMBIOS
Durante el año 1905, los recoletos pasaron a depender de la Orden de San Francisco de Asís, de manera completa y directa. Esto fue complicado y provocó nuevos roces dentro de los franciscanos. Entre otros cambios, los hábitos de color ceniza que habían usado históricamente los recoletos, debieron ser reemplazados a partir de entonces, por los de tono café característico de los franciscanos regulares.
Cambios importantes sobrevienen también en el entorno del barrio por entonces, involucrando algunos de los terrenos que vendió la orden a particulares. Una agrupación integrada por comerciantes de la Vega Central, vecinos y los propietarios de las comunas Independencia y Recoleta", surgió en defensa de su ubicación vecina al convento y en contra de amenazas a sus intereses, por anuncios de traslación del establecimiento de ferias.
Tras aplastar los intentos de desalojar de allí el mercado, el 11 de diciembre de 1910 lograron reinaugurar el complejo con el sólido nombre de Gran Mercado de la Vega. Para entonces, los asociados habían comprado también los últimos terrenos disponibles del antiguo convento de la Recoleta Franciscana, donde estaban los huertos, ampliándose así la superficie del más importante mercado de Santiago.
Aunque el barrio de Recoleta era, en aquellos años, un territorio democrático donde posteriormente llegaron a convivir desde fascistas a comunistas en el mismo terreno (incluso saltando sobre sus diferencias políticas a la hora de tener que defenderse durante escaramuzas callejeras en otros lados de la ciudad), sus calles y plazas varias veces fueron territorio de expresión poco amistosa para las diferencias, incluida la Recoleta, aunque vinculados más bien a las cuestiones religiosas mezcladas con el partidismo, de preferencia en plenas elecciones. Recordaba Lautaro García en su "Novelario del 900":
"Junto a la Recoleta Franciscana existía un centro de la juventud católica y algunas cuadras más abajo, al llegar a la calle Juárez, otro de la juventud radical. Una mañana aparecía el primero sin la plancha de bronce que alzaba su nombre junto a la puerta; pocos días después, el segundo amanecía sin ningún vidrio en sus ventanas. En los días, mejor dicho en las noches de efervescencia política, de ambos locales salían alborotadoras falanges de mozos a adiestrarse en el apaleo y la pedrea. Después de probar sus fuerzas en estas escaramuzas de barrio, los bandos marchaban enardecidos, dando vivas a sus candidatos y mueras a los contrarios, en dirección al centro donde se realizaban las grandes concentraciones".
Con relación a lo recién descrito, cabe señalar que, en 1919, comenzó a funcionar en las dependencias recoletas el Centro Social Católico "Recoleta"; en 1923 hizo lo propio la Sociedad Catequista Antoniana y en 1926 se puso en marcha oficialmente a la Pía Unión de San Antonio, que seguramente ya tenía actividad desde años anteriores.
En julio de 1928, al celebrarse los 700 años de la canonización de San Francisco de Asís por el Papa Gregorio IX, se construyó un arco triunfal conmemorativo frente a la Recoleta Franciscana, en la plaza, que permaneció durante todo el período de los festejos. Al mes siguiente, comenzó el trámite para la elevación de la Iglesia de la Recoleta de San Francisco a Parroquia, por iniciativa del Vicario General de Santiago, Monseñor Palacios, quien invitó a discutir el asunto a Fray Jerónimo Muñoz Correa, superior recoleto, presentando el proyecto al Ministro Provincia Fray Luis Orellana.
Fue así como, el 12 de septiembre de ese mismo año, el Arzobispo de Santiago, Monseñor Crescente Errázuriz acogió la propuesta que el Vicario Palacios y elevó a parroquia al templo, separándolo de la administración territorial de Renca. Decía el decreto eclesiástico de marras:
"Teniendo presente que la población de la ciudad de Santiago en sus diversos sectores ha adquirido un mayor desarrollo y considerando que la mejor atención espiritual de los fieles exige la erección de nuevas parroquias que les facilite el cumplimiento de sus deberes religiosos y contribuya al incremento de la piedad, oído el parecer del Venerable Cabildo Metropolitano y el de los párrocos de Santa Filomena y el de Todos los Santos, invocando el nombre de Nuestro Señor, en uso de nuestra jurisdicción ordinaria diocesana y si fuere necesario de la que nos es delegada por el Santo Concilio de Trento en el capítulo IV sobre la Reforma, sesión 21, separamos, dividimos y desmembramos de las mencionadas parroquias de Santa Filomena y de Todos los Santos el distrito que vamos a señalar y en él instituimos, fundamos y erigimos una parroquia que se denominará de la Recoleta Franciscana y cuyo titular será Nuestra Señora de la Cabeza".
En el mismo lado chimbero, pero hacia la calle Recoleta, la presencia secularizada de los religiosos recoletos seguía destacada por algunos adalides de la fe, como el padre Domingo Silva Acevedo, ordenado en los hábitos en 1925 y que, desde abril de 1952, oficiaría como Superior, Párroco y Ecónomo de la Recoleta Franciscana. Además, como la recolección tenía una gran relación con la actividad de asistencia a los desposeídos en el Mapocho, se vinculó mucho también con las obras caritativas religiosas de otros grupos y órdenes, recibiendo en 1942 la visita del futuro Santo, el padre Alberto Hurtado Cruchaga, existiendo una foto suya en la ceremonia de Imposición de Insignias de los Jóvenes Católicos.
El tranvía pasaba entonces precisamente por estas manzanas, con los recorridos que se internaban en avenida Recoleta hacia el cerro Blanco y los cementerios. Unos años después, será un infernal tráfico de buses de transporte urbano y automóviles particulares el que pasará por el lugar que antes ocuparon las vías del ferrocarril urbano.
En tanto, la proliferación de grandes ferias de artesanos y pequeños mercados persas de comerciantes libres en el siglo XX, llevó a las autoridades a dirigir cambios radicales en la ordenación del entorno al convento franciscano y los recintos de La Vega. El carácter de comercio popular se tomó a barrio por todos sus costados, dejando al convento como un oasis en su centro. En los años cuarenta, además, se construyeron las primeras pérgolas de las flores (con floristas trasladadas desde la Alameda) y se habilitaron los galpones del antiguo tranvía para los comerciantes de La Vega Chica, con sus cocinerías y puestos minoristas de productos, además de la Feria Tirso de Molina, hoy convertida en amplio mercado.
Desde 1965, además, existe el llamado Grupo de Alcohólicos Anónimos "Cóndor de Chile", unidad de recuperación con sede en las instalaciones del convento de la Recoleta, como sucede con muchos otros servicios de orientación social o pastoral que allí se han realizado. Y, en 1970, fue creado el comedor caritativo del convento, para dar almuerzos a los menesterosos, llegando a alimentar más de 100 personas de lunes a viernes. Es por esta razón que existen tantos mendigos viviendo en el entorno de la Plaza de la Recoleta, habituales visitantes del comedor de la caridad.
Por Decreto N° 935 de 24 de julio de 1973, en los últimos días de gobierno y de vida del Presidente Salvador Allende, la Iglesia y el Convento de la Recoleta de San Francisco fueron declarados Monumento Histórico Nacional "considerando su valor histórico y representar ese conjunto un elemento importante para la mantención del carácter ambiental y tradicional del barrio de su ubicación". Esto permitió que pudieran repararse en forma más o menos rápida algunos de los daños que provocó en el templo el terremoto del 3 de marzo de 1985.
Con relación a los rasgos de memoria histórica observables en el lugar, cabe indicar que atrás de la nave izquierda del templo, misma donde se encuentra el catafalco de Fray Andresito, se ha habilitado un pequeño pero interesante museo para él, de dos habitaciones y varias vitrinas. Creado en 1986, se pueden admirar allí muchas de sus pertenencias, prendas, bastón, utensilios y libros de escritorio, además del escaño de piedra donde descansaba y obras con escenas de su vida, como el titulado "Fray Andresito con los mendigos", óleo sobre tela de Ramón Pizarro (1855). Sin embargo, el relicario con la sangre del aspirante a santo debió ser sacado de la exhibición a fines de los noventa, con objeto de resguardarla y comprobar científicamente su autenticidad.
Un día de noviembre de 1989, además, Clotario Blest, el ilustre dirigente sindical, llegó en extremo débil al convento tras haber estado hospitalizado en las puertas de la muerte, siendo alojado en el segundo piso del edificio, en una sala dispuesta para los enfermos y ancianos. Allí pasará los últimos días de su vida con el hábito de San Francisco, antes de fallecer al año siguiente, reafirmándose así con otro ejemplo, el juramento de los recoletos con los más desposeídos, los necesitados y los pobres.
Fachada de la Recoleta Franciscana, aspecto actual.
Costado del edificio, por el lado de avenida Recoleta.
Placa conmemorativa, en el acceso al templo.
EN EL SIGLO XXI: LA RECOLETA DE HOY
En términos generales, el templo y el convento de la Recoleta de San Francisco han mantenido su aspecto general, de influencias neoclásicas, tocanas, barrocas y neorrenacentistas. El cielo de la nave mayor es en bóveda de cañón y seccionado en arcos de medio punto en las naves laterales, aunque no sabemos desde cuándo su color es un intenso rojo colonial. El conjunto se mantiene poco intervenido y muy fiel a su aspecto original, al igual que las finas molduras y las columnas de orden corintio, realizadas con estucos sobre postes de madera. Lo mismo sucede con la torre del campanario, con revestimiento de madera y diseño orientalista.
Por el lado de calle Recoleta permanecen los estribos y contrafuertes del gran murallón lateral del exterior del templo, sobre el cual se levanta la linterna tragaluz encima del altar mayor, aunque la ábside del templo está escondida dentro de la manzana. En este lado de la acera, sin embargo, se ha extendido un alero con tejado similar al de las aguas del templo, que acoge bajo el mismo espacios para el comercio popular, aunque tapando parte de la estructura del muro externo.
La relación entre comerciantes y trabajadores veguinos con los sacerdotes de la Recoleta, por otro lado, no ha cambiado en todos estos años: reciben cierto apoyo de los primeros para los comedores de la caridad que allí se ofrecen tradicionalmente a los indigentes, que esperan pacientemente la hora del almuerzo en la Plaza de la Recoleta, frente al templo. Desgraciadamente, esta misma relación con el barrio comercial ha llenado de vendedores irregulares todo el frente de la plaza, especialmente de inmigrantes, haciéndola casi intransitable a ciertas horas del día.
Durante el año 2003, el templo fue parte de las celebraciones de los 450 años de la presencia franciscana en Chile. Sin embargo, el terremoto del 27 de febrero de 2010 dejaría sus huellas en el templo, obligando a incluirlo en la nómina de edificios patrimoniales que requirieron de intervenciones. Durante este período, además, el Museo de Fray Andresito fue remodelado y conectado más expeditamente al edificio de la iglesia, siendo reinaugurado en septiembre, hasta donde llegan diariamente sus devotos y admiradores, confirmando la vigencia del personaje en la tradición, el folklore y la fe popular, en pleno proceso de beatificación.
Hay niveles inferiores del templo a los que se accede por los costados, delatados por las tapas y ventilas que se distinguen en el piso de parqué de las naves laterales, pero actualmente están cerrados al público. Algunas infaltables leyendas se cuentan sobre pasadizos subterráneos y otras gaitas, por supuesto.
La Recoleta de San Francisco es, de esta manera, un símbolo perenne de la ciudad de Santiago, plenamente vigente en el siglo XXI: símbolo del desprendimiento y símbolo de la beneficencia como compromisos humanos, sobreviviendo a todos los cambios de toda una sociedad que se ha ido alejando cada vez más de aquellas blancas banderas.
Interior del templo. Nave lateral derecha y parte de la nave mayor.
Catafalco de Andresito de la Iglesia de la Recoleta Franciscana, justo a un costado de la Capilla y Altar de Santa Filomena, hecho por don Fermín Vivaceta gracias a las colectas que realizó el propio Fray Andrés.
Primera lápida para Fray Andresito, hecha por Cicarelli, con imagen de Santa Filomena
ALGO SOBRE LAS FIGURAS RELIGIOSAS Y LA PRESENCIA DEL ARTE EN DEL TEMPLO
Desde mediados del siglo XVII proviene la figura de madera policromada de la Virgen del Monte de la Cabeza, en el altar mayor, pieza de origen español pero de autoría anónima. Se la cree traída por los franciscanos en 1605, 1633 o 1663, según cada fuente, siendo esta última fecha la más ajustable a la historia del convento. Fue tan importante que se la consideró una de las vírgenes principales de Santiago y se celebraba oficialmente su fiesta cada año, con reconocimiento del Cabildo.
Cabe añadir también que Nuestra Señora de la Cabeza es una advocación venerada desde 1227 en Andujar, España. La imagen del templo recoleto, según Fray Juan Ramón Rovegno, fue traída por los franciscanos desde Cádiz, embarcados hacia fines de 1662, pasando primero por El Callao y desde allí, en agosto del año siguiente a bordo del patache "Santo Domingo de Guzmán", hacia Valparaíso. Se cuenta que hubo problemas en el viaje y que casi naufragó la embarcación, pero el capitán se comprometió con la Virgen de la Cabeza a llevarla en brazos y caminando descalzo desde Valparaíso hasta La Chimba en Santiago, si le concedía su protección... Y así lo hizo, causando gran interés de la población devota, especialmente de los fieles chimberos, que organizaron una procesión para acompañar al capitán y los sacerdotes desde Melipilla, en donde habían hecho una parada, hasta San Francisco del Monte para hacer otra detención, y desde allí llegar a Santiago. Fueron recibidos por la multitud, encabezada por las cofradías de Copacabana. El capitán en persona puso a la imagen sobre el altar de la Recoleta Franciscana, a pesar de las cofradías quisieron disputarle ese honor y colocarla sobre unas andas que ellas mismas trajeron.
También estaba en la Recoleta, desde entonces, un Cristo Resucitado que se cree obra de Gaspar de la Cueva o alguno de sus discípulos, traída desde el Virreinato del Perú y actualmente visible en el Museo del Convento de San Francisco, aunque no sabemos desde cuándo se encuentra en este destino.
Destaca en la Recoleta el altar de San Francisco de Asís, ubicado en un espacio propio en la nave derecha, al final, con señales de mucha devoción popular por su figura. Esta imagen es la protagonista del llamado Tránsito de San Francisco, que se realiza anualmente en el templo el 3 de octubre, en el aniversario del fallecimiento del santo. Tal encuentro ha sido el que inicia tradicionalmente la celebración dentro de la familia franciscana de Santiago.
Además de lograr financiamiento para las obras de la Recoleta, las limosnas reunidas por Fray Andresito García sirvieron para consagrar un altar dedicado a su amada Santa Filomena, según se desprende del recibo dado por Fermín Vivaceta, el 9 de diciembre de 1850:
"Recibí del hermano Fray Andrés la cantidad de cuatrocientos cuarenta y ocho pesos, cuatro reales que me ha pagado por hacer el altar de Santa Filomena en la Iglesia de la Recoleta Franciscana de Chile".
Andresito aparece varias de las obras que están en la pinacoteca de la Recoleta, además, obras de los siglos XIX y XX, importante y valiosa colección de arte del templo y los claustros.
Alejandro Cicarelli, en tanto, hizo también la primera lápida de Fray Andresito, con la imagen de Santa Filomena. Hoy está en la sala al inicio de la nave derecha. Después, el artista napolitano construyó el catafalco del candidato a santo, para su exhumación y nueva sepultura, obra ejecutada con sus alumnos de la Academia de Pintura y Escultura de Santiago (escuela que estaba a su dirección) en julio de 1855 dentro del templo, al lado del altar de Santa Filomena.
Cabe observar que el catafalco de Andresito dentro del templo, es lugar de devociones y de peticiones de intervención por toda clase de requerimientos: salud, estabilidad económica, trabajo, necesidades familiares, bienestar, amor, etc. Pocos personajes de culto popular son tan amplios en cubrir variedades de pedidos.
En esta misma nave, la izquierda, está el elegante altar de Santa Clara y, al fondo, el Sagrario, con figuras de los ángeles custodios del Santísimo Sacramento. Una figura de Santa Rosa de Viterbo, que en los años 30 tenía una cofradía propia, fue movida a los corredores.
Una figura escultórica y policromada de Cristo Nazareno o Nazareno del Gran Poder, cargando la cruz hacia el calvario, se cree confeccionada a principios del siglo XIX, aunque de procedencia y autoría desconocidas. Tenía un altar propio, y está hoy al otro lado del catafalco de Fray Andresito. Hasta hoy, es sumamente venerada y colmada de agradecimientos de los fieles, pero antaño tenía un momento especial de celebraciones los días viernes.
Figura del Cristo Crucificado.
Algunas de las placas de agradecimiento al Crucificado.
 San Judas Tadeo, dentro del templo.
Placas de agradecimiento para San Judas Tadeo.
Del siglo XIX provienen también la figura de San Buenaventura y el Cristo Crucificado, ambos de autor anónimo y considerados de fabricación popular. El Crucificado, particularmente, se encuentra al inicio de la nave derecha, bajo el coro abalaustrado del órgano, y tiene muchas placas de agradecimientos por favores concedidos, destacando las de padres que habían solicitado favores por sus hijos. Otras imágenes notables son la de San Luis de Tolosa, tallada y policromada hacia 1888 por el artista Anselm Noguez, en Barcelona. Cerca de él está una pequeña representación escultórica del Sagrado Corazón de Jesús, en un nicho sobre el acceso al Santísimo Sacramento y sus ángeles.
Particular atención y devociones han tenido, sin embargo, las imágenes de Santa Margarita de Cortona y de San Antonio de Padua, históricamente solicitadas y muy agradecidas por favores concedidos: de ayuda a los animales y especialmente los canes, la primera (Santa Margarita lleva un perro echado a sus pies en las representaciones) y para niños o casos de familia el segundo. Los agradecimientos están en placas y papeles escritos a mano, y para el caso de la santa, la mayoría de estos últimos se dan por la reaparición de algún perro o gato perdido, o salvado de algún caso veterinario. Como en varios otros casos de las imágenes del templo, los agradecimientos y peticiones incluso se hacen con inscripciones sobre los muros.
La figura de San Antonio, en tanto, cuenta con un gran altar propio y era venerada antaño por cofradías y grupos de estudio religioso con su nombre, agrupadas en la misma iglesia. La figura y el estandarte de San Antonio fueron bendecidos en 1943 por el Arzobispo de Santiago, Monseñor José María Caro. Sus agradecimientos también son señalados de forma ambigua por los devotos que dejan placas, pero se puede intuir que algunos se relacionan con las consabidas peticiones de origen amoroso y matrimonial que se formulan al santo.
Varias figuras religiosas adquieren popularidad en diferentes períodos del siglo, dentro del templo: desde Judas Tadeo hasta la más reciente Santa Teresa de los Andes, esta última con altar propio. En lo fundamental, los santos reciben acá el mismo tipo de culto que el de las animitas o los altares populares, aunque sus placas de agradecimiento no aclaran mucho sobre la naturaleza de los favores concedidos. No menos importante es el artístico púlpito, ubicado entre las arcadas de la nave mayor y la derecha, que sería de aquel mismo período.
Así informa Rovegno sobre los cambios en la imaginería del templo:
"Se mencionan en diferentes textos otros santos que se encontraban en el templo; pero como no he hallado ningún escrito que pudiera profundizar estas devociones, sólo los mencionaré: En la primitiva iglesia en el 1700 están: El Señor Crucificado, Santa Margarita de Cortona, los Altares de Jesús, María y José. Un nuevo Templo se levanta en el año 1844 o más preciso, el 12 de enero de 1845, donde están los Altares de la Sagrada Familia, El Calvario, San Pedro Alcántara, Nuestra Señora de la Merced, Nuestra Señora de Lourdes, Nuestra Señora de la Purísima, Nuestra Señora del Tránsito, San Francisco de Paula, Santa Verónica y San Luis Obispo.
En una nueva restauración en 1855 y en 1858 donde se cree se pusieron los altares de mármol, se encontraban San Judas Tadeo, San Buenaventura, y la Inmaculada. Entre los años 1979 y 1981 se realizaron nuevos cambios, quedando solamente Santa Filomena, Santa Clara, Sagrado Corazón, San Francisco, San Antonio de Padua, San Luis de Tolosa y presidiendo, Nuestra Señora de la Cabeza, Jesús Nazareno y un Cristo Crucificado que tienen bastante devoción. También encontramos la tumba de Fray Andrés que se mantiene siempre acompañada por fieles devotos que la visitan, con un gran numero de placas de agradecimiento que la rodean".
Los sepultados con sus respectivas lápidas dentro del templo, son los siguientes:
  • Fray B. Ventura Recabarren, profesor, escritor y filósofo, fallecido el 12 de abril de 1877 a los 71 años y trasladado a este lugar el 7 de septiembre de 1900.
  • Felipe V. Cáseres, fallecido en 1877, y la señora Rosario Tagle.
  • Presbítero Manuel Figueroa, fallecido el 6 de enero de 1859.
  • Doña Josefa Irarrázabal, fallecida el 15 de abril de 1853, y su esposo José Antonio Tagle, fallecido el 6 de abril de 1862.
  • Juana Danila de Marcoleta.
  • Antonia Figueroa de Fuenzalida.
  • Francisca Fontecilla, fallecida el 25 de febrero de 1851.
  • Victoria Arrate de Tagle, fallecida el 9 de febrero de 1880, y su esposo Domingo Tagle Yrarrázaval, fallecido el 30 de julio de 1882.
  • Mercedes Calderón.
  • Lucrecia Ambrosi de Mulef, fallecida el 2 de julio de 1889.
  • Manuel de la C. Rodríguez, fallecido el 6 de septiembre de 1880 a los 49 años.
  • S.M.D. Manuel Ruiz Tagle, fallecido el 9 de octubre de 1854.
  • M.P.A. (sólo iniciales)
  • José Agustín Tagle, fallecido el 9 de enero de 1878.
  • Doctor (médico) Francisco Rodríguez, fallecido el 29 de diciembre de 1871.
  • José Agustín Tagle.
  • José María del Solar y su esposa Milagro de Ojeda.
  • Y, por supuesto, el Siervo de Dios Andrés Filomeno García, Fray Andresito.
Además de otros cuadros y reliquias históricas del templo, por el lado del convento interior están las campanas de la torre, dos mayores y dos menores, que fueron desmontadas y están actualmente a un costado del patio junto a los claustros, en uno de los pasillos. Las dos mayores llevan por nombre "Inés" y "Fray Andresito", esta última fundida en 1929.
Finalmente, cabe observar algo sobre reloj de la torre campanario: es una valiosa pieza de la casa relojera Collin (sucesor de Wagner) de París, de mediados del siglo XIX. Sus cuatro caras, sin embargo, quedaron detenidas hace tiempo, marcando las 16:15 horas de otros planos de realidad, muy diferentes a los nuestros.
Santa Margarita de Cortona.
Mensajes de agradecimientos para la santa.
Imagen del Jesús Nazareno, cargando la cruz.
Placas y mensajes de agradecimientos al Nazareno.

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