miércoles, 14 de febrero de 2018

¿O'HIGGINS O CARRERA?: LA IDEA ORIGINAL DE CONSTRUIR EL PASEO DE LA ALAMEDA DE LAS DELICIAS EN SANTIAGO

La Alameda de las Delicias en sus primeros años, tras ser despejada y nivelada (aún no se ven los álamos), en ilustración de Pariossien & Scharf, publicada hacia 1821.
Ya he tratado este asunto -a la pasada- en una antigua entrada de este blog, dedicada a la historia de la Alameda de las Delicias y según un recuento que hizo de ella Oreste Plath. Hubo quienes me solicitaron más información al respecto, interesados en este dato; otros, simplemente, se han molestado con lo comentado y consideraron que la información disponible al respecto no es categórica ni concluyente.
Había estado evitando, hasta ahora, abordar exclusivamente este asunto: ¿De quién fue la visionaria idea de crearle a Santiago un paseo público como fue la Alameda de las Delicias: de don Bernardo O'Higgins Riquelme o, como ha comenzado a difundirse ya tras la revisión del material disponible, de don José Miguel Carrera Verdugo? La verdad es que ambos próceres participaron en la creación del proyecto, aunque sólo don Bernardo logró consumarlo.
Es curioso, además, que la perpetua discusión entre ambos bandos respectivos de los próceres de la Independencia, haya llegado incluso a este punto en particular, sobre el origen y autoría de la Alameda santiaguina, pero las pruebas están y, a decir verdad, son conocidas: mientras carrerinos espetan que fue don José Miguel en plena Patria Vieja, mostrando en sus manos información concreta sobre el decreto correspondiente, los o'higginianos responden defendiendo el consenso general de la historiografía y la educación chilenas, que adjudica a don Bernardo la totalidad de la visión para crear el paseo, arguyendo también que el proyecto de Carrera para la misma avenida no se habría consumado y sólo habría quedado en intenciones, según esta posición.
Por supuesto, se trata éste de un debate no muy reconocido, más bien informal en muchos puntos y del que se exterioriza bastante poco hacia afuera de los círculos en que se desarrolla, así que voy a cometer otra imprudente pero sabrosa infidencia al publicar algo más sobre el tema, en esta entrada.
Bien, el asunto concreto es que se ha repetido con insistencia en los libros chilenos, que la Alameda de las Delicias de Santiago, nuestra actual Avenida Libertador General Bernardo O'Higgins Riquelme, fue una obra del prócer que le da su nombre, a partir de trabajos ejecutados en 1820-1821, sobre la antigua Cañada de Santiago o de San Francisco, así llamada por el templo franciscano.
Los tres principales libros sobre el origen de las calles de Santiago, por ejemplo, repiten que fue el período de O'Higgins el promotor y ejecutor de la idea de convertir la antigua Cañada en el paseo público, sin tocar otros antecedentes del mismo proyecto en la Patria Vieja: "Santiago de Chile. Origen del nombre de sus calles" de Luis Thayer Ojeda, "Una peregrinación: a través de las calles de la ciudad de Santiago" de Benjamín Vicuña Mackenna y "Santiago calles viejas" de Sady Zañartu. La misma información proporciona Armando de Ramón en "Santiago de Chile" y René León Echaíz en su "Historia de Santiago".
Además de los decretos correspondientes, una de las pruebas más concluyentes ofrecidas de que la Alameda de las Delicias fue concebida por el Libertador O'Higgins (y directamente por él, más que por asesores o colaboradores), es el croquis de tinta ejecutado en 1818 por su propio puño, con un esquicio de diseño sobre cómo debía ser el paseo, y que se encuentra en la actualidad en el Archivo Histórico Nacional. Allí se ve la forma en que imaginaba su proyecto, más o menos desde los actuales sectores de calles Carmen hasta Teatinos.
Detalle de la Cañada en el plano de Santiago publicado por Alonso de Ovalle en su "Histórica relación del Reino de Chile", de 1646. Se observan las acequias que salían desde el río Mapocho, pasaban junto al cerro Santa Lucía y seguían hacia el Sur entre primitivas arboledas de la Cañada.
Pilones de agua proyectados pero nunca construidos, para La Cañada, diseñados por solicitud del Conde de Quinta Alegre entre 1802 y 1806. A resguardo en el Archivo Nacional. Ambas figuran en la recopilación "Cartografía histórica de Chile. 1778-1929", de Jaime Rosenblitt y Carolina Sanhueza.
La Cañada, ya convertida en la Alameda de las Delicias, en el plano de Santiago hecho por John Miers y publicado en Londres en 1826. El fragmento del mapa va desde los actuales sectores de la Plaza Baquedano hasta la Estación Central. Fuente imagen: Archivo Visual de Santiago.
Tronco de uno de los primeros álamos que se vieron en la Alameda de las Delicias (La Cañada, por entonces), traído desde Mendoza en 1811 por Fray José Javier de Guzmán y plantado en el Convento de San Francisco de Santiago. En exposición en el Museo de San Francisco.
PRIMEROS INTENTOS DE MEJORAR LA CAÑADA
La Cañada, se recordará, era el nombre con el que se conocía entonces al lecho seco de la futura Alameda de las Delicias, que se extendía desde la altura de la actual Plaza Baquedano hacia el Sur. Se cree fue un antiguo brazo del río Mapocho (no todos los autores están de acuerdo, empero) o, cuanto menos, un cause menor de sus aguas, al igual que el caso de La Cañadilla de la posterior avenida Independencia. Si así fuera, ya estaba casi seco a la llegada de los españoles, terminando de fluir su escaso hilo hacia 1560-1580, aproximadamente.
Como La Cañada era, hasta entonces, una suerte de quebrada poco intervenida y muy descuidada, los peatones solían caminar por sus orillas y cruzarla por un pequeño puente de cal y ladrillo, que los franciscanos había construido para conectar su templo con la vera Sur, por encima de la hondura y sus cascajales.
Y si bien fue usada como sendero en el borde Sur de la ciudad de entonces, acabó convirtiéndose en un enorme vertedero de la sociedad colonial, aunque no tan grande ni escandaloso como el del Basural de Santo Domingo junto al río Mapocho, del que hemos hablado en una reciente entrada. De todos modos, las basuras de La Cañada llegaban a la misma altura del techo de las casas, según un decreto de prohibiciones de seguir botando desperdicios en éste y otros lugares de Santiago, dictado el 20 de agosto de 1774.
Poco después, el 2 de mayo del año siguiente, el Procurador Juan Antonio Zañartu presentó al Cabildo una declaración pidiendo redoblar los esfuerzos y las prohibiciones, pues ya parecía intolerable el abuso que se cometía en La Cañada, calle que definía como "una de las principales y más hermosas de la ciudad". Vicuña Mackenna sospecha, en su "Historia crítica y social de Santiago", que Zañartu era vecino residente de La Cañada.
Parecido al caso anterior, en 1798, un contratista de apellido Gálvez, presentó una propuesta al Cabildo de Santiago, comprometiéndose a barrer las calles una vez al mes, con la expectativa de un buen negocio, pero parece que a los cabildantes les pareció un malgasto de dinero semejante oferta. No había, pues, una voluntad decidida para acabar con el problema y así, de acuerdo a la descripción que se hace de ella, La Cañada por entonces era todavía la larga hondonada sucia y abandonada, sin adornos ni ornamentación de ninguna especie, salvo algunos árboles cercanos al convento de San Francisco. En La Cañada sólo se veían matorrales, basura y pedregales, que permitían el tránsito solamente por los costados de la misma.
A pesar de la fealdad del lugar, hubo algunos intentos por dignificarlo en los albores de la lucha independentista. Así fue como, entre 1802 y 1806, se habría propuesto la creación de plazas en un sector de ella, con algunas fuentes de agua en roca canteada. Aunque pertenecían al Conde de Quinta Alegre, las propuestas gráficas para las pilas podrían haber sido realizados por don Juan José de Goycoolea y Zañartu, Alcalde de Aguas, canalista, urbanista y discípulo de Toesca, además de ser considerado el primer arquitecto chileno.
También aparecieron los mencionados primeros álamos que se vieron en La Cañada, tiempo antes de ser la Alameda propiamente dicha: los habían traído los sacerdotes franciscanos, desde 1809-1810, y estaban desde el año siguiente en la misma cuadra de su convento y otros en los patios de los claustros, arrabalero sector de la ciudad en donde trabajaban varios artesanos, herradores, barberos y talabarteros. Dichos álamos provenían de Mendoza, en número de 20 los ejemplares, aunque uno de ellos murió en el camino. Sin embargo, ciertas fuentes señalan que provenían en realidad desde Europa, y que sólo fueron adquiridos en la Provincia de Cuyo.
Puede que aquellos álamos hayan anticipado en parte la construcción de la Alameda y sus arboledas, regadas por aguas de la acequia que corría desde tempranos tiempos coloniales por La Cañada. Sin embargo, no reflejaban aún alguna intención de convertirla en un paseo, como tal. Y, como hemos dicho, de acuerdo a la versión más difundida de su historia, no hubo novedades al respecto hasta 1818, con O'Higgins.
Sin embargo, el asunto no resulta tan sencillo y categórico.
Retrato de Carrera, por Miguel Venegas Cifuentes, 1950, en el Club de la Unión.
La nota del periódico "La Aurora de Chile" de enero de 1813, anunciando el inicio de los trabajos para convertir La Cañada en un paseo público.
Carta de Fray Camilo Henríquez, bajo pseudónimo, a la editorial de su propio periódico carrerino "La Aurora de Chile", en noviembre de 1812. Ya comentaba de la necesidad de recuperar La Cañada y convertirla " en el mejor de nuestros paseos".
CARRERA SE PROPONE CREAR UN PASEO PÚBLICO EN LA CAÑADA
Auque hay un desconocimiento muy generalizado al respecto, el origen del paseo que sería conocido después como la Alameda de las Delicias, se puede rastrear en períodos anteriores a los tiempos de la Transición o la Patria Nueva, correspondiente al mando del General José Miguel Carrera, por mucho que esto pueda causar sorpresa o escozor en algunas opiniones.
Conjeturamos que la misma relación del prócer con ella, si acaso fue mejor conocida en otros tiempos, incluso pudo influir en la instalación de su primera estatua en la Alameda, hoy ubicada en la comuna de San Miguel.
El caso es que las pruebas han estado siempre a la vista en los archivos del primer periódico chileno, fundado precisamente por Carrera y Fray Camilo Henríquez; pero, por alguna razón, han permanecido desdeñadas y poco consultadas, salvo por menciones más bien tímidas de parte de autores como Pedro Lira Urquieta en "José Miguel Carrera" y, si mal no recuerdo, por Manuel J. Herrera en "Vida de don José Miguel Carrera Verdugo".
Cabe señalar, como preámbulo, que Fray Camilo había publicado un guiño a esta idea de recuperar y transformar La Cañada, en una carta que dirige a la misma editorial de su diario "La Aurora de Chile", bajo el pseudónimo de Cayo Horacio, un supuesto lector. La carta de marras es publicada el jueves 19 de noviembre de 1812, pocas semanas antes del decreto de Carrera que ya revisaremos, y en ella podemos encontrar el siguiente fragmento inicial (ortografía actualizada):
"DEMASIADO se ha dicho ya, amigo mío, acerca de asuntos grandes y de utilidad general, es ya tiempo de que hablemos de negocios domésticos y económicos, que no influyen menos en la comodidad, salud, lucimiento, y seguridad del público. Hemos entrado, gracias a Dios, en una época en que la municipalidad concibe buenos pensamientos, y los adopta el Gobierno, lleno de buenas intenciones. La ciudad necesita de alumbrado, cosa que no puede faltar, sin incurrir en la nota de desgreño abandono, e incuria, en un pueblo culto: el alumbrado es una cosa de ornato, y de comodidad, y es muy favorable al orden, por que la oscuridad es muy amada de los crímenes y los excesos. El aseo de las calles y acequias está muy descuidado; hay algunas muy asquerosas, y todos saben cuánto influye esto en la salud de la población. El aire se carga de partículas matadoras, de semillas de corrupción y muerte; y cuando no sucediese tanto mal, es cierto que la visita de estas partículas es muy desagradable a las narices. Es necesario cuidar de que no falte agua ni en nuestras casas, ni en las calles, muy bueno fuera que se imaginase un arbitrio para que las calles se regasen todas las tardes, y que cada uno barriese su pertenencia, tomándose providencias para la extracción de basuras; así respiráramos un aire mas fresco y más húmedo. Es paseo de los Tajamares, el de la alameda, y Cañada, son muy frecuentados, y en verdad que son gratos; pero los tajamares se ponen intolerables por el acopio y vecindad de basuras, e inmundicias; y la alameda, y Cañada exigen un cuidado especial: lástima es que la larga extensión de la Cañada, que de día en día se puebla más, no haga el mejor de nuestros paseos; teniendo todas las proporciones para ser tan hermoso como saludable. Yo creo que ahora le bastaba para tener estas ventajas, el que se procurase su aseo, se compusiese su piso, y se plantasen algunos árboles; yo tengo razones para no proponer el plantío del estéril sauce; mejor es el naranjo, y otros árboles que unen a la belleza y permanencia de las hojas la producción de frutas de que se aprovechan los niños y los pobres".
Posteriormente, la página cuatro de "La Aurora de Chile" del jueves 14 de enero de 1813, anunciaba ya que el gobierno iniciaba un plan de recuperación de La Cañada que, a la sazón, se hallaba inutilizada y en desuso a causa del referido problema de los basurales, por lo que se ordenaba despejarla y se llamaba a licitación para sus jardines y para convertirla en un paseo y lugar de esparcimiento, precisamente.
Dice, el texto correspondiente (ortografía actualizada):
"ARTICULO DE OFICIO
LA calle nombrada la Cañada presenta las mejores proposiciones para un lugar de recreo y comodidad pública, pero el descuido la ha reducido a un punto de inmundicia y de asco. Sólo resta que una mano activa ponga en uso las ventajas que ofrece su situación, arreglando las aguas, allanando el terreno y amenazándolo para que el arte de la perfección a que convida la naturaleza. El gobierno lo desea, y cuenta con que el celo de V. realice sus esperanzas, aceptando este encargo y proponiendo cuanto crea necesario para que tenga efecto este apetecido adorno y decoro de la capital.
Dios guarde a V. muchas años. Sala de Gobierno y enero 12 de 1813 -José Miguel de Carrera - José Santiago Portales - Sr. Regidor D. Antonio Hermida".
Dicho de otro modo, la primera iniciativa para convertir La Cañada en paseo sucede a inicios de 1813, cuando "La Aurora de Chile" publica el oficio firmado por Carrera, a la sazón Presidente de la Junta Provisional de Gobierno, y en donde se propone explícitamente dar inicio a la creación de un paseo recreativo, previa acción de limpieza y ornato de la misma.
La labor de despeje y limpieza del futuro paseo, emanada del decreto de 1813, se encargó al propio Regidor, don Antonio Hermida. Y si bien el tiempo transcurrido permite pensar que se alcanzaron a iniciar los trabajos requeridos por el oficio, sucedió que la agitación política de esos días, seguida del desastre de los patriotas en Rancagua el 2 de octubre de 1814, frustraron la consumación de este proyecto.
De este modo, la terrible situación de los basurales se mantenía aún hacia 1814, y alcanzó a ser vista por cronistas como Vicente Pérez Rosales y José Zapiola. Al año siguiente, sin embargo, el gobierno de la Reconquista dictó otra ley prohibiendo botar más basuras en La Cañada, aludiendo a la dirección de los vientos del valle y el peligro de causar infestaciones en la ciudad, mismo criterio que se habría usado después también, en la elección de los terrenos al Norte de Santiago para la instalación de los grandes cementerios. Quizás haya existido algún interés de continuidad entre estas medidas de aseo y las anteriores, dictadas por Carrera para La Cañada.
Resulta un misterio, por supuesto, la razón por la que estos antecedentes han sido tan escasamente abordados por autores e historiadores, en cada ocasión en que se han referido a nuestra Alameda, incluso en el contexto de la historia urbana. Como alguien sin formación académica en las disciplinas de la historia, no me parece apropiado especular al respecto ni otorgarme atribuciones suficientes para proponer suposiciones sobre este tema, que prefiero dejar a criterio del lector.
Retrato de O'Higgins, por Gil de Castro, 1820. Museo Histórico Nacional.
El célebre bosquejo del proyecto hecho por don Bernardo O'Higgins, posiblemente con asisencia de Fray José Javier Guzmán y Lecaroz (el mismo que trajo los primeros álamos), en 1818, antes de dar inicio a la construcción de la Alameda de las Delicias.
Detalle del Plano de Santiago hecho por el francés Herbace en colaboración con el cartógrafo Nicolás Boloña, en 1841. Se observa el ajuste del paseo y sus óvalos con el bosquejo original hecho por O'Higgins para la Alameda. Fuente imagen: Archivo Visual de Santiago.
Fotografía de la Alameda de las Delicias hacia el poniente, desde la torre del campanario de la Iglesia de San Francisco, c. 1862. Se observa el obelisco erigido efímera o provisoriamente en homenaje a la Primera Junta Nacional de Gobierno.
O'HIGGINS RETOMA EL PROYECTO Y CONSTRUYE EL PASEO
Recuperada la senda de de la Independencia e ingresando a la Patria Nueva, la construcción del nuevo paseo en la Alameda de las Delicias en la ex Cañada de Santiago, se inicia (o más bien, se reinicia) con el Director Supremo O'Higgins, con la plantación de las primeras hileras de álamos mendocinos. Parte de la motivación de entonces era sustituir el ya decadente Paseo de los Tajamares, con su propia alameda de álamos italianos, que había sido el único de la ciudad hasta entonces, pero asociado ya a otra época y, para peor, al estigma de los días bajo sometimiento a la corona española.
El contenido del decreto respectivo de O'Higgins, del 7 de julio de 1818, en síntesis manifiesta casi la misma reflexión que el de Carrera en 1813, y dice:
"Se carece de un paseo público en donde puedan congregarse las gentes para desahogo honesto y recreación en las horas de descanso, pues el conocido con el nombre de tajamar, por su estrechez e irregularidad de terreno, lejos de alegrar el ánimo, inspira tristeza. La Cañada, por su situación, extensión, abundancia de agua y demás circunstancias, en el lugar más aparente para una Alameda".
Como se puede deducir del famoso dibujo atribuido a O'Higgins y a Fray José Javier Guzmán y Lecaroz para la futura Alameda de las Delicias, con sus filas de arboledas y platabandas, él trazó su croquis basándose en las alamedas españolas que había conocido durante su estadía en Cádiz. Prisioneros realistas, muchos de ellos tomados en Maipú, fueron empleados para las labores de construcción del paseo, muchas veces en condiciones poco decorosas del trabajo al que fueron sometidos durante este período.
La dirección de los trabajos y parte de su diseño en ejecuciones fueron encargadas al Coronel de Ingenieros don Santiago Ballarna, apresado en la captura del navío "María Isabel". Estas obras exigieron terraplenar los terrenos, desmontar y nivelar con rellenos. Se concluyó la plantación de las cuatro hileras de álamos al centro, dos laterales (por las calles angostas paralelas) y dos acequias corriendo por eje, al que se agregaron bancas de piedra pulida para descanso, "a imitación de lechos de Grecia", como recuerda Isabel Carrera de Ried en "Doña Javiera Carrera: crónica novelada".
Se sabe que O'Higgins concurría personalmente a verificar los trabajos, conversando con los jefes de obras y las cuadrillas, pues parece haber tenido especial interés en este proyecto. Las principales arboledas fueron trasplantadas por un decreto del 22 de septiembre de ese año, por el Director Supremo.
Tras dos años de trabajo, estos se terminan en 1821, atrayendo toda la atención de los ciudadanos y del comercio. Doña María Graham los verá muy poco después de inaugurados, describiéndolos en el diario de su viaje en Chile. Y, en el mismo tramo de tiempo, O'Higgins ordenó limpiar también muchos de los demás basurales de la ciudad, así que por varios meses estuvieron carretas paseando por Santiago para recoger toda clase de desperdicios y escombros,, tirados por las calles.
Sin duda, la ciudad cambiaba completa, y el proyecto de la Alameda era parte de esta transformación concretada por el prócer.
El primer nombre que O'Higgins le dio al paseo de La Cañada fue el de Campo de la Libertad Civil, reflejando un poco las motivaciones en que se deslizaba entonces el republicanismo. Sin embargo, entregadas ya las obras con la apertura del 28 de julio de 1821, el paseo comenzó a ser llamado como la Alameda de las Delicias, nombre que oficializó el Gobernador Intendente de Santiago, don Francisco de la Lastra, con un decreto de 1825.
Ciertas teorías señalan que el nombre Alameda de las Delicias se debió a que los reos forzados al trabajo durante su construcción, así denominaban al paseo cuando descasaban por momentos en las sombras de las quintas contiguas al paseo; o que éste fue motejado de tal forma por el grato deleite que provocaba en los paseantes, una vez inaugurado, y que las parejas declaraban que "es una verdadera delicia caminar por esta alameda". Sin embargo, debe observarse que éste no ha sido el único paseo de América denominado De las Delicias, y existen antiguas avenidas con ese mismo nombre en España. Y no está por demás comentar también que, hasta entonces, se había conocido como Alameda al paseo de arboledas en hileras de los tajamares, junto al Mapocho.
Como sea, oficialmente mantuvo el nombre de Alameda de las Delicias por un siglo, hasta que, en en 1925, grupos vinculados a Arturo Alessandri Palma quisieron celebrar el regreso de su líder al Palacio de la Moneda proponiendo que la Alameda de las Delicias fuera rebautizada Avenida Presidente Arturo Alessandri. Sin embargo, previendo las reacciones populares y políticas a tan exagerado beso a su ego, el mandatario se negó a la posibilidad. El lugar de complacer al alessandrismo, don Arturo propuso y dictó el Decreto N° 432, publicado en el "Diario Oficial" el 27 de marzo de 1925, donde le cambia el nombre a Avenida Libertador Bernardo O'Higgins, precisamente por la importancia que tuvo el héroe en el origen de la misma.
No cabe duda de que fue O'Higgins, entonces, el ejecutor del paseo y la avenida que sigue siendo más importante, conocida y referencial para Santiago, todavía en nuestra época... Sin embargo, tampoco hay motivos para seguir relegando al claroscuro el hecho incontestable de que perteneció a Carrera (y en parte, quizás, a Camilo Henríquez) el proyecto original de la construcción del paseo en La Cañadilla, al menos en los tiempos de aspiración republicana, ni para seguir perpetuando artificialmente con tal omisión una estéril y a veces anodina dialéctica emocional entre carrerinos y o'higginianos, carente de toda vigencia o ajuste a nuestra época.

1 comentario:

  1. Para que nadie se enoje, todos la llamamos "Alameda" (sin apellidos) y se comprende perfectamente a qué nos referimos.
    Sin duda los proyectos son conjuntos y eso es lo genial de la historia, agradecer solamente a las mentes brillantes que lo planificaron y los que la ejecutaron.
    Buena reflexión final.

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