viernes, 8 de diciembre de 2017

LOS COLORES DE DOÑA CLARA: LAS ARTESANÍAS DE RARI EN EL CENTRO DE SANTIAGO

Coordenadas: 33°26'15.70"S 70°39'9.19"W (puesto de ventas)
Sin ser santiaguina nativa, doña Clara Luz Sepúlveda Guzmán se ha vuelto parte del paisaje diario y una característica del centro de la capital chilena, con su puesto ahí a espaldas de la Catedral Metropolitana durante la semana y, en los días sábados, en un sitio del Paseo Huérfanos a pocos metros de Ahumada, en este caso "parchando" en la calle, con su preciosa mercancía sobre un paño.
Es imposible no advertir su colorido y rústico mostrador, colmado de figuritas de diferentes tamaños con miniaturas de ángeles, libélulas, palotes, caballos, pájaros, gallos, gansos, lagartos, hadas, ratones, sombrillas, paraguas, brujas, lagartos, collares de flores, canastillos, abejas, mariposas, elefantes, campesinas, personajes costumbristas y otros motivos, mientras ella misma teje atrás-con sus diestras manos- los crines de cola del caballo que dan vida a tan singular tradición de artesanía chilena.
Un relato breve referido a ella, en el concurso "Santiago en 100 palabras", fue escogido de entre 44.081 concursantes y premiado con el primer lugar por el jurado del año 2009, integrado por Marcelo Simonetti, Roberto Fuentes y Carmen García. La artesana atesora una copia casi como un diploma, orgullosa, llevándolo con ella también entre sus arco iris de crines y herramientas de tejer. El minicuento se titula "La desordenada", y pertenece a Nathalie Moreno, por entonces de 41 años y residente en La Reina:
"A doña Clara te la encuentras en la esquina de Bandera con Catedral. Se la pasa tejiendo animalitos con coloridas hebras de crin de caballo que ella misma tiñe. En un trapo extendido en la vereda descansa su delicado zoológico, el que se niega a pinchar con alfileres aunque se le vuele. Por eso, día por medio, a un taxista le golpea el vidrio una libélula azul o a una señora pituca le pega en el ojo una ranita anaranjada. Doña Clara no hace ni el amago de rescatarlas. Se ríe no más de la cara que pone la gente".
Para muchos capitalinos, este relato fue la forma de descubrir la existencia de doña Clara, pues los santiaguinos hace rato nos estamos volviendo ciegos cuando estamos en nuestra propia ciudad. Fue así como saltó a la prensa su caso, con artículos como uno publicado en el diario "La Tercera" de ese año ("La anónima historia de la artesana que inspiró relato que ganó concurso literario" de S. Vásquez y C. Araya, 29 de noviembre de 2009).
Doña Clarita es todo un personaje. Conserva esa dulzura de las abuelas antiguas y las de campo, con un trato pausado y cariñoso que la ha hecho muy querida entre todos los paseantes y trabajadores habituales del sector que la conocen. Sus muchos años viviendo en Santiago no han cambiado sus ademanes ni su cordialidad, rasgos proverbiales en su caso.
Su arte de tejido de crines es uno de los más característicos y tradicionales de Chile, originario de la localidad de Rari en Colbún, en la Provincia de Linares de la Región del Maule. Antaño se hacían también estas obras con raíces de álamos, técnica que también alcanzó a conocer y practicar doña Clarita, pero el crin quedó como material principal de trabajo.
A pesar de ser un pueblo un tanto retirado, unos dos siglos desarrollando esta actividad artesanal en Rari han logrado imponer esta artesanía única en el mundo, con los crines de caballos entramados y combinados con fibras de origen vegetal, de manera parecida al trabajo en mimbre, sumándole así un gran atractivo turístico más a la encantadora zona. Se sabe que el uso de crines teñidos con colores para la misma artesanía, se incorpora al oficio ya en el siglo XX, hacia los años treinta. Junto con  los Cabrera, Osses, Vergara, Rebolledo, Carter, Parada, Tapia y Guzmán, la familia Sepúlveda de la que proviene doña Clara, está entre las principales cultoras de esta tradición, desarrollada especialmente por mujeres.
La artesana comenzó a involucrarse en el arte del crin cerca de los tiernos nueve años, en las Termas de Panimávida, en una garita de ventas que tenía su abuela para vender recuerdos a los visitantes. Su madre también fue influyente en involucrarla en esta disciplina, trabajando con ella allá en su gran casa de campo, alrededor de un brasero, hasta que murió prematuramente, cuando Clara tenía 25 años.
Deprimida por la pérdida y hallándose sola, pues sus hermanos ya tenían parejas y vivían con ellas, se vino a Santiago intentando superar el dolor. Acá empezó a vivir de su talento, primero trabajando para Cema Chile y tejiendo figuras muy sencillas como sombrillitas, sombreros o flores, a las que después fue adicionando animales y personajes antropomórficos. Por casi dos decenios y medio, ofreció sus trabajos en la Gruta de Lourdes de la Quinta Normal, con un puestito ubicado junto a la entrada y en el que también vendía artículos religiosos, rosarios y estatuillas de santos, hasta que decidió mudar su venta al sector más céntrico.
La artesana descubrió el interés por sus piezas de crin en el Centro de Santiago, cuando se hallaba vendiendo espigas de trigo y ramilletes para el Domingo de Ramos, en la Plaza de Armas. Allí advirtió que, más que estos artículos, el público estaba tentado con sus coloridos tejidos de crin, por lo que tomó la decisión de trasladarse hasta el sector en el año 2003, dejando atrás su época en el santuario popular de Lourdes.
Cerca de 45 años lleva ya en la capital y en estos quehaceres, período en el que contrajo matrimonio y tuvo dos hijos. No ha sido fácil la vida familiar para ella, sin embargo: desafortunadamente, además de separarse, su hijo mayor cayó en vicios oscuros, debiendo entrar a rehabilitación, y el menor tuvo sus facultades mentales comprometidas, quedándose a vivir con ella aunque ayudándola con algunos tejidos y dándole algún mal rato de vez en cuando, como la vez en que desapareció por seis meses, dejándola con el credo en la boca de angustia durante ese período, como reconocía en una entrevista para un artículo del sitio Sindical ("Clara Sepúlveda: La artesana del crin volador" de Lissette Fossa, 11 de febrero de 2013).
Cada mañana, entonces, Clara parte desde su casa en Quinta Normal para extender su mesa y sentarse en su banqueta en la conjunción de calle Bandera con Catedral, y ofrecer al público sus preciosas obras, como lo hace ya casi por casi 15 años en esta esquina. Diez horas al día ocupa en su oficio, logrando producir similar cantidad de mariposas o de matapiojos en un día, uno por hora, a veces trabajando hasta las dos de la mañana. Uno de los gatos con los que comparte su casa, sin embargo, no le permite tener de adorno las mismas artesanías que produce, pues siempre termina destruyéndoselas.
Desde que comenzó a hilar sus primeros gruesos pelos equinos, entonces, Clarita lleva más de seis décadas de perfeccionamiento y producción constante. Incluso se permite impartir cursos para enseñar a más mujeres interesadas en este delicado y fino trabajo, incluyendo su nieta, iniciada a la misma edad que ella. Su nuera también vende estas artesanías, pero en el sector de calle Lastarria, en el Barrio Bellas Artes, como señala en un artículo del sitio web cultural Amo Santiago ("Clara Sepúlveda: 'En un día puedo tejer 10 mariposas de crin'", 2 de mayo de 2015).
Los crines usados por doña Clara, suele teñirlos ella misma antes de utilizarlos, valiéndose de anilinas industriales. Suele conseguirlos en el matadero, comprando las colas de los caballos, aunque ciertos atados de la materia prima se los envían desde su tierra en Linares. Los lleva en un bolso del que jamás se despega, distribuidos en un bulto de varias madejas de colores, de las que va sacando los pelos para tejerlos en su imparable actividad diaria, mientras los vende.
La infaltable incomprensión ha amenazado varias veces su puesto. Al mal comportamiento de ciertos sujetos nacionales y extranjeros del sector, se suma la desidia de ciertas autoridades municipales, que le han cobrado onerosos permisos a doña Clara para mantener su puesto allí en la esquina. Hace unos años se lo negaron con prepotencia, de hecho, hasta que logró revertir esta decisión, merced a su insistencia, perseverancia y amor por su propio trabajo, del que no se quiere desprender hasta la muerte. De hecho, cuando se hizo más conocida y salió en los medios de prensa como consecuencia del relato breve que le dedicaran en "Santiago en 100 palabras", la esforzada artesana no contaba con el permiso municipal para poder trabajar allí.
Su amiga vendedora que tiene por vecina, en el kiosco exactamente al lado de su lugar en calle Bandera, le ayuda a pasar con más compañía la soledad y el silencio de los ratos en que ambas no estén atendiendo las consultas o las compras de sus respectivos clientes. No pocos se acercan a su puesto sólo para pedir una fotografía de la variedad de figuritas en venta, pues la posibilidad de ver el arte de crines de Rari sigue siendo algo poco frecuente en Santiago. Una hoja impresa y plastificada, con la imagen de un caballo al trote, explica muy brevemente a los curiosos que se acercan al puesto, algo sobre el origen de su artesanía en la localidad de Rari.
Muchos colmarán en estos días nuestro centro de Santiago, comprando objetos hechos en serie para cumplir con el deber del buen consumidor de regalar algo en el período de la Navidad y las fiestas de fin de año, que ya se aproximan. Dejaré acá este artículo, entonces, para quienes prefieran dar y recibir obsequios con más encanto, especialidad o esfuerzo honesto como son los de doña Clarita, ubicada allí en el mismo sector del centro comercial e histórico de la ciudad.

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