martes, 12 de diciembre de 2017

"KAINGA, UNA HISTORIA FAMILIAR", DE MARCOS MONCADA ASTUDILLO: UN LIBRO SOBRE LO MUCHO QUE AÚN FALTA EXPLORAR DE LA ISLA DE PASCUA

Hace un mes, en la tarde del viernes 10 de noviembre de 2017, asistimos al lanzamiento del libro "Kainga, una historia familiar" de nuestro amigo Marcos Moncada Astudillo, en la Feria del Libro de Santiago. Eso sucedía sólo un día antes de que hiciéramos lo propio, con nuestras "Crónicas de un Santiago Oculto".
La publicación de tan interesante e ilustrativa obra fue financiada por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, con sello editorial de Rapanui Press. Es introducida por las presentaciones del arqueólogo Sergio Rapu Haoa y del Doctor en Historia Cultural Ricardo Cicerchia, en sus primeras páginas. Cuenta con bastantes imágenes de base fotográfica y reproducciones gráficas de documentos pertinentes.
El nombre del libro podría generar alguna expectativa errada, induciendo a creer que se trata de alguna narración novelada o de un argumento ficticio. En realidad, es un completo y exhaustivo esfuerzo de investigación patrocinado por el Programa de Magíster en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y por el Instituto de la Historia de la misma casa universitaria, relacionado con uno de los aspectos culturales menos divulgados de la Isla de Pascua: la comprensión y alcances de la propiedad en la cultura Rapanui, especialmente la correspondiente a la posesión y administración de la tierra.
Moncada Astudillo, egresado en Licenciado en Historia mención Ciencia Política en el instituto, actualmente es alumno del programa de magíster que respalda su trabajo. Es conocido su esfuerzo en estos círculos y tiene presencia en internet, a través sitios y grupos como el de investigación de piedras tacitas y las publicaciones en Polinesia Chilena, notable website que recomendamos hace algunos años acá mismo y que se relaciona directamente con los contenidos relativos a la cultura Rapanui, que Moncada conoce bastante bien como exresidente.
Antes de comentar sobre el libro, cabe observar que ha existido una enorme interferencia para la comprensión de los conflictos sobre el tema de la propiedad en la isla, especialmente los últimos, con irritaciones que se producen por la fricción entre los intereses particulares, por lo general advenedizos, y los de sus propios habitantes. Esta historia de choques van desde la oscura época de Merlet y la Compañía operando en la isla, hasta las últimas controversias por los terrenos de proyectos hoteleros en Hanga Roa.
Tales interferencias contaminantes y adversas al conocimiento cabal del asunto, van desde aquellos que intentan batir malteadas leguleyas escasamente ajustadas al fondo de los problemas, hasta personajes que -tal vez con la mejor y más solidaria de las intenciones- se adhieren a los discursos y a las proclamas, desconociendo el trasfondo y el peso cultural del asunto, enredando más aún su comprensión con enfoques errados y hasta interpretaciones tendenciosas. No han faltado también los que, empujados por el genio oportunista de la política, han tratado de apropiarse de una tajada de las denuncias o demandas, blandiendo espadas ajenas de indigenismo e independentismo, pero con propósitos bastante diferentes.
"Kainga, una historia familiar" es como una linterna encendida en dicho escenario: nos alumbra la ruta de los conflictos entre la identidad Rapanui y la del continente, como un documento que explica sin excesos técnicos ni exageraciones, la esencia y médula del problema, aportando una necesaria claridad para disipar prejuicios, creencias, idealizaciones e imprecisiones. Moncada se permite incluso ser casi majadero en el esfuerzo de explicar, hasta -el detalle minucioso cuando es necesario- cuál es la idea real de propiedad que se manejaba entre los isleños antes de su contacto con los europeos, acudiendo a abundantes citas, ejemplos y contrastes con aspectos y datos sociológicos, antropológicos, culturales, políticos, históricos y arqueológicos para demostrar cada punto.
El libro desarrolla y explica de manera fresca muchos contenidos que se habían tocado ya en trabajos como los de Alberto Hotus, Grant McCall o Víctor Vergara, pero trayéndonos un estudio novedoso y más amplio sobre el tema de la propiedad de la tierra Rapanui, tan deficientemente tocado por la historiografía oficial o, cuanto mucho, sólo desde su enfoque reducido a "conflictos", generalmente ligados a asuntos de reivindicación histórica, derecho o etnología. Es, por lo mismo, un texto imprescindible para quien quiera conocer más de estos complejos asuntos, enfatizándonos muchos puntos que hasta ahora se habían abordado en forma más bien floja o ambigua.
Cartografía y conflicto de Rapanui, 1942. Levantamiento topográfico de los terrenos entregados a la Autoridad Marítima y los nativos, hecho por Hermann Ried en colaboración con los locales Miguel Teao y Pedro Atán. Imagen de Rapanui Press, pueblicada en "Kainga, una historia familiar", de Marcos Moncada.
Retrocediendo, de hecho, podemos comenzar la cuenta de controversias históricas con la época de los esclavistas peruanos que diezmaron la población isleña en el siglo XIX, hacia 1860, obligando a los capturados a trabajar en las covaderas de la costa, y cuya liberación tras la Guerra del Pacífico, paradójicamente, también dañó a la isla cuando regresaron portando enfermedades contagiosas desconocidas entre sus habitantes.
El primer censo realizado en la isla, en 1892 y por parte de la Armada de Chile, determinó que había sólo 101 habitantes, y de ellos apenas 12 eran varones adultos. Este colapso, sumado al contacto con los europeos y las modificaciones forzadas de las estructuras de poder o jerarquía, modificaron mucho el entendimiento de la propiedad familiar de la tierra Rapanui y también la comprensión continental de la misma.
Kainga es la identificación de propiedad de la tierra comunitaria y familiar, la que era común a un clan y con ciertas características de uso y administración determinadas por un patriarca, mientras que Henúa se refería a todo el territorio de la isla. El concepto ya es conocido por los expertos, pero quizás resulte novedoso a quienes leemos el libro con nuestras propias cargas de contaminación cognitiva, provenientes de los señalados discursos esencialmente errados, incluso de connotados historiadores, y de los vacíos informativos. Moncada nos demuestra hasta lo irrefutable, por lo mismo, la existencia de esa ancestral idea isleña de propiedad, que no es exactamente contrario a lo que conocemos como tal en nuestra sociedad. Empero, en su caso también involucra los aspectos colectivos, por tratarse de una definición desarrollada a lo largo de siglos en la estructura étnico-social-familiar y la propia cosmovisión a la que pertenece.
Cabe indicar que el mismísimo Capitán Policarpo Toro, gestor y ejecutor de la incorporación de la isla a Chile en 1888, manifestó conocer y acatar la condición de los isleños como "primitivos dueños y señores" de la misma. Empero, la visión e interpretación de esta relación de propiedad nativa, reducida sólo a la distribución de hijuelas en algún momento, estaría influida por noción la imperante en la sociedad continental de entonces. La propiedad en la mentalidad nativa isleña procede, pues, de una concepción polinésica de ocupación territorial de cada clan, y la administra el máximo jefe familiar determinando los patrones de explotación de la misma tierra y asegurando la distribución de sus productos.
La presencia de una demarcación ancestral de los terrenos de Isla de Pascua, fue rescatada por algunos autores e investigadores como la inglesa Katherine Routledge, hacia 1913. Aún las comunidades recuerdan algo sobre las distribuciones de los clanes familiares en la isla, grupos llamados mata, y es posible encontrar también pilas de piedra llamadas pipi horeko, que marcaban los deslindes de esos terrenos sirviendo como altares de veneración funeraria a los ancestros deificados en figuras tutelares o aku aku. Estos espíritu custodiaban los límites remotos e impedían que violaran la restricción de invadirlos, conocida como Tapu.
El arriendo de terrenos a la compañía concesionaria en la isla y el arribo de los colonos particulares, que abusaron de estas prebendas y de los propios isleños, gozando de gran autonomía e impunidad para operar en "su" campo geográfico, confirmaría el desajuste y la dualidad anómala entre ambos conceptos de la propiedad de la tierra. Se impuso el de propiedad particular por sobre la idea local, y así fue inscrita la isla en el Conservador de Bienes Raíces de Valparaíso, como privada. Muchos denunciaron, en su momento, la esquizofrenia administrativa que imperaba allá y sus graves consecuencias para la sociedad Rapanui: entre otros, Alberto Sánchez Manterola, Nicolás Palacios, Monseñor Rafael Edwards, el misionero capuchino Bienvenido de Estella y hasta la propia Armada de Chile.
La incomprensión sobre su naturaleza e interacciones, además, abonó a los prejuicios de los viajeros y observadores, que creyeron ver en la comunidad isleña señales de desinterés, flojera y ratería, en muchos casos. Se habló, por ejemplo, de una falta de iniciativa para demarcar los terrenos de las propiedades, que en realidad eran dejados intencionalmente abiertos y confiados al acatamiento de los topónimos indicados en rocas naturales o puku, mientras que los hitos artificiales eran llamados muku, como informó en su época el Oficial de la Armada Carlos Charlin Ojeda. Todos estos datos están disponibles en el libro de Moncada, por supuesto.
Hojeando el libro "Kainga, una historia familiar". La imagen de la isla muestra el mapa con las divisiones ancestrales precisadas por Katherine Routledge, tras consultar a los nativos y los miembros del Consejo de Ancianos Rapanui.
En una mirada más amplia a la historia, de hecho, por la ausencia de una idea estricta de la propiedad privada y la existencia de un concepto distinto al respecto, los polinésicos fueron señalados varias veces como ladrones innatos, existiendo en la Isla de Pascua el nombre de kori para señalar hurtos "juguetones" y toke toke para referirse a apropiaciones más violentas o con fuerza. Tan marcado estaba este rasgo cultural, que la legislación chilena incluso debió establecer penas más bajas en la isla para los delitos contra la propiedad, consideración que ha causado cierta polémica e intenciones en revisarla en nuestra época.
Es la profundidad que subyace en el choque de ambas visiones, entonces, lo que ha ido desatando los conflictos en la isla sobre posesión y propiedad, de la misma manera que provocó muchos otros anteriores, en los que el Estado no ha podido actuar más que como un intermediario de relativa injerencia o incluso con complicidad, salvo contados casos históricos en que se intentó enderezar el curso de los hechos y se lograron mejorías.
Prueba de las grandes diferencias de comprensión del asunto de la propiedad en la isla, es otro dato más reciente que nos deja a la vista Moncada, consultando sus muchas fuentes: en el año 2000, de 645 propiedades, sólo 217 estaban inscritas en el Conservador de Bienes Raíces. La legitimidad de la propiedad sigue siendo evaluada en términos legalistas, por consiguiente, mientras que en la mentalidad de los isleños se funda más bien en la tradición local histórica.
Siguiendo las observaciones de Dennis Kawaharada, el autor nomina también los siete elementos más  importantes y definitivos en los patrones culturales influyentes sobre el concepto de propiedad o, más bien, de "ocupación" de la tierra en la Polinesia, que se conservan de diferentes formas todavía en la isla:
  1. Pae Pae: Plataformas de piedra sobre las que se instalaba la residencia de una familia. En Isla de Pascua son las Hare Paenga, hechas de rocas y pilares de origen vegetal, por falta de buen material pétreo en la geografía.
  2. Ua Ma: Foso cercano a las viviendas hecho en suelos arcillosos, en donde se fermentaba el llamado árbol del pan, tradición que en la isla guardaría relación con el taro, pues no existe la planta original ni el terreno para cavar tales fosas.
  3. Tohua o Tahako'ina: Explanada para actividades comunitarias, equivalentes a las Maea Poro en Rapanui, nombre que recibe de las piedras usadas, de canto rodado y tomadas del mar.
  4. Me'ae o Marae: Especie de templo dedicado a actos ceremoniales y culto a los ancestros, que entre los isleños fue asimilado al altar Ahu, en donde se montan las estatuas moai.
  5. Tiki: Imágenes de espíritus tutelares y ancestros deificados, los aku aku de la Isla de Pascua, en donde los tikis corresponden a los característicos moais, siendo el más semejante a la tradición iconográfica el llamado moai sentado de Turi Turi, desenterrado por Thor Heyerdahl.
  6. Pa: Fortificaciones militares y refugios, de los que se conservan sólo murallones de piedra. Por falta de este material, el concepto se trasladó al de la cueva o Ana en Rapanui, y las cavernas usadas en terrenos familiares como escondites, se llamaban Ana Kionga.
  7. Los petroglifos: Utilizados como registros ceremoniales y verdaderos sellos de identidad del territorio ancestral aludiendo al mundo divino, en la Isla de Pascua son conocidos los de las roqueras de Orongo, con los característicos hombres pájaros.
Un pipi horeko o cúmulo de piedras que, a la vez de altar, servía par demarcar los primitivos terrenos de los clanes. Imagen de Brett Shepardson, publicada por Rapanui Press en el libro de Marcos Moncada.
Moncada explica este asunto de la propiedad de la tierra en la isla como parte de la visión esencialmente familiar-comunitaria de la misma en la órbita polinésica, relacionada con clanes... De ahí el nombre del libro, de hecho.
Con gran prolijidad, además, se detalla el concepto de la familia en esta misma vieja sociedad isleña, que no coincide del todo con lo que entendemos de este lado del Pacífico: los hijos vivían hasta la adultez con padre y madre, sumando al grupo a las nueras y los nietos, en una convivencia común en el hogar o Hare Paenga. Mientras padre y madre vivieran, llamándolse koro y nua, respectivamente, todos los que habitaban alrededor de ellos eran considerados una misma generación familiar y hogar. Koro y nua eran títulos que perduraban sin distinguirlos de pasar a ser abuelos o bisabuelos respecto de hijos de hijos y así, sucesivamente. Del mismo modo, los hermanos y primos se reconocían en una categoría común de tainas.
Todos estos elementos de la cosmovisión Rapanui relativos a la propiedad, sobrevivirán a la irrupción del derecho continental en la isla y a la introducción de los preceptos de la Iglesia Católica entre los nativos, tras el vacío de religiosidad en que quedaron las mismas comunidades a consecuencia de los azotes de esclavistas y las epidemias en la segunda mitad del siglo XIX. La mentalidad originaria logra convivir y mantenerse a pesar de los cambios, y el concepto atomizante o reduccionista de la familia occidental judeo-cristiana hallará resistencia en el recuerdo de lo que Moncada define como el de las "grandes familias indivisas" propio de la isla, que describe tomando observaciones de Alfred Metraux. Sin embargo, la renovación sí dejará atrás muchos elementos fundamentales de la cultura local, como los Hare Paenga, por ejemplo, desplazados a inicios del siglo XX por las más cómodas aunque modestas viviendas modernas de esos años.
Uno de los capítulos mas interesantes, hacia el final del libro, está referido a los reasentamientos que se ejecutaron hasta el siglo pasado y que tienen antecedentes previos a la incorporación de la isla a Chile. El autor pasa por documentos inéditos relativos a la estructura de organización política local al momento de aquella incorporación, basado en los "jefes de familia". Además, nos recuerda algo sobre los estudios que hizo en la isla la folklorista Margot Loyola, residiendo con la familia Hito en la década del cincuenta y produciendo algunos trabajos inspirados en esta rica experiencia. Se repasan, finalmente, casos polémicos de la relación con el continente, como la cuando funcionarios del Estado de Chile defraudaron a la misma familia Hito para despojarlos de sus terrenos y cederlos a un consorcio chileno-alemán.
De esta manera, en "Kainga, una historia familiar" nos encontramos con un enfoque y una perspectiva que se aparta de sesgos tradicionales o conceptos preestablecidos, jalando el tema en uno u otro sentido, permitiéndonos comprender así que en la isla sí existió una rotunda noción de propiedad, muy propia, pero que su entendimiento e inteligencia precisas no coinciden con el concepto de propiedad particular de la sociedad occidental moderna, el que hemos hecho nuestro en el continente.
El libro, en otras palabras, explica con esmero y precisión el fondo del problema, echando mano a un rango completo de valiosos argumentos que van desde disciplinas de la arqueología hasta la exploración satelital, dando por resultado un trabajo excepcional que nos describe el cómo había sido ancestralmente comprendida la cuestión de la propiedad en la vida Rapanui, y el porqué se ha entrado en controversia al intentar su ajuste con la visión continental del mismo concepto, con todo el telón cultural e histórico que da fondo al tema.

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