miércoles, 21 de junio de 2017

HÉROES Y MÁRTIRES DE CUATRO PATAS: LOS CANES DE LA GUERRA DEL PACÍFICO

Oficiales en la cubierta de la cañonera "Magallanes" tras haber llegado a Antofagasta luego del combate de Chipana, en 1879, con al menos dos quiltros acompañando fielmente a la tripulación y considerándoseles como parte de la misma. En la escena aparece el propio Capitán de fragata Juan José Latorre, el cuarto de los sentados en la base del cañón (de derecha a izquierda).
Muchos hombres de armas han tenido pasiones perrunas. Esto es algo bien conocido entre historiadores antiguos y biógrafos: desde el perro macuchí, el Nevado, de don Simón Bolívar, amante de los canes al punto de que su hacienda en Caracas fuera apodada "La Casa de los Perros", hasta el bull terrier del General George Patton, llamado Willie y retratado en varias fotografías junto al veterano de la Segunda Guerra Mundial.
El impulso guerrero de algunos hombres que viven en los libros de la historia militar, entonces, ha encontrado camaradería y sintonía con los valores simbólicos del perro: lealtad, valor, compañerismo, abnegación, coraje, etc.
Por esta razón, al estallar la Guerra en 1879 entre Chile y la Alianza Perú-Boliviana, la "perrofilia" republicana chilena se encontraría con otra dura puesta a prueba, aportando nuevos casos de ingente significación cultural e histórica, con sus aspectos pintorescos pero también sus alcances conmovedoramente dramáticos.
El resultado fue tan novelesco como traumático según el caso, confirmando esta relación de las cualidades del perro con la voluntad guerrera, además de demostrar cómo el rol de “milico” también está entre sus más demostrables capacidades laborales de nuestros canes.
Un soldado junto a un perro.
VETERANOS CANINOS DEL '79
Incontables historias de perros corrieron paralelas o enredadas con las crónicas de la propia guerra, por lo mismo.
Una curiosidad casi olvidada en nuestra época, por ejemplo, es que al comenzar la Guerra del Pacífico, el navío monitor de guerra "Huáscar" fue llamado por los soldados y corresponsales chilenos como "El Mata-perros" mientras estuvo con bandera peruana, al mando del Almirante Miguel Grau. La razón del extraño apodo se debe a que, durante el primer bombardeo a Antofagasta sucedido el 26 de mayo de 1879, hallándose el puerto ya ocupado y reincorporado a la República de Chile, el monitor sólo consiguió dar muerte a un bravo perro ubicado por el lado de la oficina salitrera, que tuvo el infortunio de haber quedado amarrado con una cadena durante el ataque, según la información que da Vicuña Mackenna en "El Álbum de la Gloria de Chile".
Quizás ese pobre perro antofagastino abandonado a su suerte en el bombardeo, además, haya sido la primera de varias otras víctimas perrunas inmoladas durante el período que duró el conflicto, hasta el regreso de los chilenos desde Lima en 1884.
Pero la guerra dio oportunidad a varios otros canes para que forjaran más historias inolvidables y también sublimaran sus tragedias. Las cláusulas de lealtad en el "pacto" o contrato cultural entre hombres y canes, fueron evaluadas como nunca antes por el correlato crudo y realista de aquellos años, en la lid. Los soldados solían adoptar y reclutar perros abandonados que encontraban en el camino de las campañas de guerra, además, y varios de ellos participaron directamente de las contiendas.
Se sabe, por ejemplo, de un can llamado Cayuza que peleó heroicamente en Miraflores. Por el lado de Perú también hay leyendas y casos notables, como el de un perrito blanco llamado Allca (palabra quechua que se usa para definir a los perros) que rescató a los ejércitos del prófugo General Andrés Avelino Cáceres, guiándolos por los caminos cuando sus tropas se habían extraviado por el infernal paisaje serrano.
Otros veteranos de cuatro patas fueron amparados en navíos de guerra. La situación se confirma en una célebre fotografía de los oficiales en la cubierta de la cañonera "Magallanes" tras haber llegado a Antofagasta luego del combate de Chipana, en 1879, con al menos dos grandes quiltros acompañando fielmente a la tripulación y considerándoseles como parte de la misma, en una escena donde aparece el propio Capitán de Fragata Juan José Latorre entre los sentados en la base del cañón.
Los perros de la guerra se observan en otros registros fotográficos del conflicto, como los quiltros que aparecen acompañando a un pelotón de Cazadores a Caballo después de la Batalla de Chorrillos en 1881. Equivalían a algo así como mascotas colectivas de los batallones y regimientos con los que marchaban, y de seguro aumentando su cantidad conforme se avanzaba por los desiertos y teatros de operaciones bélicas. No sabemos de cuántos quiltros recogidos en campañas fueron traídos de vuelta por soldados de buen corazón que decidieron convertirse en sus amos, ya terminados sus servicios.
En su trabajo "Impresiones y recuerdos sobre la Campaña al Perú y Bolivia", José Clemente Larraín recuerda que a inicios de la ocupación de Lima, al llegar la soldadesca chilena al Palacio de la Exposición donde iban a establecerse, cerca de 700 perros vagos y andariegos venían siguiendo a estos hombres por los caminos de la guerra, "de los mismos que en aquellos días calamitosos habían emigrado del lado de sus amos para alzarse y estar alimentándose de los miles de cadáveres", según anota con acritud.
Sin saber qué hacer con semejante y descomunal jauría, entonces, se dio la orden a los soldados de espantar y dispersar a los perros con piedras, no bien terminaba la ejecución de la ocupación de la capital peruana.
Muchos otros casos se dieron entre la épica y las tragedias de la guerra, algunos bastante bien documentados por quienes fueron testigos. Innumerables quiltros similares a los que hoy pasean por nuestras calles y convierten sus aceras en campos minados de fecas contra el andar del peatón, hicieron su parte de heroísmo con los rotos en el frente de guerra… Y como ellos, recibieron también la misma retribución de ingratitud y desdén, con el secular pago de Chile: mientras los bípedos siguieron siendo aplastados por la miseria, las infaustas masacres del salitre y otras tropelías, a los cuadrúpedos les continuó cayendo sin piedad la mano dura de los exterminadores de canes vagos, herederos de los ignominiosos mataperros de tiempos coloniales, y siguieron perpetuándose en muchas condiciones de abandono y de desdicha por las calles de las ciudades, mendigando comida o una manta vieja para echarse a dormir.
Así pues, la historia siguió uniendo a rotos y quiltros, incluso en un mismo y desgraciado destino.
Detalle de un grabado mostrando la entrada del Ejército de Chile a Lima, el 17 de enero de 1881. Adelante de los hombres, va un alegre perro.
EL CASO DE LAUTARO, UN SOLDADO CON COLA
Arturo Benavides, en sus muy leídas memorias de veterano tituladas “Seis años de vacaciones”, cuenta algo sobre uno de estos canes curtidos en la Guerra de 1879 y apadrinados por las tropas durante las campañas, rescatando así la historia del que quizás sea el más famoso de todos los que se recuerden en este contexto histórico: Lautaro, corpulento quiltro al que describe como "un fornido y hermoso perro de gran alzada" que acompañaba a las fuerzas chilenas del batallón homónimo y que, en los preparativos de la batalla de Tacna, entretenía a la soldadesca cazando zorros, como explica el autor:
"La persecución y caza seguímosla con viva ansiedad y el retorno de ‘Lautaro’ a las filas, momentos después, ostentando en el hocico el cadáver del zorro, nos produjo gran júbilo, pues todos consideramos que su victoria era augurio de la nuestra".
Benavides confirma también cómo los perros peleaban contra el enemigo aliado a la par de los chilenos en las batallas, codo a codo, como si tuvieran conciencia de que formaran parte de la tropa misma. Lautaro, de hecho, combatió en la gran Batalla de Tacna, "en las primeras filas y se pasaba de una a otra compañía como activo ayudante de campo", según el veterano, aunque el can resultó herido durante la sangrienta refriega.
Fue tan valerosa la actuación del perro en combate durante aquella ocasión de enorme importancia bélica, que los miembros del “Lautaro” acordaron ascenderlo simbólicamente de grado:
"A poco de llegar a Pachía los soldados acordaron ascender a 'Lautaro' a cabo, por su comportamiento en la batalla de Tacna, y un día se le dio a reconocer y se le colocó la jineta en la pata derecha delantera. Con ese motivo se pasó una hora de gran alegría".
El fenomenal perro solía patrullar los campamentos y también ayudó, en otra ocasión, a capturar un soldado peruano que estaba escondido en una acequia, bajo un sauce en el camino de Chorrillos, procurando no ser advertido por los chilenos. Sin embargo, tras la ocupación de Lima, Lautaro se extravió y reapareció muy lejos de allí, en el poblado de Matucana, como a 80 kilómetros de la ciudad capital, donde lo divisó Benavides y los demás hombres del batallón:
"En ese pueblo se notó que 'Lautaro' se había perdido. Algunos aseguraban que al bajar del tren en Lima había salido a la carrera, y uniéndose a otros de su especie se había alejado sin obedecer los llamados que se le hacían.
Se le declaró desertor al frente del enemigo. A los tres o cuatro días apareció flaco, sucio y con heridas de mordeduras sin cicatrizar. Había recorrido 'a patas' el largo trayecto de Lima a Matucana".
Como "castigo" por su desobediencia, y a pesar de las muestras recíprocas de alegría con se produjo el reencuentro entre Lautaro y los hombres de su batallón, los jefes decidieron seguir adelante con una parodia de sumario por deserción y se hizo la representación de un proceso marcial con presidente, vocales del consejo de guerra y defensor. Este último dio un discurso tan elocuente y convincente en aquella puesta en escena, zafándolo de la pena de muerte y excusándolo con alusiones paliativas como la presión del largo tiempo encerrado en los cuarteles y la tentación por las bellezas de Lima a modo de atenuantes, que se convino en forma unánime en sólo degradarlo a cabo y darle 25 azotes ante todo el batallón.
En la continuación de sus aventuras, el perro también socorrió heroicamente a los que cayeron a un río atravesando el puente de cimbra de Jauja, paso llamado Huaripampa, justo en momentos en que éste se cortó. Luego, Lautaro fue usado como cartero, colocándosele un tubo de lata atado al pescuezo dentro del cual se ponía la correspondencia, cruzando con él terrenos escarpados y aguas de ríos cuando era necesario. En otra de sus jornadas de vigilancia, además, llegó corriendo de vuelta al campamento en Morococha, intentando hacer que lo siguieran, por lo que se ordenó a dos hombres ir con él donde quiera que deseara llevarlos, como detalla Benavides:
"En esos momentos llegó 'Lautaro' jadeante.
Corría de unos a otros, daba lastimeros aullidos y hacía demostraciones para que lo siguieran.
Se ordenó a un sargento y a un soldado, a los que se proporcionó caballos, que se dejaran conducir por 'Lautaro'. Este los llevó hasta donde un soldado que había quedado rezagado, como a una legua de donde estábamos.
La nieve iba tapándolo y estaba en un sitio donde los carabineros que cerraban la retaguardia no habrían podido verlo".
Infelizmente, la tragedia con Lautaro acaeció en Puno, y por ironía del destino no fue en combate o por manos adversarias, sino asesinado a mansalva por uno de los uniformados del propio país para el que luchaba.
Allá, en el campamento, el maravilloso perro cometió el error de soltar esos instintos primitivos de su naturaleza, que ni toda su inteligencia ni todas sus aptitudes podían disimular, y se trabó así en una pelea con otro can que pertenecía a los hombres del "Coquimbo" y que, al parecer, también había sido bautizado por esos soldados con el mismo nombre de su insignia. Al ver a la mascota de su batallón perdiendo ante la ferocidad de Lautaro, un oficial de guardia del "Coquimbo" se arrojó contra el valeroso animal y lo atacó con su sable.
Herido de muerte, Lautaro fue a refugiarse a una de las tiendas del Batallón "Lautaro", donde los soldados lo llevaron al cuartel, sucumbiendo allí a pesar de los esfuerzos por salvarlo.
¿Cuántos chilenos sabrán, en nuestro tiempo, que dos batallones del Ejército de Chile estuvieron a punto de agredirse y atacarse entre sí por causa del incidente con este querido can, en plena Guerra del Pacífico y en uno de los momentos más delicados para el desarrollo de la misma?
En efecto, el caso de la muerte de Lautaro fue tomado con tal gravedad que casi se produjo un enfrentamiento ente los hombres del "Lautaro" y el "Coquimbo", cegados los primeros por el odio y el deseo de venganza, debiendo correr los jefes militares a sofocar la peligrosa escaramuza, como recuerda el testigo en sus memorias:
"La indignación que produjo en mi cuerpo este acontecimiento fue tal que los soldados y hasta algunas clases comenzaron a desafiar a pelar a los del Coquimbo y hubo varias riñas por esta causa.
Los jefes pusieron a ellos término dando puerta franca en diferentes días y horas; y, sobre todo, haciendo comprender a la tropa de lo injusto y antipatriótico que era que era la enemistad entre ambos cuerpos".
Tras la tensa y difícil situación, Lautaro fue despedido en una triste ceremonia por sus compañeros humanos, y su cuerpo fue vaciado y rellenado con paja para ser enviado a Chile.
Detalle de una imagen fotográfica en donde se ven soldados chilenos del Regimiento Cazadores acompañados por algunos canes, hacia inicios de 1881.
OTRO HÉROE Y MÁRTIR DE GUERRA: COQUIMBO
Curiosamente, también está documentada una historia de otro perro de la guerra: la de Coquimbo, con su propia tragedia además. Se la halla registrada en el cuento "El perro del regimiento", de Daniel Riquelme, quien había sido corresponsal de guerra del periódico "El Heraldo" de Santiago. El texto apareció primero en su volumen "Chascarrillos militares" de 1885 y, posteriormente, en su trabajo intitulado "Bajo la tienda".
Correspondería a otro Coquimbo del batallón homónimo distinto del que protagonizara la gresca que acabó costándole la vida a Lautaro, de ser correctas y verídicas las indicaciones que da el periodista.
Parte diciendo el vívido relato del autor allí, sobre este caso que casi se pierde en los gases etéreos de la historia, de no ser por su intervención para recuperarlo:
"Entre los actores de la batalla de Tacna y las víctimas lloradas de la de Chorrillos, debe contarse, en justicia, al perro del Coquimbo. Perro abandonado y callejero, recogido un día a lo largo de una marcha por el piadoso embeleco de un soldado, en recuerdo, tal vez, de algún otro que dejó en su hogar al partir a la guerra, que en cada rancho hay un perro y cada roto cría al suyo entre sus hijos.
Imagen viva de tantos ausentes, muy pronto el aparecido se atrajo el cariño de los soldados, y éstos, dándole el propio nombre de su regimiento, lo llamaron Coquimbo, para que de ese modo fuera algo de todos y de cada uno".
La presencia de Coquimbo en los campamentos fue cosa controvertida al principio, pues las travesuras y molestias que provocaba el inquieto perro llevaron a protestas de la tropa en su contra y hasta un intento de lincharlo entre varios de los más hartados con su presencia allí. Sin embargo, el can era sumamente astuto, como suelen ser todos los perros de la guerra poniendo en examen diario su instinto de supervivencia y sometidos a las presiones extremas de los escenarios bélicos: cada vez que iba a desatarse un problema contra él, contándose incluso de un consejo general de ofendidos, Coquimbo desaparecía misteriosamente, para retornar después y cuando los ánimos ya habían vuelto a la calma, seguramente contando con la complicidad de los soldados que más lo querían y en los que siempre encontraba "el seguro amparo que el nieto busca entre las faldas de su abuela", al decir de Riquelme.
Construyendo así su propia leyenda militar, Coquimbo se lució en la Batalla del Campo de la Alianza, el 26 de mayo de 1880, ganándose el respeto y el aprecio general de los hombres de su regimiento, bajo órdenes de su segundo comandante, el recién ascendido Sargento Mayor Marcial Pinto Agüero, quien reemplazaba al General Alejandro Gorostiaga luego de las heridas que éste recibiera poco antes.
Se recordará que Pinto había sido recibido con frialdad y desconfianza por los hombres del Regimiento “Coquimbo” ya que para muchos de ellos era un desconocido y no pertenecía a sus filas hasta tan recientemente, cuando el Ministro Rafael Sotomayor lo designó en el cargo, en una decisión que después se comprobaría muy acertada y feliz en esa misma Batalla de Tacna, que culminó con una ovación general de los hombres a sus competencias y valentías allí desplegadas.
"Coquimbo, por su parte, que en la vida tanto suelen tocarse los extremos, había atrapado del ancho mameluco de bayeta (y así lo retuvo hasta que llegaron los nuestros), a uno de los enemigos que huía al reflejo de las bayonetas chilenas, caladas al toque pavoroso de degüello.
Y esta hazaña que Coquimbo realizó de su cuenta y riesgo, concluyó de confirmarlo el niño mimado del regimiento.
Su humilde personalidad vino a ser, en cierto modo, el símbolo vivo y querido de la personalidad de todos; de algo material del regimiento, así como la bandera lo es de ese ideal de honor y de deber, que los soldados encarnan en sus frágiles pliegues.
Él, por su lado, pagaba a cada uno su deuda de gratitud con un amor sin preferencia, eternamente alegre y sumiso como cariño de perro.
Comía en todos los platos; diferenciaba el uniforme y, según los rotos, hasta sabía distinguir los grados. Por un instinto de egoísmo digno de los humanos, no toleraba dentro del cuartel la presencia de ningún otro perro que pudiera, con el tiempo, arrebatarle el aprecio que se había conquistado con una acción que acaso él mismo calificaba de distinguida".
Pasaron los meses y ya se marchaba por los senderos tortuosos de la sacrificada y desgastante Campaña de Lima, que iba a culminar con la ocupación de la ciudad y el izamiento de la bandera chilena sobre el Palacio de Gobierno. El "Coquimbo", que acababa de ser convertido en regimiento por decreto del 31 de agosto de 1880, iba a tener enorme importancia y participación en estas batallas.
Y allí iban los hombres del orgulloso y noble cuerpo de los coquimbanos, acompañados de su querida mascota:
"Coquimbo, naturalmente, era de la gran partida. Los soldados, muy de mañana, le hicieron su tocado de batalla.
Pero el perro, cosa extraña para todos, no dio al ver los aprestos que tanto conocía, las muestras de contento que manifestaba cada vez que el regimiento salía a campaña.
No ladró ni empleó el día en sus afanosos trajines de la mayoría de las cuadras: de éstas a la cocina y de ahí a husmear el aspecto de la calle, bullicioso y feliz, como un tambor de la banda.
Antes, por el contrario, triste y casi gruñón, se echó desde temprano a orillas del camino, frente a la puerta del canal en que se levantaban las rucas del regimiento, como para demostrar que no se quedaría atrás y asegurarse de que tampoco sería olvidado".
Caídas la noche y la niebla sobre el valle de Lurín, marchaban por el borde costero los hombres del "Coquimbo" en el más absoluto silencio que les era posible mantener. Unas horas después, en este paso cuidadoso y precavido, comenzaron a oír de súbito el ladrido lejano y agudo de un perro por la llanura. Todos dedujeron que era Coquimbo, alterado por alguna misteriosa razón, sintiendo que el alma se les iba del cuerpo. Esperaron con angustia y, poco después, comenzó a aparecer ante ellos la figura de un jinete en su montura y a media rienda, quien luego de identificarse como un ayudante de campo de la Jefatura de la División de Lynch, procedió a hablar con el Comandante José María Segundo Soto, informándole que su superior exigía redoblar los cuidados al andar por haberse tenido noticia de movimientos de avanzadas del Ejército de Perú precisamente en la dirección en que iban los soldados del "Coquimbo".
Terminada de hacer la inquietante advertencia, el jinete se retiró y los hombres comenzaron a correr de boca a oído la orden. Reiniciaron la marcha sigilosa hacia las sombras de la noche inmensa, procurando reducir los ruidos de su presencia hasta lo inverosímil, acompañados sólo por el ritmo cautivante e hipnótico de las olas reventando a su lado. Luego de un rato de andar, comenzó a divisarse en la oscuridad la inconfundible y monumental silueta del Morro Solar y del Salto del Fraile, aún distantes.
Todo marchaba bien hasta que Coquimbo, otra vez de manera inesperada, comenzó a ladrar compulsiva y descontroladamente contra algún fantasma que percibía en la oscuridad, causando pavor en la silenciosa multitud de soldados que se esforzaron por hacerlo callar, sin lograrlo. Quizás fueron segundos en que llegaron a odiar al perro que parecía delatarlos, y así aconteció la tragedia inevitable, como un conjuro inexorable y autocumplido.
En palabras de Riquelme, la muerte se desató tan rápida como atrozmente:
"Coquimbo, con su finísimo oído, sentía el paso o veía en las tinieblas las avanzadas enemigas que había denunciado el coronel Lynch, y seguía ladrando, pero lo hizo allí por última vez para amigos y contrarios.
Un oficial se destacó del grupo que rodeaba al comandante Soto. Separó dos soldados y entre los tres, a tientas, volviendo la cara, ejecutaron a Coquimbo bajo las aguas que cubrieron su agonía.
En las filas se oyó algo como uno de esos extraños sollozos que el viento arranca a las arboladuras de los bosques... y siguieron andando con una prisa rabiosa que parecía buscar el desahogo de una venganza implacable".
Terminaba así la vida del singular can símbolo y compañero de los soldados del "Coquimbo", arrojando como arena al viento otra sorprendente historia más de los perros de la Guerra del Pacífico, que se habría desvanecido en el olvido de no ser recogida por Riquelme, que concluye su crónica con la siguiente reflexión:
"Y quien haya criado un perro y hecho de él un compañero y un amigo comprenderá, sin duda, la lágrima que esta sencilla escena que yo cuento como puedo arrancó a los bravos del Coquimbo, a esos rotos de corazón tan ancho y duro como la mole de piedra y bronce que iban a asaltar, pero en cuyo fondo brilla con la luz de las más dulces ternuras mujeriles de este rasgo característico: su piadoso amor a los animales".
El protagonista de "Memorias de un perro escritas por su propia pata", de Juan Rafael Allende (edición de 1893), saludando a un pobre y viejo veterano de la Guerra del 79. Ilustración del mismo autor del libro.
PARAFF, “EL PERRO DEL REGIMIENTO”
Otro perro de la guerra que también fue recordado alguna vez con el título de “El perro del regimiento” (no confundir con el recién visto relato de Riquelme), cuya historia fue salvada de perderse con el paso de las nubes del olvido por el cielo del tiempo, es el que podemos conocer en las "Crónicas de Guerra", memorias escritas hacia principios del siglo XX pertenecientes al Mayor de Ejército Julio Arturo Olid Araya.
El porteño había sido veterano sobreviviente de las Batallas de Iquique y Punta Gruesa a bordo de la "Covadonga". Fue miembro del Regimiento de Artillería de Marina y participó en los escenarios bélicos hasta el final de la segunda campaña, retornando a Chile con el invicto General Manuel Baquedano.
Tiempo después de su epopeya personal, en sus memorias sobre aquellos sucesos de la Guerra del 79 y los de la Guerra Civil, Olid nos revela la historia de Paraff, un perro chico al que describe como mal agestado y de ojos saltones, con pelaje de color amarillo, un típico can "de raza común ordinario, perro incapaz de llamar la atención de nadie en una palabra".
Dice el veterano que, cuando entró al cuerpo militar como aspirante, conoció al perro saltando alegre frente al tambor de la Compañía, y alimentándose de la parte de las raciones individuales de charqui y de caldo aguado "sobre el cual nadaba gravemente un soberano y rollizo ají", que los aprendices de corneta compartían con el querido can.
"Recuerdo que quise acariciar el lomo del animalito, pero éste reconoció que trataba con un oficial recluta y volviéndome la cola se alejó pausadamente sin tomar en cuenta mi buena intención.
Entre el corneta San Martín y ‘Paraff’ existía una de esas eternas y fieles simpatías que acaban generalmente en los umbrales de la eternidad. El rudo corneta hacía vida común con el perro, y éste, pagado de esas atenciones devolvía cariño con cariño, constancia por constancia (cosa rara en el ser humano).
Pero, a fuer de historiador peruano, he de trasladar a los lectores algunos años antes, cuando el clarín guerrero no hacía alzarse aún, como el pie de Mario, las legiones de soldados que arrollaron a la alianza peruano-boliviana".
Procede Olid, de esta manera, a repasar los inicios de la historia conocida de Paraff. Había recorrido con el corneta San Martín la costa chilena desde Punta Arenas hasta Valparaíso, "haciendo con su dueño y amigo la pesada guarnición de la colonia de Magallanes" precisamente en el período del infame motín de los artilleros de noviembre de 1877, del que salvó casi por divino favor el entonces gobernador Diego Dublé Almeyda.
El estallido de la Guerra del 79 tras los hechos de Antofagasta desatados con el quiebre de los acuerdos entre Chile y Bolivia, sorprendió a Paraff ya en años de madurez de su vida perruna, a la que "respondió con alegre ladrido y hubo de ser embarcada su diminuta persona en el blindado Blanco Encalada y encontrándose en las ocupaciones de Antofagasta, Cobija y Mejillones". Casi de inmediato comenzó a ganarse la popularidad en las tropas y el cariño dispensado por las mismas hacia la mascota, como explica el veterano:
"Cuentan que nuestro héroe, tan luego como saltó al muelle del territorio reivindicando, buscóle pendencia y camorra en un can boliviano, haciéndole morder el polvo y poner pies (digo patas) en polvorosa en menos que canta un gallo.
Con estos hechos, la reputación de ‘Paraff’ quedo mejor sentada entre los soldados y cornetas que la de muchos jefes del ejército y los oficiales principiaron a mirar con agrado al perro, dándosele de alta en el cuadro de la estimación general.
Todo lo cual no era poco para un perro acostumbrado a los puntapiés de la oficialidad y a los peñascazos de la pequeña banda de tambores del Cuerpo".
Como varios otros perros involucrados en la guerra, Paraff era capaz de reconocer al enemigo y entender los códigos de los hombres de su batallón de "navales", pues más allá de analogar el instinto de las manadas, los perros realmente parecen establecer categorías nuevas y no innatas a su programación natural para regular sus relaciones con el mundo de los hombres.
Así las cosas, el perrito se lució en Pisagua el 2 de noviembre, y acompañó lealmente a la tropa que quedó encargada de rodear al enemigo en Junín, en una marcha tortuosa y fatigante a pie por aquellos territorios, sin agua y sin guías precisos. Su comprensión era tal que denunciaba con sus ladridos a cualquier rezagado de la División Urriola cuando ésta se extravió en aquella difícil noche de camanchacas y penurias, hasta que por fin pudieron descansar en los campamentos abandonados por los bolivianos al albor del día siguiente, momento en que el perro se echó a los pies del corneta, como siempre, ganándose la hora del merecido y ansiado respiro.
Las pruebas duras continuaron hacia el interior, en la marcha a la Quebrada de Tarapacá, uno de los grandes errores tácticos que pagaría duramente el Ejército de Chile con la inmolación del León de Tarapacá Eleuterio Ramírez y sus valientes hombres, el 27 de noviembre de 1879, en la última acción de la ya suficientemente difícil Campaña de Tarapacá.
"Las balas zumbaban en nuestros oídos y caían a nuestro alrededor como granizo: los muertos y heridos estaban sembrados en el campo de batalla y el fragor de la lucha daba aquella quebrada maldita un aspecto terrible.
Nuestras pequeñas piezas de artillería habían tenido tiempo de funcionar algunos instantes, viéndose los oficiales obligados a clavar los cañones y destruir las piezas a fin de que el enemigo no se sirviese de ellas en contra nuestra.
A las tres de la tarde cada cual se batía cómo y dónde le acomodaba. Un grupo de treinta soldados y cinco oficiales hacíamos frente y manteníamos a raya a varios centenares de enemigos: el corneta de San Martín tocaba a degüello, de pie sobre una gran piedra, presentando un precioso blanco al enemigo que a porfía disparaba sobre él y al pie del bravo corneta el pequeño perro ladraba furiosamente y solo, lleno de polvo y tierra, cargaba sin cesar sobre los peruanos llegando a tocar con su hocico las bayonetas del enemigo. Aquel perro era algo que conmovía el alma".
A pesar del heroísmo del perro y de su amo, el premio a la audacia fue desalmado, y su amado dueño, el joven corneta, pagó con su propia vida la lealtad a sus funciones y a su uniforme, en el clímax de la violencia del combate:
"Una bala penetró por fin la boquilla misma de la corneta del bravo San Martín y allí le tendió sin vida sobre la arena caliente. El fiel ‘Paraff’ se precipitó sobre el cadáver dando lastimeros aullidos y dominando con sus lamentos el ruido mismo de los tiros".
Allí quedó el perrito, llorando y destruido, mientras los soldados chilenos sobrevivientes de esta carnicería se retiraban dejando atrás uno de los peores desastres de la guerra, seguido de bárbaras e inhumanas escenas contra los heridos y agónicos que quedaron allá, donde no se perdonó ni la vida de las mujeres que servían de cantineras, como es sabido.
Por singular paradoja, la sangrienta batalla no sirvió para que los vencedores aliados se quedaran en ella, retirándose del poblado que había sido sede de la provincia y dejándolo abierto a la ocupación no bien se disiparon los humos de la pólvora, cambiados por el olor de la muerte en el pueblo de Tarapacá, en la fatídica quebrada.
Seis días después de la violenta lidia, los hombres volvieron al lugar de los hechos para recuperar los cuerpos de los caídos y darles sepultura. El joven Olid estaba entre ellos, y es así que recuerda haber escuchado con los demás hombres presentes el lamento penoso y desgarrador de Paraff, apenas llegaron otra vez allí.
El perrito no había abandonado el cadáver de su amo en todos los días que habían transcurrido, permaneciendo a su lado casi como entregado también al mismo destino de muerte, de no haber regresado los compañeros de armas del fallecido a buscarlo:
"Allí estaba, era el mismo perro flaco, lleno de tierra y con pelo engrifado: cuando nos acercamos y los enterradores tomaron el cadáver del corneta para echarlo en la fosa, el perro gemía y aullaba, como gime y llora un hijo por un padre, un hermano por otro. Nos hubo de costar un triunfo de arrancar de allí al fiel animal y llevarlo con nosotros".
Tras ser llevado de regreso al regimiento, al que siguió acompañando como otra sublime demostración de lealtad, Paraff no volvería a tener amo. No porque faltaran voluntades de querer adoptarlo y tomarlo como mascota personal, sino más bien porque el propio perro ya no reconoció más a otro hombre por dueño, luego que fuera tan trágicamente abandonado en este mundo de los vivos el único que tuvo y cotizó como tal, el trágico y valiente corneta San Martín.
Y desde entonces, cuando sonaba otra vez la banda de tambores y cornetas tocando a llamado, esta vez sin su protector, Paraff se sentaba en silencio y meditabundo sobre las patas traseras, llorando y aullando, de seguro con el recuerdo del amo perdido estimulado por la situación.
"Dos años justos y cabales lo vimos llorar todos los días delante de la banda de músicos, y cuando a las 9 de la noche, el corneta de guardia tocaba silencio en el cuartel, ‘Paraff’ hacia coro fúnebre a ese toque".
Tras la ocupación de la ciudad de Lima y aún acompañados por el perro, la oficialidad del cuerpo decidió premiar a Paraff con un collar de honor, en el cual se leían los nombres con la bitácora de toda su aventura como perro de cuarteles: Punta Arenas, Valparaíso, Guarnición del Toco, Pisagua, San Francisco, Tarapacá, Tacna, Marcha de Pisco a Lurín, Chorrillos y Miraflores. Reunidos en un consejo serio, los soldados también acordaron amarrar en la pata derecha del pequeño animal la jineta de sargento, premiando con el gesto la constancia y la abnegación de este can que Olid describiera como "representante más patriota de la canina raza chilena" en la Guerra del Pacífico.
Incapaz de olvidar esta conmovedora experiencia de Paraff, el multifacético J. Arturo Olid, que colaboró en varios diarios y fundó otros tras su abultada experiencia militar, publicó por primera vez esta triste historia en el diario "La Libertad Electoral" de Santiago, del 9 de marzo de 1888. Posteriormente y con algunos mejoramientos de redacción, la incluyó en sus memorias de las "Crónicas de Guerra", en un capítulo titulado "El perro del regimiento", dando perpetuidad a esta historia sacada a tiempo desde el fondo mismo del vertedero de la amnesia.

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