martes, 15 de noviembre de 2016

LA SUPERLUNA VISTA DESDE EL PANUL, SANTIAGO (13-14 NOVIEMBRE DE 2016)


Oveja muerta bajo la Superluna, en el bosque de El Panul.
Coordenadas: 33°32'6.89"S 70°32'4.06"W (entrada a fundos Zabala y El Panul)
Bueno, ya es conocido el fenómeno de la Superluna a nivel de cultura popular, a pesar de que no represente gran cosa para los astrónomos. Los muy cubiertos eventos del 19 de marzo de 2011, 12 de julio de 2014, 10 de agosto de 2014 y el que vino acompañado de eclipse lunar el 27-28 de septiembre de 2015 (la Luna de Sangre), nos tenían bastante preparados y entusiasmados aguardando por el que acaba de suceder, en la noche del 13 al 14 de noviembre de 2016.
También se nos informó desde los medios, apropiadamente, que podía ser el último de nuestras vidas (aunque no con esas palabras), pues no volverá a verse una Luna así hasta el 25 de noviembre de 2034. La de máxima aproximación prevista para el satélite natural tendrá lugar el 6 de diciembre de 2052, pero al menos tendremos una con otro eclipse lunar en octubre de 2033.
Como es usual en estos casos que requieren de cámara fotográfica, mi tocayo Cris me avisó casi encima de la hora de salida de la Luna, el domingo 13, de su deseo de partir a captar imágenes nocturnas en los cerros y bosques del Fundo El Panul. Ya he hablado en otra entrada de este blog sobre estos extraordinarios páramos verdes y paisajes en la precordillera de la comuna de La Florida, en Santiago de Chile, favorito de muchos deportistas, excursionistas y amantes del aire libre en general, a pesar de existir ciertas amenazas para su prístina existencia, en este caso por el hacha de progreso.
Pasadas las 20 horas, faltando aún para nuestra partida, la majestuosa Superluna ya ha asomado con su espectacular resplandor sobre las cumbre de los cerros San Ramón, Punta Damas y Minilla. De inmediato salta a la vista que su tamaño e intensidad de fulgores no son los habituales. Las redes sociales de Internet se han encargado de difundir imágenes de todo el mundo mostrando el singular fenómeno, además.
La Superluna, en términos sencillos, corresponde al momento en que el satélite natural, en sus fases de Luna Llena o Luna Nueva,  se halla a un 10% o menos del punto más próximo a la Tierra en la traslación en su órbita, conocido como perigeo. Como la órbita que describe el astro es elíptica (en general, las órbitas son así y no circulares; preguntar a Johannes Kepler por qué), su eje no coincide con el de la Tierra, por lo que hay puntos específicos de máximos alejamientos y máximas aproximaciones, siendo estas últimas las que generan Superlunas con percepción mayor de su tamaño y su resplandor. El satélite llega a verse un 14% más grande en la bóveda celeste y con un 30% más de brillo, resultante del reflejo de luz solar en su superficie.
Para los científicos, la Superluna es un caso convencional y de poca sorpresa, incluso considerando su ocasional repetición. Tanto es así, que el nombre del fenómeno proviene de un astrólogo y no de la astronomía: fue Richard Nolle quien la denominó Supermoon en 1948, año en que, el 26 de enero, hubo un evento tan cercano a la Tierra como el de este 2016. El interés y la curiosidad por ella, entonces, es más propio de los simples mortales que de los astrónomos, quienes se limitan a denominar el fenómeno como el perigee-syzygy del sistema astral Tierra-Luna-Sol.
Otro aspecto, más controversial, es que Nolle asociaba la Supermoon con cataclismos y calamidades naturales, como tormentas, huracanes y terremotos. Los muy recientes azotes telúricos de Italia y Nueva Zelandia han dado argumento a los que quieren ver cumplida esta esta relación denominada pomposamente estrés geofísico, a pesar de ser descartada por la ciencia.
GALERÍA DE IMÁGENES:
NOCHE DE SUPERLUNA, DESDE EL BOSQUE DE EL PANUL, SANTIAGO
Como sea, agoreros y románticos quedan igual de complacidos con la visión de una Superluna, y así lo confirmamos al llegar a las puertas del Fundo El Panul y advertir las cantidades de visitantes y curiosos llegados en vehículos, motocicletas, bicicletas o incluso a pie hasta estos bosques y cerros, cruzando todas estas villas residenciales aún nuevas en la historia de la comuna floridana, construidas sobre lo que fueron antiguas haciendas y viñedos. Pocas veces se observa tanta multitud en este lugar, al final del Camino Las Tinajas con la calle Santa Sofía, donde está el Colegio Pablo Apóstol.
Grupos de personas, familias y parejas entran a los senderillos en el recinto del parque, paseando sus siluetas entre matorrales oscuros y arbustos del bosque. Los más jóvenes lanzan fuertes risotadas y gritos desde los parajes sombríos y sus quebradas rocosas, casi indistinguibles en la distancia. Probablemente lleven algunos estímulos a la alegría con ellos, como cervezas y algo más.
Algunos gritones suenan histéricos, como eufóricos, pareciendo no cansarse ni quedar afónicos con semejante jugarreta. "¡Se nota que la Luna Llena pone locos a estos tipos ya medio fallados!", comenta mi compañero de estas correrías, aludiendo a un extendido mito de origen medieval y que aún es parte de los legendarios de hospitales de urgencia y de guardias policiales nocturnas: que la Luna, en esta fase, causa delirios e induce a conductas violentas o temerarias. De ahí la expresión lunático, para referirse a los orates.
Muchos vienen subiendo ansiosos y a paso rápido, tentados con sentarse a mirar la Creación lo antes posible, en estos cielos limpios y menos perturbados por la contaminación lumínica. Otros se detienen primero a comer algún bocadillo, en un pequeño pero acogedor restaurante allí instalado, desde no hace mucho: "La Terraza del Panul". Empero, veo algunas fogatas encendidas a lo lejos, algo innecesario y peligroso que ya hizo pasar un susto a este bosque, hace poco.
Todo este escenario parece una especie de encuentro pagano, y algo de adoración cósmica tiene, sin duda. La inmensidad de la noche compite con los resplandores de una Luna de proporciones excepcionales, que tiñe con su brillo parte del paisaje de recortes de estos cerros, por los que trepamos jadeando y forzando las piernas hasta conseguir buena altura de observación. Las fotografías de esta composición, entonces, parecen escenas paleozoicas, especialmente las tomadas hacia los cerros, mientras la ciudad medio dormida en sus propias luces amarillentas titila muy abajo, por toda la extensión secular el Valle del Mapocho.
Incluso arriba del cerro que nos recibe con su mirador natural, se escuchan risas y voces de los llegados. Una pareja se percibe en sombras, a sólo unos metros, y tienen una carpa instalada acá. La noche superlunar ha sido capaz de alterar comportamientos entre los que llegan a admirarla en esta noche de domingo a lunes, rompiendo rutinas y convencionalismos. Tal vez haya algo de verdad en la leyenda de la Luna Llena alterando el juicio... Y el lunes es, precisamente, el Día de la Luna, el moonday.
Estas escenas nocturnas, que captamos con nuestras cámaras, son nuestro registro y apoyo a la memoria de tan extraña aventura. Hay algo siniestramente atractivo en todas estas imágenes, como la atracción más profunda de las noches, de la Noctis, del glorioso imperio Nox Regni. Es la seducción misma de la oscuridad y de los mitos selenitas.
Tras largo rato en nuestra distracción y acercándose ya la medianoche, el frío comienza a sentirse, contrastando con el generosamente cálido día primaveral que había tocado. Pasado un rato, entonces, marchamos en la penumbra hacia abajo, de vuelta, contemplando a los extraños que suben y bajan con la misma misión observadora autoimpuesta.
Abajo otra vez, la cantidad de vehículos y movimientos del gentío confirman que acá queda mucho tiempo aún para los curiosos de este fenómeno que continuará su perpetua repetición en las vueltas de cada sinfonía cósmica, más allá de nuestras propias y pequeñas existencias.

1 comentario:

  1. Gracias a los sacrificados noctámbulos que nos regalan esta vista.
    Yo espero ver la próxima (si Dios lo permite) La aventura en general bien entretenida y eso del "estrés geo..." me reí harto. Son geniales!

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