lunes, 29 de agosto de 2016

LOS PRIMEROS BOSQUEJOS DE PARTIDOS POLÍTICOS EN CHILE, 1810-1830 (Y UNA PEQUEÑA REFLEXIÓN PARA LA ACTUALIDAD)

Las primeras agrupaciones políticas chilenas se perfilan con la misma Declaración de Independencia del 18 de septiembre de 1810, donde ya se visualizaban al menos tres corrientes principales, tomando posiciones frente a la naciente crisis del imperio hispánico. Pintura de la Primera Junta Nacional de Gobierno, de Nicolás Guzmán (1899), Museo Histórico Nacional.
"PARTIDO: m. Conjunto o agregado de personas que siguen y defienden una misma opinión o causa. /m. Provecho, ventaja o conveniencia. Sacar partido / m. Amparo, favor o protección de que se goza".  (Definiciones 5 y 6 para "partido, da", en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española).
"Evolución histórica de los partidos políticos chilenos", de René León Echaíz, debe ser uno de los libros más didácticos e ilustrativos sobre el tema del desarrollo de las fuerzas políticas en la historia de Chile, sirviendo de guía o de apoyo para poder interpretar muchas de las situaciones que actualmente se observan en la realidad del país.
Además de tratarse de un trabajo ligero y básico para introducirse en el tema, su autor manifiesta algunas observaciones y juicios generales a los hechos históricos en torno a los partidos, permitiendo comprender y asimilar muchas situaciones o ciclos que parecen leyes de hierro en la existencia de los grupos ordenadores de fuerzas políticas en Chile, incluso en la época actual que quedó fuera del período de tiempo cubierto por el libro, publicado por primera vez en 1939 y más tarde en una versión actualizada de 1971.
Aunque "Evolución histórica de los partidos políticos chilenos" abarca los principales procesos y acontecimientos históricos del partidismo nacional, tiene también el mérito de ser uno de los primeros trabajos que hacen una exposición de los bosquejos de la fuerzas en la primera mitad del siglo XIX, también anticipando mucho de lo que se podrá presenciar después sobre la misma clase de conglomerados y sus caudales de acción.
Veremos acá un poco sobre cómo se configuraron esas primeras fuerzas de la realidad política chilena, echando mano a algunos datos aportados por León Echaíz y otras fuentes, además de tratar de aportar alguna información más al final de este texto, o mejor dicho una pequeña reflexión.
COMIENZA LA LUCHA DE INDEPENDENCIA: REACCIONARIOS, MODERADOS Y RADICALES DE 1810
La invasión napoleónica de España y el apresamiento del Rey Fernando VII, dieron a las colonias americanas la oportunidad para lanzar sus Declaraciones de Independencia, el 18 de septiembre de 1810 en el caso de Chile. Curiosamente, el Gobernador Real don Mateo de Toro Zambrano, había sido un decidido monarquista al que las circunstancias históricas llevaron a reclutarse en el bando independentista, asumiendo la Presidencia de la Junta de Gobierno.
Aunque se ha cuestionado la validez de la Declaración como mensaje con auténtico espíritu de emancipación, por establecer lealtad al depuesto soberano español, la intención subyacente de esta Primera Junta Nacional de Gobierno fue aprovechar la situación desfavorable del emperador para iniciar el camino de la Independencia, bajo las apariencias de apoyo y reconocimiento a su autoridad. La oportunidad la dio, también, el cuestionamiento generalizado al Gobernador  Francisco Antonio García Carrasco Díaz, tras verse involucrado en el escándalo de contrabando del ballenero "Scorpion" y generarse con ello un gran movimiento de rechazo hacia su persona en Santiago.
La Declaración de Independencia de 1810 resulta una obra de joyería retórica, al conciliar en su texto las posiciones absolutamente disímiles sobre el camino que debía adoptar Chile, sin abusar de la vaguedad: la de los autonomistas que querían hacer valer la separación de Chile de toda administración virreinal pero manteniendo también lealtad al rey (antecedente de las propuestas de monarquías constitucionales, que vimos en una entrada anterior), y los independentistas que estaban por la total autonomía bajo el alero de la República (mayoritariamente criollos). Su redacción intentando no ofender el espíritu monárquico permitiría hablar incluso de tres corrientes en el mismo texto, pues era claro que había partidarios de la corona.
El autor de "Evolución histórica de los partidos políticos chilenos" reconoce a las dos tendencias independentistas como las más importantes en el esbozo de fuerzas independentistas, llamándolas partido moderado y partido radical, respectivamente:
"El primero sostenía un régimen intermedio entre el sistema colonial español y el régimen recién establecido de independencia nacional. El segundo, al cual pertenecían Manuel de Salas y Bernardo O'Higgins, pretendía la abolición absoluta del sistema colonial y la organización de un gobierno enteramente libre que rigiera los destinos de la nueva República".
A pesar de lo que señalan algunas afirmaciones ilustradas, salvo por el alcance de nombres no existe un vínculo real entre el partido radical de aquellos años y el radicalismo moderno encarnado en figuras como Enrique Mac Iver, Pedro Aguirre Cerda o Gabriel González Videla.
Otra situación notable del origen del pensamiento político nacional en la Independencia, es que ya entonces la influencia de las ideas liberales involucradas en el proceso, motivaran discusiones alrededor de la expectativa de ordenamiento que se estaba generando. Como salta a la vista, entonces, el movimiento independentista contaba con bandos que no necesariamente comulgaron con las ideas del ilustrismo demócrata ni con los ideales de la república.
En esta toma de posiciones frente a la Primera Junta Nacional, cabe señalar que ya había indicios de formación de pensamiento político más trascendente que en la mera situación contextual. Los monarquistas (o semi-monarquistas) creían necesario que Chile se sometiera tanto al rey como a sus representantes en América, como los virreyes, mientras que los independentistas pro-república eran los radicales acusados de ser "exaltados" y se los denominaba peyorativamente jacobinos.
El ala que no participaba del interés independentista general, en tanto, sería llamada en forma despectiva partido reaccionario o partido godo, caracterizándose por su oposición total al proceso y su deseo de mantenerse bajo el dominio colonial hispánico en los mismos términos que se había dado durante la Colonia. Dice León Echaíz que el ala reaccionaria o goda representó "un fenómeno sociológico que se produce en presencia de todo un movimiento de evolución".
El partido reaccionario fue mucho más grande de lo que pudiera creerse, perdurando durante todo el proceso y llegando a aportar después sus propios elementos a las fuerzas militares realistas, y más tarde a facilitar bastiones de resistencia al proceso emancipador, como Valdivia y Chiloé. Algo vimos al respecto, en nuestra anterior entrada identificando la verdadera nacionalidad del personaje que es atropellado por el caballo de O'Higgins en su monumento de la Alameda de Santiago.
Al elegirse el Congreso Nacional de 1811, en un ejercicio utópico de representatividad la Junta de Gobierno estimó que las tres corrientes debían estar presentes de alguna forma: reaccionarios-realistas, patriotas moderados y patriotas radicales, con 26,8%, 51,2% y 21,9% de los diputados, respectivamente. 
Gran influencia en esto tuvo en este proceso el argentino Juan Martínez de Rozas, ex secretario del renunciado García Carrasco y devenido ahora en su enemigo, además de ser un exaltado patriota, especialmente al asumir como Presidente Interino de la Junta, luego de morir el anciano Toro Zambrano en febrero de ese año.
Don José Miguel Carrera, figura inspiradora de los carrerinos.
LOS O'HIGGINIANOS Y LOS CARRERINOS, ENTRE 1811 Y 1823
El primer Congreso Nacional fue presentado el 4 de julio, iniciándose la discusión sobre el tipo de gobierno que debía tomar el país.
Los moderados eran mayoría en él, pero el ala reaccionaria resultó más influyente y decidida, protagonizando varios abusos y arrogándose atribuciones reñidas con las disposiciones de la Junta, como doblar su número de diputados en Santiago para cercar a los independentistas pro-republicanos.
Esto generó una fuerte molestia entre los patriotas, que acabó en el Golpe del 4 de septiembre, protagonizado por José Miguel Carrera y sus hermanos, y que fue seguida de las tensiones entre Santiago y Concepción por la constitución de la Junta rebelde en esta última ciudad.
Las irritaciones sólo cesaron al declararse ambas ciudades decididas por la vía de la Independencia, con un gobierno representativo.
El mencionado golpe parece dar inicio al movimiento carrerino o carreristas, que se agruparía en torno al liderazgo del General Carrera y al cual pertenecieron algunas prominentes figuras públicas de la época, partidarios de las ideas republicanas.
El nuevo escenario dejó a los radicales como fuerza dominante del Congreso Nacional, eligiéndose como Presidente del mismo a Joaquín Larraín, y como Vicepresidente a Manuel Antonio Recabaren. Además de reducirse los escaños de Santiago y ajustarse la distribución de cargos públicos a favor de los independentistas, la asonada tuvo como consecuencia no planificada el que las sesiones del Congreso comenzaran a ejecutarse abiertamente y con público.
Sin embargo, el deterioro de las confianzas entre los Carrera y los Larraín por el nepotismo de esta última familia, además de otras tropelías administrativas que siguieron teniendo lugar, llevó a los hermanos a protagonizar un segundo golpe en demanda de una asamblea popular, el 15 de noviembre. Ante la presión, serían elegidos en el gobierno una nueva Junta integrada por Gaspar Marín, Bernardo O'Higgins y el propio Carrera, este último como su Presidente.
Debilitado y a la deriva, el Congreso Nacional había perdido todo su objetivo, especialmente después de la renuncia de Salas a la secretaría del mismo, volviéndose más bien un obstáculo a la legitimidad del camino republicano. Por esta razón, y en un acto que sus detractores nunca le perdonarían, Carrera protagoniza un tercer golpe ese mismo año, el 5 de diciembre, exigiendo su disolución para asumir con plenos poderes la dirección suprema de la nación e iniciar la etapa más audaz de construcción del sistema republicano durante la Patria Vieja.
Como vimos, la Declaración de Independencia de 1810 había sido más bien tácita en sus intenciones de fondo y hasta timorata, si así se la quiere ver, de modo que -entre muchos otros logros e iniciativas- fue mérito de Carrera y su bando el haber publicado una auténtica declaración ex profeso de independización chilena en su Reglamento Constitucional Provisorio de 1812, a pesar de seguir reconociendo la autoridad real de Fernando VII "que aceptará nuestra Constitución en el modo mismo que la de la Península". Así pues, el artículo 5° de este ensayo constitucional, dice:
"Ningún decreto, providencia u orden, que emane de cualquier autoridad o tribunales de fuera del territorio de Chile, tendrá efecto alguno; y los que intentaren darles valor, serán castigados como reos del Estado".
Sin embargo, conforme fue creciendo la figura del General O'Higgins tras su participación en la Junta y más tarde su brillante desempeño en el Combate del Roble (17 de octubre de 1813), comenzó a perfilarse el ala que marcaría la dualidad de pareceres de los patriotas sobre los liderazgos, en contraposición a los carrerinos: los o'higginianos, también llamados o'higginistas. Además, la ruptura y desobediencia de Carrera a la Logia Lautaro necesariamente iba a terminar siendo respondida por O'Higgins y su bando, así que éste comenzó a armar su propio ejército en Concepción, en 1814, con el que se aprestaba ya a partir a enfrentarlo cuando justo tuvo lugar el desembarco español que volvió a reunir los caldeados ánimos contra un enemigo común.
Si los carrerinos eran declarados partidarios de la república autonomista y nacional, los o'higginianos, haciendo eco del pensamiento del Libertador, insistían en la idea de reforzar también el principio de autoridad y centralismo administrativo para toda condición de gobierno suscrito. Esta separación de ambos bandos resulta crucial para comprender los hechos de aquel pésimo año para los patriotas: la firma del Tratado de Lircay por parte de O'Higgins (3 de mayo), que devolvía la dominación hispánica a Chile y prácticamente pretendió entregar la cabeza de los Carrera a las fuerzas realistas; después, la derrota que le propinó Carrera a O'Higgins en el Combate de las Tres Acequias (26 de agosto), singular batalla que enfrentó a patriotas contra patriotas; y, finalmente, el Desastre de Rancagua (2 de octubre), tras la negativa de O'Higgins a acatar las órdenes y estrategias de Carrera, poniendo fin a la Patria Vieja.
Rancagua pesó mucho en el prestigio y en el orgullo de O'Higginis, a pesar del apoyo que encontró en el General José de San Martín, en Mendoza, quien marginó a Carrera de la siguiente etapa de lucha. No cabe duda de que el aislamiento de este último en la causa independentista, sin embargo, había dado ya un triunfo definitivo al bando 0'higginiano frente a la principal aspiración de sus adversarios, que era ver de vuelta al artífice de la Patria Vieja en Chile.
La facción o'higginiana cobraría cuerpo con los decisivos triunfos del Ejército de los Andes y la designación de O'Higgins como Director Supremo, período en que vivió en constante tensión con los carrerinos liderados por personajes como Manuel Rodríguez y con los hermanos Carrera en exilio, todos ellos terminando sus días fusilados.
Volviendo a las palabras de León Echaíz, es poco el valor político trascendente que éste observa al surgimiento y legado de ambos grupos:
"Tales tendencias, de carácter netamente personal, no podrían desempeñar en el país ninguna misión trascendental, y estaban condenados a desaparecer bien pronto, junto con las personas cuyo proselitismo las había generado".
Como suele suceder con todos los movimientos políticos con apellido, entonces, tanto o'higginianos como carrerinos terminaron muy desperfilados, desgastados y convertidos en agrupaciones de escasa relación con los próceres originales que las inspiraron. Mientras los primeros se vieron divididos durante el exilio de O'Higgins (quien no callaba sus simpatías por el proyecto del Protector Andrés de Santa Cruz, todavía en plena Guerra de 1836-1839), además del fracaso de todas las tentativas por traerlo de vuelta a Chile, los segundos acabaron reducidos y descabezados tras el asesinato del prócer, convirtiéndose en un grupo que se iría apagando hasta integrar el bando pipiolo derrotado en la Batalla de Lircay de 1830. Las correrías revolucionarias de su hijo José Miguel Carrera Fontecilla, en 1851 y 1859, sirvieron para restaurar el carrerismo como ideario político vigente, fuera de las miradas románticas o nostálgicas.
Como se sabe, en nuestros días, o'higginianos y carrerinos ya no forman parte de grandes sustentos político-ideológicos propiamente tales, salvo su identificación con el patriotismo de la Independencia. Menos aún conforman alguna clase de perfil con características de partido, sino más bien representan a sectores intelectuales de estudio y difusión de los respectivos legados, obras, biografías, documentación y conmemoración de cada prócer.
LA "ANARQUÍA" ENTRE 1823-1827: LIBERALES, FEDERALES Y ESTANQUEROS
El triunfo de O'Higgins sobre los carrerinos no libró a su gobierno de una constante inestabilidad, situación que le llevó a profundizar procedimientos dictatoriales. La crisis generada en gran medida por los enormes desembolsos que significó la Expedición Libertadora a Perú y por los cuestionamientos a la legitimidad de su liderazgo, fueron creciendo hasta precipitar su caída y abdicación, el 28 de enero de 1823, tras lo cual partió al exilio en Perú.
Del período que iba a comenzar, Domingo Amunátegui Solar comentó una vez:
"La época de nuestra Historia Nacional más censurada, más vilipendiada, más ridiculizada, ha sido la que empieza con la abdicación de O'Higgins y termina con el triunfo conservador de Lircay".
Reemplazado O'Higgins en el gobierno por Ramón Freire, héroe de la Independencia y gran instigador de su caída, el proceso de ordenamiento en que se encaminaba la floreciente república se reflejaría en la aparición de nuevos intentos de movimientos y partidos políticos, respondiendo también a las circunstancias históricas por las que transitaba el país.
Los llamados liberales, por ejemplo, comenzaron a agrupar a todos los sectores dispersos que habían encontrado un punto de convergencia en sus intenciones de derrocar a O'Higgins, aunque con una gran falta de cohesión y de propuestas comprensibles para un gran proyecto político propiamente dicho. Anidaban en su seno desde grupos partidarios tanto del liberalismo más modernista y afrancesado, hasta algunos de cierto conservadurismo social puritano e inquisitivo que llegó a promover leyes sancionando hasta las malas palabras de la ciudadanía.
De alguna manera, la abdicación de O'Higgins había dejado de brazos cruzados a este amplio y diverso sector político, encontrando dificultades para estructurarse y debiendo persistir, en sus inicios, quizás sólo del apoyo comprometido al nuevo gobierno. Sin embargo, debe aclararse que estos liberales no guardan relación de continuidad con el muy posterior Partido Liberal de Chile fundado en 1849, a pesar de la majadería de algunas opiniones por establecerlo como antecedente del mismo.
Un segundo grupo lo representaron los federales, partidarios de desarrollar en Chile el mismo modelo que se peleaba en Argentina y que se había consolidado en los Estados Unidos, dando cierto grado de autonomía  las provincias. Para León Echaíz, éste es quizás el primer grupo político donde predomina una auténtica propuesta ideológica más allá de intereses circunstanciales, de cultos a la personalidad o de ambiciones personales de sus miembros, pues los federales aseguraban que el gobierno unitario de la república iba a traer, a la larga, una serie de males y problemas para la prosperidad y para el ordenamiento nacional.
Finalmente, el tercer grupo político gestado también en el fructífero pero complicado gobierno de Freire, fue el de los estanqueros, singular partido de don Diego Portales que se propuso encarar, de alguna manera, el período de anarquía que se prolongaría después de la renuncia del último Director Supremo y en el que hubo una sucesión de gobiernos de corta duración con grandes embates intestinos de conflicto.
Se recordará que, en 1824, el Gobierno Interino de Fernando Errázuriz había entregado el llamado Estanco del Tabaco (monopolio por 10 años del tabaco, naipes, licores y otros artículos) a la sociedad Portales, Cea y Cia., quizás la casa comercial más importante de aquel momento. La medida buscaba pagar en cuotas de amortización de las odiosas deudas que se habían prolongado desde la misión de don Antonio José de Irisarri a Inglaterra, enviada por O'Higgins, y que entre otros objetivos debía obtener fondos de financiamiento de la Expedición a Perú, cosa que logró en agosto de 1819 por un contrato por un millón de libras con la casa Hulett Brothers & Co.
Aunque a la larga el Estanco del Tabaco estaba condenado a fracasar haciendo que el monopolio fuese devuelto al Fisco, el hecho de que se le dieran a la sociedad ciertas atribuciones políticas y fiscalizadoras, motivó a Portales y a sus socios a involucrarse en cuestiones de la administración pública. Como el asunto no había tardado en volverse una cuestión política, sin embargo, fue agrupándose cierta cantidad de ciudadanos en lo que sería el partido de los estanqueros, de ideas con visos conservadores, centralistas y una mentalidad bastante pragmática. El partido fundado por Portales se erigía, así, como una especie de propuesta "salvadora" a la situación de decadencia moral, el caudillismo y la inestabilidad política de Chile, en un fenómeno no pocas veces visto en períodos de crisis.
A todo esto, el Congreso Nacional, había dictado una ley en octubre de 1826 para revertir los daños provocados por el fracaso del estanco, creando una factoría general que se hiciera cargo del mismo y solicitando verificar en un plazo de tres meses, un juicio de liquidación del contrato anterior. Los tribunales le dieron la razón a Portales, Cea y Cía., obligándole a fisco a indemnizarlo por el retiro unilateral del acuerdo y las pérdidas. Pero Portales, en una excelente jugada para aplastar a sus muchos enemigos erigiéndose como adalid de moralidad y probidad pública, decidió no cobrar al Estado la suculenta indemnización de más de 87.000.
La súbita aparición y recepción de los estanqueros, se combinaba con aspiraciones de orden y respeto a la autoridad, que interpretaban a buena parte del deseo civil de entonces, aunque el encono de muchos autores hacia la figura de Portales dificulte reconocerle esta característica. Pese a no tener aspiraciones presidenciales ni electorales, además, los estanqueros encarnarían el ideario de su fundador, que ha sobrevivido como el espíritu portaliano, también con sus propias ambigüedades y concentración en un liderazgo, aunque no carente de una ideología que se ha representado en el concepto del llamado Estado en Forma.
Por su parte, los federales mantenían aún cierta influencia y muchos militantes de importancia cuando los estanqueros ya se perfilaban como fuerza política, como fue el caso de don José Miguel Infarte, por lo que no le costó al grupo lograr la mayoría absoluta del Congreso Nacional de ese mismo año de 1826, también elegido bajo el gobierno de Freire. Con esta ventaja, dieron inicio a un proceso federal en el país, dividiéndolo en ocho provincias que iban a tener presidencia y asamblea legislativa propias.
Sin embargo, al regresar de la expedición al Sur de Chile contra los últimos reductos realistas en el territorio, Freire encontró un ambiente hostil que precipitaría su renuncia, dejando el cargo en mayo de 1827. Mientras se esperaban las elecciones del siguiente mandatario, su sucesor Francisco Antonio Pinto derogó las leyes de organización federal, tras ver las inconveniencias del sistema y el poco apoyo que le quedaba a las mismas, defendidas por sólo un puñado de idealistas liderados por Infante, que continuó publicando con vehemencia artículos apoyando tal opción de organización política y administrativa en el periódico "El Valdiviano Federal", bastión periodístico de la frustrada cruzada.
Para el autor de "Evolución histórica de los partidos políticos chilenos", es aquí donde termina el bosquejo inicial de los primeros partidos políticos chilenos, aunque las consecuencias de este primitivo ordenamiento de fuerzas se verán muy marcadas en el siguiente período histórico.
Don Diego Portales Palazuelos, que entró al mundo político como líder y fundador de los estanqueros.
PIPIOLOS Y PELUCONES ENTRE 1828-1830
Como sucede en la continuidad de todos estos movimientos políticos, sin embargo, los estanqueros serían la base de un posterior referente: el llamado partido pelucón, que encontraría a su Némesis en el partido pipiolo, devolviendo al país hasta el repetido esquema de dualidad en las disputas del poder político. Ambos grupos fueron consecuencias previsibles de las tendencias inestables surgidas tras la abdicación de O'Higgins y la anarquía, además.
El grupo liberal de los pipiolos vino a ser como un resurgimiento de las ideas libertarias e igualitarias vertidas por el mundo por la Revolución Francesa. Incluso hay quienes sostienen que habrían utilizado su Declaración de 1789 como base para un nuevo proyecto constitucional en Chile.
El extraño nombre de este partido surge de un mote peyorativo con que se les denominaba, ya que pipiolo equivalía a decir joven, ingenuo, inexperto. Sus miembros solían ser personas de estratos modestos y generaciones más nuevas de "exaltados", aunque en principio sólo con relativa representación, que compensaban con algunos liderazgos de importancia entre sus filas. Su visión ya anticipaba elementos del ordenamiento democrático y de valoración de las organizaciones sociales, aunque con ciertas influencias caudillistas y personalismos en su quehacer.
Remontados hacia 1823 ó 1824 según algunas opiniones, integraban este grupo los carrerinos (ya descolgados de su matriz original, pero aún identificados con el nombre) y restos del bando de los moderados de la Independencia, además de algunos radicales y liberales. Según una declaración del diputado Juan Bello, una frase que resume la filosofía pipiola era "Libertad aun en la anarquía".
En tanto, los grupos provenientes de conservadores que habían pertenecido al Senado de 1823 creado por Freire, además de representantes del clero y de la aristocracia más rancia, estaban convencidos de que no se podía apostar a un sistema que no supusiera la continuidad de un Estado fuerte, autoritario, con acervo institucional fundado en órdenes coloniales y bajo la estructura social imperante en la época. También desconfiaban del militarismo y de las señales del Ejército en cuanto a no someterse al poder político o darse atribuciones para deliberar e influir en el poder.
Así, tal como sucedía en otros países del mundo frente al mismo ideario afrancesado, este grupo comenzó a reaccionar a los novedosos afanes de democracia e igualdad, naciendo casi espontáneamente el bando conservador del partido de los pelucones, nombre que le fue dado como una burla al clásico uso de pelucas entre los miembros de la aristocracia.
Formaban parte de este sector comerciantes, restos de los o'higginianos y estanqueros, a pesar de ser conocido el distanciamiento que habían experimentado O'Higgins y Portales, por cuestiones personales y de mentalidades. Para Juan Bello, sus principios podían resumirse en "Orden aun en el despotismo".
De alguna manera, ambos bandos ya estaban en disputa durante el gobierno de Freire, con sus raíces representadas en estanqueros y federales-liberales, respectivamente. Mas aún, los intentos del Director Supremo por abolir algunos dictámenes de O'Higgins, como la Legión de Honor, fueron bloqueados por su ministro Mariano Egaña, demostrando que había bandos instalados también en el propio gobierno. Se recordará que su padre, don Juan Egaña, había redactado la efímera Constitución de 1823, que regulaba hasta la vida privada de la ciudadanía, aunque tenía el mérito de ser la primera donde aparecía el concepto de "República" para Chile (ahogando los resabios pro-monarquistas que aún quedasen).
Por otro lado, el golpe dado a continuación por Freire en origen a los gobiernos pipiolos, fue precisamente el intento por deshacerse de lo que serían después los pelucones. Gabriel Salazar aporta una visión interesante de este período, desde el enfoque de la historia social, en su trabajo "La Construcción de Estado en Chile. 1800-1837".
Pero Freire no había logrado estabilizar el mando, debiendo renunciar. Esto facilitó el camino a los pipiolos para avanzar en el poder, una vez que Pinto asume en forma interina y llama de inmediato a elecciones para febrero de 1827, enfrentando a los pelucones. Con apoyo de su gente en el Congreso Nacional, en 1828 el partido pipiolo publica una nueva Constitución de espíritu esencialmente liberal, que fuera redactada por el controvertido español José Joaquín de Mora quien, además, no se mediría en atacar e incitar a la violencia anticonservadora en un pasquín titulado "El Defensor de los Militares".
Como síntesis, la Constitución de 1828 establecía dos cámaras elegidas por votación popular; un Presidente, Vicepresidente y tres ministros; y asambleas para los gobiernos provinciales (residuo de la influencia de los federales en el grupo). Curiosamente, sin embargo, y a pesar de la mucha idealización que hacen algunos en nuestros días de esta carta, la misma señalaba que la religión del Estado era la católica apostólica romana, muy seguramente como reflejo cultural y sociológico irrenunciable en aquella época.
Pinto traspasó el cargo a Francisco Ramón Vicuña, en calidad de delegado, pero volvió a ganar las elecciones de 1829, asumiendo en octubre. Los pipiolos también habían mantenido la mayoría de los puestos del Congreso. Sin embargo, algo había cambiado su suerte, en esta ocasión: la elección de Vicepresidente no les había favorecido, y ninguno de los tres candidatos con más votos obtuvo la mayoría absoluta: José Joaquín Prieto, Francisco Ruiz Tagle o Francisco Ramón Vicuña. De ellos, sólo Vicuña era de ideas liberales, mientras que los dos primeros se identificaban con el bando pelucón.
El Congreso, que como vimos era mayoritariamente pipiolo, debía decidir quién de los tres candidatos asumiría la Vicepresidencia. Priorizando sus intereses y ambiciones, entonces, los parlamentarios liberales escogieron a Vicuña, en mérito a su compromiso con los pipiolos, a pesar de ser el menos votado de los tres candidatos... Las consecuencias de esta imprudencia serían de enorme costo.
Es aquí donde se desatará la tormenta, entonces, cuando los pipiolos quisieron pasarse de listos y dando una gran excusa a la oposición conservadora para cuestionar su legitimidad en el poder y así alzar las espadas.
BATALLA DE LIRCAY EN 1830 Y FIN DE LA ERA PIPIOLA
Como era de esperar, los pelucones acusaron una flagrante violación de los pipiolos al espíritu de su propia Constitución y, al no encontrar respuesta de sus adversarios, sobrevino la inevitable ruptura. Tal como había sucedido en tiempos de la Patria Vieja cuando el Congreso hipotecaba el camino de la independencia o cuando la ruptura entre O'Higgins y Carrera se hizo manifiesta, el General Prieto reaccionó organizando una fuerza revolucionaria en Concepción, que amenazó con irse contra Santiago.
Pinto deja el gobierno a Vicuña otra vez, y después es asumido por la Junta presidida por Freire, buscando asegurar la permanencia pipiola en el poder. En noviembre, vuelve a colocar a Vicuña, pero ya los hechos están desencadenados y la agitación le obliga a renunciar el 7 de diciembre. Tras el Pacto de Ochagavía que hizo una pausa en la guerra civil, don José Tomás Ovalle asume como Presidente de la Junta que toma el mando tras las dos semanas y media de acefalia gubernamental, el 24 de diciembre de 1829, dando inicio al primer gobierno pelucón de corta duración.
Freire había logrado que estuviese con él la lealtad de Prieto, entonces, en un acuerdo que los pipiolos interpretaron como la derrota humillante de este último. Sin embargo, Freire seguía obsesionado con evitar que la Junta Provisoria trajera de vuelta a Chile a O'Higgins, su peor temor y pesadilla. Comenzó a intervenir sobre las decisiones de la Junta excediendo sus facultades y trató de iniciar un golpe en Coquimbo, el 17 de febrero. Al día siguiente, la Junta cede el mando en forma provisional a Francisco Ruiz-Tagle Portales, del mismo bando conservador.
En plena guerra civil, don Diego Portales había jurado como Ministro de Interior, de Relaciones Exteriores y de Guerra y Marina a inicios de abril de 1830, permaneciendo por cerca de seis meses en el cargo. Ovalle había recurrido a su persona por tener a la vista que nadie estaba interesado en sentarse en las carteras de gobierno, ante la delicada e incierta situación imperante, adelantando con ello parte de la etapa siguiente que iba a comenzar con la victoria pelucona.
El estanquero sienta desde este primer ministerio las bases de un gobierno autoritario, ordenador, enemigo de la delincuencia y del caudillismo, que fuera del gusto de los pelucones, bloqueando los intentos de algunos de sus camaradas como  José Antonio Rodríguez Aldea y del propio Prieto, de traer de vuelta a Chile la figura de O'Higgins, algo que Portales veía ahora como un peligro inminente para la unidad política nacional, a pesar de la simpatía que había profesado años antes por el Libertador.
Ovalle había retornado al poder como Vicepresidente provisional electo, el 1° de abril de 1830, cuando la nueva ruptura entre Freire y Prieto había provocado que este último le negara el mando del Ejército del Sur, con el que que comenzó a marchar decidido a imponerse sobre los pipiolos. Iba a Santiago con cerca de 2.200 hombres, varios de ellos milicianos de Concepción y figuras militares de la talla de Manuel Bulnes y José María de la Cruz.
Freire, en tanto, tras su calaverada en Coquimbo, había salido embarcado a toda prisa hasta Constitución, donde armó una fuerza de unos 1.800 entre los que estaban los ilustres militares extranjeros José Rondizzoni, Guillermo Tupper y Benjamín Viel, a quienes se culpaba entre los hombres de Prieto por haber precipitado la guerra. Ambas fuerzas adversarias iban a encontrarse allí mismo, en la orilla del río Lircay.
Freire llega a la ciudad de Talca durante la madrugada del 15 de abril, mientras que Prieto hace lo propio a las pocas horas, deteniéndose en Cerro Baeza. Siguiendo un consejo de Rondizzoni, el líder de los pipiolos decidió no dar combate en la ciudad y avanzó hacia el cerro; empero, en una astuta decisión, Prieto avanzó orillando el río Lircay hacia la ciudad, haciendo creer a su enemigo que eludía el combate para irse a Concepción. La cruenta batalla se desató, así, el 17 de abril de 1830, con muestras de mutuos odios fraticidas que resultaron extremos durante la lid. Ya aventajando los del bando pelucón, los ejércitos del bando pipiolo fueron arrasados, muriendo el ilustre Coronel Tupper en la refriega, con otras 400 víctimas fatales, la mayoría de ellas en la fuerza de Freire.
Por ironía del destino, la ruptura entre los dos bandos políticos había llegado a la sangre en la orilla del mismo río en las afueras de Talca y donde, tres lustros antes, se había firmado el Tratado de Lircay que delató la ruptura profunda entre o'higginianos y carrerinos. Ahora, acababan derrotados los pipiolos y entregado el mando a los pelucones en Concepción y Chiloé, cayendo poco después Coquimbo cuando el general José Santiago Aldunate doblega a la fuerza que había armado allí  Pedro Uriarte con ayuda del Viel.
Cuando O'Higgins se entera en Lima del triunfo pelucón de Lircay, le escribe a Prieto con fecha 24 de mayo:
"La experiencia de todos los tiempos nos demuestra que la columna más fuerte del poder nacional es la gloria nacional... y las hazañas de sus héroes. Los campos de Lircay son monumentos eternos de esta verdad. Ellos fueron lo más inexpugnables baluartes de los libres contra la barbarie y la violencia; ellos gritan por la libertad civil de una patria oprimida y degradada; ellos llevan los esfuerzos del hombre honrado, del filantropista y del patriota; ellos solamente los que pudieron rolar la oliva de una lucha venturosa..."
Para el juicio histórico de muchos, Lircay representó el difícil pero necesario final de un proceso de caótica anarquía y de desorden político, que en otros países de la comunidad americana se prolongó por largo tiempo más a falta de fuerzas que resistieran a la entropía gubernamental, con graves consecuencias para ellos. Para otros muchos, en cambio, Lircay es el símbolo de la destrucción de un proyecto de gobierno liberal y constituyente de acervo democrático y popular, por parte de la reacción de las élites mejor representadas en las figuras de Portales y Prieto. "Así como la reconquista española de 1814 barrió con todos los progresos implantados por los patriotas, la revolución de 1829 destruyó de raíz las instituciones liberales", anotaba Amunátegui Solar en su obra "Pipiolos y Pelucones".
Lircay fue, también, el ocaso del brillante General Freire. Si bien su genialidad siempre convivió con una verdadera adicción a las conspiraciones, el ex mandatario había logrado un notable desempeño en el esfuerzo de construcción de una institucionalidad republicana, aunque las inclinaciones caóticas del período perjudicaron su obra y el posterior reconocimiento de la misma. Ahora, después de haber salido a galope de Lircay dejando a sus hombres que lucharon hasta morir decididos a no rendirse, su vida pública se reducirá a exilios y a continuas marchas a la deriva, echándose encima el desprestigio tras participar en los movimientos sediciosos del Mariscal Andrés de Santa Cruz contra Chile.
León Echaíz, que como liberal y desde su época parece simpatizar tanto con el bando pipiolo, sin embargo no se guarda reproches para el actuar de ellos, en su conclusión de estos hechos, a diferencia de la visión victimista y complaciente de Amunátegui Solar para los mismos. Les imputa el cargo de haber "adolecido del defecto de tratar de imponer, precipitadamente, principios liberales", que para su éxito e introducción apropiada "eran necesarias diversas etapas, y una larga evolución de las condiciones sociales e intelectuales del país", además de indicar que "el defecto mayor que estigmatizaba al gobierno liberal de entonces, era la poca consistencia de los elementos pipiolos que lo acompañaban".
Esta miopía o candidez fue, acaso, la causa general de la inestabilidad que imperó durante toda la era pipiola, además del avance de algunas simpatías populares por las exigencias peluconas de orden y tranquilidad más allá de los meros intereses de las elites, dificultando con ello la elección de un Vicepresidente liberal.
Primera hoja de la circular "Aviso al público" del bando pipiolo, durante la Guerra Civil, publicado por la Imprenta Republicana el 16 de diciembre de 1829. Se intenta presentar el efímero pacto de Prieto con Freire como un triunfo sobre las fuerzas del primero, y el lenguaje anticipa un poco los odios que iban a ser volcados unos meses después en Lircay. Fuente imagen: Memoriachilena.cl.
¿ANALOGÍAS CON LA SITUACIÓN ACTUAL DE LOS PARTIDOS CHILENOS?
Con Lircay, habría de comenzar el período de la República Conservadora, con el gobierno de Prieto y la enorme influencia que tuvo en su administración el ministro Portales y su concepto del Estado en Forma proveniente del pensamiento estanquero, seguido de los mandatos de Manuel Bulnes y Manuel Montt que completarán el largo trecho de los conservadores en el poder, resultantes de la imposición de los pelucones sobre las ideologías liberales.
Sin embargo, con el ascenso de Prieto había terminado también otra etapa, correspondiente a la de formación y configuración de las fuerzas políticas chilenas revisadas, que dan origen e impulso al partidismo político tal como lo conocemos en nuestros días.
Se podría conjeturar, a modo de reflexión, que los escenarios que esbozaron estas primeras fuerzas políticas puestas en marcha en Chile, desde la lucha por la Independencia hasta terminado el ordenamiento republicano, coinciden con ciertos aspectos del escenario de la actual crisis de los partidos de la política nacional. Entre otros puntos, podemos observar los siguientes:
  • Fuera de sus declaraciones de principios y manifiestos para el público, los partidos tradicionales siguen siendo canales de intereses de grupos muy específicos y definidos entre los actores de la realidad nacional. Intereses con fines loables o mezquinos, quizás, pero personificados, como era en los orígenes de las agrupaciones políticas de este tipo en Chile. Si bien no se trata ya de partidos que nacen con este vicio en su propia fundación, al menos sí es claro que lo adoptan y hacen propio en un ambiente de decadencia de principios, existiendo grupos de intereses que son transversales a los partidos existentes y con tentáculos de izquierda a derecha, según ha quedado en relieve con los más recientes casos de corrupción política o de influencias indebidas en el Poder Legislativo, Municipalidades, Ministerios y candidaturas varias.
  • Persiste como norma una tendencia a la división en dos sectores principales, que atraen y separan gravitatoriamente a la mayoría de los partidos políticos tradicionales e incluso los que, en estas mismas reglas del juego, se fundan como variaciones o disidencias, revelando la existencia de duopolio connatural más allá de la revisión del sistema binominal o de la ampliación de distritos y circunscripciones. Dos sectores que, además, eclipsan a todas las alternativas auténticas de organización política y, por lo tanto, son los grandes favorecidos en el esquema electoral.
  • La órbita que acaban asumiendo también muchas de las propuestas "alternativas" o supuestas terceras vías políticas, con relación a los intereses de alguno de esos dos sectores principales, atrapadas por el efecto gravitatorio de la política que también es connatural de los propios partidos como modelo de representatividad popular (por exitoso o fallido que se lo estime).
  • El protagonismo que, a veces, toman las individualidades de grupos políticos emergentes o de sectores "díscolos" internos a partidos preexistentes, por encima de las líneas de definición que representan a los partidos a los que se asocia su origen y que motivan reordenamientos entre fuerzas, cambios intestinos, acusaciones de "falta de lealtad" o bien aplausos por el "sinceramiento", aunque no cambian esencialmente la situación imperante pues, mientras estén atrapados en el mismo campo gravitacional de dos polos y sus reglas, son más bien parte del problema que parte de la solución.
  • El asomo de movimientos internos o bien superiores a los partidos, agrupados en torno a apellidos e identidades, en virtud de inclinaciones electorales o de simpatías generales en un contexto de gobierno o candidatura de no mucha longevidad (bacheletismo, piñerismo, laguismo, etc.), fenómeno muy relacionado con el punto anterior. Curiosamente, en este momento vivimos también una crisis de identificación con figuras vigentes, como consecuencia o daño colateral de la propia ausencia de representatividad y por el estado mustio de los partidos chilenos en general.
  • La existencia de un mismo fenómeno de las ideologías con apellido más trascendente que el anterior, manifestándose como una persistencia y como un referente genérico de identidades políticas, específicamente con respecto a la toma de posiciones frente a los hechos de la historia de nuestro país, ciertos ideales o banderas de lucha (allendismo, pinochetismo, freísmo, etc.), aunque en la práctica no manifiesten más que algunos principios muy generales y muy abstractos sobre objetivos o aspiraciones, degradados ya por la misma política y por la prioridad que siempre tendrán los partidos para con sus propios intereses por encima de los compromisos sociales o ciudadanos, en todo el espectro.
Sin embargo, diríamos que los partidos revisados en los orígenes del Chile independiente, manifiestan más bien los ciclos y procesos de existencia de los referentes políticos, mas no una continuidad con los que existirán después y hasta nuestros días. Se trataba, pues, de aventuras y experimentos, espejos del proceso histórico de ordenamiento que se vivía en todo aquel período. León Echaíz es enfático en este punto:
"Ha sido un error común de los glosadores políticos y de muchos historiadores nacionales, considerar a estos primeros bosquejos de partidos, como antecedentes de las actuales colectividades políticas del país".
Como se observó con el fenómeno de los o'higginianos y los carrerinos, además, la sobrevivencia de inclinaciones políticas ligadas a un liderazgo personal siempre siguieron siendo de corta duración en la arena política, convirtiéndose más exactamente en expresiones de apoyo mientras vivieron sus motivadores, y de idealización, simpatía e incluso reivindicación después de sus muertes, sin líneas categóricas que las definieran como propuestas políticas ante realidades posteriores.
Tenemos así, los casos del partido montt-varista y del partido balmacedista, además de movimientos que se identificaron en su momento con el alessandrismo, el ibañismo, el allendismo o el pinochetismo; parecido al caso de los intentos de partidos políticos asociados a candidaturas más que a contenidos políticos trascendentes, desde el retorno de la democracia, como la Unión de Centro-Centro, Chile Primero y quizás otros más recientes que, para no ofender, me reservaré (aunque es fácil adivinar cuáles están asociados a un candidato y su programa más que a un planteamiento amplio y de largo plazo). Incluso importantes e históricas experiencias de países vecinos, como el peronismo argentino o el velasquismo ecuatoriano, también han ofrecido ciertas características viciosas por el mismo sentido, enfriándose su época de oro al alejarse también la de sus inspiradores.
En cuanto a la vida de los partidos como depositarios de pensamiento, ideología y propuestas, los mismos hechos políticos y sociales de los últimos años han demostrado que la representación directa opaca al sobrevalorado partidismo y su intermediación con los intereses y exigencias de la ciudadanía. La vía correcta sería ésa, entonces: facilitar la representación social específica, objetiva, en lugar de seguir fundando nuevos movimientos o conglomerados de intermediación "alternativa", que sólo resultan de la unión de los restos náufragos de los mismos viejos partidos, más la adición de militantes para el recambio generacional dentro de las mismas cofradías.
Confieso que me he ganado varios rencores por manifestar, a veces, mi opinión sobre los partidos políticos actuales: creo que responden a una estructura de representatividad y de reserva ideológica totalmente ajena a la realidad de los procesos y mareas políticas de nuestra época. Decir en estos tiempos que no se puede gobernar sin partidos políticos, suena a aquella época en que se aseguraba que era imposible gobernar desde un Estado separado de la Iglesia.
Como en los casos en que se meten goles con legislaciones que intentan mantener modelos de negocios obsoletos (por ejemplo a nombre de determinados derechos creativos o de propiedad intelectual en la industria de la música), también se ha construido un sistema político y electoral destinado a asegurar la vida a los partidos, como únicos agentes de las fuerzas de representación electoral... Partidos que son, en verdad, cada vez más pequeños, atrofiados e inoperantes, pero sostenidos sólo desde el exceso de poder que les da aquel ordenamiento electoral, la distribución geográfica de las representaciones y el propio monopolio del quehacer político entre los descritos dos polos magnéticos.
Empero, desconozco si estamos en un período de desintegración de los partidos tradicionales e históricos con similitudes a lo que les tocó -en su momento- a los primeros esbozos partidistas de Chile. Se ha proclamado desde referentes políticos más nuevos la idea de una renovación total, siendo claro que experimentan una crisis de representatividad y de aceptación popular que dejará sus marcas profundas en el desarrollo de la historia política contemporánea y futura.
José Enrique Rodó, escritor y dramaturgo uruguayo, dijo: "Los partidos políticos no mueren de muerte natural: se suicidan"... Quizás ese viejo primer período de gestación y ordenamiento de las primeras fuerzas políticas dejó una huella que aún persiste y un ejemplo para explicarse, de alguna forma, buena parte de los actuales procesos y vaivenes del partidismo.

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