lunes, 30 de noviembre de 2015

EL ASOMBROSO ENIGMA DE LA MINA PERDIDA DE HUASICIMA O HUACSACIÑA

Mineral y campamento de Huantajaya, ilustrado por Francisco Xavier de Mendizábal en 1807. Se suponía que la misteriosa Huacsaciña o Huasicima, era tanto o más rica en plata que este famoso yacimiento de la región tarapaqueña, y su leyenda se cruza con la realidad de la misma mina.
Coordenadas: 19°54'51.96"S 69°59'25.51"W (sector general aproximado a donde se cree que pudo estar)
La tierra históricamente minera de la pampa de Tarapacá, ofrece varias leyendas interesantes sobre ricos yacimientos de oro o de plata que algunos aventureros se empeñaron en tratar de encontrar, como la fabulosa Mina del Sol del Tamarugal e historias de socavones de metales preciosos en los valles, además de las creencias en enterramientos de riquezas incas el Cerro Unitas y otros puntos conectados al mítico Camino del Inca. El redescubrimiento de las ricas minas de plata de Huantajaya, en el siglo XVIII, alimentó más aún la posibilidad de que las leyendas fuesen reales, alentando a los buscadores y su abundante mitología.
Sin embargo, la más intrigante y asombrosa leyenda minera tarapaqueña quizás sea la de una perdida mina de plata llamada indistintamente como Huacsaciña o Huasicima, cuya supuesta ubicación se ha acotado en algún sitio entre la Pampa Perdiz y la Oficina de Agua Santa, no obstante que jamás ha reaparecido ante quienes tuvieron la suerte o la desdicha de verla.

Y si la leyenda ha llegado a ser tan enigmática y casi aterradora, es porque parece tener un rasgo de realidad que la hace aún más misteriosa e intrigante, habiendo sido comentada por Jean Arondeau en el artículo "La perdida mina de Huasicima en la pampa de Tarapacá", de la "Revista de Educación" N° 48 de 1948, y por Stephen Clissold en su libro "Chilean scrap-book" de 1952.
En efecto, se recuerda de una serie de supuestos encuentros con la mina entre fines del siglo XIX y principios del XX, cuando fue más intensamente buscada, de los que diremos algo ahora, a pesar de nunca haber podido ser reencontrada pues se cree que una especie de conjuro o fuerza inexplicable parece protegerla de los cazadores de plata.
POSIBLE ORIGEN DE LA CREENCIA
El nacimiento de la creencia en una mina llamada Huacsaciña o Huasicima podría estar relacionado con relatos como la "Relación del Descubrimiento y Conquista de los Reinos del Perú" del cronista Pedro Pizarro, escrito hacia 1570 con sus memorias y experiencias a mediados de ese siglo sobre las conquistas de tierras indianas. Allí, el autor hace una detallada descripción de las increíbles riquezas de la zona pero refiriéndose al mineral de Huantajaya y la explotación del mismo por el encomendero Lucas Vegazo, que pudo dar un modelo para la imaginación en cuanto a la fortuna que tendría la mina perdida.
Un cronista peruano oriundo de Pica, el deán Francisco Javier Echeverría y Morales, en su obra de 1804 titulada "Memorias de la Santa Iglesia de Arequipa" aporta una interesante información sobre lo que parece ser el origen de esta leyenda minera, cuando se refiere al redescubrimiento de Huantajaya en el siglo XVIII (por parte de los peones de un miembro de la familia Loayza, según sabemos) y al hallazgo de antiguo material español en un sector denominado El Hundimiento:
"La curiosidad los fue llevando a desenterrar aquellos vestigios, y encontraron dos papeles ya cuasi deshechos. En uno se leía: remitir dos libras de pimienta; y en el otro, que si le iba mal en aquel mineral, se viniese al de Huasicima que estaba bueno. Como no tenían fecha ni data del lugar, no se ha podido saber dónde se halla. Se encontró también un cuerpo de un párvulo español con vestigios de lienzo de lino. Esto da a conocer que los españoles allí tuvieron su habitación, y trabajaron en el alto".
Este redescubrimiento de Huantajaya tuvo lugar gracias al guía minero de Mamiña, don Domingo Quilina "Cacamate", tras hallar accidentalmente piedras de plata en el suelo, mientras encendía una fogata nocturna en un viaje, en la primera mitad de aquella centuria. Volvió al lugar con su patrón don Bartolomé de Loayza (o su pariente Francisco de Loayza, en otras versiones), desde San Lorenzo de Tarapacá, hallándola otra vez e iniciándose una nueva epopeya minera que dio prosperidad a aquel pueblo y que relacionó a la familia Loayza con las inmensas riquezas de la industria de la plata.
Sin embargo, la referencia de los viejos documentos a la desconocida mina de Huasicina, nunca pudo ser olvidada y siguió presente en el imaginario de mineros, cateadores y exploradores, convencidos de que se encontraba en alguna parte con yacimientos de plata tanto o más grandes que las de la riquísima Huantajaya.
Una de las menciones más antiguas que se pueden encontrar sobre la mina en su carácter ya de mito del folklore minero, la proporciona el militar, explorador e investigador Alejandro Cañas Pinochet, en su "Descripción General del departamento de Pisagua" de 1884, cuando se refiere a los buscadores de minas de la zona:
"Imaginan aquellos que la corrida del histórico asiento minero de Huantajaya viene en dirección de Pisagua y que la tan buscada pero jamás hallada mina de Huasicima, que señala la tradición como existente entre los cerros de Huantajaya y Pisagua, era de la misma veta.
El hecho es que en Pisagua no se ha conocido ningún depósito que argentífero que dé la razón a los cálculos y elucubraciones de los casi siempre soñadores mineros".
No obstante, una serie de testimonios, supuestos encuentros accidentales y exploraciones buscando la mítica mina, iban a comenzar a tener lugar en los años de esa publicación, desatando una insólita euforia minera en la región con su respectivo mito, como veremos.
Mineros chilenos, siglo XIX, en ilustración del Atlas del naturalista Claudio Gay.
LA LEYENDA DE UN RICO MINERO
El nombre original de la mina parece haber sido Huasicima, si nos fiamos de las palabras de Echeverría y Morales sobre los documentos españoles de Huantajaya que habrían dado origen al mito. Sin embargo, en la tradición oral y el folklore, fue llamada también La Huasicima, Huacsacina, Huaracsina, Huasicina, Huarasicima y -quizás la denominación más popular- Huacsaciña. Al parecer, estos nombres surgen de corrupciones fonéticas o fusiones con el de la Quebrada de Huacsacina (sede de un antiguo centro minero de plata de Jarajagua), ubicada entre las de Sotoca y Tarapacá, y también con la localidad de Huara o la de Huarasiña, que se encuentran en la misma provincia.
La misma tradición oral tiene una versión de cómo fue que la fiebre por encontrar Huasicima o Huacsaciña despertó en los tarapaqueños, manteniéndose activa y bullente por cerca de 20 ó 25 años, antes de enfriarse otra vez.
Se cuenta entre los antiguos habitantes de las salitreras que el extraordinario yacimiento pudo haber sido encontrado recién en el siglo XIX -hacia 1870, según Clissold- por un viejo minero del poblado de San Lorenzo de Tarapacá o de Huara. La halló en algún lugar desconocido entre Huara y la hoy ruinosa Salitrera Valparaíso, según indica Mario Portilla Córdova en "Leyendas y tradiciones de Tarapacá. Del Cerro Dragón a La Tirana". Llegó a ella tras perderse por el desierto no demasiado lejos de la costa, regresando a su casa cargado de riquezas. Habría sido, además, el único hombre que pudo explotar el tan buscado tesoro y enriquecerse con él, fuera de la misteriosa primera generación de mineros que la hallaron y le dieron nombre en tiempos remotos.
El sujeto, cuya identidad también se ha perdido con todas las pruebas de su supuesta existencia, se habría hecho rico sacando sin esfuerzos el material argentífero, despertando codicias y envidias cada vez que regresaba a casa desde sus viajes hacia el poniente, trayendo las alforjas y hasta bolsillos colmados de plata. Era pues, la época en que la onza de plata valía la mitad del oro o más.
Sin embargo, al fallecer su descubridor (o redescubridor, no sabemos) en 1880 según la fecha más repetida en las pocas fuentes disponibles, se llevó a la tumba el secreto de su enorme riqueza, dejando frustrados a los que esperaban llegar hasta allá a hacer sus propias fortunas.
Desde entonces, han sido reportadas innumerables noticias sobre la legendaria mina, incluso por respetables y connotadas personalidades de Iquique y de las demás localidades de la región. Del mismo modo, cantidades de cateadores organizaron cuadrillas para expediciones por la pampa y las serranías, elaborando derroteros y explorando un amplio sector entre Huantajaya, Huara y Pisagua. Mas, todos fallaron de un modo u otro, aunque sólo algunos revelaron sus testimonios y otros se los callaron para siempre.
La mina sólo se burlaba de ellos: varios viajeros que llegaron de regreso a Iquique, Tarapacá o Pozo Almonte con "papas" de plata y piedras tomadas de los rodados del rico material con el que habían dado accidentalmente en algún viaje por la pampa, encendieron otra vez las ambiciones y provocaron que se montaran improvisadas empresas para tratar de ubicar la mina, de acuerdo a cada nueva información disponible... Pero volviendo a fallar en todos los intentos.
EL EXTRAÑO INCIDENTE DE 1895
La historia del minero de Tarapacá que encontró Huacsaciña habría quedado sólo como folklore local, si no fuera por una seguidilla de acontecimientos que comenzarán a tener tiempo y lugar después de su supuesta muerte, y que -en algunos casos- parecen darle algún alcance de realidad al mito.
En 1895, comenzaron a construirse nuevas instalaciones en la planta salitrera de la Oficina Agua Santa, al Norte de Huara. Abierta en 1874, esta oficina de la firma inglesa Cambell, Outram & Cía. estaba en un período de prosperidad y ampliaciones.
Sucedió que dos de los obreros que trabajaban en la obra perdieron el último tren que los iba a llevar de regreso a Iquique, tomando la decisión de adelantar camino por los senderos ancestrales de la pampa que conocían bastante bien, por lo que se arriesgaron a ir por atajos durante la noche y sin grandes temores, como muchos pampinos lo hacen incluso en nuestros días a pesar de lo temerario que suene. Sin embargo, justo les cayó encima la espesa neblina de la camanchaca sobre el desierto, cuando marchaban por la oscuridad de un paso entre montes. Temiendo perder el rumbo, se estacionaron en un lugar de su camino improvisando un campamento, donde se quedaron dormitando y esperando la mañana.
Fue sorpresa para ambos trabajadores cuando, al despertar con el claro de la mañana, descubrieron que se hallaban casi enfrente de la boca de una mina de aspecto muy antiguo y abandonado, en un terreno lleno de desmontes y socavones. El lugar estaba plagado de piedras plateadas brillantes que intuyeron valiosas, echándoselas entre sus ropas y bolsos de cuero antes de marcharse muy excitados con el hallazgo.
Los hombres hicieron que analistas expertos revisaran las piedras y estos, maravillados, confirmaron que era fina plata mineral. Por primera vez pareció que alguien había podido dar con el esquivo yacimiento del mito, demostrando que era real y tan abundante como la tradición aseguraba.
Sin salir del asombro, los jefes de la Oficina Agua Santa ofrecieron ipso facto armar y financiar una expedición para volver a la mina, y así partieron ilusionados a lomo de mula, con los dos trabajadores y un equipo de asistentes. Sin embargo, la exploración resultó un fracaso: por más que trataron de repetir la ruta de aquella noche, fue imposible dar otra vez con la bocamina y los desmontes, cuya existencia se suponía probada no sólo por el testimonio de los obreros, sino también por esos valiosos trozos de plata que ahora parecían salidos desde la nada.
A pesar de todo, la historia no hizo más que alentar a una serie de exploraciones que se conocerían en los años que siguieron, más otras que quizás quedaron en total olvido por haber sido secretas o disfrazadas de expediciones corrientes de cateos, pues la ambición humana comenzó a calentarse con la fantasía de la mina.
UNA CARTA ASOMBROSA Y EL TESTIMONIO DE ROJAS NÚÑEZ
Otro interesantísimo dato sobre la leyenda de la mina es aportado por el investigador iquiqueño Augusto Rojas Núñez, en sus "Crónicas pampinas", de 1936. El escritor logró que un carretero boliviano llamado William Andrés, trabajador de la Oficina San Pablo ubicada al Suroeste de Pozo Almonte, le mostrara una carta que le había sido remitida por un ciudadano alemán residente en Chile, don Otto Kohrt. Situación curiosa por sí misma pues el trabajador altiplánico, que se hacía pasar por brasileño, no sabía leer.
La carta de Otto Kohrt de 1897, transcrita por Rojas Núñez:
Alto Caleta Buena, 8 de abril de 1897
Señor William Andrés.
Oficina San Pablo.
Muy señor mío:
Por la presente me permito comunicarle a usted, que el corralero Julio Ponce, entretanto se ha ido con su familia al sur de Chile, me mostró el plano y me dio el derrotero de la mina H... en el norte de M... es decir el sitio, y lo encontré al fin, ya hace 17 meses. Entonces avisé a Ponce y buscamos a usted para darle conocimiento de esto, encontrando a usted al fin, en Iquique, muy enfermo.
Ponce habló con usted sobre este asunto y prometió usted a él venir por acá tan pronto se hallara restablecido de su salud, pero ha pasado mucho tiempo sin que usted dé noticia alguna y, por consiguiente, me permito preguntarle qué piensa hacer.
Tengo entendido que por otra parte también están en busca de la referida mina y, para evitar que otros la encuentren, he hecho desaparecer las señas principales (la mula y los m…). Pero puede suceder que uno u otro día me mande mudar de acá y resultaría entonces que dicha mina sería perdida para siempre.
No siéndole posible venir personalmente por acá, le propongo darme las demás señas (crucero) y comuníqueme sus condiciones para poder seguir este asunto.
Soy de nacionalidad alemana y ocupo el empleo de 'pasatiempo'(*) en ésta.
Saludo a Usted y espero su pronta contestación.
De usted atto. U.S.S.
(Firmado) Otto Kohrt"
*Nota: "pasatiempo" era la hoja de control de faenas.
Cuando el obrero pidió a Rojas que la leyera para él desconociendo aún su contenido, el investigador no podía creer lo que tenía en sus manos: fechada el 8 de abril de 1897 en la Oficina Salitrera San Pablo, el señor alemán informa al boliviano que había recibido comunicación de un corralero sobre una mina que sólo señala con la inicial "H", anunciando que ha logrado dar con el lugar donde ésta se hallaría y que aún espera que el destinatario de la misma carta, el mismo carretero, se comunique con él en Iquique, seguramente para iniciar alguna empresa de prospección y explotación de la misma.
A la sazón, sin embargo, el carretero se encontraba enfermo, por lo que se postergó el asunto. Ahora, en la misiva, el alemán reclamaba por no haber tenido noticias suyas como para pensar en retomar el proyecto, pues "puede suceder que uno u otro día me mande mudar de acá y resultaría entonces que dicha mina sería perdida para siempre", según reclamaba.
Asombrado y entusiasmado con la información de la carta, Rojas se unió a otros amigos iquiqueños para investigar más sobre el asunto y evaluar la posibilidad de ir tras la mina a la que estaba siendo invitado el trabajador por Kohrt. Además, Andrés le confesaría en la ocasión que ya conocía parte de este secreto: siendo niño, había acompañado a un anciano que sacaba plata de una mina oculta en la pampa y que ésta era vendida después en la Joyería Jacobs de Iquique (también conocida como la Joyería Inglesa, en su época).
Rojas y Andrés se asociaron y pactaron un acuerdo para que éste revelara su información sobre la mina a cambio de "la mitad de todo" lo que reunieran. El financiamiento iría por parte de Rojas y sus socios. Andrés aceptó, y quedaron de reunirse todos un día sábado en la salitrera para partir.
Nada podía fallar y la esquiva mina por fin aparecería... ¿O no?
Sin embargo, el boliviano nunca llegó al encuentro, muy posiblemente tentado con la idea de intentar esta empresa solo y sin necesidad de compartir el tesoro. Por más que lo esperaron y después buscaron por todos los sitios, el trabajador no reapareció... De hecho, desapareció para siempre, y nunca más volvieron a saber de él, aumentando las leyendas negras sobre este perfecto mito minero.
Ilustración de C. Contreras para un artículo de Oscar Bermúdez publicado en una revista "En Viaje" de 1964, representando a Loayza y al indio Cacamate buscando el riquísimo mineral de Huantajaya, que también estuvo perdido y con el que dieron en el siglo XVIII, amasando fortuna.
UN NUEVO "DESCUBRIMIENTO" DE LA MINA
Habían pasado algunos pocos años desde el hallazgo accidental de la mina por los trabajadores de Oficina Agua Santa, cuando otro incidente muy parecido vino a dar un fuerte reimpulso de búsqueda a la misteriosa argentífera de Huacsaciña, popularizando todavía más la leyenda hacia el cambio de siglo.
Este caso aparece mencionado en la edición del "Almanaque Regional" de Iquique, en 1950 y en el señalado libro de Portilla Córdova. Por su parte, Clissold asegura que sucedió en 1898.
Los estafetas de las salitreras, o empleados "propios", como se les llamaba, solían cubrir grandes distancias entre las oficinas de la pampa y los poblados, por lo que algunos iban bien ataviados en caso de extraviarse o ser alcanzados por las noches frías, riesgo no infrecuente. Esto sucedió, precisamente, a un mensajero de la Oficina Tránsito cercana al Cantón Negreiros y a la mencionada Oficina Agua Santa, cuando marchaba hacia Iquique, obligándole a detener su andar y a abrigarse envuelto en una capa mientras esperaba que pasara la noche en una ladera.
Tal como sucedió antes a los obreros las instalaciones de Agua Santa, el empleado despertó con la luz del amanecer y se reincorporó para partir en su caminata, encontrando cerca de su lugar una especie de campo con piedras plateadas que le resultaron atractivas. La propia pila de piedras con las que se había hecho una incómoda cabecera para dormir, era de este brillante material. Decidió llevarse algunas de aquellas rocas en su bolso, como recuerdos, marchando hasta Iquique y luego regresando con ellas a la oficina salitrera.
De vuelta en la Oficina Tránsito, los analistas del laboratorio vieron sus souvenirs y se los pidieron para examinarlos, quedando con las cejas en la frente y la boca abierta cuando verificaron que se trataba de plata... Otra vez, Huacsaciña comenzaba a tocar su encantador pero engañoso corno de seducción y riqueza.
Como era de esperar, se organizaron velozmente grupos de buscadores para ir guiados por el estafeta hasta el lugar de su hallazgo. Los hombres recorrieron afanosamente el camino y los puntos que les señaló, por varios días y noches según se cuenta, pero nuevamente el esfuerzo resultó en un papelón: ni luces de la maravilloso yacimiento, ni un rastro siquiera de esas piedras dispersas por el suelo, como si se tratara de uno de los espejismos de agua engañando a los extraviados del desierto y los "empampados".
Las espesas nieblas del desierto terminaron de echar abajo la ilusión y la expedición volvió con las alforjas y los corazones vacíos. La mina ganaba otra vez a la ambición de los hombres.
EL CASO DE MIGUEL HERNÁNDEZ
Clissold trae al recuerdo un nuevo incidente, esta vez de 1902, que volvió a prender la mecha a la obstinada fiebre de búsqueda de la más esquiva mina de plata de la historia. Su aparición iba a ser ahora ante don Miguel Hernández, un vecino del puerto de Pisagua, y debe tratarse del empujón más potente que ha tenido el mito hacia los reinos de la realidad.
Hernández se encontraba viajando por tierra desde la Oficina Ramírez, pocos kilómetros al Sur de Huara, camino hacia Caleta Buena, ubicada entre Iquique y Pisagua, a la sazón uno de los más importantes surtidores portuarios de la industria salitrera de la zona, pues era la principal salida costera para la producción del Cantón Negreiros que visualizó don Santiago Humberstone, por su proximidad geográfica. Para este propósito, hacia 1884 se habían instalado andariveles que permitían bajar la carga por los barrancos costeros y también se habían creado estaciones en el duro camino hacia la costa, siendo el principal de ellos el de Alto Caleta Buena. Demás está decir que poco y nada (más nada) queda ya de aquello.
En algún momento de su trayecto por estas tierras inhóspitas, sin embargo, probablemente en los alrededores de Cerro Constancia y a plena luz del día, don Miguel se encontró con la entrada a una añeja mina abandonada y llena de piedras de plata, que no tardó en suponer era la misteriosa Huacsaciña o Huasicima. Luego de inspeccionarla rápidamente, no le quedó duda de que se trataba de la auténtica y tan buscada.
Eufórico por su hallazgo, Hernández inicialmente se negó a abandonarlo pero, al aceptar que sería una insensatez quedarse allí cuidándolo sin provisiones ni pertrechos, hizo una serie de marcas de ubicación de la mina por los terrenos y recogió tantas muestras de plata como pudo, de acuerdo a lo que también informa Clissold:
"Pero levantar un hito inconfundible en medio del desierto no es tan simple como parece. Hernández hizo todo lo posible. Trazó patrones en la ladera, amontonado piedras juntas, y para asegurarse absolutamente, colocó un palo grueso en el suelo y le puso un viejo tarro en la parte superior de la misma".
Regresó alegre hasta la civilización a empezar los trámites de su prospecto de concesión minera, e iniciar la demarcación exigida en los procedimientos de tierras. Efectivamente, las piedras que había traído con él como pruebas se confirmaron como plata de altísima calidad.
Pero la maldad de la leyenda no se rindió, y volvió a ejecutar su cruel jugarreta. Cuando don Miguel retornó con las estacas y ayudantes buscando la mina, no pudo encontrarla a ella ni a sus señalizaciones hechas con piedras. Desesperado, fracasó en todos los intentos siguientes y jamás volvería a tocar el escurridizo sitio que llenó su nombre de ilusiones y de frustración. Nunca más vio las marcas en las laderas ni el lote de piedras con el palo clavado en ellas y el tambor de lata encima, símbolos profanos y frustrantes de la riqueza que no fue suya.
Sin embargo, Clissold cuenta que, años más tarde, apareció una fotografía tomada en el aparente lugar del descubrimiento por un extranjero (sin saber qué era) y que fue identificada por los conocedores como el famoso hito perdido de la señalización dejada por Hernández, dando nuevos bríos enérgicos a los buscadores:
"Otras curiosas y tentadoras pistas seguidas, involucraron incluso una fotografía de la mina completa con la pila de piedras y la lata de Hernández, que pudo ser tomada por un viajero francés y que sólo fue identificada años más tarde y por casualidad como ninguna otra cosa que la fabulosa Huasicima".
La leyenda perfecta, así, seguía creciendo.
LA EXPEDICIÓN "MALDITA"
Sospechamos que quizás por el refuerzo dado al mito con el incidente de Miguel Hernández, inesperadamente apareció en la trama de Huacsaciña un indígena chango habitante de Caleta Buena, que decía tener pruebas concretas sobre la ubicación de la malvada mina de plata. El modesto pescador había llegado un día con su humilde bote cargado de plata, obtenida desde algún escondrijo que sólo él conocía, repitiendo algunas veces más la asombrosa escena.
Esto sucedió en 1905, tres años después del caso Hernández según Clissold, aunque otras fuentes lo declaran sucedido en 1903. Nunca se supo de dónde obtuvo dicha información el pescador ni cómo llegó a ella, para acrecentar la oscuridad del caso.
Ya enriqueciéndose con sus incursiones, el hombre de mar formó una sociedad de explotación en la que participaron familiares y, según lo reproducido por Portilla Córdova, un misterioso gringo de apellido Sloggan, probablemente relacionado con la actividad salitrera. Entre todos, prepararon una salida al desierto de la que se sabe muy poco -en caso de haber sido real-, pues mantuvieron en secreto gran parte de su actividad para resguardar la información de su tesoro. Sólo el trágico final que se describe a esta aventura permitió conocer más antecedentes de ella.
La expedición se ejecutó en alguna parte también desconocida del territorio y, al parecer, resultó: regresaron todos sonrientes, con varios kilos de plata de ley. Por fin, después de tantos intentos, después de tantas incertidumbres, parecía ser que Huacsaciña o Huasicima se volvía realidad y era traída al mundo tangible desde el legendario y la especulación... ¿O tampoco?
Cuéntase que la maldición de la mina volvió a manifestarse al poco tiempo, dejando todo otra vez en punto cero. Primero, el chango enfermó gravemente siendo hospitalizado en Iquique, sospechándose de inhalaciones de gases tóxicos y de envenenamiento hasta supuestos maleficios en su padecimiento, falleciendo inconciente y hospitalizado en Iquique "sin exhalar una palabra de su secreto", se lamentaba Clissold. Y luego, en un aparente acto de traición a la sociedad, Sloggan desapareció con los dos cuñados del fallecido, sin que se volviesen a ver.
La creencia popular supuso que el gringo había envenenado al chango para apropiarse de toda la mina, quizás con los cuñados como cómplices, o bien que estos le dieron muerte a él (y probablemente al propio pescador), deshaciéndose del cuerpo para luego huir con la plata que lograron reunir.
Al igual que la ubicación de la mina, pues, la solución del siniestro caso nunca sería conocida.
Ruinas de Huantajaya, en la actualidad.
LA EXPEDICIÓN SOLARI
Uno de los personajes de mayor seriedad involucrados en la búsqueda de Huacsaciña o Huasicima, sería poco después don Ricardo Solari, empleado del Banco de Chile en Iquique y miembro de una reputada familia de la ciudad, que suponemos la misma relacionada con los fundadores del histórico "Almacén La Confianza". Él habría dirigido y financiado una de las últimas expediciones conocidas que fueron capaces de ubicar la mina. Pero, según Clissold, no habría sido sino hasta el mismo año de la muerte del pescador pisagüino que Solari reconoció haber sido observador de la mina de Hernández.
De alguna manera, pues, Solari dio con información precisa para salir a buscar la mina (¿sería la misma que antes había llegado a manos del fallecido pescador de Pisagua?) y se asoció discretamente en la aventura con un minero apodado Ño Canales, quien pudo haber sido también el portador de la revelación que lo conduciría al escurridizo yacimiento argentífero.
Tras andar por un lugar que también ha quedado en las sombras del desconocimiento, la expedición de Solari por fin dio con lo que parecía ser la boca de una mina, a pocos kilómetros de su posición pero justo en momentos en que ya caía la inmensidad de la noche en la pampa, acompañada de las ineludibles camanchacas.
En lugar de detenerse para continuar el rumbo en la mañana siguiente, que era lo más inteligente, los hombres siguieron el mal consejo de sus impaciencias y ansiedades, y decidieron continuar avanzando con las mulas hacia donde habían alcanzado a ver la bocamina a pesar de la oscuridad nocturna. Los resultados de esta temeridad fueron funestos: a causa de la imprudencia, perdieron el rumbo por no poder tener referentes de orientación a la vista y acabaron "empampados".
Cuando salió el Sol, en la mañana siguiente, se encontraron totalmente perdidos y sin posibilidad de recuperar la ruta hacia la mina. Dos desesperantes días más estuvieron dando vuelvas en esta situación y tratando de reconocer los caminos para ubicar otra vez la entrada que habían observado, pero agotados, ya sin víveres ni agua para ellos ni los animales, debieron regresar con el terrible peso de su derrota y no el de las toneladas de plata con las que soñaron.
Solari admitió haber pasado por esta experiencia y haber observado también los famosos hitos perdidos que había instalado Hernández, antes de que la camanchaca cayera volviendo a esconder el secreto encantado.
YA NUNCA MÁS SE VIO
Las mismas leyendas que sostienen el recuerdo de Huacsaciña, suponen que la mima perteneció a los soberanos incas, siendo la más importante de todas las que tuvieron para conseguir el material de sus alhajas, por lo que alguna clase de conjuro la protege de los extraños y los invasores desde la muerte de la dinastía incásica. Otra fábula supone que sólo se aparece a los extraviados y a los viajeros, pero desaparece durante la noche para cambiarse mágicamente hasta otro sitio.
La mítica mina fue haciéndose cada vez más esquiva y oculta, decepcionando a los expedicionarios y desencantando a los cateadores que antes se habían obsesionado con ella. Los reportes de su avistamiento bajaron al transcurrir los años, y con ello los aventureros afiebrados por hallarla. Además, los inicios de las crisis de los mercados de la industrial salitrera después del Centenario, llevaron a cerrar varias oficinas, alejaron a muchos aventureros de la actividad del cateo de desiertos y desplazaron a buena parte de los habitantes de la Pampa más al Sur, hacia Antofagasta, haciendo menos posible volver a tener novedades sobre la mina.
La ausencia de más reportes sobre su existencia, ha sido explicada con varias teorías y creencias. Algunas de ellas sugieren que acabó derrumbándose por decrepitud o por temblores. También se ha especulado que fue cubierta para siempre por el movimiento de los arenales del desierto, dejando sepultadas sus riquezas y sus insondables misterios. No pocos creyeron alguna vez que por fin fue encontrada y explotada por algún buscador, que tomó la precaución de esconderla de los demás ojos humanos, perdiéndose otra vez con su muerte.
Quizá alguna familia de Iquique todavía conserve como herencia generacional, alguno de esos relucientes trozos de plata que llegaron a la ciudad traídos por viajeros que aseguraban haber pasado por la mina fantasmal de Huacsaciña o Huasicima, pero que jamás pudieron volver a ella, como si el yacimiento desapareciera y se escondiera intencionalmente de la ambición de sus más decididos buscadores.

3 comentarios:

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  2. pueden ver mi blog tesorosyabuelos en blogger

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