miércoles, 18 de febrero de 2015

LA "CUESTIÓN SOCIAL" DE LOS PERROS EN LA HISTORIA DE CHILE: UNA SÍNSTESIS DESDE LA CONQUISTA HASTA NUESTROS DÍAS

Dantesca escena de los crematorios de cuerpos de la Perrera Municipal de Santiago, en imagen de la colección de Editorial Zig Zag de 1965, actualmente en el Museo Histórico Nacional.
“Un perro ató su aullido / a la Cruz del Sur”
(Giordano Leporati, versista porteño, 1942)
Hace algunos años, en 2009, publiqué acá un largo artículo dedicado a la relación de Santiago de Chile con los perros a lo largo de su historia, divido en tres capítulos: uno dedicado a la relación simbólico-heráldica de los perros con nombre de Santiago del Nuevo Extremo, otro más extenso concentrado en la historia de los perros en Chile con énfasis en la capital, y finalmente, uno relacionado con el redescubrimiento y revaloración del quiltro expresada en el reconocimiento formal del fox terrier chileno como auténtica raza canina.
Ha pasado bastante desde entonces con relación al tema, y muchas de las cuestiones que allí mencioné como parte del mismo asunto, se han mantenido o han empeorado, especialmente en lo relativo a la situación de los perros abandonados y la cada vez mayor irresponsabilidad social para con los deberes de la tenencia de mascotas.
No es de extrañar en este deplorable escenario, entonces, en este mismo período hayamos conocido de disposiciones edilicias prohibiendo alimentar perros callejeros con amenazas de fuertes multas, como sucedió en Santiago Centro y Valparaíso; o que masivas matanzas de canes hayan terminado incluso en tribunales, como fue el caso de la ejecutada por funcionarios municipales de la comuna de San Joaquín, con uno de los primeros videos-denuncia que se volvieron virales sobre este tema. El escándalo más reciente dice relación con las autorizaciones a la caza de perros asilvestrados, medida del  Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) que actualmente se encuentra suspendida y en revisión por la fuerte protesta pública que generó.
No es mi interés, por ahora, hacer sesudos juicios éticos o filosóficos sobre la situación descrita, pero sí quisiera abordar con esta primera parte de un ciclo nuevo de artículos, una visión cultural e histórica sobre los perros aunque mucho más amplia que aquella que asumí hace seis años, ahora dedicada a Chile en general y partiendo con una exposición sucinta de los antecedentes de la "cuestión social" de los perros en nuestro país desde sus orígenes, ya que hasta aquellos años puede rastrearse el problema.
Nos hemos referido antes a una suerte de “pacto” cultural entre Chile y los perros. Muchas veces, sin embargo, esta inclinación se vio amenazada por criterios de origen foráneo que han ido penetrando en nuestra formación histórica y que -por alguna razón- se resisten a abandonarla, manifiestos durante el período de tiempo de nuestra atención en costumbres que van desde las peleas clandestinas de perros bravos (motivadas más bien por las apuestas en dinero, como sucede también con las de gallos) hasta la crueldad intransigente e incomprensible de algunas autoridades para ordenar exterminios masivos de perros callejeros con bárbaros métodos, pretendiendo atacar problemas sanitarios que siguen encontrando su origen esencial en el comportamiento ciudadano y no en la responsabilidad de los animales.
Concentrándonos en el actual problema sanitario y social de los perros, también hay cosas discutibles. Muchas veces, por ejemplo, los discursos humanistas arrojan toda clase de mantos de piedad sobre problemas sociales como la delincuencia, el narcotráfico, el vandalismo, la drogadicción y el alcoholismo, alejando las culpas tanto como sea posible de las responsabilidades individuales y empujándolas a la abstracción de las de instancia social de los deberes pendientes; es decir, sobre las que se presumen como bases generadoras de dichos males.
Sin embargo, frente al caso de los perros "vagos" y también los perros salvajes contemplados en la reciente modificación de la Ley de Caza, se asume una actitud distinta, muy indirecta aunque radicalizada: atacar la consecuencia y no el origen del problema, que requeriría de una fuerte campaña de educación social y -aunque moleste- del castigo severo a quienes sigan llevando adelante prácticas de irresponsabilidad en la tenencia de mascotas o el abandono deliberado de las mismas.
En este tránsito nos encontramos ahora: con la ley que permitía la caza de perros indómitos en suspenso y el anuncio de ruedas de conversación al respecto, que aún no se inician, mientras el problema no recibe solución en ninguno de sus aspectos: ni en la expectativa de "recuperar" los perros que han quedado en esta condición de depredadores introducidos en el medio ambiente chileno, como piden los animalistas, ni en el control del daño que estos mismos animales producen a la fauna autóctona o a los ganaderos de zonas rurales, como exigen con urgencia los partidarios de la ley.
En la angustiante espera, entonces, quise publicar estos artículos sobre la historia de la "cuestión social" en Chile a lo largo de su historia, que tenía guardados en mis archivos de proyectos frustrados de textos y que, en esta segunda parte, abarcan el período que va desde la Independencia hasta nuestros días. Lo publico a partir de un pequeño estudio presentado por mí para un proyecto editorial sobre el tema de los perros chilenos, hace unos años, pero que por diferentes razones no pudo consumarse. Veamos cómo resulta y si llega a ser un aporte al tema de debate.
Siluetas mostrando la escena de un típico exterminio de perros de los siglos XVIII y XIX, según dibujo publicado en el libro “Memorias de un perro escritas por su propia pata”, de Juan Rafael Allende, en 1893.
SITUACIÓN DE LOS PERROS EN LA CONQUISTA
Dice don Pedro Mariño de Lobera en su “Crónica del Reino de Chile” que, antes de concluir la Conquista, los propios habitantes de la sufrida colonia española de don Pedro de Valdivia se vieron, en algún momento, en tal grado de carestías que debieron vestir con cueros de perros sin curtir, casi como salvajes. De esta necesidad de los antiguos pobladores por contrarrestar la falta de material para prendas, pudo haber sobrevivido una costumbre rural comentada por Nicolás Palacios en su "Raza chilena" y que estaba presente todavía en su época a principios del siglo XX, correspondiente al uso de grandes polainas de piel de perro por parte de algunos huasos, y “que recuerdan el traje del mismo material usado por sus abuelos”, según sentencia.
Por insólito que pueda sonar, los perros callejeros (si es que se podía llamar calles a los senderos polvorientos que tenían entonces las ciudades) ya se perfilaban como un problema en estos primeros años de vida de la Capitanía General de Chile. Por ejemplo, según lo que anotó el escribano Luis de Cartagena para las actas del Cabildo de Santiago en 1544, tras la pérdida y quema de todos los papeles y documentos con el anterior ataque de Michimalongo a la flamante ciudad española, sus habitantes comenzaron a usar cueros para reunir actas y anotaciones pero también enfrentando un problema nuevo, cuando los perros hambrientos devoraron estos soportes al no tener lugares seguros para guardarlos. De esta situación intuyen Palacios y otros autores, provendría el concepto popular de “pasar pellejerías”, pues en tiempos de escasez y miseria las pieles de animales se usaban para todo: como prendas, monturas, camas, manteles y hasta libros de actas, según se ve. Anotó el escribano al respecto, allí en el Libro Becerro:
"Y saben así mismo, cómo hasta que el capitán Alonso de Monroy, teniente general de vuestra señoría, vino con el socorro de las provincias del Perú, los cabildos y los acuerdos que se hicieron, y cosas tocantes al gobierno de esta dicha ciudad, que habían de estar asentados en otro libro tal cual el que a mí se me quemó, por falta de él y de papel para lo hacer, tenía asentados los dichos cabildos en papeles y cartas viejas mensajeras, y en cueros de ovejas que se mataban, que los unos papeles de viejos se despedazaban, y los cueros me comieron muchos de ellos perros por no tener donde los guardar".
En las actas del Cabildo de Santiago del 25 de octubre de 1553 vuelve a aparecer el problema de los perros mal cuidados por sus amos, en este caso estableciendo "que si algún perro matare cabra o hiciere daño, que lo pagará el dueño del perro". Es de suponer que, ya entonces, las mascotas comenzaban a aparecer en régimen sólo parcialmente doméstico a causa de la poca responsabilidad de sus propietarios... El problema ha sido históricamente, pues, el mismo: el comportamiento del dueño y no del animal.
Empero, se sabe que muchos perros de razas corpulentas y agresivas acompañantes de los españoles en campaña durante la Conquista e instauración del coloniaje en Chile, eran parte del batallón mismo. Don Pedro de Villagra, por ejemplo, aumentaba sus filas de sólo cien hombres con canes grandes y bravos que servían para hacerle frente a las huestes indígenas y que eran “poderosos auxiliares en los combates”, según anota  Diego Barros Arana en su "Historia general de Chile”.
Existe un consenso más o menos general de las fuentes de estudio, respecto de que fue la introducción de los perros en este mismo período dentro del territorio chileno, lo que marca el origen de los problemas con los perros asilvestrados, los de vida semi-urbana y los mal llamados "vagos", como veremos a lo largo de este artículo. Mucha de esta calamidad ha sido poco visible, sin embargo, en especial el caso de los perros salvajes que se volcaron al paisaje abierto, volviéndose depredadores confirmados de fauna local, como ha sido con el pobre pudú, por ejemplo. Sin embargo, es claro que la esencia del problema se ha hallado siempre en la conducta irresponsable humana, más que en los instintos de supervivencia del perro.
Un perro acompaña a los conquistadores españoles durante la primera misa celebrada en Chile, en detalle del cuadro de Pedro Subercaseaux en exhibición en el Museo Histórico Nacional. Aunque existían canes nativos en Chile, los perros sin dueños se volvieron un tema complicado casi tan pronto arribaron los españoles al territorio.
PRIMERAS MATANZAS DEL SIGLO XVI
Aunque los hispanos también miraron casi como ganado "alternativo" a las jaurías en momentos de emergencia, el cronista Pedro de Córdova y Figueroa escribió en su célebre "Historia natural, militar, civil y sagrada del Reino de Chile" que los perros estuvieron alguna vez en el apetito de los indígenas, describiendo un singular episodio ocurrido al General Lorenzo Bernal del Mercado en la ciudad de Los Confines de Angol, bajo el mencionado gobierno de Villagra:
"En la ciudad congregó Bernal a los caciques  que permanecían sujetos al dominio español, y habiéndolos exhortado a la común defensa. Mincheleb, de muy avanzada edad, persuadió a los suyos y respondió por todos ofreciendo cuatrocientos buenos soldados y pidió por compensación media braza de chaquiras a cada uno, chicha y a cada veinte un perro para comer. Dícelo así Pedro Cortés, que presente se halló: y este nuevo reglamento de paga se extrañará en el tiempo presente en Chile, pues tienen tanta abundancia de ganado mayor y menor, que es imponderable su crecido número, y no creerán los indios que hoy subsisten, que sus progenitores apetecían los perros como manjar delicioso, y que abundando tanto esta especie, sólo crían para su diversión y placer; mas el tiempo se burla del mismo tiempo, haciendo que en unos sea apetecible lo que en otros fue despreciable".
El cronista Alonso de Góngora y Marmolejo, por su parte, cuenta en su "Historia de todas las cosas que han acaecido en el Reino de Chile y de los que lo han gobernado" de 1575, algo sobre una de las primeras matanzas masivas de perros ocurridas en el país, específicamente en Concepción y cerca de una década antes del año en que informa de ella, también involucrando al gobernador Pedro de Villagra:
"...había en la Concepción gran cantidad de perros que tenían los cristianos e indios de su servicio, y cuando se tocaba arma, que era casi de ordinario, aullaban y ladraban en tanta manera que no se podían entender; y para evitar esto, mandó Pedro de Villagra que cualquier soldado o indio que trajese perro muerto le diesen cierta ración de vino o de comida: con esta orden los mataron todos. Fuera mejor dar la tal ración a quien trajera cabeza de algún indio, o presea de él, como hacían los numantinos en aquella guerra tan porfiada que tuvieron con los romanos".
A pesar de los horribles banquetes y sangrientas masacres, hacia 1583 la situación de los canes ya se salía de todo control. En Santiago, por acuerdo del 12 de abril de ese año, el Procurador don Martín Hernández de los Ríos pedía angustiado que “se repare el camino de las carretas y que se maten los perros cimarrones” que vagaban por el sector y que, habiéndose propagado en forma extraordinaria, pugnaban con los cerdos y las cabras que también pulularon libremente por la capital, bebiendo agua de las acequias de la plaza central y derrotando a las autoridades en su afán de mantener un mínimo aseo público, como advierte Barros Arana.
Además, como hubo períodos de la Colonia en que prácticamente no pasaban semanas sin alguna ejecución en Santiago como mínimo, los perros comenzaron a añadir otro problema gravísimo para los escrúpulos de la capital, cuando los cadáveres de estos ajusticiados eran apilados en la entrada de la cárcel y varias veces sucedió que sus cuerpos fueron atacados por canes hambrientos, algo facilitado por el descuido de los guardianes. Esto llevó tiempo más tarde, a establecer por razones de salubridad y prudencia la prohibición de exponer de tal forma los muertos, ya en el siglo XVIII según comenta Benjamín Vicuña Mackenna en “Los médicos de antaño en el Reino de Chile”.
EXTERMINIO DE PERROS EN 1606
Hay evidencia de otra temprana gran matanza de perros en 1606, cuando el 6 de mayo de ese año el Cabildo de Santiago abordó un decreto emitido durante la gobernación de don Alonso García de Ramón, según se constata en las actas:
"...y porque en los términos de la dicha ciudad hay muchos perros cimarrones y otros que crían los indios, que son los que destruyen y menoscaban el ganado, mando que los matéis todos, y los que tuvieren los indios los mandéis matar, no dejándoles más de uno que les guarden su casa, y los de los españoles que vieres que hacen daño; y mando al Cabildo, Justicia y Regimiento de la dicha ciudad de Santiago que, juntos en su cabildo, según lo han de uso y costumbre, reciban de vos el dicho capitán Juan Ortiz de Araya el juramento que en tal caso se requiere, y, hecho, él y todos los de más vecinos y moradores de la dicha ciudad y sus términos y jurisdicción, os hayan y tengan por tal capitán á guerra y juez de las dichas causas, y os hagan guardar y guarden todas las honras, gracias, preeminencias, prerrogativas, que por razón del dicho oficio debéis haber, tener y gozar".
El 30 de mayo siguiente, se autoriza al Capitán Córdoba la ejecución de la matanza de perros pagando por cada cabeza de animal y mostrando los alcances de calamidad que habría alcanzado para entonces el asunto:
"En este cabildo se presentó el capitán Juan de Córdoba con un título de el señor Teniente general para deshacer borracheras y para otras cosas, y entre ellas, para que pueda hacer matar los perros en todos los pueblos de indios y estancias de esta jurisdicción; y por que con más cuidado y diligencia se haga, se le señala al dicho capitán Juan de Córdoba medio tomín de cada cabeza de perro que así hiciere matar, y atento el provecho que de ello resultará a la ciudad, vecinos y moradores; y este salario pueda llevar y lleve en cada pueblo ó estancia, pagándoselo el administrador ó estanciero y persona que lo tuviere á cargo, en cabras á medio peso cada una, ó en ovejas á tomín y medio: lo cual se le dé y pague conque se halle personalmente con sus ministros y no de otra manera, por obviar los daños que los tales ministros suelen hacer; y esto se proveyó unánimes y conformes, y que use de su título, que le darán todo fuero y ayuda".
Dicho de otra manera, se pagaría una medida monetaria de tomín en cabras u ovejas por cada cabeza de perro. La cabra se calculaba en medio peso, equivalente a siete reales y medio vellón, mientras que la oveja se estimó en tomín y medio, lo que equivale a 45 céntimos de peseta.
Los españoles no hacían cosas demasiado distintas, como anota Alonso González de Nájera en su "Desengaño y reparo de la guerra del Reino de Chile", hacia 1614, cuando indica que los españoles de los fuertes del Sur solían dar caza a los perros campestres con una escopeta y se los comían asados, pues "han multiplicado tanto que destruyen el ganado", según apunta al margen.
Comenzaba a suceder lo que ya parecía inminente, entonces: el orden ciudadano se volcaba progresivamente contra los perros abandonados o mal cuidados, cual si ellos fueran la causa basal del problema que provocaban y no el comportamiento irresponsable de los habitantes de la misma ciudad donde bullían libres, por habérseles permitido (o forzado) siempre a la vida vagabunda y callejera, tal cual sucede en nuestra época.
Escena de un perro intentando dar caza a un ñandú, en uno de los grabados publicados por Alonso de Ovalle en su obra “Histórica relación del Reyno de Chile”, editado en Roma en 1646.
ÚLTIMAS PERSECUCIONES EN LA COLONIA TARDÍA
Los perros nunca estuvieron libres de la traición de sus propios amos o de pagar por las culpas humanas, como se ve... Y a pesar del cariño popular y la casi identificación del hombre modesto con estas criaturas, ni siquiera lo están ahora.
En algún momento, también se dispuso que esos mismos perros que eran una molestia para las carreras y exhibiciones de caballos, no fueran llevados por sus dueños hasta tales canchas “por los experimentos e inconvenientes que resultan, haciendo al juez o subastador retirar del sitio inmediatamente a los que los llevasen”, dato que puede encontrarse en el libro de Eugenio Pereira Salas “Juegos y alegrías coloniales en Chile”. A la sazón, además, las iglesias criollas debían contar con un personaje cuyo oficio era conocido como perrero, encargado de echar a los perros que entraban a los templos y con el tiempo también asumiendo la obligación de mantener limpio el recinto.
Muchas veces (o mejor dicho innumerables veces), los canes volvieron a ser usados como los vistos abastecedores de pieles o como un directo recurso alimenticio en momentos de apremios y desesperación. Esto sucedió especialmente por los indios de tránsito por la hambruna, pero también por los españoles e incluso por refinados viajeros que asomaban por acá cuando se vieron en tales angustias, como confesaba en 1768 el Comodoro John Byron (abuelo del famoso poeta Lord George G. Byron), recordando sus duras vicisitudes por tierras australes de un cuarto de siglo antes, en su "Relato del honorable John Byron -Comodoro de la última expedición alrededor del mundo- que contiene una exposición de las grandes penurias sufridas por él y sus compañeros en la costa de la Patagonia”:
“Un día me hallaba dentro de mi choza con mi perro indígena, cuando se me presentó un grupo a la puerta diciéndome que sus necesidades eran tales que o se comían el animal o perecían de hambre. Aunque su argumento era apremiante, no dejé de oponerles algunas razones para tratar de disuadirlos de que mataran a un animal que, por sus fieles servicios y su cariño, merecía continuar a mi lado; pero, sin pesar mis argumentos, lo tomaron por fuerza y lo mataron. En vista de esto, opiné que tenía por lo menos tanto derecho a una parte como el que más, me senté con ellos y participé de su comida. Tres semanas después, tuve el gusto de hacerme un guiso con sus patas y el cuero, que encontré podridos a un lado del sitio en que lo mataron” .
Sucedería poco después que, durante la larga gobernación de plaza de don Antonio Martínez y la Espada en Valparaíso, los perros volvieron a ser perseguidos y masacrados sin piedad por razones sanitarias y de seguridad pública. Primero, se ordenó que ningún residente del puerto tuviese más de un solo perro bravo, permanentemente amarrado con cadena, por decreto del 24 de julio de 1775. Quedará en la imaginación qué sucedió con el resto de los perros de cada dueño que tenía más de uno y que no ganaron la rifa por la vida. Luego, la autoridad arremetió contra los canes que subsistían como vagabundos en las playas, cruelmente perseguidos ordenándose cacerías y matanzas. Y aunque -en honor a la verdad- los perros del puerto sí eran una virtual plaga desbocada y más de alguna vez un peligro, dice Benjamín Vicuña Mackenna en "Historia de Valparaíso" que para facilitarse la sucia tarea, La Espada echó manos a un extraño y brutal recurso:
“Mediante un bando que promulgó un negro llamado Come-queso, y cuya morada habitual era la cárcel, el 22 de octubre de 1776, cada uno de los pulperos del puerto debían presentar al cabo del caracol (como se llamaba el de la guardia del castillo, por el caracol o escala en rampa que a él daba acceso desde la plaza) hasta cuatro perros muertos, a fin de que los arrojase al mar, y como de una nómina de la época consta que había treinta y cinco pulperos, se viene en cuenta que la contribución de perros muertos ascendió a ciento cuarenta. Con más que inhumana descortesía, La Espada recomendaba en el bando la preferencia del lazo y del garrote a los perros brutos, ‘y particularmente a las perras’… La aversión del gobernador del Valparaíso al sexo femenino no podía ser más evidente” .
En El Almendral, la misma tarea quedó encargada al teniente Gaspar Covarrubias, donde la cantidad de perros muertos llevados al pie del caracol debió llegar fácilmente a doscientos. Semejante aniquilación, que le valiera a su mentor el apodo de Herodes de Valparaíso por parte de Vicuña Mackenna, debió ser brutal y siniestra incluso para la moral de la época respecto del trato a los animales.
Pero los relatos descarnados involucrando maltratos de perros en Chile no son privativos sólo de indígenas, hispanos, exterminadores coloniales o exploradores náufragos, ya que las grandes ciudades también se vieron escenas tanto o más repugnantes de horrores culinarios, exterminios y matanzas masivas en los siglos que siguieron, en casi todos los casos asociándose a los problemas generados por la sobrepoblación de canes abandonados o descuidados. En el capítulo segundo que seguirá a esta entrada, observaremos la historia de la "cuestión social" de los perros en Chile a partir del período de la Independencia hasta nuestros días, para confirmarlo.
Chistes crueles sobre cacerías de perros vagos en 1899, en "La Lira Chilena".
DESPUÉS DE LA INDEPENDENCIA. UNA OPINIÓN DE CLAUDIO GAY
Con el advenimiento de la Independencia y los primeros años de ordenamiento republicano, no cambió mucho en Chile el panorama con respecto a la presencia del perro callejero (o mejor dicho abandonado), mayoritariamente de los que llamaríamos quiltros, ya que era más probable que los de pedigrí estuviesen buen cuidados y guardados (al igual que sus amos). De hecho, era tan corriente la presencia de perros callejeros en la sociedad chilena que, hacia aquellos tiempos y estando arraigada la costumbre de la siesta cerca de las cinco de la tarde, proliferó por Santiago el dicho popular: “En la hora de la siesta sólo los perros y los ingleses andan por las calles”, según recuerda Vicuña Mackenna en su “Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días (1541-1868)”.
También tuvo lugar por primeros esos años de vida independiente, un gran desalojo de los animales que vivían sus miserias en el llamado Basural del Mapocho o de Santo Domingo, allí donde se instaló el Mercado de Abastos por orden de Bernardo O’Higgins, precisamente donde ahora está el Mercado Central. Haber espantado de allí a los perros pudo haber esparcido por la ciudad más canes “vagos”, además de las ratas citadinas que les servían de desesperada comida.
Tras llegar a Chile y ser contratado por el gobierno en 1830, el naturalista francés Claudio Gay confirmaría también que los perros existen en nuestro país “desde los tiempos más remotos de la conquista”, pero que había sido por el último siglo, al momento de escribir sus valiosos tratados, que el descontrol reproductivo los había llevado a retroceder a estados salvajes y jaurías cimarronas, especialmente en territorios aislados como el Archipiélago de Juan Fernández, desde la introducción de los canes por orden del Virrey del Perú para que sirvieran en el control de las plagas de cabras también llegadas artificialmente hasta allá, consiguiendo cambiar así un problema por otro, o más bien agregarle uno nuevo al aporreado ecosistema isleño.
Las principales razas que Gay identifica en el Chile de su época son los perros pastores, los ovejeros, los leoneros, los zorreros y los de casta que hoy llamaríamos finos. Qué diría hoy el científico, sin embargo, si supiera que en estos días de progreso y conocimiento, todavía persiste no sólo el problema de los perros sin dueño, sino también el mismo de los canes salvajes y las jaurías salvajes cuya calamidad se ha pretendido resolver autorizando la controvertida facultad de caza.
El “pacto” de protección y mutua lealtad de la sociedad criolla y modesta con sus perros, en oposición al histórico ánimo demostrado por las autoridades, también es observado y comentado por el naturalista, constatando su origen en la esencia campesina de la vieja población chilena:
“Todos estos perros, como hemos dicho ya en nuestra Fauna chilena, viven bastante miserablemente, faltas las más de las veces de alimento, y sin embargo los campesinos por una preocupación muy general no se permitirían matar uno solo de ellos aún cuando su número se multiplicase mucho. Sólo en las ciudades es donde a causa de la higiene se verifican estas matanzas de perros, antiguamente a palos por los hombres a quienes pagaba la policía y principalmente por los aguateros de Santiago, etc., o los hombres que costeaban los carniceros en Copiapó, etc., a los que por burla se llamaba los mata-perros, y en el día por medio de la estricnina que produce resultados inmediatos y de una manera menos bárbara y menos repugnante” .
Veremos, luego, que los infames mataperros siguieron siendo una institución activa en las ciudades chilenas, por varios años más.
"La Tercera de la Hora", jueves 23 de agosto de 1956: "Escenas como éstas son comunes en la perrera. La muchachita que viene a buscar a su perrito regalón. Esta joven fue sorprendida por el lente de Moreno, llorando pese a que tenía la promesa de la devolución de su pequeño can".
MATANZAS DE PERROS EN LA REPÚBLICA. TESTIMONIO DE DARWIN
Hacia este mismo período histórico de la presencia de Gay a Chile, pero narrando sucesos vistos en el Norte del país, escribe Charles Darwin en sus memorias plasmadas en “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” en un capítulo dedicado a la hidrofobia y sobre lo que testimonió en las cercanías de Copiapó durante su famoso viaje en 1835:
“Se acaba de ordenar que todos los perros vagabundos fuesen muertos, y vi un gran número de cadáveres de ellos en el camino. Muchos perros habían sido atacados por la hidrofobia y no pocas personas habían sido mordidas y sucumbieron a tan horrible enfermedad. No es la primera vez que la hidrofobia se declara en este valle, y es muy sorprendente que una enfermedad tan extraña y tan terrible aparezca a intervalos en un mismo lugar tan aislado. Se ha observado que ciertas aldeas de Inglaterra se hallan, análogamente, más sujetas que otras a esta plata. El Dr. Unanué hace constar que la hidrofobia apareció por vez primera en la América meridional en 1803; ni Azara ni Ulloa oyeron hablar de ella en la época de su viaje, lo cual confirma aquella aserción. El Dr. Unanué agrega que la hidrofobia se declaró en la América central y extendió lentamente sus estragos hacia el Sur. Esa enfermedad llegó a Arequipa en 1807; dícese que, en esta ciudad, algunos hombres que no habían sido mordidos sintieron los efectos de la enfermedad; unos negros que se habían comido un buey muerto de hidrofobia también fueron atacados por ella. En Ica, cuarenta y dos personas perecieron desgraciadamente. La enfermedad se declaraba de doce a noventa días después del mordisco y la muerte llegaba inevitablemente dentro de los cinco días que seguían a los primeros ataques”.
El asunto problemático con los perros en semi-domesticación se observaba ya en todo Chile. Poco después, en 1837 y tras asesinar al Ministro Diego Portales en Valparaíso, el Coronel José Antonio Vidaurre y sus hombres amotinados fueron ejecutados sin consideración ni piedad. Su cabeza fue exhibida en picota en la Plaza de Quillota, pero de un momento a otro, desapareció: todo indica que los restos acabaron siendo robados por los muchos perros vagos del pueblo y devorados en una zanja.
La historia del cráneo de Vidaurre no termina allí: su cabeza fue rescatada después en una acequia y, al parecer, llevada a Santiago por su amigo Ramón Boza, uno de los conspiradores que participaron del asesinado y quien, arrepentido por el crimen de Portales, abandonó a su familia y se integró como lego a la Recoleta Franciscana para expiar sus culpas y calmar su alma, manteniendo allá el cráneo en un pequeño altar y acompañando en sus procesiones al célebre fray Andresito Filomeno García quien, curiosamente según su leyenda, era sumamente compasivo con los perros "vagos" de vecindario mapochino, a los que alimentaba en la puerta del convento.
Empero, hechos siniestros ocurrirían también en Santiago hacia esos años, particularmente con la apodada Calle de los Perros por la cantidad de canes que allí había, y que corresponde a la actual Miraflores. Posteriormente, la extravagante denominación se extendió a toda la calle, aunque el uso popular prefería el nombre de la Calle de las Recogidas por la institución así llamada y que antes había acogido a mujeres de mala vida allí por cerca de la Alameda, junto al cerro Santa Lucía. Dice don Benjamín Vicuña Mackenna en “Una peregrinación a través de las calles de la ciudad de Santiago” que los perros de esta Calle de los Perros, abierta hacia 1830 con el nombre de Nueva de la Merced, también fueron víctimas de crueles matanzas y exterminios por parte de funcionarios contratados para tales funciones y que eran apodados mataperros, como vimos en palabras de Gay.
Un cachorro sin dueño siendo atrapado por funcionarios de la Perrera, para proceder a darle muerte en las instalaciones si no es reclamado por sus dueños dentro del plazo perentorio. Imagen de la colección Editorial Zig Zag, 1970.
LOS ÚLTIMOS MATAPERROS Y LAS INICIATIVAS HUMANITARIAS
En la mencionada Recoleta Franciscana de la capital, la comunidad religiosa no estaba ajena a la cuestión de los canes: compartiendo la vocación animalista del propio San Francisco de Asís, sus miembros solían repartir comida a los perros abandonados de estos barrios, con ejemplos de hombres santos que tenían esta costumbre como Fray Pedro de Bardeci en el siglo XVII  y el comentado caso de Fray Andresito ya en el XIX, entre otros históricos miembros de la recolección.
En contraste, quedaban algunos mataperros en ejercicio todavía en los tiempos de la infancia de Vicuña Mackenna, dando muerte a canes callejeros de un modo incluso más rústico y atroz que los métodos usados por las autoridades en nuestros días, pues se valían del lazo, sable o garrote en tan innoble propósito.
Pese a todo, los perros estuvieron presentes en los más inesperados ámbitos de la vida nacional del siglo XIX, en especial los queridos quiltros: campo, ciudad, mineros, pescadores, pastores, militares. Con ellos se conquistó el territorio de Magallanes y con ellos se fundaron los pueblos salitreros del desierto. Acompañaron a los soldados en la Guerra contra la Confederación, la Guerra del Pacífico y también en la Guerra Civil, apareciendo desde entonces en la literatura con nombres propios y con frecuencia como protagonistas. Los buques de la Escuadra de la Armada de Chile solían tener al menos una mascota adoptada y mantenida con cariño en cubierta, costumbre que aún se mantiene en algunos casos.
Por  esa misma época, en la segunda mitad del siglo XIX, nacía en la capital la Sociedad Protectora de Animales, entidad privada sin fines de lucro creada gracias a una iniciativa del ex Intendente Vicuña Mackenna, quien siempre deploró el maltrato de las criaturas en sus escritos y artículos, como se advierte cuando reseñó algo sobre las peleas de gallos y perros o la tauromaquia. Al terminar su labor edilicia, entones, hizo un llamado a distintas organizaciones vecinales y de beneficencia social, dando por fundada con ellos la Sociedad en 1876, entidad inspirada en la misma clase de organizaciones que había en Europa para dar asistencia, alimentación y acogida a los animales abandonados.
Sin embargo, nada de esto libraría a los perros de nuevas olas de exterminio por razones sanitarias, especialmente en el combate de la rabia o hidrofobia, pues aunque el antiguo mataperros había desaparecido como oficio de la administración pública, todavía a fines de aquella centuria seguían practicándose cruentas matanzas de canes callejeros a garrote o a filo de sable, encargados a funcionarios municipales y guardias.
Aunque ya vimos que Darwin confirma la presencia de la rabia o enfermedad de los perros locos en Copiapó durante su visita, casi cuando recién comenzaba la Guerra de 1879 aparece un caso notable de estudios de la hidrofobia, por parte del joven cirujano de la Armada de Chile don Pedro Videla Órdenes, extendido en abril de ese mismo año en su tesis para optar al título de Licenciado en Medicina. Esto sucedía sólo un mes antes de ofrendar heroicamente su vida en la doble epopeya de Iquique y Punta Gruesa, al caer por un proyectil del monitor "Huáscar" que alcanzó a la goleta "Covadonga" del Capitán Carlos Condell, donde se hallaba en servicio como Cirujano Primero, mutilándolo mortalmente. En este interesante escrito, Videla informa los casos de tres pacientes con rabia atendidos por él, además de revisar algunas teorías acerca de la naturaleza de la enfermedad, comparando la forma en que se da en los perros con la de los seres humanos. También comenta las propiedades de la planta conocida como chamico (Datura stramonium) para calmar parte de los terribles síntomas de los infectados.
Empero, la cruzada médica contra la rabia comenzaría en Chile a fines de aquel siglo, fundamentalmente cuando el profesor Mamerto Cádiz logró dar inicio al Servicio de Vacunación Antirrábica en 1896. Si bien se sabía de la presencia de la enfermedad ya entonces en murciélagos, zorros, ratas y conejos, inevitablemente era el perro el principal agente o vector señalado como culpable de la expansión del terrible mal, por su estrecha vida con la sociedad humana.
Médico veterinario chileno Eduardo Fuenzalida, creador de la vacuna antirrábica obtenida del cerebro de ratones lactantes, en 1954, que actualmente lleva su apellido.
LA SITUACIÓN AL COMENZAR EL NUEVO SIGLO
Influencia en los  señalados avances preventivos de la hidrofobia iniciados a fines del siglo XIX, tuvo por entonces el doctor  Teodoro Muhm, con gran experiencia al respecto en Buenos Aires, donde había sido creado un innovador laboratorio antirrábico una década antes de la creación del Servicio de Vacunación Antirrábica chileno. La nueva centuria comenzó, así, cuando tenía lugar en Chile esta cruzada sanitaria y preventiva para detener el avance de la mortal enfermedad históricamente asociada al mordisco de perros enfermos. Hacia 1929, unas 7.060 personas ya habían sido vacunadas.
Pero hacia 1910, además, se habría de implementar un servicio sanitario muy distinto, aunque -esencialmente- con el mismo propósito preventivo: el de la Perrera, entidad que capturaba y eliminaba de manera permanente y en actividad constante a los perros sin dueños conocidos o cuya agresividad fuera objeto de denuncias. El servicio nació en reacción a la sobrepoblación canina y sus consecuentes molestias, como recordaba Alfonso Calderón en su “Memorial del viejo Santiago”. Una larga época de persecución y, en algunos casos, de nuevas crueldades abominables, comenzaría desde entonces en la relación de hombres y perros acá en Chile.
Al avanzar el siglo y llegar el siguiente, sin embargo, la Sociedad Protectora de Animales que había fundado Vicuña Mackenna, se hallaba bastante decaída y requería de inyecciones de recursos o de benefactores para una eventual refundación. La tarea fue sumida en 1914 por el ilustre Alcalde de Santiago don Ismael Valdés Vergara, quien realizó una gran reunión con vecinos y personas connotadas de la ciudad para recuperar el trabajo y el espíritu de la Sociedad, consiguiendo aportes de algunas empresas relacionadas con venta de  materiales de construcción y también algunas ayudas monetarias de firmas como la Compañía de Cervecerías Unidas, la Casa Gath & Chaves y Grabe y Cía., entre otras. La Sociedad resurge de las cenizas, así, el 24 de agosto de 1915, constituida legalmente por Decreto N° 1.846 del Ministerio de Justicia, y con el nombre de su primer fundador: Sociedad Protectora de Animales "Benjamín Vicuña Mackenna".
La iniciativa de reponer el servicio de protección animal dio excelentes frutos y aplaudidos gestos de acogida a perros y gatos abandonados. La gente que encontraba esta clase de mascotas en situación de calle las llevaba para su resguardo y con la ilusión de que alguien los adoptara, mientras los veterinarios daban atención. Sus recursos eran los pagos de cuotas de los socios y los aportes que llegaban de parte de benefactores y organismos generosos, llegando a contar con un centro veterinario que daba atención mascotas, a animales heridos y, en los peores casos, tener que eutanasiarlos para acabar con sufrimientos y agonías, especialmente los mortalmente heridos, atropellados o con enfermedades terminales.
Lamentablemente, veremos que su servicio de protección degeneró perversamente en sus últimos años, dejando al descubierto uno de los más polémicos casos de maltrato y aprovechamiento económico de la tragedia de los animales abandonados.
Secuencia fotográfica de "La Tercera de la Hora" del jueves 23 de agosto de 1956: "En 24 horas los perros que llegan al local de su ajusticiamiento viven diversas y profundas impresiones. Tal como muestra el mosaico de abajo, el pobre quiltro, tras los alambres de su cárcel, añora la libertad de la calle, donde retozaba a su gusto; luego, el can famélico que aprovecha la mejor de las comidas en toda su vida. Y que desde luego será también la última; finalmente, el momento en que llega a su vera la mano provista de una inyección de cianuro que le dará la muerte. El perro escapa, pero bastan sólo algunas gotas del mortífero líquido cerca de la boca para que la propia lengua sea el verdugo. En dos segundos se ha ido al paraíso de los animales".
AVANCES CONTRA LA HIDROFOBIA
A mediados del siglo XX, el médico veterinario Eduardo Fuenzalida y el cirujano Raúl Palacios, elaboraron una novedosa nueva vacuna antirrábica obtenida del cerebro de ratones lactantes, notable logro chileno conocido hoy como la "Vacuna Fuenzalida-Palacios". Los resultados de sus trabajos y pruebas fueron dados a conocer en la III Jornada de la Sociedad Chilena de Salubridad de 1954, celebrada en Santiago, con el título "Un método mejorado en la preparación de la vacuna antirrábica". Aplicada primero en perros y después autorizada en seres humanos a partir de 1958, esto fue una importantísimo avance para el apoyar el Programa Nacional de Control de la Rabia, implementado en la década siguiente.
En un interesante artículo de Enrique Laval y Paulina Lepe publicado en la "Revista chilena de infectología" de abril 2008, con el título "Una visión histórica de la rabia en Chile", recuerdan allí los autores que, promoviéndose la gran campaña antirrábica en prensa y radio, el 1° de junio de 1955 el entonces Presidente de la Sociedad Protectora de Animales, Diputado Jorge Meléndez Escobar, dio por cadena nacional un discurso titulado "El problema de la hidrofobia" en el que, según el diario "El Mercurio" del 9 de junio siguiente, declaró:
"...en la segunda quincena del mes en curso será iniciada por el Servicio Nacional de Salud, la campaña de vacunación anti-rábica de perros en Santiago, programa que se proyectó realizar en tres a cuatro semanas, con la cooperación del Ejército, efectuándose vacunación domiciliaria en forma gratuita para proceder a la inmunización de los perros que existían en cada casa, esperándose vacunar más del 80% de la población canina. Por otra parte, las autoridades sanitarias procederán a recoger todos los perros que sean encontrados en la vía pública, tengan o no patente. Los que carezcan de ella serán sacrificados de inmediato y los otros podrán ser rescatados durante un plazo de 24 horas, al término del cual, también serán sacrificados".
Sin embargo, en una declaración del Servicio Nacional de Salud publicada a los pocos días en el mismo diario, el 14 de junio, evidenciando un debate y choque de filosofías que aún persiste sobre el tema, se establecía lo siguiente para enfatizar el aspecto de educación ciudadana que requería esta enorme campaña:
"...no es efectivo que en Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia, deambulen libremente los perros en la vía pública con el único requisito de la vacunación. Ni en éstos ni en otros países del orbe, se expone la comunidad a la mordedura de perros, como acontece aún, por desgracia en Santiago.
...los camiones-perrera no son una invención nacional, sino que circulan en todas las ciudades civilizadas, aún cuando el problema de los perros callejeros está en ellas muy lejos de la importancia que reviste en Chile. Tampoco es efectivo que se está haciendo uso de métodos crueles para el exterminio del perro vago. La inyección de cianuro saturado provoca una muerte instantánea y ha sido recomendada al Servicio por dirigentes de la Sociedad Protectora de Animales, que también la emplea".
En la misma fuente se informa que los datos epidemiológicos de entonces (con varios casos entre hombres y animales) reflejaban una evolución endémica de 1950 a 1959, con 52 casos confirmados en humanos, la mayoría de ellos en 1950 y en 1955, con 11 pacientes en cada uno.
Vista del edificio de la Perrera y sus chimeneas. Fuente: sitio de Perrera Arte.
UNA OPINIÓN DE ORESTE PLATH
Pero ni siquiera esta nueva ola de persecuciones conseguía ser eficaz frente a la proporción del problema: para el año 1955, la alarmante cantidad de perros mal llamados “vagos” llegaba a cerca de 70 mil sólo en Santiago, según comenta Oreste Plath en su artículo “Amor e indiferencia hacia los perros”, publicado en mayo de ese mismo año en la revista “En Viaje”. Allí agrega con extraordinario buen juicio ya entonces, que “a este sentimiento, a esta perrofilia, le faltan normas”, aludiendo a lo que hoy reconocemos como la tenencia irresponsable que es, de principio a fin, el germen de la existencia de canes callejeros y su sobrepoblación.
El mismo investigador juzgó con esa misma y sorprendente lucidez el valor cultural del perro en la sociedad chilena, enfrentando estos contenidos populares con las campañas de salubridad pública que nunca han visto con buenos ojos a los canes. Así lo describe en su artículo “El perro y el pueblo chileno”, publicado en la revista “En Viaje” N° 262 de agosto de 1955:
“Así como el estudio de las condiciones ambientales es valiosa para la salud física y mental, no lo es menos el conocimiento del mundo individual, natural, sobrenatural o extranatural.
Si la medicina preventiva y la salud pública observan al hombre enfermo, o sano, en su ambiente, debe estudiarse, considerarse, todo lo que se refiere al mundo de las creencias y supersticiones de este hombre.
En cualquier programa de salubridad es importante conocer las creencias, supersticiones, prejuicios que rodean al medio en que se van a desarrollar las campañas.
Estos efectos y defectos influyen sensiblemente en implicaciones sociales que entregan medidas para conservar la salud y prevenir la enfermedad. El éxito o fracaso de cualquier plan puede estribar en el conocimiento o desconocimiento de las manifestaciones tradicionales”.
No cabía duda, pues, de la simpatía "cultural" de Plath por los perros, a los que dedicó muchas páginas relacionando sobre la influencia del animal en nuestra cultura, toponimia, legendario, tradiciones y folklore. Sin embargo, está en muy correctas sentencias cuando concluye que esta relación "perrofílica" de la cultura nacional carece de normas y de límites, aún cuando los pocos ensayos legislativos que se han tratado de proponer para regular esta misma cuestión, suelen convertirse en rings de fuertes pugilatos entre ambas partes, los partidarios y los opositores de tales medidas, como iremos viendo.
Gran problema ha sido, así, todo este asunto para los canes y gran ocupación para los funcionarios de salud, porque nunca faltaron perros a los cuales darles caza en todos los barrios, plazas y demás espacios urbanos. “En toda calle chilena hay un perro durmiendo”, glosaba con sorna y por lo mismo don Joaquín Edwards Bello en su póstuma obra "Mitópolis".
Diríamos que la falta de inteligencia y de sensatez de las autoridades que observó Plath con respecto al tema de los perros callejeros, vino a tener una absurda y casi grotesca confirmación hace pocos años, cuando a inicios del 2010 el gobierno llamó a un concurso de fotografías de canes "vagos" titulado "El Quiltro del Bicentenario", sin contemplar ninguna clase de ayuda o apoyo a la solución del mismo problema de esos pobres quiltros plasmados en las imágenes competidoras, y más bien convirtiendo en algo gracioso el drama de la situación de los canes abandonados. De hecho, cuando había asumido aquel gobierno que organizó en sus últimos días tan extraño certamen, la Plaza de la Constitución y los alrededores del Palacio de la Moneda fueron escenario de una masiva captura y masacre de esos mismos quiltros, para que no perturbaran la ceremonia del cambio de mando en 2006, ocasión en que miembros de la Guardia de Carabineros lograron esconder y salvar a un perro conocido como "Rucio", regalón de los funcionarios uniformados, que después se volvería toda una celebridad nacional.
Crematorios de la Perrera de Santiago. Fuente imagen: sitio de Perrera Arte.
LA SINIESTRA PERRERA DE MAPOCHO
Desatado el conjuro, aparece unos años después de las campañas antirrábicas el nada querido ni afortunado castellón de exterminio dispuesto para la Perrera Municipal de Santiago en las riberas del Mapocho, allí en el ex Parque Centenario junto al Puente Bulnes, oprobioso centro de culto a la muerte y a la solución fácil de cuasi “limpieza étnica” sobre las comunidades perrunas urbanas, que despertaba con frecuencia la violencia de la gente modesta cuando sus bastiones de humildad eran penetrados por los camiones y equipos de cazadores de quiltros, siendo recibidos a golpes y piedras.
La Perrera de Santiago fue, así, sede de uno de los servicios más infames que se recuerdan: los canes de las calles eran llevados allá tras barridas de capturas y sacrificados con escasa humanidad, según lo que se comentó siempre sobre cómo funcionaban las cosas ahí adentro, no siempre ajustadas a los procedimientos o protocolos de trabajo. Ocupaba el edificio que aún lleva su nombre en el sector de Avenida Balmaceda antes del Puente Bulnes, en actual Parque de los Reyes poco antes de llegar a Cueto, donde hacia los años 30 se habían construido estas instalaciones para la cremación de basuras, materias de manipulación peligrosa y residuos de electrónica. A la sazón, eran dependencias muy modernas, siendo las primeras del país en contar con potentes incineradores eléctricos.
Hacia los años 50, el edificio pasó a ser ocupado por este sombrío servicio sanitario de captura y eliminación de perros sin dueños. Lamentablemente, no había pocas razones para justificar sus funciones en la ciudad, todas de orden de salud. Muchos alegarán -desde entonces- que el mismo servicio se aplica en países desarrollados, todavía hoy; pero tal argumento sólo refuerza nuestra impresión de que se trató de una importación totalmente ajena y reñida con la idiosincrasia nacional y nuestra cultura, sobre la relación ideal entre hombres y animales; es decir, ofensiva a “las costumbres chilenas su antigua y nativa pureza”, usando palabras de Portales. La ineficacia que acumuló a la larga el servicio respecto de sus objetivos puntuales, nos profundiza esta percepción.
Para efectos de cumplir con las funciones de la Perrera, los canes de las calles eran secuestrados por los funcionarios municipales, llevados a la fortaleza de muerte y, si no eran reclamados en un breve plazo, se los “sacrificaba” y quemaba. Nunca quedó tan bien usado el verbo “sacrificar”, por cierto, pues se trataba de la satisfacción casi ritual por ofrecer víctimas al fuego de algún secreto dios sangriento, al estilo de Moloch o de Kali, pues sus dos chimeneas que llenaban de hedores de la crema cadavérica todo el sector cerca del puente Bulnes.
Finalmente, tras años de actividades, de reclamos, de denuncias y de desprecio, la Perrera de Santiago fue cerrada a principios de los setenta, al parecer en el período del Gobierno del Presidente Salvador Allende y cumpliendo con el largo y hasta entonces insatisfecho clamor popular contra el mismo servicio.
El edificio apodado irónicamente como el Castillo permaneció silencioso y siniestro en la ribera del río por varios años, como jactándose de su aterrador pasado o bien avergonzándose de sus historial de muerte. Sin embargo, a partir de 1995 y luego de un gran esfuerzo de los gestores del proyecto, el inmueble que fuera un triste lugar de muerte fue reconvertido en un importante núcleo cultural y artístico: el Centro Experimental Perrera Arte, que hasta hoy lo ocupa y -por qué no decirlo- también lo exorciza.
Visita de las autoridades a las instalaciones de la Sociedad Protectora de Animales "Benjamín Vicuña Mackenna", en imagen de Editorial Zig Zag de 1957. La noble institución terminó sus días sumida en uno de los peores escándalos que se han conocido en la historia de Chile sobre maltrato y abuso de animales.
EL ESCANDALOSO FINAL DE LA SOCIEDAD PROTECTORA DE ANIMALES
Vimos que, habiendo sido fundada en dos etapas de su existencia por Vicuña Mackenna y luego por Valdés Vergara, la Sociedad Protectora de Animales experimento un loable crecimiento de sus actividades de trato ético a las mascotas caídas en desgracia y abandono al avanzar el siglo XX. Esto sucedió especialmente después de contar con sus grandes instalaciones, clínica y caniles en calle Libertad 1550 llegando a Balmaceda, junto al barrio Yungay a partir de 1943.
Sin embargo, ni los macabros recuerdos de la Perrera Municipal pueden competir con la atrocidad que llevaría al cierre de las instalaciones de la Sociedad Protectora de Animales allí tan cerca de la ex edificio de exterminios de canes, con la gravedad de que, en este caso, se trataba de un organismo que se suponía nacido precisamente para dar cuidado y trato digno a los animales abandonados pero que, tras caer en manos de un aspirante a político (que incluso había compartió lista del PRI con Ricardo Israel, en las elecciones municipales de Santiago) y también por un equipo igualmente oscuro de pretendidos profesionales de la veterinaria, se volvería un lugar de pesadilla para perros y gatos.
Sucedería que, en 1989, se promulgó la Ley N° 18.859, con el Artículo° 291 bis del Código Penal, en donde la triplificación de la falta simple sobre maltrato animal pasaba a categoría de delito categórico, exigiendo denunciar todo trato condenable a un animal a Carabineros de Chile, para que estos lo derivarán a tribunales. En muchos de estos casos participó el Departamento de Relaciones Públicas de la Sociedad Protectora de Animales, con sus cerca de 6.000 criaturas albergadas. Acompañado esto con un aumento de recursos y miembros dispuestos a colaborar, se abría un estupendo futuro para la Sociedad, que elaboraba campañas en terreno de acatamiento de la ley y de adopción de mascotas, además de operativos veterinarios y difusión de la misma consciencia de responsabilidad que cobraba cuerpo en esos días.
Mas, todo este magnífico prospecto comenzó a caer cuando llegaron los primeros años de democracia recuperada, y la Sociedad comenzó a ser intervenida por nuevos grupos de personajes que poca relación tenían con la tradición de trabajo y filosofía ligada al organismo, en uno de los escándalos más repugnantes de la historia que da sentido general a este artículo.
Las primeras graves denuncias contra la Sociedad Protectora de Animales comienzan a sonar a principios de los 90, no bien asume la presidencia de la misma el entonces aprendiz de cuestiones políticas Luis Navarro Duarte. Eran relativas a que muchas personas que iban a dejar mascotas abandonadas (con el ineludible pago de una nada económica suma de dinero, que superaba los $8.000 cuanto menos y que llegaba a $15.000 o más sólo para el caso de los gatos pequeños), constataban después el pésimo estado en que se hallaban al volver a verlas, producto de una deplorable atención por parte de los encargados. Otra gravísima denuncia provino del testimonio de un ex director médico de la institución, quien denunciaría en 1993  al presidente de la Sociedad, asegurando que los perros sanos eran muertos en el lugar sólo para deshacerse de ellos y no gastar recursos en mantenerlos.
Increíblemente, las denuncias se extendieron por más de una década, en algunos casos con testigos que habían dejado animales sanos en el servicio y que morían al poco tiempo o los descubrían en muy mal estado, presumiendo que el sitio en que se mantenían no cumplía con ningún estándar. La Sociedad intentó defenderse alegando que los reclamos provenían sólo de vecinos y de un edificio-condominio construido justo enfrente, cuyos residentes alegaban por los olores y ladridos. Sin embargo sabemos hoy que, a esas alturas, los abusadores de la Sociedad actuaban con total desparpajo y sin grandes preocupaciones, creyéndose falsamente "zafados" de castigo o cuestionamiento siquiera tras tanto tiempo de impunidad. Esto provocó la ruptura entre grupos defensores de la Protectora y otros ex colaboradores y disidentes, que se agruparon en nuevas entidades (como fue el caso de una llamada OCCA).
Finalmente, una investigación policial en la que participaron también medios de prensa de un conocido programa veterinario de entonces, confirmó en 2008 que toda la actividad dentro de la Sociedad era un fraude: perros y gatos eran mantenidos en una postal de infierno dentro de los corrales, llenos de parásitos, infecciones, mal alimentados, pésimamente hidratados, con las jaulas colmadas de excrementos y con innumerables cuerpos de adultos y cachorros muertos en el recinto y otros acumulados en bolsas de basura, particular forma de deshacerse de ellos.
A pesar del escaso o nulo efecto penal que tuvo la investigación tras ser llevado a juicio el horrendo escándalo de la Sociedad Protectora de Animales, es clarísimo que toda esta conspiración que parece destinada a violar el carácter de "sin fines de lucro" de la Sociedad y de desentenderse del trabajo de dar mantención digna a los animales, tuvo la complicidad de profesionales de la veterinaria, miembros de directorio, empleados, algunos estudiantes universitarios y probablemente alguna clase de influencias políticas coludidas, pues era imposible que personas vinculadas tan directamente al servicio no hayan estado al tanto de lo que sucedía en esos patios.
Acosados por la indignación pública y la molestia de las autoridades, la Sociedad Protectora de Animales debió cerrar sus puertas y poner un vergonzoso fin a lo que había sido antes el noble y desinteresado ejercicio de sus funciones en favor de las mascotas en desgracia.
"La Tercera de la Hora" del jueves 23 de agosto de 1956: "He aquí el ataúd de los pobres perros: el horno crematorio. Luego de ser ultimados rápidamente, los cadáveres, en buen número diario, son depositados en esta fauce sedienta y se les somete al calor intensísimo que hace desaparecer todo rastro de aquel animalito que quizá si un día fue regalón de un niño de la población callampa. Éste es el triste fin de los que llegan hasta la perrera, condenada por muchos y discutida por el resto, pero que cumple con una función social que las autoridades estiman como indispensable".
ACTUAL PROYECTO DE CAZA DE PERROS ASILVESTRADOS
El nuevo gran problema a enfrentar por los amantes de las narices frías, iba a hallarse ahora no en la ciudad misma, sino en el entorno urbano y en el paisaje rural, con las jaurías de perros salvajes frente a la más controversial de las decisiones relativas a la responsabilidad social para con los perros en los últimos años: la reciente autorización vía Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) del Ministerio de Agricultura, a la cacería de perros salvajes y asilvestrados en zonas rurales, incluyéndolos como animales dañinos en la Reglamentación de Caza por la modificación señalada en el impopular Decreto 65.
El proyecto generó una gran cantidad de dudas y críticas en marzo de 2014, cuando la medida acabó suspendida por el Ministerio de Agricultura. Esta postergación causó escozor en sus partidarios provocando, por ejemplo, una dura declaración de la Red de Investigación en Zoonosis Emergentes y Re-emergentes publicada en abril siguiente, donde informaba, entre otras cosas que sintetizan el pensamiento de los que están a favor de estas medidas:
  1. Los perros asilvestrados en Chile se han constituido en un problema ecológico grave que afecta a diversas especies animales silvestres, tanto del ambiente terrestre como acuático, desde la Región de Arica y Parinacota hasta la Región de Magallanes y la Antártica Chilena.
  2. Los ataques provocados por jaurías de perros asilvestrados no distinguen condición de vulnerabilidad de los animales ni áreas protegidas del territorio nacional, afectando por lo tanto a especies animales en peligro de extinción dentro y fuera de áreas protegidas por las leyes del Estado.
  3. Las jaurías de perros asilvestrados desarrollan una estructura jerárquica y organizada de sus integrantes, que les permite establecer territorios de desempeño y estrategias de ataque de gran eficiencia, consiguiendo matar o herir a sus víctimas.
  4. Esta estructura jerárquica de las jaurías, determina que los animales más experimentados le enseñen esta conducta agresiva a los perros más jóvenes del grupo, quienes perpetúan la existencia de las jaurías.
  5. Debido a la condición de asilvestrados, es muy poco probable que campañas de adopción permitan la inserción efectiva de estos animales a los hogares, sin que exista riesgo para las personas o para otros animales domésticos.
  6. Además, los perros asilvestrados representan un riesgo sanitario por su continua exposición a agentes biológicos patógenos, sean virus, bacterias, hongos o parásitos, que circulan habitualmente en la fauna silvestre. En la práctica, esto significa que si estos perros entran en contacto con perros domésticos o ingresan al entorno donde existan seres humanos, especialmente niños, mujeres embarazadas, adultos mayores, personas enfermas, pueden significar un importante peligro para la salud pública. Debido a las condiciones y áreas donde se forman estas jaurías, la gente ligada al mundo rural estará expuesta a un mayor riesgo. Justamente esta población es la que presenta mayores dificultades para conseguir asistencia médica.
Pasó el tiempo con la ley aún suspendida y, a inicios del año 2015 en curso, se anunció que el SAG finalmente pondría en vigencia la medida con el decreto de marras: los perros asilvestrados podrían ser cazados. De esta manera, el "Diario Oficial" del 31 de enero de 2015, informaba sobre los considerandos para la modificación del decreto:
"Que se ha estimado necesario introducir modificaciones al Reglamento de la Ley de Caza, aprobado por decreto supremo N º 5, de 9 de enero de 1998, en razón de una necesaria actualización de su normativa.
Que la modificación referida precedentemente incluye entre los animales dañinos a las jaurías de perros salvajes o bravíos, autorizando su caza o captura en las condiciones que se establecen.
Que de conformidad con los artículos 70 y 71 letra f) de la Ley N º 19.300, sobre Bases Generales del Medio Ambiente, la propuesta de modificación reglamentaria fue puesta en conocimiento del Consejo de Ministros para la Sustentabilidad, el que por acuerdos N° 20 y 23, ambos de 2012, se pronunció favorablemente respecto de la propuesta".
La misma modificación señala a las Jaurías de perros salvajes o bravíos dentro de la lista de especies establecidas como animales dañinos, en los siguientes términos:
"Perros salvajes o bravíos, que se encuentren en jaurías, fuera de las zonas o áreas urbanas y de extensión urbana, a una distancia superior a los 400 metros de cualquier poblado o vivienda rural aislada, los que deberán capturarse o cazarse en los términos establecidos en la Ley y el presente reglamento".
Esto provocó una nueva ebullición de resistencia de grupos pro-animales durante este verano, obligando a la abrupta nueva suspensión de la práctica de la medida sólo 11 días después de su entrada en vigor, seguida del anuncio del SAG de que constituiría para el mes de marzo, una mesa de trabajo pública-privada que discutiera el asunto y se sostuviese un "diálogo constructivo" antes de poner en aplicación la norma tal cual está redactada.
La mesa de conversaciones se abrirá el próximo mes, según lo anunciado... Mientras tanto, los problemas que generaron la dura medida contra las jaurías indómitas de perros, seguirán su nefasto y peligroso curso "natural" con unos meses más de ventaja ante la poca urgencia con que se ha abordado este complejo tema.
Imagen de la matanza de perros cruelmente envenenados en la localidad de Nueva Imperial, duran el año 2014. Nunca quedaron totalmente claras las responsabilidades de estos hechos. Fuente imagen: Radiovillafrancia.cl.
LA LARGA “CUESTIÓN SOCIAL” DE LOS PERROS EN CHILE
Quizás ha sido el fomento de criterios de valoración de los perros finos o especializados lo que terminó de condenar a los quiltros y canes callejeros chilenos al masivo vagar permanente, mal que, si bien nos ha acompañado desde nuestros orígenes como hemos visto, se presenta como un fenómeno cuantitativa y especialmente disparado hacia la pasada y actual centuria, mezcla del crecimiento de las ciudades con un extraño vicio que ha ido aparejado al desarrollo social, incapaz de inculcar de manera eficaz el concepto de tenencia responsable de animales en nuestra ciudadanía.
Se podría comentar también un lamentable incidente sucedido justo mientras preparábamos este mismo texto, hace unos años, y que tuvo lugar entre una perra abandonada en pleno Centro de Santiago y un caballo de Carabineros de Chile, ataque que dejó a su jinete herido en el suelo y al caballo también con sangrantes lesiones, lo que nos da una pista para identificar las mismas razones que motivaron a las autoridades a adoptar tales aprensiones destinadas a separar el territorio de los ladridos del de los relinchos. Y capítulo aparte constituirían en esta sucia historia las redes de fraudes con cachorros quiltros puestos en venta callejera y pasados por “finos” para los incautos, como en el chiste de Pepo en las páginas de "Condorito", pero con uso de tinturas para pelo y otras truculencias; y ni hablar de exterminios con bárbaros métodos por parte de respetables instituciones de educación y del propio gobierno. Por razones de tiempo, no las abordaremos en este texto o terminaríamos en una entrada completa nueva.
Sí conviene recordar que, un estudio realizado por el Ministerio de Salud hace pocos años, demostró que de los cerca de 220 mil perros “vagos” contabilizados en Santiago, sólo un 27% de ellos no tenía dueño (diario “La Tercera”, 28 de julio de 2008, artículo “Denuncian la existencia de cerca de 220 mil perros vagos en la capital”). Esto abona también a la comprensión de demostrada estadística, de que la inmensa mayoría de los ataques injustamente adjudicados -casi en forma refleja- al perro callejero o huacho, corresponden en realidad a perros con dueño que viven parte de su día en régimen de puertas afuera. Así, pues, la base del problema es cultural, muy humano, relacionado con la tenencia irresponsable de estas mascotas.
Y a pesar de que se reportan cerca de 50 mil ataques anuales de perros (diríamos que bastante pocos, sin embargo, si consideramos que existe al menos un perro por cada 5 personas en Chile), nuestro país carece completamente de una legislación que regule la situación de los perros abandonados o vagabundos en las ciudades. Varias veces el Ministerio de Salud ha anunciado medidas, y las campañas de educación pública sobre la tenencia responsable y la esterilización canina contempladas en la Ley de Protección Animal de 2009 y que iban a estar a cargo de esta misma cartera, pero hasta ahora han brillado más bien por su ausencia. Probablemente, en zonas rurales la situación sea aún más desoladora y poco auspiciosa, a causa del desdén y el centralismo, haciendo que la exótica leyenda neofolklórica del "chupacabras" ya suene como una excusa de mal gusto para explicar con sensacionalismo mediático los continuos ataques a la ganadería por parte de las jaurías salvajes.
La aparente solución de la cacería de perros es, ciertamente, una medida acorde a la urgencia del momento, tanto para el resguardo de la fauna nativa como también de la ganadería rural. Pudúes, chingues, zorros chillas, culebras chilenas, chucaos y gatos colo-colo simplemente no pueden seguir esperando a que los chilenos en la cima evolutiva se pongan de acuerdo en un tema donde, probablemente, lo que menos hay es puntos de entendimiento.
Sin embargo, la opción desesperada de dar caza a perros salvajes también está lejos de ser la solución más que de sólo una parte del problema, muy lejana al origen mismo. Es más: puede que para los dueños irresponsables de animales, se convierta en una posibilidad práctica para deshacerse de las mascotas sin pasar por el trabajo sucio de darle muerte con sus manos y delegándole esta posibilidad a terceros, convirtiendo en una "alternativa" el ir a tirar animales a zonas rurales sin salpicarse del cargo moral por su muerte. Algunos animalistas o caritativas personas que alimentan perros abandonados en zonas de la periferia urbana de Santiago, como Pirque, Cajón del Maipo o Padre Hurtado, han comentado de períodos en que, cada vez que aparecía en medios de prensa algo relativo a estos lugares (incluso denunciando a quienes botan animales) y los canes que los habitan, esto acaba siendo una "publicidad" para el lugar como alternativa para deshacerse de perros, y así aparecerán rápidamente algunos nuevos, abandonados por sus irresponsables dueños.
Quizás estemos, así, abriendo las puertas de una posibilidad parecida de descalabro con esta ley de caza, que no ha sido equilibrada proporcionalmente con una propuesta rotunda para cubrir la necesidad de educar civil y éticamente a la población chilena, en cuanto a la tenencia responsable de mascotas, para comenzar a resolver así un problema de fondo que surge, fundamentalmente, de eso mismo: el permanente y sempiterno comportamiento irresponsable de los humanos, más que el de las bestias.
Vista actual de las instalaciones de la Perrera de Santiago, ahora Centro Cultural.

6 comentarios:

  1. Solo he leído los primeros párrafos de tu artículo y me parece loable tu esfuerzo y ahínco en el desarrollo de la investigación. Gracias.

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  2. Un tremendo trabajo de investigación y documentación
    Aunque sólo confirmo lo cruel de nuestra sociedad te felicito por el esfuerzo de compilar esta informacion . Saludos. Grace Agosin

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  3. A todos los señores animalistas de le digo, basta de profesar y promover esta especie de fundamentalismo perruno.
    Mi padre y yo mismo hemos sido víctimas de perros en la vía pública. Y no somos los únicos, desde luego. Lo que no entiende esta gente es que se trata de un problema de salubridad e integridad física de las personas. La perrera nunca debió suprimirse, ya que el sistema era eficiente y ayudaba a una ciudad más limpia y segura. Hoy en día, en cambio, ya no puedes salir a correr tranquilo, andar en bicicleta, o a pasear siquiera porque tienes que andar atento a que no haya un perro hostil. Además la última de pasear a los perritos sin correa "para que sean más libres”; aparte de todo, las calles llenas de mierda. Pero que importa ¿cierto? El perrito es primero, las personas después. ¿Vendrá toda esta gente “tan buena y considerada con los perros”, a pagarnos los medicamentos que debimos gastar, a apoyarnos en la recuperación de mi padre, en el temor que le embarga de salir a la calle en vista de estos sucesos? Ciertamente que no. Irresponsables es lo que son; irresponsables fanáticos e insensatos. A propósito del mismo ataque, reclamamos por todos lados y no conseguimos absolutamente nada por parte de la autoridad de administrativa; ninguna sanción a los responsables de un perro agresivo que ataca sin ninguna razón. Ni siquiera una medida de seguridad. Éste es el “país amigable con los perros” que han construido ¿están contentos? Porque yo no. Y es por eso que esto no se quedara así; nos vamos a querellar contra los responsables. Para que sirva de ejemplo y escarmiento a todos estos fanáticos insensatos, que ponen a los perritos por encima de las personas. Y no cejaré en eso (me importa bien poco echarme encima a la masa que sigue ésta y otras modas). Ya basta de tanta estupidez, por Dios.

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    1. Ni este blog ni este artículo son animalistas, defensores perrunos o fundamentalistas insentatos con el tema de los perros, o cualquiera de los otro adjetivos abundantes en su mensaje; por el contrario, se manifiesta en él la urgencia de dar una solución al asunto en vez de seguirlo perpetuando y fingiendo que no existe. Comprendo que tenga una ansiedad obsesionada por hacer proclamas, pero al menos tómese la molestia de leer los textos que elige para expresión y no guiarse sólo por títulos y fotografías. Si realmente está tan interesado en combatir "tanta estupudez, por Dios", sólo puedo sugerirle comenzar por la propia.

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  4. Mensajes rescatados desde la continuación de este artículo, fusionado en una sola entrada:

    Unknown27 de septiembre de 2016 a las 02:44

    Qué valiosa información! Muchas gracias.
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    Luis Heriberto Martinez Guajardo17 de diciembre de 2017 a las 23:26

    Excelente, le felicito.
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    Carlos Leiva10 de septiembre de 2018 a las 11:18

    ''"...había en la Concepción gran cantidad de perros que tenían los cristianos e indios de su servicio, y cuando se tocaba arma, que era casi de ordinario, aullaban y ladraban en tanta manera que no se podían entender; y para evitar esto, mandó Pedro de Villagra que cualquier soldado o indio que trajese perro muerto le diesen cierta ración de vino o de comida: con esta orden los mataron todos.''

    ¿Es este el origen del dicho "(hacer) perro muerto"?

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.