martes, 30 de diciembre de 2014

LOS JARDINES IMPOSIBLES: RECUERDOS DE UN PRIMER VIAJE AL DESIERTO FLORIDO (PARTE I)

Fotografía publicada en "Geografía de Chile" de 1955, de Elías Almeyda Arroyo.
Ésta es la síntesis de la historia relativa a mi primer viaje al intrigante escenario del fenómeno del Desierto Florido, realizado en septiembre de 1997. He guardado por años este texto, pasando por distintos soportes, discos y respaldos... Creo que es hora de sacarlo de la oscuridad con algunos retoques, antes que desaparezca por algún accidente.
Como se sabe, el Desierto Florido es un prodigio que sucede en las regiones chilenas de Coquimbo y Atacama, a consecuencia de las intensas lluvias de asociadas al fenómeno meteorológico de El Niño sobre aquellos territorios desérticos famosos por ser los más secos y áridos del mundo, devolviendo la vida a bulbos, semillas y granos de cerca de 200 especies de plantas que germinarán en este evento floral único en todo el planeta.
El fenómeno ocurre aproximadamente cada dos a cinco años, y es atracción de viajeros, investigadores y científicos. El gran naturalista francés Claudio Gay tuvo que volver en 1840 a estas tierras para poder verlo, luego de un frustrado primer intento en 1831 en que la sequía no permitió las precipitaciones necesarias para producir las floraciones. Comienza como un verdor que aparecerá hacia julio y agosto, cubriéndose de flores en septiembre casi como esperando la primavera, por una feliz coincidencia hacia los días de Fiestas Patrias, casi como saludando el orgullo nacional. Las últimas grandes repeticiones del fenómeno han tenido lugar en los años 1983, 1987, 1989, 1991, 1995, 1997, 2000, 2002, 2004, 2007, 2010, 2011 y 2014, aunque hay quienes cuentan algunas temporadas que sucedieron entre estos años pero que, en nuestra opinión, fueron demasiado débiles y carentes del esplendor que caracteriza al verdadero Desierto Florido.

Lo que también comenzó como un viaje turístico de amigos, en este caso terminó siendo una profunda experiencia espiritual para los tres aventureros que allí estuvimos, cruzando las flores de los vergeles del Desierto de Atacama. He vuelto en otras ocasiones hasta esta maravilla atacameña, con temporadas mucho más espectaculares y hermosas que la descrita, pero valoro especialmente el recuerdo de ésta por haber sido nuestra primera andanza en la magia de los Jardines Imposibles.
Plano de relieve de la Región de Atacama, publicado por la Editorial Antártica ("Chile a Color", 1981). Lo llevamos en el viaje para reconocer las alturas de los terrenos por los que pasamos con nuestro automóvil, buscando las flores. Clic encima de la imagen para ampliarla.
Plano de relieve de la Región de Coquimbo, publicado por la Editorial Antártica ("Chile a Color", 1981). Muchas flores o variedades de ellas se distribuyen diferenciadamente o con alguna preferencia dependiendo de las alturas de los territorios. Clic encima de la imagen para ampliarla.
EL ZARPE
Odioso desafío es éste: intentar sacar a la luz un puñal forjado de memorias pero clavado en el más duro y sólido granito de los recuerdos.
Me pregunto cuánto de todo esto es exacto, o cuánto es idealización; cuánto es, además, consecuencia del encanto hipnótico del paisaje más que de la propia realidad.
En otra arista, han cambiado muchísimo las cosas desde entonces: cambiaron las ciudades que pasé en ese enorme camino, y hasta mi propio Santiago ha cambiado con dramatismo; también las carreteras por las que recorrimos tan melindrosamente aquellas comarcas encantadas… Yo mismo he cambiado, de hecho: quizás más de lo que hubiese esperado entonces. Mucho más, sin duda.
Empero, esa repetición ancestral del resurgir de las flores es inagotable: vuelve y vuelve por aquella misma ruta, una y otra vez, recordándome que éste es el mismo país de mis recuerdos de viaje, y no otro, por distinto que hoy luzca, y hasta por extraño y ajeno que a veces parezca.
Nuestro periplo comenzó un miércoles de septiembre. Había hecho un poco de frío durante la tarde, justo cuando llegó la hora de salir del trabajo desde las oficinas de una agencia en el pasaje Príncipe de Gales, frente al popular restaurante "La Chimenea”, en pleno Centro de Santiago de Chile. Era temprano, así que caminé tranquilamente hasta el célebre bar de "Las Tejas", de la popular calle San Diego, para esperar a mis amigos Pablo y Cristián, quienes serían los compañeros de esta gran aventura.
Paseo así entre el estrés de una ciudad y las angustias impropias, mientras me siento prácticamente de tránsito en mi propio hábitat: en efecto, voy hacia el “zarpe” de un viaje de conquista, en un puerto sin fecha ni lugar, en una noche sin época. Todo me parecía etéreo, vaporoso y casi en perfecto punto de equilibrio, sin las habituales ansiedades de quien espera su tren o su barco.
Las revistas y algunos diarios en los kioscos han advertido ya sobre los temporales que barrieron grandes zonas del territorio chileno. Y en medio del caos, ha comenzado a renacer la maravilla del desierto florido en el Norte Chico de Chile… Hacia allá parto hoy, precisamente, empezando con esta caminata anodina hacia un clásico boliche del barrio San Diego. Pocos estamos dispuestos a esperar de tres a cinco años más para conocerlo. Hoy es el momento; hoy mi “zarpe”, en esos dulces días de la plenitud juvenil.
Los medios de comunicación le han dado como bombo al atractivo turístico del fenómeno floral del desierto atacameño, de modo que no hemos podido contener por más tiempo la tentación de conocer esas efímeras postales encantadas. Y esa noche era la noche para iniciar tal aventura, precisamente… Ha llegado el momento que por tanto tiempo ya venía provocando intensas esperas y desvelos… Y aún así, sigo presa de una extraña calma.
Por unas horas permanecí cerca de la barra, hojeando una mala revista que ha sido producida la agencia a la que acabo de renunciar para este viaje, cuyas faltas de ortografía y errores tipográficos acaban convenciéndome de que es mejor arrojarla a un lado. Me convencen también de la buena decisión que tomé al irme de allí.
Olores etílicos y penetrantes inundan el ambiente de fermentos de esta gran cantina, fundiéndose con los vapores de sabrosos platillos calientes de comida criolla. Por exceso de trabajo, no he tenido tiempo de probar un bocado desde las 10 de la mañana, pero aún siento que puedo mantener el ayuno: en lugar de comida, pido a uno de los mozos un gran vaso tipo caña de la especialidad de la casa: el famoso "terremoto", poderoso vino pipeño mezclado con helado de piña, fernet y un poco de licor extra, trago muy chileno cuyo extravagante nombre surgió espontáneamente en un conocido bar de la Estación Central de Santiago, durante los días que siguieron al fatídico terremoto de 1985, al compararse su indiscutido poder embriagante y mareador con el de una gran sacudida telúrica. Y conste que describo acá una época en que aún este experimento culinario resultaba relativamente novedoso, antes de adquirir la avasalladora popularidad que ha alcanzado en la sociedad chilena en nuestros días, especialmente para la temporada de Fiestas Patrias.
Pues bien: pasarían tres largos "terremotos" antes de que mis compañeros de viaje aparecieran atrasados en el vehículo y con la todo nuestro equipaje arriba, alegando haber tenido algunos inconvenientes para salir a la hora. Así las cosas, subí al automóvil sumamente mareado, en especial por el último de los "terremotos" pues el maestro de la barra lo había cargado con una dosis muy superior de licor que la habitual, en este caso de ron, sólo por generosidad y luego de conversar conmigo unas cuantas palabras mal moduladas. Debo haberle parecido un ebrio entretenido, según deduzco.
Así pues, creo que faltaban unos quince minutos para las 20 horas cuando ya estamos en la carretera: la Ruta 5 Norte, rumbo al milagro de los desiertos en flor.
Pablo conducía con su habitual concentración y mirada fija en las luces del camino, que se reflejan como carrusel en la palidez de su rostro. La autopista también lucía entonces dramáticamente distinta de lo que es hoy: más oscura, estrecha, algo sombría, como se verían acaso los caminos hacia las tramas de un misterio literario. Yo permanezco en el asiento del copiloto, intentando pasar el mareo provocado por nuestra folklórica coctelería nacional, mientras escucho el vozarrón de Cristián invadiéndonos desde el asiento trasero. Él parece ser el más entusiasmado de los tres y si quizás yo no estuviese tan accidentalmente pasado de tragos, también habría tenido su ánimo en esos momentos.
El Desierto Florido que nos aguarda es el eco de un pasado paradisíaco de este arcano país llamado Chile; un flashback hasta los días en que todo este vasto territorio era un santuario, quizás un Edén. Los habitantes de esta franja austral de alguna manera lo sabemos: esto es un milagro de vida, un testimonio infranqueable de los ciclos del Eterno Retorno sobre el devenir del mundo. Es una maravillosa anomalía, cual mito de flor de la higuera que se aparece en la Noche de San Juan a los crédulos. Es, en otras palabras, la presencia milagrosa del símbolo de la flor en donde se supone que no debería haberla; en donde toda experiencia y razón sugieren imposible su existencia.
Milagro divino o remolino evolutivo, he ahí hacia donde íbamos aquella noche: a la aridez de un desierto chileno que, sin embargo, cede con un esfuerzo de la naturaleza a su propia condena de infertilidad, quedando transformado en campiñas florales y paisajes oníricos, como emblemas corporativos y blasones de reinos imaginarios, de países de cuentos de hadas.
Más aún, un espíritu anónimo y colectivo parece bajar durante estos días del quimérico fenómeno encarnando los desiertos vivos, rebosantes de colorido. La gente de la zona incluso decora sus casas con algunas florcitas; los hoteles, hosterías, locales comerciales y hasta los centros de servicios para viajeros o servicentros se llenan de imágenes y de afiches alusivos al esplendoroso paisaje que explota afuera, en estallidos iridiscentes de pétalos y hojas.
Ha comenzado, una vez más, el prodigio del Desierto Florido en Chile.
Pequeña pero interesante ficha informativa de la Guía Turística "Turistel". Su contenido también fue parte del material informativo que llevamos en nuestro viaje.
TRAVESÍA EXTENUANTE
En aquellas fechas, no bien salía de la ciudad de Santiago el viajero, se encallaba casi de inmediato con súbitos tacos que esperan a todos los demás aventureros en nuestras precarias carreteras de entonces, como una nota de tensión casi necesaria más que habitual. No iba a ser ésta la excepción, por supuesto.
Al ver los endemoniados atascamientos de kilómetros y kilómetros de vehículos, como una doble serpiente de luces intentando morder el horizonte perdido en la noche, sólo cabía preguntarse hasta dónde llegaban las filas y cuántas horas más quedaban en el camino. Generalmente, la vastedad era respuesta a ambas preguntas.
Mas, para viajeros duchos y curtidos en estos dolores como nosotros a pesar de nuestras jóvenes edades de entonces, el enojo y la irritación pasaban rápido con el volumen de un buen cassette o incluso sintonizando la música chirriante de estática de una estación lejana, en la radio del vehículo.
La noche es iluminada por una magnífica Luna, en tanto, reflejada sobre los parabrisas escondidos en la noche y hasta donde se logra distinguirlos.
Cerca de las 22:30 horas aún estamos en esa situación engorrosa, pero había aprovechado de devorar el contenido de un pequeño envase con arroz graneado y arvejas que ha traído Pablo desde su cocina para cada uno de nosotros, gentileza de su madre.
Por minutos me parece, sin embargo, que este atascamiento no se diluirá más. Es como la sensación de los terremotos o temblores muy violentos: parece que nunca fueran a detenerse, aunque sepamos fehacientemente que sí deben cesar en algún momento. Más bien, esto semeja a la convalecencia, al acto de tener que esperar que una enfermedad y sus malestares pasen solos. Lidiar con el instinto que nos inclina naturalmente hacia la desesperación se hace difícil, tensionante y casi angustioso. Aquella tranquilidad y calma de la que podía pavonearme hacía unas horas, se esfumó en la inmensidad de la noche estrellada.
La orientación espacio-tiempo se extravía en esta clase de situaciones. No sé si estamos cerca de las localidades de Llayllay, o bien por La Calera... O quizás más allá, en el sector llamado Nogales. Es difícil saberlo. Moverse a bordo de un vehículo en esta oscuridad, con lapsos de lento avanzar y en el paso incontrolable del tiempo, produce algunos problemas a la brújula natural de cualquier viajero sin la pericia de los navegantes de ayer, capaces de eludir el naufragio en condiciones infinitamente más angustiantes que aquellas que esa vez nos acechaban.
Sin embargo, es de noche, y la noche es nuestra cómplice. Lo ha sido por largo tiempo ya. Eso nos reconforta y nos pone a gusto. Modestia a un lado, creo que estábamos -ya entonces- entre los más experimentados viajeros que en aquellas horas cruzaban esta zona del país. Además, esos tramos de la carretera eran, a esas alturas, casi como parte de nuestro vivir.
Al fin damos con una referencia clara ante los ojos: la cuesta El Melón. Abajo queda el túnel por el que pasan los temerosos y los impacientes en sus vehículos, minúsculamente visibles desde la altura. La cuesta es nuestra: espléndida, majestuosa pero, sobre todo, gratuita. Es la primera vez, además, que recuerdo haberla pasado a esas horas de la noche. Y sin filas infernales de vehículos casi detenidos, además.
Una espesa neblina se traga la visibilidad, produciéndole a los ojos sensaciones engañosas, de falsa seguridad al no poder distinguir entre la gris nubosidad las alturas de vértigo que recorre ese hilo vial por los cerros, del paso señalado en los registros con una fría codificación RE-47, en los mapas ruteros. Un pasillo más de esta gran casa nuestra, sin embargo.
Un gran camión con acoplado permanece detenido junto al borde del abismo escondido en la neblina, claramente con algún desperfecto, a juzgar por las sombras de unos hombres le rodean en la oscuridad, alumbrados con el amarillento fulgor de sus lámparas e intentado buscar algo que sólo puede ser una inoportuna falla mecánica. Me produce un vahído extraño ver cómo el gran vehículo doble está tan cerca del vacío, a más altura de la que el mareo soporta.
La niebla del exterior me inspira, sin embargo: lleva a experimentar esa extraña seguridad dentro de nuestro vehículo, en especial después de haber visto los pobres tipos del camión a la intemperie. Efectivamente, al interior del automóvil manteníamos un grato calor ambiental, no sólo el que emite la calefacción o el propio cuerpo humano: también lo lograban la música de cintas y nuestra probada amistad de viajeros habituales.
Así las cosas, por los cerca de 20 ó 30 minutos de viaje a través de la cuesta y en esas condiciones, uno se siente atrapado en la comodidad de su mundo, mientras que afuera del cascarón sucede una realidad diametralmente distinta a la que se disfruta en tan engañosa placenta.
Siendo medianoche, faltan aún 200 kilómetros de viaje... O tal vez más. Nadie lo tenía claro hasta que, unos minutos después, estamos detenidos en una de las gasolineras de los alrededores de Los Vilos, otro sitio donde ya se nos ha hecho una tradición parar a proveernos de algunas necesidades nuestros viajes, así como ocupar los servicios al viajero. Todavía no hemos visto alguna de las flores que yacen por allí escondidas en las sombras externas, pero queda mucho que avanzar aún.
Revisamos nuestro equipaje y me permito esta pausa para tomar mis primeras fotografías de la travesía, comenzando a notar de inmediato algunos problemas en la cámara que llevo, relacionadas con el fotómetro. Aunque en aquel momento no lo sabía, ésta sería la primera de una serie de fallas que detectaría en los días que siguieron.
La estación gasolineras y de servicios de Los Vilos está absolutamente llena de vehículos y viajeros, muchos de ellos infinitamente mejor preparados para este tipo de travesía que nuestro automóvil familiar, que haría las veces de todo terreno gracias a nuestra audacia irresponsable. Realmente, se notaba allí la imagen de estación de servicio con que se ha decorado esta clase de establecimientos, dedicando su negocio al completo abastecimiento del viajero más que a la sencilla venta de combustible. Es el lugar óptimo para permitirse un descanso, pues siento la espalda como un tronco, aunque me baja un tanto la misantropía al ver a tanta gente reunida en torno a la estación y en un enorme caos. Esto parece más bien la parada de una larga y agotadora procesión pagana... Y en cierta forma, lo es.
Un perrito negro y roñoso, típico quiltro chileno de caminos, se nos acerca rogando un poco de comida a Pablo y Cristián, que mascan compulsivamente sus arroces como si fuese un apetitoso banquete individual. Dentro de los iluminados locales de la gasolinera se ve gente devorando hotdogs, sándwiches y hasta platos de restaurante. Familias completas, parejas, viajeros de todas las edades y estratos sociales, saciando sus hambres. Nosotros, en cambio, hemos desarrollado a lo largo de tantos viajes por éste y por otros territorios del país, un gran control del apetito y, por sobre todo, un gran sentido de economía con relación al tiempo y a los gastos que genera un viaje largo. Eso lo he observado sólo en otros viajeros de carreteras experimentados, así que puedo presumir que la mayor cantidad de la gente que aquí se acumula hambrienta, son relativamente primerizos.
Hacia la 1 de la noche, estamos cerca de irnos y regresar a la ruta. De pronto, unos metros más allá, un tipo a bordo de una de esas grandes camionetas que estuvieron de moda entre la clase media y media alta de nuestro país por esos días, echando marcha atrás da un seco golpe a un vehículo familiar cuyos dueños -lamentablemente para él- estaban muy cerca, los suficiente como para detener un súbito intento de escape de la escena del crimen de este mal conductor. Mientras mis amigos comen sus arroces como cabritas (o popcorn, dirían los siúticos) en el cine, observamos el desarrollo de la extraña polémica, con peligro de golpes y hasta llegada de funcionarios de carabineros incluida.
- ¡Qué suerte que no nos tocó a nosotros -no puedo evitar comentar, mientras mis compañeros de viaje asienten con la cabeza -. Un pencazo como ese nos habría liquidado todo el viaje.
Variedades blancas de la pata de guanaco, vistas durante nuestro viaje.
Alfombras de patas de guanaco blancas y moradas, al costado de nuestra ruta.
EN COQUIMBO
Inesperadamente, Cristián ha sacado de un bolso una botella de pisco y entre los dos compartimos unos tragos para el frío y la espera, mientras Pablo, manejando, se limita a mirar y percibir los humores del licor con algo de celos, reprimido en su condición de chofer intachable. Por mi parte, accedo a probar un poco del espirituoso elíxir, pues hace un rato ya se me ha pasado el mareo de los “terremotos” y no creo que esto sea abusivo.
Gastamos el aliento etílico conversando largo y tendido sobre nuestra anfitriona al interior de La Serena en el Valle del Elqui: Susana, una hospitalaria pero misteriosa mujer que nos recibió también durante el verano y cuyo estilo de vida es bastante acorde a la imagen mística y esotérica que el turismo popular le imprime deliberadamente a esta zona de Chile, aunque ella es bastante rebelde respecto de esta fama metafísica que se impregna en el valle. Hablamos más bien de lo que nos sorprende en torno a ella y a su lugar allá en el Elqui, mas no de aquello que nos procura dudas o suspicacias. Preferimos comentar su forma de vida, sencilla, sin grandes ostentaciones, tan cerca de la tierra y de la naturaleza. Tiene allí todo para ser feliz.
Mirando detenidamente hacia afuera, puedo distinguir con dificultad -casi aguzando la vista- que entre los cerros macizos de la oscuridad nocturna se salpican manchas más blancas, como matorrales. Eran las primeras flores no habituales que aparecían fantasmalmente dentro de nuestra ruta, allí, ocultas en las tinieblas. Flores blancas, puras y escondidas, como el propio secreto del Desierto Florido en el trascurrir indetenible de los tiempos.
Habíamos avanzado suficiente en pocos minutos como para creer que ya entrábamos a tierra derecha, cuando apareció nuevamente, ante nosotros, un taco gigante de vehículos, peor que cualquiera de los atascamientos que habíamos visto con anterioridad. Grande al punto de que, de un momento a otro, nos vimos en la absoluta necesidad de detenernos por completo, con motor apagado. Eso nos permite bajar del vehículo y estirar las piernas otro poco antes de volver a dar con un lugar de parada, a la espera de que en esta carretera pueda volver a circular el tráfico, por ahora detenido como la sangre en las venas de un muerto.
Así, por segunda vez en la misma noche, desconozco absolutamente el lugar del viaje en el que nos encontramos... La oscuridad, el remolino de las horas y el propio cansancio confunden. Como dice una expresión citadina chilena, en esta noche nada claro hay "entre Tongoy y Los Vilos", salvo pequeños caseríos y caletas al final de caminos polvorosos y perdidos en la enormidad noctívaga. Los parques están del lado costero, y las ciudades al interior. La carretera ahí es sólo una estría monótona, más aún en la oscuridad y la lentitud de esos instantes.
Tras probar al límite la paciencia, encontramos por fin una carretera expedita, como quisiéramos verla siempre. Y así serían alrededor de las 4 de la mañana cuando las luces de las ciudades de La Serena y Coquimbo aparecen ante nosotros, como una colmena de brillos amarillos y lejanos; acaso un reflejo de la bóveda estrellada sobre la tierra rojiza de estas regiones. Flores encendidas en enjambres, entre la oscuridad de la noche coquimbana.
El área urbana se ve despejada, no así el rojizo cielo de lluvias pendientes que ha comenzado a extenderse con inusitada rapidez sobre nuestra ruta, negándonos los brillos estelares. Y decidimos, luego de mucho andar, establecernos cerca de la salida Norte de Coquimbo, por las cercanías de otra de esas estaciones de servicio que ya antes han acogido fragmentos de nuestros principales viajes por el Norte del país.
Ciudad colonial ayer saqueada por piratas o bucaneros, hoy es nuestra parada y hospicio… Nuestro refugio de viajeros.
No soy de los que disfrutan durmiendo dentro de un vehículo, ciertamente, pero quien tenga la costumbre de viajar grandes tramos y hasta altas horas de la madrugada sabe bien que la necesidad a veces se vuelve incontenible e inevitable. En algún lado, en algún lugar, en algún secreto sitio de esas tierras de milagros de vida, está nuestro destino, y el sacrificio de una noche parecerá sólo un detalle en el mapa que se traza con esta aventura.
Éste era, entonces, el lugar indicado para iniciar una búsqueda, o acaso para terminarla... La flor de la inexistencia en sus jardines imposibles, podría esperar porque el peso de la noche, esta vez, nos ha vencido.
Un llano habitualmente árido y seco, aparece ante nosotros totalmente verde.
Pampa de Totoral totalmente florida, en fotografía publicada por "Chile a Color (Geografía)" de 1981, de Editorial Antártica. El paisaje está a la altura de los llamados Cerros Bayos, y al fondo de los mantos de flores de esta pampa se encuentra la Hacienda Castilla, cuya agricultura se sustentó en aguas de napas subterráneas.
HALLAZGOS DE VIDA
El frío de la mañana condensa nuestro aliento y empaña los vidrios, de los que cuelgan gruesas gotas de la lluvia nocturna por el exterior. Puedo ver a través de la película opaca del parabrisas un cielo sumamente nublado, que amenaza con nuevas agresiones de lluvias, como negándose a renunciar a la temporada de invierno del Hemisferio Sur.
Un viento muy fuerte agita con violencia mi cabellera enredada al descender del vehículo, y hasta parece herir mis irritados ojos aún medio dormidos, tan cansados por este corto y difícil sueño. Sin embargo, sopla con tanta fuerza que colabora en la recuperación de la lucidez, obligándome a volver en mí y olvidar si algo de cansancio me queda aún en el cuerpo.
Los azulillos, las orejas de osos y esas florcitas blancas que inician la exposición floral del desierto de Sur a Norte, deben estar balanceándose agitadamente con ese movimiento de los vientos costeros. Nos esperan; las buscamos. El encuentro no puede esperar más.
Partimos al supermercado que se encuentra cerca de la terminal de buses serenense con la intención de comprar algo de comer y aprovisionarnos para lo que ahora se viene. Una hora después estábamos ya atravesando el puente de salida de La Serena rumbo al Norte, mientras devoramos improvisados bocados en el camino. Leche, queso, pan, jugos; cosas ligeras y rápidas son suficiente por ahora. Hemos venido a cumplir con muchos desafíos, sin duda, pero no con la expectativa de comer bien.
Paulatinamente, va mejorando ese día de tan incierto amanecer. Empero, aún corre afuera un fuerte viento y las nubes flotan amenazantes, indecisas sobre si vaciarse o no contra la tierra.
Pablo y yo conocemos bastante bien este sector de la salida de la ciudad, producto de nuestros muchos viajes anteriores, de modo que advertimos de inmediato la diferencia en el paisaje cuando la carretera se ha acercado al mar. Notamos que ese sector rocoso y de aspecto originalmente estéril, adornado la mayor parte del tiempo por cactos resecos sobre tierra áspera, ahora expone un inusual verdor que lo cubre hasta la corona de sus cerros, apenas más abajo de las abundantes bandas nebulosas que humedecen sus cimas. Y allí, entre esa cubierta verde que escondía la tierra otrora seca y arenosa, veíanse manchones de amarillos, dedales de oro y otras como hadas fucsias que sólo en la imaginación hubiésemos creído posibles sobre semejante yermo. Eras nuestras flores; nuestras primeras flores nítidamente visibles. ¡Definitivamente, estaban allí!... Nuestro primer contacto con el objeto central de este viaje.
Por momentos, el paisaje se me hace desconocido y el verdor se extiende hasta la parte más alta de los montes costeros, como una alfombra colosal, majestuosa. Esto es como si la misma fotografía mental de mis recuerdos sobre esta zona, ahora me fuera expuesta retocada por un artista del paisajismo. Y no sólo del paisaje verde, sino que cada vez más colorido, más festivo. Más y más florido.
Al descender del vehículo, nos enfrentamos con todo un ecosistema impensado: animalitos diminutos corriendo nerviosos entre la biología vegetal, a veces peligrosamente cerca de nuestros zapatos. Intento sacarle algunas fotografías a estos paisajes y a esta fauna diminuta de lagartijas, roedores, arañas e insectos, pero los problemas de mi cámara continúan acosándome. Felizmente, Pablo y Cristián tienen mejor suerte con las suyas.
Sin una cámara útil, entonces, me concentro en el suelo por donde pasean raudos varios escarabajos negros, algunos con trazos o manchas blancas en sus caparazones y haciendo maratón en parejas, con el pequeño macho persiguiendo a una gran hembra, claramente para procurarse un apareamiento rápido y furtivo. Casi parecen saber que cuentan con un escaso tiempo, hasta que las flores se marchiten y desaparezcan sus jardines. A estos bichos creo que les llaman popularmente vaquitas, por sus tonalidades y diseños naturales, y huyen despavoridos cuando alguien proyecta su sombra sobre ellos, desapareciendo entre las plantas que hoy son su casa. Proporcionalmente, para ellos esto debe ser una enorme selva, habitada además por gordos lagartos que completan todo un microcosmos de vitalidad orgánica; un oasis bullente de vida minúscula, que existe tanto tiempo como puedan sobrevivir las flores del desierto.
Cristián me llama de pronto. Noto una fuerte emoción en su voz, casi infantil: ha recogido un curioso saltamontes de diseños atigrados y lo sostiene sorprendido por su tamaño y fascinante atractivo. Su textura es extraña, como el relieve de una piedra, supongo que por necesidades de mimetismo. Este tipo de criaturas me habrían parecido de veras inexistentes por esta zona de habituales piedras candentes, casi calcinadas al Sol. De pronto, sin embargo, el cautivante insecto le escupe un extraño líquido verde y urticante en las manos, y mi amigo lo deja caer con repulsión. Ha sido víctima de las trampas defensivas de esta naturaleza siempre victoriosa y salvaje.
Llega a ser difícil poder caminar entre estos campos florales de huilles y terciopelos, no sólo por el respeto que exige cada paso a estos bichos que la habitan, sino también por la propia necesidad de no pisar esas flores hermosas, que se mecen al viento soplado desde algún lejano e invisible suspiro universal, mismo que sólo hacía unos meses no levantaba de este suelo otra cosa que calor sofocante y puñados arena muerta.
En la distancia, Pablo parece embelesado por lo que descubre a cada tranco y gasta rollos y rollos de película para todo detalle de ese cuadro de ensueños que se extiende ante nosotros. Semeja un hipnotizado; un ser seducido, además, por el olor de las flores que impregna el ambiente casi como el perfume mismo de la fascinación humana. Olores suaves pero cautivantes, realmente indescriptibles.
Habría bastado esta sola sensación casi mágica e inspiradora para justificar todo este viaje y sus sacrificios.
Más bichos aparecen al paso... Un gran hormiguero asoma por allá, como una erupción de vida desde las entrañas mismas de la tierra. Tiene forma de un pequeño volcán y desde él entran y salen unas enormes hormigas negras cuyas solas mandíbulas empujan el temor de todo potencial intruso. ¿Cómo llegaron tan rápido estas hormigas hasta acá? ¿De dónde vienen? ¿O será que siempre están acá, como las semillas de las flores, esperando pacientemente una lluvia para emerger otra vez a la superficie, cada dos o cinco años? Esto me resulta un completo misterio… Un encantador misterio.
Un escarabajo meloideo o "vaquita" (Pseudomolos), en fotografía de "Chile a Color (Geografía)" de 1981, de Editorial Antártica. Estos insectos abundan en los días del desierto florido. Aunque de adultos viven entre flores, en estado larvario se alimentan de huevos de langosta y abejas silvestres.
Cactus copao, famoso en la Región de Coquimbo por sus sabrosas y suculentas frutas esféricas, rodeado de un colorido manto de pétalos morados y fucsias. Fotografía publicada por el portal de Emol.cl.
LOS DOMINIOS DEL COLOR
Estamos de viaje por países encantados de las flores. No lo duda quien ha llegado hasta allá, como nosotros. Mientras más paseo entre sus paisajes deleitosos, más me apresan y me aturden sus desenterrados tesoros. Ni siquiera esos pastiches con postales el paraíso en la tierra que reparten los folletos de los religiosos "puerta a puerta" logran a plasmar un acorde de la música silenciosa que estoy presenciando. No hay forma de representar una realidad rotunda que supera con tanta elocuencia todo talento pictórico o plástico.
Esto es como una bomba de coloridas plastilinas y acuarelas, todas mezcladas por el capricho enérgico. Flores amarillas, violetas y blancas se agitan expulsando hacia toda la creación esa exquisita fragancia, y olas de pétalos ondulan sobre el tapiz botánico, algunas de fuertes tonos anaranjados, especialmente los terciopelos y las añañucas. Uno que otro pájaro vuela entre ellas, a baja altura y como haciendo surf sobre sus océanos de iris.
Pienso, medito y observo… Quisiera que nunca terminara esa sensación de éxtasis. Esta caricia a todos los sentidos no tiene cotejo ni parangón.
Tras el andar a la deriva por los mares de flores, nos sentamos en los restos de una muralla de piedras, algo como un tambo o pirca, junto a un árbol bajo a un costado de la carretera. Poco después, al alejarme para tomar una imagen con la videocámara, descubro que forman unas líneas demasiado geométricas como para ser naturales o ruinas menores: aquellos eran en realidad los restos de una vieja casona, como tantas de esas que pueden verse en el Norte Chico de Chile, pero ahora en escombros que yacen medio sepultados por el barro arenoso del invierno sobre el que hoy crecían los campos de flores. Quizá -sólo quizá- aquél que fuera dueño de esta residencia en ruinas, se estableció allí motivado con el objetivo de encontrase habitando en medio del fenómeno que hoy presenciamos nosotros, en lo que fuera su lugar hasta hace, cinco, diez, cincuenta o cien años. Quién sabe. Poco puede deducirse de los restos que allí quedan.
Por cierto, un alto de textos, revistas y reportajes nos acompañan con nuestras provisiones y abastecimientos, todos ellos relacionados con el Desierto Florido. Cada fragmento de nuestro archivo trae alguna información útil a este viaje. Además, algunas ciudades adyacentes a estas comarcas saben explotar el fenómeno y han sacado guías especialmente producidas con el tema. De hecho, al entrar a los límites de la región atacameña, un enorme cartel presenta el lugar al viajero como el territorio “donde florece el desierto". Y las flores que observamos son las mismas de nuestros impresos y guías: no hay necesidad de mentira ni exageración en esta propaganda.
Siendo más de 200 las especies que pintan de color el Desierto Florido, podíamos reconocerlas claramente en nuestros catálogos y archivos. De las muchas a nuestro alcance en esos minutos, por ejemplo, vemos algunas violáceas como las patas de guanaco y los huilles, hermosas estrellitas amoratadas de seis pétalos y una infinidad de formas y dibujos. La naturaleza ha hecho alardes de creatividad extraordinaria en estos diseños.
Otras flores abundantes son propias de una planta que parece arrastrarse por el suelo caliente: crecen en forma de cuerno o trompeta y con un aspecto parecido al que he observado en los documentales sobre plantas carnívoras, sin serlo. Son las orejas de zorro, de colores oscuros pero cubiertas de una capa de pelos blanquecinos que corren en dirección hacia el interior de la flor, haciendo que las moscas que llegan a ella atraídas por su fuerte olor a carne descompuesta, caigan en esta trampa dificultándoles salir hasta que la flor se marchita y muere. Sólo entonces, las moscas y otros bichos salen volando cargados del polen de la planta, esparciéndolo entre las otras de su especie. Aunque no crece en praderas alfombradas como las otras flores que vemos, pudimos observar una gran cantidad de estos extraños ingenios naturales decorando el hermoso y alucinante Valle del Encanto, una quebrada cercana a la ciudad de Ovalle y declarada Monumento Nacional, donde el observador pasea y acampa contemplando grabados petroglíficos y otras muestras arqueológicas del año 2.000 antes de Cristo, presumiblemente de la misteriosa cultura de El Molle, en medio de una verde zona de camping cercada por la descollante belleza del paisaje y rodeada de cerros rocosos con formas primigenias.
Durante esta jornada, observamos también a la bellísima alstroemeria creciendo principalmente a los pies de los grandes cactos, como si se guarecieran intencionalmente entre sus furiosas espinas, buscando su protección. Estas maravillosas flores son especies herbáceas sin comparación: en su centro tienen colores amarillentos y suelen presentarse en muchos otros tonos con el lila por color dominante. Hay una variedad rojiza que la gente llama con el sugestivo nombre de mariposa de Los Molles, sugerente asociación que se debe a su notable forma y a la distribución de sus pétalos. Mientras más las encontramos, más nos convencemos de que procuran refugio entre los cactos de los cerros, tal vez cuando las alambradas de espinas atrapan las semillas diseminadas por los vientos. Os sugiero contemplar esta maravilla de nuestra tierra alguna vez en la vida: sólo mirándolas se tendrá un esbozo de la sinceridad de este consejo.
De las especies más populares y representativas en el Desierto Florido, destacaban sin atisbo de duda las extraordinarias añañucas amarillas y albas, cuyas flores se alzan sobre el suelo como campanas de duendes que buscaran saludar al cielo. En cambio las añañucas de color rojo crecen, según mi impresión, en zonas más altas que las variedades de color claro, especialmente en las laderas de los cerros y los costados de las cuestas cercanas a la costa. Su visión es una expresión de verdadera poesía flanqueando caminos de roca y senderos estrechos que invaden el paisaje agreste.
Los terciopelos, por su parte, son las coquetas flores que dan el grueso del color amarillento al espectáculo visual. Se acumulan en verdaderos racimos con forma de trompetas pequeñas, indescriptiblemente hermosas. Algunas otras variedades que observamos de esta flor tenían tonos de anaranjados y hasta marrones. Algunos lugareños las llaman también cartuchos, supongo que por su forma tubular.
Entre las flores blancas más abundantes, si mal no recuerdo dominan las postales los llamados carbonillos. Los azulillos, en cambio, vencen al clima en vastas zonas luciendo como tapizados florales de aspecto cianoso y de impactante atractivo cromático. No me extrañaría que correspondan a uno de los colores azules más cautivantes que la naturaleza haya concebido, luego de las esmeraldas y las turquesas. Sólo el azul profundo de la bóveda celestial en el Elqui y ese pedazo de su cielo que cayó sobre las minas de roca lapislázuli al interior de las localidades Combarbalá y Monte Patria, podrían comparárseles. Las crónicas coloniales cuentan que los indígenas locales llevaban grandes cantidades de curiosas piedras azules como regalos o trueques para los primeros españoles que llegaron a estas tierras. Estas flores son, quizás, el reflejo botánico de aquellas piedras misteriosas, hoy fundidas con el paisaje.
Orejas de zorro. Fuente imagen: veoverde.com.
Variedades rosáceas de la flor alstroemeria o mariposa de Los Molles, creciendo entre cactos costeros. Imagen publicada en el sitio Ecolyma.cl.
EL VALLE DEL HUASCO
Hemos sabido durante esta misma aventura, que una parte muy importante de las flores que engalanan al Desierto Florido crecen en los alrededores del cañadón del río Huasco, en la Región de Atacama. Necesitamos confirmarlo, por supuesto: somos cosarios de tierra buscando tesoros en imágenes. Nos enteramos también que, por la costa de esta zona, habrían ejemplares de la hermosa garra de león, que crece en colonias redondas de flores de un rojo fulgurante, pero lamentablemente cada vez más escasas.
A mayor abundamiento, la garra de león corresponde a una variedad muy particular de las alstroemerias, y fue catalogada cerca del año 1870 por el ilustre naturista de origen alemán Rodulfo Amando Philippi. Tal es su belleza que muchos coleccionistas la apetecen sin piedad ni consideración ética. Me recuerdan las flores de las plantas cardenales: colonias de florescencias menores agrupadas en una forma esférica. Hasta entonces, no habíamos visto ninguna de ellas, ni sabido de alguien que las haya encontrado en su tallo etéreo, como la punta de una vara mágica. Queremos hallarla, y partimos tras su huella. En algún sitio debe haber una garra de león guardando el secreto de su infalible hermosura. Nuestra intención es respetarla en su estatus de peligro de extinción, sin embargo, haciendo estricta obediencia a las guías turísticas que casi suplican no cortarlas. Sería un gran logro poder ver una de ellas y captarla con nuestras cámaras atrapando su imagen.
Camino a Vallenar se encuentra otra postal del paraíso: un mar ondulante de pequeñas flores amarillas y lilas que crecen prendidas a largas espigas oleando al viento. Un viento que ya circula tibio a aquellas horas, bajo el Sol que se asoma entre las nubes un tanto disipadas, cada vez más fundidas con el azul celestial. Vemos incluso algún solitario caballo que permanece pastando entre esta alfombra vegetal, suficientemente alta para cubrirle completas las estilizadas patas, viéndose así como si su cuerpo mutilado y espectral flotara sobre los prados.
Intento obtener las últimas fotografías del rollo, pero siento con horror mientras manipulo la cámara, cómo éste se corta dentro de la misma y me deja imposibilitado de sacarlo al aire libre y con la luz del ambiente. Eran, por supuesto, los días en que aún resultaba un lujo oneroso contar con una cámara digital como las que ahora son tan populares y accesibles.
Así pues, finalmente, luego de velar por accidente todo el rollo intentado rescatarlo, entro en un ataque de ira contra esta maldita cámara que tantos problemas me ha causado desde que la tengo y con particular crueldad durante este viaje. Monté en cólera y la destruí contra una roca que encontré entre las flores. La verdad es que la hice añicos, ante las risas nerviosas de mis acompañantes... Y unos minutos más tarde, quedaba abandonada dentro de una bolsa en la estación de servicio de la entrada a Vallenar. Fue el trágico y abrupto final de una difícil relación.
Son cerca de las 16:30 horas y sostengo casi como un juego cruel un trozo del lente de la destruida cámara, mientras observo a través de él este extraño paisaje en las riberas del río Huasco, camino hacia la costa del Pacífico… Un escenario vasto e imponente, sobre el cual el Sol deja caer sus rayos radiantes, aunque aún con lapsos de dificultad.
El sendero es sinuoso y a ratos en muy mal estado, aunque se percibe como un típico camino rural donde el asfalto nunca es extrañado durante un buen viaje. Por la tierra pasan corriendo esos mismos escarabajos negros que vimos poco antes, y son tan vistosos que intentamos esquivarlos cuando cruzan el sendero con su pequeña imprudencia, pasando temerariamente cerca de las ruedas del vehículo.
Hay algo de humedad allá afuera, y junto al río se elevan grandes cintas verdes con aspecto de juncos o totoras de ciénagas, como las que he visto también en algunas zonas de La Serena. Son suficientemente altas para tapar la vista del río abajo, cuyo escaso caudal permanece casi perdido dentro de este cañón que ha sido excavado por los millares de años en que ha corrido por él la corriente del Huasco, lleno de vida, y lleno de generosidad por la vida de otros.
Al llegar al sector de Huasco Bajo, pasando nuevamente por un caserío de calles parcialmente asfaltadas, nos desviamos hacia el Norte. Es la dirección en que, según suponemos con buenos argumentos, podremos encontrar algún ejemplar de la esquiva garra de león y otras de las flores más espectaculares de la temporada del Desierto Florido. A esas alturas, mi amigo Pablo hubiese vendido el alma al Diablo por una fotografía de la rojiza maravilla. Lo advierto por la obsesión con que la busca en el paisaje, inspeccionando cada rincón con la vista; esculcando fugazmente escondrijos aun cuando sigue atento a la conducción.
El camino hacia allá, sin embargo, es de aspecto mucho más rural y campestre que los anteriores. La civilización no parece haber llegado completa hasta esas zonas, a juzgar por las marcas del suelo, que se me figuran como de carretas viejas, tan viejas y tradicionales como las rejas de empalizadas que contornean la ruta a ambos lados.
Entramos a un sector entre los cerros aún sin volver a divisar el océano. A lo lejos, sin embargo, se ve una gran aglomeración de personas, vehículos y volantines. Nos asombra y confunde: ¿Qué será? Parece un espejismo causado por el aislamiento, sobre la altura de un pequeño cerro. Se veía cada vez más colorido mientras nos acercábamos, con muchas banderas chilenas, toldos pajizos y niños jugando, pero aún no identifico lo que veo.
- Es la Fiesta de la Pampilla en una versión local -me comenta Cristián mientras nos detenemos entre los innumerables vehículos que allí están estacionados-. Es la celebración más tradicional de las Fiestas Patrias por estos lados
- ¡Vamos, pues! –exclamo sorprendido- ¡Si hasta había olvidado que estábamos en plenas Fiestas Patrias!
Un gran tumulto entra y sale de los tendales instalados en el recinto. No obstante, la cumbia que suena desde sus ramadas y fondas está muy lejos de ser realmente folclórica, por mucho que se llene de banderitas chilenas en toda la decoración. Eso es muy típico de nuestra idiosincrasia, un poco hipócrita. Caballos, taca-tacas y el fuerte olor de los asados dominan el lugar; los niños corren jugando sobre los pastos que lo cubren todo, hasta donde da la visión, pasando entre las flores que pueden verse allí pues el lugar es más bien un momentáneo vergel gracias a la misma virtud de las lluvias pasadas que también llenó de flores el entorno. En lugar de este pasajero campo, además, encontramos miles de pequeños gusanitos negros que viven entre el pasto, como otra huella latente y palpitante de vida entre los reinos del Desierto Florido.
Ha sido éste el único sitio de nuestro viaje en donde verificamos que el hombre ha logrado superar en colorido al paisaje, y donde cientos de banderas y guirnaldas dieciocheras flamean con sus tres colores al viento atacameño. Las escarapelas se abren como flores de papel ante la mirada de un Sol de fiesta y festejo "a pasto verde", literalmente, para que los comensales bailen su cueca de zapateos mudos entre una y otra cumbia.
Estamos en Fiestas Patrias, por la huifa y ripios de caramba ay sí. Así que salud, entre los reinos de las flores… Nos hará bien esta pausa en el viaje.
Caballos pastando entre el verdor de los llanos, en 1997.
AÑAÑUCAS Y VÍRGENES
En dirección al Norte que estamos tomando, ha de encontrarse en los mapas el curioso poblado de Carrizal Bajo. Según nuestros cálculos, el lugar nos saldría al paso más o menos hacia el final de la luz que podrá ofrecer este día al viajero. Queríamos poner los pies, además, en esa famosa caleta que tan conocida se hiciera en los años ochenta, cuando se descubriera en ella un espectacular desembarco de armas para grupos subversivos que se habían propuesto derribar por la fuerza al Régimen Militar, en un proyecto que fracasó de manera estrepitosa y por circunstancias aparentemente absurdas, según se ha sabido después.
Camino a este lugar se encuentran también unas cavernas naturales en la orilla del sedero principal. Este tipo de formaciones son relativamente corrientes en la zona, y fue justamente en una de ellas que los subversivos establecidos en Carrizal Bajo ocultaron las miles de armas rusas que habían ingresado al país. Las cuevas que se hallan al Norte del Huasco parecían formadas por derrumbes, y se veían bastante limpias e intocadas. Puede que sea extraño que haga esta última observación, pero de seguro si tales grutas hubiesen estado cerca de alguna gran ciudad, se habrían encontrado llenas de botellas vacías y probablemente hasta fecas humanas. Siempre es igual.
Frente a las cuevas rocosas de este sector se eleva una alta duna, sobre la que crecen las mismas flores que en todo alrededor, especialmente añañucas y terciopelos. Buscándolas entre los manchones verdes que brotan sobre las arenas y los muchos cactos, pasean mis dos amigos llegando hasta la punta de la duna. Parecen dos niños felices, tan alegres y entusiasmados como aquellos que acababa de ver en la pampilla dieciochera, de modo que debo gritarles en tono de reclamo para que bajen y aprovechemos la poca luz natural que nos queda para completar este tramo del viaje. Poco consigo, sin embargo: el embrujo del paisaje los tiene absortos por un buen rato más.
El camino va bordeando las playas de este sector, más allá, con tramos de costas casi vírgenes en aquel entonces, milagrosamente ajenas a la basura y la mugre de los malos viajeros, aunque calculo que no por mucho tiempo pues ya en esos días se planificaba la construcción y mejora de carreteras costeras que pasarían por allí, delineando gran parte del litoral nortino. Por mientras, esto parece el sueño de un expedicionario: las playas son paradisíacas, con atardeceres de cuadro al óleo. La marea se ve increíblemente calma, bajo un cielo de sueños en los lapsos crepusculares próximos a las 18 horas de la tarde.
Los colores más rojos aquí no son de garras de león, sino proporcionados por una exquisita variedad de la flor de la añañuca, de color escarlata y a veces naranja rojiza, que crece orgullosa y arrogante sobre el arena. Es llamada, además, flor de la sangre por razones que parecen obvias a la vista, aunque los científicos la identifican como la Rhodophiala phycelloides.
La tradición popular explicó por largo tiempo y a su modo la existencia de esta bella especie floral. Una leyenda dulcemente recogida y descrita por el investigador Oreste Path, dice que en el sector conocido como Monte Rey (hoy Monte Patria) vivía una hermosa princesa indígena llamada Añañuca, que se enamoró de un minero con alma de viajero que pasaba por el pueblo buscando un tesoro. Él también se encantó con la muchacha, permaneciendo a su lado hasta que, durante el sueño, un gnomo le reveló el lugar en donde se encontraba su tesoro perdido, tras el cual partió con la incumplida promesa de regresar a los brazos de Añañuca. Nunca sucedió esto, y la doncella murió de dolor y soledad, esperando. Los lugareños la enterraron y esa noche llovió torrencialmente. A la mañana siguiente, toda la región estaba tapizada de esas flores rojas que vuelven a salir al final de cada lluvia, subsistiendo por el resto de la temporada de las camanchacas. Son ellas: las añañucas, cuyo atractivo sólo es proporcional al sufrimiento que les dio el soplo de vida según este bello mito.
La alfombra floral llega hasta el borde de la playa, señalando el límite de las mareas. En ellas pueden verse todos los colores y formas imaginables de la flora que convive con la añañuca: campanas, estrellitas, chispas y escobillas de colores. Muchas también tienen la descrita costumbre de crecer entre los cactos, a los pies de las rocas y de los matorrales. No vemos, sin embargo, la garra de león. En su lugar hay, si no me equivoco, ejemplares de las flores conocidas como lenguas de loros o la Chloaea bletioides de los científicos.
A todo esto, ya me llama mucho la intención el que tantas flores del Desierto Florido tengan nombres con referentes zoomórficos, casi como lo hacían en estas mismas zonas las culturas Diaguitas y El Molle en la inspiración de las formas y alusiones de sus artesanías: pata de guanaco, mariposas de Los Molles, orejas de zorro, lenguas de loro, etc. Hay allí, quizás, algún ancestral impulso o un arquetípico recuerdo totémico de adoración zoológica, similar a la que se desprende de los cultos originarios.
Tal vez, todo esto no sea más que sólo el fulgor de inspiración de los hombres que han sucumbido a la grandilocuencia de la naturaleza, por estos reinos maravillosos.
La hermosa flor añañuca, en imagen publicada por sindramas.cl.
ENTRE MAREJADAS NOCTURNAS
Y la garra de león, en tanto, ¿dónde está? Esta flor sí que se está volviendo inexistente, aunque me ha permitido un pequeño golpe de suerte: buscándola afanosamente en el borde costero, he encontrado por accidente un sitio en donde abundan los ejemplares del cacto copiapoa, la Copiapoa delbata o de Carrizal, de forma redonda como tambor y que crece a poca altura del suelo, con colores claros y espinas cortas. Está en serio peligro, tal como la misma garra de león, y -hasta donde recuerdo- sólo lo he encontrado antes con esta abundancia en un pequeñísimo tramo de la Ruta 5 Norte camino a Copiapó; en ninguna otra parte la he vuelto a ver  con estas mismas concentraciones de especímenes.
Una de las especies de la copiapoa fue descubierta por Philippi, llevando su apellido. Como es el mismo descubridor de la garra de león, sentimos que, al menos "semánticamente", estamos cerca de ella. Su hallazgo fue hecho precisamente en el sector de Carrizal Bajo, por lo que nos aproximamos al escenario de grandes eventos científicos.
La noche cae más rápido de lo que hubiésemos creído, empero, y esta vez nos sorprende en un momento muy prematuro del viaje, cuando ya estamos llegando a lo que queríamos dar por destino de esta jornada. La oscuridad ya se ha posesionado de todo el paisaje exterior y de cada uno de sus rincones. Las olas revientan en la mediana distancia, susurrando un canto de brisas marinas que lleva miles de millones de años, sonando ininterrumpidamente en esos territorios perdidos, como una melodía de Génesis haciendo ecos eternos en las Eras del tiempo sin tiempo.
El pueblo, allí ante nosotros, tiene un aspecto terrorífico, aguzado por las tinieblas de Atacama. Parecía estar sumido en un apagón o algo parecido, bajo la oscuridad más absoluta, como si no hubiese iluminación pública alguna. Y no sólo eso: durante todo rato que paseamos por sus calles, no vemos personas, sino uno que otro perro asustado con la presencia de tres extraños.
Esto ocurre, por singular contrasentido, en dichas fechas de flores y festejos patrióticos. La razón se halla allí misma: la gente de Carrizal Bajo prefiere marchar en masa hacia el interior de la región, a celebrar las fiestas como mandan las ansias, dejando tras sí el aspecto de una caleta abandonada, con las ventanas tapadas y las fachadas de las casas irreconocibles. Sólo encontramos algunas almas al entrar a un viejo y oscuro almacén, para comprar algunas cosas y preguntar si, efectivamente, estábamos en Carrizal Bajo y no en un pueblo fantasma que durara sólo unas cuantas horas hasta antes de que vuelva a salir el Sol, o peor aún, en un delirio de nuestra imaginación alborotada por el cansancio y la estimulación floral.
Confieso que pocas veces he vuelto a tener una sensación tan extraña como la que experimenté allí esa noche, donde sólo el ritmo de las marejadas nocturnas interrumpido por los ladridos de perros invisibles e imaginarios llantos de espantajos, cortaban ese silencio funerario  del pueblo. Su vetusta iglesia de belleza siniestra e intimidante marcaba la entrada a la caleta y desde su interior, con aspecto de antiguo monasterio olvidado por la humanidad, salían algunas luces de fulgor ígneo, como de velas o antorchas. Ni una sola figura de carne y hueso se observa dentro; sólo las ánimas incorpóreas del paso del tiempo y del aparente abandono.
No sé si sería por el estado de nuestros nervios y los engaños de la inteligencia perturbada, pero aquella vieja construcción se veía entonces realmente terrorífica, como una mansión habitada por espectros del recuerdo. Hermosamente temible, mejor dicho, como el escenario de un cuento de Poe.
Mientras recorremos este lugar arcano, nos encontramos de pronto en una superficie texturada bajo nuestros pues, como de minúsculos adoquines oscuros. Avanzamos por esa calle y llegamos súbitamente a la orilla de un negro océano. Alcanzamos a detenernos casi encima: un metro más nos habría costado una caída en esas aguas negras.
No sé cuánta profundidad pueda tener esa parte del borde costero, pero en la oscuridad la percepción varía y lo que es potencialmente peligroso adquiere dimensiones monstruosas de amenaza consumada, exageradas por la sobreexcitación de los sentidos.
- Nunca había sentido tan encima la noche –comentó en aquel momento Pablo, mirando la majestuosidad del infinito como si éste amenazara con desplomarse sobre nosotros. Mas, no tuve comentario para contestar su intento de iniciar una conversación y romper el tenso silencio.
Sin embargo, aquel episodio no sería lo más atemorizante que los asechaba aquella larga, larga noche de septiembre.
Cuevas y grutas naturales al Norte de Huasco, por el camino costero.
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