domingo, 29 de abril de 2012

PENAS Y SECRETOS DE LA DESAPARECIDA MANSIÓN MONTT DE CALLE ARTESANOS

Coordenadas: 33°25'50.56"S 70°39'8.59"W
Soy un convencido de que la ribera Norte del actual Barrio Mapocho estuvo contemplada alguna vez para la idea de crear un barrio sanitario similar al que precede al Cementerio General y de la misma manera que la ribera Sur, por el lado de la ex Cárcel Pública, fue destinada a barrio policial. La presencia de edificios como el ex Policlínico de la Caja del Seguro Obrero (hoy Centro de Salud Norte), del Instituto de Higiene y sus instalaciones (Cuartel Borgoño de la Policía de Investigaciones) y el Desinfectorio Público (desaparecido), confirman que existió al menos un interés por mantener en cierta cercanía espacial ciertos organismos e instituciones vinculadas a la salud pública, aunque el carácter comercial-popular del barrio, especialmente por el Mercado de La Vega, La Vega Chica y la feria Tirso de Molina, terminó desplazando estas intenciones.
Hasta hace muy poco, en el otoño del año pasado, en el mismo vecindario existía una hermosa casona deshabitada y parcialmente en ruinas esperando su hora de rescate o la de muerte, siendo esta última la que finalmente tocó sus viejas puertas: la Mansión Montt de calle Artesanos llegando a Independencia, justo atrás de la Piscina Escolar de la Universidad de Chile y muy cerca del ex Instituto del Higiene, a cuya administración perteneciera por muchos años. Antes de eso, además, había sido propiedad del conocido Presidente de la República que le daba su apellido.
Presidente Pedro Montt Montt.
La residencia vecina a los antiguos terrenos usados como talleres y guarderías de tranvías de la Compañía del Ferrocarril Urbano, cuyos galpones pertenecen desde los años cuarenta a La Vega Chica, había sido la casa del futuro Presidente Pedro Montt Montt (1906-1910), el mismo del que ya hemos hablado a propósito del origen del trago nacional cola de mono y de la Casona Montt de la calle Merced, Monumento Histórico que no debe ser confundido con éste. Su estilo neoclásico y su aspecto simétrico con ventanas de arcos y alero sobre la entrada, son propios de fines del siglo XIX, no existiendo información exacta sobre cuándo fue levantada ni quién fue su arquitecto. Son dos pisos de sencilla pero elegante influencia europea, diría que principalmente francesa, aunque se encontrara en medio de un barrio que siempre fue popular territorio de rotos y gañanes a orillas del Mapocho.
La mansión tenía dos accesos exteriores al terreno, señalados por grandes rejas de portón, y contaba con un aristocrático jardín con palmeras y árboles, por el que pasaba un sendero adoquinado en forma de letra C, cuyos extremos tocaban las señaladas entradas desde la calle. Con el tiempo, se le habían agregado edificios adicionales para diversos usos, algunos atrás, otros a los costados y también uno adelante que llegó a ser más grande que la propia casona y de cuya función sanitaria ya hablaremos. También existía una antigua gruta con una efigie de la Virgen María junto al acceso del costado más oriental, a los pies de una palmera. Hasta sus últimos días, era posible ver en algunas noches, velas encendidas en los candeleros de esta grutita.
No se sabe bien cómo fue que la mansión y el terreno pasaron a propiedad del Estado a través del Instituto de Higiene y más tarde del Ministerio de Salud. En el único estudio disponible sobre la casona y realizado el año 2006 con la esperanza de que pudiese ser declarada Monumento Histórico, "La ex–residencia del Presidente Pedro Montt Montt en la comuna de Independencia: condición patrimonial, estado actual y argumentos para su conservación", dicen los académicos Patricio Duarte Gutiérrez y Antonio Sahady Villanueva que este traspaso al servicio de salud pública pudo deberse, por un lado, a que don Pedro no dejó descendencia y, por otro, a que había formado parte del Comité de Sanidad desde 1887, por lo que pudo disponer de la trasferencia de la casona para cuando falleciera, acontecimiento ocurrido abruptamente en su gira por Europa durante los días del Centenario Nacional.
Fachada de la casona, ya en sus últimos días.
Vista aérea del recinto antes de la demolición, con imagen de Google Maps: 1) La mansión; 2), 3) y 4) Edificaciones secundarias no originales de la residencia, antes usadas como habitaciones, laboratorios y portería-control; 5) y 6) Accesos y salidas desde calle Artesanos.
Vista del interior de la casa, poco antes de su demolición.
Aparentemente, fue durante este servicio a la salud pública que se construyó o habilitó al frente y contra la calle una edificación menor, ubicada justo entre sus dos accesos y dentro del mismo terreno. Aunque era de un piso, constituía un gran bloque que dificultó la vista de la casona desde calle Artesanos y en parte contribuyó también al desdén y desconocimiento que existía sobre la mansión, muy oculta tras estas estructuras. Según las consultas que realicé a los cuidadores y antiguos vecinos del barrio, esta construcción fue ocupada por los viejos laboratorios y algunas habitaciones de alojamiento del servicio sanitario que acogió.
Su principal uso en servicios sanitarios fue como lugar de cobijo y atención para mujeres marginadas y prostitutas afectadas por enfermedades de naturaleza venérea. De ahí que contara con cuartos para asistirlas y un laboratorio para tratar estas infecciones de transmisión sexual de acuerdo a los conocimientos de la época y a procedimientos que hoy sonarían torturantes. Muchas historias de sufrimiento, marginalidad y dolor se ocultaban tras esos murallones, entonces, haciéndose cargo de las consecuencias de un importante problema social de esos años. Y debe recordarse, además, que en la continuación de calle Artesanos al otro lado de Independencia, en calle Borgoño, se encontraba también el Desinfectorio Público, otro importante servicio también orientado a dar lucha frontal a la clase de problemas sanitarios de las clases más pobres, lo que abona a mi teoría de que este lado del barrio formaba parte de un plan de infraestructura e implementación sanitaria.
Ya cerca de jubilar sus servicios en favor de la salud, hacia los ochenta, la ex mansión pasó a ser un internado para acoger niños y jóvenes contagiados con VIH, cumpliendo así con el que fuera, quizás, la más dramática de sus funciones. Terminado este período, fue enajenada de la propiedad estatal y pasó a manos privadas, de seguro siendo ya prescindible e innecesaria para las demandas actuales de la salud pública.
La mansión permaneció cuidada por inquilinos y sus perros por largo tiempo. La última de ellas fue una conocida señora del barrio, que permitía también usar algunas de las dependencias al frente, donde habitaba, como bodega provisoria para algunos comerciantes del sector. La comunidad de floristas de las pérgolas y los trabajadores de La Vega Central y La Vega Chica conocían bien este edificio y contaban con cierto acceso al mismo, aunque siempre rondaba el temor de que no quedara mucho a la casona: a pesar del esfuerzo realizado por los académicos Duarte y Sahady, el estado de la residencia era calamitoso y ya en sus últimos años, el deterioro y la falta de mantención le habían dado un cariz siniestro, como de mansión endemoniada: vidrios rotos, excrementos de paloma y kilos de polvo eran lo único que habitaba sus muros agrietados y sus pisos.
Grutita de la Virgen de Lourdes en los jardines, cerca de uno de los accesos.

Vista del terreno con la mansión ya demolida.
La palmera del jardín, ya sin la grutita mariana que la acompañaba.

Pasados los días de festejos del Bicentenario de la República, hacia fines de 2011, comenzó a expandirse el rumor de que la casa sería demolida para abrirle paso a proyectos comerciales. Visité la mansión por última vez hacia marzo del año siguiente, cuando tomé algunas fotografías que aquí publico gracias a la generosa autorización de la cuidadora, pues justo me encontraba terminando mi libro de formato digital "La Vida en las Riberas: crónica de las especies extintas del Barrio Mapocho" y me interesaba saber por el destino de la propiedad. Además de ganarme el mordisco de uno de los varios perros que cuidaban el terreno interior, fue traumático confirmar que la casona, efectivamente, sería echada abajo y que ya habían comenzado demoliciones menores de recintos dentro de la propiedad. La cuidadora, de hecho, estaba a la espera de la orden para abandonar el lugar.
Para el mes de julio siguiente, la destrucción estaba consumada y fue feroz: sólo el senderillo curvado que cruzaba el jardín y algunas palmeras fueron perdonadas. Ni siquiera la vieja gruta sobrevivió, y todo rastro de la casa fue eliminado. Nada quedaba ya por hacer. Hasta los otrora bravos perros, ahora dormían afuera en la vereda, vulnerables, abandonados y separados por una simple y funcional reja de lo que antes había sido su cómodo y espacioso terreno de residencia. El sitio todavía luce así, al momento de escribir estas líneas.

Sería fácil arrojarse contra los propietarios y quienes timbran el destino de estas viejas casas, pero la verdad es que su suerte parecía estar echada desde mucho antes, tanto por el deterioro y la destrucción acumulativa de la residencia, como por la ignorancia de la sociedad chilena sobre su historia, sobre el valor de su presencia en el barrio y, sobre todo, sobre los sufrimientos y tragedias humanas que se refugiaron dentro de este lugar al servicio de la salud, del que ya no queda un solo ladrillo, pero que tuvo alguna vez el mérito suficiente para ser propuesta como Monumento Histórico Nacional, aunque el interés llegó demasiado tarde para conjurar su triste fin.

3 comentarios:

  1. Y yo pienso que si fuese monumento histórico, le pasaría lo mismo que a la cervecería Ebner.

    Me da mucha pena, somos un país sin memoria.. snif

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  2. Impactante ver que la construccion no existe , un cantdad infinita de recuerdos corren por mi mente ahora yo conoci la casona por el año 2001 cuando era parte de una emergente compañia de teatro , en sus salones ensayabamos y ocupabamos varias de sus habitaciones como bodega , para guardar nuestro vestuario , utileria y parte de nuestra precaria escenografia , recuerdo que el lugar se poco a poco se venia a abajo , el olor y la mugre eran bastante detestable era como se respirara la muerte por cada uno de los rincones .... nosotros montabamos una obra que trataba el tema del vih .
    se agradece el esfuerz por rescatar la memoria

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  3. hola! me pareció muy interesante la crónica, quisiera saber si es que tienes mas información de la vega chica de cuando esta pertenecía a los tranvías, o ferrocarril urbano, estoy haciendo mi titulo sobre eso y quisiera saber si tienes mas información o el lugar donde puedo obtenerla gracias

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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