jueves, 8 de marzo de 2012

CARLOS PEZOA VÉLIZ: EL POETA SOBRE SU ESTRELLA FUGAZ

Si Carlos Pezoa Véliz hubiese llegado a la adultez y superado la barrera de los treinta años, probablemente habría sido merecedor del Premio Nacional de Literatura, pues muchos de su generación y de sus propios círculos intelectuales resultaron galardonados: Augusto D'Halmar, Víctor Domingo Silva, Samuel Lillo Figueroa, por ejemplo. De hecho, en las fotografías que sobreviven de Pezoa Véliz, suele aparecer siempre con algunos de sus entonces jóvenes colegas, posteriormente premiados. Pero el destino no le dio la vida suficiente para recibir ninguno de los grandes galardones de las letras, para los que probablemente también, habría llegado a ser nominado internacionalmente considerando la calidad del currículo que logró reunir en su corta existencia y sin haber alcanzado jamás a publicar un libro.
Carlos Pezoa Véliz nació en Santiago el 21 de julio de 1879, a inicios de la Guerra del Pacífico. Su padre fue un ciudadano español de apellido Moyano que estaba residiendo en Chile y tuvo una relación libre con una modesta costurera llamada Elvira Jaña, de la que nació el niño, Carlos Enrique Moyano Jaña. Puesto en adopción, fue acogido por un matrimonio capitalino sin hijos y que ya frisaba la vejez, compuesto por don José María Pezoa y doña Emericia Véliz, quienes lo reconocieron y le dieron sus apellidos. Según la versión de Raúl Silva Castro, sin embargo, Carlos habría sido en realidad el hijo legítimo de don José María y su esposa, que se habría llamado Emerenciana, de modo que ya tenemos algunas neblinas sobre la vida del autor desde su propio origen.
Su infancia fue dificilísima, llena de carencias y vulnerabilidades. Solía vagar por las noches, o alojar en casas ajenas. Al carecer de calcetines, se envolvía los pies con trozos de periódicos para capear los días fríos. Aún así, estudió por su cuenta en el Liceo San Agustín y el Instituto Superior de Comercio. En sólo un año, había rendido ya los exámenes para obtener el bachillerato. También se hizo aprendiz de zapatero, practicando por un tiempo el oficio y más tarde calando sandías en un puesto del mercado.
Sin embargo, producto de las graves tensiones fronterizas con olor a guerra que se suscitaron entre Chile y Argentina por la posesión de la Puna de Atacama y los valles cordilleranos de vertiente al Pacífico en la zona austral, el muchacho corrió a enrolarse voluntariamente en la Guardia Nacional en 1898, abandonando sus estudios sin terminarlos jamás. Quedó asignado en el Tercero de Línea y obtuvo allí un pequeño empleo dentro del Ejército. Lástima que su patriotismo no iba a la par de una personalidad disciplinada y solemne: fue dado de baja poco tiempo después, "por incompetencia para llevar la documentación".
Antes de terminado el siglo, consigue un empleo como auxiliar en la Escuela San Fidel de Santiago. Sin embargo, su fama de bohemio y sus aventuras nocturnas de hombre vividor, le pasan la cuenta y fue expulsado. A la sazón, su única otra actividad era como colaborador del "El Búcaro Santiaguino", que publicaba algunas crónicas y versos suyos, pero su estilo de vida indisciplinado y noctámbulo reñía con las permanentes carencias económicas en las que se hallaba.
Hacia 1900, comenzó a escribir en otros diarios, como "El Chileno". Solía usar entonces el pseudónimo de Juan Bío Bío, de preferencia, aunque tuvo otros como Juan Pereza, Pedro Gringoire, Juan Chambergo, Véliz Nilis, Juan Cachimba, El Acriminao y Morucho. Uno de los más famosos poemas suyos surgidos en esta relación es "Nada", publicado en el periódico "Luz y Sombra":
Era un pobre diablo que siempre venía
cerca de un gran pueblo donde yo vivía;
joven, rubio y flaco, sucio y mal vestido,
siempre cabizbajo. ¡Tal vez un perdido!
Un día de invierno lo encontraron muerto
dentro de un arroyo próximo a mi huerto,
varios cazadores que con sus lebreles
cantando marchaban... Entre sus papeles
No encontraron nada... Los jueces de turno
hicieron preguntas al guardián nocturno;
éste no sabía nada del extinto,
ni el vecino Pérez, ni el vecino Pinto.
Una chica dijo que sería un loco
o algún vagabundo que comía poco,
y un chusco que oía las conversaciones
se tentó de risa. ¡Vaya unos simplones!
Una paletada le echó el panteonero;
luego lió un cigarro, se caló el sombrero
y emprendió la vuelta. Tras la paletada,
nadie dijo nada, nadie dijo nada.
Su orientación lírica comenzó desde temprano a ir hacia el modernismo rupturista, que deja atrás el afrancesamiento romántico y los modelos simbolistas de la poesía, optando más bien Zola, Baudelaire y los versos y prosas de contenido realista u orientación social, muy localista en sus temáticas. Según sus biógrafos, tenía influencias visibles de Gutiérrez de Nájera, Gustavo Adolfo Bécquer, Edgar Allan Poe, Rubén Darío, Emile Zola, Eça de Queiroz, Víctor Hugo, Daudet, Byron, además de Tolstoi y Gorki. Sus letras son claras, amenas, a veces sensibles y otras veces sarcásticas, concentradas en temas populares: trabajadores, obreros, campesinos; sus miserias, sus sufrimientos y sus virtudes. Manifiesta una permanente preocupación y empatía con el pueblo y los estratos más modestos de los que él mismo procede. A su vez, parece comenzar a sentirse tentado ya con ideas acráticas en este período.
Pezoa Véliz en caricatura de Fantasio, en 1929.
Pezoa Véliz a los 21 años, en Valparaíso.
En 1902, se fue a residir a Valparaíso colaborando en el pasquín progresista "La Voz del Pueblo", donde ofició como reportero y editorialista hasta más o menos 1905, principalmente de la situación de los obreros en la industria salitrera del Norte del país, a quienes conoció tras ser enviado al territorio, experiencia que inspiró el argumento de un cuento suyo: "El taita de la oficina". Más tarde, formó parte del cuerpo de colaboradores de "La Comedia Humana", editado en la vecina ciudad de Viña del Mar, además de periódicos como "La Lira Chilena" y "Pluma y Lápiz", donde ya no quedó duda a la orientación anarquista-socialista de sus ideas. Muchas veces escribió en décimas glosadas dando información sobre noticias policiales, políticas o sociales. Al parecer, Pezoa Véliz conoció esta técnica tomada de la música folklórica.
Trabajó también haciendo clases en el Instituto Inglés de Viña del Mar, obrando de profesor pese a que, curiosamente, él no tenía estudios completos. Solía reunirse con sus compañeros en algún salón o local para organizar sesiones literarias alrededor del té y el café. Sin embargo, Daniel de la Vega comenta que, por las noches, volvía a los barrios bravos del puerto a hacer la parte oscura de su existencia entre rotos y choros, con quienes siempre se sentía cómodo y desde cuyo ambiente obtenía inspiración para algunos de sus trabajos. Su antro favorito era una cantina llamada "El Chino Antonio" de Valparaíso, donde se reunía en largas jornadas leyendo poemas junto a sus colegas Zoilo Escobar, Víctor Domingo Silva y Roberto Crichton. Al llegar la hora de marcharse, Carlos tomaba el tranvía a Viña del Mar y se largaba a dormir como un pordiosero en los asientos del carro, su dormitorio en aquellos años. Cada vez que el operador llegaba a la terminal, lo despertaba pero Carlos volvía a pagarle una moneda para que lo llevara ahora de vuelta y así lo dejara seguir durmiendo allí. La operación se repetía tantas veces como lo permitiera el resto de noche que quedara antes de diluirse en las luces del amanecer. Así era la miserable vida del poeta.
Definitivamente entregado al movimiento postmodernista latinoamericano y con su nombre ya haciéndose reconocido sólo por sus publicaciones en los diarios, Pezoa Véliz logró ingresar al club intelectual del Ateneo de Santiago, que agrupaba a artistas y hombres de letra de prestigio en su época con una publicación tipo gaceta propia. En la presentación debut del club, declamó su flamante poema "Pancho y Tomás", que había dado a conocer poco antes a su amigo D'Halmar.
Al parecer, sería falaz la afirmación hecha por ciertos medios de internet, respecto de que el poema causó deleite a los presentes, pues hay testimonios de que sus versos sólidos, ásperos y poco ornamentales no gustaron al público y le valieron muchas críticas que deben haber sonado frustrantes para el poeta. Decía en el fragmento inicial de "Pancho y Tomás", por ejemplo:
Pancho, el hijo del labriego,
y su hermano el buen Tomás,
serán hombrecitos luego:
Pancho será peón del riego
y su hermano capataz.

Porque los chicos son guapos
de talladura y de piel:
viven como unos gazapos
entre un bosque hecho guiñapos
o algún llano sin dintel;

o montados en el anca
frescachona y montaraz
de alguna arisca potranca
que ha crecido en la barranca
sobre la avena feraz.

Son ya mozos. Pancho lleva
cumplidos veinte y un mes.
¡Es un mozo a toda prueba:
no hay bestia, por terca y nueva,
que no sepa quien Pancho es!

Porque el muchacho es bravío;
rubio como es el patrón;
como él detesta el bohío;
ama el poncho, el atavío,
y usa un corvo al cinturón.

¡Ah, qué cosas las de Pancho!
¡Qué alegrote y qué feraz!
¡Cómo se alboroza el rancho
cuando echa a una moza el gancho
en una frase mordaz!

¡Qué continente! Es el vivo
retrato del buen patrón;
como él nervioso y activo,
gesto brusco y agresivo,
pendenciero y socarrón.

Tomás cumplió los veintiuno,
pero no es mozo de ley;
es honrado cual ninguno,
ni es pendenciero, ni es tuno,
pero es fuerte como un buey.

Y su hondo deseo fragua
una dicha que es mejor:
tener chacra, un surco de agua,
una mujer, una guagua...
¡Todo un ensueño de amor!

Ama el rancho, las faenas,
ama el rancho, la mujer...
A veces le asaltan penas
si las tierras no son buenas,
si el agua tarda en caer.

Y así los dos muchachones
viven en juerga feliz
Pancho hondea a los gorriones;
Tomás canta... Sus canciones
huelen a trigo y maíz.

Pancho es alegre. Su frase
lleva el chiste y la intención;
su frase robusta nace
y en risotadas deshace
su endiablada perversión.

Tomás, bonachón, sumiso,
monta en precoz gravedad,
si Pancho horada el carrizo
o si atrapa de improviso
fruta de ajena heredad.

Pancho corre, Tomás mira
crecer al viento la col;
Pancho, abrupto, monta en ira
si el pobre Tomás suspira
en la caída del sol...

Y en la noche Pancho se echa
sobre el colchón de maíz.
El viejo habla de otra fecha...
Tomás lo sigue, repecha
otra edad y otro país.

Otro país en que haya reyes
bondadosos y en que hay bien,
vacas encantadas, bueyes
de oro, pastores y greyes
con astas de oro también

Y en que no hay mejillas flacas
ni hombres que ultrajados son;
y en que hacen mil alharacas,
chicos, trigales y vacas
en eterna floración.
Imbuido en sus ideas sociales y en un período muy panfletario de creación, armó un Ateneo Obrero de Santiago, con la aspiración a "dar a conocer los talentos que hay escondidos en la clase proletaria". Pero poco funcionó esta ilusa y difícil quimera.
A pesar de ello, después fue contratado, en 1906, como Secretario Municipal de Viña del Mar, cargo que le dio algo de estabilidad económica a su vida de aventurero siempre menesteroso. Al parecer, esta asignación se debió a un favorcillo político, tras despedirse de las ideas más socialistas e ingresar al Partido Liberal Democrático, tras lo cual el Presidente Pedro Montt lo premia colocándolo en el cargo de la Municipalidad, pues el grupo formó parte de su coalición de gobierno... "La necesidad tiene cara de hereje", dicen.
Víctor Domingo Silva, Carlos Pezoa Véliz y Augusto D'Halmar.
Pezoa Véliz con Samuel A. Lillo, Augusto D'Halmar e Isaías Gamboa.
Lamentablemente, estaba escrito que toda su gran obra que podría haber comenzado a publicar desde allí en adelante, no vería las imprentas sino hasta después de fallecer, negándole los merecidos reconocimientos en vida.
El 16 de agosto de 1906, día lluvioso del fatídico terremoto de Valparaíso, la tragedia le sorprende en el viejo cuarto de la pensión de calle Viana, en Viña del Mar, donde se encuentra viviendo. Otras fuentes dicen que fue en el recinto de la Secretaría Municipal, cubriendo de niebla hasta los detalles de sus últimos años de vida. Las paredes le caen encima y lo dejan atrapado en grave estado, rompiéndole la cabeza, los dientes y aplastándole las piernas fracturadas. Es encontrado y rescatado por una adolescente llamada Isabel Dagnino, tras lo cual es internado en el Hospital Alemán de Valparaíso con riesgo de vida, pasando allí un largo período.
Son meses de dura recuperación. La vida en el hospital se le ha vuelto una prisión, tal como la que describe su célebre poema "Tarde en el hospital", posteriormente publicado en la revista "Suceso":
Sobre el campo el agua mustia
cae fina, grácil, leve;
con el agua cae angustia:
llueve...

Y pues solo en amplia pieza,
yazgo en cama, yazgo enfermo,
para espantar la tristeza,
duermo.

Pero el agua ha lloriqueado
junto a mí, cansada, leve;
despierto sobresaltado:
llueve...

Entonces, muerto de angustia
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.
Tras meses de lenta y dolorosa estadía, comienza a manifestar una sintomatología nueva que lo regresa al estado de salud delicado. Una operación de apendicitis desatará la desgracia final que el terremoto no pudo, al fallar el procedimiento y no cerrarse la herida, peligrosamente expuesta. Es enviado a Santiago para ingresar al Hospital de San Vicente de Paul. Sus doctores le diagnostican una enfermedad que, en esos años, era una sentencia de muerte: tuberculosis peritoneal. Desde allí en adelante, su última residencia será la sala común de enfermos, bajo los atentos cuidados del Doctor Eduardo Cienfuegos, consumiéndose en ese mismo ambiente hospitalario de sus pesadillas y tormentos traladados a los versos de su más famoso poema.
El 21 de abril de 1908, Carlos Pezoa Véliz fallece en su ciudad natal, aún sin alcanzar a cumplir los 29 años. Muy acongojado, el Doctor Cienfuegos dijo entonces, a modo de despedida y denuncia en favor su ilustre paciente:
"Su soledad durante el tiempo que estuvo en el hospital fue horrible... Su agonía duró como cinco días, durante los cuales vivió en un estado de sopor y letargo... Falleció sólo acompañado por mí como a eso de las 9, en otoño".
Por su parte, el "Diario Ilustrado" de tendencias liberales, publicó el día 22 una nota breve sobre su deceso, informando además:
"Hoy sus íntimos llevarán su cadáver al cementerio. Mañana nadie se acordará de él".
Se equivocaron, sin embargo: la obra de Pezoa Véliz fue virtualmente redescubierta por sus amigos y colegas, quienes la rescataron del olvido editándola y dándola a conocer al público. Aparece así el libro de poemas "Alma Chilena", publicado por Ernesto Montenegro con versos del autor que reunió desde distintos periódicos. El título del libro es el mismo que uno de los poemas de Pezoa Véliz, que Montenegro consideró el mejor y más representativo de la recopilación. Seguirán cuentos y poemas en "Las Campanas de Oro", publicado por Armando Donoso en 1920. Luego, las antologías "Cuentos y Artículos" de 1927 y "Antología de Carlos Pezoa Véliz", por recopilación y edición de Nicomedes Guzmán, en 1957.
Posteriormente, también aparecerá entre los poemas seleccionados para "Poesía latinoamericana del siglo XIX" por Carlos Dámaso Martínez, en 1979. Allí figura el poema "Ante el retrato de una desconocida", que Pezoa Véliz había escrito en 1899 y que casi había pasado inadvertido:
Yo no sé quién será. Pero hoy la he visto
en admirables tintas perfilada.
He abismado sus ojos. Y tras ellos,
en busca de una chispa de misterio,
sentí que se iba mi alma en la mirada!

Vaga en su rostro del amor primero
la sublime expresión,
y bajo el terciopelo de sus cejas
una chispa incendiaria juguetea
del fuego en que se abrasa el corazón!

Confusas las ideas en la mente,
no alcanzo a comprender lo que sentí;
sólo sé que hoy los hombres no aborrezco,
y que entre locas ambiciones veo
abierto un nuevo mundo para mí!

¡Nuestra suerte es así! Subir llorando
la cumbre artificial del egoísmo,
retar la sociedad, lanzarle el guante...
¡Y tras de una mujer que nos atrae,
cual todos despeñarse en el abismo!...
Otro antologista, Daniel Freidemberg, incluye poemas como "Capricho de artista", "Nada", "Crimen de la calle del Puente", "Luctuoso suicidio de Victoria", "La cita" y "Con un cadáver a cuestas..." en su selección "El perro vagabundo y otros poemas - Poesía hispanoamericana del siglo XX", de 1983. Decía, el último de los títulos mencionados:
Con un cadáver a cuestas, camino del cementerio,
meditabundos avanzan los tristes angarilleros...
Los faroles escudriñan; las sombras van de cortejo.

Acurrucado en la orilla del camino, como un perro,
sintiendo voces extrañas, sobresaltado, despierto,
y al impulso del instinto de miedo y de frío... ¡tiemblo!

Van rezando sus plegarias, tienen acentos siniestros,
como si en aquel rosario por la paz del pobre muerto
se oyera como un responso la voz de un búho agorero...

¡Ay! me dije, ¡desgraciados los que, olvidados del cielo,
no tenemos un tugurio donde calentar los huesos,
y que somos del Destino los eternos pordioseros!

¡Ay de los que atravesamos el mundo en perpetuo invierno,
y que en el fondo del alma llevamos otro más recio,
donde las lágrimas caen en incesante aguacero!
¡Desgraciados los mendigos que envidiamos a los muertos,
porque ellos, al fin, encuentran bajo de la tumba un lecho!...
¡Y no son ricos del alma, que llevan desnudo al cuerpo!

¡Pasad, pasad, oh, sombríos, siniestros angarilleros,
con un cadáver a cuestas camino del cementerio!...
¡Tendréis que volver por otro!... ¡Y pasa tan pronto el tiempo!...
Cruel ironía: la obra fue reconocida, así, como la creación de un literato magistral que, por desgracia, jamás llegó a conocer la popularidad y el elogio que recibiría sólo después de muerto. En nuestros días, de hecho, se le ha venido a reconocer como un visionario precursor de impulsos literarios que serán los de más valor contemporáneo en el resto de la poesía chilena del siglo XX, sospechándose de que hasta Neruda habría tomado para sí y para su característica obra, parte de la semilla dejada por Pezoa Véliz.
En 1929, durante la presidencia del General Carlos Ibáñez del Campo, el Gobierno hizo editar un libro especial sobre Chile para ser presentado en la Exposición de Sevilla que se realizaba ese año. Pezoa Véliz fue incluido allí entre los más grandes escritores de la historia nacional, con las siguientes referencias que resumen perfectamente su obra:
"Carlos Pezoa Véliz, gran temperamento de poeta se impuso en el ambiente literario de la época con sus cantos agrios y deslumbrantes. Pezoa llevaba en el espíritu una tristeza y un desencanto imperecederos que reveló en sus versos. Él no tuvo en su cuna el amor de una hada madrina; desde sus días infantiles lo envolvió la desgracia nublándole el horizonte. Murió como Verlaine en un hospital..."
Y en su nicho en el Cementerio Católico de Santiago, donde siempre hay al menos una florcita besando el recuerdo del poeta, la administración colocó una placa conmemorativa con el siguiente mensaje:
IN MEMORIAM
CARLOS PEZOA VELIZ
(1879-1908)
Considerado el primer gran poeta chileno. Colaboró en varios diarios de Santiago y Valparaíso. Tras una vida llena de miseria, después de su muerte comenzó su glorificación y con el tiempo fue considerado como uno de los más inspirados poetas nacionales.
DEPARTAMENTO DE HISTORIA
CEMENTERIO CATÓLICO
Tumba de Carlos Pezoa Véliz en el Cementerio Católico de Recoleta. Una placa de mármol le recuerda a su espíritu: "Tus versos tienen vida eterna", mientras que otra de la Mutual del Artista Nacional que lleva su nombre, confiesa desde el año 2000 sobre su lápida: "Inspirador de nuestra noble causa".

3 comentarios:

  1. Carlos PezoaV. mi autor favorito a quien dedic
    .-. BOHEMIOS.-.
    Oscar Mellado Norambuena
    Te encontré esta noche
    ebrios de recuerdos,
    somos dos amigos
    bebamos, charlemos.-

    Soy Carlos, me dices,
    respondo, ya te conocía,
    pues leo tus versos
    que sí; es poesía,
    siempre tan hermosa,
    antes como hoy día,
    deba ser que tienen tanto
    de tu vida.-

    ¡Qué bueno! Respondes,
    los hombres no cambian,
    alegres o graves siempre soñadores,
    buscan una amante, toda su alegría
    su cuerpo y pasiones.-

    Locos y bohemios
    embriagados en ellas,
    jugándose enteros en una ilusión
    ardiente y quimera.

    Qué grandes recuerdos
    los llevo por siempre
    aunque ya no viva.-

    Traiga el vino su delirio de pasión,
    que las risas carmasí
    besen nuestras copas ,
    ésta es noche para nuestros sueños
    habiendo una niña
    no existe hombre cuerdo.-

    Brindemos por ninfas-placer-fantasía
    amor de un instante
    que pronto se olvida,
    es lo más hermoso
    alegrando noches;
    que se hacen días.-

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  2. .-. BOHEMIOS.-.
    O.M.N.-.
    Te encontré esta noche
    ebrios de recuerdos,
    somos dos amigos
    bebamos, charlemos.-

    Soy Carlos, me dices,
    respondo, ya te conocía,
    pues leo tus versos
    que sí; es poesía,
    siempre tan hermosa,
    antes como hoy día,
    deba ser que tienen tanto
    de tu vida.-

    ¡Qué bueno! Respondes,
    los hombres no cambian,
    alegres o graves siempre soñadores,
    buscan una amante, toda su alegría
    su cuerpo y pasiones.-

    Locos y bohemios
    embriagados en ellas,
    jugándose enteros en una ilusión
    ardiente y quimera.

    Qué grandes recuerdos
    los llevo por siempre
    aunque ya no viva.-

    Traiga el vino su delirio de pasión,
    que las risas carmasí
    besen nuestras copas ,
    ésta es noche para nuestros sueños
    habiendo una niña
    no existe hombre cuerdo.-

    Brindemos por ninfas-placer-fantasía
    amor de un instante
    que pronto se olvida,
    es lo más hermoso
    alegrando noches;
    que se hacen días.-
    Oscar Mellado Norambuena

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