sábado, 1 de octubre de 2011

LOS OJOS DEL GUERRERO REYVNIR

Arnel en su traje guerrero; o su autounción como Reyvnir.
Nos ha abandonado hace pocos días el montañista, escalador y excursionista Arnel Epulef Cifuentes, para iniciar su propio viaje hacia lugares misteriosos que, desde esta profana orfandad de los vivos, sólo podemos suponer y representar en la ingenuidad de simbolismos aún sujetos a nuestra condición material; esa misma que nos hace esclavos de la carne y siervos del destino. Un hombre sano, deportista, de gran cultura, espiritualidad y orientación casi mística, no merecía partir tan prematuramente; pero así es como se marchan los que han elegido ser guerreros: jóvenes, lúcidos, requeridos por alguna extraña e implacable voluntad superior que no negocia y que sólo esgrime sus fuerzas indiferentes al pequeño dolor humano.
Arnel tenía el porte y la estampa de un guerrero vikingo, y él los sabía... Lo sabía incluso más de lo que llegara a confesarlo, si es que alguna vez lo hizo. A pesar de la sangre mapuche que corría en sus venas y que florecía en ese apellido por el que siempre proclamó orgullo, bien podría haber pasado con sus ojos viridis y su barba color de cedro por un retrato de héroe normando. Curiosamente, la traducción de Epulef desde el mapudungún al castellano y conservando la naturaleza poética de los conceptos de aquella lengua, podría ser también algo así como Dos Llanos o Dos Planos, casi revelando en su naturaleza la presencia de esa dualidad y coexistencia de todo guerrero con su propio héroe interior-exterior, con su reflejo estelar, tan bien representado en la figura del cinche o el cinchecona de la misma tradición indoamericana o en el personaje alter ego de los superhéroes de las fantasías hechas historietas, ya en nuestra época y cultura.
Miembro del club de recreadores históricos Varmesjord, al que me parece ayudó también a fundar el año 2008, Arnel se entretenía vertiendo afuera esta energía íntima y dándole respiración propia a su héroe coexistente, usando elegantes atuendos célticos y mellando espadas en las justas que organizaba con sus demás hermanos de armas. Su nombre dentro de la cofradía era Reyvnir, y figuraba como Hersir (jefe militar) miembro del Consejo.
Este aspecto tan suyo quizás hasta podía causar temor, realmente: alto, fornido y muscular, con facciones muy marcadas que habrían pasado perfectamente por las de un luchador profesional. Sin embargo, era un hombre increíblemente bonachón y afable; respetuoso y siempre de trato cordial, con voz suave y serena, algo que contrastaba con su aspecto de saqueador de Roma, aún más evidente cuando vestía el traje de guerrero escandinavo. Pero había algo que delataba la realidad de su personalidad honda: sus ojos muy claros, meditativos, con una expresión como de tristeza, acaso revelando esa orientación contemplativa y reflexiva que caracterizó siempre a nuestro amigo. Y es que esos ojos no eran suyos, sino prestados; hoy me pregunto si pertenecían en realidad a su propio alter ego, el misterioso guerrero-héroe Reyvnir, ese caballero sin tiempo que convivía con Arnel en su propio momento, lugar y destino.
"...la vida misma es un ciclo temporal circular y esférico -escribió una vez-... Las cosas que hacemos o dejamos de hacer nos alcanzan algún día... son parte de nuestra vida y pueden situarse en cualquier parte de la esfera, y nos esperan con sus consecuencias y resultados".
"Sólo depende de nuestra propia voluntad hacia donde queremos que nuestra esfera gire".
Patriota y nacionalista, amó profundamente este territorio y lo recorrió tanto como su demostrada responsabilidad para con las demandas de su vida familiar se lo permitieron. Cuando joven, motivado por su afán de servicio, se había enrolado en la Defensa Civil, y siempre hubo algo de cierta disciplina marcial en su personalidad. Había sido uno de los fundadores del Centro Cultural Raza Chilena y luego participó en el Centro Cultural Carlos Keller Rueff. Pero era también un hombre perdido en las cronologías, un ser de otras realidades; en planos esotéricos y paganos; en esas sagas antediluvianas conocidas por sólo unos pocos, al estilo del legendario de los Eddas o acaso análogas al posterior universo literario de la magia en la Tierra Media de la mitología tolkienieana, para explicarlo en términos más populares. Montañista practicante y profesor de tales actividades, Arnel pertenecía en realidad épocas y edades que no parecen corresponder la línea de tiempo de nuestra imperfecta Tierra. Con frecuencia escribía en latín o en caracteres rúnicos, y tenía una sensibilidad especial por la situación de los colonos australes. Además, admiraba fervorosamente la figura del Capitán Arturo Prat, con quien compartió no sólo la progresiva calva y su semblante sereno, sino también algunos artículos completos que le dedicó a su memoria.
En sus frecuentes e íntimas inspiraciones oníricas, producía pequeños textos por los que dejaba escapar alguna secreta fuerza lírica nacida también desde su semilla más esencial, desde ese héroe interior que miraba desde atrás de sus ojos, como en este escrito que titulara "Despertando" y que parece resumir gran parte de lo que representó Arnel con su propia existencia y con sus propios símbolos de vida:
"Aire, necesito que recorras con tus caricias mi piel, cual frías manos de una diosa de las tierras heladas del norte. Llévate volando mis ilusiones nefastas de felicidad".
"Fuego, evapora mi sangre y ocupa su lugar recorriendo mis venas, quemando y purificando mi espíritu, despertándolo de su aletargado sueño".
"Tierra, guía mis pies descalzos por tus caminos pedregosos y empinados, llévame a las altas montañas, allí donde moran mis antepasados".
"Agua, ahoga mis efímeras palabras. Deja que el gran torrente me sumerja y me arrastre fuera de este mundo decadente, permíteme ver los rayos del Sol desde el fondo mas profundo y no me dejes alcanzarlo jamás..."
Lamentablemente, Arnel casi no publicaba sus escritos, salvo algunos poquísimos casos en que permitió a otros conocerlos por internet, de modo que me limitaré a mostrar sólo algunos de ellos a modo de ejemplo, para preservar la privacidad general que él, por algún capricho que hoy me interesa más cumplir que explicarme, quiso darle a sus pequeños trabajos de este tipo mientras le duró el soplo vital, el fulgor de aquella "extraña vida mía", como se refería a su propia existencia.
Reyvnir, sobre los hielos y sobre las rocas...
Ascendiendo a los Cielos, y descendiendo a los Infiernos...
En lo político, las posiciones controvertidas de Arnel por supuesto no pasaron inadvertidas, y en varias ocasiones se vio en medio de polémicas ácidas. La lamentable y afortunada naturaleza de Reyvnir es la del que jamás parecía temerle a algo y que siempre mostró desdén a los ataques de sus adversarios. Algunos realmente llegaron a odiarlo y proclamaron toda clase de anatemas en su contra, por los poco varoniles canales del anonimato virtual. Otros criticaron su decisión de haberse relacionado con proyectos ideológicos que quizás dañaron parte del prestigio que pudo hacerse como montañista y como dirigente, pero no sus convicciones: su lealtad a los ideales era tan fuerte que siempre estuvo dispuesto a obrar incluso en su propia contra, si fuese necesario. Quedará como secreto compartido entre quienes le conocimos en vida, el saber que Arnel estaba notoriamente por encima de lo meramente contingente o de movimientos experimentales de disidencia. Muchos querrán recordar de él sólo este aspecto de su vida, y no aquella fama que se había hecho como dirigente, explorador, investigador, amigo de lealtad absoluta y el guerrero que se encontró prácticamente a la deriva en este mundo dominado por la miseria espiritual y mammonismo.
Conocí a Arnel a través de algunos amigos que tuvimos en común. Se había ganado mis respetos desde mucho antes, sin embargo, cuando su nombre me figuraba reiteradamente entre quienes éramos sólo un puñado de gente defendiendo con decisión a los modestos colonos de la Patagonia chilena de los abusos y las tropelías de los magnates internacionales que han ido monopolizando el territorio austral chileno, mandando cartas a los diarios y publicando con insistencia artículos en todos los medios que estuvieron entonces a nuestro alcance, mientras de paso éramos vilipendiados e insultados sin piedad por los defensores y fanáticos de estos empresarios "verdes".
Tuvimos una eterna discusión entre ambos, que con un breve comentario reflotaba siempre: sobre si la cerveza engorda o no... Su creencia de que sí aumentaba de peso no cambiaba mucho las cosas, pues recuerdo jarras doradas compartidas alguna vez en el Pub HBH de Irarrázaval, las negras cervezas del Bierstube en Parque Forestal o la sencilla cerveza en lata que abundaba en la casa de nuestro amigo Hans, a quien salvó Arnel una vez la vida en un peligroso accidente de montaña, otra vez asumiendo su modalidad del guerrero y héroe Reyvnir, ese bis suyo en el espejo astral, pero que acogía en su propio cuerpo material. Era desde aquella casa donde me llevaba en su vehículo, de camino a su propio hogar, mientras divagábamos en el mareo de los idealismos bajo la inmensidad de la noche santiaguina, sobre el destino planetario cada vez más hostil y lejano a sus remedios, mientras los viejos escenarios de avenida Apoquindo, Irarrázaval, Grecia o Macul pasaban por las ventanas frías como en la proyección de una película monótona.
"Son muchas las cosas malas de nuestro país -me dijo más o menos así, en una de esas conversaciones cuando le comenté el aislamiento y abandono que pude observar en la comunidad magallánica-. Es cierto que hay un problema profundo en nuestro pueblo. Pero también existe un buen destino que nos condena a la suerte: una buena estrella, o una fortuna que compensa todas las desgracias de nuestra historia... Comprendo tu pesimismo, pero yo confío en el destino de Chile y de nuestro pueblo. No puedo negarme a esa esperanza".
Era Reyvnir el que hablaba en la oscuridad de aquella noche, por supuesto, haciéndolo a través de Arnel... Hoy puedo comprenderlo.
Con cierta frecuencia también nos encontrábamos, casualmente, en el tedio del ferrocarril del metro, aprovechando de seguir en el intento incontenible de arreglar el mundo en unos breves minutos de cháchara. Se rió y comentó alguna ocasión en que, estando acompañado yo de una hermosa amiga en el metro, cuando lo distinguí entre el público del servicio me separé y despedí de ella para ir a conversar un rato juntos. En su modestia, quizás, no comprendía lo grato y ameno que podía ser una corta e informal charla con él, incluso en su brevedad de palabra y de discurso, en esa complicidad fraterna; porque como decía Emerson, "un amigo es la persona delante de la cual se puede pensar en voz alta".
En tanto, sus ojos con la claridad de una conexión directa al alma, siempre iban acompañados de esa voz suave y apacible, que tampoco era la suya, sino la de su esencia representada en el misterioso paradigma con nombre de guerrero mítico. Parecían relucir en la noche, en la nictofilia de la gloria guerrera, porque casi siempre fue allí bajo los mantos de estrellas donde nos encontramos, donde debatimos, donde bebimos la ambrosía ámbar de la cerveza y donde compartimos, en fin, los pequeños grandes instantes de la vida.
Empero, el guerrero es también un poeta... Sabemos que la espada y la pluma siempre están en los extremos de la misma mesa. Un día de aquellos, precisamente un año antes de abandonar este mundo, escribió en una de sus muchísimas reflexiones:
"Se hablaba por todos lados, se decían mil cosas, cosas que han pasado,
cosas que han de pasar, noches de lunas llenas, viajes en el mar.
Se dice que hoy la encuentras descalza en la arena al viento,
su vestido está mirando el horizonte
esperando al que llegara, pero mil cosas se dice y mil cosas pasaran,
muy terribles, horrorosas y sin piedad.
Mas nunca ella deja de esperar, bella como ninguna.
Mas su alma la hace brillar, su canto en el viento,
en el viento viaja y en las nubes su pensamiento va,
y hasta él han de llegar".
Y con su redacción posesa otra vez del mítico arcano de Reyvnir, prosigue:
"El guerrero es parte de un sueño; de un sueño muy lejano pero siempre presente,
Ese que lucha, ese que espera, ese que todo lo logra... que ama por siempre...
Es parte de un sueño,
es parte de lo que nadie te puede regalar y que nadie te puede quitar
y no se busca ni se consigue, sólo se gana.
Es una palabra, HONOR
al igual que un gran sueño se puede hacer realidad".
Pero Hela y el ángel de la muerte habría comenzado ya a asechar al guerrero; lo hacen durante toda su existencia, de alguna manera, hasta que el temible Garm encuentra la ocasión favorable para hincarle sus colmillos. Reyvnir lo sabía, pero Arnel no... No, hasta que recibió la devastadora noticia.
Se le había diagnosticado, hacía poco, una cruel enfermedad degenerativa e incurable que comprometía su hígado. Poco a poco, como en el avance de la aridez por las tierras donde había antes fertilidad y abundancia frutal, el guerrero comenzó a marchitarse, a extinguirse, víctima de un error impredecible e irreversible en los planos de la arquitectura de su propio organismo. Como todo hombre que no teme a la muerte, sin embargo, sería víctima de la angustia no por la aproximación del Angelus Obscurum, sino por los suyos: le perturbaba pensar en la ausencia con la que tendrían que lidiar su joven esposa, sin duda también su compañera y su Elella, y su amado hijo, brillo y repetición de sus mismos ojos.
Su salud empeoró, siendo internado en el Hospital Clínico de la UC y en el Sótero del Río, requiriendo constantemente de dadores de sangre. Luego de las graves complicaciones que tuvo a fines de julio, de las que lamentablemente estuve ausente por mi último viaje largo fuera de la capital, Arnel escribió en su muro facebook casi burlándose de la muerte que lo acosaba pero sabiéndose también en la cuenta regresiva: "Otra vez la pelada no pudo conmigo. Aquí estaremos un tiempo más!". Y su perfil, además del nombre, rezaba una frase intrigante que mantuvo hasta su muerte: "Construyendo Murallas de Piedra". Cuando retorné a Santiago, hacia principios de septiembre se estaba organizando un encuentro de beneficencia a su favor, donde participaron fielmente sus amigos, familiares y cofrades del Varmesjord.
Pero las complicaciones de su estado habían obligado a sacarlo de la lista de postulantes a trasplante, y su suerte quedó cerrada en aquellos días. Tras una durísima lucha por la vida y resistiendo la impiedad de la agonía, Arnel falleció durante la tarde del sábado 17 de septiembre de 2011, en pleno período de Fiestas Patrias. Tenía 36 años.
Lamenté tanto como su partida, el que su ya frágil flama de vida no le haya durado encendida lo suficiente para llegar a ver el arribo de la última Primavera. No creo equivocarme al reconocer que tengo la secreta idea de que él habría deseado lo mismo, por alguna razón vinculada a su inspiración pagana y la importancia del aequinoctium ocurrido tan pocos días después del definitivo zarpe de su trirreme hacia los mares del éter de la Cosmología metafísica y epopéyica.
Arnel, antes de su partida. Imagen de principios del presente año, mientras se hallaba trabajando al interior de Vallenar (imagen tomada de su propio sitio Facebook).
La digna despedida de un guerrero.
Se brindó en su honor durante el velorio, pero no quise mirar su ataúd entre los cuatro cirios: prefiero recordarlo como la última vez en que le viera vivo, cuando -como siempre- me dejó atentamente con su vehículo en las puertas de mi casa, sonriendo y jurando un "hasta pronto" que nunca se concretó, con sus ojos melinos siempre encendidos en la noche, como si fueran ágatas con luz propia; cuales si un fuego las prendiera de luces verdosas y amarillentas desde el interior de su ser. El cortejo fue recibido por sus amigos de hermandad en trajes de guerreros ancestrales, en una procesión que lo llevaría al cinerario de un parque funerario de Recoleta, bajo un túnel de espadas y hachas en alto señalando su entrada al recinto. Y su propio cuerpo iba dentro del ataúd vestido a la usanza del guerrero, acompañado de su espada. Pocas veces he visto funerales con tantas manifestaciones de camaradería y compromiso por el que se marcha. Pocas veces, además, un fallecido ha sido tan digna y completamente merecedor de halagos y homenajes así de sinceros, mismos que otros se ganan sólo por la conmoción del momento y por el deseo de enaltecer al despedido.
"Estuve orgullosa de ser su compañera -dijo su viuda durante la despedida-; pero también me enorgullece saber que Arnel contaba con gente como todos ustedes".
Con el sonar de una gaita, con himnos y cantos de despedida, con un cuerno de hidromiel alzado, nuestro amigo inició su viaje final; la escalada sin retorno a la última de sus montañas. En vida pidió una vez que sus cenizas fueran arrojadas en un lugar específico de la cordillera que tanto le apasionó y que llamó a su alma. Reyvnir partió así hasta su lugar en el Walhalla, a conocer con esos ojos esmeraldinos la luz del Sol Negro de la Medianoche, verde y fulgorosa como su propia mirada, pero invisible en nuestro mundo de pobres vivos, en el que él ya no estará más atrapado ni sumido a las limitaciones de la materia.
Sé que no me corresponde fantasear aquí con más imágenes evasivas y somnolientas sobre el deseo de eternidad que todos queremos para un hombre que ya ha partido; pero también sé que sólo un caminante puede sentir tan profundamente la falta de otro caminante, de otro peregrino del tiempo y de las épocas, porque la ausencia y la soledad siempre han sido y seguirán siendo su compañía. Y si a la esperanza de una nueva e infinita vida quisiera aferrarme, por ahora sólo me basta con las palabras del escritor romano del siglo I antes de Cristo, Publius Syrius: "Si el ignorante estaba muerto antes de morir, el hombre con talentos sigue vivo después de muerto".
Es todo lo que necesito para desearle a mi amigo Arnel el mejor de los viajes y la más grande estadía, donde quiera que ellas tengan lugar.

1 comentario:

  1. Tengo. (en honor a Reyvnir)

    Presiento con desencanto,
    el quiebre del cristal nublado,
    que tus pasos por la habitación contigua,
    han vilmente asesinado.
    *
    Pretendo sentir que no siento
    y saber que no he oído,
    cuando de tu boca, agónica boca,
    han nacido avispas y fúnebres cortejos.
    *
    Necesito, con mi actual descontento,
    mutilar y secar aguas de adentro,
    que no hacen otra cosa, no, que
    gritar sandeces desde mis infiernos.
    *
    Y tengo qué, por mandato propio,
    abdicar emociones y mirarte a los ojos,
    ¡debo, si! por impulsivo sentimiento
    salvarte de calvarios y remordimientos.
    *
    Presiento que tengo pretensiones,
    de tu boca callada y de tus ojos de antaño,
    de que renazcas, cual fénix de fuego y
    de que me veas sobre la colina y atada al viento.

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