sábado, 20 de agosto de 2011

CENTENARIO DE RAÚL MORALES ÁLVAREZ: PLUMA Y PASIÓN EN LA CRÓNICA DEL VIGÉSIMO SIGLO

Raúl Morales Álvarez, en fotografía publicada en el sitio web de "El Funye".
Una prodigiosa genialidad como la del cronista y reportero Raúl Morales Álvarez, tiene una virtud ventajosa sobre la de los maestros de otras disciplinas escritas: al vincularse y expresarse directamente a través de las comunicaciones que conforman la mass media, de los soportes de información social, necesariamente debe ser compartida con el resto, por su propia naturaleza y vía de existencia. Todos, de alguna manera, quedamos al alcance de ese fervor luminoso y casi cegador del talento; todos participamos y somos tocados por su brillo, y terminamos cubiertos por el fulgor de sus dotes excepcionales. A su vez, la luz de esta misma genialidad perdurará más allá de la vida física de quienes la encendieron, dándole acceso a esas instancias de perpetuidad de obra que sólo los talentosos son capaces de alcanzar.
Se cumplirá un siglo desde que Raúl Morales Álvarez nació en Quito, un 24 de agosto de 1911. Aunque su familia era chilena, su llegada al mundo tuvo lugar en el país ecuatoriano porque su padre, el Almirante Rubén Morales Feronne, casado con doña Amalia Álvarez Saavedra (dueña de la Hacienda "La Boca" de Talagante), se hallaba por aquellas tierras en misión diplomática.
Empero, no demora en llegar a su propia y querida patria, viviendo su infancia en el clásico y alguna vez lujoso Barrio Brasil de Santiago, romántico período de su vida del que recordaría lo siguiente, según declaraciones suyas reproducidas en un documento de la Agrupación Cultural "El Funye":
"La casa de mi adolescencia, por ejemplo, se ofrecía en la calle Moneda, entre Brasil y Maturana, que entonces se llamaba Fontecilla. Era una casa grande, con veinte piezas, tres patios y un huerto frutal al fondo, con lo que estiraba casi una cuadra completa de extensión. Vecinos nuestros eran Emiliano Figueroa Larraín, Juvenal Hernández, Enrique Cañas Flores, Jorge Suárez Orrego y los García de la Huerta, nombrando sólo a los más conspicuos, y algo parecido conmovía a las otras casas, en las otras calles. Los Gandarillas Díaz vivían en Agustinas con Cumming. Los Amenábar Délano lo hacían en Maturana, entre la Plaza Brasil y un poco más allá, siempre por Maturana, hacia Catedral y Santo Domingo, estaban los Barrenechea del poeta Julio y los Reyes, de Chela Reyes, que también es poeta. Los Mundt Fierro -los de Tito Mundt- residían más abajo, en la calle Libertad. En Cueto 272 estaba la hermosa casa colonial de los Domeyko con la imagen del sabio don Ignacio en sus corredores patios floridos, y en Santo Domingo esquina Chacabuco la de Eusebio Lillo. En Catedral, más o menos cerca, enfrentando a la Iglesia de los Capuchinos, vivieron el pintor Valenzuela Puelma y el arzobispo Gonzáles Eyzaguirre. También en Catedral con García Reyes, en su esquina suroriente, se habría el almacén de César Rossetti, padre de Juan Bautista Rosseti Colombino -llamado por nosotros don Juan Baucha-, de ancha ejecutoria en la vida nacional, donde había una tertulia político literaria de alto rango y que congregaba a Manuel Hidalgo, Eugenio Gonzáles, Manuel Rojas y José Santos Gonzáles Vera".
Siguiendo los pasos de su padre y aconsejado por su admiración a la epopeya del Capitán Prat y los héroes de "La Esmeralda", estudió en la Escuela Naval de Valparaíso entre 1925 y 1928, para luego cursar sus Humanidades en el Liceo Miguel Luis Amunátegui. Ingresó a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile en 1930, casa de estudios donde fundó la revista "El Esfuerzo". Para entonces, había comenzado a trabajar como periodista iniciándose más profesionalmente en estas artes en el diario "El Mercurio", desde 1929, pasando en 1931 por "La Nación" y, a partir de 1936, por "La Prensa" de Osorno. Con el tiempo, también trabajaría en "Los Tiempos" y en "La Prensa Austral" de Magallanes.
Comenzaba así su largo camino en las letras de la prodigiosa Generación Literaria del 38, una de las que más han engrandecido culturalmente a nuestro país y de la que formaran parte otros grandes autores como Andrés Sabella, Braulio Arenas, Francisco Coloane, Volodia Teitelboim, Eduardo Anguita, Carlos Droguett, Miguel Serrano, Teófilo Cid y poetas trágicamente muertos como Héctor Barreto y Jaime Rayo, entre muchos otros.
En el mismo año de 1931 se incorporó al equipo fundador de la revista "Ercilla", donde permaneció trabajando por una década. Allí escribía con el pseudónimo de El Reporter N° 13. Reportes, crónicas urbanas y policiales son su caudal. Gracias a sus méritos, alcanzó los cargos de Redactor Primero, Secretario de Redacción, Subdirector y luego Director, en 1941. Trabaja allí con otros grandes referentes del periodismo chileno, como Alamiro Castillo, Isidro Corbinos, Julio Lanzarotti y el dibujante Pedro Olmos, además de los peruanos apristas residentes en Chile Luis Alberto Sánchez y Manuel Seoane, quienes tuvieron gran influencia en la revolución del periodismo nacional de aquellos años, fenómeno del que "Ercilla" fuera una pieza clave.
Incursionando en la escritura novelada, publica en 1938 su libro "La Monja Alférez: Crónica de una vida que tuvo perfil de romance", que marca su debut en la literatura. El contenido del libro servirá después de inspiración para el guión de una película mexicana de 1944, interpretada por la gran actriz María Félix y dirigida por Emilio Gómez Muriel. No es casual el argumento de este primer libro: la historia siempre fue otro tema de permanente interés para el poeta maldito de la prosa y para un hombre de su inmensa cultura.
El pequeño Raúl junto a su padre y su hermano Jorge R. Morales Álvarez, marino que también tuvo inclinaciones hacia las letras (fue autor de obras como "Cuentos del extremo austral").
Raúl Morales Álvarez y Helena Wilson (primer matrimonio), en sus años residiendo en el balneario de Cartagena.
Ese mismo año testimonia para "Ercilla", junto al fotógrafo Heliodoro Torrente, el horror de la siniestra Masacre del 5 de Septiembre al entrar al Edificio del Seguro Obrero y ver personalmente los enfrentamientos y luego las decenas de cadáveres que han quedado encharcados en su propia sangre, tras la violenta matanza dirigida contra los jóvenes protagonistas del intento de conato nacionalsocialista que había tenido lugar esa mañana. Incluso alcanzó a entrevistar a uno de los asesinados, poco antes de que éste debiese enfrentar la brutal muerte que le aguardaba en las frías escalas de la torre:
"Salimos -escribió en su crónica testimonial-. Llega otra vez el eco seco de los disparos y el tumulto de los gritos. Ya en la calle, pensamos con una vaga noción de vida -aire, luz, calor, libertad- en los que llegaron vivos al seguro, con sus manos en alto: en los que estaban vivos arriba con sus armas viejas; en todos aquellos que esa misma madrugada, sangrientos, destrozados, mutilados, desnudos, estarían esperándonos en la Morgue".
"Patriota exaltado", según Enrique Bunster, celebró con estrépito la incorporación del Territorio Antártico Chileno y asumió una defensa decidida ante los problemas limítrofes con países vecinos. Profundo, apasionado, de corazón casi furibundo, con voz ronca y mirada de águila, escribe de forma infatigable, de seguro presa de alguna forma de fecunda grafomanía. Morales Álvarez es dueño de un tintero completo: sus textos valen no sólo por plasmar un periodismo limpio y perfecto, sino también por el roce con la poesía, por la historia, por la denuncia y por la elocuencia del buen discurso.
Sus maravillosas crónicas y notas son verdaderos homenajes a la nostalgia de la vida en las ciudades, de las noches bohemias en visiones de ciudades desaparecidas. "Un rotundo y un temporal, siempre suelto en la ciudad y en medio de las columnas de los diarios", diría de él su colega Andrés Sabella. "Un periodista convulsionado, vibrante" para Oreste Plath, agregando que "Conoce los vicios y virtudes de la noche; observaciones y experiencias de bohemios, prostitutas, guapos, matones, hampones y truhanes. Sus días son verdaderas crónicas". Para Hernán Díaz Arrieta, el gran Alone, es "un escritor con garra, que derrochaba talento". Hasta Pablo de Rokha, el poeta enemigo de todos, lo elogia y lo recomienda sin titubeos.
Morales pasa con la misma pluma enérgica por el palacio como por el burdel; entrevista a mandatarios y a hampones por igual. Su vida es la vida de todo el pueblo, de todo el país; su memoria es la memoria de toda la Nación y, sin quererlo, escribe para la memoria de los que vienen, rescatando de viejas noches perdidas y de épocas sumidas en el éter del olvido aquellos pasajes de la existencia ciudadana y cultural: calles, barrios, boliches, vidas y muertes. Retrató antros horripilantes como "La Pata", hacia calle San Diego con Arturo Prat, "donde se bebía en altos potrillos un vino borracho y envenenado, tipo marcha atrás, y se sorteaba de la misma forma el albur de los besos que de las puñaladas". Allí llegaba el temido Cabro Eulalio, famoso rufián de aquellos años, señor de la Plaza Almagro, mismo parque de tentaciones y diversiones que Morales Álvarez y sus amigos vivieran en su mejor época, hacia los años treintas, mirando las bailarinas del "Submarino" o bebiendo los elíxires del bar "Cola de Mono". También pasea por boliches como el "El Cuerpo Malo" de calle Eyzaguirre, "La Tranquilidad" en Tropezón, "El Cocodrilo" de Estación Central, "La Armonía" de Barrio Matadero, y otros varios donde dominaba la bravura y el puñal... Innumerables lugares indómitos, legendarios; tanto que, para muchos, hoy parecería imposible aprobar la idea siquiera de que alguna vez existieron en nuestra ciudad.
Sus propias aventuras en estos sitios oscuros son parte de la historia de ellos y de la crónica respectiva: en la siniestra cantina "Nunca se Supo" del barrio Los Callejones, cuando se acercó a un tipo agónico fatalmente herido con arma blanca, le preguntó angustiado: "¿Quién te mató?"... Pero el sujeto, en un último arranque de creatividad mientras vivía, sólo atinó a responderle: "¡Nunca se supo!". Y en otro sitio, engañosamente llamado "El Barril Encantado" de Vivaceta, en su primera visita y siendo aún un adolescente, vio cómo un tipo acuchillado se desangraba a sólo unos metros de su mesa, tirado en el suelo, sin que nadie hiciera nada por asistirlo y mientras continuaba la fiesta dentro del local.
"Me considero después de todo -diría en otra ocasión- como el náufrago fatigado de otra época, sobreviviendo en la magnitud de una vida que ya no me pertenece. La mía fue de veras la de otro Chile y otro mundo. Me ocurre cuando pienso en las viejas casas chilenas del pasado, ufanadas de grandes en los barrios que fueron vanidosos en mi tiempo y hoy están con la capa caída, llagados de lobreguez y perrerías edilicias, vestidos de burdeles clandestinos y pensiones que huelen a miserias judiciales, con cheques sin fondo y letras protestadas. Es lo que ha sucedido no sólo en las casonas de Dieciocho, Ejército, República y Avenida España. El mismo flagelo laceró también a las de Moneda a Rosas, en los rumbos vecinos al Barrio Brasil y la Plaza Yungay".
Pese a todo, Morales se desliza con seguridad entre cafiches, prostitutas, criminales y guapos de largos prontuarios. Pasa entre riñas de hombres hoscos y de chiquillas felices; entre peleas a chuchillos y entre el ambiente indómito de las postales de ese antiguo Santiago de posadas, lupanares y cantinas secretas... Espectros, almas den pena de esa capital ajena a las luces de día pero entregada a las velas de los conventillos y a los focos del cabaret, y que otros colegas suyos como Nicomedes Guzmán, Luis Cornejo, Alfredo Gómez Morel, Armando Méndez Carrasco y más recientemente Ramón Días Etérovic, también nos recrean desde sus propias escuelas y experiencias.
Como sucedió a su generación completa, su testimonio es el testimonio de todo el siglo XX: de sus grandes hitos, de sus sueños extintos salpicados de pétalos y de sangre; de crímenes famosos como el de Alicia Bon o "el asesino amarillo" Phan van Loc; de tragedias que van desde la violenta muerte del poeta Santos Chocano hasta los catastróficos efectos del Terremoto de Chillán de 1939... Morales Álvarez, así, no discrimina nada de la realidad ni de la experiencias, paseándolo todo por su lupa y su máquina de escribir, como en un gran compendio de la centuria. Nunca renunció ni dio la espalda a su espíritu popular; a su incorregible devoción por la noche, por los placeres mundanos y por la bohemia desaparecida de Santiago y acaso de todo Chile, en la misma que dilapidó dos veces las fortunas que ganó con la Lotería de Santiago.
"Tuvo energías para vivir dos vidas -dijo una vez su amigo Enrique Ramírez Capello-. Bebía incansablemente y encontraba ahí el hálito estimulante del vigor y el entusiasmo, el estado de gracia y la fuerza para escribir (...) indomable bebedor del barrio Bandera y en Il Bosco, amigo de poetas, políticos y bandidos, amante de las mujeres y de la vida, y de su pasión por el tango".
De izquierda a derecha: Luis Enrique Délano, Helena Wilson y Raúl Morales Álvarez, paseando juntos por una plaza.
Raúl Morales Álvarez, primero de izquierda a derecha, entre los ganadores del Premio Nacional del Pueblo "Pablo de Rokha" de 1967. Siguiendo en la misma dirección, aparecen en la imagen el Alcalde Tito Palestro, Pablo de Rokha, Mario Palestro, Mario Ferrero, Juan Godoy, Teófilo Cid, Nicomedes Guzmán y Mahfud Massis (Fuente imagen: revista "Qué Pasa" de mayo de 1979).
Su presentación usando el pseudónimo Sherlock Holmes, en 1962.
Y con esa misma devoción que goza la vida en "El Zeppelin", el "Zun Rhein" o las cocinerías de La Vega, describe las fiestas religiosas del Norte Grande o las epopeyas de la Armada en los canales australes y las aguas antárticas. Su mundo es enorme; inmenso, de horizontes infinitos, limitados sólo por los óbices de la propia existencia física. Mundo extenso y agreste, puesto al alcance del hombre corriente a través de sus sabrosas e incomparables crónicas.
En el mismo año de 1941 entró a trabajar al controvertido periódico "Las Noticias Gráficas", donde llegó a ocupar el cargo de Director una década más tarde. La sede del diario se encontraba en la primera cuadra de Teatinos, justo al lado del Palacio de la Moneda, en un antiguo edificio que ya no existe. Ahí compartió oficinas con sus colegas Antonio Poupin, el Negro Jorquera y Hugo Mariñán, entre otros destacados referentes del periodismo nacional. Guillermo Ravest Santis, quien trabajaba por entonces en el mismo recinto del diario pero para la Agencia Cooper, recodaba en su libro autobiográfico "Pretérito imperfecto" cómo el inquieto y prolífico hombre de letras era parte de los pocos periodistas que debían quedarse redactando durante el fin de semana, prácticamente la edición completa de "Las Copuchas Gráficas" como llamaban jocosamente al tabloide:
"Y ahí estaba Raúl Morales Álvarez redactando sin parar sus crónicas surtidas, con un sándwich a medio comer, y junto a la pata del escritorio, su correspondiente botella de vino".
En 1942, contagiado de la popularidad que tenían entonces las crónicas policiales en las que colaboraba (área en que muchos lo consideraron el mejor exponente en la toda historia nacional), creó a revista "Delito", de la Asociación de Reportes Policiales de Chile. El primer ejemplar del desaparecido medio fue lanzado hacia septiembre de ese año.
Su círculo también es un torrente de genialidad: Tito Mundt, Nicomedes Guzmán, Daniel de la Vega, Luis Enrique Délano, el trágico poeta Luis Cerda Barrios, Antonio Rocco del Campo, Hernán del Solar y tantos otros, unos recordados y los que no, olvidados o perdidos. Sus propios amigos y conocidos tienen la grandeza suficiente para aparecer en sus crónicas: desde Pablo de Rokha a Carlos Canut de Bon. Y él mismo aparece, además, en las semblanzas de unos y otros, como si se completaran todos entre sí, en su generación.
Había contraído matrimonio con la escultora Helena Wilson, a quien conoció el 17 de abril de 1937 mientras la entrevistaba, enamorándose ambos perdidamente y de manera inmediata. Se casaron a los cinco días (y se habrían casado en el cuarto, según confesó una vez, pero era domingo), con sus colegas de "Ercilla" el dibujante Olmos y el fotógrafo Torrente como testigos. Con ella tendrá cuatro hijos: Raúl, Juan, Miguel y Gabriel. El matrimonio durará casi 50 años, y vivirán por largo tiempo juntos en el famoso Hotel Victoria del centro de Santiago, en la época de oro de este establecimiento y de su reputado restaurante, frecuentado por artistas e intelectuales.
"Raúl Morales vivió la bohemia como amigo y periodista de grandes campañas -recordaría Oreste Plath-. Su compañera, cuyo matrimonio fue mirarse, amarse y casarse, realizaba esculturas, cerámica, hierro forjado y esmalte sobre metal, para terminar haciendo periodismo, cuyo seudónimo La Huasa, la hizo conocida. Morales, también Sherlock Holmes, tenía en Las Últimas Noticias una columna literaria: "Un libro para hoy", la que al pie decía: "Quienes se interesen en estos comentarios deben dirigirse a Raúl Morales Álvarez, Hotel Victoria, Huérfanos 801, Santiago".
En 1953, se incorporó al cuerpo periodístico del diario "La Sexta", ingresando luego al diario "El Clarín", en una de las experiencias que más se recuerdan de su carrera y de su decidido antecedente de simpatía por el allendismo, años aquellos en que todavía le quedaba algo de su militancia comunista. En este último medio fue donde escribió con el pseudónimo de Sherlock Holmes, que se suma a la larga lista de alias que ha usado para sus crónicas y reportes, como Pickwick en "Las Últimas Noticias", Simbad el Marino en "La Discusión" de Chillán, Capitán de Navío en "El Sur" de Concepción, además de otros como Ergo Sun y Argonauta, demostrando de paso que su juvenil encanto por la marina y la navegación también le acompañó por siempre, algo que tampoco escondió en sus crónicas. Otros de sus pseudónimos fueron Arcadio y Montana en la revista "En Viaje" de la Empresa de Ferrocarriles de Chile, además de Sagitario y La Huasa, suponemos que este último en honor a su querida Helena. Es uno de los periodistas chilenos de los que se tienen más pseudónimos en registro.
Raúl y Helena, en 1963.
Segundo matrimonio: Raúl Morales y Ángela Arancibia.
Raúl Morales Álvares en 1991, ya en sus últimos años.
En 1955, envía a imprentas su nuevo trabajo "Denso viene el día", enfocado en el mundo del hampa y en las correrías de rufianes como el El Fraile, el Panamá Jones, el Manosanta, el Naita-e-Tonto, entre otros. Conoce bien todos estos pantanos desde sus primeros años de reportero y de noctámbulo, que lo han llevado por las sombras de los puertos, por la fiestas desenfadadas del famoso barrio santiaguino de Los Callejones de Diez de Julio, del Barrio Chino de Mapocho, de Las Hornillas de Vivaceta, también ya diluidos en el tiempo y en donde se relacionó con las casi míticas ninfas del sexo furtivo y de la Luna llena de aquellos años, como Berta la Coja, la Ñata Inés, la Metro Ochenta o la Loca Marión.
"Con todo esto -describía a esta última-, las piernas, la perfecta, redonda y sensual del tórax jocundo, los labios besadores, la cicatriz para el misterio de las palabras más íntimas, la “Loca Marión” surgía a través de la antigua noche de Santiago, asomada a las esquinas y a su perenne escándalo, a veces vestida con pieles y largos trajes, y a veces también con harapos, sonriéndole al transeúnte y llevándoselo siempre, fatalmente siempre, como engarfiado en la tibia emoción de su sonrisa de vieja y sabia gozadora".
Son sus fantasmas de épocas extraviadas, esfumadas, de las que acaso no quedaría huella si no fuera porque el propio Morales Álvarez y otros talentos alcanzaron a escribir algo de ellas, antes de verlas consumirse en los inciensos de los calendarios. Ama al roto chileno y a su hábitat de la misma manera que rinde loas al Carrillón de calle Merced y que profesa con ardor el futuro de Chile en el mar del Pacífico. "Soy ateo gracias a Dios", solía decir con jocosidad, algo que nunca nubló ni contaminó su admirable entusiasmo por describir el culto y el folklore religioso del pueblo en torno a la Virgen de Lo Vásquez, de La Tirana, de Las Peñas o de la Candelaria.
Nunca abandona el periodismo, en tanto. Por sus entrevistas han pasado Pablo Neruda, Gabriela Mistral y hasta el Presidente Eduardo Lonardi en Argentina para la revista "Ahora", sólo días antes de ser derrocado en 1955. Y al tiempo que escribe, oficia también como crítico literario de "Las Últimas Noticias" en su sección titulada "Le Recomiendo un Libro para su Weekend"; inclinación que mantendrá activo hasta sus últimos días. Es miembro fundador de la Alianza de Intelectuales. Aparece en cuerpo y alma por el famoso bar "Roxy" de Santiago Centro, donde se codea con figuras como Ricardo E. Latcham, Manuel Lagos del Solar y don Carlos George-Nascimento, entre otros, como lo testimonia Plath, otro de los concurrentes a este sitio. Y en el bar "Black & White", que funcionaba en la Casa Colorada de calle Merced, se reúne nuevamente con Mundt, el caricaturista Raúl "Chao" Figueroa, Teófilo Cid y Juan Emilio Pacull. Como Sabella y Jacobo Danke, también asiste asiduamente al "Hércules" de calle Bandera, "siempre acompañado con personajes de leyendas, de pasiones que él convertía en crónicas periodísticas, enjundiosas de intención y motivación", para seguir en datos aportados por Plath. También iba al "Martini", de la misma calle pero más cerca de la Plaza de Armas y donde había celebrado la cena de su casi improvisada y rauda boda organizada contra reloj.
Sólo consigue retirarse parcialmente de estas aventuras cambiando constantemente de casa y viviendo por distintos períodos en el balneario de Cartagena, en La Reina, en Linderos, en Buin, en Llolleo, en Valparaíso, en Villa Alemana y más de una vez de vuelta en Santiago. Incluso pasó una larga temporada en Argentina, donde fue redactor y director de medios. Cuando estaba en la capital chilena, se veía con frecuencia al matrimonio en el "Bar Nacional" de Huérfanos, donde Morales era muy popular entre los comensales.
Plath comenta que, cuando cumplió medio siglo de vida, en 1961, declararía emocionadamente:
"Cincuenta años no señalan los de ninguna vejez verdadera todavía. Aún tengo las espaldas rectas, la mano firme y un ambicioso afán para el sueño y la conducta (...) Si de todos modos me han de llamar un día y he de irme, quisiera partir ahora, antes de tiempo, cuando todavía me la puedo, muriéndome en mi ley, de pie, bien estaquillado, de repente y sin doctores, pero con charla y con amigos, trasnochado, con una copa en la mano y los ojos de La Huasa mirándome los míos, para llenármelos de amor".
Su energía y su irreverencia expresadas en las letras y columnas, varias veces lo metieron en problemas, al punto de que hubo un tiempo en que debió transitar escoltado por guardaespaldas o amigos que le brindaran protección. Sus pasiones patriotas también le jugaron en contra: hacia 1963, en plena invasión argentina a los valles chilenos de Palena, Morales Álvarez saltó a la palestra condenando la prepotencia del vecino país y denunciando la pasmosa pasividad rayana en la cobardía del Gobierno de Jorge Alessandri, audacia que le costó varios meses de cárcel en el penal Capuchinos.
Fue distinguido con varios reconocimientos a lo largo de su vida profesional: en 1950, por ejemplo, obtuvo el Premio al Mejor Artículo extendido por el Círculo de Periodistas. Al año siguiente obtuvo tres galardones: El Mejor Artículo, El Mejor Título y La Mejor Crónica Policial. En el cincuentenario de la Editorial Zig Zag, es reconocido su libro "Denso viene el día". Pero, sin duda, el mayor de todos fue el Premio Nacional de Periodismo, que recibiera en 1964 muy merecidamente, haciéndose justicia con su persona y saldándose una deuda que tenía el mundo de los medios con su vasta y extraordinaria obra. Publicará un año después un nuevo libro: "Soldados de la fortuna", que había comenzado a escribir sólo días antes de iniciado su presidio por el caso de Palena. En 1967, además, fue uno de los receptores del Premio Nacional del Pueblo "Pablo de Rokha", por su trabajo en función de instruir y valorizar las clases populares y su cultura.
Siempre permanece ligado al periodismo que descubrió en sus años universitarios publicando en pasquines del nacismo criollo, según recordaba Tito Mundt. Y todavía en los ochentas, trabaja para "La Tribuna". A pesar de sus coqueteos con orientaciones de izquierda, su nacionalismo y las envidias de quienes se sentían eclipsados llevaron a algunos duendes a realizar odiosas acusaciones contra él, intentando vincularlo a los aspectos más oscuros y reprochables del contexto de época en que se vivía entonces, bajo el Régimen Militar. A pesar de ello, en su relación con la política fue visionario y previsor: pronosticó tempranamente la caída del Muro de Berlín, ante la incredulidad y hasta la mofa de otros intelectuales y camaradas que siguieron en aquellas filas ideológicas. Y en plena crisis del Canal de Beagle, volvió a alzar la voz en defensa de Chile y su territorio, pese al silencio casi sepulcral que se mantenía aquí respecto de los detalles de la controversia, alineándose con el interés nacional y con las acciones del gobierno de facto de entonces, decisión que muchos de sus enemigos jamás le perdonaron.
Pero la desgracia toca su puerta, con el pasar de los años... Su amada Huasa, la mujer que llenó su existencia por 49 largos años, su compañera y complemento de vida, comienza a perder el soplo cálido de la vitalidad en que ambos se compartían y fundían. Diagnosticada del mal de Parkinson, queda imposibilitada para valerse por sí misma, y Raúl se vuelve su cuidador, hasta que ella fallece. Una hermosa historia de amor llegaba a su doloroso fin, cuando el periodista se aproximaba ya a los 80 años.
Pasado un tiempo, Raúl Morales Álvarez se trasladó a Quillota y contrajo matrimonio nuevamente, esta vez con doña Ángela Arancibia. Vivió con intensidad esta relación, inspirándose en ella para comenzar a escribir otra vez. Allí falleció el 5 de mayo de 1994, al fallarle su corazón justo cuando se preparaba la publicación de su último libro: "Hazaña y desventura del pillo del pájaro", obra con las aventuras del cuatrero y abigeo Joaquín Lumbreras Padilla, que había concebido durante el año anterior y con una intensa carga de pasión amatoria, inspirada en su propio momento de vida.
A su vastísimo legado escrito y recuerdos, se suma el haber dejado un punto de referencia luminoso y pulsante para la mejor y más valiosa historia del periodismo chileno, desde sus orígenes hasta nuestros días. No hay duda de que se trata, por lo tanto, de uno de los más grandes y determinantes profesionales de la crónica y del editorialismo que han conocido estas tierras llenas de melancolías y memorias náufragas en las hebras cronológicas.

3 comentarios:

  1. Hola Amigos: He leído con mucha atención esta biografía y realmente la encuentro espectacular. Conocí a don Raúl Morales Álvarez antes de morir. Y la verdad es que era un gran periodista; pero más que eso, fue un reportero
    innato y también un tremendo escritor. Por allá en 1987, durante los cruciales dias anteriores al Plesbicito Nacional, tuve la oportunidad de estrechar su mano, al interior del Círculo de Periodistas de Santiago.
    Sin embargo, lo que me llamó la atención del presente
    reportaje es que se dice que él anticipó la llamada Caída del Muro de Berlin y eso no es exacto. Como he estudiado su obra --soy fans de ''El Funye'', que rescata semana a semana sus legendarios artículos en Facebook-- es que
    esa frase corresponde a una entrevista que se le hizo a uno de sus tantos amigos, que se llamaba Marcos Correa, que también era una figura destacada del Círculo. Por ello me gustaría hacer una precisión. No es que Raúl Morales Álvarez haya pronosticado de un día para otro la famosa ''caída del muro de Berlín''. Esto sería un absurdo. Lo
    que don Carlos Correa quiso decir, no literalmente, pero sí en su lectura más acertada, general, con un sentido más plural de los hechos, intelectual acaso, destacadando el genio y la figura de don Raúl, es que él, como buen pensador --al igual que muchos disidentes desilucionados con la ortodoxia, como Octavio Paz, Borges-- consideró que el sistema de los socialismos reales europeos iba atravesar por una crisis profunda, dado la naciente discusión de las renovaciones de las ideologías entre
    los años 70-80. Y eso que don Raúl fue tal vez el mejor propagandista de las campañas presidenciales de Salvador Allende --por tanto, no se le puede acusar de reaccion ni de traición-- pero sus críticas (casi una metáfora) no fueron muy consideradas dado el contexto de la dictadura
    pinochetista. Sin embargo, finalmente tuvo razón. El muro de Berlín cayó junto a todo lo que representaba. Un sueño para algunos, y un gran lugar que asiló a los perseguidos en Chile para otros. Fue tan exitosa la renovación
    socialista, que sus dirigentes llevan 30 años gobernando Chile hacia un mejor destino para todos los chilenos. Por eso sería bueno aclarar eso del Muro de Berlín, que podrìa confundir a los lectores. Lo que esta haciendo Urbatorivm, editando nuevamente las crónicas especiales
    de uno de nuestros antiguos representantes de la vieja prensa escrita chilena, ''la Vieja Guardia'', como se decia antes, ennobleciendo a esta Era del Internet, contribuye como ningun otro medio al estudio y a la historia de la Orden Periodistica, de uno de sus controvertidos representantes, ya olvidado, superando obviamente esta pequeña aclaración del famoso Muro alemán. Felicitaciones otra vez, y sigan adelante.

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  2. Muchas gracias por la observación, estimada, pero la verdad es que el texto lo redacté señalando precisamente esa virtud de que fue capaz de anticipar la caída de los regímenes de aquella órbita política y no alguna clase de precognición paranormal o adivinatoria. Como Ud. sabrá, además, fue cuestionado por muchos de sus colegas de entonces, quienes no le creyeron este "cambio" y pensaron que sólo intentaba atraerse cierta clase de simpatías o favores, como digo en el artículo. Quizás deba intervenir ese párrafo para que quede más claro, pero además de conocer bien esa alegoría de "ser capaz de anticipar la caída del Muro de Berlín" (lo viví en carne propia) estoy enterado de estos detalles y varios otros sobre la vida del cronista, gracias a la misma agrupación de el Funye, con quienes comparto mi admiración por el autor. Muchos saludos.

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  3. Los conocì ellos eran mis vecinos en la calle O"HIGGINS de San Bernardo yo era una niña pero si me acuerdo de ellos y de sus 4 hijos varios años mayores que yo estos pololearon con primas y vecinas .La huasa Helena se vestìa en casa con abrigo de piel y abajo andaba desnuda, nunca supimos la razòn ella era extraña pero era muy buena persona fueron buenos vecinos. Lindo recuerdo y me entere de cosas de dON rAÙL QUE NO TENÌA IDEA. bUEN TEXTO.

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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