miércoles, 14 de julio de 2010

VESTIGIOS DEL PASADO EN CALLE ROJAS MAGALLANES ORIENTE (PARTE III): LA FONDA DE "EL LICHO"

Coordenadas: 33°32'8.63"S 70°33'19.22"W
Hemos revisado en dos entradas anteriores, los vestigios del pasado rural y campesino de la comuna de La Florida, en el tramo oriental de la calle Rojas Magallanes, del paradero 18: la Casa de los Adobes situada en la esquina con avenida La Florida y los restos de los eucaliptos gigantes que se encontraban más arriba de este camino, en donde ahora está la plaza de la Villa Rojas Magallanes.
Un día remoto de aquellos, nació una antigua y folklórica posada en el sector para entonces más alto, ya al final de este tramo oriente de avenida Rojas Magallanes, casi en la orilla del Canal San Carlos pasada la actual calle Santa Victoria, en medio de esos mismos terrenos agrestes e inseguros dominados por los más fuertes de la fauna local y los gañanes más temerarios.
Territorio de choros de campo y de huasos armados de borrachera, rebenque y cuchillo parronero, diríamos, aunque hoy no lo parecería. Al menos así la recuerdan quienes la conocieron hace muchos, muchos años.

No tenemos claridad de cuando se levantó el local: unos dicen que hace unos cien años, cuando se habrían habilitado los primeros caminos junto al canal, y otros vecinos creen que fue en los años cincuentas, luego de loteados los terrenos que habían pertenecido al Regidor Mario Zañartu y su esposa Marta Undurraga, cuya casona es ocupada hoy por Colegio Quinto Centenario sede Cordillera, ubicado exactamente al frente del lugar de la posada. En aquella antigua casona de Zañartu, por cierto, se firmó el decreto de creación de la Municipalidad de La Florida, en 1890, luego de la creación de la comuna.
Ubicada estratégicamente en la pasada de los huasos y jinetes que iban o venían desde la Media Luna de los rodeos que todavía se realizan en La Florida, junto al canal, el local de adobes, tejuelas y troncos para las amarras de caballos de los visitantes, comenzó a volverse de gran atractivo en la segunda mitad de la centuria, llegando allí algunos pobladores del entorno, los peones de los fundos y los trabajadores de los campos aledaños, todos huasos acostumbrados a la vida dura y de seguro también a las peleas a mano limpia.
El propietario de la posada, conocido como El Licho, convirtió el local en una pintoresca fonda que mantenía abierta casi todo el año, con oferta de cocina típica y cantidades formidables de alcohol para los comensales: chicha, pipeño, vino, etc. Con el tiempo llegaron las cervezas y otras alternativas para la parranda.
Enormes pipas, tinajas y ornamentos típicamente campestres decoraban el interior del local, donde todo era antiguo; casi anacrónico. Para la música, tocaban con frecuencia artistas folklóricos de circuitos casi desconocidos por la cultura oficial de masas, y uno que otro maestro cuequero que endulzara el ambiente disipando las energías mal encausadas. Un pequeño pero prolífico parrón bajo el alero servía a veces como baranda para los ebrios y, cuando no, de depósito de cuerpos si ya estaban KO.
El Licho convertía su local en una suerte de chingana todos los períodos de Fiestas Patrias. Era un momento en que los extraños eran relativamente mejor bienvenidos que en el resto del año, pues la fonda se llenaba de toda la borra de la baja sociedad: choros, gañanes, prostitutas, travestis e incluso mendigos. Pero el alcohol que siempre rondó en estas lindes hacía su parte, y la pendencia no tardaba en reaparecer, como en los peores momentos de nuestra vida colonial o republicana.
De todos modos, entonces, el rancho terminó siendo escenario de enormes peleas aquellos días de septiembre, por lo tanto, y en una de ellas casi salen apuñalados mis amigos Juan y El Guatón, de no ser por la extraordinaria dupla de buenos peleadores que ambos podían ser en aquellos años y que les permitió contener a una masa de agresores para escapar después, saltando cercos, hasta unos acopios de ripio de un propietario cercano, tras una infernal noche de persecución. Recuerdo cómo los pocos días de esta experiencia, publicamos un afiche haciendo sorna de su aventura, con caricaturas de ambos involucrados como actores de una imaginaria película titulada "Dos puños contra la Fonda del Licho", parafraseando al filme "Dos puños contra Río" de Terence Hill y Bud Spencer.
Incapaz de sentirse disuadido por estos peligros, Juan volvió a visitar la fonda varias veces más. Y también haría, nuevamente, historia entre los gañanes que no lo conocían y que intentaron probar sus capacidades de luchador en esas salas de adobes fríos y descascarados. Al parecer, una forma que algunos de los más odiosos clientes tenían para provocar estas peleas, era pisando los pies de un visitante mientras le miraban desafiante a la cara, o bien simulando choques accidentales por las pasadas de sus puertas o pasillos. Al menos es lo que me tocó conocer en alguna ocasión en que fuimos juntos. Lamentablemente para ellos, cierta vez se pasaron de la raya y se equivocaron intentando hacer semejantes experimentos con un luchador casi vernáculo, como era Juan, criado y crecido en estos mismos rigores medioambientales, muy diestro en técnicas de combate.
Con el tiempo, las urbanizaciones terminaron de llevar el evangelio a esos paisajes bravos y la mala fama de la fonda y de sus alrededores se marchó con los zorros, culebras chilenas y las golondrinas que también fueron corridas de ese lado de la ciudad, con la aparición de los barrios. Actualmente, el Canal San Carlos está contorneado por la calle Sánchez Fontecilla, desde la cual se extienden las nuevas villas sobre los terrenos de las viejas viñas. El paisaje es, por lo tanto, irreconocible con respecto a lo que se veía en esos años del dominio de ferocidad.
El Licho falleció en los noventa, según calculo, dejando el local a su hija Bernardita, una simpática y pequeña señora que, en general, era bastante respetada por los residentes y afuerinos que se aventuraban por allá.
Apareció por entonces en su fachada un cartel con el nombre de "Restorant el Quetal" (¿Se habrá llamado siempre así? Nunca lo supimos), y se convirtió en un lugar infinitamente más acogedor y grato, aunque su decoración y aspecto no variaron sustancialmente. Hacia atrás, en los patios, se levantaron toldos que extendían la actividad y los expendios del local.
A pesar de todo, la fonda seguía atrayendo a su popular público y quizás también a las clásicas peleas de su bar, ya casi extintas.
Parecía que esta nueva etapa brindaría a la posada un nuevo y radiante impulso de vida, garantía de supervivencia en el tiempo. Sus parroquianos hablaban incluso de postularlo como lugar de conservación histórica, y no era descabellado para quien conociera la antigüedad del recinto y las escenas pintorescas que tenían lugar en su interior. También se convirtió en un sitio para presentaciones artistas más nuevos que alcanzaron a hacer shows en vivo en él, faltando sólo un poco para su final definitivo. Parecía abrirse un feliz nuevo soplo de vida en la chingana.
Hacia noviembre de 2009, sin embargo, el local cerró súbitamente sus puertas. Dicen que fue por el fallecimiento de la dueña, pero no hemos podido confirmar a ciencia cierta esta información. Sus cercas de madera se desarmaron solas, su típico parrón se secó y las bisagras chillonas de sus puertas de madera no volvieron a sonar.
Actualmente, la posada está abandonada y esperando la llegada de las picotas que sellarán su destino, ya que se ha proyectado la construcción de modernos locales comerciales en toda esta esquina y que servirán a los grandes conjuntos residenciales allí dispuestos en las ex viñas.
Esta vez, la temida fonda sólo para la valientes, se entregará a su final sin poder dar pelea, dejando en el abstracto del recuerdo este último vestigio del más remoto pasado rural de la calle Rojas Magallanes de la populosa comuna de La Florida.

6 comentarios:

  1. Lamento que este blog se cierre, es realmente una joyita. La verdad es que me entretuve muchisimo leyendo y aprendiendo acerca de nuestra ciudad, y ahora ultimo de nuestra gran comuna de La Florida...
    ¡Felicitaciones y suerte!

    ResponderEliminar
  2. que lamentable de verdad, esta pagina es demasiado buena, no la cierres por favor

    ResponderEliminar
  3. Recuerdo la casona, me trae algunos recuerdos que quisiera olvidar, pero en fin buena la historia de la casona.
    Cris tu blog es buenísimo espero encontrarme con mas historias como estas.

    ResponderEliminar
  4. Hola Denisse... ¿Vives por ahí? Lo último que supe hace un par de días es que ya comenzó la demolición. ¿No sabrás algo al respecto?

    ResponderEliminar
  5. Lamentablemente nadie ha luchado para que en La florida se conserven estos recuerdos del pasado, según se en algún momento fue declarado monumento histórico, pero como todo en este Chile, nadie se entero, por lo que para la constructora fue muy beneficioso, nadie les puso problema. y el la municipalidad ni siquiera se enteraron.
    Marisol Cerda Rojas

    ResponderEliminar
  6. que buen blog! es poco frecuente que una persona se dedique a rescatar con imagenes y vivencias dejando una suerte de documental. Viví en La Florida muchos años, cuando tobalaba era de tierra, cuando jardin alto era un lugar agricola, cuando en la esquina de walker martinez y av. la florida era zarzamora y una casa de adobe hacia herraduras, etc, etc. Excelentes relatos del dueño del blog complementados con fotos.

    ResponderEliminar

Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

Residentes de Blogger:

Residentes de Facebook