lunes, 27 de abril de 2009

LOS ELEMENTOS QUE CARACTERIZABAN A LOS BURDELES CRIOLLOS ANTIGUOS

Imágenes: colección digital de L. Rivas
El desarrollo de una estética característica en los burdeles santiaguinos y porteños de los siglos XIX y XX, se debe, en gran medida, a la influencia internacional que se ha conocido de ellos, especialmente de Francia, y cuyas características fueran adoptadas acá entre la sociedad chilena por importación.
Sin embargo, existe otra gran cantidad de elementos que también tienen una raigambre más localista, tanto por el carácter doméstico que tenían muchos de estos prostíbulos, como también por la fuerte vinculación que tuvieron alguna vez con las fondas y chinganas de los barrios marginales de la capital chilena, adoptando características fuertemente costumbristas y folclóricas a las que, por escrúpulos intelectuales, la mayoría de los historiadores e investigadores "serios" insiste en dar la espalda.
Hemos revisado la historia de varios burdeles famosos de la capital chilena, en posteos anteriores y en otros que publicaremos a futuro. Buena parte de la escasa información disponible, sin embargo, proviene de la tradición oral, de los recuerdos de viejos. Incluso los libros que tratan de cuando en cuando el tema, lo hacen basándose en testimonios y recuerdos de quienes conocieron estos centros de recreación sexual, o bien en los escritores que describieron a la pasada estos núcleos de entretención para sus novelas, como Augusto D'Halmar en "Juana Lucero" o Joaquín Edwards Bello en "El Roto".
Lo anterior nos ha permitido reconocer e identificar algunos de los objetos, personajes y unidades características de tales burdeles, ya perdidos en el tiempo, y de los que sobreviven hasta hoy algunos conceptos, aunque un tanto trastocados o corrompidos, según veremos.
Imágenes: colección digital de L. Rivas
Imágenes: colección digital de L. Rivas
Escena del filme nacional "Casa de Remolienda" (2007)
La situación descrita es comprensible en la actual generación de vulgares casas de prostitución disfrazadas de "casas de masajes" y cabarets, donde todo el factor glamoroso y pintoresco ha desaparecido, sobreviviendo sólo las luces románticas del recuerdo.
En otros casos, se han mantenido los "detalles" como símbolos de erotismo gráfico: plumas, telas, sedas, alfombras, lámparas, tapices, cortinas largas, biombos, cojines y collares, según veremos también en las fotografías antiguas de desnudos femeninos que aquí se acompañan.
Así, además de regentas, "niñas felices" y clientes, existía todo un conjunto de elementos relevantes y notorios, que hacían individualmente su aporte para la identidad general del burdel clásico de una ciudad como Santiago.
Veamos cuáles eran los más importantes de ellos.
LA CASONA ANTIGUA
Gran parte de la estética que los burdeles chilenos adoptaron en las grandes ciudades, entre fines del siglo XIX y principios del XX, provenían de características propias de la de la Belle Époque europea, de irradiación francesa, como hemos dicho. Esto se reflejaba en algunos elementos como las vajillas, la decoración y los muebles. Por lo tanto, las casonas antiguas, no siempre lujosas pero sí amplias y cómodas, solían ser las favoritas de las regentas que buscaban subirle el perfil a sus establecimientos cuando estos se ubicaban en la urbe. Como todos los burdeles tenían un salón principal, donde estaban el piano y la pista de baile, las casas pequeñas o estrechas no eran cómodas para el servicio.
Las casonas podían ser sencillas y con algo de aspecto solariego, como la de la Tía Carlina en Vivaceta. Otros, como "La Lechugina" y "La Nena del Bajo", optaban por las viejas residencias de los barrios Portugal y Diez de Julio. El prostíbulo rebautizado "La Gloria" en un libro de Edwards Bello, hacía lo propio en una casa de calle Borja, en Estación Central.
Luego de entrar a un período de decadencia, las mansiones del barrio París y Londres representaban un atractivo especial para funcionar como prostíbulos y moteles, llegando a ser muy cotizadas, hasta que un siniestro asesinato ocurrido en 1968, conocido como el caso del enano maldito, ensombreció para siempre el oficio local pero permitió al barrio la recuperación de su aspecto tradicional, que hoy atrae a cientos de turistas.
Luces rojas, del famoso barrio también "rojo" de Amsterdam (fuente: L. Rivas)
LA LUZ ROJA
No era común, en un principio, pero, profundamente influidos por el afrancesamiento, los burdeles chilenos también incorporaron hacia la primera mitad del siglo XX la tradición de colocar una luz roja en su entrada, mampara o zaguán, con la que indicaban la naturaleza del negocio que había adentro. Esta costumbre se mantiene en varios de los prostíbulos que actualmente existen, pese a que muy rara vez ofrecen el carácter general de las clásicas casas de remolienda que hubo en la ciudad, al menos desde lo que alcanza a observarse por el exterior.
Al parecer, esta internacional costumbre de colocar ampolletas o pantallas rojas en la iluminación del burdel, proviene de las luminarias del famoso cabaret francés Moulin Rouge, cuya traducción al castellano es Molino Rojo, precisamente. Sin embargo, algunos suponen que la tradición es muy anterior y que estaría asociada con los empleados de señalización del ferrocarril, quienes en los turnos nocturnos solían escaparse a los burdeles llevando sus lámparas y faroles de aceite o queroseno para colgar uno de ellos con cristal rojo afuera e indicar así que se encontraba en el interior, por si llegaba a necesitársele otra vez en servicio. Esto habría sido lo que originó, además, el concepto del Barrio Rojo.
En América, estas luces también sirvieron no sólo para indicar las casas destinadas a este oficio, sino también para facilitar algunos actos de fiscalización por parte de las autoridades.
LAS CAMPANILLAS O CARILLONES DE PUERTA
Gran parte de los sucesos festivos que tenían lugar en los burdeles, ocurrían hacia las salas ubicadas en el frente de los establecimientos, equivalentes al living de una casa familiar. El ambiente de la habitación, en cambio, era íntimo y lejos del público. Sin embargo, no siempre estaban todos atentos a lo que sucediera al frente. Como era común que los clientes pasaran sin anunciarse hasta el interior, especialmente los más conocidos, fue necesario incorporar carillones de tubos o pequeñas campanillas de puerta, que anunciaran con sus tilines la entrada o salida de personas.
Prácticamente no había prostíbulo que no tuviera una de estas. Inclusive, las residencias que empleaban esta clase de artilugios con diseños o tamaños exagerados en sus puertas de acceso, antes eran objeto de burlas y de comparaciones maliciosas con las casas de remolienda.
EL PIANO
Unos de cola y otros verticales, serían el instrumento infaltable de los burdeles, arrinconado en alguna parte de lo que era la sala principal, allí donde los presentes bailaban. Este instrumento solía ser la más cara de las inversiones del burdel, además de la casa que lo alojara. Dependiendo del barrio donde se encontrara el prostíbulo, el repertorio musical podía ir de la cueca hasta los tangos. Según quienes alcanzaron a conocer estas figuras, lo común eran los boleros, valses y una que otra milonga.
No siempre estaban los pianos en buenas condiciones: a veces, se encontraban desafinados o maltratados. En un famoso incidente que linda ya en la leyenda, uno de estos pianos habría sido robado desde los famosos cuarteles de lujuria de la mítica Tía Carlina. Una cueca del clásico grupo folclórico "Los Chileneros" recordaba este acontecimiento, con el título "Se arrancaron con el piano".
Muchos de estos pianos fueron a parar a casas de anticuarios o, simplemente, fueron destruidos. Quién sabe cuántos de ellos, que hoy son ostentados como herencias familiares en algunas casas, correspondieron en realidad a los pianos que alegraban día y noche en los burdeles de La Chimba o barrio Matadero.
"Piano Bar", obra de Alberto Sughi.
EL PIANISTA "MARICÓN"
El músico que tocaba el antes referido piano durante, cada jornada en el burdel, solía ser un instrumentista homosexual casi invariablemente. Al parecer, su condición sexual aseguraba que el único funcionario testicular de punto fijo en la casa, no se enredara en líos con las demás trabajadoras ni provocara los celos de algún cliente complicado. Tan habitual era esto que, tocar piano en esta clase de establecimientos, era un indicio incontestable de que el músico era "mariconcito".
Generalmente, era un pianista de poco encanto o cuya carrera se vio frustrada. Constituía, sin embargo, todo un personaje del burdel, a veces trabajado de planta por décadas y volviéndose un símbolo o distintivo en cada casa. Solían ser muy queridos y se les llamaba con el diminutivo de su nombre, como Juanito, Pablito, Jorgito, etc.
Tan fuerte fue la vinculación de la figura del pianista "maricón" con la casa de remolienda que, por la misma razón, se extinguieron también, arrastrados por el fin de la era dorada de estos locales en la capital.
LA PONCHERA
Éste era el emblema de bienvenida a los visitantes. Solía estar al centro de la mesa principal del salón o del comedor, rodeada de copas. Cinco litros mínimo de capacidad. Generalmente era vino blanco con duraznos picados o, cuando la estación lo permitiera, un borgoñita de vino tinto económico con frutillas. Muchos clientes entraban tentados, en primera instancia, por la famosa y dulce ponchera. A los gordos, a la gente de barriga prominente en general, los chilenos aún le imputan con sorna el cargo de "tener ponchera", por la forma redondeada que solían tener estos artículos pero, originalmente también, sugiriendo quizás alguna tendencia excesiva a probar los refrescos de los burdeles.
El famoso panelista y cronista Willie Arthur, quien estuvo en el primer equipo de entretenidos conversadores del programa "Tertulia", recordó una vez que, siendo niño, un avezado compañero de colegio hizo acompañarle hasta uno de tales locales y lo dejó sentado junto a una de estas poncheras mientras bailaba con las "niñas", perdiéndose por la casa con ella. El pequeño e inocente Willie, vestido de marinerito a la usanza de entonces, comenzó a cucharear de aburrido la ponchera hasta que, sin darse cuenta, perdió la lucidez y despertó mucho rato después, en medio del tremendo escándalo que su primera aventura etílica había provocado en su recatada y conservadora familia aristocrática.
Actualmente, sin embargo, este heráldico objeto de nuestra chilenísima tradición coctelera, prácticamente no existe en los prostíbulos de nuestros días, aunque sí sobrevive el concepto: se le llama ponchera a una oferta de trago, generalmente una o dos botellas de pisco con bebidas o algo por estilo, que se le cobra como entrada a los clientes de esta clase de lugares.
Aunque el abandono del artículo fue paulatino, popularmente en el cambio definitivo de la célebre ponchera parece hsber tenido influencia del famoso empresario nocturno el "Padrino" Aravena, quien, copiando una oferta parecida que había visto en Francia pero que allá se hacía con vinos finos, comenzó a ofrecer un pisco con cuatro vasos de gaseosa para prepararse piscolas en uno de sus más conocidos locales, dando origen así a la llamada "linterna con cuatro pilas", que ya estaba sustituyendo en los lupanares a la ponchera. Con estas nuevas cargas de alcohol en reemplazo de la clásica ponchera, será que los clientes puedan abordar a las chiquilla que comienzan a desfilar ante ellos, según el actual protocolo del oficio.
EL BAR
Por supuesto que la ponchera era sólo la bienvenida y para calentar motores, de modo que los clientes sedientos podían contar frecuentemente con un bar, generalmente de vino y de licores baratos, donde saciar la ansiedad de sus jornadas de baile o amoríos furtivos. La calidad de los alcoholes solía ser un reflejo proporcional a la calidad del lupanar.
Muchos de estos bares eran abiertos: el cliente se servía y pagaba después el total, a menos que se incluyera en el servicio. De ahí, quizás, el servicio de invitación que ahora llega a las piezas de las parejas románticas en los moteles. Pero no me es claro cómo funcionaba su atención, de acuerdo a la información que aportan quienes los conocieron: unos dicen que tenía un barman propio, el mismo encargado de mantener permanentemente llena la ponchera; pero otros aseguran que eran las mismas "niñas" quienes atendían un pedido. De hecho, el bar era uno de los lugares favoritos donde coquetear con estas muchachas de la casa, alternativa para quienes no optaran por el baile.
Los bares, más bien pequeños y poco surtidos, podían estar en un cuarto aparte de la sala principal, en el comedor (que solía ser común a "niñas" y clientes), o bien en algún rincón de la pequeña pista de baile, pero donde no interviniera con las parejas alegres.
LOS SILLONES Y SILLAS CLÁSICAS
Los muebles de estilo francés, algunos más baratos y otros más lujosos, eran parte de la decoración obligada de los burdeles chilenos, en otra evidente influencia de la tradición parisina. Los más ostentosos de ellos eran de diseño Luis XV, aunque el presupuesto alcazaba a lo sumo para los sillones y sofás, además de una que otra mesita o banca.
El estado de mantención en que se encontraban estos mubles, tal como sucedía en las casas, solía ser un indicador del grado de prosperidad en que allí se vivía. La ausencia de buenos muebles era una clara sospecha de la calidad del servicio y de la belleza de las "niñas", factores dilectamente proporcionalmente.
Los abuelos recordaban, además, que las niñas pasaban gran parte del día echadas en estos sillones, por lo que siempre estaban pasados con sus perfumes penetrantes. Algo peligrosos para los clientes, que fácilmente podían ser descubiertos en sus casas, por el olfato, luego de haber andado en alguno de estos sitios. Más peligroso aún, cuando algún visitante creativo solicitaba alguna silla o sillón para satisfacer alguna adición experimental en sus fantasías sexuales, mismas que aparecen muy presentes y reiteradas, también en la fotografía erótica clásica, que toma muchos elementos en torno al desnudo femenino, tomados de la estructura reconocible en los burdeles y los burlesques.
LA VICTROLA:
Como el baile era una actividad de día y noche en los burdeles, el piano no siempre alcanzaba a complacer a toda la clientela y llegaba la hora para las famosas victrolas de la RCA-Víctor, que las regentas solían ocupar con facultades exclusivas de meterle mano a tan valioso artefacto. Habían comenzado a llegar al comercio chileno hacia 1920. El triste perrito que reconoce la voz de su amo fallecido en una victrola, símbolo de la compañía de "la voz del almo", ha de haber sido conocida por primera vez en estos locales de "niñas felices".
Las tocadoras de disco solían estar acompañadas de un repertorio relativamente voluminosos de discos de boleros, cumbias y mambos, todos cantados por buenas estrellas del medio. Así, al ritmo del "Tengo una vaca lechera", clientes y "niñas" se entretenían en lo que era el segundo más negocio del burdel, después del sexo: el baile, equivaliendo, de alguna manera, a los pubs y discotecas de nuestros días. Todo gracias a la victrola.
Cuadro de la pintora Carmen Aldunate.
EL GATO
El gato doméstico, generalmente uno y nada más, era otro de los personajes típicos que moraban por la casa de remolienda durante todo el día. Equivalía al perro faldero de las prostitutas parisinas que posaron para Toulouse-Lautrec. Si el gato no estaba paseando entre las piernas depiladas de las "niñas", recibiendo una caricia de ninfa cada tres pasos, ronroneaba sobre las piernas de la regenta o dormía cómodamente en las camas de las habitaciones. De ahí proviene un corolario popular chileno: "Más flojo que gato de casa de putas".
Probablemente, el gato era el ser vivo más regaloneado de un burdel, después de la clientela, y el único con autorización a pasear por todos sus rincones, sin restricciones. Pegarle un puntapié o cachetazo al minino equivalía a estrellarse con todas las mujeres de la casa.
Imágenes: colección digital de L. Rivas
LOS ESPEJOS DE MURO O TOCADOR
Tanto en las salas de baile como en las habitaciones, habían grandes espejos: de trípode, de pedestal o colocados fijos contra las murallas. Los clientes y las "niñas" los usaban de pasada cuando están en las salas o los pasajes de la casa, retocándose para lucir de la mejor manera. Le dedicaban mayor tiempo a los de los baños, camarines o vestidores en sus piezas.
Estos espejos repartidos por la casa también tenían una utilidad ambiental: además de aportar elegancia al establecimiento, daban la sensación de que éste era más espacioso, truquillo perceptual que es usado aún en algunos restaurantes, bares y locales comerciales.
Algunos espejos podían ser de gran valor y belleza. Generalmente, el más fino y atractivo de todos aparecía cerca de la puerta o en la sala principal. Los "buenos" burdeles ponían uno también cerca de la entrada, para que los visitantes se pegaran un último e improvisado "ajuste" en pelo y corbatín, antes de ingresar al salón donde esperaban las "niñas".
Fragmento del Tapiz del Apocalipsis, en Angers
LOS ESPEJITOS INDIVIDUALES
Era común que las prostitutas estuviesen retocando constantemente sus maquillajes, o bien peinándose con esos peines que llevaban siempre escondidos entre sus vestidos. Por tal razón, otra característica de los burdeles era la presencia de algunos de estos espejos de tocador en sus salas y habitaciones, permanentemente consultados por las "niñas" para mantener intactos sus encantos. Otros eran de bolsillos algo comunitarios, colocados y usados por los puebles de la casa.
Probablemente, este hábito nos haya llegado desde la Europa latina. Sin embargo, el espejo se trata de una de las herramientas más antiguas asociadas al maletín del oficio: aparece siendo usado, por ejemplo, en la representación de una prostituta que alegoriza a Babilonia, en el llamado Tapiz del Apocalipsis que se halla en Angers, Francia, y que data del siglo XIV.
FLOREROS Y JARRONES:
Para acompañar la elegancia románica de tapices y muebles, no era raro que las regentas decoraran la casa con jarrones ornamentales de estilo francés o inglés, generalmente de cierto valor y que eran adquiridos no sin sacrificios en los más selectos locales de venta de los mercados, no obstante que hay quienes dicen que muchos de ellos eran obsequios de los propios clientes, en prenda de satisfacción y lealtad con el negocio.
Los jarrones de loza corriente eran más baratos; los de porcelana coloreada con finos motivos, un lujo.
Solían estar sobre los muebles, sosteniendo algunas de las flores que los clientes reiteradamente llevaban a las muchachas, o bien equilibrándose sobre una mesita estrecha, con funciones meramente decorativas.
Imágenes: colección digital de L. Rivas
LAS FLORES Y RAMILLETES:
Solían estar por todos lados de la casa, incluso en muros, al rededor de los marcos de los cuadros, los jarrones etc. Además de darle un sentido femenino y acogedoramente "floral" al burdel, era símbolo de ostentación, pues era corriente que los propios clientes las regalaran a sus "niñas" favoritas cada vez que se presentaban en la casa, como hemos dicho.
Quizás había una intención adicional de disfrazar un prostíbulo como refugio de ninfas, pues las flores eran, además, un motivo frecuente e internacionalmente establecido en sus papeles murales, alfombras y tapices, a juzgar por algunas antiguas fotografías que sobreviven de estos lugares. También había muchas de plástico o de papel, y eran frecuentes en los baños, según la descripción que hace Edwards Bello en "El Roto", quizás para darle algún aspecto más higiénico.
En el caso de Santiago, la abundancia de flores dispuestas por las propias regentas o regaladas por los entusiastas visitantes, era facilitada por la proximidad de las pérgolas de la Alameda y del barrio Mapocho con las principales casas de remolienda de la época.
Imágenes: colección digital de L. Rivas
LOS GRANDES ARMARIOS
Cada mujer necesita un armario propio. Uno mínimo. Cualquiera lo sabe. Imagínese, entonces, una casa donde habían diez o más mujeres, todas requiriendo cambiarse de prendas veces varias veces al día. También eran refugio para esconderse de clientes insistentes o, lo que es peor, de esposas celosas, según los cuentos populares.
En los burdeles no era raro encontrar armarios en pasillos y patrios: en los dormitorios, se hacía poco el espacio. En cada habitación solía haber un enorme mueble de este tipo, casi tocando el alto techo. Si las ventanas estaban abiertas, mirar hacia los cuartos e identificar en ellos la presencia de grandes armarios era indicio de estar frente a un burdel. Recuerdo, particularmente, los enormes muebles de este tipo que se podían observa desde abajo, en un paradero de la calle Aillavilú de barrio Mapocho, hacia el segundo piso de un ex hotel del lugar. Aparentemente, de la presencia de estos muebles junto a las camas de amor pagado, vendría también la mítica figura sexual del "salto del tigre". La leyenda cuenta que muchas habitaciones estaban, además, secretamente conectadas entre sí a través de estos muebles, en caso de redadas o escaramuzas.

La abundancia de ropas en los armarios no era sólo una respuesta a las necesidades del oficio, según se deduce de los comentarios que hace Edwards Bello en su antes citado trabajo, donde dice:
"En los cajones de la cómoda, bajo el lavatorio, o colgando de alguna percha, guardaban los vestidos hechos ahí mismo por alguna amiga de la patrona que se los vendía a precios fabulosos, sistema magnífico para explotarlas, endeudándolas en tal forma que insensiblemente se hacían siervas. Un vestido sencillo, de satín, y las botas de tacón alto eran su lujo. Las prendas de vestir duraban poco en esa agitación, de tal manera que estaban siempre endeudadas, pero no respetaban al dinero. o le daban ninguna importancia".
Hemos conocido ciertos testimonios de quienes frecuentaban burdeles de barrios santiaguinos cerca de calles San Pablo y Mapocho, en los que se cuenta que algunas casitas de huifa tenían salidas secretas detrás de las puertas de algún armario o closet, para esconder a las chiquillas y los clientes de las redadas policiales haciéndolos escabullirse por pasadizos subterráneos, que conectaban a otros sectores de la casa o a residencias vecinas.
La regenta de "La Guillermina", por su parte, empleaba un armario de estos para trancar la puerta de la casa en la noche. Infortunadamente, en una ocasión en que olvidó hacerlo, un rufián llegó hasta su local, entró sigiloso y, al descubrir a su "niña" favorita en plena sesión sexual con un cliente, la asesinó en su cama. La prensa tituló el caso como el asesinato del armario.
EL AMULETO DEL CHANCHITO
La exposición en que se encontraban las mujeres en este negocio, las hacía altamente susceptibles de buscar refugio en la magia popular y en las supersticiones de todo tipo, especialmente en la necesidad proveerse de amuletos para la suerte, la fortuna y el bienestar.
Uno de estos amuletos, de los más populares y con características casi de talismán, era un famoso cerdito hecho con un limón y unos palos de fósforos. Aunque esta extraña tradición parece provenir del campo, en los burdeles se lo empleaba con la convicción de que alejaría a los malos clientes, atrayendo sólo a los buenos. Me parece, no obstante, que está muy relacionada con la cultura de adoración porcina que existe en el país.
Consistía en un limón al que se le clavaban cuatro palos de fósforos o mondadientes por un lado, a modo de "patas" del chanchito, y otros dos en lugar de ojos. Con un cuchillo, le tallaban la boca, la nariz roma, la cola enroscada y le levantaban orejas con la cáscara del limón. En la boca abierta, hecha con el corte de una rebanada de la fruta, se le ponía un cigarrillo o un incienso. El chanchito era colocado sobre un plato, por allí por un rincón, y le encendía el cigarrillo igual que en Bolivia y otros países se hace con el famoso ídolo "Ekeko". Si éste se consumía completo, era buen presagio. Por el contrario, si quedaba con sus cenizas a medias, se lo tomaba como una advertencia de peligro o desgracia. Fuera de los burdeles, y ya más en la tradición popular, algunos terminaban el rito quemando entero al pobre cerdito, con sales aromáticas como incienso, mirra y almizcle.
LA PLANTA DE RUDA
La yerba conocida como Ruta graveolens, o ruda en la jerga popular, era otro artículo relativamente frecuente en los burdeles, destinado también a garantizar la buena suerte y alejar los peligros. Todavía es común que algunos comerciantes tengan alguna de estas plantas de olores intensos en maceteros de algún rincón de sus establecimientos, por la misma razón.
Por lo general, sin embargo, el lugar donde surte sus efectos sobrenaturales es en el frente, y es allí donde debía ser colocada. Si había jardín, también se la enterraba allí.
La planta de ruda tiene una característica especial extra, según la creencia: combate la mala suerte y también neutraliza los maleficios o los "trabajos" brujeriles, algo altamente necesario en el rubro de las prostitutas, donde las envidias y los rencores tenían gran presencia. Por el fuerte arraigo que llegó a tener en Santiago esta pequeña superstición, también dedicaremos a ella algún futuro posteo.
Pero hay una leyenda negra en torno a lo que habría sido la verdadera presencia de estas rudas dentro de los lupanares clásicos: algunos creen que, en realidad, se las empleaba para inducir efectos abortivos sobre las mujeres que resultaban preñadas en su actividad. Sus contraindicaciones para mujeres embarazadas hoy son bien conocidas.
No obstante esta característica, para otros sólo se valoraba la yerba por servir para la regulación menstrual y por sus propiedades medicinales para la digestión y los dolores de cabeza. Con el tiempo, sin embargo, se le habrían dado, adicionalmente, las connotaciones mágicas que la identifican.
LOS RETRATOS VIEJOS
Una costumbre heredada del campo y de las casas modestas de Santiago, era la presencia de retratos ya amarillentos y de poco glamour colgando enmarcados en las paredes de adobe de las casonas que albergaban a los viejos burdeles, una vez que la fotografía llegó a Chile y adoptó instancias más domésticas de utilidad. Las regentas solían colocar con nostalgias retratos suyo, provenientes de años jóvenes, o bien de familiares fallecidos y otros. Las "niñas" hacían lo propio en sus respectivos espacios.
Parece que esta clase de decoración era más íntima, y solía acumularse en los pasillos o los dormitorios, principalmente. Su presencia se explica, en gran medida, por el ambiente realmente doméstico que lograban tener estos burdeles, casi como una auténtica residencia familiar. Muchas prostitutas eran jóvenes provenientes de zonas rurales del país, aisladas de sus familias reales y donde la única posibilidad de contacto eran esas atesoradas fotografías.
Sin embargo, su presencia no es exclusiva de los burdeles, pues los bares y restaurantes clásicos chilenos también lo han hecho por siglos, ya.
Imágenes: colección digital de L. Rivas
LAS ESTATUILLAS ERÓTICAS:
Siguiendo una costumbre que proviene del mundo clásico, estos burdeles también eran decorados con pequeñas esculturas o estatuillas de connotaciones eróticas, generalmente de idealizadas mujeres desnudas. Este ambiente casi afrancesado fue exportado desde Europa, según presumen algunos recuerdos de viejos concurrentes a las casitas de huifa, pero llegó a ser bastante generalizado en todos estos clubes donde quiera que se hallaron dentro del territorio chileno. La descripción siempre coincide, en mayor o menor medida.
De yeso, loza o de metal, la decoración con figuras y estatuillas tenía también un objetivo de ambientación del local, más allá de la mera función ornamental. En otras palabras, "creaban ambiente" dentro del recinto, enfatizando aspectos femeninos y de sensualidad.
Los motivos frecuentes eran alusivos a estatuas o estilos romanos y griegos, algunas de ellas de gran belleza y encanto, pero tendiendo a ser más bien de factura modesta para el caso de los burdeles.
Quizás por la señalada connotación asociada a los lenocinios, parece ser que en una parte de la sociedad santiaguina no siempre se consideró de buen gusto esta clase de obras cuando eran usadas a nivel doméstico, priorizándose en las críticas la orientación sexual de los desnudos expuestos, por sobre la elegancia europeísta que representaban.

3 comentarios:

  1. i por eso dice "case puta sin maricon no es case puta"

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  2. Mensajes rescatados de la segunda parte de este artículo, fusionado en una sola entrada (ésta):

    Miguel Angel12 de enero de 2011 a las 15:25

    Interesantísimo,sería muy valioso, sin duda realizar un trabajo de investigación similar, de provincias, en las cuales,por existir grandes conglomerados de trabajadores la actividad de los prostíbulos ha sido relevante; puertos, salitreras, el carbón, la minería y lugares más bucólicos donde el trabajo agrario masivo permitió la existencia y convivencia de este"negocio" social, con facetas de profunda humanidad y todos los matices que ello encierra.Miguel Ángel Herrera P.
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    Criss13 de enero de 2011 a las 00:01

    Uy amigo!... tantas cosas que haría en provincias si la plata y el tiempo me acompañaran... "Los Siete Espejos" de Valparaíso, el "Motores" de La Serena, el "Castillo" de Antofagasta... "Las Vegas de Atacama" fue llamado Pampa Unión. Rivera Letelier ha abarcado apenas una fracción de esas historias innumerables; o los lupanares "con ruedas" (en grandes carretas, como casas rodantes) de los años de colonización de Magallanes y la Tiera del Fuego... Tantos burdeles de la historia fuera de Santiago y para los que pocos o nadie ha escrito algo...
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    mary28 de junio de 2012 a las 22:19

    Pero que buena investigación y tan propio de nuestro país como son las casas de re molienda , entre por una cosa a tu blogg y estoy leyendo todo fascinada .Felicitaciones !!
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    Víctor M. Mandujano12 de julio de 2012 a las 12:13

    Gracias Criss por los favores recibidos.
    Como siempre, te luces en este trabajo de hormiga que haces. Hay un interesante libro publicado por el Centro Barros Arana de la Biblioteca en torno a la prostitución en Chile, con estadísticas y todo. También Paz Errázuriz y Diamela (en los textos), publicaron "La manzana de Adán", sobre homosexuales y travestis de Santiago y provincias.
    Actualmente preparo una exposición para la vitrina del metro Santa Lucía (para septiembre) que se llamará "Paisajes y gente de Chile", con seleccionadas fotografías de nuestro Archivo Fotográfico.
    Esto, una vez que levantemos la de Pissis, actualmente en vitrina y que, tal vez, no has visto.
    Un abrazo y que el cielo te colme de abichuelas.
    Víctor
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    Criss19 de julio de 2012 a las 21:30

    Muchas gracias don Vìctor.... Llegaré a Santiago justo para ver su exposición, probablemente. No he visto la expo de Pissis, pues ando lejos. Muchos saludos!
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    Osvaldo Avaria25 de septiembre de 2013 a las 03:36

    Amigo, muchas gracias por tanta información, descriptiva y gráfica. no obstante me gustaría saber cuales son tus fuentes (mas allá de las fotos) o si me pudieras recomendar una lectura al respecto, desde ya muy agradecido :)
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    Criss Salazar25 de septiembre de 2013 a las 10:11

    Estimado Osvaldo: he usado libros como "El Roto" de Edwards Bello y tesis de alumnos que conocí en su momento, pero la mayoría de la información proviene de testigos de aquella época que conocieron las famosas casitas de huifa, y que estuve recopilando por varios años aunque como algo secundario, hasta que las junté en este artículo. Muchos saludos.
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    raul ndres emmanuel poblete reyes29 de septiembre de 2013 a las 22:03

    Excelente entre a esta página en busca de fotos de casas antiguas y nunca imagine lo que encontraría realmente muy buena investigación y de este trabajo tan importante que realizan estas amigas como tía Ruth en rancagua, el bajó en curico, casa rosada también curico, las Malvinas san Carlos, músic Holl en chillan. Elefante blanco en Osorno etc etc etc saludos cordiales a todas estas sacrificadas mujeres
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