lunes, 20 de octubre de 2008

CAJA DE CRÉDITO PUPULAR Y PRENDARIO “LA TÍA RICA” Y SU HISTORIA DEFINITIVAMENTE CÍCLICA

El edificio por entonces recientemente inaugurado, en fotografía de 1929.
Coordenadas: 33°26'4.16"S 70°39'13.25"W
El 14 de febrero de 1920, por la Ley 3.607 promulgada durante el Gobierno de Juan Luis Sanfuentes y nacida de un proyecto del diputado conservador Francisco Huneeus, se creó una institución fiscal destinada a ejercer el giro de créditos prendarios populares a cuenta del Estado de Chile y en beneficio de las clases sociales más desposeídas o necesitadas, permitiéndoles empeñar artículos de valor y, muchas veces, con la posibilidad de seguir usándolos en el período para producir y pagar así la deuda.
El organismo fue bautizado como la Caja de Crédito Popular, pero el pueblo la llamará después (y hasta nuestros días) cariñosamente como “La Tía Rica”, según algunos en alusión a la figura de la pariente que siempre salva a la familia con préstamos en caso de apuro o con herencias inesperadas; y, según otros, sería sólo una feminización de un famoso personaje de las caricaturas de Walt Disney.
La Caja nació cubriendo las necesidades de la sociedad chilena en plena crisis de aquellos años, otorgando pequeños créditos a los beneficiados. Sus préstamos de dinero a cambio de bienes materiales o “prendas” en condiciones de facilidad y rapidez, significaron una vía de escape al estrangulamiento de amplios sectores populares que no tenían acceso al sistema financiero ni a las líneas de crédito tradicionales en esos días, de modo que su acción e impacto social fueron notables e importantísimos.
La Caja también sirvió de rescate para ciertas familias de origen acomodado que caían en penurias financieras producto de la inestabilidad de la economía, y cuyo única salida a los problemas era empeñar sus pertenencias y posesiones más lujosas, algo especialmente visible en la crisis de los treinta. Una leyenda cuenta que muchos elegantes pianos de aristocráticos salones, fueron a parar a las casitas de remolienda chilenas cuando sus propietarios debieron venderlos o empeñarlos para salir de tales apuros financieros.
En afiches publicitarios de 1927, la Caja se promocionaba comparando sus funciones con la creencia que habla de las joyas de la corona española entregadas para financiar el viaje de Colón: "Si la Reina Isabel la Católica no hubiese empeñado sus joyas -decía el póster- la América no habría sido descubierta". Aquí publico algunos de estos afiches de aquel año, y que están en exposición en la sede Arica de la Caja.
El funcionamiento de “La Tía Rica” ha sido tradicionalmente tan sencillo como inteligente: desde un principio, exige por cada préstamo la mitad del interés corriente que las casas de crédito y financieras particulares, con un plazo para que el beneficiado pueda devolver el préstamo y “rescatar” la prenda empeñada. En caso de no ocurrir esto, dicha prenda es retenida y puesta en remate. Las ventajas de este sistema estaban en la citada publicidad de la Caja en los años veinte, donde se enumeraban los siguientes puntos:
  1. "Interés mínimo (1 ½ por ciento mensual)"
  2. "Plazo máximo (6 meses)"
  3. "Pasa mayor cantidad"
  4. "Conserva bien las prendas"
  5. "Es una Agencia Fiscal"
La casa más central de “La Tía Rica” o Caja N° 1 se encuentra todavía en San Pablo con Capuchinos, en el histórico edificio que figura como símbolo isotípico de la actual Dirección General de Crédito Prendario, DICREP. La obra fue trazada por los arquitectos Ismael Edwards-Matte y Federico Bieregel, contando con la asistencia del ingeniero consultor Alberto Covarrubias. El inmueble diseñado bajo influencia del incipiente art decó (rasgo característico en la arquitectura de instituciones públicas de la época) fue inaugurado en 1926, y alojará también a las oficinas para las pensiones de montepío fiscal.
Las fotografías con que contamos revelan, sin embargo, que el edificio ha experimentado algunas remodelaciones desde entonces, como la incorporación de una entrada colocada en el vértice noreste de la construcción. También fueron trasladadas las placas con las inscripciones de los arquitectos responsables, hasta otro lado de la fachada. El levantamiento de otros edificios cruzando la estrecha calle de Capuchinos y por San Pablo, hace difícil obtener fotografías del complejo como las antiguas que aquí publicamos, y que datan de los años veintes y cincuentas.
Otra de las sedes más antiguas de la DICREP es la de Matucana 33 y que, si bien está en el mismo estilo que ésta, presenta grandes variaciones y diferencias. También eran importantes la de Teatinos con Mapocho y la de Bascuñán Guerrero 32, cerca de la Estación Central.
Las capacidades del edificio central se vieron colmadas a los pocos años después de inaugurada y la Caja debió abrir otras sucursales en Santiago, Valparaíso y Talca. Más tarde, sus oficinas se expandirían por el resto de Chile, consolidando su obra benéfica y social. Su servicio fue organizado en dos secciones principales: Préstamos y Ahorros. La Sección de Préstamos extendía créditos en dinero sobre las prendas empeñadas a ese considerado 1 ½ % del interés mensual y los mencionados seis meses de plazo para el “rescate”, mientras que la Sección de Ahorros fue estructurada con la dinámica y agilidad de cualquier caja de ahorro común, pero con la exclusividad de estar recibiendo imposiciones desde la cantidad de veinte centavos y pagando por ella un interés del 6% anual a tres meses plazo.
En 1928 la Sección de Préstamos registró movimientos por cerca de $ 6.055.000, cantidad exorbitante de operaciones para la época. La Sección de Ahorros contabilizaba a la misma fecha casi 8.200 imponentes. Sin embargo, el valor de la Caja se afianzará al comenzar los estragos internacionales de la Caída de la Bolsa del año 1929, que arrastró rápidamente al mundo entero hacia una depresión nunca antes vista en la historia. Fue providencial el poder contar con la Caja ya armada y en sólidas operaciones, justo en aquellos difíciles años.
El Gobierno del General Carlos Ibáñez del Campo reaccionó a la crisis planetaria potenciando el servicio de “La Tía Rica”, consciente de la vulnerabilidad en que quedarían especialmente las clases más desposeídas del país, precisamente para las cuales se había creado el organismo. De hecho, desde poco tiempo antes de la Caída de '29, el mismo Gobierno había establecido medidas de coordinación entre la Caja de Crédito Popular y las Inspecciones de las Cajas de Préstamos, bajo el control de la Dirección General de Servicios Prendarios, creándosele un estatuto propio llamado Reglamento Orgánico del Crédito Popular y de Casas de Martillo. Fue entonces que la institución fue denominada Dirección General del Crédito Prendario y del Martillo, y pasó también a formar parte del Ministerio de Bienestar Social.
Las visionarias medidas permitieron agilizar e impulsar la eficiencia del servicio de “La Tía Rica” al comenzar la gran crisis económica internacional, frustrando también la ambición de prestamistas, especuladores y otra clase de oportunistas que intentaran aprovechar cada situación de este tipo para enriquecerse a costillas de los más necesitados, como efectivamente ocurrió en otros países.
Así fue como “La Tía Rica” se convirtió en una de las herramientas fundamentales de socorro y financiamiento especial para los sectores más modestos de la sociedad chilena, instalándose con un servicio y una asistencia que no ha sido reemplazada por ningún otro organismo ni medida gubernamental posterior, ni durante el siglo XX ni lo que va de éste.
Tasadores de la Caja de Crédito Popular, en fotografía de la editorial Zig Zag de 1970 (hoy en las colecciones del Museo Histórico Nacional).
Sala de atención de la Caja de Crédito Popular, en fotografía de la editorial Zig Zag de 1970 (hoy en las colecciones del Museo Histórico Nacional).
La Caja fue también un tremendo impulso en favor del emprendimiento: podría ocurrir, por ejemplo, que un microempresario o pequeño empresario chileno empeñara en la Caja sus hornos y equipos de cocina mientras seguía trabajándolos y produciendo pan; lo mismo sucedería con costureras que decidieran empeñar sus máquinas de coser o los litógrafos pequeños con las prensas de su taller. En 1935, además, se había incorporado a la modalidad de crédito tradicional pignoraticio por prendas de valor (como joyas, antigüedades, artefactos, alhajas, piezas de colección, etc., con tope de $50.000) el llamado crédito “industrial”, destinado a fomentar y respaldar especialmente la actividad de microempresarios, con un tope de $1.000.000 y con posibilidad de empeñar vehículos, maquinaria industrial, camiones e incluso ganado.
El 3 de septiembre de 1942 se creó también el Consejo de la Caja de Crédito Popular, y el sistema de modificó por la Ley Nº 9.332 del 16 de febrero de 1949, respondiendo a las necesidades de modernización.
En los años cincuenta, con Ibáñez del Campo otra vez en el poder y con el servicio bajo el mando del Ministerio de Hacienda, la Caja volvió a experimentar reorganizaciones y cierto reimpulso bajo la visión del Ministro Jorge Prat Echaurren, continuándose la agilización del sistema a pesar de la crisis inflacionaria que estaba afectando al país y que se traducía en más requerimientos de la población al servicio prestado por "La Tía Rica".
Como se ve, la Caja ya adquiría por entonces un valor histórico, patrimonial e institucional propio en la vida nacional, que no puede ser desconocido y que la pone como una singular institución de asistencia y solidaridad, además de ser testimonio y registro de las fluctuaciones en la estabilidad económica chilena durante el inestable siglo XX.
Curiosamente, fue en otro régimen de cabeza militar, en plena Dictadura del General Pinochet, que Chile se vio en la urgencia de dar nuevos respaldos a la Caja para contrarrestar vientos internacionales de crisis, en su caso a consecuencia de la infausta Recesión Mundial de principios de los años ochenta. Hacia 1982, además, el sistema fue renombrado como Dirección General del Crédito Prendario, y se intentó darle también más eficiencia administrativa.
Sin embargo, sucedió por entonces que la severa crisis internacional pudo más y la Caja debió paralizar el área de crédito industrial al año siguiente, volviendo sólo al modelo prendario pignoraticio. A pesar de todo, en 1986 se pudo reordenar por decreto la legislación relativa a la Caja, para entonces perteneciente al Ministerio del Trabajo y Previsión Social.
El edificio en 1957, con la entrada adiciona ya habilitada en su esquina.
Bodegas de la Caja de Crédito Popular, en fotografía de la editorial Zig Zag de 1970 (hoy en las colecciones del Museo Histórico Nacional).
Al retornar la democracia, se buscó reponer y darle nuevos bríos al sistema del crédito prendario industrial reimpulsándolo, pero los resultados fueron magros, rondando incluso el infame fantasma de la corrupción y de los manejos irregulares, aproximadamente hasta el año 2000. Informes de la Contraloría en 1998 y una investigación interna de la propia DICREP en 2004, demostraron que las pérdidas eran cuantiosas, cercanas a los mil millones de pesos, pues más de la mitad de los créditos prestados no pudieron ser cobrados. El futuro de "La Tía Rica" se oscurecía bajo un cielo de nubarrones negros.
Pero la historia es un ciclo repetitivo, como sabemos, y la caída de la economía mundial iniciada con la famosa Fiebre Amarilla de los noventa, volvió a cernir la amenaza de la crisis sobre nuestro pequeño país; sobre nuestra aún más pequeña y vulnerable sociedad. Así, la Caja ha ido recuperando su solidario valor social con rapidez, obligando a nuevas modernizaciones y mejoramientos del sistema que sigue siendo, sin discusión, totalmente necesario y vigente a pesar de no recibir un suministro de recursos fiscales que intervenga en su estatus de autofinancimiento permanente. Queda "Tía Rica" para rato, en otras palabras.
Ahí estará “La Tía Rica”, entonces, para atender no sólo a los desafortunados y a los menesterosos, sino también a emprendedores y gente con iniciativas, tal cual lo hizo después de la dantesca depresión iniciada en 1929 y todas las demás que han seguido, hasta nuestros días y también los que vienen.
El edificio en nuestros días.
Salón interior, en nuestros días.

3 comentarios:

  1. Saluԁοs,
    Debo admitir que hasta hoy no me molaba demaѕiado elsitіo,
    ѕin embargo ultimаmente еstoy visitandolo frecuentemente y еѕtа mеjorando.

    Un saluԁo!

    Also vіsit my weblog Pilar

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  2. Horrible hoy fui a empeñar un reloj longine que en la tienda vale más de 2.000.000 de pesos y me ofrecieron 15.000 pesos una ofensa.

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  3. Horrible hoy fui a empeñar a San Diego un reloj longine que en la tienda vale más de 2.000.000 y me ofrecieron 15.000 una ofensa.

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