lunes, 15 de septiembre de 2008

LEONIDAS BRAVO Y LAS CONFESIONES DE UN AUDITOR DE GUERRA

Para mi gusto, más allá de que uno comulgue o no con sus enfoques, uno de los libros documentales más interesantes que se hayan escrito en Chile durante el siglo XX, es “Lo que supo un Auditor de Guerra”, del ex Auditor Militar entre 1937 y 1938, General de Brigada ® Leonidas Bravo Ríos. El libro fue publicado por la Editorial del Pacífico en Santiago de Chile, en 1955.
Su trabajo es una recopilación enorme de apuntes y recuerdos en tan comprometedora labor, retratando una historia casi paralela a la oficial, donde se describen -con objetividades y con sesgos- los hechos determinantes de la política y la vida militar del país durante la primera mitad del siglo, pasando por casi todos los grandes acontecimientos históricos que contuvieron los meandros en este agitado período nacional, configurando gran parte de la estructura político-partidista que sobrevive hasta nuestros días.
Leonidas Bravo había nacido en 1904, ingresando en su juventud a la Escuela Militar. En septiembre de 1931, con sólo 27 años, fue incorporado al Servicio de Justicia Militar con el cargo de Secretario de Fiscalía de Primera Clase, grado equivalente a Teniente. Siendo Vicepresidente de la República don Manuel Trucco y Ministro de Guerra y Aviación el General Carlos Vergara Montero, tras la inestabilidad dejada por la caída del Gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, Bravo fue llamado para colaborar con el servicio de Auditoría de Guerra, que entonces era dirigido por el General Ramón Contreras Arriagada.
“El país despertaba en ese instante de la dolorosa pesadilla que fue la sublevación de la Marinería –escribe- y si bien sentía la alegría del triunfo, aún no captaba la profundidad del abismo en que estuvo a punto de despeñarse, y no sentía, tampoco, absoluta seguridad de su destino”.
En este contexto, su primera investigación importante se relacionó con acusaciones de tortura y vejámenes por parte de la Policía de Investigaciones y de Carabineros de Chile a los perpetradores de un frustrado atentado explosivo dirigido contra el tren presidencial de Ibáñez del Campo.
En 1938, asumió como Secretario del Juzgado Militar de Santiago. Y, en abril de 1943, fue ascendido a Fiscal de la Primera Fiscalía Militar de Santiago, en mérito a su rendimiento. En abril de 1946 volvió a la Secretaría de la Auditoría General de Guerra. Entre 1939 y 1950, además, tuvo en sus manos el cargo de Auditor del Mando Militar de los Ferrocarriles del Estado. Este último año asumió la Auditoría General de Guerra, retirándose un tiempo más tarde.
Así, Bravo siempre estuvo en la primera fila de los acontecimientos de la época, por lo que fue comprensible su necesidad fervorosa de escribir sobre estos hechos en su magnífico libro, casi apenas jubilado.
Vista del Palacio de la Moneda hacia 1930
LA REPÚBLICA SOCIALISTA Y EL ALZAMIENTO DEL BUIN
Luego de revisar los acontecimientos del levantamiento de las tripulaciones en 1931 y el asalto al cuartel del regimiento “Esmeralda” de Copiapó en la Navidad de ese mismo año, además de exponer lo que él define como una naturaleza comunista que acusa patente en la agitación que encendió estos controvertidos episodios de la historia chilena, Bravo regresa su relato a Santiago recordando el levantamiento del Regimiento Buin del 16 de junio de 1932, poco después de la sublevación del día 4 por parte de un sector de la aviación, dirigido por el Coronel Marmaduke Grove. El nuevo alzamiento puso a Carlos Dávila en el Poder, en lugar de la flamante Junta de la República Socialista.
“…me dirigí al Comando de la Segunda División –rememora en su obra-, que estaba instalado en una ala del viejo edificio del Ministerio de Guerra. Logré entrar por una puerta de la calle Teatinos y, ya en el interior, vi una gran cantidad de oficiales de la guarnición, todos de civil, que inquirían noticias. En la calle, rodeando el Palacio de la Moneda, en actitud de ataque, se encontraban la Escuela de Infantería y el Regimiento Buin, en tanto que en el interior del Palacio se había atrincherado el Regimiento 'Cazadores'. Por las ventanas entreabiertas de los salones presidenciales se veían la bocas de las ametralladoras, listas para hacer fuego sobre las unidades que circunvalaban la Moneda”.
En este estado de tensión, la Guardia de Carabineros de la Moneda recibió la orden de retirarse y la Junta de Gobierno quedó prácticamente abandonada, pues el regimiento “Cazadores” era minoritario. A las 23:00 horas, Dávila salió del Ministerio de Guerra a asumir la jefatura del Estado en la Moneda. El mando de la República Socialista, así, cambiaba de manos, transposición que muchos autores consideran el verdadero final del experimento militar-socialista luego de sólo dos semanas (los historiadores aún discuten si fue o no parte de la misma este cambio de mando).
Pero la inestabilidad continuó y, en septiembre siguiente, Dávila debió renunciar presionado por altos militares que colocaron en su lugar al General Bartolomé Blanche. De esta manera, todo el experimento iniciado por la República Socialista llegaba a su irremediable fin.
Poco después, tras las elecciones, se debía entregar pacíficamente el poder y el Palacio de la Moneda al Presidente Arturo Alessandri.
Ministerio de Guerra y Marina, frente al Palacio de la Moneda, hacia 1910, en donde hoy se encuentra la Plaza Constitución.
ESPIONAJE ARGENTINO EN 1937-1938
Tras repasar una serie de casos controvertidos en donde aparecían funcionarios policiales cometiendo insubordinaciones o incluso abusos criminales, además de estudiar el origen y la función de las polémicas Milicias Republicanas, Bravo comenta los hechos relativos al escandaloso caso de espionaje argentino ocurrido en 1937 y 1938, y que comprometiera a dos edecanes militares de la Legación de Buenos Aires en Santiago, ambos futuros presidentes de su patria: Perón y Lonardi.
El entonces oficial Juan Domingo Perón había sido destacado en la Embajada Argentina con la secreta misión de obtener secretos militares de la defensa chilena, razón por la cual se relacionó con un indisciplinado y poco escrupuloso ex alumno de la Escuela Militar, llamado Leopoldo Haniez, quien aceptó servir para el espionaje argentino bajo remuneración. De este mismo personaje se han escrito muchas cosas, por cierto, pero el historiador Oscar Espinosa Moraga fue uno de los que más indagó sobre el caso asegurando que Haniez había sido un cadete de origen judío adaptado de la misma escuela por sus comportamientos, aunque mantenía cierto grado de amistad con miembros de la institución.
Dice el Auditor Bravo que Haniez, ya reclutado por Perón, se contactó con un alto militar que había sido compañero suyo, intentando convencerlo de proveerle de información clasificada. Éste fingió interés, pero a su espalda dio aviso a sus superiores, quienes le tendieron entonces una trampa a los argentinos en una reunión que tuvo lugar en un departamento del Pasaje Matte, en pleno Centro de Santiago, donde vivía el ciudadano argentino Guido Arzeno, quien trabajaba en la industria cinematográfica.
El departamento fue allanado y todos fueron detenidos. Empero, Perón había sido reemplazado en el cargo de agregado militar por el Mayor Eduardo Lonardi, justo por esas fechas. En consecuencia, Lonardi fue capturado al día siguiente cuando abordaba un avión, siendo trasladado hasta la Penitenciaría de Santiago.
A pesar de la gravedad de los hechos, por controvertidas circunstancias que nunca quedaron bien aclaradas, todos los argentinos involucrados fueron puestos en libertad y devueltos a su patria, al parecer con directa influencia del Presidente Alessandri en favor de los espías. Haniez, en tanto, fue expulsado del país.
Foto actual de la entrada Sureste del Pasaje Matte. En este edificio se intentó realizar la reunión de los miembros de la red de espionaje argentino instalada en Santiago.
Juan Domingo Perón, siendo Coronel
LA MASACRE DEL SEGURO OBRERO EN 1938
Recientemente, hemos abundado sobre este caso que ya cumplió 70 años desde ocurrido: la Masacre del Seguro Obrero. Bravo fue testigo en primera fila también de los hechos en torno a estaa horrenda matanza del 5 de septiembre de 1938, cometida por funcionarios de Carabineros de Chile en la Torre del Seguro Obrero (hoy Ministerio de Justicia) situada en Morandé con Moneda, a metros del Palacio de la Moneda. El asesinato de los 59 jóvenes nacionalsocialistas rendidos tras un intento de alzamiento, salpicó de culpas al Director General de Carabineros Coronel Humberto Arriagada, y al propio Presidente de la República don Arturo Alessandri Palma.
Las descripciones que da Bravo sobre este caso son, por algunos momentos, tristes y escalofriantes, pero singularmente detalladas:
"Fácilmente atravesé los cordones de carabineros y poco después me encontraba en la ventana de la Auditoría mirando hacia la plaza, cuando vimos desembocar por la calle Morandé, viniendo de la Alameda, una larga fila de individuos con los brazos en alto y que marchaban entre una doble hilera de carabineros con sus armas preparadas. Eran los que se habían rendido en la Universidad de Chile. La columna avanzó por Morandé y atravesó el cruce de Agustinas con dirección hacia el norte. Cuando el término de la fila iba a llegar a Agustinas, apareció un oficial de carabineros que, de carrera, la alcanzó y dio una orden. Se hizo alto y se dio media vuelta, emprendiéndose nuevamente la marcha para internarse el edificio del Seguro Obligatorio”.
Allí, dentro de la torre, son reunidos con los demás alzados que se habían apostado en este edificio, tras convencerlos también de rendirse. Bravo confiesa haber comenzado a sospechar que algo dramático iba a ocurrir, aunque ya no puede ver desde su lugar lo que sucede dentro del Seguro Obrero.
“Regresé a la calle San Ignacio, y me encontraba relatando a los oficiales del Cuartel General lo que había visto, cuando llegó el chofer del General Bari con orden de que me trasladara donde él. Tomé apresuradamente mis Códigos Militares y en el mismo automóvil me dirigí al lugar de los hechos”.
Al llegar, Bravo esperó largo rato a que salieran los detenidos desde la torre, pero esto no sucedía. Pasadas las seis de la tarde, dio aviso al General Bari de no haber recibido aún el parte policial, por lo que iría a solicitarlo personalmente. Sin embargo, le fue negado. Eran las nueve de la noche y aún no lo recibía. Sólo a las una y media de la madrugada comenzó a enterarse por rumores de que los muchachos habían sido asesinados.
Había sucedido así que, tras revisar el desastre que había quedado en la Universidad de Chile después de la intentona, Bravo partió hasta el edificio del Seguro Obrero justo en el momento en que entraba el Comandante en Jefe del Ejército, General Oscar Novoa Fuentes, acompañado de otros altos militares:
“Empezamos a subir lentamente por una escala de mármol roja de sangre, debiendo a cada vuelta hacernos a un lado para dejar paso a los carabineros que descendían con las camillas fúnebres. Desde el primer instante nos llamó la atención que todos los cuerpos se encontraban con los brazos abiertos firmemente, como signo acusador de que su muerte no obedecía a ley alguna de la civilización humana”.
La descripción que realiza es dantesca: algunos de los acompañantes de la comitiva no fueron capaces de soportar tantas escenas de horror y prefirieron quedarse en los pisos inferiores. Finalmente, nadie pudo continuar, debiendo descender atormentados por las imágenes de atrocidad sin límites que testimoniaron en las escaleras de la torre.
“Esa noche ninguno de nosotros durmió, pues la tensión nerviosa lo impedía totalmente”.
Bravo comenta las acciones de los días siguientes; cómo se fue revelando la repugnante realidad de lo ocurrido. Habla largamente de los procesos que se siguieron a los responsables de la matanza, y cómo salieron libres de polvo y paja todos los involucrados. Ya hemos abordado anteriormente estos puntos, en la entrada sobre la Masacre del Seguro Obrero.
Es, por lejos, uno de los capítulos más interesantes y conmovedores de su libro.
Los nacistas detenidos siendo conducidos al interior de la Torre del Seguro Obrero, el 5 de septiembre de 1938.
CRISIS DEL TRANSPORTE PÚBLICO
Bravo aporta también datos de sumo interés relativos sus funciones solicitadas en servicio de la administración pública. Una de ellas tiene que ver con la recopilación que debió hacer en 1946, la Auditoría General a todos los textos vigentes sobre leyes de dictadas sobre regulación de sueldos después del Decreto Ley de 1927, y que eran contradictorias entre sí o bien sujetas a plazos de vigencia, generando un caos legislativo. Bravo estuvo en el grupo de trabajo que logró ordenar todo este desastre, dando origen al Código de Sueldos publicado por el Decreto Supremo Nº 1.982.
Posteriormente, el Coronel Bernardo Escobar Moreira, recién nombrado Asesor de la Dirección de Transporte y Tránsito Público, le invitó a participar de esta oficina. En aquellos días, según comenta, el caótico tránsito en Santiago “había llegado a un estado que constituía una verdadera alarma pública”... Como se podrá deducir en nuestros días de Transantiago y colapso del servicio del Metro, pues, la historia es irreversiblemente cíclica.
A poco de ingresar, Bravo advirtió que había cierta competencia entre el Coronel Escobar y el Jefe de la Dirección, Waldo Palma Miranda. Para su sorpresa, tras haberse acordado una reunión a los pocos días, renunció Escobar, noticia que Bravo supo por la prensa. Le reemplazó en el cargo el Coronel Samuel Correa Baeza, quien asumió con plenos poderes al ser trasladado Palma a otro cargo público.
Allí trabajó entonces Bravo, primero en la creación de un estatuto para hacer eficiente el funcionamiento del organismo, y luego para echar manos al ordenamiento del sistema de transportes, que por entonces era controlado por sólo dos compañías: la Empresa de Transportes Públicos y la Asociación Particular de Micros y Autobuses. Infelizmente, la primera presentaba una situación catastrófica de pérdidas.
“La Empresa tenía una circulación entre Tranvías motores, acoplados, microbuses y trolleybuses 425 vehículos, y para el servicio de estos contaba con 1.412 obreros y 2.998 empleados. Sólo el servicio sanitario contaba con 110 empleados de los cuales 32 eran médicos. Los inspectores para 425 vehículos eran 311. Para apreciar esta cifra baste decir que los 1.920 buses particulares requerían solamente 253 inspectores.
Estos números son suficientes para indicar el estado en que se encontraba la Empresa, y es fácil comprender que esa situación tenía que repercutir en el servicio diario de pasajeros”.
Y con relación a las Asociaciones particulares de transporte, que sumaban 47, escribe:
“…cuando la Dirección de Transporte procuraba introducir nuevas máquinas, recurrían al boicot, y al sabotaje, hasta que hacían desistir al interesado. Para este efecto, en el momento de comenzar su recorrido una máquina no reconocida por ellos, enviaban dos máquinas, una adelante y otra detrás. La primera tomaba todos los pasajeros que había en los paraderos, y la segunda le impedía distanciarse para recoger nuevo público. En tal forma el intruso tenía que capitular.
Cada Asociación determinaba la frecuencia de las máquinas no por las necesidades del público, sino por el interés de los empresarios, que deseaban que éstas siempre anduviesen completas. De ahí la larga fila de buses detenidos en los terminales”.
Cabe señalar, además, que Bravo también participó del equipo que asesoró al Mando Militar de Ferrocarriles del Estado, creado para mantener el servicio por sobre los movimientos huelguísticos o incluso subversivos de la época.
Nos pareció interesante traer a colación estos hechos en una época en que, 60 años después, tenemos la misma clase de problemas con el nefasto Transantiago y la virtual destrucción que significó esto en el eternamente deficiente sistema de transporte colectivo de la capital chilena.
Antiguo vehículo del sistema de transporte público por el centro de Santiago
VIOLENCIA POLÍTICA ENTRE 1947 Y 1949
Otro de los capítulos más interesantes de las memorias sobre los sucesos acaecidos en Santiago, dice relación con lo que el Auditor Bravo señala como la lucha del Gobierno de Gabriel González Videla contra la agitación comunista de entre los años 1947 y 1949.
Entre otras cosas, el autor revela cómo los levantamientos de Lota y Coronel (ambos con grandes dosis de artificialidad) pretendían paralizar el país y proceder así a conspirar contra los ferrocarriles y el transporte público de la capital. Según señala allí, la idea de los insurgentes en Santiago era similar a la de los protagonistas del asalto e incendio de Santa Fe de Bogotá, para tomarse el poder en medio del desorden social que se generaría. Contaban para ello con ayudas de las Embajadas de Rusia y Yugoslavia.
Tras relatar cómo se apagaron pacíficamente los levantamientos de las carboníferas, provocadas en gran parte por las amenazas y azuzamientos realizados por los agitadores contra los obreros, Bravo recuerda el paro de los ferrocarriles del 4 de diciembre de 1947, que él presenció en la platea de su cargo de Auditor de esta empresa del Estado, denunciando que las motivaciones económicas con las que se le justificó la huelga eran sólo una fachada para paralizar la comunicación de las grandes ciudades y sumirlas en la agitación revolucionaria, según él.
“El veneno comunista se encontraba hondamente infiltrado en la Empresa, como lo prueba el hecho que había altos jefes comprometidos”.
Aunque el paro fracasó, el Ejecutivo solicitó nuevas facultades en febrero de 1948, cuando vencían la Ley de Facultades Extraordinarias, concediéndoselas por seis meses más. La aplicación de la infame "Ley Maldita" estaba por empezar.
De acuerdo a lo que interpreta y expresa Bravo, al ver frustrados sus planes en las carboníferas y en los ferrocarriles, los agitadores habrían planificado un nuevo golpe y el domingo 5 de junio de 1949 iniciaron una movilización a través del Frente Nacional Democrático, nombre adoptado por el Partido Comunista tras su proscripción. Ese día, a través de su filial Federación de Obreros de la Construcción, se debía realizar una manifestación en el Teatro Caupolicán, de Avenida San Diego. Sin embargo, como desde temprano llegaron revoltosos decididos a provocar incidentes (relatamos siempre siguiendo lo expresado por Bravo), el administrador del recinto canceló la reunión y llamó a Carabineros. Los exaltados avanzaron hacia Avenida Matta hacia las 11:30, donde fueron disueltos por las fuerzas de orden público. Pero volvieron a reunirse hacia el mediodía entre las calles San Diego y Arturo Prat, intentando salvar la realización del mitin, en el que estaban presentes los diputados Humberto Martones y Víctor Galleguillos. Carabineros intentó acercarse para persuadirlos de disolverse a través del diálogo con los parlamentarios, pero fueron atacados a balazos, por lo que los uniformados respondieron. Cuatro de ellos y 20 civiles terminaron heridos. Los manifestantes se refugiaron en la Parroquia de San Rafael, en Avenida Matta, donde después se encontraría abundante armamento y municiones.
Lo peor ocurriría el 16 y 17 de agosto siguiente, cuando estudiantes secundarios afiliados bajo cuerdas al Frente, iniciaron un levantamiento callejero en pleno centro de Santiago. Una huelga general se estaba desatando ese día en reacción inmediata al alzamiento de 20 centavos en el transporte público recién ocurrida, y conocida para la posteridad como la Huelga de la Chaucha.
Para entonces, Bravo había sido asignado ya en la Auditoría del Comando en Jefe del Ejército, pero el General Santiago Danús consideró innecesario enviarlo al sitio a investigar en tanto los incidentes no fueran mayores. Se creó entonces un “anillo de seguridad” en torno a las calles Amunátegui, Alonso de Ovalle, Mac Iver y Santo Domingo. Se podía salir de él sin problemas, pero para entrar había que demostrar razones valederas.
Desatados ya los hechos, hacia las 11:00 de la mañana del día 17, la violencia se apoderó del sector de Alameda con Bulnes, cuando súbitamente apareció una turba que detuvo un camión con materiales de construcción y lo saqueó para hacer barricadas y usar su carga de piedras como proyectiles. Bravo observó desde el Ministerio cómo un tipo atacó a pedradas un autobús que pasaba por Alameda entre Bandera y Teatinos, rompiéndole el vidrio. Un militar que custodiaba el vehículo respondió con una bala, que le quitó la vida al manifestante. Fue acaso la primera de varias otras muertes, durante esa aciaga jornada.
La escalada llegó a tal nivel de violencia que debieron ser traídas unidades desde los regimientos de Los Andes, Linares, San Fernando y Quillota hasta Santiago, operaciones en las que también participó Bravo organizando el servicio de ferrocarriles. Como las fuerzas llegaron a la capital en la madrugada del día 18, desvaneciendo las manifestaciones, la intentona se trasladó de vuelta a Lota y el día 20 comenzaron otra vez las tomas de las minas, nuevamente frustradas.
Los activistas intentaron una última acción de movimiento social en noviembre de 1949, durante las fiestas de la primavera, con un mitin en la Plaza de Armas. La refriega comenzó cuando intentaron atacar a Carabineros, con un saldo de 24 heridos de ambos lados.
Funerales de algunas de las víctimas civiles de las violentas revueltas políticas de fines de los años cuarenta.
Presidente Gabriel González Videla.
EL “COMPLOT DE LAS PATITAS DE CHANCHO” EN 1948
El Auditor Bravo aporta gran información también sobre el extraño suceso de nuestra historia llamado “Complot de las Patitas de Chancho”, una sombría conspiración dirigida por oficiales afines al General Ibáñez del Campo, con asistencia de sus amigos peronistas argentinos y en contra del Gobierno de González Videla.
Todo comenzó cuando el escritor de tendencias nacionalsocialistas Miguel Serrano Fernández, acudió a La Moneda a denunciar la existencia de un plan conspirador fraguado por nacionalistas partidarios del ibañismo, hacia fines de 1948. He tenido ocasión de conversar alguna vez y largamente con el señor Serrano sobre este episodio, y confirmar así la precisión del relato de Bravo al respecto.
El proyecto de intentona venía a ser una suerte de resucitación de los intentos del peronismo argentino por intervenir en la realidad chilena durante los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, perfume que sedujo a la que muchos ingenuos entre los nacionalistas de Chile. Los conspiradores pertenecían ahora, principalmente, a la logia masónica “La Montaña” fundada y establecida ad hoc a estos objetivos, y a la Acción Chilena Anticomunista. Inicialmente, se reunían en algún restaurante de San Bernardo para trazar sus planes conspiradores mientras comían “causeo” de patas de chancho. De ahí proviene el nombre con que se apodó al complot.
A la sazón, además, y liderados por el retirado Coronel de Aviación Ramón Vergara Montero, los oficiales del Ejército y la Fuerza Aérea querían derrocar a González Videla para colocar al propio Ibáñez del Campo otra vez en el mando, según lo decidieron hacia el final de sus jornadas de planes. Una de las últimas reuniones la habían realizado en la dirección de Alameda 2224, cerca de República, en la casona donde residía la suegra de Ibáñez.
Al desbaratarse el complot, sin embargo, Bravo consideró necesario procesar al General Ibáñez, pero el Juez Militar, General Danús, no lo consideró así. El Auditor cuenta también de las oscuras intervenciones de militares y agentes argentinos en estas maniobras, interesados en colocar un Gobierno acorde a sus planes hegemónicos sobre la región continental.
General Carlos Ibáñez del Campo.
VALOR HISTÓRICO DE LAS MEMORIAS
Como era de esperar y, como hemos visto a través de estas citas y comentarios tomados de las memorias del Auditor Bravo, la ciudad de Santiago tiene un papel protagónico en los recuerdos de su autor, a lo largo y ancho de su libro: aquí desfilan conspiraciones, crisis sociales, huelgas, masacres y planes siniestros desbaratados, siempre relacionados -de un modo u otro- con el centralismo administrativo de la capital.
En conclusión, “Lo que supo un Auditor de Guerra” termina siendo, también –y sin proponérselo, quizás-, una descripción leal del escenario social y político de Santiago y de Chile en general, en aquellos confrontacionales años; una fotografía de inagotables detalles, pese a no tener ni una sola imagen en ninguna de sus casi 300 cautivantes páginas. Incluso con sus bemoles y tropiezos en la objetividad, es un documento tremendo de investigación.
Son muchísimos más los pasajes contenidos en la obra del Auditor, por supuesto, pero sólo hemos querido exponer aquí los más importantes y asombrosos, sin dañar las sorpresas que “Lo que supo un Auditor de Guerra” sigue reservándole al lector.
Leonidas Bravo falleció en 1961, sólo seis años después de escribir estas impactantes memorias. Por la trascendencia y ajuste a hechos históricos de inmensa relevancia para nuestro país, además de su origen en un testigo privilegiado de los acontecimientos descritos, la obra es hoy una joya entre los coleccionistas y estudiosos de los documentos y crónicas de la época.

2 comentarios:

  1. Mi padre compro este libro cuando
    se publicó, lo leí entonces, y
    durante los últimos dias lo he
    releido en la biblioteca nacional.
    Sería muy constructivo que todo el
    espectro político actual, desde
    Camila vallejo a Sebastian Piñera
    lo leyera , no solo por el contenido,
    sino , para que comprendieran que
    solo Dios es dueño de la verdad,pero
    sin olvidar que el tiempo es asimétrico, no cíclico, y está en
    permanente construcción.

    ResponderEliminar
  2. Abel Manríquez Machuca10 de diciembre de 2012, 22:25

    Tengo un ejemplar de este libro desde hace unos 8 años. Lo he leído, releído y subrayado en diversos pasajes.Efectivamente es un gran aporte al Chile real, concreto, material, histórico, de una parte del siglo XX; basado en gran parte en procesos militares y análisis jurídicos, de un testigo y actor de primera fila. Es un rico aporte a la verdad que como una convicción oriental, es semejante a una cebolla (se va descubriendo por capas).Complementado con otras lecturas, comparaciones, revisión de documentos y, ojalá, con el acceso a empolvados expedientes en archivos; más una metodología analítico-científica moderna, presente desde Galileo en adelante y que revolucionó al conocimiento objetivo,es posible llegar a la verdad más profunda y exacta, si no en todo, en muchas situaciones.
    Don Leonidas Bravo no es totalmente imparcial pero hace esfuerzos notables y donde más lo consigue es en las materias jurídicas que comenta y expone sobre procesos militares históricos, que él conoció en forma cercana o directa como un espectador en la primera fila.
    Recomiendo este libro.En Chile la gente compra libros,más de lo que se cree, y parece que los leen también; otra cosa es entender y contextualizar lo leído, y creo que ahí tenemos un gran problema actual.

    ResponderEliminar

Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

Residentes de Blogger:

Residentes de Facebook